Antifascistas
49. El antirracismo que no acepta tutelas
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49. El antirracismo que no acepta tutelas
«De aquí, de allí siempre seré el otro,
viajero sin un lugar de retorno,
para el que los caminos se pierden en apertura
donde seres externos controlan mi piel oscura,
para quienes soy, aun sin verme, sospechoso».
YEISON GARCÍA, El otro
Hasta ahora, las personas migrantes o racializadas hemos sido el objeto del activismo blanco y europeo, que ha explicado con sus palabras lo que nos ocurre a nosotras y exigido por nosotras nuestras demandas. Ese tiempo se ha acabado. Nuestra lucha antirracista también incluye terminar con ese paternalismo que nos invisibiliza, para comenzar a ser desde ahora los sujetos políticos de nuestras propias reivindicaciones.[189]
Paula Guerra escribía esto en El País el 10 de noviembre de 2017. En dos días estaba prevista una manifestación antirracista en Madrid con el lema «Por una sociedad sin racismo», en la que se implicaron numerosos colectivos de personas racializadas y migrantes.
Entrevisté a varias personas que formaron parte de aquella movilización y hoy siguen trabajando desde diferentes ámbitos contra el racismo. Paula, la autora del artículo, es una de ellas. Nació en 1976 en el barrio obrero de San Miguel, en Santiago de Chile, y vive en Madrid desde 2006, cuando vino a hacer un doctorado. Durante todo este tiempo, ha combinado su activismo y sus estudios trabajando de camarera, encuestadora, teleoperadora y en agencias de comunicación y medios de comunicación alternativos. Fue presidenta de SOS Racismo y actualmente escribe para Público y elDiario.es, además de impartir talleres sobre pensamiento decolonial y analizar e investigar el racismo estructural y sus consecuencias. Ella fue una de las impulsoras de aquella movilización de 2017 que marcó un antes y un después en la visibilización del antirracismo organizado.
La manifestación fue un éxito y logró visibilizar un activismo que llevaba años en marcha, pero que hasta entonces no se había mostrado con todo su músculo.
No fue nada fácil —admite Paula—. Tuvimos innumerables asambleas en las que vivimos situaciones muy agresivas cuando exigimos ser nosotras las que hablásemos por nosotras. Ahora puede resultar inconcebible, pero hasta hace no muchos años era de lo más normal que, en colectivos antirracistas con participación de personas racializadas, quienes redactasen los manifiestos e hicieran las portavocías fuesen personas blancas. Para llegar a la situación actual hubo que pasar por muchos y encendidos debates, incluso dentro de colectivos y ONG con un recorrido antirracista histórico. El 12 de noviembre se materializó ese proceso. Y también se cristalizó el trabajo de todas las personas racializadas que nos antecedieron en la lucha.
Durante años, la lucha contra el racismo no estuvo representada por las personas que lo sufrían. Por una parte, los colectivos antifascistas estaban formados principalmente por personas blancas, aunque hubiera algunas personas racializadas puntualmente o hubiese determinadas alianzas circunstanciales. Excepciones como los Color Power y sus sinergias con movimientos antifascistas de principios de los noventa y otros casos puntuales no eran la norma. La realidad es que los colectivos de personas migrantes y racializadas durante los años noventa no compartían demasiadas veces las agendas ni los espacios del antifascismo de entonces. Hubo campañas anticolonialistas desde los ochenta con motivo del Doce de Octubre, contra el apartheid en Sudáfrica y protestas ante los crímenes de odio racistas, la ley de Extranjería o los pogromos de El Ejido y Ca n’Anglada, pero la escasa entidad que se les daba por parte de las instituciones y los medios de comunicación durante años a los colectivos afectados no fue casual. No tanto por parte de los colectivos antifascistas y los movimientos sociales como por el Estado, que supo poner filtros en forma de ONG para que la interlocución y la representación garantizaran que no se cuestionaba la estructura. Es decir, tratar el racismo como un hecho individual y no como un asunto estructural, sacando de la ecuación la ley de extranjería, las políticas migratorias, la existencia de los CIE y muchos otros instrumentos del Estado que perpetúan esas desigualdades y criminalizan no solo el origen, sino también los cuerpos de las personas racializadas.
