Antifascistas
51. «Los amigos de Guillem»
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51. «Los amigos de Guillem»
El 9 d’Octubre es el día del País Valenciano, efeméride que celebra la conquista de la ciudad por el rey Jaume I en el año 1238. Desde la transición, la fecha se ha convertido en un escaparate político, con la ultraderecha y el regionalismo copando los actos oficiales de la mañana y la izquierda valencianista tomando el centro de la ciudad por la tarde. En el 2007, las juventudes del Bloc Nacionalista Valencià (BNV) se unieron por la mañana al resto de asociaciones culturales y de la sociedad civil en la procesión cívica, que transcurre entre vítores e insultos del público según quién desfile. Ese año, este partido valencianista de izquierdas por fin había logrado entrar en las Cortes Valencianas en coalición con Esquerra Unida, Els Verds e Izquierda Republicana —lo que fue el inicio de la coalición Compromís—. Su participación en la procesión no fue nada fácil. Ese año y los siguientes fueron acosados, insultados y agredidos por parte de la ultraderecha, que consideraba que le pertenecían tanto la fecha como los actos oficiales, la ciudad y hasta la manera de ser valenciano. Acusados de «catalanistas», los valencianistas eran perseguidos por ultras hasta el final del acto, a veces contando con la pasividad de la policía. Ese año fue la primera vez, desde la transición, que una organización de izquierdas, víctima habitual de la ultraderecha en València, se atrevía a plantarse allí.
En 2014, el digital La Veu publicó un vídeo titulado La Diada Segrestada, donde mostraba lo que sucedía cada año hasta hace bien poco, cuando se han ido incorporando otros colectivos progresistas.[194] A pesar de que la ultraderecha sigue usando el acto para vomitar su odio contra los que considera traidores, más de una década después, el bloque progresista es uno de los mayoritarios en la procesión cívica. Ese era el objetivo inicial: abrir la marcha a toda la sociedad valenciana, despojando a la extrema derecha de ese espacio.
En cualquier caso, la mayoría de la izquierda se ha mantenido siempre al margen de los actos oficiales y espera a la manifestación de la tarde. Esta manifestación la convocan la Comissió 9 d’Octubre —que reúne a partidos, sindicatos y entidades sociales y culturales— y las diferentes organizaciones de la izquierda y el valencianismo. Esta manifestación discurre todos los años con cierta presencia de ultraderechistas en las aceras, que increpan y provocan a los manifestantes. Sin mucho éxito, ya que la manifestación es notablemente más numerosa que el escaso número de ultras y siempre está rodeada por un amplio dispositivo policial. O casi siempre, porque, curiosamente, en 2017, un año que todos sabíamos que iba a ser complicado, allí solo había un coche de la policía local unos minutos antes de la hora de comienzo.
Habían pasado tan solo ocho días desde el referéndum en Catalunya y València se preparaba para celebrar su día. Las redes ya advertían que algo podía pasar. Grupos ultraderechistas y algunos de sus voceros presionaron sin éxito para que las autoridades prohibieran la histórica marcha valencianista, a la vez que convocaban a impedirla. La ultraderecha estaba sobreexcitada tras el referéndum en Catalunya y era bastante previsible que los valencianos pagáramos el pato una vez más.
Como cada año, la cita era a las seis de la tarde en la plaza de Sant Agustí, en pleno centro de la ciudad. Pasadas las cinco, pequeños grupos de personas con banderas de España empezaron a acercarse. También entró en escena un grupo de una treintena de Yomus, los ultras del València CF, que se situó en el centro de la plaza. Viendo el panorama y ante la ausencia total de policía, quienes pretendían participar en la marcha valencianista se mantenían a cierta distancia. Tan solo un grupo de periodistas del diario La Jornada se colocó en una esquina para montar su stand a pesar de la presencia de los contramanifestantes, pues creyeron inocentemente que no les iban a atacar. No duraron más que unos minutos. Una decena de ultraderechistas se acercó a ellos, les reventó el puesto y arrojó a un contenedor de basura los cientos de ejemplares del periódico que pretendían repartir.
Pocos instantes después, un pequeño grupo de manifestantes de izquierdas llegó a la plaza, ajeno a lo que estaba sucediendo. Casi no les dio tiempo a reaccionar cuando un grupo de ultras corrió hacia ellos. Se inició así un intercambio de golpes, que fue abortado por un par de policías locales de tráfico que hicieron sonar la sirena del coche patrulla. Varias personas de ambos grupos resultaron heridas por los golpes. Faltaba poco para la hora prevista de la manifestación y empezó a llegar gente a la plaza por ambas partes. Pegados a la iglesia, los pocos manifestantes valencianistas que permanecieron a pesar del ambiente; enfrente, ahora sí separados por unos pocos policías, decenas de ultraderechistas insultando y amenazando.
La plaza se llenó al poco tiempo. La UIP separaba a los dos grupos con un cordón policial insuficiente que los ultraderechistas traspasaban continuamente en su intención de acercarse a los manifestantes de izquierdas, aunque eran estos quienes tenían el permiso para manifestarse. En una de las embestidas de los ultraderechistas, el cordón policial resultó insuficiente y se inició un pequeño enfrentamiento que la policía decidió cortar cargando contra los manifestantes de izquierdas. Muchos de estos corrieron por la calle adyacente para sortear los golpes de la policía y de los fascistas. En ese momento, las cámaras de La Sexta, que retransmitían en directo para el programa Más vale tarde, captaron cómo decenas de ultraderechistas cazaban a una pareja que huía y la pateaban en el suelo. Mamen Mendizábal, la presentadora del programa, ordenó cortar la emisión. En pleno horario infantil, se habían colado imágenes de un grupo de neonazis dando una paliza a un chico y una chica.
