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El sistema de Treno » Sombras por Silencio en los bosques del infierno
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—No estás lo bastante asustada —afirmó Silencio, poniendo una cubierta negra en torno al frasco que contenía la pasta más brillante de las dos.
Se quedaron a oscuras, pero el Cinturón de Estrellas estaba alto en el cielo aquella noche. Parte de su luz se colaría entre las hojas, sobre todo si se quedaban cerca del camino.
—Pero… —empezó a decir William Ann.
—¿Recuerdas cuando el perro de Harold se volvió loco la primavera pasada? —preguntó Silencio—. ¿Recuerdas la mirada que tenía el animal en los ojos? ¿Que no reconocía a nadie? ¿Que solo quería matar? Pues esos hombres son iguales, William Ann.
Están rabiosos. Hay que sacrificarlos, igual que a aquel perro. No te verán como a una persona, sino como carne. ¿Lo has entendido?
William Ann asintió. Silencio le notaba que seguía más emocionada que temerosa, pero qué le iba a hacer. Pasó a William Ann la pértiga con la pasta brillante menos intensa. Daba un tenue resplandor azul, pero no iluminaba mucho. Silencio se apoyó la otra pértiga en el hombro derecho, se echó el morral al izquierdo y señaló el camino con el mentón.
Cerca de ellas, una umbra flotó hacia el contorno de la posada. Cuanto tocó la fina barrera de plata que había en el suelo, el polvo chisporroteó y lanzó a la umbra hacia atrás con una repentina sacudida. La umbra se alejó flotando.
Cada contacto como aquel costaba dinero a Silencio. El toque de una umbra arruinaba la plata. Era por lo que pagaban sus parroquianos, por una posada cuyo contorno no se había rebasado en más de cien años, con una prolongada tradición de que no hubiera indeseadas umbras no bienvenidas atrapadas en su interior. Paz, o al menos paz de algún tipo. La mejor que podían ofrecer los bosques.
William Ann cruzó el contorno, marcado por la curva de los grandes aros de plata que sobresalían del suelo. Por debajo tenían anclajes de hormigón para impedir que pudieran arrancarse de la tierra. Reemplazar una sección superpuesta de un contorno —Silencio tenía tres anillos concéntricos rodeando su posada— exigía excavar y desanclar la sección. Era mucho trabajo, como bien sabía ella. No pasaba una semana sin que tuviera que voltear o reemplazar alguna sección.
La umbra se perdió de vista flotando. No pareció advertir su presencia. Silencio no sabía si la gente normal era invisible para ellas a menos que incumpliera las reglas o si, sencillamente, no eran dignas de su atención hasta entonces.
William Ann y ella salieron al oscuro camino, que estaba algo plagado de malas hierbas. No había camino en los bosques que estuviera bien mantenido. Quizá si los fuertes cumplían algún día sus promesas, esa situación cambiaría. Pero seguía habiendo desplazamientos. Hacenderos que viajaban a uno u otro fuerte para vender comida. El cereal cultivado en los claros del bosque era más rico y más sabroso que el producido en las montañas. Los conejos y los pavos capturados en trampas o criados en cobertizos podían venderse por bastante plata.
Pero no los cerdos. Solo un forteño sería tan asqueroso como para comerse un cerdo.
En cualquier caso, había comercio, y eso mantenía el camino en su sitio aunque los árboles cercanos tuvieran cierta tendencia a extender sus ramas hacia abajo, como brazos avariciosos, para intentar cubrirlo. Para reclamar el camino. A los bosques no les gustaba la gente que los infestaba.
Las dos mujeres caminaron con paso cauteloso y deliberado. Sin movimientos rápidos. A ese ritmo, les pareció que había transcurrido una eternidad cuando por fin apareció algo en el camino por delante de ellas.
—¡Allí! —susurró William Ann.
Silencio suspiró para descargar la tensión. Algo emitía un centelleo azul en el camino a la luz de la pasta brillante. La suposición de Theopolis sobre cómo rastreaba a sus presas era acertada, pero incompleta. Sí, la luz de la pasta conocida como Fuego de Abraham hacía que las gotas de salvia de puerromojado brillaran. Por pura coincidencia, la salvia de puerromojado también aflojaba las vejigas de los caballos.
Silencio inspeccionó la línea de savia brillante y orina que había en el suelo. Había temido que Chesterton y sus hombres se adentraran en el bosque al poco de salir de la posada. No era muy probable, pero aun así se había preocupado.
Pero con la savia delante, seguro que estaba sobre su pista. Si Chesterton se metía en el bosque, lo haría tras unas horas de camino, para dar más credibilidad a su tapadera. Silencio cerró los ojos, dio otro suspiro de alivio y entonces se descubrió ofreciendo una plegaria de agradecimiento por acto reflejo. La interrumpió. ¿De dónde habría salido? Ya hacía mucho tiempo.
Sacudió la cabeza, se levantó y siguieron por el camino. Al haber drogado a los cinco caballos, no les faltaron marcas que ir siguiendo.
Los bosques estaban oscuros esa noche. La luz del Cinturón de Estrellas no parecía filtrarse por las ramas tanto como debería. Y le daba la sensación de haber más umbras de lo normal, merodeando entre los troncos de los árboles y brillando suavemente.
William Ann agarró con fuerza su pértiga. La niña ya había salido antes de noche, por supuesto. Ningún hacendero lo hacía de mil amores, pero tampoco ninguno ponía muchos reparos. No se podía estar toda la vida atrapado en el interior, petrificado por el miedo a la oscuridad. Quien viviera así… en fin, no vivía mejor que la gente de los fuertes. En el bosque, la vida era dura y a menudo mortífera. Pero también era libre.
—Madre —susurró William Ann mientras andaban—. ¿Por qué ya no crees en Dios?
—¿De verdad te parece buen momento, chica?
William Ann miró al suelo cuando pasaron junto a otra línea de orina, que resplandecía azul en el camino.
