Antifascistas

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50. El impulso feminista y la lucha contra la LGTBI-fobia

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50. El impulso feminista y la lucha contra la LGTBI-fobia

«Es increíble el aguante de esta gente, pasarse dos años seguidos recibiendo palizas y sin rechistar. Además de contarlas una por una para saber que han sido más de sesenta. Sí que les ha de molar que les den por culo para aguantar tanto».

Bandera Negra, número 16, 1991. Fanzine del grupo neonazi valenciano Acción Radical

Antes del asesinato de Sonia en Barcelona a principios de los noventa, la ultraderecha ya se había mostrado violentamente contra el colectivo LGTBI en varias ocasiones. Incluso con atentados terroristas. En 1976, un grupo de extrema derecha colocó un artefacto explosivo en La Vaquería, un local alternativo del barrio madrileño de Chueca frecuentado por personas homosexuales. No fue la única bomba contra el colectivo LGTBI aquellos años en los que el terrorismo de ultraderecha actuaba de manera impune. Desde entonces, la violencia homófoba no cesó. Con la llegada de nuevas generaciones de ultraderechistas, aumentaron las agresiones a personas LGTBI: las cacerías de los llamados «bateadores del Retiro» en Madrid, los ataques al Orgullo Gay y los bares de ambiente en otras ciudades, los atentados con explosivos, como el de Amor de Dios en Sevilla en 1991 o el asalto a otro bar de Chueca justo la víspera del 20N de 1988, el día en que los neonazis asaltaron los puestos de Tirso de Molina. Querían dejar bien claro que el colectivo LGTBI seguía estando en el punto de mira de la nueva ultraderecha.

Muchas veces, estas agresiones quedaban sepultadas, porque las víctimas no querían denunciar por miedo a que se revelase su orientación sexual en un contexto en el que la homofobia todavía reinaba. El activista y escritor Piro Subrat publicó en 2020 el libro Invertidos y rompepatrias. Marxismo, anarquismo y desobediencia sexual y de género en el Estado español (1868-1982), un extenso trabajo en el que se recogen numerosos episodios de activismo del colectivo LGTBI. En él se relatan también las agresiones y ataques de los grupos de extrema derecha durante este periodo.

Leí en El Salto la entrevista que le hizo Teresa Díaz.[191] Tras localizar fragmentos de su libro en la Red, pensé que encajaba perfectamente en la historia de este libro. Entonces Piro residía en València, así que quedé con él en persona. Su libro abarca desde finales de los años sesenta del siglo XIX hasta mediados de los ochenta del siglo XX, pero en Internet subió una parte en la que ya hablaba de la época posterior, que es justo el periodo de tiempo en el que se enmarca este libro. Por eso, le pregunté qué quedaba de los movimientos LGTBI de la transición cuando comenzaron a aparecer los nuevos grupos fascistas y neonazis a mediados de los ochenta.

En los años ochenta, los movimientos sociales heredaron lo que se vivió durante la transición, donde hubo una alianza del movimiento gay con la izquierda. Aunque también estaba el tema del VIH y vuelve otra vez la cuestión de la homofobia en la sociedad… Los ochenta se sitúan en ese escenario: ha habido una alianza muy importante, pero se produce un rebrote de las agresiones homófobas muy grande. Cuando aparece el antifascismo de finales de los ochenta, el tema LGTBI no está tan a la orden del día en la izquierda como antes; sigue habiendo cierta reminiscencia, aunque, como baja mucho el activismo, hay temas que no son tan accesibles para la nueva generación. La pérdida del enlace con la anterior generación fue importante. En muchos casos, no hay un referente homosexual organizado al que recurrir. Es muy reducido. La consecuencia es que, aunque en los colectivos antifascistas exista esta preocupación, en muchos casos no se produce una confluencia.