Demetrio Gómez es un viejo amigo con quien he compartido muchas reflexiones al respecto. Es uno de los fundadores de Ververipen Rroms por la Diversidad, un colectivo de gitanos LGTBI que hace años trabaja codo a codo con otros colectivos antirracistas y antifascistas en el ámbito estatal y europeo. Nació en México, de familia gitana, y es homosexual. Por eso, siempre pone sobre la mesa la importancia de la interseccionalidad. Riendo, comenta que tiene todo lo que más odian los fascistas: «migrante, gitano, maricón y antifascista». Ha participado en numerosos movimientos sociales y, a sus cincuenta años, es un referente en la lucha del pueblo romaní. Conoce el asociacionismo gitano desde dentro desde los años ochenta y siempre ha sido muy crítico con su gestión, ya que, según él, no ha sabido dar respuesta a nuevos retos.
El asociacionismo tradicional tuvo su momento y ayudó mucho en aquellos tiempos en los que lo asistencial era primordial, pero no ha sabido generar un pensamiento y un marco político progresistas. Se generan programas que suplen responsabilidades municipales o estatales de carácter asistencial, pero no se plantea un pensamiento crítico, sino más bien una complicada danza de intereses para seguir manteniendo los programas que sustentan económicamente la organización. El asociacionismo gitano tradicional no goza de buena salud y no es referente para los nuevos pensamientos y formas de organización de jóvenes y no tan jóvenes que reclaman un cambio radical en la forma de tratar lo gitano.
Aparecer como sujetos pasivos, como víctimas o simplemente como atrezo ha sido durante años el papel que una parte del autodenominado antirracismo ha concedido a las personas racializadas en esta lucha. Sobre todo cuando hablamos de las ONG, a las que el Estado usa como intermediarias y que demasiadas veces actúan de amortiguador ante las denuncias de problemas estructurales.
En este sentido, Demetrio afirma:
Durante un tiempo, la izquierda blanca ha querido adoctrinarnos y enseñarnos el modelo de liberación, tratándonos de manera paternalista. Ha asumido una voz y unas acciones que deberían ser fruto de un trabajo entre iguales y no de un acto de «salvación» desde una supuesta superioridad a todos los niveles.
«Esa fue la respuesta del Estado», opina Youssef Ouled, otro de los activistas antirracistas que entrevisté. Youssef nació en 1993 en Alhucemas, en el Rif, y vino a Madrid con solo seis años. Es periodista y activista antirracista y ha gestionado durante años el portal de denuncia EsRacismo, en SOS Racismo Madrid. También es consultor sobre perfilación racial en Rights International Spain, donde ha desarrollado investigaciones acerca de cómo esta práctica policial racista afecta a las personas racializadas, así como sobre las consecuencias del racismo durante la pandemia del covid-19. Igual que Paula y muchas otras personas, realiza una gran labor de difusión y denuncia de casos de racismo en las redes sociales.
Hoy en día, existe una nueva ola de activismo antirracista formado y liderado por jóvenes —en muchos casos nacidos en el Estado español— que han decidido dar un paso al frente y reivindicar su papel protagonista en esta lucha, cansados de que otras personas que no sufren lo que denuncian hablen por ellos. Uno de ellos es Moha Geredou, nacido en Huesca en 1992 de padres gambianos. Moha es periodista y activista antirracista. Recientemente ha publicado un libro titulado Qué hace un negro como tú en un sitio como este (Península, 2021), donde explica perfectamente a través de su experiencia vital cómo funciona el racismo y que no se encuentra únicamente en conductas individuales, sino que forma parte de la propia estructura del sistema y de la historia y la cultura. Él también participó en la organización de la manifestación de noviembre de 2017 y estuvo al mando de SOS Racismo hasta 2018, cuando le pasó el relevo a Paula.
