Arcanum ilimitado
El sistema Drominad » Sexto del Ocaso
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Vathi lo siguió con dificultades. Las faldas le daban problemas, pero lo alcanzaba cada vez que Ocaso tenía que parar para cortar arbustos que les impedían el paso. Con prisa, frenético. Confiaba en que Vathi le siguiera el ritmo, y así fue. Una parte de él, enterrada profundamente bajo el terror, se quedó impresionada. Esa mujer habría sido una trampera excelente. En vez de eso, lo más probable era que acabara destruyendo a todos los tramperos.
Se quedó petrificado cuando sonaron chillidos por detrás, muy cerca. Vathi ahogó un grito y Ocaso redobló sus esfuerzos. Ya no estaban lejos. Macheteó unos densos matojos y siguió corriendo, con sudor cayéndole por los lados de la cara. La luz de la lámpara que zarandeaba Vathi a su espalda llenaba el paisaje de aterradoras sombras que bailaban en las ramas, las hojas, las frondas y las piedras de la selva.
Ocaso salió de entre los árboles a la orilla del río. Era pequeño en comparación con los del continente, pero bastaría. Llevó a Vathi a su fría agua, chapoteando.
Se dirigió río arriba. ¿Qué otra cosa podía hacer? Seguir la corriente lo acercaría a esos sonidos, a la llamada de la muerte.
«Del Ocaso —pensó—. Del Ocaso».
El agua les llegaba solo a la pantorrilla, pero estaba helada. Era el agua más fría de la isla, aunque Ocaso no sabía por qué. Resbalaron y trastabillaron mientras corrían cuanto podían río arriba. Cruzaron algunos estrechos, con paredes cubiertas de líquenes tan altas como un hombre a ambos lados, y llegaron a la cuenca.
Un lugar al que no debía acudirse. Un lugar que Ocaso solo había visitado en una ocasión. Allí había un fresco lago de aguas esmeraldas, aislado del resto de la isla.
Ocaso tiró de Vathi a un lado, fuera del río, hacia unos arbustos. Quizá no lo vería. Se agazapó con ella, se puso un dedo sobre los labios y luego bajó la luz de la lámpara que seguía llevando ella. Las quijanoches no veían muy bien, pero de todos modos quizá fuese conveniente atenuar la luz. Por más de un motivo.
Esperaron allí, en la costa del pequeño lago, esperando que el agua se hubiera llevado su olor, esperando que las quijanoches se confundieran o se distrajeran. Porque aquella cuenca estaba rodeada de paredes escarpadas y no tenía más salida que el río. Si las quijanoches llegaban remontándolo, Ocaso y Vathi estarían atrapados.
Sonaron chillidos. Las criaturas habían llegado al río. Ocaso esperó en la oscuridad casi absoluta, con los párpados apretados. Rezó a Patji, a quien amaba, a quien odiaba.
Vathi dio un leve respingo.
—¿Qué?
Lo había visto. Por supuesto que lo había visto. Era una investigadora, una estudiosa. Una preguntona.
¿Por qué hacía tantas preguntas la gente?
—¡Ocaso! ¡Aquí hay aviares, en esas ramas! Son cientos. —Habló en un tono quedo, asustado. Incluso mientras aguardaban la misma muerte, Vathi veía y no podía evitar hablar—. ¿Los has visto? ¿Qué es este lugar? —Se quedó callada un momento—. Hay muchos ejemplares jóvenes. Algunos apenas pueden volar…
—Vienen aquí —susurró él—. Todas las aves de todas las islas. En su juventud, tienen que acudir aquí.
Abrió los ojos y miró hacia arriba. Había atenuado la luz de la lámpara, pero seguía habiendo la suficiente para verlos allí posados. Algunos se movieron por la luz y el sonido. Se movieron más cuando las quijanoches chillaron por debajo.
Sak pio en su hombro, aterrorizada. Kokerlii, por una vez, no tenía nada que decir.
—Todas las aves de todas las islas —dijo Vathi, resolviendo el acertijo—. Todas vienen aquí, a este sitio. ¿Estás seguro?
—Sí.