En ese momento apareció en escena un joven con un polo azul que, por su cuenta y riesgo, decidió intervenir enfrentándose a los más de diez neonazis que pateaban a la pareja. Vicente acababa de cumplir dieciocho años y consiguió quitar a los ultras de encima de los dos jóvenes. Los ultras se ensañaron con él y lo arrinconaron contra una pared, pero no lograron tumbarlo. Las imágenes del joven aguantando los golpes y manteniéndose firme dieron la vuelta al mundo. «El chico del polo azul» recibió el elogio de gran parte de la sociedad, que le agradeció su valentía y le mostró su apoyo. Él mismo dio la cara unos días después en varias entrevistas en las que explicó lo sucedido y denunció que la policía no detuviese a nadie ese día. De hecho, llegó pocos segundos después, cuando otros ultras estaban pateando al fotoperiodista de El País, a quien intentaron robar el equipo.
Yo llegué aproximadamente sobre esa hora. No logré entrar en la plaza, pero conseguí alcanzar al pequeño grupo de manifestantes que ya, por fin, había logrado comenzar la manifestación. Eso sí, rodeados de contramanifestantes que les insultaban y les escupían aprovechando la ausencia de la policía. Estaba grabando el acoso a un grupo de yayoflautas que participaban en la manifestación, cuando una mujer empezó a restregarme una bandera de España por la cara para que no grabase. Como no desistí de hacer mi trabajo, la mujer me lanzó un té caliente a la cara mientras otro grupo de ultraderechistas me amenazaba a escasos metros con cortarme el cuello. No fue la única agresión que sufrí aquella tarde. Pocos minutos después, ya con la manifestación en marcha, otro ultraderechista se dirigió a mí para amenazarme por estar grabando. Me golpeó y me tiró el teléfono al suelo, rompiendo la pantalla. De nuevo, no apareció ningún policía. Ambas agresiones están documentadas en vídeo y denunciadas. Sin embargo, la policía no ha logrado identificar a la mujer que me arrojó el té a la cara.
La manifestación tuvo que desviar su recorrido final y terminar en otra plaza cercana, porque un grupo de ultraderechistas había ocupado el espacio donde debería haber terminado. Los manifestantes aguantaron el chaparrón, aunque no fue nada agradable. Tampoco para los periodistas, que también fuimos increpados en todo momento. Los ultras se vanagloriaron después en sus redes de haber castigado a los «catalanistas», y encima sin que ninguno fuera detenido. Sin embargo, las imágenes de las agresiones y la indignación por la actuación policial dieron una vuelta de tuerca a la situación que los fascistas no habían previsto.
Los ataques a cara descubierta retransmitidos en directo por la televisión y las redes sociales permitieron identificar a la mayoría de los agresores. El juicio, que todavía no tiene fecha, sentará finalmente a veintiocho ultraderechistas en el banquillo de los acusados entre agresores e instigadores de los ataques. Entre ellos, varios ultras del València CF, que a raíz de estas agresiones fueron expulsados de las gradas por el propio club y así comenzaron a desintegrarse poco a poco.
El antifascismo no tardó en reaccionar. Un mes después de los ataques, se convocó una manifestación que reunió a cerca de ocho mil personas contra las agresiones de la ultraderecha. Al año siguiente, en previsión de un nuevo boicot, se comenzó a preparar una demostración de fuerza del antifascismo sin precedentes en València. No podía volver a pasar lo de 2017 y no se confiaba en que las autoridades lo impidieran. Así que, unos meses antes de la fecha, los grupos antifascistas de todo el País Valencià empezaron a reunirse para coordinar el desembarco en la ciudad de una manera segura y un dispositivo de seguridad propio que impidiese a los ultraderechistas atacar la manifestación.
Marta, una militante antifascista de Gandía, explica:
Sabíamos que mucha gente se había quedado traumatizada aquel 9 de octubre de 2017. Había un sentir general de derrota, miedo e impotencia, y ese fue el principal motivo para coordinarnos. No podíamos permitir otro caso de impunidad descarada y tampoco esa victoria simbólica de la ultraderecha el 9 de octubre, por muchos motivos, tanto emocionales como simbólicos e históricos. Nos unimos, nos organizamos y lo conseguimos.
La organización se gestó durante casi un año. Para asegurar la concurrencia de personas de todo el País Valenciano de manera coordinada y segura, se organizaron una serie de columnas llegadas desde distintos puntos del país.
Cada columna llevaba el nombre de una persona políticamente importante de su zona, a menudo vinculada a la memoria histórica y a la lucha antifascista y anticapitalista. Un total de ocho columnas y miles y miles de personas que nunca habrían venido un 9 de octubre a Valencia desbordaron las calles de la ciudad.
Cerca de doscientas personas se ofrecieron para actuar como servicio de orden y proteger la manifestación de principio a fin por los laterales. Formaron un imponente cordón que separaba a los manifestantes de la policía y los curiosos —más algún que otro ultraderechista— que observaban la marcha desde las aceras.