En su libro descubrí un crimen de odio homófobo que no teníamos registrado en el proyecto crimenesdeodio.info. Mariano Gómez Higuera fue asesinado el 5 de mayo de 1993 por un fascista, y este crimen levantó una ola de protestas en las que participaron activamente los grupos antifascistas. Un ultraderechista citó a Mariano en la zona de cruising de la Casa de Campo, y cuando este intentó huir le asestó diecisiete puñaladas. Piro explica en su libro:

Pocos meses antes [el asesino] había quedado mediante un servicio gay de contactos con otro chaval llamado Darío. Junto a su amigo José Antonio, David clavó dos veces un estilete a Darío, le propinó una paliza y lo encerró chapuceramente en un cuarto del cual pudo escapar y pedir ayuda. Cuando el asesino fue arrestado, la policía requisó material fascista en su casa. Declaró que «quería limpiar España de putas, inmigrantes y maricones».

El juicio se celebró en la Audiencia de Madrid en 1995. Acudieron grupos antifascistas junto a La Radical Gai y grupos feministas. Piro relata en su libro que la lucha contra la homofobia y el sexismo ya estaba presente en los fanzines y los carteles de los colectivos antifascistas de los años noventa y enumera toda una lista de ejemplos donde se acredita la preocupación y la denuncia de los ataques fascistas contra el colectivo LGTBI. Le pregunté sobre la alianza de los colectivos y personas LGTBI con el antifascismo.

En los noventa hay una nueva generación de disidentes sexuales con un discurso mucho más cercano al actual. Es gente más influenciada por el antifascismo y otras culturas políticas de la izquierda radical, como fue La Radical Gai en Madrid, que iba a confrontar con los neonazis directamente y formaba parte de los movimientos antifascistas. Esto generó una alianza más fuerte.

El libro de Piro recoge ciertas reflexiones que se dieron en el seno de los movimientos sociales —concretamente en el antifascismo— ya desde los años noventa sobre el sexismo y la homofobia. La homofobia también aparecía en algunos momentos en entornos de izquierdas y eso explica que alguna gente de este colectivo tuviese ciertos recelos a la hora de participar en grupos antifascistas.

Sin embargo, el ámbito antifascista no ha llevado una genuina y concienzuda lucha contra la homofobia, ni siquiera por un trabajo por definición de temas feministas. La mitología del luchador antifascista que golpea a nazis y se enfrenta a la policía describe casi siempre a un varón alto, cachas, joven, capacitado, de cierta estética y al que la virilidad y la heterosexualidad se le presuponen. Desde esta perspectiva, podemos encontrarnos comentarios homófobos, agresiones machistas y un sinfín de comportamientos cuestionables desde el ámbito antifascista.

Sin embargo, esto se trabajó en muchos espacios en los que convivían organizaciones antifascistas y grupos feministas o LGTBI. Eso fue lo que ocurrió en el Kasal Popular en València y —como comentaba Eugeni, del FAGC— a raíz del asesinato de Sonia en Barcelona, cuando los activistas LGTBI trabajaron junto a los antifascistas ya a principios de los noventa. A menudo surgía el debate sobre la masculinidad, la estética y la actitud de algunos de estos militantes, temas que todavía hoy se debaten en el seno de las organizaciones de izquierdas. En Madrid, desde Lucha Autónoma y otros colectivos, también se trató de hacer pedagogía con el resto de compañeros, como cuenta Piro en su libro.

A mediados de los noventa, militantes de la coordinadora de colectivos Lucha Autónoma se sentaron a hablar ante su indignación porque en las movilizaciones antifascistas se escuchaban con frecuencia comentarios homófobos, putófobos y machistas, pareciendo imposible extender en el antifascismo la crítica antiautoritaria y antisexista. Para la manifestación antifascista del 23 de noviembre de 1997 repartieron el siguiente texto en formato panfleto, tan explícito y concreto que merece incluirse entero:

EL SEXISMO TAMBIÉN ES FASCISMO.

 

¡AUPA CHAVAL/A!

