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El sistema de Treno » Sombras por Silencio en los bosques del infierno
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Los ojos rojos se arremolinaron a su alrededor. En ellos no había vacilación, no había confusión alguna. Fueron directos hacia el que había derramado sangre.
Silencio extendió el brazo hacia William Ann mientras las umbras descendían. Rojo agarró a la chica y la arrojó contra una umbra, intentando detenerla. Dio media vuelta y salió corriendo en sentido opuesto.
William Ann pasó a través de la umbra y se le marchitó la cara. La piel le tiró de la barbilla y alrededor de los ojos. Trastabilló después de atravesar la umbra y cayó en brazos de Silencio.
Silencio sintió un pánico inmediato y abrumador.
—¡No! Niña, no. No. No…
William Ann intentó mover la boca y emitió un sonido ahogado mientras los labios se le retraían hacia los dientes, con los ojos muy abiertos mientras se le tensaba la piel y se le marchitaban los párpados.
«Plata, necesito plata. Puedo salvarla». Silencio estiró el cuello y asió a William Ann. Rojo corría camino abajo, dando tajos a diestro y siniestro con la daga de plata, salpicando luz y chispas. Estaba rodeado de umbras. Centenares, como cuervos buscando posadero.
No en esa dirección. Las umbras tardarían poco en terminar con él y buscarían más carne. Cualquier carne. William Ann aún tenía sangre en el cuello. La próxima sería ella. Y aunque no fuese así, la chica estaba marchitándose deprisa.
La daga no bastaría para salvar a William Ann. William Ann necesitaba polvo, polvo de plata, que hacer tragar a su hija. Hurgó en el bolsillo y sacó el poco polvo de plata que tenía.
Demasiado poco. Sabía que iba a ser demasiado poco. El entrenamiento de su abuela le calmó la mente y todo se aclaró en un instante.
La posada estaba cerca. Allí tenía más plata.
—Ma… madre…
Silencio cogió en brazos a William Ann. Pesaba demasiado poco, se le secaba la carne. Dio media vuelta y cruzó el puente corriendo con todas sus fuerzas.
Le dolían los brazos, debilitados por haber cargado el cadáver hasta tan lejos. El cadáver… ¡No podía perderlo!
No. No podía pensar en eso. Las umbras acabarían con su carne, aún lo bastante caliente, al poco de que muriera Rojo. No cobraría la recompensa. Tenía que concentrarse en William Ann.
El viento enfrió las lágrimas del rostro de Silencio mientras corría. Su hija tiritaba y se sacudía en sus brazos, con los estertores de la muerte. Si moría así, se convertiría en umbra.
—¡No voy a perderte! —dijo Silencio a la noche—. Por favor. No voy a perderte…
A su espalda, Rojo soltó un largo y ululante chillido de agonía que se interrumpió mientras las umbras se daban un banquete. Cerca de ella se detuvieron otras umbras, con ojos que cambiaron a rojo.
Sangre en el aire. Ojos carmesíes.
—Te odio —susurró Silencio al aire mientras corría. Cada zancada era un suplicio. Sí que se estaba haciendo vieja, sí—. ¡Te odio! Por lo que me hiciste. Por lo que nos hiciste.
No sabía si hablaba con su abuela o con el Dios del Más Allá. A menudo eran lo mismo, en su mente. ¿Se había dado cuenta de eso alguna vez?
Las ramas la azotaron mientras seguía corriendo. ¿Eso que veía al fondo era luz? ¿La posada?
Cientos y cientos de ojos rojos se abrieron delante de ella. Tropezó y cayó al suelo, exhausta, con William Ann como un pesado fardo de ramas en sus brazos. La chica temblaba y tenía los ojos en blanco.
Silencio extendió la mano con el poquito de polvo de plata que había sacado del bolsillo. Ansiaba ponérselo a William Ann, ahorrarle un poco de dolor, pero sabía sin duda que sería desperdiciarlo. Bajó la mirada, llorando, e hizo con el polvo un pequeño círculo alrededor de las dos. ¿Qué otra cosa podía hacer?
