Aprendiendo a aprender
2. Concentrarse para aprender
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Concentrarse para aprender
En mi empeño por exponer las acciones y circunstancias que contribuyen a optimizar el tiempo y el esfuerzo dedicados al aprendizaje, empezaré por las que, a priori, pueden parecer más evidentes. Me refiero a las que tienen que ver con la necesidad de concentrarse en lo que estamos estudiando para aprender. ¿Por qué no dejarlas fuera de este libro si resultan obvias? El motivo es muy sencillo: aun resultando tan aparentes, la realidad es que muchos estudiantes las ignoran y adoptan hábitos contrarios a ellas. Con frecuencia lo hacen sin ser conscientes de ello.
La idea que resume este capítulo es que para aprender mejor es importante evitar las distracciones durante las tareas de aprendizaje. Y esto tiene muchas más consecuencias de lo que en principio podríamos pensar. Tengamos en cuenta que toda información sensorial que se encuentre en nuestro entorno y que resulte superflua para la tarea de aprendizaje debe considerarse una distracción. Incluso la música.
¿Es oportuno estudiar con música?
Muchos estudiantes han adoptado el hábito de estudiar con música de fondo y la mayoría de los que lo hacen están convencidos de que «a ellos les va bien». Desde principios del siglo XX, diversos investigadores han estudiado si la música afecta al aprendizaje y a la comprensión lectora, y lo cierto es que las conclusiones que en su conjunto han extraído no respaldan las ideas preestablecidas de estos estudiantes, aunque con matices. Ya adelanté en la introducción del libro que la mayoría de los estudiantes suelen confundir el método que les gusta seguir a la hora de estudiar con la forma que les proporcionará mejores resultados. Pero mejor profundicemos en los detalles, pues el asunto es más complejo de lo que puede parecer a simple vista.
Uno de los estudios más recientes sobre los efectos de estudiar con música es el que publicaron Nick Perham y Harriet Currie en 2014. En su experimento, estos investigadores analizaron los efectos sobre la comprensión lectora que producía el hecho de estudiar un texto en cuatro situaciones distintas: 1) en silencio; 2) escuchando música instrumental; 3) música con letra del gusto del estudiante; 4) música con letra no afín al gusto del estudiante. En los dos últimos casos, la letra era en el idioma materno de los estudiantes, de forma que podían entenderla. Para cada situación, los estudiantes leyeron un texto y realizaron un test de comprensión lectora a continuación.
Los resultados de este experimento no fueron nada nuevo respecto a lo que otros estudios con un diseño similar ya habían evidenciado antes: el desempeño de los estudiantes fue mejor en la condición de silencio que en cualquiera de las tres situaciones con música. Pero las diferencias se mostraron especialmente relevantes cuando la música incluía letra, con independencia de si era del agrado o no del estudiante. Esto refleja que, cuando el sonido ambiental incluye voces que dicen cosas que podemos entender, las interferencias que se producen en nuestro empeño por aprender a partir de un texto son mayores.
Desde luego, escuchar la música que nos gusta y emociona puede tener un efecto positivo en nuestro rendimiento, porque nos activa y nos pone de buen humor. Sin embargo, este efecto puede conseguirse si la escuchamos antes de emprender la tarea de aprendizaje o si lo hacemos cuando realizamos alguna pausa en el estudio. Escuchar música durante la tarea de estudio, sobre todo si tiene letra en un idioma que entendemos y cambios armónicos constantes, puede afectar negativamente a nuestro rendimiento. Por otro lado, no debemos confundir el efecto que la música tiene para animarnos mientras llevamos a cabo una tarea monótona o que hemos automatizado con el efecto que tendrá mientras realizamos una tarea que requiere recursos cognitivos, como aprender.
Con todo, la música de fondo puede ser una buena opción si el ambiente de estudio es ruidoso y no se cuenta con unos tapones o unas orejeras para atenuar el ruido. En ese caso, en efecto, suele resultar mucho mejor enmascarar el ruido con música relajante, preferiblemente conocida y sin letra, que no hacerlo. El motivo es que puede resultarnos mucho más fácil ignorar la música que los sonidos impredecibles del entorno, sobre todo si estos incluyen gritos o conversaciones inteligibles.