—Siempre dices cosas como esa.
—Y normalmente es porque intento evitar la pregunta cuando la haces —repuso Silencio—. Pero normalmente no estoy caminando por los bosques de noche.
—Es que ahora me parece importante. Te equivocas cuando dices que no estoy lo bastante asustada. Me cuesta respirar y todo, pero también sé los apuros que está pasando la posada. Siempre te enfadas mucho cuando viene maese Theopolis. Y ya no cambias la plata del contorno tan a menudo como antes. Y día sí, día no, comes solo pan.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con Dios?
William Ann siguió mirando el suelo.
«Oh, sombras —pensó Silencio—. Cree que nos está castigando. Será tonta. Tonta como su padre».
Cruzaron el Puente Viejo, pisando sus desvencijadas tablas de madera. Con más luz, aún se veían los maderos del Puente Nuevo al fondo del precipicio, representando las promesas y los regalos de los fuertes, que siempre tenían un aspecto estupendo pero tardaban poco en caerse. El padre de Sebruki estuvo entre quienes habían vuelto a levantar el Puente Viejo.
—Creo en el Dios del Más Allá —dijo Silencio, cuando llegaron al otro lado.
—Pero…
—No soy devota —dijo Silencio—, pero eso no significa que no crea. En los libros viejos llamaban a esta tierra el hogar de los condenados. Es solo que me extrañaría que la devoción sirva de algo si ya estamos condenados, nada más.
William Ann no respondió.
Caminaron otras dos horas largas. Silencio se planteó atajar por el bosque, pero el riesgo de perder la pista y tener que volver atrás le parecía demasiado. Además, aquellas marcas, brillando en azul blanquecino a la luz casi invisible de la pasta… aquellas marcas eran algo real. Un salvavidas de luz entre las sombras que las rodeaban. Esas líneas representaban la seguridad para sus niñas y ella.
Como las dos contaban los pasos entre marcas de orina, no rebasaron por mucho el lugar donde se había desviado Chesterton. A los pocos minutos de andar sin ver ninguna marca, dieron media vuelta sin mediar palabra y fueron buscando a los lados del camino. A Silencio la había preocupado que esa fuese la parte más difícil de la cacería, pero le costó poco encontrar por dónde se habían internado en el bosque los hombres. Se lo señaló una brillante huella de casco. Un caballo había pisado la orina de otro en el camino y la había llevado al bosque.
Silencio dejó su morral en el suelo y lo abrió para sacar su cordel de estrangular, antes de llevarse un dedo a los labios y decir por gestos a William Ann que la esperase en el camino. La chica asintió. Silencio no le distinguía bien los rasgos en la penumbra, pero sí oyó que la chica respiraba más deprisa. Ser una hacendera y estar acostumbrada a salir de noche era una cosa, pero quedarse sola en los bosques…
Silencio cogió el frasco de pasta brillante azul y lo cubrió con su pañuelo. Luego se quitó los zapatos y las medias y se internó poco a poco en la noche. Cada vez que lo hacía volvía a sentirse como una niña, saliendo a los bosques con su abuelo. Dedos de los pies en la tierra, buscando ramitas u hojas que pudieran partirse y revelar su posición.
Casi podía oír su voz dándole instrucciones, explicándole cómo juzgar el viento y aprovechar el sonido de las hojas al moverse para cubrir el suyo al cruzar terreno ruidoso. Su abuelo había adorado los bosques, hasta el día en que se lo llevaron. «Nunca llames infierno a esta tierra —le había dicho—. Respeta la tierra como harías con un animal peligroso, pero no la odies».
Había umbras cruzando entre los árboles cercanos, casi invisibles al no estar iluminadas por nada. Silencio se mantuvo apartada pero, aun así, de vez en cuando se volvía y encontraba a alguna pasando cerca de ella. Tropezar contra una umbra podía significar la muerte, pero los accidentes de ese tipo eran poco frecuentes. A menos que estuvieran enfurecidas, las umbras se apartaban de la gente que se les acercaba mucho, como si se las llevara un viento suave. Mientras una se moviera despacio —como debería hacer siempre—, no había problema.
Tenía el frasco cubierto por el pañuelo en todo momento menos cuando buscaba alguna marca en particular. La pasta brillante iluminaba a las umbras, y las umbras que brillaban demasiado podían advertir a alguien de que se acercaba.
Sonó un gemido cerca de ella. Silencio se quedó muy quieta, con el corazón a punto de saltarle del pecho. Las umbras no hacían ruido, así que era un hombre. Tensa y sigilosa, buscó hasta verlo, bien escondido en el hueco de un árbol. Estaba moviéndose, frotándose las sienes. Tenía dolor de cabeza por el veneno de William Ann.
Silencio pensó un momento y luego dio un rodeo por detrás del árbol. Se agachó y esperó a que se moviera cinco dolorosos minutos, tras los que el hombre volvió a levantar los brazos y perturbó las hojas.
Silencio se abalanzó sobre él, rodeó su cuello con el cordel y tiró con fuerza para darle garrote. El estrangulamiento no era la mejor forma de matar a alguien en los bosques. Era demasiado lento.
El hombre de guardia empezó a revolverse y arañarse el cuello. Las umbras cercanas se detuvieron.
Silencio tiró con más fuerza. El guardia, debilitado por el veneno, intentó darle patadas. Silencio se apartó un poco, sin dejar de apretar, vigilando las umbras. Miraban a su alrededor como animales olisqueando. Unas pocas empezaron a perder su tenue luminosidad natural y ennegrecerse.
No era buena señal. Silencio sintió los latidos de su corazón como si tuviera una tormenta en el pecho. «¡Maldito seas, muere ya!».