Todos los tramperos lo sabían. No podía capturarse a un ave antes de que hubiera visitado Patji. De lo contrario, no podría conceder ningún talento.
—Vienen aquí —dijo ella—. Sabíamos que migraban entre las islas. ¿Por qué vienen aquí?
¿Qué sentido tenía ya guardar el secreto? Terminaría por descubrirlo. Aun así, Ocaso no dijo nada. Que lo descubriera.
—Obtienen sus talentos aquí, ¿verdad? —aventuró—. ¿Cómo? ¿Es donde reciben entrenamiento? ¿Es así como los tuyos convierten un pájaro normal y corriente en aviar? Traéis un polluelo aquí y entonces… —Frunció el ceño y alzó la lámpara—. Reconozco esos árboles. Son los que has llamado dedos de Patji.
Allí crecía una docena de ellos, la mayor concentración de toda la isla. Y debajo, sus frutos cubrían el terreno. Muchos estaban consumidos del todo, y otros solo a mitad, con picadas de todo tipo de aves.
Vathi vio cómo miraba y frunció el ceño.
—¿La fruta? —preguntó.
—Los gusanos —susurró él en respuesta.
Los ojos de Vathi parecieron iluminarse.
—No son las aves. Nunca han sido ellas, sino un parásito. ¡Llevan un parásito que concede talentos! Por eso los pájaros que crecen fuera de las islas no pueden obtener la capacidad, y por eso un ave del continente que trajiste aquí sí que pudo.
—Sí.
—Esto lo cambia todo, Ocaso. Todo.
—Sí.
Del Ocaso. ¿Nacido durante ese ocaso o su portador? ¿Qué acababa de hacer?
Más abajo, los chillidos de las quijanoches se aproximaban. Habían decidido buscar río arriba. Eran listas, más de lo que les atribuía la gente de fuera de las islas. Vathi cogió aire de golpe, volviéndose hacia el pequeño cañón del río.
—¿Esto no es peligroso? —susurró—. Los árboles están floreciendo. ¡Las quijanoches vendrán! Pero no. Hay muchísimos aviares. ¿Pueden ocultar esas flores, igual que hacen con las mentes?
—No —dijo él—. Todas las mentes de este lugar son invisibles, siempre, con aviares o sin ellos.
—Pero ¿cómo? ¿Por qué? ¿Los gusanos?
Ocaso no lo sabía, y de momento tampoco le importaba. «¡Intento protegerte, Patji! —Ocaso miró hacia los dedos de Patji—. Tengo que detener a esos hombres y su artefacto. ¡Lo sé! ¿Por qué? ¿Por qué me estás dando caza?».
Quizá fuese por lo mucho que sabía. Por lo demasiado que sabía. Más que cualquier otro ser humano en la historia. Porque Ocaso había hecho preguntas.
Humanos. Y sus preguntas.
—Vienen río arriba, ¿verdad? —preguntó Vathi.
La respuesta parecía evidente. Ocaso guardó silencio.
—No —dijo ella, poniéndose de pie—. No moriré con este conocimiento, Ocaso. No pienso hacerlo. Tiene que haber una manera.
—La hay —dijo Ocaso, poniéndose de pie a su lado.
Respiró hondo. «Así que por fin pagaré por él». Cogió con cuidado a Sak y lo dejó en el hombro de Vathi. También se quitó a Kokerlii.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Vathi.
—Llegaré tan lejos como pueda —dijo Ocaso, acercando a Kokerlii a la mujer. El pájaro le picó en las manos, irritado, aunque nunca con tanta fuerza como para hacer sangre—. Tendrás que cogerlo, porque intentará seguirme.
—No, espera. Podemos escondernos en el lago hasta que…
—¡Nos encontrarán! —exclamó Ocaso—. No es ni de lejos tan profundo como para ocultarnos.
—Pero no puedes…
—¡Están casi aquí, mujer! —gritó, poniéndole a Kokerlii en las manos por la fuerza—. Los hombres de la compañía no me harán caso a mí si les digo que apaguen el dispositivo. Tú eres lista y puedes hacer que paren. Puedes llegar hasta ellos. Con Kokerlii, puedes llegar hasta ellos. Prepárate para marcharte.