En un sentido parecido, hay estudiantes que han recurrido a la música para conseguir no distraerse con pensamientos superfluos que los invaden cuando estudian. De nuevo, se trata de enmascarar un distractor con otro que les resulta más fácil de ignorar. En otras palabras, si no se consigue evitar la distracción, se opta por el distractor «menos malo». Poco se puede objetar ahí. Aun así, como veremos más adelante, no debe perderse de vista que esto restará recursos cognitivos o los agotará antes.
Por último, hay estudiantes que emplean la música para hacer más llevadero el tiempo dedicado al estudio, esto es, con la intención de automotivarse. Es obvio que si la alternativa es no estudiar, hacerlo con música será mejor. Pero, de nuevo, el tiempo dedicado al estudio será más eficiente si se hace sin la distracción que produce la música, por lo que en especial en este caso puede ser más recomendable no ponerla durante el estudio e ir haciendo pausas para ofrecerse autorrecompensas que incluyan escuchar música. Hablaré un poco más sobre ello al final del capítulo.
En cualquier caso, es evidente que si un estudiante lleva muchos años estudiando con música, sea por el motivo que sea, habrá desarrollado este hábito y es posible que le cueste mucho cambiarlo, pues hay pocas cosas tan difíciles como modificar un hábito. Así, es probable que ya haya asociado un tipo de música a la tarea de estudio y le resulte extraño estudiar sin ella. Si lo intenta, esto puede causarle incluso ansiedad, lo que no lo ayudará en absoluto a llevar a cabo el cambio. Es más, un estudio de 1982 mostró que los estudiantes universitarios que llevan muchos años estudiando así pueden obtener mejores resultados cuando estudian con música que si de repente se les pide que lo hagan en silencio. Sin embargo, que un estudiante tenga el hábito de estudiar con música no significa que su cerebro presente esta preferencia de manera innata. El hábito se ha formado por la experiencia y es muy improbable que le haya proporcionado ventaja alguna en todo ese tiempo, siempre y cuando hubiera podido optar por el silencio.
Así las cosas, la mejor recomendación, a la luz de la investigación científica sobre este asunto en concreto y sobre cómo aprende el cerebro en general, es evitar crear este hábito a no ser que desde un buen principio el estudiante aprecie con claridad que se concentra mejor porque es incapaz de ignorar otros distractores que la música puede enmascarar y, en cambio, consigue desatender la música con más eficacia. Obviamente, la decisión es suya. Sea como fuere, siempre será más recomendable utilizar música que no tenga letra, que resulte conocida y que sea más bien relajante.
Pero ¿por qué motivo la música en el ambiente suele jugar en contra del aprendizaje? El concepto que responde a esta pregunta es lo que conocemos como «carga cognitiva» y está relacionado con las limitaciones de la memoria de trabajo.
La teoría de la carga cognitiva
Presenté la memoria de trabajo en el capítulo anterior. En aras de la simplicidad, sugerí que podríamos entenderla como el espacio mental en el que situamos la información de la que somos conscientes en cada momento, ya proceda esta del entorno o de nuestra memoria a largo plazo. Sería también el lugar donde podemos manipular esa información, alterarla y combinarla de manera deliberada. Por ejemplo, podemos sostener en ella una palabra como «murciélago», pero también podemos jugar con sus letras y construir otras palabras como «cielo» y «gramo». Del mismo modo, es posible emplearla para imaginar cómo quedaría nuestra habitación si cambiáramos los muebles de sitio o bien sostener en ella el enunciado de una operación matemática como 87 × 5 y proceder a resolverla. En todas estas situaciones salta a la vista que es factible combinar información procedente del entorno con información procedente de nuestra memoria a largo plazo.