El hombre por fin dejó de retorcerse y sus gestos se hicieron más letárgicos. Tras un último temblor, se quedó inmóvil y Silencio se quedó esperando una eternidad sin cambiar de postura, conteniendo el aliento. Al cabo de un tiempo, las umbras cercanas empezaron a teñirse otra vez de blanco y se alejaron flotando por aquí y por allá.
Silencio liberó el cordel, aliviada. Después de un momento para recuperarse, dejó el cadáver donde estaba y volvió con William Ann.
Se enorgulleció de su hija. William Ann se había escondido tan bien que Silencio no la vio hasta que la oyó susurrar:
—¿Madre?
—Sí —dijo Silencio.
—Gracias al Dios del Más Allá —dijo William Ann, saliendo del hueco donde se había cubierto de hojas. Cogió a Silencio por el brazo, temblando—. ¿Los has encontrado?
—He matado al que estaba de guardia —dijo Silencio, asintiendo—. Los otros cuatro deberían estar dormidos. Aquí es donde voy a necesitarte.
—Estoy preparada.
—Sígueme.
Recorrieron de nuevo el trayecto que había hecho Silencio. Pasaron al lado del cadáver del guardia y William Ann lo inspeccionó sin mostrar ninguna pena.
—Es uno de ellos —susurró—. Lo reconozco.
—Pues claro que es uno de ellos.
—Solo quería asegurarme. Ya que vamos a… ya sabes.
No mucho más allá del puesto de guardia, encontraron el campamento. Cuatro hombres dormían sobre esterillas entre las umbras, como solo se atreverían a hacer unos auténticos bosqueños. Habían colocado un frasquito de pasta brillante en el centro del campamento, en un hoyo para que no diera demasiada luz y los delatara, pero bastaba para distinguir los caballos, atados poca distancia más allá de los hombres. La luz verde también reveló el rostro de William Ann, y Silencio se sorprendió al percibir no miedo, sino una ira intensa en los rasgos de la chica. Le había costado poco acostumbrarse a ser la protectora hermana mayor de Sebruki. Al final, sí que estaba preparada para matar.
Silencio le señaló el hombre de más a la derecha y William Ann asintió. Esa era la parte peligrosa. Con solo media dosis, cualquiera de los hombres podría despertar con los sonidos de sus compañeros al morir.
Silencio sacó un saco embreado del morral y se lo pasó a William Ann antes de empuñar su martillo. No era un arma de batalla como las que describía su abuelo, sino una simple herramienta para golpear clavos. Y también otras cosas.
Silencio se agachó sobre el primer hombre. Ver su cara dormida le provocó un escalofrío. Una parte primordial de su ser esperó crispada a que los ojos se abrieran de repente.
Sostuvo tres dedos en alto mirando a William Ann y los fue bajando uno a uno. Cuando descendió el tercer dedo, William Ann cubrió la cabeza del hombre con el saco. El hombre se revolvió y Silencio le asestó un fuerte martillazo en la sien. El cráneo se resquebrajó y la cabeza descendió un poco. El hombre dio un último espasmo y se quedó flácido.
Silencio levantó la mirada, tensa, vigilando a los otros hombres mientras William Ann ajustaba bien el saco. Las umbras cercanas hicieron un alto, pero aquello no les llamó tanto la atención como lo había hecho el estrangulamiento. Mientras la brea que recubría el saco evitara que saliera la sangre, estarían a salvo. Silencio descargó dos golpes más en la cabeza del hombre y le buscó el pulso. No lo había.
Con cuidado, se ocuparon del siguiente hombre. Era un trabajo brutal, como sacrificar animales. Ayudaba considerar rabiosos a aquellos hombres, como había dicho antes a William Ann. Lo que no ayudaba era pensar en lo que habían hecho a Sebruki. Eso la pondría furiosa, y no podía permitirse la furia. Necesitaba mantenerse fría, silenciosa y eficaz.
Al segundo hombre hubo que darle más golpes en la cabeza para matarlo, pero había despertado con menos brío que su amigo. La pantanoja dejaba atontado. Era una droga excelente para su objetivo. Solo necesitaba que estuvieran somnolientos, algo desorientados, y…
El siguiente hombre se incorporó en su esterilla.
—¿Qué…? —preguntó, farfullando.
Silencio se abalanzó sobre él, lo aferró por los hombros y lo estrelló contra el suelo. Las umbras se volvieron como si hubieran oído un sonido fuerte. Silencio sacó su cordel mientras el hombre le daba manotazos, intentando apartarla, y William Ann ahogó un grito.
Silencio rodó y envolvió el cuello del hombre. Hizo fuerza, tensando los músculos mientras el hombre se sacudía, poniendo nerviosas a las umbras. Casi lo tenía muerto cuando el último hombre se levantó de un salto. Alarmado y aturdido, eligió huir.
¡Sombras! Ese último era el propio Chesterton. Como atrajera a las umbras…
Silencio dejó al tercer hombre resollando, se olvidó de la cautela y corrió tras Chesterton. Si las sombras lo marchitaban y lo convertían en polvo, se quedaría sin nada. Sin cadáver que entregar, no había recompensa.
Silencio perdió de vista las umbras que rondaban mientras daba alcance a Chesterton al borde del campamento, junto a los caballos. A la desesperada, se arrojó contra las piernas del atontado bandido y lo derribó.
—¡Serás zorra! —balbució él, dándole una patada—. Eres la posadera. ¡Me has envenenado, zorra!
En el bosque, las umbras se habían vuelto negras del todo. Se iluminaron unos ojos verdes cuando las criaturas abrieron su vistadetierra. Los ojos dejaban un rastro de luz neblinosa.
Silencio apartó las manos de Chesterton, que forcejeaba.
—Te pagaré —dijo, dando manotazos a Silencio—. Te pagaré…
Silencio descargó el martillo contra su brazo y Chesterton gritó de dolor. Luego le dio en la cara, con un crujido. Se quitó la chaqueta mientras el hombre gimoteaba y se revolvía, y sin saber muy bien cómo se las ingenió para envolver con él la cabeza de Chesterton y el martillo.
