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El sistema Drominad » Sexto del Ocaso
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Cerca, su otro aviar gritó también, en una cacofonía de graznidos, chillidos y gorjeos. ¡No, no eran solo ellos! Por todas partes, resonando en la distancia, desde cerca y lejos, los aviares salvajes estaban alborotados. Se revolvían en sus ramas, con un sonido como el de una ventolera soplando entre los árboles.
Ocaso dio una vuelta entera, tapándose las orejas con las manos, viendo boquiabierto cómo aparecían cadáveres a su alrededor. Se amontonaron unos sobre otros, algunos hinchados, otros ensangrentados, otros meros esqueletos. Todos en torno a él. Docenas y más docenas.
Cayó de rodillas, gritando, y quedó a la altura de uno de sus cadáveres.
Solo que ese… ese no estaba muerto del todo. Le cayó sangre de los labios al intentar hablar, vocalizando palabras que Ocaso no entendía.
Desapareció.
Lo hicieron todos, del primero al último. Ocaso giró sobre sí mismo, frenético, pero no vio más cuerpos. Los aviares salvajes dejaron de hacer tanto ruido en los árboles y los de Ocaso se posaron de nuevo en sus nidos. Ocaso respiró hondo, con el corazón aporreando contra su pecho. Se notó tenso, como si en cualquier momento pudiera salir una sombra de la negrura que rodeaba su campamento y devorarlo. Lo anticipó, sintió que se aproximaba. Quería correr, correr hacia cualquier parte.
¿Qué había sido eso? En todos sus años con Sak, nunca había visto nada igual. ¿Qué podría haber alterado a todos los aviares al mismo tiempo? ¿Sería la quijanoche que había oído?
«No seas tonto —pensó—. Esto era otra cosa, distinta a todo lo que hayas visto antes. Distinto a cualquier cosa que se haya visto en Patji». Pero ¿qué era? ¿Qué había cambiado?
Sak no se había tranquilizado como los demás. Miraba hacia el norte, hacia donde Vathi había dicho que estaban instalando el campamento principal de los invasores.
Ocaso se levantó y bajó a la estancia de abajo con Sak al hombro.
—¿Qué está haciendo tu gente?
Vathi se volvió de sopetón al oír el tono brusco. Había estado mirando por la ventana, hacia el norte.
—No sé de…
La agarró por el chaleco con las dos manos, tiró hacia él y la miró a los ojos desde escasos centímetros de distancia.
—¿Qué está haciendo tu gente?
Vathi abrió mucho los ojos y Ocaso notó que temblaba en sus manos, pero cuadró la mandíbula y le sostuvo la mirada. Se suponía que los escribas no tenían tantas agallas. Los había visto haciendo sus garabatos en sus habitaciones sin ventanas. Ocaso aferró con más fuerza el chaleco, tirando de la tela hasta que se hundió en la piel de Vathi, y se descubrió emitiendo un grave gruñido.
—Suéltame y hablaremos —dijo ella.
—Bah —repuso él, y la soltó. La mujer cayó unos centímetros hasta dar en el suelo con un golpe seco. Ocaso no se había dado cuenta de que la había levantado en vilo.
Vathi retrocedió, dejando tanto espacio entre ellos como permitía la estancia. Ocaso fue a la ventana y miró a través de la mosquitera. Su cadáver cayó desde el techo hasta el suelo de abajo. Saltó hacia atrás, temiendo que estuviera pasando otra vez.
Pero no fue así, o al menos no como antes. Sin embargo, cuando se volvió de nuevo hacia dentro, su cadáver yacía en un rincón, con los sangrientos labios abiertos y los ojos mirando sin ver. El peligro, fuera cual fuese, no había remitido.
Vathi se había sentado en el suelo, con la cabeza entre las manos, temblando. ¿Tanto la había asustado? Parecía cansada, agotada. Se abrazó las rodillas y, cuando lo miró, había algo en sus ojos que Ocaso no había visto antes, como si observara a un animal salvaje recién desencadenado.
Parecía adecuado.
—¿Qué sabes de los Venidos de Arriba? —le preguntó la mujer.
—Que viven en las estrellas —dijo Ocaso.
—En la compañía hemos estado reuniéndonos con ellos. No comprendemos sus costumbres. Tienen el mismo aspecto que nosotros, y a veces también hablan igual. Pero tienen normas, leyes que no quieren explicarnos. Se niegan a vendernos sus maravillas, pero a la vez parece que tienen prohibido llevarse cosas nuestras, aunque sea comerciando. Prometen que un día, cuando estemos más avanzados, lo harán. Es como si creyeran que somos niños.
—¿Y qué más nos da? —dijo Ocaso—. Si nos dejan en paz, mejor para nosotros.
—No has visto las cosas que pueden hacer —insistió ella en voz baja, con una mirada distante en los ojos—. Nosotros apenas hemos descubierto cómo construir barcos que naveguen solos, contra el viento. Pero los Venidos de Arriba pueden navegar por el cielo, hasta por las mismas estrellas. Saben muchísimas cosas, y no quieren contarnos ninguna de ellas.
Negó con la cabeza y metió la mano en el bolsillo de su falda.
—Buscan algo, Ocaso. ¿Qué interés podemos tener para ellos? Por lo que les he oído decir, hay otros mundos como el nuestro, con culturas incapaces de navegar por las estrellas. No somos únicos, pero los Venidos de Arriba siguen volviendo una y otra vez. Estoy segura de que quieren algo, se lo noto en los ojos…
—¿Qué es eso? —preguntó Ocaso, señalando con el mentón lo que Vathi había sacado del bolsillo. Lo tenía en la palma de la mano y parecía una concha de almeja pero con una lámina parecida a un espejo encima.