En definitiva, la memoria de trabajo sería el espacio mental donde representamos la información que estamos percibiendo, donde evocamos nuestros recuerdos y conocimientos, donde imaginamos y donde razonamos. Es más, se trata del lugar donde establecemos las conexiones entre lo que ya sabemos y lo que estamos aprendiendo, por lo que es en ella donde se produce el aprendizaje de hechos e ideas. Para alcanzar la memoria a largo plazo, este tipo de conocimientos debe pasar antes por la memoria de trabajo. Por eso es imposible aprender nada nuevo mientras dormimos (esa idea de ponerse un audio con la lección mientras dormimos resulta completamente estéril).
Como seguramente recordará, una de las características de la memoria de trabajo es que tiene una capacidad muy limitada, esto es, no puede sostener mucha información al mismo tiempo y aún menos si debe manipularla. Si no me cree, lea la siguiente lista de números una vez y trate de repetirlos en orden con los ojos cerrados: 984324147401856. O bien realice esta operación mentalmente: 916 × 34.
Al tratar de hacerlo, es posible que haya experimentado una especie de sensación de sobrecarga mental. Precisamente llamamos «carga cognitiva» al nivel de procesamiento de la información que le exigimos a la memoria de trabajo. Esta carga se incrementa con la cantidad de información que tratamos de sostener al mismo tiempo y con la complejidad de las operaciones que hacemos con ella cuando la manipulamos mentalmente.
Es curioso que cuando se incrementa la carga cognitiva, se nos dilaten las pupilas. Pero más allá de esta anécdota, lo que de verdad nos interesa es el hecho de que la memoria de trabajo es un recurso muy escaso, crucial para el aprendizaje, que se satura con facilidad. Cuando esto sucede, produce una sensación desagradable que nos lleva a vaciarla de golpe y nos obliga a empezar de nuevo la tarea mental que estuviéramos tratando de llevar a cabo, lo cual resulta desmotivador. Además, si la carga cognitiva se mantiene alta durante un largo rato acabamos agotados enseguida. De manera análoga a cómo los músculos se fatigan cuando hacemos ejercicio físico, nuestros recursos cognitivos se agotan si les exigimos mucho, y necesitan un descanso para reponerse.
En este sentido, la teoría de la carga cognitiva nos alerta de la necesidad de ser conscientes de estas limitaciones y de no sobrecargar la memoria de trabajo sin necesidad durante las tareas de aprendizaje. Para ello, propone distinguir entre los tres tipos de carga cognitiva que pueden producirse durante una tarea de aprendizaje:
• Carga cognitiva intrínseca: Es la carga que experimentamos al sostener en la memoria de trabajo la información que forma parte de lo que deseamos aprender. Esta carga aumenta cuanto más complejo es el objeto de aprendizaje; es decir, cuantas más cosas que aún no sabíamos necesitamos considerar a la vez para darle sentido a lo que aprendemos.
• Carga cognitiva relevante: Es la carga que se produce como consecuencia de manipular la información que estamos aprendiendo para dotarla de significado, lo que implica activar conocimientos previos y establecer conexiones con ellos.
• Carga cognitiva ajena: Es la que genera cualquier información que se inmiscuya en nuestra memoria de trabajo y que resulte superflua para lo que estamos aprendiendo. Incluye cualquier tipo de distracción, ya proceda del entorno (ruidos, imágenes decorativas innecesarias, etc.) o de nuestra memoria a largo plazo (pensamientos no relacionados con la tarea).
Estos tres tipos de carga pueden producirse a la vez y sus efectos son aditivos.
Dado que la capacidad de la memoria de trabajo es limitada, resulta crucial emplearla de manera eficiente. En primer lugar, debemos evitar en lo posible que se produzca carga cognitiva ajena durante la tarea de aprendizaje, de ahí que la música pueda resultar inoportuna mientras estudiamos, sobre todo si incluye letra que podamos entender. Esto también podría explicar que seamos capaces de recordar mejor algo cuando cerramos los ojos.