El racismo siempre ha sido el corazón de la extrema derecha, pero el antirracismo no siempre está en el corazón del antifascismo —asegura Moha—. Siempre se ha dado por hecho el apoyo de las personas migrantes y racializadas, pero no ha habido mucho esfuerzo en incorporar demandas o visiones propias de estas personas. Ser de izquierdas no te garantiza que no seas racista, hay que trabajar y establecer alianzas con estos movimientos propios, a los que hay que escuchar.
Moha fue víctima de una terrible campaña de acoso en las redes sociales por parte de ultraderechistas, que llegaron a poner precio a su vida y le dedicaron numerosas amenazas de muerte. Fue con motivo de la campaña lanzada en las redes con el hashtag #EstadoEspañolNoTanBlanco, con la que se buscaba visibilizar la diversidad y la multiculturalidad. Los ataques y los comentarios racistas no se hicieron esperar:
Comenzamos con la subasta del mes. Empezamos en mil euros. ¿Quién da más?
Si viene desparasitado y con la cartilla del veterinario, subo a mil doscientos euros.
Si me dejáis soltarlo en mitad del campo y cazarlo, mil cuatrocientos euros.
Así, toda una lista de mensajes denigrantes que también sufrieron otros activistas que se unieron a la campaña. Los comentarios subieron de tono y empezaron a llegarle amenazas con imágenes de personas asesinadas. Estos son algunos de los mensajes que recibió por el simple hecho de participar en una campaña antirracista:
Vamos a por ti, hijo de puta.
Eres el próximo en la lista.
Tienes las horas contadas.
Eran la muestra —junto a muchas otras que se denuncian constantemente— de que todavía existe un racismo latente en el Estado español más allá de las estructuras racistas del propio Estado.
Recientemente, un episodio sangrante que reactivó la lucha liderada por los colectivos de personas migrantes y racializadas fue la reacción en 2018 ante la muerte de Mame Mbaye en el barrio madrileño de Lavapiés. Mbaye trabajaba como mantero y falleció de una parada cardiaca cuando huía de una de las habituales redadas policiales que acechan el barrio y se ceban con las personas racializadas. Cuando se conoció la noticia, los vecinos estallaron, hartos de las constantes actuaciones policiales contra la comunidad de personas migrantes y racializadas. Durante varios días, se produjeron enfrentamientos con la policía. Sindicatos policiales denunciaron a varias personas por culpar a la policía de la muerte de Mbaye, entre ellas a Rommy Arce —entonces concejala del Ayuntamiento de Madrid—, al tuitero Fonsi Loaiza y a Malick Gueye —del Sindicato de Manteros.
Para Moha, es importante explicar el significado de «persona racializada», ya que a menudo «no se entiende a qué nos referimos». Moha lo explica así en las pp. 56 y 57 de su libro:
Todas las personas somos racializadas. Todo el mundo forma parte de una categoría racial o étnica por la que el resto nos identifica: blancos, negros, asiáticos, gitanos… «Racializado» no es la forma políticamente correcta de decir «negro», sino que es una manera desde la que describir la categoría racial. Es una categoría más, como pueden ser el género o la sexualidad. Estrictamente, una persona racializada es alguien que recibe un trato favorable o discriminatorio en base a la categoría racial que la sociedad le atribuye. […] La racialización no depende solo del color de piel. Incluye también factores como el origen migrante, las formas de hablar, los rasgos físicos y así un largo etcétera.
La profesora Mahdis Azarmandi, que dedicó tres años de investigación doctoral al antirracismo en España, también lo explicaba en un artículo de El Salto.