—Es una máquina —explicó ella—. Como un reloj, pero al que no hay que dar cuerda, y que muestra… muestra cosas.
—¿Qué cosas?
—Bueno, traduce idiomas. Del nuestro al de los Venidos de Arriba. Y también muestra la posición de los aviares.
—¿Qué?
—Es como un mapa —dijo ella—. Indica cómo llegar a los aviares.
—Así has encontrado mi campamento —dijo Ocaso, caminando hacia ella.
—Sí. —Vathi frotó el pulgar sobre la superficie de la máquina—. Se supone que no deberíamos tenerlo. Era de un emisario al que enviaron a trabajar con nosotros. Se atragantó comiendo y murió hace unos meses. Por lo visto, pueden morir, hasta por causas terrenales. Saberlo cambió mi forma de verlos.
»Los suyos han preguntado por las máquinas del muerto, y tendremos que devolverlas pronto. Pero esta que tengo nos revela lo que persiguen: los aviares. Los Venidos de Arriba siempre se quedan fascinados con ellos. Creo que buscan la forma de comerciar con los pájaros, de alguna manera que permitan sus leyes. Dan a entender que quizá no estemos a salvo, que no todo el mundo allá arriba cumple sus leyes.
—Pero ¿por qué acaban de reaccionar los aviares como lo han hecho? —preguntó Ocaso, mirando de nuevo la ventana—. ¿Por qué?
«¿Por qué he visto lo que he visto? Lo que sigo viendo, hasta cierto punto». Su cadáver seguía apareciendo, mirara donde mirara. Tirado junto a un árbol fuera, en un rincón de la sala, colgado de la trampilla del techo. Menudo descuido. Tendría que haberla cerrado.
Sak se había hundido en su pelo como solía hacer cuando andaba cerca un depredador.
—Hay una segunda máquina —dijo Vathi.
—¿Dónde? —exigió saber él.
—En nuestro barco. —La dirección en la que había mirado el aviar—. La segunda máquina es mucho más grande. Esta que tengo aquí tiene el alcance limitado. La grande puede generar un mapa enorme, de una isla entera, y luego trazar en papel una copia de ese mapa. En el papel habrá un punto señalando dónde está cada aviar.
—¿Y?
—Y vamos a poner en funcionamiento la máquina esta noche —dijo ella—. Cuesta horas prepararla, como un horno que hay que calentar, antes de que esté lista. El plan era empezar con ella esta noche, justo después de la puesta de sol, para poder usarla por la mañana.
—Esos otros, ¿la usarían sin estar tú? —preguntó Ocaso.
Vathi hizo una mueca.
—Sin dudarlo. El capitán Eusto seguro que ha dado brincos de alegría cuando no he regresado de explorar. Llevaba tiempo temiendo que acabara tomando el control de la expedición. Pero la máquina no es dañina, solo localiza a los aviares.
—¿Hizo eso antes? —preguntó él con brusquedad, señalando la noche—. La última vez que la usasteis, ¿llamó la atención de todos los aviares? ¿Los molestó?
—Pues no —dijo ella—. Pero la molestia se ha pasado, ¿verdad? Seguro que no es nada.
Ya. Nada. Sak aún tiritaba en su hombro. Ocaso veía la muerte allá donde mirara. En el momento en que habían activado aquella máquina, los cadáveres se habían amontonado. Si volvían a usarla, las consecuencias serían terribles. Ocaso lo sabía. Podía sentirlo.
—Vamos a detenerlos —afirmó.
—¿Qué? —dijo Vathi—. ¿Esta noche?
—Sí —dijo Ocaso, y fue hacia un pequeño armario oculto en la pared. Lo abrió y empezó a sacar parte del material que contenía. Una segunda lámpara. Aceite de reserva.
—Es una locura —objetó Vathi—. Nadie recorre las islas de noche.
—Yo lo hice una vez. Con mi tío.
Su tío había muerto en esa travesía.
—No puedes decirlo en serio, Ocaso. Las quijanoches campan por la isla. Las he oído.
—Las quijanoches rastrean las mentes —dijo Ocaso, metiendo material en su petate—. Son sordas del todo y casi ciegas. Si vamos deprisa y acortamos por el centro de la isla, podemos llegar a tu campamento por la mañana. Podemos impedir que vuelvan a usar la máquina.
—Pero ¿por qué querríamos hacerlo?
Ocaso se echó el petate al hombro.
—Porque si no, destruirán la isla.
Vathi le frunció el ceño e inclinó la cabeza a un lado.
—Eso no lo sabes. ¿Por qué crees saberlo?
—Tu aviar tendrá que quedarse aquí, con esa herida —dijo él, saltándose la pregunta—. No puede salir volando si nos pasa algo. —Podría decirse lo mismo de Sak, pero Ocaso no pensaba salir sin el pájaro—. Te la devolveré después de que hayamos detenido la máquina. Vamos.
Se dirigió hacia la trampilla del suelo y la abrió. Vathi se levantó, pero apretó la espalda contra la pared.
—Yo me quedo aquí.
—La gente de tu compañía no me creerá a mí —repuso él—. Tendrás que decirles tú que paren. Tienes que venir.
Vathi se lamió los labios, en lo que parecía ser un reflejo nervioso. Miró a ambos lados, buscando una escapatoria, y luego de nuevo hacia él. Justo en ese momento, Ocaso vio su cadáver colgado de las estacas clavadas en el árbol, por debajo. Se sobresaltó.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella, imperiosa.
—Nada.
—No dejas de mirar a los lados —dijo Vathi—. ¿Qué crees ver, Ocaso?
—Nos vamos. Ya.
—Llevas mucho tiempo solo en la isla —dijo ella, a todas luces intentando sonar reconfortante—. Te ha molestado nuestra llegada. No piensas con claridad, lo entiendo.