Vathi lo miró, anonadada, pero pareció comprender que no había otra manera. Sostuvo a Kokerlii con las dos manos mientras Ocaso sacaba el diario de Primero del Cielo y luego su propio cuaderno, que detallaba dónde estaban sus aviares, y los guardaba en el morral de Vathi. Por último, regresó al río. Oía un ajetreo corriente abajo. Tendría que darse prisa para cruzar el cañón antes de que llegaran. Si podía atraerlos a la selva aunque fuese un trecho corto en dirección sur, Vathi podría escabullirse.
Mientras entraba en la corriente, sus visiones de muerte por fin se desvanecieron. No hubo más cadáveres flotando en el agua ni yaciendo en las riberas. Sak había comprendido lo que ocurría.
Le dedicó un último trino.
Ocaso echó a correr.
Un dedo de Patji que crecía justo al lado de la boca del cañón estaba floreciendo.
—¡Espera!
No debería haberse detenido por el grito de Vathi. Debería haber seguido adelante, porque el tiempo apremiaba. Pero ver aquella flor, sumada al grito de Vathi, lo hizo vacilar.
«La flor…».
Se le ocurrió, igual que debía de habérsele ocurrido a Vathi. Una idea. Vathi corrió hacia su morral y soltó a Kokerlii, que al instante voló hasta el hombro de Ocaso y empezó a piarle una irritada regañina. Ocaso no escuchó al animal. Arrancó la flor, que era enorme como la cabeza de un hombre y tenía un gran abultamiento en el centro.
Era invisible, en aquella cuenca, igual que todo lo demás.
—Una flor que puede pensar —dijo Vathi, respirando deprisa y hurgando en su morral—. Una flor que puede atraer la atención de los depredadores.
Ocaso sacó su cuerda mientras ella empuñaba su arma y la preparaba. Ató la flor al final de la lanza, que asomaba un poco del tubo.
Los chillidos de las quijanoches resonaron por el cañón. Ocaso ya veía sus sombras, oía sus chapoteos.
Se apartó trastabillando hacia atrás de Vathi, que se agachó, apoyó la contera del arma contra el suelo y tiró de una palanca que tenía en la base.
La explosión, de nuevo, estuvo a punto de dejarlo sordo.
Los aviares posados por todo el borde de la cuenca chillaron y graznaron despavoridos, mientras alzaban el vuelo en una tempestad de plumas y aleteos. A través de ella, la lanza de Vathi surcó el aire, coronada por una flor. Trazó un arco sobre el cañón y se perdió en la noche.
Ocaso agarró a Vathi por el hombro y tiró de ella retrocediendo por el río, hasta el lago. Entraron en el agua poco profunda, Kokerlii en el hombro de él, Sak en el de ella. Dejaron la lámpara encendida, bañando de tenue luz la cuenca repentinamente desierta.
El lago no era profundo. No llegaba al metro. Incluso agachándose, no los cubría del todo.
Las quijanoches se detuvieron en el cañón. La luz de la lámpara reveló a un par de ellas en las sombras, grandes como cabañas, volviéndose y mirando el cielo. Eran listas pero, al igual que los manseros, no tanto como los humanos.
«Patji —pensó Ocaso—. Patji, por favor».
Las quijanoches dieron media vuelta y regresaron por el cañón, siguiendo la rúbrica mental que proyectaba la planta en flor. Y bajo la mirada de Ocaso, un cadáver suyo que flotaba cerca en el agua se volvió cada vez más traslúcido.
Hasta que desapareció por completo.
Ocaso contó hasta cien y luego salió del agua. Vathi, con la falda empapada, no dijo nada mientras cogía la lámpara. Dejaron el arma, que ya no tenía más disparos.
Los chillidos de las quijanoches se alejaron cada vez más mientras Ocaso los guiaba hacia fuera por el cañón y luego hacia el norte, un poco cuesta abajo. No dejaba de esperar que los chillidos dieran otra media vuelta y volvieran a seguirlos.
No lo hicieron.