Los ultraderechistas, sin embargo, intentaron repetir la algarada del año anterior. Esta vez, tan solo un grupo de alrededor de cincuenta neonazis se concentraba de nuevo en la plaza de Sant Agustí; esta vez sí, rodeados por un amplio dispositivo policial. En más de una ocasión trataron de romper el cordón policial sin éxito, llegando a lanzar gas lacrimógeno contra los agentes y los periodistas presentes. Los neonazis que se presentaron esta vez no eran los mismos del año anterior, salvo contadas excepciones. La gran mayoría de los que participaron en la cacería de 2017 habían sido detenidos o estaban imputados y el resto de los fanáticos que el año anterior habían acudido a boicotear la marcha prefirieron no repetir la imagen tan lamentable que habían dado ante la opinión pública y no corrieron el riesgo de ser esta vez ellos la minoría. Los pocos que llegaron a observar la manifestación antifascista permanecieron impotentes en las aceras viendo cómo miles de personas ocupaban la calle Xàtiva de principio a fin. La espectacular manifestación reunió cerca de quince mil personas y transcurrió sin ningún incidente, lo que supuso una inyección de autoestima y seguridad tras el trauma del año anterior. En palabras de Marta:
[Supuso] una victoria simbólica no solo para quienes organizamos todo, sino para la propia gente, que volvió a pisar València sin miedo. Muchas personas nos lo agradecieron.
Reciclar en un impulso antifascista el miedo, la impotencia y la rabia que había supuesto lo de 2017 fue determinante para los años siguientes, ya que el antifascismo fue asumido como propio no solo por los grupos de la izquierda radical, que siempre lo habían reivindicado sin miedo, sino por todos los movimientos sociales y todo el tejido asociativo valenciano.
La coordinación en el País Valencià continúa, aunque los contextos de cada colectivo son distintos.
Marta afirma:
Cuando hay cuestiones importantes para la mayoría de las organizaciones antifascistas de base, las trabajamos conforme a nuestras capacidades y realidades locales. La confianza, las relaciones y la hermandad que se tejieron durante ese año de intenso trabajo crearon lazos y vínculos más allá de la distancia territorial y las diferencias internas, por lo que en las posteriores asambleas de valoración decidimos mantener la coordinación sin que supusiera un sobreesfuerzo para el trabajo que ya llevaba cada organización.
Los grupos antifascistas que hoy existen en el País Valenciano están formados por militantes de diversos colectivos sociales que también se dedican a los llamados sindicatos de barrio o proyectos sociales locales. No existe el perfil del militante únicamente antifascista, como se ha visto a lo largo de este libro, sino que el antifascismo es uno de tantos frentes. Jóvenes y no tan jóvenes se unen circunstancialmente a las convocatorias y campañas, mientras que el resto del año participan en muchos otros proyectos. La ciudad de València, que siempre ha cosechado la fama de ser un bastión de la extrema derecha, es hoy una ciudad que respira relativamente tranquila, a pesar de los insistentes intentos de los grupos fascistas por volver a «controlar las calles».
El grupo Acció Antifeixista València empezó a gestarse a finales de 2015, tras el desfile de un grupo de neonazis en la procesión cívica del 9 de octubre. La ultraderecha siempre había estado presente el 9 de octubre por la mañana, pero aquel año las banderas nazis desfilaron con total impunidad en medio de los actos oficiales de la diada valenciana y eso causó cierto revuelo en los medios. Desde el proyecto anterior de València Entre Totes, que había servido para unir a colectivos diferentes no estrictamente de la izquierda radical, el antifascismo de la ciudad de València había permanecido latente, sin estar organizado en un colectivo concreto. Acció Antifeixista de València (AAV), que se presentó en verano de 2016, volvió a reivindicar un antifascismo más combativo que fuese más allá de la autodefensa o de la reacción frente a las manifestaciones o agresiones neonazis. Se establecía así un punto de encuentro y coordinación para el antifascismo implicado también en el resto de movimientos sociales de la ciudad. Esto supuso, sobre todo después de los sucesos del 9 de octubre de 2017, un paso atrás para los grupúsculos de extrema derecha, que vieron cómo una nueva generación de jóvenes tomaba la iniciativa y no mostraba ya ningún miedo. Ni siquiera una actitud victimista. Al contrario, la ofensiva del antifascismo valenciano —no solo desde AAV, sino desde muchos otros colectivos antirracistas, LGTB, feministas e incluso de la izquierda institucional— arrinconó a una ultraderecha callejera cada vez más marginal y acosada judicialmente tras las agresiones de 2017.
Neus, una de las militantes de AAV, valora así el trabajo hecho desde el colectivo durante estos últimos años:
Llevamos cinco años de militancia y nuestra agenda ha estado repleta de movilizaciones propias —como los 20N, los 9-O de estos años o los 12-O—, movilizaciones a las que nos hemos sumado —como el día del inmigrante, el día del orgullo o las concentraciones por Guillem— y movilizaciones reactivas de respuesta a la extrema derecha —como fue el último Primero de Mayo en el centro de la ciudad—. La formación política también ha sido un eje que ha estado presente, de ahí las charlas, los debates y la agitación en la calle y en las redes sociales con diferentes campañas.
Con AAV, se ha creado una organización estable con el antifascismo como lema principal. Aunque sus militantes colaboran con otros movimientos sociales, se ha asumido el antifascismo como uno de los ejes de vertebración de todo el tejido asociativo de la ciudad.