William Ann tenía convulsiones y la respiración rasposa mientras arañaba los brazos de Silencio. Las umbras llegaron a docenas, apiñándose alrededor de ellas, oliendo la sangre. La carne.
Silencio se abrazó a su hija. Tendría que haber ido a por la daga, en realidad. No habría curado a William Ann, pero al menos podría haberla usado para luchar.
Sin la daga, sin nada, había fracasado. Su abuela había tenido razón desde el principio.
—Calla ahora, querida —susurró Silencio, cerrando los ojos con fuerza—, no tengas miedo.
Las umbras atacaron su frágil barrera, haciendo saltar chispas y obligando a Silencio a abrir los ojos. Retrocedieron y otras ocuparon su lugar, acosando la plata, iluminando con sus ojos rojos unas siluetas negras que se retorcían.
—La noche cae —susurró ella, con la voz estrangulada—, pero el sol volverá al cielo.
William Ann arqueó la espalda y se quedó muy quieta.
—Duerme ahora, que… que… querida, no pases duelo. Estamos a oscuras, pero un día… despertaremos…
Qué cansada estaba. «No tendría que haberla dejado venir».
Pero si no lo hubiera hecho, Chesterton se le habría escapado y probablemente habría caído presa de las umbras. William Ann y Sebruki serían esclavas de Theopolis, o algo peor.
Sin opciones. Sin salida.
—¿Por qué nos enviaste aquí? —chilló, mirando hacia el cielo más allá de centenares de brillantes ojos rojos—. ¿Qué sentido tiene?
No hubo respuesta. Nunca había respuesta.
Sí, aquello de delante era luz. La veía a través de las ramas bajas de los árboles. Estaba solo a escasos metros de la posada. Moriría a pocos pasos del hogar, igual que su abuela.
Parpadeó, acunando a William Ann mientras su diminuta barrera fallaba.
Esa… esa rama que tenía delante. Tenía una forma muy rara. Larga, fina, sin hojas. No se parecía en nada a una rama. Se parecía más bien…
Se parecía a un pivote de ballesta.
Se había clavado en el árbol después de salir disparado de la posada. Recordó que ese mismo día se había enfrentado al mismo pivote, había mirado su punta reluciente.
Plata.
Silencio Montane irrumpió por la puerta trasera de la posada, tirando de un cuerpo desecado. Llegó dando tumbos a la cocina, a duras penas capaz de andar, y dejó caer la saeta con punta de plata de una mano marchita.
La piel seguía tirándole, el cuerpo arrugándose. No había podido evitar el marchitamiento, no luchando contra tantas umbras. El pivote de ballesta había servido solo para abrirle paso, permitiéndole embestir en una última y desesperada carga.
Casi no podía ver. Caían lágrimas de sus ojos empañados. Aun con las lágrimas, notaba los ojos tan secos como si llevara una hora al viento sin cerrarlos. Sus párpados se negaban a cerrarse y no podía mover los labios.
Tenía polvo, ¿verdad?
Pensamiento. Mente. ¿Qué?
Actuó sin pensar. Frasco en la repisa de la ventana. Por si se rompía el círculo. Desenroscó la tapa con unos dedos que eran como palos. Verlos dejó horrorizada a una parte lejana de su mente.
«Muero. Estoy muriendo».
Hundió el frasco de polvo de plata en el aljibe, lo sacó y fue renqueando hacia William Ann. Cayó de rodillas junto a la chica, derramando buena parte del agua. Lo demás lo vertió en la cara de su hija con un brazo tembloroso.
«Por favor. Por favor».
Oscuridad.
—Se nos envió aquí para ser fuertes —dijo su abuela, de pie al borde del acantilado, contemplando las aguas. Su cabello canoso ondeaba al viento, serpenteando como las volutas de una umbra. Se volvió hacia Silencio, que vio su rostro correoso cubierto de gotitas de agua por las olas que rompían abajo—. El Dios de Más Allá nos envió. Forma parte de su plan.
—Para ti es muy fácil decirlo, ¿verdad? —espetó Silencio—. Encajas cualquier cosa en ese «plan» tan nebuloso. Hasta la misma destrucción del mundo.