La fortaleza de la compañía era una visión horrible e impresionante. Era una construcción de troncos y cañones levantada justo al borde del agua, defendida por un barco inmenso con el casco de hierro. Salía humo de ella, el humo de los fogones matutinos. A poca distancia, lo que debía de ser una sombra muerta se podría al sol, su montañoso cadáver medio en el agua, medio fuera.
Ocaso no veía su cadáver por ninguna parte, aunque en el último tramo de su travesía hacia la fortaleza lo había visto unas cuantas veces. Siempre en lugares donde acechaba un peligro inmediato. Las visiones de Sak habían vuelto a la normalidad.
Se volvió de nuevo hacia la fortaleza, en la que no pretendía entrar. Prefería quedarse en la rocosa y familiar costa, a unos cinco metros de la entrada, notando el brazo dolorido mientras la gente de la compañía salía a toda prisa por la puerta para recibir a Vathi. Los vigilantes del muro no quitaban ojo de encima a Ocaso. No se podía confiar en los tramperos.
Incluso desde donde estaba, a algo más de cinco metros de los amplios portones de madera del fuerte, alcanzaba a oler lo inadecuado que era el lugar. Exudaba el olor del hombre: cuerpos sudorosos, aceite y otros aromas más nuevos que reconoció de sus últimas excursiones a las islas natales. Olores que le hacían sentirse un forastero entre su propio pueblo.
Los hombres de la compañía llevaban ropa resistente, pantalones como los de Ocaso pero de mucho mejor factura, camisas y gruesas chaquetas. ¿Chaquetas, con el calor de Patji? Se inclinaron ante Vathi, mostrándole mucha más deferencia de la que Ocaso habría esperado. Se pasaron la mano de hombro a hombro, en señal de respeto, mientras empezaban a hablar. Paparruchas. Un gesto como ese no significaba nada, cualquiera podía hacerlo. El auténtico respeto era mucho más que menear una mano en el aire.
Pero sí que la trataban como a algo más que una simple escriba. Estaba mejor situada en la compañía de lo que él había supuesto. En todo caso, ya no era problema suyo.
Vathi lo miró y luego devolvió los ojos a su gente.
—Tenemos que llegar deprisa a la máquina —les dijo—. La de los Venidos de Arriba. Debemos desactivarla.
Bien. Vathi cumpliría. Ocaso se volvió para marcharse. ¿Debía pronunciar unas palabras de despedida? Nunca antes había sentido la necesidad. Pero aquel día, le parecía mal no decir nada.
Echó a andar. Palabras. Nunca se le habían dado bien las palabras.
—¿Desactivarla? —preguntó un hombre a su espalda—. ¿A qué os referís, lady Vathi?
—No hace falta que finjas inocencia, Vientos —replicó Vathi—. Sé que la habéis activado en mi ausencia.
—No lo hemos hecho.
Ocaso se detuvo. ¿Cómo podía ser? El hombre sonaba sincero. Pero claro, Ocaso no era ningún experto en las emociones humanas. Por lo que había visto de los nataleños, eran capaces de fingir emociones con la misma facilidad con que fingían un gesto de respeto.
—¿Qué habéis hecho, entonces? —les preguntó Vathi.
—La… la hemos abierto.
«Oh, no».
—¿Por qué habéis hecho eso? —preguntó ella.
Ocaso se volvió para observarlos, pero no necesitaba oír la respuesta. La tenía ante sí, en la visión de una isla muerta que había malinterpretado.
—Hemos pensado —dijo el hombre— que deberíamos ver si podemos descubrir cómo funciona la máquina. Vathi, su interior es más complejo de lo que habríamos imaginado. Pero hay pistas dentro. Cosas que podríamos…
—¡No! —exclamó Ocaso, echando a correr hacia ellos.
Un centinela disparó una flecha a sus pies desde el muro. Ocaso resbaló hasta detenerse, mirando alternativamente a Vathi y hacia el adarve. ¿Es que no se daban cuenta? El abultamiento del barro que señalaba una colonia de hormigas asesinas. La trocha de caza. El giro distintivo de una enredadera cortadora. ¿Para ellos no era evidente?