Neus remata:
Nuestro objetivo principal siempre ha sido y será frenar al fascismo en todas sus formas y todos sus ámbitos. La actual coyuntura política y social nos ha demostrado que, si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará. El fascismo contagia a la sociedad y extiende sus tentáculos a diferentes niveles —institucional, en los barrios…—, sobre todo en el contexto español, donde se combinan dos factores clave: el sistema económico capitalista y la falsa transición. Todo esto evidencia que nos queda mucho trabajo por hacer y que son mil las barreras que nos encontraremos por el camino, pero entendemos que quedarse impotentes o contemplativos nos convierte en cómplices. Partiendo de esta premisa, entendemos que la neutralidad no existe: o formas parte de la solución o eres parte del problema. Luchar por una ciudad libre de fascismo y una ciudad que conviva con la diversidad debe ser asunto de todas.
Una muestra más de la transversalidad y la pluralidad del antifascismo en València fue la protesta contra la apertura de un nuevo local de la ultraderecha en el barrio obrero e intercultural de Orriols en 2019.
Era el mismo barrio en el que España 2000 había intentado en 2014 sembrar la discordia entre los vecinos organizando repartos de alimentos solo para españoles y una manifestación contra la inmigración. Obtuvieron cierto eco mediático con la performance caritativa, pero unas semanas más tarde la plataforma vecinal Orriols Convive eclipsó la campaña xenófoba de los ultras con una marcha que la superó ampliamente en número y contó con el apoyo de todo el tejido asociativo del barrio. En su comunicado, los vecinos denunciaron la estrategia de la ultraderecha y reafirmaron el compromiso del barrio con la diversidad, ya que los problemas estructurales los sufren todos ellos, independientemente de su origen.
Gente que no pertenece a Orriols intentó el pasado 29 de marzo manipular a los vecinos más pobres, utilizando el arma de las necesidades básicas: un reparto de comida «solo para españoles» fue su lema. […] Pretenden ganar votos aprovechándose de la precaria situación económica a la que nos ha abocado una crisis creada por políticos corruptos y por un sistema económico insaciable y cruel. En Orriols no queremos a nada ni a nadie que intente dividir. Nuestra realidad sigue siendo dura: una tasa de paro del 70 por ciento, el cierre de pequeños comercios, uno de los mayores índices de desahucios de Valencia, la amenaza de supresión de centros educativos públicos y la falta de dotación del nuevo centro de salud.
El barrio de Orriols se volvió a movilizar en 2019 frente a la apertura del Casal Romeu, el local de la organización de extrema derecha Valentia Forum. Este proyecto identitario hasta el día de hoy no participa en algaradas callejeras, pero organiza a menudo charlas y conferencias con líderes de la ultraderecha española.
Una vecina del barrio declaró al diario Levante-EMV:
Es evidente que han escogido este barrio porque hay un caldo de cultivo apropiado, pero en Orriols llevamos trabajando muchos años por la integración con resultados muy positivos. Creemos que este tipo de asociaciones de corte ultraderechista vienen a quebrantar la convivencia pacífica.[195]
Cientos de personas se concentraron a escasos metros del local ultraderechista el 14 de septiembre de 2019. Era el día de la inauguración y acudieron representantes de España 2000 y otras organizaciones de extrema derecha de la ciudad. La portavoz de Orriols Convive, María José Martín, declaró a Europa Press:
[La protesta es] «una forma de demostrar que los vecinos del barrio no aceptan el intento por parte de un grupo fascista de generar división e imponer una perspectiva y un discurso de odio dirigido contra las personas migrantes». «Nuestro objetivo es hacérselo más difícil, intentar que no se implante este colectivo y que se vayan cuanto antes», han agregado desde Orriols Convive. «Este barrio tiene una larga historia de convivencia entre vecinos y queremos que se mantenga así».
Pero no solo la ciudad de València ha vivido un resurgimiento del antifascismo con fuerza. En ciudades como Castelló de la Plana ya existía desde años atrás una hegemonía antifascista, lo que ha sido siempre uno de los modelos a seguir por el resto de colectivos del territorio. La marca de las BAF y el trabajo transversal y multidisciplinar de La Cosa Nostra y otros colectivos de la ciudad han sido fenómenos muy particulares, pero su éxito ha inspirado a muchos de los colectivos que han surgido estos últimos años. Neus también destaca el papel de Acció Antifeixista de València para motivar a otros colectivos del territorio valenciano.
Hemos visto que nuestra presencia y nuestra línea han servido de ejemplo a otras personas y eso ha llevado a la creación de otros colectivos en el país. Actualmente formamos un conglomerado de casi diez colectivos específicamente antifascistas. Los últimos, las Joventuts Antifeixistes del País Valencià, son gente muy joven y eso nos confirma algo muy importante: que existe relevo generacional.
El Col·lectiu Antifeixista d’Alacant, creado en 2011, ha logrado establecerse como un referente en las comarcas del sur y se ha implicado en numerosas luchas sociales, como las redes de apoyo contra la precariedad, parar desahucios o campañas de concienciación. Carles, uno de los miembros del colectivo, explica:
Pensamos que ahora es prioritario que el antifascismo se implique en las luchas de base y contribuya a que arraiguen en nuestros barrios. Hay que crear complicidades y vínculos entre nuestras organizaciones y las vecinas y vecinos en torno a las luchas que hagan frente a los problemas cotidianos y concretos, que cada día son más acuciantes.