—No te toleraré las blasfemias, niña. —Su voz sonaba como botas arrastrando gravilla. Anduvo hacia Silencio—. Puedes despotricar contra el Dios de Más Allá, pero no cambiará nada. William era un necio y un imbécil. Estás mejor sin él. ¡Somos los Pionero! Nosotros sobrevivimos. Seremos quienes derrotemos a la Maldad, algún día.
Pasó junto a su nieta.
Silencio nunca había visto una sonrisa a su abuela, al menos desde que muriera su marido. Sonreír era desperdiciar energía. Y el amor… el amor era para la gente de Patria. Los que no habían perecido a manos de la Maldad.
—Estoy embarazada —dijo Silencio.
Su abuela se detuvo.
—¿De William?
—¿De quién si no?
Su abuela siguió andando.
—¿No hay reproches? —preguntó Silencio, mientras se volvía y se cruzaba de brazos.
—Lo hecho, hecho está —dijo la anciana—. Somos Pionero. Si así es como debe continuar nuestro linaje, que así sea. Estoy más preocupada por la posada, y por cumplir los pagos a esos condenados fuertes.
«Para eso tengo una idea —pensó Silencio, visualizando las ofertas de recompensa que había empezado a reunir—. Algo a lo que ni siquiera tú te atreverías. Algo peligroso. Algo impensable».
Su abuela llegó a los bosques y miró a Silencio, ceñuda, antes de ajustarse el sombrero e internarse entre los árboles.
—No dejaré que interfieras con mi criatura —dijo Silencio en voz alta—. ¡La criaré como yo quiera!
Su abuela desapareció en las sombras.
Por favor. Por favor.
—¡Lo haré!
No voy a perderte. No voy a…
Silencio despertó con un respiro, arañando los tablones del suelo, mirando hacia arriba.
Viva. ¡Estaba viva!
Dob, el mozo de cuadra, estaba arrodillado a su lado, sosteniendo el frasco de polvo de plata. Silencio tosió y se llevó los dedos —gordezuelos, con la carne restaurada— al cuello. Estaba sana, aunque le raspaba la garganta por los copos de plata que le habían hecho tragar. Tenía la piel salpicada de partículas negras de plata consumida.
—¡William Ann! —exclamó, girándose.
La niña estaba tendida en el suelo junto a la puerta. La parte izquierda de William Ann, la que había tocado primero a la umbra, estaba ennegrecida. No tenía la cara tan mal, pero su mano era un esqueleto marchito. Tendrían que amputársela. La pierna tampoco tenía buen aspecto. Silencio no podría saber lo grave que era hasta examinar las heridas.
—Ay, mi niña…
Silencio se arrodilló a su lado.
Pero la chica respiraba. Era suficiente, considerándolo todo.
—Lo he intentado —explicó Dob—, pero tú ya habías hecho lo que debía hacerse.
—Gracias —dijo Silencio. Se volvió hacia el hombre mayor, con su frente despejada y sus ojos mates.
—¿Lo has atrapado? —preguntó Dob.
—¿A quién?
—Al criminal de la recompensa.
—Eh… Sí, lo he atrapado. Pero luego he tenido que dejarlo.
—Ya encontrarás otro —dijo Dob con su tono invariable, poniéndose de pie—. El Zorro siempre los encuentra.
—¿Cuánto hace que lo sabes?
—Soy idiota, señora mía, pero no tonto —respondió él. Le hizo una inclinación de cabeza y se marchó, encorvado como siempre.
Silencio se puso de pie y gimió al levantar del suelo a William Ann. Llevó a su hija a la habitación de arriba y la atendió.
La pierna no estaba tan mal como se había temido. Perdería unos cuantos dedos del pie, pero la extremidad en sí estaba bastante sana. Todo el lado izquierdo del cuerpo de William Ann estaba ennegrecido, como quemado. Con el tiempo, se iría aclarando a gris.
Todo el que la viera sabría exactamente lo que había ocurrido. Muchos hombres se negarían a tocarla siquiera, temiendo el contagio. Quizá estuviera condenada a una vida de soledad.