Ocaso respiró hondo.
—Sak, enséñaselo.
El ave despegó de su hombro, aleteó por la estancia y se posó en Vathi, que giró la cabeza hacia ella con la frente arrugada.
Entonces dio un respingo y cayó de rodillas. Vathi se acurrucó contra la pared, moviendo los ojos de lado a lado y vocalizando sin pronunciar palabras. Ocaso la dejó así un momento más y luego levantó el brazo. Sak volvió a él sobre alas negras, dejando caer una sola pluma oscura al suelo. Volvió a posarse en su hombro. Volar tanto le costaba.
—¿Qué era eso? —preguntó Vathi.
—Ven —dijo Ocaso.
Recogió su petate y salió de la construcción por la trampilla inferior. Vathi se arrastró hacia ella.
—No, dime, ¿qué era eso?
—Has visto tu propio cadáver.
—Por todas partes. Estaba allá donde mirara.
—Es el talento que otorga Sak.
—Ese talento no existe.
Ocaso alzó la mirada hacia ella, a medio bajar por las estacas.
—Has visto tu muerte. Eso es lo que ocurrirá si tus amigos usan su máquina. Muerte. La de todos nosotros. Los aviares y todo lo que vive aquí. No sé por qué, pero si sé que eso es lo que vendrá.
—Has descubierto un aviar nuevo —dijo Vathi—. ¿Cómo? ¿Cuándo?
—Pásame la lámpara —pidió Ocaso.
Algo atontada, Vathi se la entregó. Ocaso la sostuvo entre sus dientes y terminó de bajar por las estacas hasta el suelo. Luego alzó la lámpara y miró cuesta abajo.
La selva nocturna, negra como la tinta. Como el fondo del océano.
Tuvo un escalofrío y silbó. Kokerlii bajó aleteando desde el cielo y se posó en su hombro. Ocultaría sus mentes, y gracias a eso tenían una oportunidad. No sería fácil. Todo lo que acechaba en la jungla confiaba en su sentido mental, pero buena parte de ello podía cazar también guiándose por el olfato u otros sentidos.
Vathi descendió a toda prisa por las estacas tras él, con el morral al hombro y el extraño tubo asomando.
—Tienes dos aviares —dijo—. ¿Usas los dos a la vez?
—Mi tío tenía tres.
—¿Cómo es posible?
—Los tramperos les gustamos. —Cuántas preguntas. ¿No podía pensar cuáles podían ser las respuestas antes de preguntar?
—De verdad vamos a hacerlo —dijo, susurrando como para sí misma—. De noche, por la selva. Debería quedarme. Debería negarme…
—Ya has visto tu muerte si lo haces.
—He visto lo que tú afirmas que es mi muerte. Un nuevo aviar… Hacía siglos.
Aunque su voz sonaba reticente, Vathi lo siguió pendiente abajo hasta más allá de sus trampas y se internó tras él en la selva.
El cadáver de Ocaso estaba al pie de un árbol. Por acto reflejo, buscó al instante cualquier cosa que pudiera matarlo allí, pero los sentidos de Sak parecían desconcertados. La inminente muerte de la isla era tan abrumadora que parecía sofocar los peligros menos acuciantes. Quizá no pudiera confiar en las visiones del ave hasta que hubieran destruido la máquina.
Las densas copas de los árboles se los tragaron, en una selva cálida incluso en plena noche. La brisa del océano no llegaba hasta tan dentro de la isla, y el aire estancado se saturaba de olores forestales. Hongos, hojas podridas, perfume de flores. Acompañando a esos aromas llegaban los sonidos de una isla cobrando vida. Un frufrú constante entre los matorrales, como de gusanos retorciéndose en un montón de hojas secas. La luz de la lámpara no parecía llegar tan lejos como habría debido.
Vathi se le acercó por detrás.
—¿Por qué hiciste esto esa otra vez? —preguntó—. La otra vez que saliste de noche.
Más preguntas. Pero el sonido, por suerte, no era demasiado peligroso.
—Estaba herido —susurró Ocaso—. Teníamos que ir de un campamento franco a otro para usar el antídoto que guardaba mi tío. —Porque a Ocaso le temblaban las manos y se le había caído el otro frasco.
—¿Y sobreviviste? Bueno, está claro que sí. Es solo que me sorprende.
Vathi parecía estar hablando para llenar el aire.
—Podían estar acechándonos —añadió, mirando la oscuridad—. Las quijanoches.
—No nos acechan.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella en voz baja—. Ahí fuera, en esa oscuridad, podría haber cualquier cosa.
—Si las quijanoches nos hubieran visto, estaríamos muertos. Así es como lo sé.
Ocaso negó con la cabeza, sacó el machete y cortó unas ramas que tenían por delante. En cualquiera de ellas podría haber hormigas asesinas correteando por sus hojas. A oscuras, sería difícil distinguirlas, de modo que rozarse contra el follaje era mala idea.
«No podremos evitarlo —pensó, abriendo el paso por una zanja enfangada. Tuvo que pisar en las piedras para no hundirse. Vathi lo siguió con notable destreza—. Tenemos que avanzar rápido. No puedo cortar todas las ramas que encontremos en el camino».
Saltó de una piedra al borde de la zanja, rebasando a su propio cadáver, que se hundía en el barro. Vio cerca un segundo cadáver, tan traslúcido que era casi invisible. Alzó la lámpara, confiando en que no estuviera volviendo a ocurrir lo mismo de antes.
No aparecieron más. Solo estaban aquellos dos. Y la imagen tenue… sí, allí había un sumidero. Sak dio un suave trino y Ocaso buscó en su bolsillo una semilla para dársela. El animal había descubierto la forma de enviarle ayuda. Las imágenes más difusas eran peligros inmediatos de los que debía cuidarse.