En segundo lugar, esta teoría subraya la conveniencia de dosificar el aprendizaje para mantener en niveles óptimos las cargas de tipo intrínseco y relevante. En otras palabras, cualquier aprendizaje que implique la integración de diversos conceptos o procedimientos que resulten nuevos para el estudiante debe descomponerse en sus partes, que se trabajarán por separado e irán integrándose poco a poco a medida que se aprendan. Esto es así porque, cuando hemos aprendido algo con suficiente fluidez, deja de ocupar tanto «espacio» en nuestra memoria de trabajo. Los conocimientos bien consolidados y conectados entre ellos requieren menos recursos de la memoria de trabajo cuando se activan conjuntamente. En consecuencia, vale la pena dividir el estudio en varias sesiones, mejor si son separadas en el tiempo, en las que progresar con los contenidos a medida que vamos consolidándolos, sobre todo si están relacionados. Hablaré más sobre espaciar el aprendizaje en capítulos posteriores.
La necesidad de utilizar eficientemente los recursos de la memoria de trabajo queda aún más patente cuando descubrimos que las pequeñas diferencias entre las personas por lo que respecta a la capacidad de su memoria de trabajo presentan una importante correlación con sus resultados en pruebas de matemáticas y comprensión lectora. En efecto, los estudiantes difieren en la cantidad de información que pueden sostener y manipular al mismo tiempo en su memoria de trabajo, y aunque estas diferencias son habitualmente pequeñas, conceden cierta ventaja a quienes cuentan con una mayor capacidad en general. Por eso es muy importante aprovechar el más mínimo retazo de nuestra memoria de trabajo: pequeñas diferencias en su empleo pueden suponer importantes diferencias de desempeño.
Cabe decir que las diferencias en la capacidad de la memoria de trabajo no determinan el éxito académico, pero sí suponen una diferencia de ventaja de partida, que se difumina cuando los estudiantes obtienen una buena base de conocimientos respecto a aquello que están aprendiendo. En realidad, todos tenemos una memoria de trabajo limitada y lo importante es aprovecharla bien. Cuando la carga cognitiva ajena (información superflua para la tarea de aprendizaje) ocupa la memoria de trabajo, los recursos para llevar a cabo la tarea de estudio se ven comprometidos.
En definitiva, la teoría de la carga cognitiva viene a explicarnos por qué es importante evitar las distracciones durante la tarea de aprendizaje. Esto nos lleva a considerar otro concepto íntimamente relacionado con la memoria de trabajo: la atención.
¿Qué es la atención?
Esta pregunta ha llevado de cabeza a los científicos cognitivos durante décadas y su conclusión puede resumirse en las palabras de uno de los investigadores más destacados en este ámbito, Harold Pashler: «Nadie sabe lo que es la atención». En efecto, existen varias maneras de interpretar lo que es la atención. Por ello, aquí expondré una que resulta especialmente útil en el contexto de los procesos de aprendizaje.
En este sentido, la atención podría definirse como el proceso que nos permite seleccionar la información que entra y se mantiene en la memoria de trabajo. Por eso, cuando decimos que solo podemos prestar atención a una cantidad de información limitada en un momento concreto, en realidad estamos apelando a la limitación de capacidad de la memoria de trabajo, en la cual solo «cabe» una cantidad de información reducida al mismo tiempo.
Visto así, las limitaciones de la atención no se definirían en términos de capacidad (pues en realidad eso sería consecuencia de la memoria de trabajo), sino más bien de regulación. Es decir, la atención se mediría como la habilidad para controlar qué ocupa en cada momento el reducido espacio de la memoria de trabajo y qué queda fuera de él. Respecto de esto, resulta crucial apreciar que la atención es un proceso dinámico que va cambiando su foco continuamente, queramos o no.
En efecto, nuestro sistema atencional ha evolucionado para priorizar cualquier estímulo sobresaliente del entorno. Es una cuestión de supervivencia. Así, aunque no seamos conscientes de ello, nuestro cerebro analiza continuamente tanta información como puede de nuestro entorno en busca de estímulos sobresalientes que merezcan una respuesta inmediata y que requieran nuestra atención, por nuestro propio bien. Esto hace posible que, aunque estemos totalmente inmersos en la lectura de este libro tan interesante, si de repente alguien gritase «¡Socorro!», nuestro cerebro lo captaría y nos obligaría a prestar atención a dicho estímulo. Cualquier estímulo sensorial que sobresalga atraerá nuestra atención.
