Antifascistas

Antifascistas


Prólogo, de Pastora Filigrana García

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Pastora Filigrana García

 

Tienen delante una historia sobre antifascismo contada desde adentro. Un canto coral de voces anónimas va tejiendo esta historia. Un relato donde somos parte todas las que hemos podido participar alguna vez en espacios antifascistas. Miquel Ramos nos ha convertido en protagonistas de su libro.

No van a leer únicamente una investigación periodística del fascismo español desde la mal llamada transición hasta nuestros días, aunque hay en estas páginas un exhaustivo trabajo de documentación histórica a lo largo de más de cuatro décadas. Tampoco leerán únicamente un ensayo político, aunque el compromiso antifascista del autor sea una parte esencial de este libro. Van a leer una investigación sobre el antifascismo de los últimos cuarenta años en el Estado español. Una investigación que la comienza un niño de catorce años recortando noticias de prensa movido por una herida y que la culmina un heredero del periodismo antifascista del siglo XX. Miquel sana su herida compartiendo todo lo recortado, archivado, leído, escuchado, aprendido y vivido en las tres últimas décadas. Y lo hace con el ánimo de aportar al reto que tenemos por delante de articular respuestas políticas colectivas que frenen el avance del neofascismo y defiendan una concepción radical de la universalidad de los derechos humanos.

Pero, sobre todo, este libro hace justicia, porque contando estas historias todas juntas e hiladas se entienden mejor sus causas, y porque de alguna manera dejarlas escritas y unidas repara el dolor de quienes las han padecido.

Ante la inacción durante décadas de los cuerpos de seguridad del Estado, la fiscalía y los tribunales respecto a las investigaciones y seguimientos al fascismo, el movimiento antifascista tuvo que poner en marcha su propio sistema de inteligencia para defenderse. Desde el compromiso profesional y personal, periodistas y militantes anónimos han investigado y dibujado una radiografía exhaustiva de quiénes son, cómo se coordinan, qué hacen y qué proyectan los grupos fascistas. Es el caso del periodista catalán Xavier Vinader, redactor de Interviú, cuya historia aparece recogida en estas páginas. Como heredero de esta tradición periodística, Miquel Ramos realiza un recorrido histórico que abarca desde CEDADE como think tank del neonazismo español en la década de los setenta, pasa por el terrorismo de la ultraderecha y llega hasta su institucionalización en partidos políticos. Tanto el movimiento skinhead y su apropiación por la ultraderecha como la infección neonazi en las gradas de los campos de fútbol y las constantes provocaciones racistas en los barrios populares son contadas por diferentes voces a través de entrevistas y relatos compartidos. Este recorrido pormenorizado aterriza en la creación de las guerras culturales por parte de la ultraderecha, sus intentos de captar los sentires populares a través de centros sociales neofascistas y el peligro de victimización del privilegiado utilizando el delito de odio. No van a leer una descripción de estos fenómenos, sino una aproximación crítica a ellos pasada por el filtro de la experiencia militante con el objetivo de que sirva.

Pero, sobre todo, este libro de lo que habla es de cómo el antifascismo se ha organizado, cómo ha actuado, cuáles han sido sus logros y errores, y todo ello con la voluntad de poner en valor lo aprendido y ponerlo a dialogar con los retos antifascistas actuales.

Especial mención me merecen en este prólogo, porque me atraviesan de cerca, las historias que Miquel rescata del antifascismo de los primeros años noventa contadas por muchos de sus protagonistas.