—Gracias —le susurró.
—Ese pájaro tuyo —dijo Vathi, sin levantar la voz en la penumbra de la noche—. ¿Hay otros?
Salieron de la zanja y siguieron adelante, cruzando una trocha de krells en la noche. Ocaso impidió en el último momento que pisaran una colonia de hormigas asesinas. Vathi miró la hilera de diminutos insectos amarillos, que se movía en línea recta.
—¿Ocaso? —dijo mientras rodeaban las hormigas—. ¿Hay otros? ¿Por qué no has sacado los polluelos al mercado?
—No tengo ningún polluelo.
—¿Encontraste solo ese, entonces? —dijo ella.
Preguntas y más preguntas. Zumbando alrededor de Ocaso como moscas.
«No seas tonto —se dijo, reprimiendo la irritación—. Tú preguntarías lo mismo, si vieses a alguien con un aviar nuevo». Había intentado mantener a Sak en secreto y, durante años, ni siquiera la había llevado con él cuando salía de la isla. Pero con su ala herida, no había querido dejarla sola.
En el fondo, había sabido desde el principio que no podría mantener su secreto para siempre.
—Hay muchos como ella —dijo—, pero solo Sak tiene un talento que conceder.
Vathi frenó en seco mientras Ocaso seguía abriendo el camino. Él se volvió, mirándola allí sola y parada. Le había dado la lámpara para que la sostuviera ella.
—Esa ave es del continente —dijo Vathi. Alzó la luz—. Lo supe nada más verla y había supuesto que no sería un aviar, porque los pájaros continentales no pueden conceder talentos.
Ocaso volvió a girarse y siguió cortando vegetación.
—Trajiste un ave del continente al Panteón —susurró Vathi desde detrás—, y obtuvo un talento.
Ocaso cortó una rama de un tajo y siguió adelante. De nuevo, como Vathi no había hecho ninguna pregunta, no tenía por qué responder.
Vathi se apresuró para alcanzarlo y el brillo de la lámpara proyectó la sombra de Ocaso por delante cuando la mujer se acercó.
—Seguro que alguien más lo ha intentado antes. Seguro que…
Ocaso no lo sabía.
—Pero ¿por qué iba a hacerlo nadie? —prosiguió ella en voz baja, como hablando sola—. Los aviares son especiales. Todo el mundo conoce las distintas razas y de qué son capaces. ¿Por qué dar por hecho que un pez aprenderá a respirar aire si lo crías en tierra firme? ¿Por qué dar por hecho que un ave no aviar obtendrá un talento si se cría en Patji?
Siguieron caminando en la penumbra. Ocaso los apartó de muchos peligros, aunque descubrió que tenía que depender muchísimo de la ayuda de Sak. «No sigas ese arroyo, que tiene tu cadáver flotando en el agua. No toques ese árbol, que su corteza podrida es venenosa. Apártate de ese sendero, que en tu cadáver hay una picadura de hormiga asesina».
Sak no le hablaba, pero el mensaje llegaba claro. Cuando paró un momento para dar de beber a Vathi de su cantimplora, Ocaso vio que Sak estaba temblando. No le dio sus habituales picotazos cuando cerró sus manos en torno a ella.
Estaban en un claro pequeño, rodeados de pura oscuridad y con el cielo encapotado. Oyó la lluvia cayendo sobre los árboles a lo lejos. No era raro, en la isla.
Las quijanoches chillaron, una tras otra. Solo lo hacían cuando acababan de cobrarse una presa o cuando querían asustarla. Los krells a menudo dormían cerca de donde se posaban los aviares. Si espantaban a las aves, podían sentir las mentes de los krells.
Vathi había sacado su tubo. No era una funda para documentos… ni nada académico, a juzgar por cómo lo sostenía para verter algo en su interior. Cuando terminó, lo sostuvo como si fuese un arma. A sus pies estaba el cadáver destrozado de Ocaso.
No preguntó a Vathi por su arma, ni siquiera cuando ella sacó una especie de lanza corta y fina y la insertó por un extremo. No había arma que pudiera penetrar la gruesa piel de un quijanoche. Las únicas opciones eran evitarlos o morir.
Kokerlii bajó a su hombro aleteando y trinando. Parecía confundido por la oscuridad. ¿Qué hacían fuera de noche, cuando las aves no solían hacer ruido?
—Tenemos que seguir —dijo Ocaso, poniéndose a Sak en el otro hombro y sacando su machete.
—Comprenderás que tu pájaro lo cambia todo —dijo Vathi en voz baja, poniéndose a su lado con el morral al hombro y su tubo en la otra mano.
—Existirá un nuevo tipo de aviar —susurró Ocaso, pasando sobre su cadáver.
—Eso es lo de menos. Ocaso, dábamos por sentado que los polluelos criados fuera de estas islas no manifestaban sus capacidades porque no tenían otros alrededor que los entrenaran. Suponíamos que sus capacidades eran innatas, como la nuestra de hablar: nacemos con ella, pero necesitamos la ayuda de otros para desarrollarla.
—Eso aún puede ser cierto —objetó Ocaso—. A otras especies, como la de Sak, se las puede entrenar para que hablen.
—¿Y tu pájaro? ¿Lo entrenaron otros?
—Tal vez.
No dijo lo que pensaba de verdad. Era una reacción común en los tramperos. Vio un cadáver en el suelo delante de ellos.
No era el suyo.
Alzó una mano al instante, impidiendo que Vathi le hiciera otra pregunta. ¿Qué era aquello? Le habían devorado buena parte de la carne del esqueleto, y la ropa estaba esparcida por todas partes, rasgada por los animales que se hubieran dado el festín. Unas plantas pequeñas y parecidas a hongos habían brotado del suelo cerca del cadáver, y unos minúsculos pimpollos rojos ascendían para envolver partes del esqueleto.
