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Sexto del Ocaso

La muerte cazaba bajo las olas. Ocaso la vio acercarse, una inmensa oscuridad en el profundo azul, una forma sombría tan ancha como seis canoas canaleras atadas una al lado de la otra. Las manos de Ocaso se tensaron sobre el remo, y su corazón se encabritó mientras buscaba de inmediato a Kokerlii.

Por suerte, la colorida ave estaba en su lugar habitual de la proa de la barca, picándose distraído una pata que tenía levantada. Kokerlii bajó la pata y se atusó las plumas, como si le trajera sin cuidado el peligro que llegaba desde abajo.

Ocaso contuvo el aliento. Siempre lo hacía, cuando tenía la mala fortuna de encontrarse con uno de esos seres en el océano abierto. No sabía qué aspecto tenían bajo las olas. Esperaba no averiguarlo nunca.

La sombra se aproximó, ya casi a punto de tocar la canoa. Un banco de pezfinos que pasaba por allí saltó al aire en una ola plateada, asustados por la cercanía de la sombra. Los peces, aterrorizados, cayeron de vuelta al agua con un sonido parecido a la lluvia. La sombra no se desvió. Los pezfinos eran una comida demasiado frugal para interesarse en ella.

Los ocupantes de una embarcación, en cambio…

Pasó justo por debajo. Sak pio bajito desde el hombro de Ocaso. La segunda ave parecía percatarse del peligro. Las criaturas como la sombra no cazaban siguiendo el olfato o la vista, sino sintiendo las mentes de sus presas. Ocaso volvió a mirar a Kokerlii, su única protección contra una amenaza capaz de tragarse su canoa entera. Nunca había recortado las alas de Kokerlii, pero en momentos como aquel comprendía por qué muchos marinos preferían que sus aviares no pudieran salir volando.

La barca cabeceó con suavidad y los saltarines pezfinos se calmaron. Las olas lamieron el casco de la embarcación. ¿La sombra se habría detenido? ¿Se lo habría pensado mejor? ¿Los habría sentido? El aura protectora de Kokerlii siempre había sido suficiente en el pasado, pero…

La sombra desapareció poco a poco. Se había girado para sumergirse, comprendió Ocaso. Al poco tiempo, dejó de distinguir nada en las aguas. Después de vacilar un momento, se obligó a sacar su máscara nueva. Era un aparato moderno que había adquirido hacía solo dos viajes de aprovisionamiento, una celada de cristal con cuero a los lados. La bajó a la superficie del agua y se inclinó para escrutar las profundidades. Las vio con tanta claridad como si estuviera en una laguna calmada.

Nada. Solo aquella profundidad inacabable. «Eres tonto —pensó, guardando la máscara y sacando su pala—. ¿No acabas de decidir que no querías ver nunca un bicho de esos?».

Aun así, mientras empezaba a remar de nuevo, supo que iba a pasar el resto de la travesía con la sensación de que la sombra estaba allí abajo, siguiéndolo. Tal era la naturaleza de las aguas. Nunca se sabía lo que acechaba por debajo.

Siguió adelante, remando en su canoa con batangas y leyendo las olas para estimar su posición. Aquellas olas eran tan reveladoras para él como una brújula, y hubo un tiempo en que lo habían sido para todos los Eelakin, su pueblo. Pero ya solo los tramperos aprendían las artes antiguas. También era cierto que incluso él llevaba una brújula de las más recientes, envuelta en el petate junto a su nuevo conjunto de cartas marinas, los mapas dejados como regalo por los Venidos de Arriba en su visita de principios de año. Se decía que eran más exactos incluso que las últimas mediciones, de modo que Ocaso los había comprado por si acaso. No podía evitarse que los tiempos cambiaran, decía su madre, más de lo que podía evitarse que las olas rompieran.

No pudo pasar mucho tiempo, medido por las mareas, antes de que avistara la primera isla. Sori era una isla pequeña del Panteón, y la más visitada de todas. Su nombre significaba «niño». Ocaso recordaba como si fuera ayer entrenar en sus costas con su tío.

Hacía mucho tiempo que no quemaba ninguna ofrenda a Sori, pese a lo bien que lo había tratado en su juventud. Quizá no estaría de más hacerle una pequeña ofrenda. Patji no se pondría celosa. No se podía tener celos de Sori, la menor de las islas. Al igual que todo trampero era bienvenido en Sori, se decía que todas las demás islas del Panteón le tenían afecto.

Sea como fuere, en Sori no había mucha caza valiosa. Ocaso siguió remando, a lo largo de un tramo del archipiélago que su pueblo conocía como el Panteón. Desde lejos, el archipiélago no era tan distinto de las islas natales de los Eelakin, de las que lo separaba una travesía de tres semanas.

Eso, desde lejos. Al acercarse, resultaban muy, muy distintas. Durante las siguientes cinco horas, Ocaso remó dejando atrás Sori y tres de sus primas. Nunca había puesto el pie en ninguna de esas tres. De hecho, nunca había amarrado en muchas de las cuarenta y tantas islas del Panteón. Al final de su aprendizaje, cada trampero elegía una isla y trabajaba allí toda su vida. Él había escogido Patji, unos diez años antes. Cómo volaba el tiempo.

Ocaso no vio más sombras bajo las olas, pero siguió vigilante. Tampoco era que pudiera hacer gran cosa para protegerse. De ese trabajo se ocupaba Kokerlii, felizmente posado en la proa de la embarcación, con los ojos entrecerrados. Ocaso le había dado semillas para comer, que le gustaban mucho más que los frutos secos.

Nadie sabía por qué las sombras y otras bestias parecidas vivían solo en aquel lugar, en las aguas cercanas al Panteón. ¿Por qué no cruzaban el mar hasta las islas Eelakin o el continente, donde había alimento de sobra y los aviares como Kokerlii eran mucho más escasos? En otras épocas, nadie se habría hecho esas preguntas. Los mares eran como eran. Pero de un tiempo a esa parte, la gente indagaba y metía las narices en todo. Preguntaban: «¿Por qué?» Decían: «A esto deberíamos buscarle explicación».

