Antifascistas
52. De Auschwitz al valle de Cuelgamuros
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52. De Auschwitz al valle de Cuelgamuros
«Ellos no pudieron lograrlo, pero no estaban solos, porque nosotros estamos aquí. No lo perdieron todo, porque nosotros estamos aquí. No lucharon en vano, porque nosotros estamos aquí.
Y nosotros somos la memoria de su futuro».
ALMUDENA GRANDES, marzo de 2006
El año 2013 fui invitado como ponente a un curso sobre discurso de odio y extrema derecha en Poznan (Polonia). Un año antes había coincidido en una conferencia en Turquía con Magda, una activista antirracista y feminista de origen judío y miembro del partido socialista. Hice amistad con ella y me invitó a estas jornadas que organizaba su asociación. Fui desde València con mi colega Demetrio Gómez, que también había hablado en Turquía de su trabajo con Ververipen, la asociación LGTBI romaní de la que forma parte.
Después de tres días con jóvenes de varios países, fuimos a Auschwitz. Demetrio y yo lo habíamos planeado antes y Magda nos preparó el itinerario. A última hora decidió acompañarnos, aunque ya lo había visitado. Antes de salir, estuvimos en su casa y nos presentó a su padre, quien nos mostró un álbum de fotos viejas, amarillentas, en blanco y negro y color sepia, en las que aparecían miembros de su familia ochenta años atrás; algunos de ellos precisamente habían terminado en el campo de exterminio que nos disponíamos a visitar.
Llegamos a media mañana en tren con Magda y su compañero —un joven inglés musulmán cuya familia era de origen bangladesí, y también activista en un colectivo contra la islamofobia y el racismo en Birmingham—. Él tampoco había estado nunca allí. Yo había visitado unos años antes el campo de Sachsenhausen, cerca de Berlín. Cuando vi a un numeroso grupo de adolescentes haciendo cola y gritando, recordé una anécdota de aquella visita en Berlín. Uno de los amigos alemanes que nos acompañaban, Falk, un tipo enorme con cara de pocos amigos, mandó callar a un grupo de niñatos que se reían mientras visitaban las celdas de aquel campo. Esta vez, por suerte, no se oyeron las risas cuando entramos al campo. Ante nuestras narices estaba aquella puerta atravesada por las vías del tren que habíamos visto en tantas películas y documentales sobre el nazismo. Antes de entrar, ya nos quedamos mudos. Nosotros y el resto de los visitantes. Una especie de silencio espontáneo, respetuoso, como si fuese consensuado, y que era de agradecer.
Realizamos la visita en silencio. No nos salía nada. No había nada que decir. Solo observar. Horas recorriendo los barracones, observando las fotos de los prisioneros con su traje a rayas, sus nombres, sus historias, leyendo los textos que explicaban cada rincón de aquel tenebroso complejo industrial de la muerte. Las maletas apiladas. Los mechones de pelo. Las pieles con tatuajes arrancadas y los montones de gafas y dientes. Ese escenario en el que decenas de miles de judíos, gitanos, opositores al nazismo, prisioneros de guerra, enfermos, discapacitados y homosexuales pasaron sus últimos días de la peor manera imaginable. ¿Qué podíamos decir?
Hacía menos de diez años que se había inaugurado el pabellón en memoria de los roma, los gitanos que también fueron exterminados allí. Estos habían sido considerados víctimas de segunda categoría incluso en los juicios de Núremberg, donde se escenificó la condena a un puñado de nazis mientras la gran mayoría huyeron o vivieron tranquilamente e incluso conservaron su trabajo en la misma Alemania. Una gran colección de fotografías recogía a familias romanís antes de ser capturadas y deportadas. Escenas cotidianas de todo tipo, lejos del estereotipo marginal y nómada que arrastra el pueblo gitano hasta hoy. Otras fotografías realizadas por los propios nazis mostraban terribles imágenes de niños gitanos sometidos a experimentos por parte del doctor Mengele, el hombre al que Degrelle se había referido como «un médico normal».
No me atrevía a mirar a Demetrio. Lo conozco bien y sé que es un tipo duro, pero esta vez vi cómo una lágrima le recorría la mejilla mientras apretaba los labios y permanecía en silencio. Aguantamos como pudimos aquellas imágenes. Veintitrés mil gitanos habían sido exterminados allí. Demetrio lleva años explicando la historia del Samudaripen —el genocidio contra los gitanos— en cursos de formación y a jóvenes gitanos españoles, que no la conocen y le escuchan asombrados.