«Esa clase de vida me la conozco un poco», pensó Silencio, mojando un trapo en la pileta y lavando la cara a William Ann. La joven pasaría el día entero durmiendo. Había estado muy cerca de morir, de convertirse en umbra. El cuerpo tardaba en recuperarse de algo así.
Por supuesto, Silencio también había estado cerca. Pero para ella no era la primera vez. Otra práctica con su abuela. ¡Cómo odiaba a aquella mujer! Silencio debía lo que era a lo dura que la había vuelto aquel entrenamiento. ¿Podía estar agradecida a su abuela y odiarla al mismo tiempo?
Terminó de lavar a William Ann, le puso un camisón suave y la dejó en su cama. Sebruki todavía dormía por el bebedizo que le había dado Silencio.
De modo que bajó a la cocina a sentarse y meditar pensamientos difíciles. Había perdido la recompensa. Las umbras se habrían dado un banquete con el cuerpo. La piel sería polvo, el cráneo estaría negro y echado a perder. No tenía forma de demostrar que había capturado a Chesterton.
Apoyó los brazos en la mesa de la cocina y entrelazó las manos por delante. Quería darle al whiskey en vez de pensar, para embotar los horrores de la noche.
Pero pasó horas pensando. ¿Tenía alguna forma de pagar a Theopolis? ¿Pedir dinero prestado a otra persona? ¿A quién? Tal vez buscar otra recompensa. Pero últimamente pasaba muy poca gente por la posada. Theopolis ya le había dado el aviso al que obligaba el documento. No esperaría el pago más de un día o dos antes de reclamar la posada como propiedad suya.
¿De verdad había superado tantas contrariedades, solo para perder de todos modos?
El sol le cayó en la cara y un viento suave de la ventana rota le hizo cosquillas en la mejilla, despertándola de un sueño ligero sobre la mesa. Silencio parpadeó y se desperezó, con protestas de sus extremidades. Luego suspiró y fue a la encimera. Había dejado fuera todos los materiales para sus preparados la noche anterior, y la pasta brillante de sus cuencos de arcilla aún no se había apagado del todo. La saeta de ballesta con la punta de plata estaba junto a la puerta trasera, donde la había soltado. Tenía que recoger y preparar el desayuno para sus escasos huéspedes. Y luego, tenía que pensar en alguna forma de…
La puerta se abrió y alguien entró en la cocina.
… de lidiar con Theopolis. Dio un suave suspiro y miró al hombre, con su ropa limpia y su sonrisa condescendiente. Le puso el suelo perdido de barro al entrar.
—Silencio Montane. Qué buen día hace, ¿hum?
«Sombras —pensó ella—. Ahora mismo no tengo la fuerza mental para tratar con él».
Theopolis empezó a cerrar los postigos de las ventanas.
—¿Qué haces? —preguntó Silencio con brusquedad.
—¿Hum? ¿No me tienes dicho que no quieres que se nos vea juntos? ¿Que no quieres dar pistas de que te cobro yo las recompensas? Solo intento protegerte. ¿Ha pasado algo? Tienes un aspecto horrible, ¿hum?
—Sé lo que hiciste.
—¿Ah, sí? Pero es que verás, yo hago muchas cosas. ¿A cuál te refieres?
Qué ganas tenía de borrarle aquella sonrisa de los labios, arrancarle la garganta y exprimirle aquel acento de Último Puerto tan irritante. Pero no podía. Qué bien se le daba actuar, al condenado. Silencio tenía suposiciones, a buen seguro acertadas. Pero no tenía pruebas.
Su abuela lo habría matado en ese mismo instante. ¿Tan desesperada estaba Silencio por demostrar sus sospechas que se arriesgaría a perderlo todo?
—Estuviste en los bosques —dijo Silencio—. Cuando Rojo me sorprendió en el puente, supuse que el sonido que había oído, de hojas moviéndose en la oscuridad, habría sido él. Pero no lo era. Insinuó que nos estaba esperando en el puente. Esa cosa de la oscuridad eras tú. Y también fuiste tú quien le disparó con la ballesta para sacudirlo y que derramara sangre. ¿Por qué, Theopolis?