¿A cuántas manifas has ido gritando consignas tales como «maderos hijos de puta», «fascistas maricones» o «uja, uja, uja, que se tire la maruja» sin pararte a pensar lo que estás diciendo? Pues vamos a aclararnos: bastante mal lo tienen que pasar las prostitutas con los maderos como para tener hijos de semejante calaña. Así pues, ten en cuenta que cuando gritas «hijos de puta» estás atacando directamente a las prostitutas y no a los maderos o a los fascistas; lo mismo sucede cuando dices «maricones», tomas una actitud discriminatoria contra parte de nosotr@s que, por nuestra opción sexual, somos continuas víctimas del fascismo. También cuando hablamos de marujas despreciamos a la mujer obrera. Por tanto, utilizamos un insulto que además de sexista es clasista. Por todo esto te proponemos que analices el lenguaje que utilizas para expresar tu rabia y tus protestas, y que potencies tu imaginación sin recurrir al lenguaje sexista. […]

 

RECUERDA: EL SEXISMO TAMBIÉN ES FASCISMO.

Eva formó parte del movimiento okupa a finales de los ochenta en València, primero en la calle de la Palma y posteriormente en el Kasal Popular, donde la conocí pocos años después. Ahora tiene cincuenta años y es una reconocida fotoperiodista que no ha perdido el contacto con los movimientos sociales. Al igual que Óscar, Juan y más personas entrevistadas que vivieron aquellos años en València, recuerda los numerosos problemas que tenían con neonazis en el barrio del Carmen.

Había mucha violencia. Entraban los nazis en los bares con cadenas y nos daban de hostias. Era muy bestia. De modo que en el Kasal Popular decidimos organizarnos en la Assemblea Antifeixista, en la que también participamos las mujeres que estábamos en Dones Esmussades, el colectivo feminista.

Dones Esmussades nació en la okupación de la calle Palma. Eva cuenta que un día decidieron hacer una «kafeta de mujeres», es decir, un encuentro de mujeres en la cafetería del centro social.

Se levantó cierto revuelo, incluso con otras compañeras que no entendían que cerráramos un espacio para nosotras. Tuvimos que leer mucho y hablar entre nosotras para dar muchas explicaciones. Nos dimos cuenta de que necesitábamos un espacio de mujeres continuo, necesitábamos un grupo feminista para trabajar todos esos micromachismos, para afrontar todas esas cosas que estaban pasando en nuestro entorno. Vimos que el feminismo era un prisma desde el que podíamos y debíamos trabajar muchas cosas. Nosotras y los compañeros gais de la asamblea empezamos a cuestionar todo el tema de la masculinidad, de la violencia, de las actitudes… Insistimos en que, además de la autodefensa, que era imprescindible, tenía que haber más cosas, más formación, más creatividad, más cuidados. A partir de que las mujeres nos organizamos en el movimiento antifascista de València, este crece. Éramos muchas y muy activas, e íbamos más allá de la defensa de nuestros espacios.

Después de la controversia surgida a raíz de la creación del grupo de mujeres y la apertura de espacios no mixtos, Eva y sus compañeras propusieron a los hombres de la asamblea que crearan también un espacio propio para hablar entre ellos sobre estos temas, sobre sus actitudes, sus sentimientos, sobre el concepto de masculinidad que tenían y proyectaban.

Teníamos la mente muy abierta y no fue difícil plantearles el tema. Qué era eso de la masculinidad, qué esperaba la sociedad de ellos como hombres, qué era eso de la violencia, de no poder hablar de vuestros sentimientos, vuestros miedos… Y fue muy potente para ellos. Se juntaron primero con una sexóloga, que les ayudó a conducir los debates, y luego ya todo funcionaba solo. […]

Teníamos claro que, si queríamos cambiar el mundo, debíamos cuestionarnos todo. En eso también jugó un gran papel Ploma 2.

Ploma 2 era un grupo de music hall y cabaret.[192] Fue todo un símbolo de la cultura y la lucha LGTBIQ+ que, además, se implicó mucho en los movimientos sociales alternativos de la época. Lo vi actuar más de una vez en el Kasal Popular. Eva remarca la importancia de este grupo y su marcado carácter político antifascista y anticapitalista.