—¡William Ann! —chilló—. Necesito una bolsa. ¡Una bolsa, chica! Trae…
William Ann se arrodilló a su lado y cubrió con un saco la cabeza de Chesterton mientras la sangre empapaba la chaqueta. Silencio buscó a un lado con una mano frenética, agarró una piedra y la estrelló contra la cabeza tapada por el saco. La chaqueta amortiguaba los chillidos de Chesterton, pero también amortiguaba los impactos de la piedra. Tuvo que golpearlo una y otra vez.
Por fin se quedó quieto. William Ann sostuvo el saco cerrado en torno a su cuello para evitar que se saliera la sangre, jadeando deprisa.
—Oh, Dios del Más Allá. Oh, Dios…
Silencio se atrevió a levantar la cabeza. Había docenas de ojos verdes flotando en el bosque, refulgiendo como pequeñas hogueras en la negrura. William Ann cerró los ojos con fuerza y susurró una plegaria, con lágrimas cayéndole por las mejillas.
Silencio movió despacio la mano a su costado y desenfundó la daga de plata. Recordó otra noche, otro mar de brillantes ojos verdes. La última noche de su abuela. «¡Corre, chica! ¡Corre!».
Esa otra noche había tenido la opción de correr. Estaban cerca de un lugar seguro. Y aun así, su abuela no sobrevivió. Quizá hubiera podido, pero no lo hizo.
Aquella noche horripilaba a Silencio. Lo que había hecho su abuela. Lo que había hecho ella misma. Pero a William Ann y a Silencio solo les quedaba una esperanza. Correr no las salvaría. El lugar seguro estaba demasiado lejos.
Poco a poco, por suerte, los ojos empezaron a apagarse. Silencio se sentó en el suelo y dejó que la daga de plata le resbalara de entre los dedos.
William Ann abrió los ojos.
—¡Oh, Dios del Más Allá! —exclamó mientras las umbras volvían a hacerse visibles—. ¡Es un milagro!
—No es un milagro —dijo Silencio—. Solo suerte. Lo hemos matado a tiempo. Un segundo más y se habrían enfurecido.
William Ann se abrazó a sí misma.
—Oh, sombras, oh, sombras. Creía que estábamos muertas. Oh, sombras.
De pronto, Silencio recordó algo. El tercer hombre. No había terminado de estrangularlo cuando Chesterton había salido corriendo. Se puso de pie y se volvió.
Estaba allí tumbado, inmóvil.
—Me he ocupado yo —dijo William Ann—. He tenido que estrangularlo con las manos. Mis manos…
Silencio miró hacia ella.
—Lo has hecho bien, chica. Diría que nos has salvado la vida. Si no hubieras estado, no habría podido matar a Chesterton sin enfurecer a las umbras.
La chica seguía mirando hacia los árboles, contemplando las plácidas umbras.
—¿Qué haría falta para que vieras un milagro en vez de una coincidencia? —preguntó.
—Haría falta un milagro, evidentemente —dijo Silencio, recogiendo su daga—. En vez de una coincidencia. Venga, vamos a poner un segundo saco a estos tipos.
William Ann, atontada, ayudó a cubrir con más sacos las cabezas de los bandidos. Dos sacos cada uno, por si acaso. La sangre era lo más peligroso. Correr atraía a las umbras, pero poco a poco. El fuego las enfurecía al instante, pero también las cegaba y las confundía.
La sangre, sin embargo… la sangre derramada con ira, expuesta al aire abierto… una gota bastaría para que las umbras te descuartizaran y luego siguieran con todo lo que tuvieran a la vista.
Silencio buscó el pulso a todos los hombres, también por si acaso, y no se lo encontró a ninguno. Ensillaron los caballos, cargaron los cadáveres, incluido el del vigilante, y los ataron. Cogieron las esterillas y todo el material. Con un poco de suerte, los hombres llevarían algo de plata encima. La ley autorizaba a Silencio a quedarse lo que encontrara, a menos que en la orden de búsqueda se especificara algún objeto robado. En aquel caso, los fuertes solo querían a Chesterton muerto. Como casi todo el mundo.
Silencio tensó una cuerda y de pronto se quedó muy quieta.
—¡Madre! —dijo William Ann, reparando en lo mismo.
Hojas agitadas en los bosques. Habían quitado la funda a su frasco de pasta brillante verde para añadir su luz a la de los bandidos, por lo que el pequeño campamento estaba bien iluminado. Y un grupo de ocho hombres y mujeres cabalgaba a través del bosque.
Procedían de los fuertes. La ropa buena, la forma en la que no dejaban de mirar a las umbras… eran forteños, seguro. Silencio se adelantó, deseando tener su martillo para parecer al menos un poco amenazadora. Pero el martillo seguía dentro del saco que cubría la cabeza de Chesterton. Tendría sangre, por lo que no podría sacarlo hasta que se secara o hasta estar en un lugar muy, muy seguro.
—Vaya, mirad qué tenemos aquí —dijo el hombre que encabezaba a los recién llegados—. No podía creerme lo que ha dicho Tobias al volver de explorar, pero por lo visto es cierto. ¿Los cinco hombres de la banda de Chesterton, víctimas de un par de hacenderas del bosque?
—¿Quién eres? —preguntó Silencio.
—Joven Rojo —dijo el hombre, levantándose el sombrero—. Llevaba cuatro meses buscando a estos tipos. Te agradezco muchísimo que te hayas ocupado de ellos por mí.
Hizo una seña a sus acompañantes, algunos de los cuales desmontaron.
—¡Madre! —susurró William Ann.
Silencio estudió los ojos de Rojo. Iba armado con una porra, y una mujer detrás de él llevaba una ballesta de aquellas nuevas, con las puntas romas. Se cargaban rápido y pegaban fuerte, pero no hacían sangre.