—¿Sangre? —preguntó Theopolis—. ¿De noche? ¿Y has sobrevivido? Puedes darte con un canto en los dientes, diría yo. Extraordinario. ¿Qué pasó luego?
Silencio no dijo nada.
—Vengo a cancelar la deuda —añadió Theopolis—. Entonces no tienes recompensa que cobrar, ¿hum? A lo mejor al final sí que necesitamos mi escrito. Menos mal que he tenido la amabilidad de traer otra copia. De verdad que esto será estupendo para los dos. ¿No estás de acuerdo?
—Te brillan los pies.
Theopolis vaciló y miró abajo. Allí, el barro que había traído emitía un tenue resplandor a la luz de los restos de pasta brillante.
—Me seguiste —dijo ella—. Sí que estabas allí anoche.
El hombre alzó la mirada hacia ella con una expresión lenta y despreocupada.
—¿Y qué?
Dio un paso adelante.
Silencio retrocedió y su talón topó con la pared que tenía detrás. Palpó a su alrededor, cogió la llave y corrió el cerrojo de la puerta que había en esa pared. Theopolis la agarró del brazo y tiró de ella mientras Silencio abría la puerta hacia fuera.
—¿Buscabas alguna arma oculta de las tuyas? —preguntó el hombre con una mueca burlona—. ¿La ballesta que guardas en el estante de la despensa? Sí, sé que está ahí. Me decepcionas, Silencio. ¿No podemos ser personas civilizadas?
—Jamás firmaré tu documento, Theopolis —dijo ella, y escupió a sus pies—. Antes muerta. Antes expulsada de mi casa y mi hogar. Puedes quedarte la posada por la fuerza, pero yo no voy a servirte. Por mí puedes irte al infierno, hijo de puta. Eres un…
Theopolis le dio un bofetón. Fue un gesto rápido pero sin emoción alguna.
—Anda, cállate.
Silencio trastabilló hacia atrás.
—Qué dramática eres, Silencio. Seguro que no soy el único que desearía que hicieras honor a tu nombre, ¿hum?
Ella se lamió el labio, sintiendo el dolor del tortazo. Levantó una mano hacia su cara. Una sola gota de sangre le coloreó el dedo al retirarlo.
—¿Qué esperas, que me asuste? —preguntó Theopolis—. Sé que aquí dentro estamos a salvo.
—Necio forteño —susurró Silencio, y le lanzó la gota de sangre encima. Le dio en la mejilla—. Hay que cumplir siempre las Sencillas Reglas. Hasta cuando crees que no hace falta. Y no estaba abriendo la despensa, como creías.
Theopolis frunció el ceño y miró la puerta que acababa de abrir Silencio. Era la que daba al pequeño y viejo sagrario. El santuario de su abuela, dedicado al Dios del Más Allá.
La parte de abajo de la puerta estaba cubierta de plata.
Unos ojos rojos se abrieron en el aire detrás de Theopolis, y una negrura absoluta cobró forma en la estancia ensombrecida. Theopolis vaciló y dio media vuelta.
No llegó ni a chillar. La umbra cogió su cabeza entre las manos y le empezó a arrebatar la vida. Era una umbra reciente, de rasgos aún marcados a pesar de la ondulante oscuridad de su ropa. Una mujer alta, de facciones duras, con el pelo rizado. Theopolis abrió la boca, pero su cara se marchitó, sus ojos se le hundieron en la cabeza.
—Tendrías que haber corrido, Theopolis —dijo Silencio.
La cabeza del hombre empezó a desmoronarse. Su cuerpo se derrumbó al suelo.
—Escóndete de los ojos verdes, huye de los rojos —dijo Silencio, recogiendo la saeta de ballesta con punta de plata de al lado de la puerta trasera—. Tus normas, abuela.
La umbra se volvió hacia ella. Silencio se estremeció al mirar aquellos ojos muertos, vidriosos, de la matriarca a la que había aborrecido y amado.
—Te odio —dijo Silencio—. Gracias por hacer que te odiara.
Sostuvo ante ella el pivote, pero la umbra no atacó. Silencio la rodeó poco a poco, obligándola a retroceder. La umbra se apartó de ella flotando y regresó al sagrario rodeado por plata al pie de sus tres paredes, donde Silencio la había atrapado años antes.