—Nos destruirá —dijo Ocaso—. No busquéis… ¿No os dais cuenta de…?
Por un instante, se lo quedaron todos mirando. Tenía una oportunidad. Palabras. Necesitaba palabras.
—¡Esa máquina es las hormigas asesinas! —exclamó—. ¡Una madriguera, un…! ¡Bah!
¿Cómo podía explicarlo?
No podía. La ansiedad le arrebataba las palabras, como si fuesen aviares que huían aleteando en la noche.
Los otros por fin empezaron a moverse, llevándose a Vathi a la seguridad de su traicionera fortaleza.
—Has dicho que ya no hay cadáveres —dijo Vathi mientras la hacían pasar entre los portones—. Lo hemos conseguido. ¡Me encargaré de que no se active la máquina durante esta expedición! ¡Eso te lo prometo, Ocaso!
—¡Pero su propósito nunca fue que se activara! —gritó él.
Los enormes portones de madera de la fortaleza se cerraron con un chirrido y la perdió de vista. Ocaso maldijo. ¿Por qué no había sido capaz de explicarse?
Porque no sabía hablar bien. Por una vez en su vida, parecía tener importancia.
Furioso, frustrado, se alejó de aquel lugar y sus espantosos olores. A medio camino hacia los primeros árboles, sin embargo, paró y dio media vuelta. Sak descendió volando, aterrizó en su hombro y arrulló con suavidad.
Preguntas. Las preguntas querían metérsele en el cerebro.
En vez de permitirlo, gritó a los guardias. Les exigió que trajeran a Vathi. Hasta suplicó.
No sucedió nada. Se negaron a hablar con él. Al cabo de un tiempo, empezó a sentirse tonto. Se volvió de nuevo hacia los árboles y siguió andando. Sus suposiciones tenían que andar erradas. A fin de cuentas, los cadáveres habían desaparecido. Todo podía volver a la normalidad.
Normalidad. ¿Alguna cosa podía volver a ser normal con aquella fortaleza alzándose a su espalda? Negó con la cabeza mientras se internaba entre los árboles. La densa humedad de la selva de Patji debería haberlo tranquilizado.
Lo que hizo fue irritarlo. Inició el recorrido hacia otro de sus campamentos francos, tan distraído que podría haber sido un niño, en su primera travesía por Sori. Estuvo a punto de pisar una enorme grieta de hormigas asesinas; ni siquiera reparó en la visión que le había enviado Sak. Fue la pura suerte lo que lo salvó, porque tropezó con algo, miró abajo y solo entonces vio tanto el cadáver como la grieta repleta de motas amarillas.
Gruñó e hizo una mueca burlona.
—¿Aún intentas matarme? —gritó, con la mirada alzada hacia las copas de los árboles—. ¡Patji!
Silencio.
—¡Los que te protegen son justo a quienes más intentas matar! —vociferó—. ¿Por qué?
Las palabras se perdieron, devoradas por la selva.
—Te mereces esto, Patji —dijo—. Mereces lo que vas a recibir. ¡Mereces que te destruyan!
Resolló, sudando, satisfecho de haber dicho aquello por fin. Quizá las palabras sí tuvieran un propósito. Una parte de él, tan traicionera como Vathi y su compañía, se alegraba de que Patji fuese a caer víctima de sus máquinas.
Por supuesto, luego caería la propia compañía. A manos de los Venidos de Arriba. Su pueblo entero. El mundo entero.
Agachó la cabeza a la sombra de los árboles, con los lados de la cara sudados. Entonces cayó de rodillas, sin importarle el hormiguero que tenía a solo tres pasos de distancia.
Sak hurgó con la cabeza en su pelo. Por encima, en las ramas, Kokerlii pio dubitativo.
—El caso es que es una trampa —susurró—. Los Venidos de Arriba tienen normas. No pueden comerciar con nosotros hasta que hayamos avanzado lo suficiente. Igual que un hombre, en conciencia, no puede llegar a un trato con un niño hasta que crezca. Y por eso nos han dejado las máquinas, para que las descubramos, para que trasteemos con ellas. Ese hombre muerto era una treta. Pretendían que Vathi tuviera esas máquinas.