Ocaso negó con la cabeza, hincando el remo en el agua. Ese sonido, el de la madera en el agua, había sido su compañero en la mayoría de sus días. Lo entendía mucho mejor que entendía el habla del hombre.

Aunque a veces las preguntas del hombre se le metieran en la cabeza y se negaran a salir.

Después de las primas, la mayoría de los tramperos habrían virado al norte o al sur, siguiendo otras ramas del archipiélago hasta llegar a su isla elegida. Ocaso siguió adelante, hacia el corazón de las islas, hasta que se alzó una silueta ante él. Patji, la isla más grande del Panteón. Se elevaba como una cuña en el mar. Era un lugar de picos inhóspitos, mortales acantilados y profunda selva.

«Hola, viejo destructor —pensó—. Hola, padre».

Ocaso alzó su pala y la dejó en la canoa. Se quedó sentado un tiempo, masticando peces capturados la noche anterior y dando migajas a Sak. El ave de plumas negras se los comió con un aire solemne. Kokerlii seguía sentado a proa, piando a veces. Tendría ganas de desembarcar. Sak nunca aparentaba tener ganas de nada.

Aproximarse a Patji no era tarea sencilla, ni para aquellos que cazaban en sus costas. La barca siguió danzando con las olas mientras Ocaso pensaba cómo tomar tierra. Al cabo de un tiempo, dejó el pescado y volvió a remar en unas aguas que seguían profundas y azules, pese a su proximidad a la isla. Había miembros del Panteón que tenían bahías protegidas y playas en pendiente. Patji no tenía paciencia para esas bobadas. Sus playas eran de piedra y tenían taludes escarpados.

En sus costas nunca se estaba a salvo. De hecho, las playas eran la parte más peligrosa, porque no solo se estaba al alcance de los horrores de la tierra, sino también de los monstruos de las profundidades. El tío de Ocaso se lo había advertido una y otra vez. Solo un necio dormía en las costas de Patji.

La marea le era favorable y evitó que lo atraparan las corrientes que estrellarían su canoa contra aquellas taciturnas paredes de roca. Ocaso remó hacia una extensión de peñascos y salientes de piedra, lo que pasaba por una playa en Patji. Kokerlii salió volando hacia los árboles, piando y graznando.

Ocaso miró las olas de inmediato. No había sombras. Aun así, se sintió desnudo mientras saltaba de la canoa y la arrastraba para izarla a las rocas, con el agua cálida lamiéndole las piernas. Sak se quedó en su sitio, al hombro de Ocaso.

Cerca, entre las olas, Ocaso vio un cadáver meciéndose en el agua.

«Sí que empezamos pronto con las visiones, amigo mío», pensó, mirando a Sak. El aviar solía esperar a que hubieran amarrado del todo antes de conceder su bendición.

El pájaro de plumas negras se limitó a contemplar las olas.

Ocaso siguió trabajando. El cuerpo que veía entre las olas era el suyo propio. Le decía que evitara esa zona del agua. Quizá hubiera una anémona espinosa que pudiera picarle, o quizá esperara allí una corriente traicionera. Las visiones de Sak no mostraban tantos detalles; servían solo como aviso.

Ocaso sacó la barca del agua, desmontó las batangas y las ató al cuerpo principal de la canoa para mayor seguridad. A continuación, arrastró la embarcación costa arriba con cuidado, preocupándose de no rascar el casco contra piedras puntiagudas. Tendría que esconder la canoa en la selva. Si la encontraba algún otro trampero, Ocaso se quedaría atrapado en la isla varias semanas más, armando otra. Eso sería…

Se detuvo cuando dio con el talón contra algo blando. Miró hacia abajo, esperando encontrar un montón de algas. Pero en vez de eso, vio una tela mojada. ¿Una camisa? Ocaso la levantó para estudiarla y entonces reparó en otras señales, más sutiles, por toda la costa. Trozos rotos de madera lijada. Papelitos que flotaban en un remolino.

«Serán idiotas», pensó.

Volvió a la tarea de trasladar su canoa. Ir con prisas nunca era buena idea en una isla del Panteón. Pero sí que aceleró un poco el paso.

Al llegar a la linde de la selva, vio su propio cadáver colgando de un árbol cercano. Aquello que se entreveía entre las hojas como de helecho de la copa eran enredaderas cortadoras. Sak dio un suave graznido en su hombro mientras Ocaso cogía una piedra grande de la playa, que arrojó contra el árbol. La piedra dio en la madera y, en efecto, las enredaderas cayeron como una red, llenas de pinchos.

Les costaría unas horas retraerse. Ocaso acercó su canoa y la ocultó entre los arbustos cercanos al árbol. Con un poco de suerte, otros tramperos serían lo bastante sensatos como para apartarse de las enredaderas cortadoras, y en consecuencia no darían con su embarcación.

Antes de camuflar la barca con las últimas frondas, Ocaso sacó su petate. Aunque los siglos habían cambiado poco los deberes de un trampero, el mundo moderno tenía sus ventajas. En vez del simple taparrabos que le dejaba expuestas las piernas y el pecho, se puso unos gruesos pantalones con bolsillos en las perneras y una camisa con botones para protegerse la piel de las ramas y las hojas afiladas. En vez de sandalias, Ocaso se anudó unas recias botas. Y en vez de un garrote con dientes clavados, se procuró un machete del mejor acero. En su petate había lujos como una cuerda con garfio de acero, una lámpara y un encendedor que creaba chispas solo con juntar sus dos manecillas. Se parecía bien poco a los tramperos de las pinturas que había en casa, pero le daba igual. Prefería seguir con vida.