Ocaso alzó la mirada hacia el gran árbol a cuyo pie reposaba el cadáver. No estaba florecido. Ocaso dejó de contener el aliento.
—¿Qué es? —preguntó Vathi—. ¿Hormigas asesinas?
—No. Dedo de Patji.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué es eso, algún tipo de gesto grosero?
—Es un nombre —dijo Ocaso, dando un cauteloso paso adelante para inspeccionar el cadáver.
Machete. Botas. Equipamiento resistente. Un colega de Ocaso había caído. Le pareció reconocer al hombre por su ropa. Era un trampero más mayor, llamado Primero del Cielo.
—¿El nombre de una persona? —preguntó Vathi, mirando por encima de su hombro.
—El nombre de un árbol —dijo Ocaso, dando unos golpecitos a la ropa del cadáver por si había insectos acechando dentro—. Levanta la lámpara.
—No había oído hablar de ese árbol —repuso ella, escéptica.
—Solo crecen en Patji.
—He leído mucho sobre la flora de estas islas y…
—Aquí no eres más que una niña. Luz.
Vathi suspiró y alzó la lámpara. Ocaso usó un palo para tantear los bolsillos de la ropa destrozada. Al hombre lo había matado una manada de tuskruns, unos depredadores del tamaño de un ser humano que merodeaban sobre todo de día. Sus patrones de movimiento eran predecibles a menos que hubiera de por medio un dedo de Patji en flor.
Ahí estaba. Encontró un cuaderno pequeño en el bolsillo del hombre. Ocaso lo recogió y se apartó. Vathi miró de nuevo por encima de su hombro. Los nataleños se ponían demasiado cerca unos de otros. ¿Hacía falta tenerla justo al lado?
Comprobó las primeras páginas y encontró una lista de fechas. Sí, según la última fecha anotada, el trampero solo llevaba muerto unos pocos días. Las páginas posteriores detallaban la posición de los campamentos francos de Cielo y explicaban las trampas que protegían cada uno de ellos. La última página contenía la despedida: «Me llamo Primero del Cielo y Patji por fin me ha reclamado. Tengo un hermano en Suluko. Cuidad de ellos, mi rival».
Pocas palabras. Eso era bueno. Ocaso llevaba también un cuadernillo parecido a ese y decía incluso menos en su última página.
—¿Quiere que cuides de su familia? —preguntó Vathi.
—No digas bobadas —replicó Ocaso, guardándose el cuaderno—. De sus pájaros.
—Qué tierno —dijo Vathi—. Siempre había pensado que los tramperos erais de lo más territoriales.
—Y lo somos —dijo él, reparando en cómo había hablado ella. Una vez más, su tono había sugerido que consideraba a los tramperos como poco más que animales—. Pero nuestras aves podrían morir si no se las cuida, porque están acostumbradas a los humanos. Mejor entregárselas a un rival que dejarlas morir.
—¿Aunque ese rival sea quien te ha matado? —preguntó Vathi—. Las trampas que tenías puestas, las formas en que intentáis interferiros unos a otros…
—Es nuestra manera de hacer las cosas.
—Es una excusa penosa —dijo ella, alzando la mirada al árbol.
Tenía razón.
Era un árbol inmenso y de anchas hojas caídas. Al final de cada una había un gran capullo cerrado, de dos palmos de largo.
—No pareces preocupado —comentó ella—, aunque la planta parezca haber matado a ese hombre.
—Solo son peligrosas cuando florecen.
—¿Esporas? —aventuró ella.
—No.
Recogió el machete caído, pero dejó allí las demás posesiones de Cielo. Que Patji se las quedara. Al padre le encantaba asesinar a sus hijos. Ocaso siguió adelante, guiando a Vathi y no haciendo caso de su propio cadáver, tendido sobre un tronco.
—¿Ocaso? —dijo Vathi, levantando la lámpara y correteando hacia él—. Si no es con esporas, ¿cómo mata el árbol?
—Demasiadas preguntas.
—Mi vida son las preguntas —dijo ella—. Y las respuestas. Si mi gente tiene que trabajar en esta isla…
Ocaso se lio a machetazos con unas plantas.
—Va a ocurrir —siguió diciendo ella con voz más suave—. Lo siento, Ocaso, pero no puedes impedir que el mundo cambie. Puede que mi expedición salga derrotada, pero llegarán otras.
—Por culpa de los Venidos de Arriba —restalló él.
—Es posible que ellos lo estimulen —dijo Vathi—. Es verdad que, cuando por fin los convenzamos de que estamos lo bastante desarrollados para que quieran comerciar, recorreremos las estrellas como hacen ellos. Pero el cambio tendría lugar incluso sin su intervención. El mundo progresa. Un solo hombre no puede retrasar ese cambio, por muy decidido que esté a hacerlo.
Ocaso se detuvo.
«No puedes impedir que las mareas cambien, Ocaso, por muy decidido que estés». Eran palabras de su madre. De las últimas que recordaba de ella.
Ocaso siguió adelante, seguido de Vathi. Iba a necesitarla, aunque una parte traicionera de su mente le susurraba que sería fácil acabar con ella. Sin ella se acabarían sus preguntas, y sobre todos sus respuestas. Las que Ocaso sospechaba que Vathi estaba a punto de descubrir por sí misma.
«No puedes impedir que el mundo cambie».
No podía. Y odiaba no poder. Quería con toda su alma proteger aquella isla, como habían hecho los suyos durante siglos. Trabajaba en la selva, adoraba sus aves y tenía cariño a sus olores y sus sonidos, a pesar de todo lo demás. Deseaba poder demostrar a Patji que él y los demás eran dignos de pisar aquellas costas.