—Apártate de los caballos, niña —dijo Silencio.
—Pero…
—Apártate.
Silencio soltó las riendas del caballo que estaba guiando. Entre tres forteños se hicieron con todas las riendas, uno de los hombres mirando a William Ann con lascivia.
—Eres lista —dijo Rojo, inclinándose hacia Silencio para estudiar su rostro.
Una mujer pasó junto a ellos, tirando del caballo de Chesterton con el cadáver de su dueño colgando a ambos lados de la silla. Silencio fue hacia ella y apoyó una mano en la silla de Chesterton. La mujer se detuvo y miró a su jefe. Silencio desenfundó su cuchillo con disimulo.
—Nos daréis algo —dijo Silencio a Rojo, con la mano de la daga oculta—. Por lo que hemos hecho. La cuarta parte, y no diré ni una palabra a nadie.
—Hecho —dijo él, levantándose de nuevo el sombrero. Tenía una sonrisa de las falsas, como salida de un cuadro—. La cuarta parte es para ti.
Silencio asintió. Acercó el cuchillo hasta apoyarlo contra una de las finas cuerdas que amarraban a Chesterton a la silla. Así, cuando la mujer apartó el caballo de ella, la rasgó sin llegar a cortarla del todo. Silencio retrocedió un paso y apoyó la mano en el hombro de William Ann mientras volvía a enfundar la daga a hurtadillas.
Rojo la saludó una última vez con el sombrero. A los pocos segundos, los cazarrecompensas se habían retirado entre los árboles en dirección al camino.
—¿La cuarta parte? —susurró William Ann—. ¿Crees que te la pagará?
—Lo dudo muchísimo —respondió Silencio, recogiendo su morral—. Tenemos suerte de que no nos haya matado y punto. Vamos. —Se internó de nuevo en los bosques, acompañada de William Ann, ambas caminando con los cuidadosos pasos que exigía su entorno—. Va siendo hora de que vuelvas a la posada, William Ann.
—¿Y qué vas a hacer tú?
—Recuperar nuestra recompensa. —Era una Pionero, maldición. Ningún forteño estirado iba a robarle.
—Pretendes interceptarlo en la tierra blanca, supongo. Pero ¿qué harás? No podemos contra tantos, madre.
—Me las ingeniaré.
Ese cadáver significaba la libertad, la vida, para sus hijas. No iba a dejar que se le escapara como humo entre los dedos. Cruzaron la oscuridad, pasando junto a umbras que, poco tiempo antes, habían estado a punto de marchitarlas a las dos. Pero las umbras se apartaron flotando, indiferentes por completo ante su carne.
«Piensa, Silencio. Aquí hay algo que no encaja nada». ¿Cómo habían encontrado el campamento, aquellos hombres? ¿Por la luz? ¿La habían oído hablar con William Ann? Afirmaban llevar meses buscando a Chesterton. ¿No debería haber oído hablar de ellos, a esas alturas? Aquellos hombres y mujeres iban demasiado arreglados para llevar meses en los bosques rastreando a asesinos.
El razonamiento la llevó a una conclusión que no quería admitir. Solo un hombre sabía que iría tras una recompensa aquella noche, y solo un hombre había visto cómo planeaba rastrear a sus presas. Solo un hombre tenía motivo para hacer que le robaran la recompensa.
«Theopolis, espero equivocarme —pensó—, porque como esto sea cosa tuya…».
Silencio y William Ann recorrieron las entrañas del bosque, un lugar donde el codicioso follaje se bebía toda la luz y dejaba árido el suelo de debajo. Las umbras patrullaban aquellos salones de madera como centinelas ciegos. Rojo y sus cazarrecompensas eran forteños, de modo que irían por los caminos, y eso daba ventaja a Silencio. Los bosques no eran amigos de los hacenderos, igual que un precipicio conocido no hacía menos peligrosa la caída.
Pero Silencio sabía navegar aquel abismo. Podía aprovechar sus vientos mejor que cualquier forteño. Quizá había llegado el momento de provocar una tempestad.
Lo que los hacenderos llamaban la tierra blanca era una parte del camino jalonada por campos de hongos. Costaba más o menos una hora cruzar los bosques hasta allí, y Silencio acusaba ya su noche sin dormir cuando llegó. Hizo caso omiso a la fatiga y cruzó a zancadas el campo de hongos, sosteniendo su frasco de luz verde y dando un aire enfermizo a los árboles y los surcos del terreno.
El camino daba un rodeo por los bosques y luego regresaba por allí. Si los hombres se dirigían a Último Puerto o algún otro fuerte cercano, irían en esa dirección.
—Tú sigue adelante —dijo Silencio a William Ann—. Te costará solo otra hora volver a la posada. Comprueba que todo esté bien allí.
—No voy a dejarte, madre.
—Me has prometido obedecer. ¿Vas a romper tu palabra?
—Y tú has prometido que me dejarías ayudarte. ¿Romperás tú la tuya?
—Para esto no me haces falta —dijo Silencio—. Y será peligroso.
—¿Qué vas a hacer?
Silencio se arrodilló junto al camino y buscó en su morral. Sacó el tonelete de pólvora. La cara de William Ann se puso tan blanca como los hongos.
—¡Madre!
Silencio desató el encendedor de su abuela. No estaba segura de que todavía funcionara. Nunca se había atrevido a apretar los dos brazos de metal, que parecían unas pinzas. Frotarlos entre sí hacía que las puntas se frotaran entre ellas y saltaran chispas, y tenía un muelle en la juntura para volver a separarlos.
Levantó la mirada hacia su hija y luego sostuvo el encendedor junto a su cabeza. William Ann dio un paso atrás y miró hacia los dos lados, a las umbras que había cerca.
—¿Tan mal están las cosas? —susurró la chica—. Para nosotras, digo.
Silencio asintió.
—De acuerdo, pues.