Ocaso dejó la canoa, echándose al hombro el petate y enfundando el machete a un lado. Sak pasó a su otro hombro. Antes de abandonar la playa hizo una pausa y miró la imagen de su traslúcido cadáver, que aún colgaba de unas enredaderas invisibles junto al árbol.

¿De verdad podía haber sido tan tonto como para dejarse atrapar por enredaderas cortadoras? Que él supiera, Sak solo le mostraba muertes plausibles. Ocaso prefería pensar que casi todas eran bastante improbables, visiones de lo que podía haber sucedido si fuese un imprudente, o si su tío no lo hubiera entrenado tan a fondo.

Antes, Ocaso se apartaba de cualquier lugar en el que viera su cadáver. No era valentía lo que había pasado a impulsarlo a hacer lo contrario. Era que necesitaba afrontar las posibilidades. Necesitaba ser capaz de dejar aquella playa sabiendo que aún podía lidiar con las enredaderas cortadoras. Si evitaba los peligros, no tardaría en perder sus habilidades. No podía confiar demasiado en Sak.

Porque Patji intentaría matarlo a cada ocasión que tuviera.

Ocaso se volvió y recorrió las piedras de la costa. Hacerlo iba contra todos sus instintos: en general, prefería dirigirse al interior nada más pudiera. Pero no podía marcharse sin investigar el origen de los restos que había visto. Sospechaba dónde podría hallar su fuente.

Silbó y Kokerlii respondió desde lo alto con un gorjeo, alzó el vuelo de un árbol cercano y planeó sobre la playa. No le ofrecería tanta protección como estando cerca, pero las bestias que cazaban mentes en la isla no eran tan grandes ni tenían una psique tan fuerte como las sombras del océano. Ocaso y Sak serían invisibles para ellas.

Al cabo de una media hora costa arriba, Ocaso encontró los restos de un extenso campamento. Cajas rotas, cuerdas deshilachadas medio sumergidas en charcos dejados por la marea, lona desgarrada, tablones hechos añicos que una vez pudieron ser paredes. Kokerlii se posó en una vara rota.

No vio su propio cadáver por allí cerca, lo cual podía significar que no había peligros inmediatos en la zona. También podía significar que lo que pudiese matarlo allí era capaz de tragarse su cuerpo entero.

Ocaso pisó con ligereza las piedras húmedas al borde del campamento destruido. No. Era más grande que un campamento. Ocaso pasó los dedos por un madero roto, en el que estaban pintadas con plantilla las palabras «Compañía Comercial Intereses Norteños». Era una poderosa fuerza mercantil de su tierra natal.

Se lo había dicho. Se lo había dicho una y mil veces. «No vengáis a Patji». Idiotas. ¡Y habían acampado en la costa, nada menos! ¿Es que nadie en esa compañía escuchaba nunca? Llegó a un grupo de surcos en las rocas, anchos como su brazo y de unos diez pasos de largo. Llevaban al océano.

«Sombra —pensó—. Una bestia de las profundidades». Su tío le había contado que una vez vio una. Era un enorme algo que había saltado desde el agua. Había matado a una docena de krells que pastaban en las plantas costeras antes de regresar a las aguas con su festín.

Ocaso se estremeció, imaginando aquel campamento sobre la piedra, atestado de hombres que desempacaban, preparándose para construir el fuerte que le habían descrito. Pero ¿dónde estaba su barco? ¿Dónde estaba la embarcación a vapor con el casco de hierro que, según afirmaban, podía rechazar los ataques de hasta las sombras más profundas? ¿Estaría defendiendo el fondo del océano, convertido en hogar de pezfinos y pulpos?

No había supervivientes, ni tampoco ningún cadáver a la vista. La sombra debía de haberlos devorado. Se retiró a la posición relativamente más segura del borde de la selva y estudió el follaje, buscando señales de que alguien hubiera pasado por allí. El ataque era reciente, quizá de hacía menos de un día.

Distraído, dio a Sak una semilla de su bolsillo mientras localizaba una sucesión de frondas rotas que llevaba al interior de la selva. Había supervivientes, pues. Quizá fuesen media docena. Cada uno había tomado una dirección distinta, y deprisa. Huían del ataque.

Correr por la selva era una buena forma de buscarse la muerte. Los de la compañía se creían muy duros y preparados. Se equivocaban. Ocaso había hablado con varios de ellos, intentando persuadir a tantos de sus «tramperos» como pudiese de no embarcarse en la travesía.

No había servido de nada. Quería echar la culpa a las visitas de los Venidos de Arriba por aquella imprudente ansia de progreso, pero lo cierto era que las compañías llevaban años hablando de expandirse al Panteón. Ocaso suspiró. Bueno, seguramente los supervivientes ya habrían muerto. Debería dejarlos con sus destinos.

Solo que la misma idea de que hubiera forasteros en Patji hacía que se estremeciera con algo que combinaba repugnancia y ansiedad. Estaban allí. No estaba bien. Aquellas islas eran sagradas y los tramperos, sus sacerdotes.

Cerca, las plantas se removieron. Ocaso desenfundó el machete con un gesto fluido, lo niveló y metió la mano en el bolsillo para sacar su honda. Pero no fue un refugiado lo que salió de los arbustos, ni tampoco un depredador. Fue un grupito de pequeños animales parecidos a ratones que asomaron cautelosos, husmeando el aire. Sak graznó. Nunca le habían gustado los manseros.

¿Comida?, enviaron a Ocaso los tres manseros. ¿Comida?

Era el más rudimentario de los pensamientos, proyectado sin mediación a su mente. Aunque no quería entretenerse, no dejó pasar la oportunidad de sacar un poco de carne seca para los manseros. Mientras se amontonaban sobre ella, enviándole gratitud, Ocaso vio sus dientes afilados y el único colmillo afilado que sobresalía de delante de sus bocas. Su tío le había dicho que antes los manseros eran peligrosos. Un mordisco bastaba para matar. Con el paso de los siglos, las criaturas se habían acostumbrado a los tramperos. Sus mentes eran menos planas que las de otros animales. Su tío los encontraba casi tan inteligentes como los aviares.