Para comprender la relación entre las formas de discriminación pasadas y presentes debemos comprender cómo se producen las luchas por la diferencia humana a través de procesos de racialización, y cómo estos procesos producen sistemas sociales racializados. El racismo, por lo tanto, tiene que ver con las relaciones de poder en las que el hecho de estar marcado por la raza (racialización) coloca a las personas en diferentes posiciones (con diferente acceso a los recursos) en ese sistema.[190]
El artículo —titulado «Los límites racistas del antirracismo moral español»— trataba de advertir sobre esas entidades que pretendían hablar en nombre de las personas racializadas y que criminalizaban las protestas por la muerte de Mbaye en Lavapiés. Azarmandi explicaba:
Un antirracismo en el que los que siguen beneficiándose de su estructura siguen hablando en nombre de aquellos a los que pretenden apoyar corre el riesgo de reproducir la idea misma de la disponibilidad, es decir, que las voces y las vidas de aquellos a los que se dirige el racismo vuelvan a ser borradas y silenciadas.
La profesora también afirmaba:
[La muerte de Mame Mbaye] y el aumento de la hostilidad hacia los vendedores ambulantes en general no solo ha puesto al descubierto la naturaleza de la represión estatal, sino que ha puesto al descubierto los límites del actual antirracismo español.
Y señalaba directamente a la ONG Movimiento Contra la Intolerancia como parte del problema:
El entendimiento común de Ibarra y MCI [Movimiento Contra la Intolerancia] es que el racismo es un error moral, están de acuerdo en que el racismo es «malo», pero no creen que la estructura misma de la sociedad e incluso del Estado pueda ser racista.
La manifestación antirracista de 2017 pretendía visibilizar lo que Paula Guerra explicaba en su artículo en El País sobre lo que es el racismo: «un sistema mayor de opresión, tanto o más fuerte como lo es el sistema de opresión de clase o el de género», en referencia al racismo estructural y a las constantemente denunciadas identificaciones por perfil racial.
Queremos que el racismo deje de ser visto como una serie de hechos anecdóticos vinculados a acciones aisladas de determinadas personas o de determinados grupos marginales de ultraderecha.
El simbolismo de esta manifestación sirve para explicar el paso adelante, ya sin vuelta atrás, de muchas organizaciones y activistas antirracistas en la defensa de sus derechos y contra la tutela de otras organizaciones que históricamente habían abanderado o se habían apropiado de sus luchas. En la conversación, los tres activistas aclaran que no es un reproche general al antifascismo, que siempre estuvo ahí y puso todo el empeño para combatir a quienes cometían ataques racistas, pero sí pretende ser un toque de atención a todas las luchas actuales —también las antifascistas— para que no se repitan las dinámicas pasadas de hablar de ellos sin ellos o de usarlos tan solo como víctimas y no como sujetos activos.
En palabras de Moha:
La manifestación fue una representación física y gráfica de lo que venía sucediendo desde hacía tiempo en el antirracismo: que las personas racializadas y migrantes éramos los sujetos políticos de esta lucha y que no íbamos a permitir más esa posición de subalternos, ese paternalismo. La manifestación y esa fraternidad que hubo entre las diferentes comunidades fue un puñetazo en la mesa en ese sentido. Se acabaron las mesas sobre racismo en las que no hay personas racializadas o que, si las hay, son solo para contar testimonios. Se acabaron las organizaciones antirracistas lideradas o compuestas solo por personas blancas en las que nosotros solo aparecemos como víctimas.
En este sentido, Youssef también recuerda que, durante años, las instituciones han estado financiando y promocionando organizaciones que no cuestionaban demasiado el sistema, que eran dóciles y no molestaban al poder. La mayoría, controladas por personas que ni siquiera formaban parte de estos colectivos y muchas de ellas eran auténticos negocios. Estas, al final, servían para eclipsar a las más combativas y a las que de verdad representaban a las personas afectadas.
Queríamos denunciar el racismo de Estado, el de las instituciones, y relacionarlo con el caso de Lucrecia, una mujer racializada asesinada por un grupo de neonazis liderado por un guardia civil. Cuando se cometió el crimen, el Estado puso en primera línea a algunas ONG para tapar la organización del antirracismo y del antifascismo, para que actuaran defendiendo los intereses del Estado, sin cuestionarlo, y mantener el statu quo… La respuesta es del mismo Estado. Hoy, estas personas, estas organizaciones, siguen teniendo el privilegio de representar en organismos oficiales a colectivos de los que ni siquiera forman parte.