Niña tonta. Silencio no iba a enviarla a casa. Lo cierto era que seguramente necesitaría ayuda. Pretendía recuperar ese cadáver. Los cuerpos pesaban, y no tenía ninguna forma factible de llevarse solo la cabeza. No allí fuera en los bosques, rodeada de umbras.
Metió la mano en el morral y sacó el botiquín. Todo el material estaba atado entre dos planchas pequeñas de madera, que podían servir para entablillar huesos rotos. No fue difícil atar las dos tablillas a ambos lados del encendedor. Usó su paleta para excavar un pequeño agujero en la tierra blanda del camino, más o menos del tamaño del tonelete.
Entonces quitó el tapón al tonelete y lo metió en el agujero. Empapó su pañuelo con el aceite de la lámpara, metió un lado en el tonelete y colocó las tablas del encendedor en el camino con el otro extremo del pañuelo junto a las cabezas que provocaban las chispas. Después de cubrirlo todo con hojas, Silencio tenía una trampa rudimentaria. Si alguien pisaba la tabla de encima, haría presión hacia abajo y saltarían chispas que encenderían el pañuelo. O eso esperaba.
No podía permitirse encender el fuego ella misma. Las umbras irían primero a por quien prendiera el fuego.
—¿Y si no lo pisan? —preguntó William Ann.
—Lo colocaremos más adelante en el camino y volveremos a probar —dijo Silencio.
—Sabes que podría derramarse sangre, ¿verdad?
Silencio no respondió. Si la trampa se disparaba por una pisada, las umbras no considerarían a Silencio la responsable. Irían primero a por quien la hubiera disparado. Pero si se derramaba sangre, se enfurecerían. Poco después de eso, daría igual quién lo hubiera provocado. Todos correrían peligro.
—Aún nos quedan horas de oscuridad por delante —dijo Silencio—. Cubre la pasta brillante.
William Ann asintió con la cabeza y se apresuró a embozar su frasco. Silencio inspeccionó de nuevo la trampa y luego cogió a William Ann del hombro y se la llevó a un lado del camino. Allí los matorrales eran más densos, ya que el camino tendía a serpentear por huecos en las copas de los árboles. La gente prefería los lugares del bosque en los que se veía el cielo.
Los cazarrecompensas terminaron llegando. Cabalgaban en silencio e iluminados por un frasco de pasta brillante cada uno. Los forteños nunca hablaban de noche. Pasaron por la trampa, que Silencio había montado en la parte más angosta del camino. Contuvo el aliento, viendo pasar a los caballos, viendo cómo una pisada tras otra dejaba atrás el montoncito de tierra que señalaba la tabla. William Ann tenía las orejas tapadas y estaba en cuclillas.
Un casco pisó la trampa. No ocurrió nada. Silencio dejó escapar un bufido irritado. ¿Qué iba a hacer si el encendedor estaba roto? ¿Había alguna otra manera de…?
La explosión envió una oleada de fuerza que le sacudió el cuerpo. Las umbras se desvanecieron en un santiamén y los ojos verdes se abrieron de golpe. Los caballos se encabritaron y relincharon mientras hombres y mujeres gritaban.
Silencio se sobrepuso al estupor, agarró a William Ann por el hombro y la sacó de su escondrijo. La trampa había funcionado mejor de lo que esperaba, porque el pañuelo había dejado tiempo al caballo que lo había encendido para dar unos pasos antes de que estallara el tonelete. No había sangre, solo un montón de caballos sorprendidos y gente confusa. El tonelete de pólvora no había hecho tanto daño como había anticipado. Las historias sobre lo que podía hacer la pólvora a menudo eran tan fantasiosas como las que hablaban de Patria, pero el sonido había sido increíble.
Los oídos de Silencio le pitaban mientras se abría paso entre los perplejos forteños y encontraba lo que había esperado ver. El cadáver de Chesterton estaba en el suelo, caído de la silla por culpa de los corcovos de un caballo y una cuerda deshilachada. Cogió el cadáver por las axilas y William Ann le levantó las piernas. Regresaron caminando de lado a los bosques.
—¡Idiotas! —bramó Rojo entre la confusión—. ¡Detenedla! Es…
Dejó la frase en el aire al ver que las umbras inundaban el camino, cayendo sobre los hombres. Rojo había logrado mantener el control de su montura, pero tuvo que apartarla de las umbras. Enfurecidas, se habían vuelto de un negro puro, aunque saltaba a la vista que el estallido de luz y fuego las había dejado aturdidas. Revoloteaban como polillas alrededor de una llama. Ojos verdes. Menos mal. Si se ponían rojos…
Un cazarrecompensas que estaba en el camino dando vueltas sobre sí mismo fue el primero en sufrir un ataque. Arqueó la espalda y unos pliegues como venas negras le surcaron la piel, entrecruzándose. Cayó de rodillas, chillando mientras la carne de su cara se le encogía contra el cráneo.
Silencio se volvió. William Ann contempló al hombre con una expresión horrorizada.
—Despacio, niña —dijo Silencio con lo que confiaba en que fuese un tono tranquilizador. No se veía muy capaz de tranquilizar a nadie—. Con cuidado. Podemos alejarnos de ellos. William Ann. Mírame.
La chica giró la cabeza hacia ella.
—Sostenme la mirada. Muévete. Eso es. Recuerda, las umbras van siempre primero hacia la fuente del fuego. Están confundidas, aturdidas. Pueden oler el fuego igual que huelen la sangre, y de él pasarán al movimiento rápido más cercano. Despacio, con calma. Deja que las distraiga el barullo de los forteños.
Las dos se internaron en los bosques con una agónica cautela. Ante tanto caos, ante tanto peligro, su paso se les hacía lentísimo. Rojo organizó una resistencia. Las umbras enfurecidas por el fuego podían combatirse y destruirse con plata. Seguirían llegando más y más, pero si los cazarrecompensas eran listos y tenían suerte, podrían eliminar a las que tuvieran cerca y luego apartarse despacio de la fuente del fuego. Podían esconderse, sobrevivir. Quizá.