Cuando visité Auschwitz, yo ya conocía la historia de Violeta Friedman. Recordé su lucha contra la falsificación de la historia durante las horas que duró mi visita al campo nazi, donde se acumulaban las evidencias de la infamia. Los barracones intactos, los hornos y los restos de las cámaras de gas —que fueron voladas por los nazis antes de huir en un intento por esconder las pruebas del genocidio— no dejaban ningún lugar a la duda. Pero más importante aún fue el testimonio de los supervivientes, como Violeta; supervivientes de Auschwitz y de tantos otros campos esparcidos por media Europa.
Violeta falleció el 2 de octubre de 2000 en Madrid. Está enterrada en el cementerio de Hoyo del Manzanares, a pocos kilómetros de la capital. La Fundación Violeta Friedman, presidida por su hija Patricia, tiene en su web el libro Mis memorias (Catarata, 1996), que se puede descargar de manera gratuita. Desde 2014, una calle de Torremolinos lleva su nombre, cerca de donde vivió plácidamente Degrelle, el nazi al que Violeta Friedman derrotó en los tribunales.
Degrelle no fue el único criminal de guerra nazi que vivió sin ningún problema en España durante el franquismo y bien entrada la democracia. Violeta tampoco fue la única superviviente de los nazis que rompió el silencio para contar su historia. El periodista Carlos Hernández de Miguel publicó recientemente el libro Los últimos españoles de Mauthausen: La historia de nuestros deportados, sus verdugos y sus cómplices (Ediciones B, 2015). En él recogió los testimonios de republicanos españoles que habían pasado por los campos nazis de Mauthausen, Buchenwald, Ravensbrück o Dachau. Existen también un cómic y un documental de esta magnífica obra, imprescindible —como dice el propio Carlos— «para comprender el presente y prever el futuro».
La periodista Olga Rodríguez escribió en 2016 un texto para Amnistía Internacional en el que, según sus palabras, analizaba «de qué modo en España se ha construido un relato amnésico que oculta a los desaparecidos de una de las dictaduras más largas de Europa».[199] Citando al poeta argentino Juan Gelman, recordaba que un país sin memoria no puede tener un civismo sano y señalaba la importancia de la recuperación de la memoria histórica que se había realizado estos últimos años, un proceso en el que ella misma ha estado implicada.
Soy integrante de esa generación a la que se ha llamado «los nietos». Crecí tratando de entender la desaparición forzada de mi bisabuelo, el sentimiento de humillación de mi abuelo —apaleado, arrestado y sentenciado a muerte—, la frustración de la familia cuando tras la llegada de la democracia se les siguió negando verdad, justicia y reparación, la tristeza de mi madre al certificar que nuestra historia, como la de tantos, iba a seguir estando oculta, clandestina, condenada a permanecer en las cunetas del subconsciente de este país.
Olga asegura que se desconocía la envergadura del genocidio que cometieron los fascistas en el Estado español. Se recogen hasta 114.266 peticiones de localización de personas desaparecidas.
Concerté con ella una entrevista a finales de noviembre de 2021 y me comentó:
España no redescubre su historia hasta transcurrido un tiempo tras el fin de la dictadura. Y lo descubre de abajo arriba, es decir, gracias a la sociedad civil, a las asociaciones memorialistas, a pesar de los obstáculos de las instituciones. Así es como empieza a rescatar esa memoria antifascista.
Si no tenemos memoria histórica ni memoria democrática, si no conocemos nuestra historia reciente, no seremos capaces de distinguir las señales que nos avisan de que hay amenazas fascistas. Eso es lo que está pasando en España. La derecha española no es como la europea, como tampoco lo fue el proceso de la transición. Decía la escritora Almudena Grandes [que fallecía justo el día anterior a esta entrevista] que la española es la única democracia en Europa que no se funda sobre su propia tradición democrática y no reivindica su propia tradición antifascista.
La memoria histórica de la guerra civil y la dictadura en el Estado español ha sido uno de los ejes fundamentales del antifascismo. La proliferación de asociaciones memorialistas y las iniciativas de antiguos represaliados y de sus familiares para recuperar los cuerpos de los asesinados que yacen todavía en las cunetas, así como para juzgar a los responsables de la represión y las torturas, también de la transición, sirvieron para que la historia no muriese con los últimos supervivientes de aquel oscuro episodio de nuestra historia. Las nuevas generaciones que no vivieron la dictadura ya no tuvieron el miedo de sus mayores a hablar sobre estos temas y mucho menos a reivindicar la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas. Los colectivos antifascistas han realizado numerosas actividades que trataban de conectar el pasado con el presente y han trabajado conjuntamente en muchas ocasiones con los grupos memorialistas, reforzando el lazo intergeneracional que une nuestra historia a través de la impunidad y la lucha contra el olvido. Olga lleva años participando en actos sobre memoria histórica por todo el país y escribe a menudo sobre este tema en varios medios.