¿Recordáis?, les envió por medio del pensamiento. ¿Recordáis vuestra tarea?

Otros, enviaron ellos de vuelta, jubilosos. ¡Morder a otros!

Los tramperos no se fijaban en aquellos animales tan pequeños. Pero Ocaso pensaba que quizá, con un poco de entrenamiento, los manseros podían suponer una sorpresa inesperada para algún rival. Buscó en su bolsillo y rozó con los dedos un viejo y tieso fragmento de pluma. Decidió aprovechar la ocasión y sacó unas cuantas plumas largas, de brillantes colores verde y rojo, del petate. Eran plumas de apareamiento que había recogido de Kokerlii durante su muda más reciente.

Siguió hacia el interior de la jungla, seguido por unos emocionados manseros. Cuando estuvo cerca de su madriguera, clavó las plumas de apareamiento entre unas ramas, como si hubieran caído allí por casualidad. Si pasaba algún trampero y veía las plumas, podía suponer que los aviares tenían un nido cerca, con huevos recién puestos que saquear. Las plumas los atraerían.

Morder a otros, ordenó Ocaso de nuevo.

¡Morder a otros!, respondieron ellos.

Se quedó pensando un momento. ¿Habrían visto algo del naufragio de la compañía? A lo mejor podían señalarle la dirección correcta.

¿Habéis visto a otros?, les envió Ocaso. ¿Hace poco? ¿En la selva?

¡Morder a otros!, respondieron.

Eran inteligentes, pero no tanto. Ocaso se despidió de los animales y se volvió hacia el bosque. Tras debatirse un momento, se dirigió hacia el interior, cruzando y luego siguiendo el rastro de un refugiado. Escogió el que tenía visos de ir a pasar demasiado cerca de uno de sus propios campamentos seguros, en las profundidades de la selva.

Hacía más calor bajo el follaje, a pesar de la sombra. Sofocante pero cómodo. Kokerlii lo alcanzó y lo rebasó para posarse en una rama donde había varios aviares menores piando. Kokerlii era mucho más grande que ellos, pero les cantó con entusiasmo. Un aviar criado entre humanos nunca volvía a encajar del todo entre los suyos. Podía decirse lo mismo de un hombre criado entre aviares.

Ocaso siguió el rastro que había dejado el refugiado, esperando encontrar su cadáver en cualquier momento. No lo vio, aunque su propio cuerpo muerto sí que apareció de vez en cuando por el camino. Lo halló tendido a medio devorar en el fango, o escondido tras un tronco derribado con solo un pie a la vista. Nunca podía dormirse en los laureles, llevando a Sak al hombro. Daba igual si las visiones de Sak eran realidad o ficción: en cualquier caso, necesitaba el recordatorio constante de cómo trataba Patji a los desprevenidos.

Adoptó el acostumbrado, aunque incómodo, paso largo de un trampero del Panteón. Alerta, precavido, evitando rozarse con hojas en las que pudiera haber insectos picadores. Cortando con el machete solo cuando era imprescindible, para no dejar un rastro que pudiera seguirse. Escuchando, atendiendo a su aviar en todo momento, sin adelantarse a Kokerlii ni permitir que el pájaro se alejara demasiado.

El refugiado no había caído en los peligros más comunes de la isla. Cruzaba las veredas en vez de seguirlas. La mejor manera de encontrar depredadores era seguir a su comida. El refugiado no sabía cubrir sus pasos, pero tampoco se metía en los nidos de lagartos chascafuego, ni se rozaba con corteza de la hierbaletal, ni pisaba el fango hambriento.

¿Sería otro trampero? ¿Uno joven, todavía no adiestrado del todo? Sonaba a algo que podría intentar la compañía. Los tramperos expertos eran imposibles de reclutar, porque ninguno sería tan estúpido como para guiar a un grupo de oficinistas y mercaderes por las islas. Pero ¿un joven, que aún no hubiera escogido su isla? ¿Un joven que quizá estuviera resentido por poder practicar solo en Sori hasta que su mentor decidiera que había completado su aprendizaje? Ocaso se había sentido así diez años antes.

De modo que por fin la compañía había contratado a un trampero. Explicaría que por fin se hubieran atrevido a organizar su expedición. «Pero ¿a Patji, nada menos? —pensó, arrodillándose a la orilla de un pequeño arroyo. No tenía nombre, pero Ocaso lo conocía—. ¿Por qué venir aquí?».

La respuesta era evidente. Eran mercaderes. Para ellos, cuanto más grande, mejor. ¿Para qué perder el tiempo con las islas menores? ¿Por qué no acudir al propio padre?

Por encima de él, Kokerlii se posó en una rama y empezó a picar un fruto. El refugiado se había detenido junto a aquel arroyo. Ocaso estaba ganando terreno al joven. A juzgar por la profundidad de las huellas del chico en el barro, Ocaso podía estimar su peso y su altura. Tendría dieciséis años, quizá algo menos. Los tramperos empezaban su aprendizaje a los diez, pero Ocaso no se imaginaba ni siquiera a la compañía intentando reclutar a alguien tan poco formado.

«Pasó hace dos horas», pensó Ocaso después de girar un tallo roto y oler la savia. El camino del chico seguía derecho hacia el campamento franco de Ocaso. ¿Cómo? Ocaso nunca había hablado de él a nadie. Quizá aquel joven fuese aprendiz de otro trampero que visitaba Patji. Alguno de ellos podía haber encontrado su campamento y mencionárselo.

Ocaso frunció el ceño, pensativo. En sus diez años recorriendo Patji, solo había visto en persona a otros tramperos un puñado contado de veces. Siempre se habían dado la vuelta y seguido direcciones distintas sin mediar palabra. Era como funcionaban esas cosas. Intentarían matarse uno al otro, pero no lo harían en persona. Era mejor dejar que Patji se encargara de los rivales en vez de ensuciarse las manos directamente. O, al menos, eso le había enseñado su tío.