Yo las miraba con los ojos como platos. Eran mucho más mayores que yo y no sabía si eran hombres, mujeres… Lo tenían ya superado. Y siempre con críticas al capital, al sistema… Eran maravillosas. Te hacían cuestionarte todo. Para nosotras, que no veníamos de la academia ni teníamos esos debates de ahora sobre género, suponían un descubrimiento.

Ploma 2, «cabaret ácido contra una sociedad hipócrita», estaba formado por Clara Bowie y Nastasia Rampova. Su historia está recogida en el libro Kabaret Ploma 2: Socialicemos las lentejuelas (Imperdible, 2020), que cuenta cómo, ya desde los últimos años del franquismo hasta bien entrada la transición, sus integrantes se convirtieron en un icono de la lucha por los derechos LGTBIQ+. Se llamaban a sí mismas «maribollotrans» antes de que se popularizase la palabra queer. En una entrevista en Valencia Plaza, Álvaro G. Devís introduce al personaje, hija de un sindicalista represaliado por el franquismo.

A Rampova nunca le insultaron en el colegio, pero a los catorce años fue por primera vez a la cárcel. La primera vez que lo detuvieron fue cuando exploraba una de sus primeras experiencias sexuales en las rocas de la playa de Las Arenas con un joven mayor que él. […] Con catorce años y cuatro meses, ingresó en la Modelo de València, donde vivió la crudeza de sus primeros golpes, sus primeras violaciones.[193]

Entre 1984 y 1993, Ploma 2 estuvo a cargo del programa La pinteta rebel en Ràdio Klara junto a Miquel Alamar y otras activistas, y actuaban los fines de semana en cafés y en actividades políticas. Hasta se fueron de gira por varios países de Europa. Rampova ha fallecido a los sesenta y cuatro años en julio de 2021, justo el año que estoy escribiendo este libro.

Las luchas deben ser interseccionales. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías, a nuevos medios de comunicación alternativos, es más fácil formarse e informarse. Más ahora, que el fascismo está volviendo e incluso llega a las instituciones. Antes, todo lo aprendíamos en los espacios de socialización, en nuestros entornos, y nosotros éramos personas muy abiertas que nos cuestionábamos absolutamente todo —remarca Eva.

Piro realiza también cierta autocrítica al movimiento antifascista —del que ha formado parte más recientemente, desde 2010 aproximadamente— y también le reconoce que ha ido corrigiendo y superando ciertos clichés.

Si voy a un espacio en el que todos son tipos cis heterosexuales, pues no me siento cómodo. Y a mucha peña marica le pasó lo mismo. Más aún en el ambiente skin, donde oíamos a menudo comentarios y actitudes homófobas. No era general, claro que no, eran un par de personas las que yo vi, y en espacios de socialización, no en asambleas, pero resultaba complicado para nosotros. Aun así, las feministas jugaron un papel determinante. Es la misma dinámica que se ha repetido en todos los ambientes políticos, también en los sindicatos y otros movimientos sociales. Primero llegan las feministas y allanan el camino. Luego entra el tema de la LGTBI-fobia.

Entre otros movimientos sociales, Piro participó en la Coordinadora Antifascista de Madrid varios años tras el asesinato de Carlos Palomino en 2007. Posteriormente, en asambleas de barrio, concretamente en el barrio de Tetuán, donde los neonazis instalaron el primer Hogar Social Madrid. Ahora sigue vinculado al movimiento antifascista y reconoce que ha mejorado mucho lo que anteriormente criticaba.

Hay un interés mucho mayor y, al mismo tiempo, muchos colectivos y activistas LGTBI forman parte de los movimientos antifascistas. Pasa lo mismo con el feminismo. La confluencia ahora es total, que es lo que hace falta ahora más que nunca, si tenemos en cuenta la ofensiva reaccionaria que estamos viviendo.

Sin embargo, Piro advierte que últimamente se le está dando una mayor visibilización a lo que denomina cierta autodenominada izquierda con tics reaccionarios.