He sido testigo de encuentros y jornadas en los que, por primera vez, después de tantos años, hijos y nietos de desaparecidos podían hablar en alto, entre lágrimas y de forma casi catártica, ante un público dispuesto a escucharles. He visto con asombro cómo en decenas de pueblos me siguen pidiendo que haga de mi voz un susurro a la hora de nombrar a los desaparecidos. Me he encontrado con gente de mi generación que solo se atreve a hablar de sus abuelos asesinados a puerta cerrada, fuera de los bares de sus pueblos o barrios. Muchas víctimas siguen teniendo miedo.
Le pregunté también a Carlos Hernández sobre la importancia de la memoria histórica en estos momentos, cuando la ultraderecha, ya en las instituciones, ha subido la apuesta del revisionismo histórico que siempre ha defendido la derecha española, heredera de los restos del franquismo. Carlos respondió:
La ultraderecha tiene miedo a la verdad. Y le tiene miedo porque sabe que el conocimiento de nuestra historia perjudica sus aspiraciones de crecer social y electoralmente.
De nuevo, esta historia conecta con Auschwitz y con los herederos de aquellas ideas genocidas.
Ese miedo del fascismo a la verdad histórica no es patrimonio únicamente de los ultraderechistas españoles. Pocos años después de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, empezaron a surgir las primeras voces que negaban el Holocausto y la existencia de las cámaras de gas en los campos de concentración nazis. Los herederos ideológicos de Hitler eran muy conscientes de que solo podrían recuperar parte del espacio político si falsificaban la historia.
Las deudas pendientes del Estado español para con las víctimas de la dictadura no han sido saldadas nunca por ninguno de los sucesivos Gobiernos. A raíz de la ley de memoria histórica del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se realizaron tímidos gestos para resarcir parcialmente la memoria de las víctimas, pero resultaron totalmente insuficientes y superficiales para los colectivos memorialistas. La ley de amnistía de 1977, además, permitía que los asesinos y torturadores quedaran impunes. Y por el bien del relato oficial, que presenta la transición como un pacto de concordia entre quienes habían sometido a la población a una dictadura de cuarenta años y quienes la habían combatido para traer la democracia, la justicia y la reparación siguen fuera de la ecuación de una democracia construida sobre la impunidad y el olvido.
Olga apunta directamente al adoctrinamiento que promovió el franquismo durante los cuarenta años de dictadura como uno de los principales factores para esta banalización del fascismo y la intención de promover el olvido.
Esto debe ser contrarrestado contundentemente a través de un esfuerzo titánico de transmisión de cultura democrática y eso en España no se ha hecho. Por eso se sigue pensando que reconciliación es sinónimo de impunidad y de relato equidistante, que pone al mismo nivel el golpismo y el fascismo que la lucha por la democracia. Omite, además, que durante la guerra civil en la mitad del país no hubo frente de batalla, sino una persecución ideológica.
Demetrio ha estudiado también la memoria histórica del pueblo romaní y explica a los jóvenes gitanos el papel de figuras como:
Marianet, secretario general de la CNT en plena guerra civil, al que debemos la conservación de los archivos históricos de esta organización; o Helios Gómez, anarco-comunista, artista polifacético y autor de la ahora desaparecida Capilla Gitana en la Cárcel Modelo de Barcelona. Hubo una población civil gitana que tuvo una fuerte presencia en la resistencia, sobre todo las mujeres, mujeres gitanas que conocieron qué era la miseria, la represión y la marginación social. Mujeres que llevaron el peso de las familias en muchos casos con el marido en la cárcel y el deber de alimentar, con su esfuerzo y tenacidad, a un gran número de hijos, muchas de ellas con una participación política activa en contra de las fuerzas de represión fascistas. Apenas ahora podemos agradecer a historiadores como Manuel Martínez, Eusebio Padilla o María Sierra que se recojan estos fragmentos olvidados e invisibilizados de la historia. Sin una memoria histórica que ponga en valor nuestras contribuciones, es difícil crear una conciencia y un empoderamiento colectivo del grupo.
El periodista Antonio Maestre habló en su libro Franquismo S. A. (Akal, 2019) sobre las élites que se lucraron con el franquismo; tal y como explica la sinopsis del libro, esa «oligarquía empresarial y política que se enriqueció con la represión, la corrupción o las íntimas relaciones con la dictadura franquista». En su libro se demuestra que muchos de estos nombres «siguen ocupando hoy cargos de responsabilidad en consejos de administración, administraciones públicas o fundaciones de todo tipo sin que la sociedad exija una sanción o una compensación». Por eso, como explica Carlos, el miedo de la extrema derecha a la verdad histórica tiene su razón de ser en que pondría de relieve el hilo conductor de la dictadura con la actualidad.