Hoy en día, los antifascistas alicantinos están implicados en el Ateneu Popular del Pla-Carolines y en el sindicato del mismo barrio, uno de los muchos sindicatos de barrio que se dedican a asesorar y a ayudar a los vecinos en situación precaria o en riesgo de desahucio.
Al individualismo y el sálvese quien pueda del capitalismo, que acaba creando el ecosistema perfecto para que aflore el fascismo como salvavidas del propio sistema, debemos oponernos con la solidaridad y el apoyo mutuo. Que la mitad de quienes paran el desahucio de una vecina sean personas migrantes hace más contra el discurso xenófobo que una pila de panfletos antirracistas. Saber que compartes problemas (y también enemigos) con tus vecinos, sea cual sea su procedencia, levanta la mejor barrera posible contra el fascismo: comunidad y conciencia de clase.
Este colectivo —como muchos otros en todo el Estado— considera que a la extrema derecha no solo se la combate confrontándola directa y físicamente, sino que hay que tener una agenda propia y elegir el momento y la manera de actuar contra estos grupos.
Creemos que los grupos fascistas y nazis no pueden marcar la agenda del antifascismo. De momento son grupos marginales y con una capacidad de incidencia ridícula. Para que esto no cambie, no debemos perderlos de vista. Tenemos que asegurarnos de que su propaganda no dure en nuestros barrios y mantener la presión para que no se sientan cómodos en ningún momento y no tengan cabida en ningún lugar, pero eligiendo nosotras cuándo, dónde y cómo les recordamos que seguimos ahí. Son solo una pequeña parte del problema.
En las comarcas del Vinalopó, al sur del País Valencià, desde hacía años había un núcleo neofascista concentrado en las ciudades de Elda y Petrer. La organización neofascista Lo Nuestro, surgida durante el auge de HSM y otros proyectos similares en otras ciudades, trató de establecerse también en Elda, Elx, València y Murcia.
Dos miembros de la Assemblea Popular d’Elda i Petrer, un colectivo anticapitalista que trabaja desde 2012 en el municipio, conocen bien la evolución de estos grupúsculos en su ciudad. Me piden que use el seudónimo de Remedios «La Casera» para referirme a ellas, un homenaje a una antifascista de la localidad que combatió durante la guerra civil.
Remedios llegó a ser teniente del ejército republicano y terminó en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer, en el sur de Francia. Tras la derrota de los nazis, vivió exiliada en Francia hasta 1971, año en el que, por fin, regresó a Elda. Esta nueva generación de jóvenes antifascistas de la Assemblea Popular ha sufrido también el acoso y las amenazas de varios neonazis de la zona y prefieren preservar su identidad.
Venimos de la tradición antifascista de nuestro pueblo. Primero con Elda-Petrer Para Todas y después en la plataforma Vinalopó Antifeixista. Los nazis aparecieron poco después, porque no estaban organizados antes de que creáramos el colectivo.
Remedios reconoce que han dedicado un gran esfuerzo a evitar que los neonazis se establecieran con normalidad en la zona, pero apunta que su verdadera lucha no es esa, que los nazis «no son tan importantes» y los ven más bien como «una herramienta del Estado y la burguesía».
Uno de los motivos del éxito actual, de haber logrado que prácticamente desaparezcan, es precisamente no ir directamente a por ellos, sino trabajar contra ellos usando diferentes herramientas. Al principio eran unos mañacos, jóvenes muy radicalizados y muy macarras que empezaron a agredir a compañeros nuestros. Cuando le partieron la nariz a un amigo en el instituto, saltaron las alarmas. La directora del instituto junto con dos policías trató de convencer a la víctima de que no denunciara. Nuestro amigo estaba bastante concienciado y lo denunció de todas formas. Consiguió que condenaran al nazi, aunque a una pena muy baja, ridícula.
Uno de los miembros de la Assemblea recuerda que un día volvió del trabajo y un vecino le contó que había visto a un grupo de personas destrozándole el coche. Denunció los hechos y pidió a su vecino que testificara. Los neonazis amenazaron al testigo y este se negó a declarar por miedo. Como no había ninguna otra prueba, el caso acabó archivado.
Me destrozaron el coche después de una gran campaña que hicimos en la ciudad cuando empezaron con las recogidas de alimentos solo para españoles. Nos poníamos a pocos metros de ellos y repartíamos panfletos que explicaban a la gente quiénes eran. Sin entrar en confrontación directa con ellos, informábamos a los vecinos del barrio, que, casualmente, era uno de los más diversos y precarios. En más de una ocasión, la policía intentó expulsarnos de allí, pero íbamos siempre, no nos echábamos atrás.
Remedios fue atacada más veces, incluso en su lugar de trabajo.
Buscaban que se me señalara, que me avergonzara o que respondiera violentamente, pero no entré en su provocación. Luego, si venían a por alguien, lo hacían siempre en grupo y por sorpresa. Cuando nos hemos cruzado solos por la ciudad, siempre han agachado la cabeza —explica—. También me pintaron la casa varias veces, pero los vecinos se volcaron conmigo totalmente. Les salió mal la jugada y me vi muy apoyado por todo el barrio.
Ambos entrevistados insisten en la impunidad de estos violentos neonazis, que casi siempre salen indemnes o con condenas irrisorias. Incluso cuando dejaron en coma a un compañero de Remedios, al que dieron una paliza porque lo vieron arrancar una pegatina nazi.