A veces, Ocaso se frustraba al pensarlo. Patji acabaría con todos en algún momento, así que ¿por qué ayudar al padre? Pero las cosas eran así, de modo que Ocaso se dejaba llevar. En todo caso, el refugiado iba casi en línea recta hacia el campamento franco de Ocaso. Quizá el joven no conociera la forma de hacer las cosas. Quizá llegara buscando ayuda, asustado de acudir a un campamento franco de su maestro por miedo al castigo. Quizá…

No, mejor no darle más vueltas. Ocaso ya tenía la cabeza llena de conjeturas espurias.

Encontraría lo que encontrara. Tenía que concentrarse en la selva y sus peligros. Empezó a alejarse del arroyo y de pronto vio aparecer su cadáver ante él.

Saltó hacia delante, dio media vuelta y oyó un tenue siseo. El revelador sonido lo hacía el aire al escapar de una pequeña grieta del suelo, seguido de un enjambre de diminutos insectos amarillos, pequeños como cabezas de alfiler. ¿Un nuevo hormiguero de hormigas asesinas? Si se hubiera quedado allí plantado un poco más, perturbando su hormiguero oculto, le habrían subido por la bota. Una sola picadura bastaría para matarlo.

Se quedó mirando el tumulto de los insectos más tiempo del que habría debido. Al no encontrar ninguna presa, regresaron al hormiguero. A veces, un bulto en el terreno señalaba su posición, pero Ocaso no había visto nada. Solo se había salvado gracias a la visión de Sak.

Así era la vida en Patji. Hasta el trampero más cuidadoso podía cometer un error. Y aunque no lo cometiera, la muerte podía reclamarlo de todos modos. Patji era un padre autoritario y vengativo que ansiaba la sangre de todo aquel que pisaba sus costas.

Sak pio en su hombro. Ocaso le rascó el cuello a modo de agradecimiento, aunque el trino del ave había sonado a disculpa. La advertencia casi había llegado demasiado tarde. Sin ella, Patji se lo habría llevado ese mismo día. Ocaso reprimió las apremiantes preguntas que no debería estar haciéndose y siguió adelante.

Llegó a las inmediaciones de su campamento franco mientras la tarde se preparaba para abandonar la isla. Encontró dos de sus cables trampa cortados, desarmados. No se sorprendió: los había colocado para que fuesen fáciles de ver. Ocaso rodeó con cuidado otro hormiguero del suelo, más grande que el anterior y con una grieta permanente por la que pudieran salir a borbotones las hormigas asesinas. Pero la abertura estaba sellada con una ramita humeante. Un poco más adelante, los hongos vientonocturno que Ocaso había dedicado años a cultivar estaban mojados para impedir que las esporas escaparan. Los siguientes dos cables trampa, los que no debían ser fáciles de ver, también estaban cortados.

«Bien hecho, chaval», pensó Ocaso. No solo había esquivado las trampas, sino que también las había desarmado por si tenía que huir deprisa en esa dirección. Pero alguien tenía que enseñar al chico a ocultar su rastro. Por supuesto, el rastro en sí podía ser una trampa, un intento de hacer que Ocaso se descuidara. En consecuencia, redobló la cautela mientras avanzaba centímetro a centímetro. Sí, el chico había dejado allí más huellas, tallos rotos y otras señales.

Algo se movió entre las copas de los árboles. Ocaso se detuvo y escrutó en las alturas. Había una mujer colgando de las ramas, atrapada en una red de enredadera gelatinosa, que dejaba a sus víctimas insensibles e incapaces de moverse. Por fin una de sus trampas había funcionado.

—Esto… ¿hola? —dijo ella.

«Una mujer —pensó Ocaso, sintiéndose muy estúpido—. La huella pequeña, la pisada ligera».

—Quiero dejar meridianamente claro —dijo la mujer— que no tengo intención de robarte tus aves ni allanar tu territorio.

Ocaso se acercó en la menguante luz. Reconocía a aquella mujer. Estaba entre los oficinistas que habían acudido a sus reuniones con la compañía.

—Has cortado mis cables trampa —dijo Ocaso. Las palabras se le hicieron raras en la boca y salieron bruscas, como si se hubiera tragado un puñado de arena. Llevaba semanas sin hablar.

—Esto sí, así es. Suponía que podrías reemplazarlos. —Vaciló—. Lo siento.

Ocaso se tranquilizó. La mujer rodó despacio en su red, y Ocaso reparó en un aviar que se había posado fuera. Al igual que sus propios pájaros, tenía unos tres puños de altura, aunque aquel tenía el plumaje de color verde y blanco apagado. Era un arroyal, una raza que no se criaba en Patji. Ocaso no sabía mucho de ellos, aparte de que, como Kokerlii, protegían la mente de los depredadores.

Las sombras se alargaron y el cielo se oscureció con el sol poniente. Pronto tendría que refugiarse para pasar la noche, porque los depredadores más peligrosos de la isla salían con la oscuridad.

—Te prometo que no quiero robarte —dijo la mujer desde sus ataduras. ¿Cómo se llamaba? Ocaso creía que se lo habían dicho, pero no se acordaba. Algo fuera de la tradición—. Me recuerdas, ¿verdad? Nos conocimos en las oficinas de la compañía.

Ocaso no respondió.

—Por favor —dijo ella—. Preferiría con mucho que no me colgaras de un árbol por los tobillos, empapada de sangre para atraer a los depredadores. Si no te importa.

—No eres un trampero.

—Bueno, no —respondió ella—. Quizá te hayas fijado en mi género.

—Ha habido tramperas.