A menos que alguno derramara sangre por accidente.
Silencio y William Ann cruzaron un campo de hongos que brillaban como cráneos de ratas y se partían sin hacer ruido bajo sus pies. Les falló la suerte y, cuando las umbras se recuperaron de la explosión, las dos más apartadas se volvieron y persiguieron a las mujeres que huían.
William Ann dio un respingo. Silencio dejó los hombros de Chesterton en el suelo con cuidado y sacó el cuchillo.
—Sigue adelante —susurró—. Llévatelo. Despacio, chica, despacio.
—¡No te abandonaré!
—Ahora te alcanzo —dijo Silencio—. No estás preparada para esto.
No miró para comprobar si William Ann la obedecía porque ya tenía encima a las umbras, unas siluetas de negro absoluto que cruzaban a gran velocidad el suelo salpicado de blanco. La fuerza no servía de nada contra las umbras, que no tenían auténtica sustancia. Solo importaban dos cosas: la velocidad y no caer presa del pánico.
Las umbras eran peligrosas, muy cierto, pero mientras se tuviera plata era posible plantarles cara. Muchos habían muerto por correr, atrayendo así a más umbras, en lugar de mantener la posición.
Silencio dio un tajo hacia las umbras cuando la alcanzaron. «¿Queréis a mi hija, engendros del infierno? —pensó con ferocidad—. Tendríais que haber probado con los forteños».
Atravesó la primera umbra con el filo de su daga, como le había enseñado su abuela. «Nunca te escabullas y te encojas ante las umbras. Tienes sangre Pionero. Reclama los bosques. Eres tan criatura suya como cualquier otra. Como yo».
El cuchillo pasó a través de la umbra con una leve sensación de resistencia, haciendo saltar de ella una lluvia de brillantes chispas blancas. La umbra retrocedió, sus negros zarcillos revolviéndose unos sobre otros.
Silencio se volvió hacia la otra. El cielo negro solo le permitió ver los ojos de aquella cosa, de un espantoso verde, mientras intentaba asirla. Silencio le dio una puñalada.
Tenía las manos espectrales de la umbra encima, el frío glacial de sus dedos aferrándole el brazo por debajo del codo. Podía sentirlos. Los dedos de umbra tenían sustancia: podían agarrar y retener. Solo la plata los espantaba. Solo con plata se podía luchar.
Hincó aún más el brazo. Saltaron chispas de la espalda de la umbra, esparciéndose como un cubo de agua de fregar. Silencio reprimió un grito al sentir el gélido y horrible dolor. Se le cayó la daga de unos dedos que ya no sentía. Se derrumbó hacia delante y cayó de rodillas mientras la segunda umbra salía despedida y empezaba a dar vueltas en una enloquecida espiral. La primera se debatía en el suelo como un pez moribundo y, cuando intentó alzarse, la mitad superior se le separó y cayó de nuevo.
¡Qué frío tenía el brazo! Se lo miró y vio cómo la carne de la mano se marchitaba sobre sí misma, retrayéndose hacia el hueso.
Oyó sollozos.
«Quédate ahí, Silencio. —La voz de su abuela. Recuerdos de la primera vez que había matado una umbra—. Haz lo que yo te diga. ¡Nada de lágrimas! Un Pionero no llora. Un Pionero no llora».
Había aprendido a odiarla aquel día. Con diez años y su cuchillito, tiritando y sollozando en la noche mientras su abuela la encerraba con una umbra que pasaba por allí en un anillo de polvo de plata.
La abuela había corrido alrededor del círculo, enfureciendo a la umbra con el movimiento. Mientras Silencio estaba atrapada allí dentro. Con la muerte.
«No se aprende más que haciendo, Silencio. ¡Y tú aprenderás, de una manera o de otra!».
—¡Madre! —susurró William Ann.
Silencio parpadeó, saliendo del recuerdo mientras su hija le echaba polvo de plata en el brazo herido. El marchitamiento cesó cuando William Ann, atragantándose con densas lágrimas, vació el saquito entero de plata de emergencia en la mano. El metal invirtió el marchitamiento y la piel recobró su tono rosado a medida que la negrura se fundía con chispazos blancos.
«Demasiada», pensó Silencio. Con las prisas, William Ann había usado todo el polvo de plata, mucho más del que hacía falta para una herida. Pero se le hizo difícil enfadarse cuando volvió a sentir la mano y aquel frío extremo empezó a remitir.
—¿Madre? —dijo William Ann—. Me he ido, como decías, pero pesaba tanto que no he llegado muy lejos. He vuelto a por ti. Lo siento. ¡He vuelto a por ti!
—Gracias —dijo Silencio, respirando de nuevo—. Lo has hecho bien.
Alzó el brazo, cogió a su hija por el hombro y usó la mano que había tenido marchitada para palpar la hierba en busca de la daga de su abuela. Cuando la levantó, tenía la hoja ennegrecida en varios sitios, pero seguía valiendo.
En el camino, los forteños habían formado un círculo y estaban manteniendo a raya a las umbras con lanzas con puntas de plata. Los caballos habían huido o habían sido consumidos. Silencio recogió del suelo un puñadito de polvo de plata. Lo demás se había agotado en su sanación. Demasiado.
«Ya no tiene sentido preocuparse por eso», pensó, guardándose el polvo en el bolsillo.
—Vamos —dijo, levantándose con esfuerzo—. Siento no haberte enseñado a combatirlas.
—Sí que me enseñaste —contestó William Ann, secándose las lágrimas—. Me lo dijiste todo al respecto.
«Te lo dije, no te lo mostré. Sombras, abuela, ya sé que te estoy decepcionando, pero no pienso hacerle eso a ella. No puedo. Pero aun así, soy buena madre. Voy a protegerlas, eso te lo garantizo».