»Habrá explicaciones, dejadas ahí como por descuido, para que las estudiemos y aprendamos. Y en algún momento del futuro próximo, construiremos algo parecido a sus máquinas. Habremos crecido más deprisa de lo que deberíamos. Seguiremos siendo infantiles, ignorantes, pero las leyes de los Venidos de Arriba permitirán que esos visitantes comercien con nosotros. Y cuando eso ocurra, se quedarán con esta tierra.
Eso era lo que debía haber dicho. Proteger Patji era imposible. Proteger a los aviares era imposible. Proteger su mundo entero era imposible. ¿Por qué no se había explicado?
Quizá tampoco habría servido de nada. Como había dicho Vathi, el progreso iba a tener lugar. Si es que podía llamársele así.
El ocaso había llegado.
Sak se soltó de su hombro y salió aleteando. Ocaso la miró y maldijo de nuevo. El ave no aterrizó cerca. Aunque le costaba volar, siguió alejándose hasta perderse de vista.
—¿Sak? —llamó Ocaso.
Se levantó y fue a trompicones tras el aviar. Se abrió paso de vuelta por donde había venido, siguiendo los graznidos de Sak. A los pocos momentos, salió de la selva.
Vathi estaba de pie sobre la roca, ante su fortaleza.
Ocaso vaciló al borde de la jungla. Vathi estaba sola, y hasta los centinelas se habían retirado. ¿Quizá la habían desterrado? No. Ocaso vio que había una rendija entre los portones y gente mirando desde dentro.
Sak se había posado en el hombro de Vathi. Ocaso frunció el ceño, extendió el brazo y dejó que Kokerlii aterrizara en él. Luego avanzó a zancadas, descendiendo con gesto tranquilo por la costa rocosa hasta llegar a Vathi.
Se había puesto otro vestido, aunque seguía teniendo el pelo enredado. Olía a flores.
Y en sus ojos se veía un terror atroz.
Ocaso había cruzado la oscuridad con ella. Se habían enfrentado a quijanoches. La había visto a punto de morir, y no tenía un aspecto tan atribulado.
—¿Qué pasa? —le preguntó, y notó que la voz le salía áspera.
—Hemos encontrado instrucciones dentro de la máquina —susurró Vathi—. Un manual de su funcionamiento, dejado allí como por casualidad por alguien que trabajara antes en ella. El manual está en su idioma, pero la máquina más pequeña que tengo…
—Lo traduce.
—El manual detalla cómo se construyó la máquina —dijo Vathi—. Es tan complejo que apenas logro entender nada, pero también parece explicar conceptos e ideas, no solo sobre el funcionamiento del artilugio.
—¿Y no estás contenta? —preguntó él—. Pronto tendrás tus máquinas voladoras, Vathi. Antes de lo que podría haber imaginado cualquiera.
Sin decir nada, Vathi sostuvo algo en alto. Era una pluma, una pluma de apareamiento. Se la había guardado.
—Nunca actúes sin antes preguntarte: «¿Esto es demasiado fácil?» —susurró—. Has insinuado que era una trampa justo antes de que se me llevaran. Cuando hemos encontrado el manual, yo… Oh, Ocaso. Planean hacer con nosotros lo que… lo que nosotros estamos haciendo con Patji, ¿verdad?
Ocaso asintió.
—Lo perderemos todo —prosiguió ella—. No podemos luchar contra ellos. Encontrarán una excusa y se apoderarán de los aviares. Tiene todo el sentido del mundo. Los aviares usan los gusanos. Nosotros usamos los aviares. Los Venidos de arriba nos usan a nosotros. Es inevitable, ¿verdad?
«Sí», pensó él. Abrió la boca para decirlo y Sak trinó. Ocaso arrugó la frente y se volvió de nuevo hacia la isla. Asomando del océano, arrogante. Destructiva.
Patji. Padre.
Y por fin, después de mucho tiempo, Ocaso lo comprendió.
—No —susurró.