Con el corazón aporreándole el pecho, Silencio cerró la puerta, completando el contorno, y volvió a echar la llave. Pasara lo que pasara, la umbra siempre dejaba en paz a Silencio. Casi le daba la impresión de que la recordaba. Y casi le daban remordimientos por haber tenido encerrada aquella alma en el pequeño armario tantos años.
Silencio encontró la cueva escondida de Theopolis después de seis horas buscándola.
Estaba más o menos donde esperaba encontrarla, en las colinas que había cerca del Puente Viejo. Tenía un contorno de plata, que más tarde recogería. Era un buen dinero.
Dentro de la cueva encontró el cadáver de Chesterton, que Theopolis había arrastrado hasta allí mientras las umbras mataban a Rojo y luego perseguían a Silencio. «Por una vez, me alegro de que fueras un avaricioso, Theopolis».
Tendría que buscar a alguien para que empezara a cobrar las recompensas en su nombre. Sería complicado, y más a corto plazo. Sacó el cadáver a rastras y lo echó a lomos del caballo de Theopolis. Un breve paseo la llevó de vuelta al camino, donde se detuvo un momento antes de remontar un poco hasta localizar el cadáver de Rojo, marchitado hasta quedar solo huesos y ropa.
Recuperó la daga de su abuela, mellada y ennegrecida por la pelea. La guardó de nuevo en la vaina que llevaba al costado. Regresó con paso pesado, agotada, a la posada para esconder el cadáver de Chesterton en el viejo sótano tras la cuadra, junto a los restos de Theopolis. Luego volvió a la cocina. Al lado de la puerta del sagrario, donde una vez había estado colgada la daga de su abuela, había puesto el virote de ballesta de plata que Sebruki le había enviado sin saberlo.
¿Qué dirían las autoridades cuando tuviera que explicarles la muerte de Theopolis? Quizá podía afirmar que lo había encontrado como estaba…
Se quedó quieta un momento y sonrió.
—Parece que estás de suerte, amigo mío —dijo Daggon, dando un sorbo a su cerveza—. Ya no vas a tener que preocuparte de que el Zorro Blanco vaya a por ti.
El hombre larguirucho, que insistía en hacerse llamar Sinceridad, se encorvó un poco más en su asiento. Daggon le preguntó:
—¿Cómo es que aún estás aquí? Yo he viajado hasta Último Puerto. No me esperaba encontrarte por estos andurriales en el camino de vuelta.
—Me han contratado en una hacienda cercana —dijo el hombre de cuello estrecho—. Un buen trabajo, ojo. Todo legal.
—¿Y pagas para dormir aquí todas las noches?
—Me gusta. Es un sitio tranquilo. Las haciendas no están bien protegidas con plata. Dejan que las umbras se paseen por ahí. Hasta dentro de la casa. —El hombre se estremeció.
Daggon se encogió de hombros y alzó su jarra mientras Silencio Montane se acercaba cojeando. Sí, era una mujer con bastante buena pinta. De verdad tendría que ponerse a cortejarla un día de aquellos. La mujer frunció el ceño a su sonrisa y le soltó el plato delante.
—Creo que me la estoy ganando —dijo Daggon, sobre todo para sí mismo, cuando Silencio se marchó.
—Pues tendrás que esforzarte más —repuso Sinceridad—. Este último mes le han pedido matrimonio siete hombres.
—¿Cómo?
—¡La recompensa! —exclamó el hombre larguirucho—. Por entregar a Chesterton. Menuda suerte tuvo Silencio Montane de encontrar la madriguera del Zorro Blanco.
Daggon atacó el plato. No le hacía mucha gracia cómo habían resultado las cosas. ¿Aquel presumido de Theopolis era el Zorro Blanco desde el principio? Pobre Silencio. Lo que tenía que haber sido para ella tropezar con su cueva y encontrarlo dentro, todo marchitado…
—Dicen que el tal Theopolis agotó sus últimas fuerzas matando a Chesterton —dijo Sinceridad— y llevándoselo a su agujero. Theopolis se marchitó antes de poder llegar a su polvo de plata.