—Sí. Una trampera, Yaalani la Valerosa. Me han contado su historia cien veces. Te resultará curioso saber que casi todas las sociedades tienen su mito de la inversión de papeles femenina. La mujer que va a la guerra disfrazada de hombre, o que dirige las tropas de su padre en la batalla, o que trampea en una isla. Estoy convencida de que esas historias están para que los padres puedan decir a sus hijas: «No eres Yaalani».

Esa mujer hablaba. Hablaba mucho. Era lo que hacía la gente en las islas Eelakin. Tenía la piel oscura, como la de él, y el habla de su pueblo. Pero aquel leve acento lo había oído cada vez más cuando volvía a las islas natales. Era el acento de alguien que había recibido educación.

—¿Puedes bajarme? —pidió ella, con un ligero temblor en la voz—. No me siento las manos. Es perturbador.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Ocaso—. Se me ha olvidado.

Estaban hablando demasiado. Le dolían los oídos. Aquel lugar debía ser silencioso.

—Vathi.

«¡Eso!» Era un nombre inadecuado. No hacía referencia a su orden de nacimiento y el momento del día, sino que se parecía a los nombres del continente. Entre su gente ya no era tan poco frecuente.

Fue a un árbol cercano, cogió la cuerda y bajó la red. El aviar de la mujer descendió aleteando, dando graznidos indignados y doliéndose de un ala, obviamente herida. Vathi cayó al suelo hecha un revoltijo de rizos oscuros y faldas de lino verde. Se puso en pie trastabillando pero volvió a caer. Tendría la piel insensible unos quince minutos más, por el contacto con las enredaderas.

Se quedó sentada y sacudió las manos para quitarse el entumecimiento.

—Entonces… esto… ¿no habrá tobillos y sangre? —preguntó esperanzada.

—Eso se dice para asustar a los niños —dijo Ocaso—. No lo hacemos de verdad.

—Ah.

—Si hubieras sido otro trampero, te habría matado para que no pudieras vengarte de mí.

Anduvo hacia el aviar de la mujer, que abrió el pico, amenazante, y extendió las alas para parecer más grande. Sak pio desde su hombro, pero al otro pájaro no pareció importarle.

Sí, tenía sangre en un ala. Ocaso se alegró de comprobar que Vathi se había preocupado del pájaro, por lo menos. Algunos nataleños no daban ninguna importancia a las necesidades de sus aviares y los trataban más como accesorios que como criaturas inteligentes. Vathi había arrancado las plumas cercanas a la herida, entre ellas un astil joven que podía sangrar si se partía. Había cubierto la herida con gasa, pero el ala seguía sin tener buen aspecto. Podía estar fracturada. Habría que atarle las alas al cuerpo para evitar que volara.

—Oh, Mirris —dijo Vathi, poniéndose por fin de pie—. He intentado ayudarla. Es que nos hemos caído cuando el monstruo…

—Recógela —la interrumpió Ocaso, comprobando el cielo—. Sígueme. Pisa solo donde yo.

Vathi asintió sin protestar, aunque no podía habérsele pasado ya el adormecimiento. Cogió un pequeño morral de entre las enredaderas y se alisó las faldas. Llevaba un chaleco ajustado y de su morral asomaba una especie de tubo metálico. ¿Una funda de mapa? Vathi recogió su aviar, que se le aposentó feliz en el hombro.

Ocaso abrió el camino y Vathi lo siguió, sin intentar nada cuando le dio la espalda. Bien. La oscuridad caía sobre ellos, pero su campamento franco estaba justo delante y Ocaso se sabía de memoria los pasos que tenía que dar para llegar desde allí. Mientras caminaban, Kokerlii bajó aleteando, se posó en el otro hombro de la mujer y empezó a trinar con aire amistoso.

Ocaso se detuvo y se volvió. El aviar de la mujer bajó por su ropa para alejarse de Kokerlii y se aposentó cerca de su corpiño. Dio un leve siseo, pero Kokerlii, que nunca se preocupaba por nada, siguió piando con alegría. Era una suerte que su especie fuese tan invisible a las mentes que hasta las hormigas asesinas lo veían tan incomestible como un cacho de corteza.

—¿Este es tuyo? —preguntó Vathi, mirando a Ocaso—. Ah, claro que sí. El que llevas al hombro no es un aviar.

Sak se acomodó y se atusó las plumas. No, su especie no era aviar. Ocaso siguió adelante.

—Nunca había visto a un trampero con un ave que no fuese de las islas —dijo Vathi desde detrás.

No era una pregunta. Por tanto, Ocaso no vio necesidad de contestar.

Aquel campamento franco —Ocaso tenía otros dos en la isla— estaba en la cima de una colina baja, al final de una senda serpenteante. Allí, un robusto árbol gurra sostenía lejos del suelo una estructura de una sola habitación. Los árboles se contaban entre los lugares más seguros para dormir en Patji. Sus copas eran el dominio de los aviares, y la mayoría de los grandes depredadores eran terrestres.

Ocaso encendió su lámpara y la alzó para que la luz naranja bañara su hogar.

—Arriba —dijo a la mujer.

Ella giró la cabeza hacia la selva que iba oscureciéndose. A la luz de la lámpara, Ocaso vio que tenía los ojos rojos por la falta de sueño, a pesar de la sonrisa despreocupada que le dedicó antes de trepar por las estacas que tenía clavadas el árbol. El entumecimiento ya se le debía de haber pasado.

—¿Cómo lo sabías?

Vathi vaciló, cerca de la trampilla que abría el paso al hogar de Ocaso.

—¿Cómo sabía qué?

—Dónde estaba mi campamento franco. ¿Quién te lo dijo?

—He seguido el sonido del agua —dijo ella, señalando con la cabeza el pequeño arroyo que nacía en la ladera—. Al encontrar trampas, he sabido que llevaba la dirección correcta.

Ocaso frunció el ceño. No se podía oír aquella agua, porque el arroyo desaparecía bajo tierra a solo unos centenares de metros y volvía a emerger en un lugar inesperado. Seguirlo hasta allí sería casi imposible.