Cuando nos enteramos, le conseguimos un abogado gratuito y le ofrecimos todo nuestro apoyo. Es importante que los colectivos ofrezcan apoyo a la gente que no está organizada pero los sufre. Los neonazis de aquí tienen buenas relaciones con la policía y también con el Ayuntamiento, que contrató a alguno de ellos para trabajar en la administración a pesar de que sabían quién era y a qué se dedicaba. Además, uno de ellos es hijo de un policía —subrayan.
Tras diversas agresiones y el intento de un grupo ultraderechista de abrir un local en Elda, el pleno del Ayuntamiento votó en junio de 2017 una moción consensuada por todos los partidos políticos contra el racismo y se convocó una protesta cuyo comunicado recogía la preocupación por la presencia de estos grupos nazis en la localidad.
El foco de las agresiones tiene como denominador común los nuevos grupúsculos fascistas, concretamente las personas ahora vinculadas a la organización Lo Nuestro, que está tratando de implantarse en el sudeste del Estado español, teniendo como uno de sus núcleos Elda y Petrer. Una franquicia del llamado Hogar Social madrileño, que, bajo un disfraz patriota y solidario (solo con los nacionales), esconde sus verdaderas intenciones de propagar su mensaje fascista, contra inmigrantes, islamófobo, pretendiendo ser el reflejo de lo que son otros partidos de extrema derecha a nivel europeo, como Amanecer Dorado, en nuestra zona.
Estefanía trabaja actualmente en una fábrica de Elda, aunque vivió un tiempo en València. Hoy es una de las portavoces de la Crida Contra el Racisme, una plataforma antifascista y antirracista de la localidad inspirada en la Unitat Contra el Feixisme y el Racisme (UCFR) de Catalunya y en otro proyecto semejante nacido en Alcoi y en València tiempo atrás.
Llevo muchos años dentro del antifascismo y he estado en otras organizaciones anteriores a Crida —confiesa—. Cuando volví, vi que todo seguía de la misma forma en el pueblo. Iban a abrir una sede por mi barrio, un barrio de clase trabajadora con vecinas y vecinos extranjeros que se podían sentir amenazados por la presencia de este tipo de gente en la zona. Me sentí con la necesidad de unirme a la llamada que se estaba haciendo desde el antifascismo local. Como muchas más personas, que acudimos con enormes ganas de frenar este auge. Conocíamos a gente a la que habían acosado o agredido anteriormente y por esos motivos quise formar parte de Crida desde que se fundó.
El grupo ultraderechista que llevaba años activo en la zona y que había intentado establecer la sección local de Lo Nuestro en la ciudad abrió en octubre de 2018 un centro social denominado El Galeón. Esto motivó a Estefanía y otros vecinos de Elda para fortalecer la organización de la Crida Contra el Racisme.
Nuestra labor es muy informativa y pedagógica, realizamos charlas, debates, vamos a los institutos, hablamos con las vecinas y vecinos de nuestros barrios… También tratamos de desmontar todas sus falacias y discursos de odio, que vemos a diario tanto en los medios de comunicación como cuando estamos consumiendo algo en un bar o en nuestro propio lugar de trabajo.
Los neofascistas de El Galeón copiaron el modelo de HSM y otros colectivos similares con la recogida y reparto de alimentos solo para familias españolas o campañas contra la inmigración y las personas refugiadas. Por su parte, los antifascistas de la Crida contraprogramaron las campañas racistas ofreciendo alimentos, materiales escolares o productos necesarios a las familias más desfavorecidas de la zona, independientemente de su nacionalidad. «Incluso, hemos hecho campañas de recogida para los campos de refugiados de Grecia», apunta Estefanía. También ofrecen ayuda y asesoramiento a las personas que han sido víctimas de ataques fascistas o de actos de discriminación, aunque a menudo son los y las propias activistas quienes sufren estos ataques.
Estefanía no ha querido ocultar su nombre. Varias veces ha dado la cara representando a esta plataforma y asegura que en la ciudad ya se conocen todos.
Nosotras y nosotros mismos nos hemos visto expuestos en este tiempo, porque también han realizado acciones en nuestra contra por la calle, en la puerta de nuestra casa o en nuestro propio trabajo. Por todo eso que también hemos sufrido y sufren otras personas, creemos que hay que seguir trabajando.
El Galeón se integró en 2020 en la organización de ámbito estatal Hacer Nación, en la que confluyen organizaciones similares, como Iberia Cruor (Jaén), Acción Social (Cádiz) y parte de los exmiembros de España 2000 del corredor del Henares (en Madrid).
El auge del antifascismo valenciano estos años ha venido acompañado de una serie de encontronazos con grupos fascistas, que en la mayoría de las ocasiones han acabado con la detención de varios militantes y simpatizantes antifascistas. Tres jóvenes fueron arrestados el Doce de Octubre de 2020 poco antes de la manifestación fascista convocada por España 2000 en el barrio de Benimaclet, uno de los bastiones del antifascismo y los movimientos sociales de la ciudad. Los detenidos se encontraron con un grupo de ultraderechistas que se dirigían al acto de España 2000 y se produjo un encontronazo entre ambos grupos. Unos policías que pasaban por la zona arrestaron a tres antifascistas, que pasaron dos noches en los calabozos acusados de varios delitos. El periodista Joan Cantarero tuvo acceso al atestado policial y recogió para Público las declaraciones de los abogados.