Lo que hemos vivido entre 1975 y 2021 en materia de memoria histórica revela a la perfección cuáles son los miedos de la ultraderecha y dónde están sus líneas rojas. Desde la muerte de Franco hasta el anuncio de Zapatero de aprobar una ley de memoria histórica, no hubo problemas. No hubo problemas porque todas las iniciativas y acciones fueron aisladas, poco publicitadas, casi clandestinas. Poca gente sabe que entre 1976 y 1980 se exhumaron cientos de fosas comunes para enterrar dignamente a víctimas del franquismo. Aquel proceso no inquietó al fascismo español porque se hizo con absoluta discreción. Y no hubo reacción porque no se había tocado ni el tronco ni la raíz del sistema.
La verdad histórica es una de las armas que más daño hacen al fascismo. Y en esa verdad no debemos limitarnos a incidir en los crímenes, sino ofrecer una visión global de lo que supuso el franquismo en España: sometimiento para las mujeres, persecución para los intelectuales, aniquilación de maestros, privación de las libertades más básicas, adoctrinamiento ideológico y religioso, robo de bebés, impunidad para las clases pudientes, opresión para los trabajadores… y una corrupción generalizada que impregnó el Estado desde su máximo jefe hasta los últimos escalafones de la administración, la policía y el ejército.
La equidistancia en el relato sobre la guerra civil y la dictadura franquista que habla de los «dos bandos» e invita al olvido recuerda a la que esgrime siempre la derecha y a menudo el establishment sobre fascismo y antifascismo, equiparando ambas posiciones como «los dos extremos». Olga atribuye esto en parte a la falta de una cultura de derechos humanos, de una cultura democrática y antifascista.
Estamos hablando por una parte de una ideología que promueve la exclusión de determinados sectores, que los deshumaniza, estigmatiza y criminaliza, frente a otra posición que lo que hace es defender derechos humanos para todo el mundo y lucha en contra de la deshumanización de los sectores más vulnerables de la sociedad. Es por esta falta de cultura de derechos humanos por lo que no se ha querido reivindicar la lucha antifascista de nuestro país, incluso se la ha estigmatizado o ni siquiera se la nombra. Precisamente por esto se abraza la equidistancia sin vergüenza alguna.
Auschwitz no admite equidistancias. Cuando volvía de aquella visita no dejaba de repetirme que, si todos los adolescentes visitaran aquel lugar, aprenderían en un día más historia, ética y valores que en todo un curso académico. Pero luego caí en la cuenta. Me fijaba en Auschwitz en vez de en Albatera, Camposancos, Castuera, La Corchuela, Los Almendros, Miranda de Ebro o San Pedro de Cardeña. Nadie nos explicó que aquí también hubo campos de concentración, trabajo esclavo y un genocidio. Un exterminio sistemático de demócratas. Y nadie, de ningún Gobierno de la era democrática, construyó un museo donde se explicase la barbarie fascista, aunque solo fuera por vergüenza. En vez de tener nuestro propio memorial —como lo son hoy Auschwitz en Polonia, Mauthausen en Austria y tantos otros restos del genocidio nazi convertidos en museos contra el olvido—, tenemos una enorme cruz visible a kilómetros de distancia que todavía señala el mausoleo franquista en el valle de Cuelgamuros. El conocido como Valle de los Caídos fue escenario del escarnio fascista a los demócratas supervivientes de la guerra, porque los presos republicanos fueron obligados a construirlo.
Intentaron enterrar la historia allí, en el féretro del dictador, pero no lo consiguieron. A quienes no aceptaron el carpetazo absolutorio ni el silencio impuesto se sumaron sus hijos, hijas, nietos y nietas, que quieren saber y hablar de ello; que desentierran los cuerpos de las fosas comunes, que reivindican el legado de sus mayores y los valores que defendieron; que colocan placas conocidas como Stopelrsteine —como hicieron colectivos memorialistas en Alemania años atrás— en los lugares donde vivían las víctimas; que escriben libros, artículos, películas y documentales sobre lo que algunos se empeñan en borrar; que todavía piden justicia para quienes sufrieron la represión, las torturas y la muerte en el oscuro e impune periodo de la transición. Saben que el olvido es el mejor aliado del fascismo. Por eso, porque saben que el fascismo no está tan lejos ni del pasado ni del futuro, entienden que la memoria es el mejor antídoto para que no vuelva a vencer.