Según cuenta Youssef, desde hace poco, él y otros activistas están coordinándose con grupos antifascistas de varios distritos de Madrid en una campaña para denunciar la exclusión de alumnas musulmanas en los centros educativos por llevar hiyab.
Donde ahora estamos encontrando más aliados —aquí, en Madrid— es en el movimiento antifascista que hay en distintos barrios. En su mayoría son personas blancas que han tenido muchos debates y han entendido que la lucha contra el fascismo no es solo luchar contra el fascista estereotipado, contra los nazis del barrio, sino que pasa por interactuar con diferentes colectivos y en estos espacios de encuentro articular una respuesta conjunta.
Para Paula:
Son luchas que tienen que ir de la mano. Hay que plantearse cuáles son las demandas del antirracismo antes de incorporarlo al antifascismo. Para evitar situaciones de subalternidad. El éxito pasa por reconocernos mutuamente, como pasa con el feminismo y con otras luchas. Se deben complementar.
Demetrio también reivindica el papel de las nuevas generaciones de activistas romanís, que pretenden superar el asociacionismo tradicional y tomar el relevo desde un activismo mucho más transversal.
En la actualidad, han surgido nuevos pensamientos romanís que tratan de revolverse de igual manera contra el racismo, el machismo, el colonialismo, la lgtbfobia y el fascismo.
Una nueva generación más preparada e instruida, con una mayor capacidad crítica y de análisis se abre paso entre el pueblo gitano no solo en España. Esto ha provocado que muchos temas que tradicionalmente eran tratados como un tabú se hayan abierto paso en los debates cotidianos y tenga lugar un nuevo marco de pensamiento más acorde con las conquistas sociales de este último siglo; pero no solo, también un pensamiento genuino creado por gitanos y gitanas sin tutelajes ideológicos ni de otra índole. Al mismo tiempo, junto a otras minorías se siente una conciencia de clase —oprimidos y opresores— y se van estableciendo alianzas. Esta estrategia de coordinación y conciencia es bastante reciente, aunque algunos pioneros y pioneras lo intentaron hace ya veinte años y sembraron la simiente de estas alianzas tan convenientes y necesarias.
Durante años, se ha transmitido la imagen, adoptada por mucha gente, de que el antifascismo es un grupo de gente joven, principalmente blanca, perteneciente a la izquierda radical, cuya actividad política se basa en la acción directa y en la confrontación. Aunque este antifascismo existe, no es el único ni es mayoritario. Las nuevas maneras de la extrema derecha han obligado a adoptar múltiples formas a quienes pretenden combatirla y no es justo ni riguroso afirmar que esta lucha es una cuestión tribal o territorial, sino que es una lucha plural y transversal que incorpora numerosos matices y causas que convergen en muchos otros asuntos.
Demetrio, por su parte, reivindica el papel de la nueva generación de activistas gitanos.
[También participan] en grupos antifascistas, en el Orgullo Crítico, con otros grupos racializados en manifestaciones y demandas u organizando jornadas feministas en las que se critica de manera furibunda el homonacionalismo y esas corrientes que se dicen feministas pero que infantilizan y discriminan a las mujeres provenientes de la minoría.
Por su parte, Moha explica:
Uno de los grandes riesgos es entender o reproducir la imagen del antifascismo como un ente monolítico, como un prototipo de hombre blanco, joven, radical.
Sin embargo, afirma:
[Hay que reconocer] la capacidad del antifascismo para adaptarse a los tiempos e incorporar nuevos elementos, y cada vez se está entendiendo e implementando más. Los retos a los que nos enfrentábamos hace cuarenta años no son los mismos de ahora. Vemos cada vez más grupos antifascistas y antirracistas juntos, como en los últimos homenajes a Lucrecia. Establecer alianzas y diálogos, y reconfigurar las posiciones es imprescindible. Hay una agenda común en el antifascismo y en el antirracismo, y el gran problema es que no haya habido un diálogo permanente para hacer frente a esos retos comunes.