¿Estaba mintiendo o tenía mucha suerte?

—Querías encontrarme —dijo él.

—Quería encontrar a alguien —contestó ella, abriendo la puerta. Su voz se amortiguó al entrar en la construcción—. He supuesto que un trampero sería mi única oportunidad de sobrevivir. —Fue a una de las ventanas con mosquitera, con Kokerlii aún al hombro—. Me gusta el sitio. Es muy espacioso, para ser una choza en una colina en plena jungla mortal en una isla aislada rodeada de monstruos.

Ocaso subió, sosteniendo la lámpara en los dientes. La estancia tenía unos cuatro pasos de largo y era lo bastante alta para estar de pie, aunque poco más.

—Sacude esas mantas —dijo él, señalando el montón con la cabeza y dejando la lámpara—. Luego levanta todos los vasos y cuencos del estante y mira dentro.

Los ojos de ella se ensancharon.

—¿Qué estoy buscando?

—Hormigas asesinas, escorpiones, arañas, rascasangres… —Se encogió de hombros y dejó a Sak en su posadero, junto a la ventana—. El campamento está construido para ser estanco, pero esto es Patji. Al padre le gustan las sorpresas.

Mientras Vathi dejaba la mochila con reparos y empezaba a trabajar, Ocaso subió por otra escalera para comprobar el techo. Allí había un grupo de cajas que podían albergar a una pareja de aves, con nidos dentro y agujeros que permitían a los pájaros entrar y salir a su antojo, dispuestas en dos hileras. Los animales nunca se alejaban mucho, salvo en ocasiones especiales, al haber sido criados por él.

Kokerlii aterrizó sobre uno de los nidos y pio, aunque flojito, porque ya era de noche. Llegaron más arrullos y trinos de las otras cajas. Ocaso se acercó para comprobar que las aves no tuvieran las alas o las patas heridas. Aquellas parejas de aviares eran su modo de vida, y los polluelos que incubaban, su principal recurso. Sí, trampeaba en la isla e intentaba encontrar nidos y aves salvajes, pero no era tan efectivo como criarlas él mismo.

—Te llamabas Sexto, ¿verdad? —dijo Vathi desde abajo, acompañada del sonido de una manta al sacudirse.

—Así es.

—Familia numerosa —comentó Vathi.

Una familia de lo más normal. O por lo menos, lo había sido en otros tiempos. Su padre se llamaba Duodécimo y su madre Undécima.

—¿Sexto de qué? —preguntó Vathi.

—Del Ocaso.

—Así que naciste casi de noche —dijo Vathi—. Los nombres tradicionales siempre me han parecido muy… esto… descriptivos.

«Qué poca sustancia ha tenido ese comentario —pensó Ocaso—. ¿Por qué los nataleños siempre tienen que hablar, aunque no haya nada que decir?».

Pasó al siguiente nido e inspeccionó a los dos adormilados pájaros que contenía antes de observar sus heces. Las aves respondieron a su presencia con alegría. Un aviar criado entre seres humanos, sobre todo si había prestado su talento a una persona siendo joven, siempre vería a la gente como parte de su bandada. Aquellos pájaros no eran sus compañeros, como Sak y Kokerlii, pero seguían siendo especiales para él.

—No hay insectos en las mantas —dijo Vathi, sacando la cabeza por la trampilla, detrás de él, con su propio aviar al hombro.

—¿Y en los vasos?

—Ahora me pongo con ellos. ¿Estas son tus parejas de cría, entonces?

Estaba claro que lo eran, así que no hacía falta responder.

Vathi miró cómo pasaba revista a las aves. Ocaso sintió sus ojos sobre él. Al final, habló.

—¿Por qué no hizo caso tu compañía al consejo que le dimos? Venir aquí ha sido un desastre.

—Sí.

Ocaso se volvió hacia ella.

—Sí —repitió Vathi—, supongo que esta expedición será un desastre absoluto, pero un desastre que nos acerca un paso a nuestro objetivo.

Ocaso fue a ver cómo estaba Sisisru, trabajando a la luz de la luna que ya se alzaba en el cielo.

—Menuda idiotez.

Vathi se cruzó de brazos en el techo de la construcción, con el torso medio metido aún en el cuadrado iluminado de la trampilla.

—¿Crees que nuestros antepasados aprendieron a orientarse en los océanos sin sufrir unos cuantos desastres? ¿Y qué me dices de los primeros tramperos? Tú tienes un conocimiento que se ha transmitido de generación en generación, aprendido por prueba y error. Si los primeros tramperos hubieran considerado una «idiotez» explorar, ¿dónde estarías tú?

—Eran hombres que viajaban solos y estaban bien entrenados, no barcos llenos de oficinistas y estibadores.

—El mundo está cambiando, Sexto del Ocaso —dijo ella en voz baja—. La gente del continente busca compañeros aviares cada vez más, y las cosas que una vez eran dominio exclusivo de los muy ricos están ahora al alcance de cualquiera. Hemos aprendido mucho, pero los aviares siguen siendo un enigma. ¿Por qué los polluelos criados en las islas natales no conceden talentos? ¿Por qué…?

—Son argumentos necios —la interrumpió Ocaso, dejando a Sisisru en su nido—. No quiero volver a oírlos.

—¿Y los Venidos de Arriba? —preguntó ella—. ¿Qué hay de su tecnología, de las maravillas que producen?

Ocaso vaciló y luego sacó unos gruesos guantes y señaló al aviar de la mujer. Vathi miró a su ave blanca y verde, hizo un chasquido tranquilizador con la lengua y lo cogió con las dos manos. El aviar sufrió la manipulación con solo unos picotazos desganados a los dedos de Vathi.

Ocaso cogió con cuidado al ave en sus manos enguantadas —los picotazos no serían tan tímidos en su caso— y le quitó el vendaje. Limpió la herida, entre enérgicas protestas del aviar, y le puso una venda nueva con pericia. Luego usó otra venda para fijar las alas del pájaro a su cuerpo, sin apretar demasiado para no impedirle respirar.