—Pero…
Desató el bolsillo de sus pantalones, metió la mano y hurgó. Al cabo de un momento, sacó algo. Eran los restos de una pluma, ya solo el astil. Una pluma de apareamiento que le había dado su tío, muchos años antes, la primera vez que había caído en una trampa allá en Sori.
La sostuvo en alto, recordando el discurso que había recibido. El mismo que todos los tramperos.
«Esto es el símbolo de tu ignorancia. Nada es fácil, nada es simple».
Vathi levantó la suya. Lo viejo y lo nuevo.
—No, no se apoderarán de nosotros —dijo Ocaso—. Descubriremos sus trampas y no caeremos en sus trucos, porque nos ha entrenado el mismo padre para cuando llegara este día.
Vathi miró la pluma de Ocaso y luego su cara.
—¿De verdad lo crees? —preguntó—. Son astutos.
—Serán astutos —repuso él—, pero no han vivido en Patji. Reuniremos a los demás tramperos. No permitiremos que nos apresen.
Vathi asintió, renuente, y parte del miedo pareció evaporarse de ella. Dio media vuelta e hizo un gesto a los de dentro para que abrieran los portones de la construcción. De nuevo, los olores de la humanidad inundaron a Ocaso.
Vathi miró atrás y le tendió la mano.
—¿Ayudarás, entonces?
Su cadáver apareció a sus pies y Sak dio un trino de advertencia. Peligro. Sí, el camino que se le abría tendría muchos peligros.
Ocaso cogió la mano de Vathi y entró en la fortaleza de todos modos.
Nota final
En la versión original de este relato, Ocaso se refería a sí mismo como Sexto, lo cual confundía mucho a los lectores. A mí me gustaba porque era muy distinto a todo, pero al final cedí a todos los comentarios que estaba recibiendo porque era lo correcto. No solo porque «Ocaso» tiene más importancia temática que «Sexto», sino porque es mucho más fácil de reconocer como nombre propio en una frase.
Para quienes no lo sepáis, esta historia nació durante una lluvia de ideas en un episodio de nuestro podcast Writing Excuses. Hicimos cuatro episodios en los que perfilábamos una idea entre todos y luego uno de nosotros la cogía y escribía una historia a partir de ella. La sesión inicial que hicimos para mí terminó fracasando, sencillamente porque la historia no me emocionaba. De modo que lo intentamos de nuevo y este fue el resultado.
Este es el único relato de la antología cuyo mundo no estaba integrado en mi plan inicial para el Cosmere. Sin embargo, me había dejado hueco en las líneas maestras de mi universo para poder incluir unos cuantos mundos que aún no tenía definidos, ya que sabía que en algún momento querría contar historias que no encajaran en un planeta con Esquirla. La sesión de lluvia de ideas que emitimos no estaba pensada específicamente para una historia del Cosmere, pero mientras trabajaba en el argumento general, me intrigó la idea de emplear la simbiosis (de un modo nuevo) para una Investidura del Cosmere.
Me enamoré enseguida del concepto y de la historia que resultó de él. Es probable que terminéis viendo más de los habitantes de este planeta, aunque no tenga planes concretos para otro relato o novela ambientada en su mundo. Por si no lo habíais notado en los libros de Alcatraz o en la sociedad comecuernos de «El Archivo de las Tormentas», me fascina la cultura polinesia. El concepto de orientarse por las olas es una de esas cosas en las que no dejo de pensar, y poder escribir sobre un personaje que surca a solas los océanos, aislado en diversos sentidos, me intrigaba. Además, teniendo en cuenta la cantidad de personajes parlanchines que aparecen en mis libros, fue un placer probar algo nuevo con alguien como Ocaso.
En términos de línea temporal, esta es la historia más adelantada que aparece en esta colección. Cuando Khriss escribe la presentación del sistema solar, los acontecimientos de este relato todavía no han tenido lugar.
Si queréis leer impresas las sesiones originales de lluvia de ideas y los primeros borradores de esta historia, están disponibles —junto con los tres relatos escritos por los otros miembros de Writing Excuses, Mary Robinette Kowal, Dan Wells y Howard Tayler— en una antología titulada Shadows Beneath.