Quizá, quizá entonces…
Bah. En fin, matar a la mujer no serviría de nada para proteger la isla. Además, ¿tan bajo había caído que estaba dispuesto a asesinar a una escriba indefensa a sangre fría? Eso no se lo haría ni a otro trampero, a menos que se acercara a su campamento y se negara a marcharse.
—Los capullos pueden pensar —se descubrió diciendo mientras se apartaban de un montículo que revelaba que la manada de tuskruns habían estado excavando allí—. Los dedos de Patji. Los árboles en sí no son peligrosos, ni siquiera cuando florecen. Pero atraen a los depredadores imitando los pensamientos de un animal herido, preocupado y dolorido.
Vathi dio un respingo.
—¿Una planta? —dijo—. ¿Una planta que emite una rúbrica mental? ¿Estás seguro?
—Sí.
—Necesito un capullo de esos. —La luz bailó cuando Vathi dio media vuelta para regresar.
Ocaso se volvió y la cogió por el brazo.
—Tenemos que seguir avanzando.
—Pero…
—Ya tendrás otra oportunidad —respondió hongo—. Tu gente no tardará en infestar esta isla como gusanos en la carroña. Verás más árboles. Pero ahora, tenemos que seguir. Falta poco para que amanezca.
La soltó y regresó al trabajo. La tenía por una persona lista, para ser nataleña. Quizá le hiciera caso.
Se lo hizo. Caminó tras él.
Los dedos de Patji. Primero del Cielo, el trampero muerto, no debería haber caído en aquel lugar. Era cierto que los árboles no eran tan peligrosos. Se alimentaban abriendo muchos capullos y atrayendo a los depredadores a un supuesto banquete. Entonces los depredadores luchaban entre ellos y el árbol se alimentaba de los cadáveres. Cielo debía de haber topado con un árbol cuando empezaba a florecer y se había visto atrapado en las consecuencias.
Su Aviar no había bastado para escudar tantos capullos abiertos. ¿Quién habría esperado morir así? Después de pasar años y años en la isla, sobreviviendo a peligros mucho más pavorosos, ¿que acabaran contigo unas simples flores? Casi parecía que Patji se hubiera burlado del pobre hombre.
El camino de Ocaso y Vathi empezó a ganar pendiente. Tendrían que subir colina arriba un poco antes de pasar a la cuesta descendente que los llevaría al otro lado de la isla. Por suerte, evitarían la cima principal de Patji, la punta de la cuña que se alzaba en el extremo oriental de la isla. El campamento de Ocaso estaba cerca del sur, y el de Vathi estaría al noreste, por lo que podrían rodear la base de la cuña antes de llegar a la otra playa.
Adoptaron un ritmo y Vathi estuvo callada un rato. Al cabo de un tiempo, tras remontar una pendiente particularmente escarpada, Ocaso hizo un gesto con la cabeza para indicar que descansaran y se acuclilló para beber de su cantimplora. En Patji la gente no se sentaba sin más en un tocón o un tronco caído para descansar.
Carcomido por el desasosiego y por no poca frustración, no se dio cuenta de lo que estaba haciendo Vathi hasta que fue demasiado tarde. Había encontrado algo encajado en una rama, una pluma larga y colorida. Una pluma de apareamiento.
Ocaso se levantó de un salto.
Vathi extendió el brazo hacia las ramas inferiores del árbol.
Cuando Vathi tiró de la rama, unas cuerdas con pinchos cayeron de un árbol cercano. La alcanzaron al mismo tiempo que Ocaso, que llegó a meter un brazo. Lo alcanzó una estaca, y el largo y fino clavo se le hundió en la piel, salió ensangrentado por el otro lado y se quedó a un pelo de la mejilla de Vathi.
Ella chilló.
Muchos depredadores de Patji eran duros de oído, pero aun así no era sensato hacer mucho ruido. A Ocaso le dio igual. Se arrancó el clavo del brazo, sin preocuparse por la sangre de momento, y comprobó las otras estacas de la trampa de cuerda.
No había veneno. Por suerte, no los habían envenenado.
—¡Tu brazo! —exclamó Vathi.
Ocaso gruñó. No le dolía. Aún. Vathi empezó a buscar vendas en su morral, y Ocaso aceptó sus cuidados sin quejas ni gemidos, ni siquiera cuando llegó el dolor.
—¡Lo siento mucho! —farfulló Vathi—. ¡Había encontrado una pluma de apareamiento! Significa que hay cerca un nido de aviares, así que he pensado en mirar en el árbol. ¿Hemos tropezado con el campamento franco de otro trampero?
Parloteaba sin parar mientras trabajaba. Tenía sentido. Cuando Ocaso se ponía nervioso, se volvía incluso más callado. Era normal que a ella le pasara lo contrario.
Vathi lo sorprendió de nuevo por su habilidad con los vendajes. El clavo no había alcanzado ninguna arteria importante. Se pondría bien, aunque le costaría usar la mano izquierda una temporada. Iba a ser un incordio. Cuando Vathi hubo terminado y se quedó quieta, con cara de vergüenza y arrepentimiento, Ocaso se agachó y recogió la pluma de apareamiento que ella había soltado.
—Esto es el símbolo de tu ignorancia —dijo con un brusco susurro, sosteniéndola ante la cara de Vathi—. En las islas del Panteón nada es fácil, nada es simple. Esa pluma la colocó otro trampero para atrapar a alguien que no merece estar aquí, alguien que creía haber encontrado un premio sin esfuerzo. No puedes ser esa persona. Nunca actúes sin antes preguntarte: «¿Esto es demasiado fácil?».
Vathi palideció. Luego cogió la pluma con los dedos.
—Vamos.