En realidad, aunque no haya ningún estímulo sobresaliente en el entorno, la atención tiende a ir y venir de aquí para allá, porque para nuestra conservación resulta oportuno monitorizar el entorno periódicamente en búsqueda de estímulos que puedan resultar relevantes. Así, es muy habitual que en el transcurso de cualquier tarea desviemos nuestra atención varias veces hacia objetos externos o pensamientos espontáneos. Siempre y cuando regresemos al objeto que debería ser nuestro foco de atención, esas breves «distracciones» no serán un problema para el aprendizaje si no son constantes.
En cualquier caso, es preciso subrayar el papel que juega la atención inhibiendo los estímulos del entorno o, mejor dicho, actuando como un filtro que solo permite que una pequeña parte de ellos pueda acceder a la memoria de trabajo. Esto es fácil de apreciar. Unas líneas más arriba ya he dicho que el cerebro procesa continuamente muchos más estímulos del entorno de los que somos conscientes. Por ejemplo, usted no estaba siendo consciente de la presión que el respaldo de su asiento ejerce sobre su espalda... hasta ahora. Sus sentidos lo captaban, pero esa información estaba siendo inhibida y no ha alcanzado su memoria de trabajo hasta que le ha prestado atención.
¿Podemos hacer varias cosas a la vez?
Otra relación importante que podemos apreciar entre la atención y la memoria de trabajo es que las limitaciones de esta última implican que no podemos hacer dos cosas a la vez. Cuando nos parece que lo hacemos, en realidad estamos alternando nuestro foco de atención entre una y otra de forma rápida y reiterada. Y esto tiene un precio: acabamos haciendo las dos cosas peor que si hiciéramos primero una y luego la otra.
Por ejemplo, trate de contar del 1 al 20 y luego del 20 al 1. Ahora trate de alternar una cosa y otra: 1 - 20 - 2 - 19, etc. ¿De qué manera ha tardado más? Y ya no voy a pedirle que resuelva una operación como 12 × 15 mientras sigue leyendo. ¡Sin dejar de leer, ¿eh?!
La supuesta capacidad de multitarea que algunos sugieren que tenemos no es más que un mito y por mucho que ahora nos veamos continuamente inmersos en situaciones que nos requieran practicarla (debido, en buena parte, a los smartphones), la habilidad de operar de esta manera no existe como tal y no se puede mejorar.
Con todo, sí existe una situación en la que podemos hacer más de una cosa a la vez. Esta situación solo es posible cuando las cosas que hacemos (menos una) no requieren atención. Y esto es factible cuando alcanzamos la «automatización» de dichas tareas.
Para apreciar en qué consiste la automatización resulta muy útil recordar cómo aprendimos a conducir. Al principio teníamos que estar pendientes de todo: el volante, los pedales, las marchas, los espejos, el tráfico, las señales, los peatones... A duras penas podíamos atender al instructor. Sin embargo, con la práctica, todos esos procesos se automatizan hasta el punto de que podemos conducir sin prestar atención a lo que hacemos y somos capaces de centrarnos solo en el tráfico, las señales..., que es en lo que deberíamos centrarnos, claro está.
Leer también es un buen ejemplo de automatización. El lector experto ha automatizado la decodificación de letras y palabras a su representación fonológica, que aparece en la memoria de trabajo como una vocecita, de tal manera que puede centrarse en el significado de lo que lee. En cambio, los lectores incipientes deben centrar la atención en descifrar los sonidos que representan las letras y apenas pueden atender al significado de lo que leen.
La automatización se adquiere con mucha práctica y es útil para determinadas tareas, porque libera espacio en nuestra memoria de trabajo, que podemos dedicar a otras cosas. El caso de la automatización de la decodificación lectora es un buen ejemplo. Una curiosidad: una vez que se adquiere la automatización, resulta muy difícil evitar hacer la tarea automatizada si en el entorno se dan las condiciones que la activan. Por ejemplo, mire la palabra siguiente pero, por lo que más quiera, no la lea:
IMPOSIBLE
En efecto, es imposible. Lo mismo sucede cuando sube a unas escaleras mecánicas o una cinta transportadora que estén paradas y al salir de ellas su cerebro ajusta los músculos de las piernas como si saliera estando en marcha, por mucho que usted sepa que están paradas.