Yo nací en Sevilla en 1981 y llevo toda mi vida en esta ciudad. En el año 2001, comencé a participar en el movimiento antirracista a través de la asociación Mujeres Gitanas Universitarias y desde 2005 milito en diferentes movimientos autónomos de la ciudad y en el Sindicato Andaluz de Trabajadores y Trabajadoras (el SAT). En estas dos décadas, los centros vecinales y los centros sociales okupados han sido los espacios donde he desarrollado principalmente mi militancia con bastante tranquilidad respecto a los ataques de grupos neonazis, al menos hasta hace poco tiempo. Soy muy consciente de que la tranquilidad con la que hemos podido desarrollar gran parte de las actividades políticas, sociales y culturales en estos veinte años no ha sido producto de la fortuna. Esa tranquilidad es fruto del trabajo de grupos antifascistas y el movimiento punk sevillano, que en los años noventa plantó cara a la violencia fascista organizada poniendo el cuerpo y marcando los límites geográficos a un movimiento ultraderechista que crecía al mismo tiempo que el control policial del orden público y la gentrificación del centro de la ciudad. Durante muchos años hemos disfrutado de esa «Sevilla liberada», la zona norte del centro histórico de la ciudad, donde a ningún nazi se le ocurría poner un pie y donde podían proliferar mercadillos de libros, huertos urbanos, centros sociales, oficinas de derechos sociales, comedores populares, ateneos libertarios y asociaciones migrantes sin miedo a ser atacados. Los nazis tenían su otra parte de la ciudad, los barrios ricos y sus tugurios. Con la madurez del movimiento y sobre todo con el avance de la conciencia feminista, podemos ser críticas con cierta épica en aquellos movimientos antifascistas de los años noventa, pero sin duda con el mayor respeto y gratitud por lo que fueron capaces de conquistar. Ahora estos equilibrios se empiezan a romper, la tranquilidad antifa que hemos disfrutado empieza a estar amenazada y los grupos neonazis cada vez se atreven a más. Ahora, con más frecuencia de la deseable, nos toca borrar esvásticas de las puertas de las sedes.

Este libro abre debates en los que nos hemos visto envueltas muchas de las personas que hemos estado cercanas al movimiento antifascista y que aún siguen sin resolverse. Los límites del uso de la violencia más allá de la legítima autodefensa es uno de ellos. Aunque quizás sería más exacto hablar de los límites de la autodefensa.

Otra cuestión central que atraviesa muchos de los relatos de este libro es la dialéctica entre la endogamia y la transversalidad del antifascismo. ¿Debe extenderse el antifascismo más allá de la izquierda que lo viene abanderando? ¿Quiénes son los aliados en la lucha antifascista? ¿Un partido político que ha legislado a favor de la existencia de los centros de internamiento para inmigrantes puede ser parte de un espacio antifascista? Preguntas como estas han sido objeto de debate en los espacios donde he participado, al igual que muchas de las personas que aparecen en estas páginas.

También en Sevilla, en torno al año 2009, se constituyó la Coordinadora Antifascista, en la que participé en sus comienzos en representación del sindicato SAT. Un espacio que aspiraba a ser amplio y diverso donde participaban colectivos sociales, asociaciones y sindicatos. Siempre ha funcionado, hasta el día de hoy, para articular respuestas en momentos de agresiones fascistas. Además, desde la coordi antifa se han convocado protestas por desahucios o las manifestaciones LGTBI contra el autobús de HazteOír. Siempre hemos sido mejores en la resistencia que en la acción propositiva, es cierto. La alerta antifa siempre ha funcionado cuando la ultraderecha ha organizado protestas contra el albergue municipal señalando a las personas sin hogar o los centros de formación para menores extranjeros no acompañados. Pero el peligro de ser espacios autorreferenciales de la izquierda radical también nos ha acompañado siempre.

Siguiendo la hipótesis de la amplia movilización antifascista, aquí también constituimos varios espacios con el ánimo de construir ese antifascismo transversal donde cupieran muchas. Sevilla Diversa, Unidad contra el Fascismo y el Racismo o la asociación Macarena para Todas han sido intentos de superar esa visión identitaria del antifascismo que había calado en el imaginario colectivo. Estas fórmulas funcionan bien sobre todo para diseñar otras acciones más allá de las reactivas ante agresiones. Un ejemplo de ellas fue la puesta en marcha de una fiesta de bienvenida a los menores extranjeros de un nuevo centro de formación en el barrio de la Macarena. En el acto tomaron la palabra personas migrantes extuteladas para contar sus experiencias y eso generó una gran empatía en el vecindario, que sin duda tuvo su efecto cuando llegó Rocío Monasterio (Vox) unos días después a agitar el odio contra los menores. Sin embargo, el éxito de estos espacios amplios no borra la utilidad de espacios antifascistas cuyo objetivo organizativo principal sea denunciar y reaccionar ante agresiones fascistas. Aquí no sobra nadie y hay tarea para todas.