Al animal no le hizo gracia, claro. Pero volar agravaría la fractura del ala. Con el tiempo se arrancaría el vendaje a picotazos, pero de momento podría sanar. Cuando terminó, dejó a la nerviosa ave con sus otros aviares, que dieron suaves y amistosos trinos para calmarla.

Vathi no puso objeciones a dejar allí a su pájaro por el momento, aunque observó todo el proceso con interés.

—Puedes dormir en mi campamento franco esta noche —dijo Ocaso, volviéndose hacia ella.

—Y luego, ¿qué? —preguntó ella—. ¿Me echarás a la selva para que muera?

—Lo has hecho bien de camino hacia aquí —reconoció él a regañadientes. La mujer no era trampera. Un erudito no debería haber sido capaz de llegar hasta su campamento—. Supongo que sobrevivirás.

—He tenido suerte. No lograría cruzar la isla entera.

Ocaso se quedó callado un momento.

—¿Cruzar la isla?

—Hasta el campamento principal de la compañía.

—¿Habéis venido más?

—Eh… Pues claro. No pensarías…

—¿Qué ha pasado?

«¿Quién es el idiota, ahora? —se dijo—. Es lo primero que tendrías que haberle preguntado». Hablar nunca se le había dado nada bien.

Vathi se encogió, ensanchando los ojos. ¿Veía peligroso a Ocaso? Quizá la pregunta le había salido un poco demasiado como un ladrido. Daba igual. Vathi habló, así que tenía lo que quería.

—Levantamos nuestro campamento en la playa del norte —dijo—. Tenemos dos barcos con casco de hierro y cañones vigilando las aguas. Pueden encargarse hasta de un recorrefondos, si hace falta. Doscientos soldados y otra vez la mitad entre científicos y mercaderes. Estamos decididos a averiguar de una vez por todas por qué los aviares tienen que nacer en las islas del Panteón para poder conceder talentos.

»Un equipo se desplazó en esta dirección para buscar un lugar en el que levantar otra fortaleza. La compañía está decidida a defender Patji de otros intereses. A mí me parecía mala idea enviar la expedición, pero tenía mis propios motivos para querer rodear la isla, así que me apunté. Y entonces, el recorrefondos… —Puso cara de ir a vomitar.

Ocaso casi había dejado de escuchar a la mitad. ¿Doscientos soldados, correteando por Patji como hormigas sobre una fruta caída? ¡Qué atrocidad! Imaginó la calma de la selva rota por los sonidos de sus voces estridentes. El sonido de los humanos gritándose entre sí, el tañido del metal, los pisotones. Como en una ciudad.

Un ajetreo de plumas negras anunció la llegada de Sak, que subió y se posó en el borde de la trampilla, junto a Vathi. El ave de pluma negra cojeó por el techo hacia Ocaso, extendiendo las alas y mostrando las cicatrices que tenía en la izquierda. Para ella, hasta volar cuatro metros era todo un esfuerzo.

Ocaso bajó la mano y le rascó el cuello. Estaba sucediendo. Una invasión. Tenía que encontrar la manera de impedirla. De algún modo, tenía que…

—Lo siento, Ocaso —dijo Vathi—. Los tramperos me fascináis. He leído sobre vosotros y respeto vuestras costumbres. Pero esto tenía que pasar algún día, era inevitable. Las islas terminarán domesticadas. Los aviares son demasiado valiosos para dejarlos en manos de un par de centenares de montaraces excéntricos.

—Los jefes…

—Los veinte jefes del consejo estuvieron a favor de este plan —dijo Vathi—. Yo estaba presente. Si los Eelakin no aseguramos estas islas y los aviares, lo harán otros.

Ocaso contempló la noche.

—Ve a asegurarte de que no hay insectos en los vasos de abajo.

—Pero…

—Ve —insistió él—. ¡Y asegúrate de que no hay insectos en los vasos de abajo!

La mujer dio un suave suspiro pero regresó a la estancia, dejándolo con su aviar. Ocaso siguió rascando a Sak en el cuello, buscando consuelo en el movimiento familiar y en su presencia. ¿Se atrevía a esperar que las sombras resultaran ser demasiado letales para la compañía y sus barcos con casco de hierro? Vathi parecía bastante tranquila al respecto.

«No me ha dicho por qué se unió a la avanzadilla». Había visto una sombra, había sido testigo de cómo aniquilaba a su equipo, pero aun así había tenido la entereza suficiente para encontrar su campamento. Era fuerte. Ocaso tendría que recordarlo.

También era una mujer de la compañía, tan apartada de la experiencia real como podía estarse. A los soldados, los artesanos, incluso a los jefes, podía entenderlos. Pero aquellos escribas de palabras suaves que habían conquistado el mundo sin aspavientos, con una espada de comercio, lo desconcertaban.

—Padre —susurró—, ¿qué hago?

Patji le dio los sonidos normales de la noche como única respuesta. Criaturas moviéndose, cazando, revolviéndose. Los aviares dormían de noche, lo que suponía una oportunidad para los depredadores más peligrosos de la isla. En la distancia, una quijanoche aulló con un sonido horrible que despertó ecos en los árboles.

Sak extendió las alas y se inclinó, moviendo la cabeza adelante y atrás. El sonido siempre la hacía tiritar. A Ocaso le pasaba lo mismo.

Suspiró, se levantó y subió a Sak a su hombro. Se volvió y estuvo a punto de tropezar cuando vio su propio cadáver a sus pies. Se puso en alerta al instante. ¿Qué sería? ¿Enredaderas en las ramas del árbol? ¿Una araña descendiendo sigilosa desde las alturas? En su campamento franco no debía haber nada que pudiera matarlo.

Sak chilló, como si sufriera un dolor intenso.

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