Ocaso dio media vuelta y continuó. Se dio cuenta de que le había soltado el discurso que se daba a los aprendices cuando cometían su primer error grave. Era un ritual de los tramperos. ¿Qué se le había metido en el cuerpo para dárselo a ella?
Vathi siguió sus pasos, con la cabeza gacha, avergonzada como debía estar. No se daba cuenta del honor que acababa de hacerle Ocaso, aunque fuese sin pretenderlo. Siguieron andando durante más de una hora.
Cuando Vathi habló, por algún motivo Ocaso casi se alegró de que las palabras se impusieran a los sonidos de la jungla.
—Lo lamento.
—No tienes que lamentarlo —dijo él—. Solo tener cuidado.
—Lo comprendo. —Vathi respiró hondo, sin dejar de seguirlo—. Y de verdad que lo lamento. No solo por tu brazo. Por esta isla. Por lo que viene. Creo que es inevitable, pero también desearía que no supusiera el fin de una tradición tan grandiosa.
—Eh… —Palabras. Odiaba tener que buscar las palabras. Al cabo de poco, dijo—: No nací al ocaso.
Cortó una vid de ciénaga y contuvo el aliento para no inhalar los gases tóxicos que liberó en su dirección. Solo eran peligrosos unos momentos al principio.
—¿Disculpa? —dijo Vathi, manteniéndose apartada de la vid de ciénaga—. Naciste…
—Mi madre no me puso el nombre por el momento del día, sino porque vio el ocaso de nuestro pueblo. «El sol no tardará en ponerse para nosotros», me decía a menudo.
Miró a Vathi y dejó que se le adelantara hacia un pequeño claro. Lo raro fue que la mujer le sonrió al pasar. ¿Por qué había encontrado esas palabras para decirlas? La siguió al claro, preocupado. No había contado esa historia ni a su tío; solo sus padres conocían el origen de su nombre.
No estaba seguro de por qué se lo había dicho a aquella escriba de una compañía malvada. Pero sentaba bien habérselo revelado a alguien.
Una quijanoche salió de entre dos árboles detrás de Vathi.
La gigantesca bestia habría sido alta como un árbol si se irguiera sobre dos patas. Pero estaba inclinada hacia delante, en postura acechante, apoyando casi todo el peso en sus poderosas patas traseras y arañando el suelo con las zarpas de sus patas delanteras. Extendió el largo cuello y abrió el pico, puntiagudo y mortífero. Se parecía a un ave, pero solo del mismo modo en que un lobo se parece a un perrito faldero.
Ocaso le lanzó su machete. Fue una reacción instintiva, porque no tenía tiempo de pensar. No tenía tiempo de temer. Aquel pico que chascaba, alto como una puerta, habría terminado con los dos en cuestión de segundos.
El machete rebotó en el pico y cortó a la criatura en un lado de la cabeza. La herida atrajo su atención e hizo que vacilara un instante. Ocaso se abalanzó sobre Vathi, pero ella se apartó y apoyó la contera de su tubo en el suelo. Ocaso tenía que apartarla, tenía que…
La explosión lo ensordeció.
Estalló una nube de humo alrededor de Vathi, que estaba de pie, boquiabierta. Se le había caído la lámpara y el aceite se estaba derramando. El repentino sonido aturdió a Ocaso, que casi chocó contra ella mientras la quijanoche se tambaleaba, resbalaba y caía. El suelo resonó por el impacto.
Ocaso se encontró a sí mismo en el suelo. Se puso de pie, apartándose al mismo tiempo de la quijanoche, que se retorcía a escasos centímetros de distancia. Iluminada por la titilante luz de la lámpara, era toda piel correosa y con bultos, como la de un pájaro que hubiera perdido las plumas.
Estaba muerta. Vathi la había matado.
La mujer dijo algo.
Vathi había matado una quijanoche.
—¡Ocaso! —su voz sonaba como llegada desde muy lejos.
Ocaso se llevó una mano a la frente, que se había empezado a perlar de sudor con retraso. Le palpitaba el brazo herido, pero por lo demás solo se notaba tenso. Tenía la sensación de que debería echar a correr. Nunca había querido estar tan cerca de un animal de aquellos. Jamás.
Vathi de verdad lo había matado.
Se volvió hacia ella, con los ojos muy abiertos. Vathi estaba temblando, pero lo disimulaba bien.
—Vaya, ha funcionado —dijo—. No estábamos seguros del todo, aunque los habíamos preparado para las quijanoches en concreto.
—Es como un cañón —dijo Ocaso—. Parecido a los de los barcos, pero lo llevas en la mano.
—Sí.
Se volvió de nuevo hacia la bestia. En realidad no estaba muerta, no del todo. Se retorcía y soltó un chillido lastimero que conmocionó a Ocaso, aun con la audición embotada. El arma había disparado la lanza directa al pecho de la bestia.
La quijanoche tembló y movió una pata con debilidad.
—Podríamos matarlas a todas —dijo Ocaso. Dio media vuelta, corrió hacia Vathi y la asió con la mano derecha, el brazo que no tenía herido—. Con esas armas, podríamos matarlas a todas. A todas las quijanoches. ¡Puede que también a las sombras!
—Sí, ya se había hablado. Pero forman una parte importante del ecosistema de estas islas. Eliminar a los principales depredadores tendría efectos indeseados.
—¿Efectos indeseados? —Ocaso se pasó la mano izquierda por el pelo—. Desaparecerían. ¡Desaparecerían todos! Me traen sin cuidado los otros problemas que crees que provocaría. ¡Estarían todos muertos!
Vathi dio un bufido, recogió la lámpara y apagó a pisotones las llamas que había encendido.
—Creía que los tramperos estabais conectados con la naturaleza.
—Y lo estamos. Es justo por lo que sé que todos estaríamos mejor si no quedara ni un bicho de esos.