El informe elaborado por la Brigada de Información, trasladado al juzgado de guardia de València, es, a juicio de los letrados consultados, absolutamente prejuicioso e ideológico, donde se detalla un relato indeterminado y falso, que decide, sin más criterio que la subjetividad del policía, que los atacantes son de extrema izquierda y las víctimas son de extrema derecha. Y a partir de aquí se establece un argumentario que busca criminalizar a los antifascistas y victimizar a la ultraderecha para, de este modo, justificar las detenciones de Benimaclet, y construir un relato que sirva para imputarles graves delitos que en ningún momento han sido acreditados.
Finalmente, el atestado concluye con la detención de tres jóvenes, mientras el resto consigue huir. Un detalle relevante son las características físicas de los únicos apresados de ese numeroso grupo. Los tres detenidos coincidían en su estética alternativa y los tres iban rapados y con cresta. Tras reducirlos a golpes (uno de ellos tuvo que ser llevado de urgencia al Hospital Clínico de València por una gran brecha en la cabeza), la policía resolvió que se trataba de los agresores, porque eran antifascistas, porque habían corrido, porque se habían resistido a la detención y además llevaban tatuajes anarquistas y otro que ponía ACAB.[196]
Una vez más, los detenidos y acusados de delito de odio fueron los antifascistas. La manifestación ultraderechista reunió a poco más de cincuenta individuos, que desfilaron por el barrio escoltados por un amplio dispositivo policial y bajo los gritos y las caceroladas de los vecinos. A cierta distancia, cerca de un millar de antifascistas se concentraban bajo el lema «Benimaclet lliure d’odi», rodeados por decenas de antidisturbios. Ambas manifestaciones transcurrieron sin encontrarse y sin más incidentes.
Lo mismo sucedió en verano de 2021, cuando un encontronazo de varios jóvenes antifascistas —entre los que había personas de origen migrante— con un grupo de neonazis terminó con la detención de los primeros a punta de pistola por una pareja de agentes de la Brigada de Información de la Policía Nacional que supuestamente estaban vigilando a los ultraderechistas. Según explicaron los antifascistas al periódico El Salto, los neonazis profirieron insultos racistas contra ellos y se inició un breve enfrentamiento que duró menos de un minuto.[197] Sin embargo, la policía citó como investigados a los cuatro antifascistas identificados, a quienes los neonazis denunciaron por una supuesta agresión con motivación ideológica. Además, los neonazis los acusaron también de otra agresión unas semanas antes, cuando el grupo neonazi madrileño Bastión Frontal aterrizó en València para presentar su sección local y se encontraron con varios antifascistas. Una cuenta anónima de Twitter difundió un vídeo unos días más tarde en el que se escuchaba a los neonazis maldecir a los antifascistas tras el encontronazo.
Unos días después de la manifestación de Benimaclet del Doce de Octubre de 2020, se vivió en la localidad de Pego (en la comarca de La Marina Alta) uno de los episodios más llamativos de los últimos años. El equipo de fútbol de la localidad jugaba contra el Gandía y los ultras de este club se dedicaron a desfilar por el pueblo toda la mañana colocando pegatinas nazis y provocando a los vecinos. En pocas horas, un poco antes del inicio del partido, jóvenes del pueblo se empezaron a concentrar en las inmediaciones del campo para protestar contra la presencia de los neonazis y la impunidad con la que se habían paseado todo el día insultando y llenando el pueblo de pegatinas de «Hitler fans». La Guardia Civil tuvo que escoltar a los gandienses hasta sus vehículos y protegerlos de la multitud de personas que los rodeó y se enfrentó a los agentes durante varias horas. Unos días después, la Guardia Civil empezó a detener a algunos de los supuestos participantes en los incidentes. Una concentración en la plaza del pueblo fue secundada por cientos de personas que pidieron su libertad. La fiscalía pide hasta nueve años de prisión para los catorce jóvenes detenidos. El comunicado que se leyó señala:
Es indignante que los neonazis que vinieron a provocar al pueblo queden impunes y los jóvenes del pueblo suframos la represión de los poderes policial y judicial.
Por su parte, la extrema derecha de la ciudad de València sigue organizada en pequeños grupos, principalmente alrededor de España 2000 y más recientemente en Bastión Frontal, que durante los pocos meses que lleva activo solo ha realizado campañas de pegatinas y carteles, varios vídeos en las redes y un partido de fútbol, y no cuenta con más de una veintena de simpatizantes. Los intentos de Bastión Frontal por establecerse en València han estado envueltos de mala suerte para sus miembros. Primero tras el encontronazo con varios antifascistas, que, como muestra el vídeo citado, terminó con los neonazis lamentándose y maldiciendo esta bienvenida. Después, tras unas jornadas y un concierto de esta organización en enero de 2022 que tuvo lugar bajo el más absoluto secretismo, y que terminaría con el líder de la organización y otros dos simpatizantes detenidos días más tarde acusados de participar aquella noche en una brutal paliza a uno de sus simpatizantes. El líder fue directo a prisión y el neonazi herido tuvo que ser operado tras acabar con la mandíbula partida en tres trozos por los golpes de sus camaradas.
A pesar de los reiterados intentos de los grupúsculos de la extrema derecha valenciana por recuperar su protagonismo en las calles, el antifascismo valenciano volvió a demostrar el 9 de octubre de 2021 que goza de muy buena salud. La manifestación volvió a ser multitudinaria, con la asistencia de cerca de diez mil personas. Desde los alrededores, pequeños grupos de ultraderechistas observaron con impotencia la capacidad de movilización del antifascismo en una ciudad que durante años creyeron que era suya.