En definitiva, la atención es clave para el aprendizaje, porque todo lo que aprendemos de manera consciente debe pasar por la memoria de trabajo y permanecer en ella el tiempo preciso como para establecer las asociaciones necesarias con aquello que ya sabemos. Esto nos lleva a apreciar que la capacidad de mantener la atención en una tarea específica y no dejarse distraer por otros estímulos o pensamientos es clave para aprender de manera más eficaz. Esta capacidad se sustenta sobre otra función cognitiva esencial: el control inhibitorio.
¿Qué es el control inhibitorio?
El control inhibitorio es la habilidad que nos permite refrenar las respuestas automáticas que nuestro cerebro activa ante determinadas circunstancias con la intención de evaluar la situación y ofrecer una respuesta reflexionada que quizá aporte mayores beneficios. Por ejemplo, empleamos el control inhibitorio cuando nos mordemos la lengua y respondemos con educación a alguien que nos ha enojado, pero también cuando tratamos de ignorar los estímulos sobresalientes del entorno y mantener nuestra atención en la tarea que estamos llevando a cabo. En este segundo tipo de situaciones, esta función cognitiva manifiesta su importante relación con la atención.
Así, el control inhibitorio nos permite mantener a raya las distracciones. Pero esto no sale gratis. Curiosamente, el control inhibitorio se comporta de manera análoga a un músculo que se fatiga tras ejercitarlo. En otras palabras, como la intervención del control inhibitorio durante una tarea requiere esfuerzo cognitivo, no es posible mantenerla sin fin. Además, el agotamiento de una función cognitiva superior como el control inhibitorio también afecta al rendimiento de otras funciones cognitivas superiores, como la memoria de trabajo.
En este sentido, debemos tener en cuenta que el control inhibitorio se fatigará antes si se le exige más de lo necesario. Esto significa que un entorno de estudio repleto de estímulos superfluos, incluida la música, lo agotarán antes y producirá antes una sensación de fatiga mental. Aunque podamos ignorar la música o los sonidos de nuestro entorno, esto supone un gasto de recursos cognitivos. Solo hay que apreciar cómo suspiramos aliviados cuando de repente desaparece un ruido persistente a pesar de que hubiéramos conseguido ignorarlo.
Dicho esto, es el momento de confesar que existen diversos estudios científicos que no han obtenido evidencias sobre el supuesto efecto negativo de escuchar música mientras estudiamos.
Sin embargo, si lo confieso ahora es porque puedo explicar mejor el probable motivo de ello: en general, se trata de experimentos en que los estudiantes debieron estudiar por períodos de tiempo muy cortos (apenas unos pocos minutos) y esto pudo ser determinante para no detectar diferencias entre estudiar con o sin música. En efecto, puede resultarnos bastante fácil mantener la concentración a pesar de los estímulos distractores si solo debemos hacerlo durante unos minutos, pero la cosa se complica si tenemos que seguir ignorándolos mucho más tiempo. Como ya hemos visto, ignorar los distractores no es gratis: agota nuestros recursos cognitivos y nos cansamos antes.
Desconcentrarse para aprender
Con todo, no quisiera terminar este capítulo sin comentar que desconcentrarse también es beneficioso para aprender, pero no durante la tarea de estudio, sino a modo de pausa para descansar. Desconectar de vez en cuando de la tarea que estamos realizando, sobre todo si requiere mucha concentración, puede ayudarnos a realizarla de manera más efectiva cuando la retomamos. Esta desconexión puede consistir en hacer algo que nos relaje o concentrarnos en otra tarea distinta (como pasar de estudiar matemáticas a estudiar historia, por ejemplo).