—Me estás desengañando de muchas ideas sentimentales que tenía sobre los tuyos, Ocaso —dijo ella, rodeando la bestia moribunda.
Ocaso silbó y extendió el brazo. Kokerlii bajó aleteando de las ramas altas. Con el ajetreo y la explosión, Ocaso no había visto al ave salir volando. Sak seguía aferrada con fuerza a su hombro, clavándole las garras en la piel a través de la tela. Ni se había dado cuenta. Kokerlii se posó en su brazo y dio un trino de disculpa.
—No ha sido culpa tuya —dijo Ocaso en tono tranquilizador—. Merodean de noche. Aunque no puedan sentir nuestras mentes, nos huelen.
Se decía que las quijanoches tenían un olfato increíble. Aquella había llegado por detrás, así que debía de haber dado por casualidad con su rastro y lo había seguido.
Era peligroso. Su tío siempre decía que las quijanoches estaban haciéndose más listas, que sabían que no podían cazar a los hombres usando solo sus mentes. «Tendría que haber cruzado más arroyos —pensó Ocaso, rascando el cuello de Sak para calmarla—. Pero es que no hay tiempo».
Su cadáver estaba allá donde mirara. Tirado sobre una roca, colgado de las enredaderas de los árboles, hecho un ovillo bajo la zarpa de la quijanoche moribunda…
La bestia tembló una vez más y luego, para sorpresa de Ocaso, alzó su espantosa cabeza y chilló por última vez. No fue un aullido tan fuerte como los que solían sonar de noche, pero era horrible y helaba la sangre. Ocaso retrocedió un paso por instinto y Sak pio nerviosa.
Se alzaron los chillidos de otras quijanoches, lejanos. Ese sonido… Ocaso estaba entrenado para identificarlo como el sonido de la muerte.
—Nos vamos —dijo, cruzando el claro y apartando a Vathi del animal, que había bajado la cabeza y estaba en silencio.
—¿Ocaso? —Vathi no se resistió cuando Ocaso tiró de ella.
Sonó otra quijanoche en la penumbra. ¿El chillido llegaba de más cerca? «Oh, Patji, por favor —pensó Ocaso—. No, esto no».
Apretó el paso tirando de ella, bajando la mano hacia el machete, pero no lo llevaba al costado. Lo había lanzado. Agarró el que había recogido de su difunto rival y sacó a Vathi del claro, de vuelta a la selva, caminando deprisa. Ya no podía seguir preocupándose de rozarse contra hormigas mortíferas.
Llegaba un peligro mayor.
Sonaron de nuevo los gritos de la muerte.
—¿Están más cerca? —preguntó Vathi.
Ocaso no respondió. Era una pregunta, pero no sabía la respuesta. Por lo menos, estaba recuperando el oído. Soltó la mano de Vathi y caminó más deprisa, casi al trote. Más rápido de lo que jamás quiso desplazarse por la selva, de día o de noche.
—¡Ocaso! —susurró Vathi—. ¿Acudirán a la llamada de la moribunda? ¿Hacen esas cosas?
—¡Y yo qué sé! Nunca había oído que nadie matara a alguna. —Miró el tubo, que Vathi volvía a llevar al hombro, iluminado por la lámpara que también llevaba ella. Dejó de andar, pensativo, aunque sus instintos le gritaban que siguiera moviéndose y se sintiera un poco tonto—. ¿Puedes volver a usar tu arma?
—Sí —respondió ella—. Una vez más.
—¿Solo una?
Sonaron media docena de chillidos en la noche.
—Sí —dijo Vathi—. Solo había traído tres lanzas y pólvora para tres disparos. Intenté disparar una a la sombra. No hizo gran cosa.
Ocaso calló y, sin hacer caso de su brazo herido, al que había que cambiar el vendaje, siguió guiando a Vathi a través de la selva. Los gritos sonaron una y otra vez. Inquietos. ¿Cómo se escapaba de las quijanoches? Sus aviares se aferraban a él, un pájaro en cada hombro. Tuvo que saltar sobre su propio cadáver cuando cruzaron una quebrada.
«¿Cómo se escapa de ellas? —pensó, recordando el entrenamiento de su tío—. ¡No llamando su atención desde el principio!».
Eran rápidas. Kokerlii ocultaría su mente, pero si les seguían el rastro desde donde estaba el animal muerto…
«Agua». Se detuvo en seco y miró en todas las direcciones. ¿Dónde podía encontrar un arroyo? Patji era una isla. El agua fresca procedía sobre todo de la lluvia. El lago más grande, el único, estaba cuña arriba. Cerca de la cima. Por su lado oriental, la isla tenía superficies altas rodeadas de precipicios. La lluvia se acumulaba allí, en el Ojo de Patji. El río era las lágrimas del padre.
Era un lugar peligroso al que ir llevando a Vathi. Habían bordeado la cuesta que subía a las alturas, para cruzar la isla hacia la playa del norte. Estaban cerca…
Los chillidos que llegaron desde atrás lo azuzaron. Patji tendría que perdonarle por lo que iba a hacer. Ocaso cogió a Vathi de la mano y la desvió un poco más hacia el este. Vathi no protestó, aunque siguió mirando hacia atrás muy a menudo.
Los gritos llegaban cada vez desde más cerca.
Corrió. Corrió como nunca había esperado correr en Patji, imprudente y sin control. Saltando zanjas y rodeando troncos caídos cubiertos de musgo. Cruzando los matorrales a oscuras, espantando a manseros y asustando a los aviares que dormitaban en las ramas de arriba. Era una necedad. Era una locura. Pero ¿acaso importaba? De alguna manera, sabía que esas otras cosas no lo matarían. Los reyes de Patji estaban dándole caza y los peligros menores no se atreverían a robarles su presa.