Muy propio del Zorro Blanco, siempre decidido a obtener su recompensa, pase lo que pase. Tardaremos en ver a otro cazarrecompensas como él.
—Eso parece —dijo Daggon, aunque habría preferido con mucho que el hombre hubiera conservado su piel. ¿Ahora sobre quién contaría historias Daggon? No le apetecía tener que pagarse las cervezas.
Cerca de ellos, un individuo grasiento se levantó después de comer y salió tambaleándose por la puerta principal, con pinta de ir ya medio borracho, y eso que no pasaba del mediodía. Cómo era la gente. Daggon negó con la cabeza.
—Por el Zorro Blanco —dijo, alzando su jarra.
Sinceridad entrechocó la suya con la de Daggon.
—Por el Zorro Blanco, el cabronazo más duro que han conocido nunca los bosques.
—Que su alma conozca la paz —añadió Daggon—, y agradezcamos al Dios de Más Allá que nunca decidiera que merecíamos su tiempo.
—Amén —convino Sinceridad.
—Claro que también está Kent el Sangriento —dijo Daggon—. A ese sí que no conviene tocarle las narices. Más te vale que no se fije en ti, amigo mío. Y no vengas con esa carita de inocente. Esto son los bosques. Aquí todo el mundo ha hecho algo alguna vez de lo que no quiere que se entere nadie…
Nota final
Este relato tuvo su origen cuando George R. R. Martin se inclinó hacia mí en una firma de libros que estábamos haciendo los dos y me dijo: «Oye, ¿tú escribes ficción breve?».
Le respondí que yo escribía ficción breve larga. Entonces me invitó a participar en una de sus antologías, lo cual fue un auténtico honor. Las antologías que publican él y Gardner Dozois son una especie de «quién es quién» entre los escritores de ficción especulativa, y aunque ahora George es famoso por sus novelas, en el ramo siempre ha sido conocido por sus dotes editoriales. (Gardner, por cierto, es igual de conocido por lo mismo, de modo que fue un verdadero privilegio que me invitaran).
Pensé mucho tiempo en qué naturaleza iba a tener una antología titulada Dangerous Women, «mujeres peligrosas». Me preocupaba que los relatos que incluyera fuesen a caer en el tópico de hacer a todas las mujeres peligrosas de un mismo modo. (Lo cual resultó no ser el caso, por suerte). No me apetecía escribir otro cliché sobre una femme fatale o sobre una mujer soldado que en esencia sería un hombre con pechos.
¿De qué otras maneras podía alguien ser peligrosa? Supe casi desde el principio que quería que mi protagonista fuera una madre de mediana edad. Treno ya era un mundo construido del todo, puesto que sabía de su importancia en el Cosmere. Me estaba planteando ambientar la historia allí, y la última pieza encajó mientras hacía un estudio genealógico con propósitos religiosos y di con una mujer llamada Silence, Silencio.
¿Quién llamaría Silencio a su hija? Parecía uno de esos nombres hermosamente puritanos que no funcionarían en la mayoría de las ambientaciones, pero para Treno era perfecto. (Algún día alguien logrará sonsacarnos cuál es el nombre real de Nazh). La historia surgió a partir de ahí.
Unas cuantas anotaciones molonas sobre este relato. En primer lugar, las reglas para lidiar con los fantasmas se basan (vagamente) en las leyes judías que dictan lo que se puede hacer y lo que no durante el sabbat. Isaac, nuestro incansable cartógrafo, puso el nombre de Treno al planeta (y también bautizó a Nazh). La historia marco, la de los hombres en la posada de Silencio, estuvo a punto de sufrir tijeretazo dos o tres veces; hasta Gardner se mostró escéptico sobre ella cuando empezó a leer el relato. Al final, demostró que merecía su espacio por la mordida que tiene la transición al punto de vista de Silencio y por lo bien que cierra la trama al final. Creo que esa parte es necesaria, pero también creo que con ella la historia empieza con lo que considero una sección más floja.
Veréis más de este mundo en el futuro, con toda probabilidad.