Los descansos también son clave para concedernos recompensas. Es comprensible que muchos estudiantes incorporen distractores como la música (o el smartphone) en sus ratos de estudio, porque estos les hacen el esfuerzo más llevadero. El problema es que de este modo también lo hacen menos eficaz. Ya he comentado que tratar de hacer dos cosas a la vez va en detrimento de ambas. Por eso, lo recomendable es planificar las sesiones de estudio con horarios estrictos que incluyan períodos de trabajo en que evitemos cualquier distracción, incluida la música, y pequeñas pausas en las que podamos relajarnos y hacer cosas que nos apetezcan más, como escuchar música o mirar Instagram. El tiempo para las pausas debe ser estricto, por lo que aquí es donde valdrá la pena emplear a fondo nuestro control inhibitorio y volver a ponernos a estudiar. Como es lógico, si lo que estamos estudiando nos motiva de por sí o por lo que conlleva y no vemos la necesidad de hacer tantas pausas, no hace falta hacerlas. En cualquier caso, relajar la mente unos minutos de vez en cuando puede resultar positivo para proseguir con la labor, sobre todo si nos ofuscamos con algo.
En definitiva, una buena manera de conseguir la concentración necesaria para que la tarea de estudio resulte eficaz y al mismo tiempo mantener la motivación para continuarla es organizarse las sesiones de estudio en períodos de trabajo y de descanso con la ayuda de un temporizador. Por ejemplo, podemos establecer fases de concentración de 25-35 minutos o más y pausas de 5-10 minutos. Los tiempos los determinará cada uno, pero es mejor que las pausas sean significativamente más cortas que los períodos de trabajo. El uso del temporizador nos ayudará a ceñirnos al plan, pero resultará crucial que nos lo tomemos en serio. Por supuesto, si somos de esos estudiantes capaces de autorregularse y decidir el momento para hacer una pausa sobre la marcha o bien ya lo hacemos mediante un plan horario al que conseguimos ajustarnos, el temporizador no será necesario. En cualquier caso lo importante es que los períodos de estudio se dediquen genuinamente al estudio y estén libres de distractores.
Recomendaciones prácticas
El principio fundamental de este capítulo es que para optimizar el tiempo dedicado al estudio debemos focalizar nuestros recursos cognitivos en el objeto de aprendizaje y gestionar sus limitaciones.
Elimine los posibles distractores de su entorno de estudio:
• Si es posible, sitúese en un lugar en que no haya movimiento ni ruido.
• No ponga música o, si cree que le ayuda a concentrarse, al menos use música relajante y sin letra.
• Si hay ruido en su entorno, use tapones u orejeras de atenuación del sonido. En caso de que no tenga, puede usar música relajante y sin letra.
• Ponga el teléfono móvil en modo avión y procure no tenerlo a la vista.
• Lo anterior también sirve para el ordenador, la tableta, la televisión o cualquier aparato que pueda secuestrar su atención.
• Pida a sus familiares o compañeros de piso que no lo molesten mientras estudia.
Establezca una rutina horaria para sus sesiones de estudio:
• Divida sus sesiones de estudio en períodos de concentración y descansos.
• Si le resulta de ayuda, use un temporizador para ceñirse al plan. Existen app que le permiten poner varias alarmas seguidas para marcar cuándo empiezan y terminan las pausas. Pero si va a usar el móvil, mejor póngalo en modo avión y fuera de su vista.
• Use los descansos para darse alguna recompensa que le permita relajarse o pensar en otras cosas, en especial tareas que no consuman muchos «recursos cognitivos»: escuchar música agradable, comer algo, ducharse, pasear, bailar, jugar con su mascota, etc.
Planifique los objetivos de cada sesión de estudio:
• Cuando lo que debe aprender es complejo o especialmente amplio, dosifíquelo en diversas sesiones de estudio y avance progresivamente.
• Antes de empezar, revise todo lo que debe aprender y establezca un plan de trabajo.
• Ajuste su plan si es necesario a medida que avance con él; ningún plan es perfecto.
• Empiece cada sesión de estudio echando un vistazo a todo lo que tiene pensado estudiar en ella. Lea títulos y conceptos clave para hacerse una idea inicial.