Salieron del campo de hongos cargando de nuevo con su macabro premio y volvieron a caminar por los bosques. Se cruzaron con más umbras oscurecidas que flotaban en dirección a la pelea. Todas aquellas chispas las atraerían. Los forteños estaban muertos. Demasiada atención, demasiado forcejeo. Tendrían a mil umbras encima antes de que diera la hora.
Silencio y William Ann avanzaron despacio. Aunque el frío había desaparecido casi del todo de la mano de Silencio, quedaba un… un algo. Como un escalofrío, profundo y continuo. Cualquier extremidad que hubieran tocado las umbras tardaba meses en volver a notarse normal.
Pero podría haber pasado algo mucho peor. Sin la reacción rápida de William Ann, Silencio podría haber quedado tullida. El marchitamiento tardaba un poco en asentarse, más o menos según la persona, pero una vez asentado era irreversible.
Algo crujió entre los árboles. Cuando Silencio se detuvo de golpe, William Ann dejó también de andar y miró alrededor.
—¿Madre? —susurró la chica.
Silencio frunció el ceño. Era noche cerrada y habían tenido que abandonar sus luces. «Hay algo ahí fuera —pensó, intentando escrutar en la oscuridad—. ¿Qué eres?». Que el Dios del Más Allá las protegiera si la pelea había atraído a una de las Profundas.
El sonido no se repitió. Con muchos reparos, Silencio siguió adelante. Caminaron durante una hora larga, y en la oscuridad Silencio no se dio cuenta de que estaban acercándose al camino hasta que lo pisaron.
Silencio dejó escapar un suspiro, soltó la carga y movió los brazos para destensarlos. Se filtraba un poco de luz del Cinturón de Estrellas, que les reveló algo con forma de enorme mandíbula a su izquierda. El Puente Viejo. Ya casi estaban en casa. Las umbras de allí no estaban ni siquiera inquietas: se movían flotando perezosas, casi como mariposas.
Tenía los brazos doloridos. Le daba la impresión de que el cadáver pesaba cada vez más. La gente no solía darse cuenta de lo mucho que pesaba un cuerpo muerto. Silencio se sentó. Descansarían un poco antes de continuar.
—William Ann, ¿te queda agua en la cantimplora?
William Ann gimió.
Silencio se sobresaltó y se puso en pie. Su hija estaba junto al puente, y tenía algo oscuro detrás. Un brillo verde iluminó de pronto la noche cuando la figura sacó una pequeña ampolla de pasta brillante. Aquella luz enfermiza permitió a Silencio reconocer a Rojo.
Tenía una daga en el cuello de William Ann. El forteño no había salido bien parado de la lucha. Tenía un ojo de un color blanco lechoso, media cara ennegrecida, los labios retraídos de los dientes. Una umbra le había dado en la cara. Tenía suerte de estar vivo.
—Ya me imaginaba que volverías por aquí —farfulló con sus labios consumidos. Le caía saliva por la barbilla—. Plata. Dame tu plata.
El cuchillo del hombre era de acero común.
—¡Ya! —vociferó Rojo, acercando más el cuchillo al cuello de William Ann. Si le hacía el más mínimo corte, las umbras se les echarían encima en cuestión de segundos.
—Solo tengo la daga —mintió Silencio. La sacó y la tiró al suelo delante de él—. Para tu cara ya es demasiado tarde, Rojo. El marchitamiento se ha asentado.
—Me da igual —siseó él—. Y ahora, el cuerpo. Apártate de él, mujer. ¡Aparta!
Silencio se hizo a un lado. ¿Podía llegar a él antes de que matara a William Ann? Tendría que agarrar ese cuchillo. Si saltaba en el momento justo…
—Has matado a mis hombres —gruñó Rojo—. Están todos muertos. Dios, si no hubiera rodado hasta ese hueco. Y he tenido que oírlo. ¡He oído cómo los masacraban!
—Has sido el único listo —dijo ella—. No podrías haberlos salvado, Rojo.
—¡Zorra! Los has matado tú.
—Se han matado ellos solos —susurró Silencio—. ¿Cómo os atrevéis a venir a mis bosques y quitarme lo que es mío? Eran tus hombres o mis niñas, Rojo.
—Pues si quieres que tu hija sobreviva, vas a quedarte muy quieta. Chica, recoge ese cuchillo.
Entre gemidos, William Ann se arrodilló. Rojo imitó sus movimientos, sin apartarse de su espalda ni dejar de mirar a Silencio, sosteniendo firme su cuchillo. William Ann recogió la daga de Silencio con manos temblorosas.
Rojo cogió el cuchillo de plata a William Ann con una mano y mantuvo el otro, el normal, en su cuello con la otra.
—La chica va a cargar el cadáver y tú vas a esperarla aquí mismo. No quiero ni que te nos acerques.
—Tú mandas —dijo Silencio.
Pero ya estaba haciendo planes. No podía permitirse atacar en aquel momento. Rojo prestaba demasiada atención. Lo seguiría por los bosques, en paralelo al camino, y esperaría un momento de debilidad. Entonces atacaría.
Rojo escupió a un lado.
Entonces un pivote romo de ballesta salió disparado de la noche y le dio en el hombro, zarandeándolo. Su hoja resbaló por el cuello de William Ann y cayó un reguero de sangre. Los ojos de la chica se ensancharon de terror, aunque había sido un cortecito de nada. El peligro que corriera su cuello no era importante.
La sangre, sí.
Rojo retrocedió dando tumbos, jadeando con una mano en el hombro. En su cuchillo brillaban unas gotas de sangre. Las umbras que los rodeaban se volvieron negras. Cobraron vida unos fulgurantes ojos verdes, que enseguida cambiaron a un tono carmesí.
Ojos rojos en la noche. Sangre en el aire.
—¡Diablos! —chilló Rojo—. ¡Diablos!