A lo largo de todos estos años, todo el dolor y la impunidad que rodearon el caso de Guillem han servido para mantener la conciencia antifascista firme y que el antifascismo haya sido uno de los ejes centrales de todos los movimientos sociales valencianos. El antifascismo valenciano siempre ha tenido presente el caso de Guillem como muestra de la impunidad de la extrema derecha, pero también como motivo de reivindicación y símbolo de toda una lucha. En este caso se hizo cierto aquello que se gritaba de «la lucha continúa» y hasta hoy no ha habido descanso ni tregua para la extrema derecha, a pesar de que durante muchos años ha sido un territorio castigado por la violencia impune y la criminalización del antifascismo.
En 2018 se cumplieron veinticinco años del crimen y los actos de homenaje y las iniciativas políticas y culturales en memoria de Guillem se multiplicaron. El Ayuntamiento de València, liderado por Joan Ribó (de Compromís), le dedicó un paseo en el céntrico parque de Viveros, que fue inaugurado durante un multitudinario acto de homenaje y reconocimiento en el que participaron el alcalde, diversos concejales y representantes de diversos movimientos sociales y colectivos del País Valenciano. Una campaña de Acció Cultural del País Valencià (ACPV) exigía desde hacía tiempo que una calle llevase su nombre. En 2013, Marina Albiol, exdiputada de Esquerra Unida, ya había propuesto en las Cortes una declaración institucional que condenara el crimen y se solidarizara con los familiares y amigos de la víctima, así como que se le otorgara a título póstumo la alta distinción de la Generalitat Valenciana. Sin embargo, los votos del PP, que entonces era mayoría en el Parlamento valenciano, impidieron que saliese adelante. La situación cambió cuando el PP perdió el poder en 2016 y una de las primeras cosas que hizo el nuevo Gobierno valenciano fue impulsar de nuevo una declaración institucional. De este modo, el 14 de abril de 2016 las Cortes Valencianas anunciaron en una nota de prensa:
Los cinco grupos parlamentarios de les Corts: PPCV, PSPV-PSOE, Compromís, Podemos-Podem y Ciudadanos, han presentado una declaración institucional al pleno, que ha sido leída por el presidente de la cámara, Enric Morera. En ese documento, las formaciones democráticas hacen una reparación a la memoria de Guillem Agulló i Salvador, el joven antifascista de Burjassot asesinado hace veintitrés años en Montanejos.
Las Cortes se han comprometido a cumplir la resolución del Parlamento Europeo del 14 de marzo de 2013, sobre la lucha contra el racismo, la xenofobia y los delitos motivados por el odio, que pide el cumplimiento de la normativa en la materia e insta los estados miembros a elaborar una estrategia global de prevención de los delitos de odio, el racismo y la xenofobia. Por todo ello, y en memoria de Guillem Agulló, el Parlamento valenciano ha acordado entregar anualmente un premio, todos los meses de abril, a personas e iniciativas destacadas en la lucha contra el racismo, la xenofobia y el odio, como homenaje al joven de Burjassot y también a todas las víctimas de la intolerancia.[198]
Carme —la madre de Guillem—, su padre —de nombre Guillem también—, sus hermanas Carmesina y Betlem, y un pequeño grupo de amigos de la familia, entre los que me encontraba, observamos el acto institucional desde las gradas de invitados de las Cortes. Era difícil no emocionarse ante este tardío pero justo e imprescindible reconocimiento. La perseverancia de la familia fue un ejemplo para todos. Y para toda la sociedad valenciana, que es consciente de la crueldad y la impunidad del fascismo en nuestro país. Aunque durante años únicamente los movimientos sociales y los colectivos de base reivindicaron el nombre de Guillem, poco a poco se fue sumando más gente. Se repitieron los homenajes en otros territorios, principalmente en Catalunya, donde varias calles de pueblos y ciudades llevan el nombre Guillem gracias a diferentes iniciativas populares.
En 2019 se inició la campaña La Lluita Continúa, un proyecto colaborativo que se financió mediante aportaciones de micromecenazgo para realizar una serie de actos en memoria de Guillem, acompañados de la publicación de una magnífica novela de la periodista Núria Cadenas titulada como el joven, Guillem (Ámsterdam, 2020). Era difícil contar una historia que ya había sido contada miles de veces, pero Núria lo supo hacer mejor que nadie. Un año después, las televisiones públicas valenciana, catalana y balear emitieron simultáneamente una película sobre Guillem que también formaba parte de la campaña: La mort de Guillem, de Carlos Marcel-Marquet. Tanto la película como el libro cerraron una etapa. En estos últimos cinco años, Guillem por fin ha obtenido el reconocimiento institucional, un premio con su nombre de las Cortes Valencianas contra los crímenes de odio, el paseo Guillem Agulló en València, una película y un libro. Aunque el mejor homenaje ha sido el acompañamiento que ha recibido la familia durante todos estos años de toda la gente que, desde el primer día, hizo suyo el caso, dijo que no estaríamos nunca solos y juró que la lucha continuaba. Y que no habría ni olvido ni perdón.
La ultraderecha llevaba años gritando: «¿Dónde están? ¡No se ven los amigos de Guillem!». Hoy «los amigos de Guillem», que siempre estuvieron, le han dado la vuelta al tablero.