Otro de los grandes debates que el autor aborda en este libro, además de en su día a día, es la disyuntiva entre delito de odio y libertad de expresión. Si bien la tipificación del delito de odio es una conquista de los colectivos históricamente perseguidos y hostigados, cuyas consecuencias materiales duran hasta la actualidad, cada vez es más frecuente que a través de su aplicación se amparen mensajes de intolerancia de la ultraderecha y se persiga a quienes los combaten.

En el año 2013, el sindicato ultraderechista Respuesta Estudiantil convocó una manifestación contra la concesión de becas a estudiantes migrantes en Sevilla. La Delegación del Gobierno autorizó la manifestación por la zona más céntrica de Sevilla y los ultraderechistas pasearon su bandera con la esvástica húngara como símbolo y lanzaron bengalas por el centro más concurrido de Sevilla. Aquel día la alerta antifa fue más amplia que nunca. Se convocó una manifestación en repulsa que fue secundada ampliamente por colectivos pro derechos humanos de lo más variopinto; ese día fuimos más y más diversas que de costumbre. La manifestación neonazi, bloqueada, solo consiguió avanzar a duras penas con cargas policiales y balas de goma lanzadas al aire por la policía para disolver la protesta antifascista. La opinión pública rechazó mayoritariamente que la Delegación del Gobierno hubiera autorizado la manifestación del sindicato ultraderechista. Nueve compañeros fueron juzgados por desórdenes, desobediencia y como autores de un delito de odio. La acusación la realizó el sindicato ultra mediante su abogado, líder entonces de Democracia Nacional y en la actualidad de Vox en Sevilla. Los compañeros fueron absueltos cinco años después. Fui una de las abogadas de la defensa y tuvimos que argumentar en un tribunal que los delitos de odio se habían inventado precisamente para defender a personas como los estudiantes migrantes de gente como la que pasea la bandera de los nazis húngaros por las calles. Fue la primera vez que tuve que hacerlo, pero en estos ocho años he seguido enfrentándome a acusaciones por delito de odio en la defensa de numerosas activistas.

Aunque en la actualidad parte de mi trabajo consiste en facilitar la denuncia de crímenes de odio por motivos racistas a las personas que los padecen, conozco bien los límites del derecho penal y la facilidad con la que es usado para perseguir a las víctimas y proteger a los criminales del odio. También sé que el único límite que debemos poner a la libertad de expresión es para aquellos discursos que piden restringir derechos a grupos de personas a las que no consideran iguales en dignidad.

Lo que hemos aprendido es que se hace antifascismo desde muchas partes, no solo desde el antifascismo organizado. Pedir la regularización para las personas migrantes, derechos laborales para las trabajadoras del servicio doméstico o que la historia del pueblo gitano aparezca en los libros de texto es lucha antifascista. De hecho, muchos militantes antifascistas están en cada una de estas luchas. Cada vez que pedimos acceso a una vida digna en igualdad, independientemente del género, la nacionalidad, la religión o la etnia, estamos haciendo antifascismo. Estamos afirmando radicalmente la universalidad de los derechos humanos que el fascismo niega, estamos afirmando que no existen jerarquías de humanidades.

Si algo sabemos, es que no hay recetas infalibles ni mejores que otras y que en cada contexto la respuesta antifascista que se articule estará movida por un dolor situado a la altura de las circunstancias concretas. Nos enfrentamos a un mismo monstruo con mil cabezas que merece ser respondido en todos los terrenos: en los tribunales, en las academias, en los medios de comunicación, en las instituciones y en las calles. Aquí no sobra nadie y hay tarea para todas.

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