Todo un entramado social lo está justificando, primero por la ultraderecha y después por todo lo que estamos viendo contra las personas trans. A esto se le une la crisis de lo que se ha entendido como masculinidad, que ha llevado a gente que se dice de izquierdas a juntarse con ultraderechistas y hacer bandera de su homofobia y su antifeminismo. El discurso que enfrenta la lucha de clases a las demás luchas que llaman «identitarias» lleva muchos años, pero es minoritario dentro de la izquierda. Ahora, por diversas razones y desde distintos ámbitos muy interesados en dividir a la izquierda, se está estimulando.

Muchas cosas están más claras a nivel social que hace años, igual que ocurre en la sociedad. Aunque una de ellas es el antifascismo, a día de hoy no se valora lo importante que es. Eso es un problema. También dentro del propio movimiento LGTBI, cooptado en algunos aspectos por los que llamamos «integracionistas», los que apoyan la homonormatividad, vivir bajo el capitalismo. Hace décadas, era más normal que la peña LGTBI se organizara para estas movidas que desde hace seis o siete años. Todo este proceso ha provocado que mucha gente haya dejado su autonomía y su autodefensa pensando que ya está todo hecho. Sin embargo, hay muchos colectivos que están fuera de las grandes organizaciones, que siguen peleando fuera de lo oficial.

Según Piro, estos colectivos son de los pocos que están al lado de los movimientos sociales y del antifascismo, que hacen una crítica a la mercantilización del movimiento LGTBI, que organizan las marchas del Orgullo Crítico y que siguen reivindicando la disidencia sexual como parte de su lucha contra la norma.

Creo que parte del movimiento LGTBI no es consciente del peligro que comporta el fascismo y ese es el motivo de que no se haya acercado a ciertos grupos cuya confluencia y trabajo conjunto habría sido muy útil.

En verano de 2021, en uno de los ciclos de cine gratuito de verano en las calles de Castelló —organizados por el colectivo feminista y antifascista Subversives junto al colectivo antifascista La Cosa Nostra—, un hombre que llevaba horas molestando a los asistentes y a las trabajadoras apareció de repente con una pistola. Varios de los presentes se enfrentaron a él y lograron desarmarlo. La policía llegó al rato, cuando los antifascistas lo retenían en las inmediaciones del domicilio de su expareja mientras sujetaba a su hijo para evitar ser capturado. El hombre declaró que le molestaba la música y que por eso había irrumpido con la pistola. También argumentó que no eran balas de verdad, sino otro tipo de proyectil, aunque no por ello menos peligroso. Al día siguiente, la policía, al igual que la prensa, quitó hierro al asunto. Trataron el asunto como un incidente vecinal y no como un acto de odio machista, a pesar de los múltiples insultos y amenazas contra las personas que participaban en el acto.

Irene estaba allí ese día. Ahora tiene veintisiete años y lleva desde su adolescencia militando en colectivos de izquierdas en Castelló. Junto a otras compañeras, fundó en la Universitat Jaume I un colectivo feminista en 2016.

Vimos la necesidad de crear un espacio feminista en la universidad, pero poco a poco lo llevamos a nuestra ciudad, a Castelló. Como formábamos parte de otros movimientos sociales, teníamos mucha relación con otras personas con las que compartíamos muchas otras luchas, entre ellas el antifascismo. Entendíamos que el feminismo debía ir ligado siempre al antifascismo, aunque eso a veces juegue en contra y haya feministas que no tengan ese compromiso antifascista tan claro. Lo mismo ocurre con el movimiento antifascista, que ha estado bastante masculinizado, pero debe entender que el feminismo no se puede disociar de su lucha.

Sin duda, el feminismo es hoy uno de los movimientos sociales más potentes y transversales. La conciencia que han ido generando las activistas feministas ha traspasado los espacios alternativos en los que nació y creció durante las décadas anteriores y hoy ha llegado a estar presente en todos los ámbitos y debates públicos. Aunque falta todavía mucho recorrido, la inclusión de la perspectiva de género en prácticamente todos los asuntos de la vida pública y privada es un avance indiscutible en derechos y libertades. Por eso, la extrema derecha lo tiene en su punto de mira y lo considera uno de sus principales enemigos abatir.

En septiembre de 2012 fui invitado por la Universidad de Núremberg a un seminario sobre género y extrema derecha junto a otros y otras investigadoras, entre las que se encontraba mi amiga berlinesa Frauke Buttner, experta en estos temas. Yo la había conocido poco antes en otro seminario en Berlín. Se interesó por la extrema derecha española cuando todavía éramos la «excepción» en Europa que no tenía un partido de esas características en las instituciones. Tras el encuentro de Núremberg, las organizadoras nos propusieron escribir un capítulo conjunto sobre la extrema derecha española y los temas de género para un libro que se tituló Gender and Far Right Politics in Europe (Palgrave McMillan, 2016). Lo que explicamos entonces fue que, más allá de las campañas de la derecha y del neoconservadurismo español contra las políticas de igualdad de género y derechos LGTBI, la entonces marginal extrema derecha prestaba poca atención a estos asuntos y que solo un par de mujeres destacaban en el universo ultra: una portavoz de España 2000 y la entonces recién llegada lideresa de Hogar Social Madrid.

Años después, el panorama ha cambiado notablemente y la batalla contra el feminismo es una de las principales señas de identidad y punta de lanza de la extrema derecha. La periodista y doctora en Antropología Núria Alabao, miembro de la Fundación de los Comunes, es experta en temas de género y extrema derecha. Es una de las personas que colaboraron en el informe que coordiné sobre la derecha radical en el Estado español publicado por la Fundación Rosa Luxemburgo en 2021. Varios artículos del informe hablan sobre estos temas, pero concretamente el capítulo titulado «Las guerras del género» recoge con detalle las estrategias de los grupos de extrema derecha para combatir el feminismo, que, tal y como señala, no son nuevas.

Hoy asistimos sin duda a una nueva oleada conservadora de la mano de las formaciones políticas de extrema derecha. Sin embargo, muchas de las coordenadas sobre las que articulan sus guerras de género —una versión de las llamadas guerras culturales— son exacerbaciones del conservadurismo precedente, visiones desacomplejadas o extremas de elementos que ya fueron utilizados en el pasado. Por ejemplo, algunos de los marcos presentes hoy en el tratamiento de estas cuestiones provienen de la Nueva Derecha estadounidense —a partir de la segunda mitad de los años setenta— y su reacción contras las revueltas y la contracultura del 68.

La capacidad del feminismo para impregnar gran parte del debate público y conquistar cierta hegemonía en el sentido común ha obligado a la extrema derecha a adaptar sus discursos a esta nueva realidad, sobre todo en Europa occidental y en Estados Unidos. Alabao afirma al respecto:

Si hoy en Francia, Alemania o Escandinavia un partido quiere evitar caer en la marginalidad electoral tiene que renovar su ideario o su retórica incorporando ideas liberales, por lo menos en lo que atañe a la defensa de igualdad de la mujer y aunque sea una cuestión meramente formal.

Una de las características de esta supuesta incorporación de temas de género a la agenda y los discursos de la extrema derecha es lo que se denomina la racialización de la política sexual, que Núria define así:

Los aspectos de género y sexualidad están ligados en estos partidos al que es su eje fundamental de movilización: la cuestión migratoria —fundamentalmente a la islamofobia de matriz colonial—, o lo que podemos denominar la racialización de la política sexual. Estas construcciones son ampliamente usadas en toda Europa —tanto en el Este como en el Oeste, aunque con diferencias significativas— y también alcanzan a personajes como Donald Trump. De hecho, el racismo o el etnonacionalismo, aunque sea disfrazado de multiculturalismo —las diferencias son buenas, pero cada uno en su casa—, es un punto fundamental de sus discursos políticos y programas. En esta racialización de la política sexual, es decir, vinculando las cuestiones de género a la raza o las migraciones, los partidos de Europa occidental han encontrado una estructura argumental que les permite renovar su retórica para conquistar al grueso de votantes y adaptarse a los cambios de sus sociedades. De esta manera, diciendo que defienden los derechos de las mujeres y las personas LGTBI en contra de las amenazas que suponen los hombres de origen no occidental, o el islam, buscan legitimar o encubrir sus propuestas racistas más disruptivas. Al mismo tiempo, esto les permite vincularse a los valores sociales liberales (femonacionalismo). Así, el islam, siempre descrito como fundamentalista y retrógrado, amenaza las libertades conquistadas. Sara Farris lo denomina «la racialización del sexismo», donde la discriminación se construye como un problema que solo afecta a las comunidades migrantes racializadas.

Los machistas son los otros. Vox asume plenamente este discurso y cada vez lo utiliza más profusamente.

Esta estrategia de la extrema derecha se apoya también en los habituales relatos en medios de comunicación que refuerzan el racismo, así como en la enorme constelación de páginas web de desinformación y los ejércitos de trolls y bots que amplifican estos mensajes. Como denunciaban los activistas antirracistas en otro capítulo, el racismo, igual que el machismo o la homofobia, son transversales y atraviesan también a una parte de la izquierda. La ultraderecha es consciente de esto y estimula precisamente algunas discrepancias en el seno de las izquierdas. El éxito en parte de esta estrategia se comprueba viendo que algunos sectores de la izquierda han adoptado una parte de este lenguaje y hablan de «ideología de género», «chiringuitos y lobbies LGTBI», «buenismo» y otros términos creados y difundidos por la extrema derecha. Vox está consiguiendo normalizar estos discursos en parte de la ciudadanía y su intención, como explica Alabao, va mucho más allá de conseguir votos.

Al confrontar directamente consensos como la manifestación del 8M o la ley de violencia machista, Vox no va al encuentro del máximo apoyo electoral, no quiere construir mayorías, sino agitar el tablero. Precisamente, el mayor peligro que implican estas opciones es el de la normalización del discurso ultra, el de ser capaces de mover el sentido común y atreverse a cuestionar derechos consolidados del feminismo que han llevado años de lucha. Esto le permite criticar a todo el arco político mientras se erigen en defensores de lo «políticamente incorrecto», los únicos que se atreven a decir la verdad y a sacudir «el consenso progre» frente a la «derechita cobarde» representada por el PP. De esta manera, pretenden recoger los frutos de la desafección política o incluso recoger votos de la abstención a través de una suerte de voto «protesta» contra el sistema e incluso «antiélites».

Los grupos de extrema derecha más callejeros se han visto envalentonados por la normalización de los discursos de odio antifeministas y homófobos, y han acelerado su activismo contra las organizaciones, los activistas y los espacios significados en estas luchas. A lo largo de este año 2021, se han sucedido numerosos ataques homófobos y hasta el asesinato de Samuel Luiz al grito de «maricón». Este crimen motivó una gran movilización social en todo el Estado y puso de nuevo el foco sobre las consecuencias de los discursos de odio. La ultraderecha contraatacó, primero poniendo en duda el componente homófobo del crimen y después acusando a los autores de ser migrantes o simpatizar con la izquierda, algo que se demostró finalmente que era falso. También en 2021, grupos neonazis desfilaron por el madrileño barrio de Chueca gritando «Fuera sidosos de Madrid» e insultando al colectivo LGTBI, con la autorización de la Delegación del Gobierno y a pesar de los informes policiales que alertaban sobre la convocatoria, presentada en nombre de una supuesta asociación de vecinos que reúne a la plana mayor del neonazismo madrileño. El acto no tuvo respuesta antifascista, a pesar de que varios colectivos intentaron articular en pocos días una acción de protesta, lo que generó cierto debate en las redes sobre si se debía o no responder.

Frente a la ofensiva reaccionaria contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI, el feminismo y la lucha por los derechos LGTBI son hoy dos de los principales frentes del antifascismo. La extrema derecha, allá donde forma parte del gobierno, intenta desmantelar todas las políticas sobre esta materia. Por otro lado, las acciones violentas contra los colectivos feministas y LGTBI han hecho que estos colectivos estén cada vez más involucrados en las plataformas antifascistas y que el antifascismo asuma que ambas luchas son inseparables de sus praxis y sus reivindicaciones.

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