Antifascistas
01. Introducción. Un asunto personal
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01. Introducción. Un asunto personal
«Ja no puc veure més enllà
Dels teus ulls que m’estan mirant
Quants cops de mà he hagut de callar?
He estat un temps sense pensar,
somriures que no tornaran,
he estat un temps sense parlar.
No estás sol,
no tingues por.
Ja ningú destruirà el teu cor».
OBRINT PAS, No tingues por, 1994
Era el primer día tras las fiestas de Pascua de 1993. Enric, nuestro profesor, entró en clase muy serio. Los corrillos entre los pupitres se deshicieron enseguida, dejamos de hablar poco a poco y tomamos asiento. Todos teníamos algo que contar de nuestras vacaciones tras varios días sin vernos; en plena adolescencia, todo era una aventura que había que compartir. Pero la emoción del reencuentro se vio interrumpida bruscamente.
Pocos días antes, Anna, una exalumna del colegio, había presenciado cómo mataban a un amigo. Enric nos contó que esa noche estaba en Montanejos junto a Guillem cuando varios neonazis lo rodearon y le asestaron una puñalada en el corazón. Guillem tenía dieciocho años recién cumplidos. Yo cumpliría catorce en un mes. La clase se quedó en un silencio absoluto. Aquello nos golpeó de lleno en la cara.
En nuestra escuela nos habían hablado siempre del fascismo. Era una de las primeras escuelas que usaron el valenciano como lengua vehicular; en los alrededores de la ciudad de València, solo había cuatro a principios de los ochenta. En clase nos hablaron de Franco, de la guerra civil, del nazismo, del Holocausto, del racismo y de la homofobia. Podía parecer una batalla lejana, pero en realidad era algo que todavía existía. Y de repente, justo antes de abandonar el colegio y empezar la secundaria, se presentaba ante nuestras narices de la peor forma posible, llevándose la vida de un joven ante los ojos de una compañera de la escuela.
Yo había visto a Guillem junto a otros excompañeros del colegio. Lo recuerdo con Fèlix, un chico pelirrojo del colegio; los dos y algunos más habían fundado SHARP València. Los veía en las manifestaciones a las que iba con mis padres y en algún que otro acto de la izquierda valencianista de principios de los noventa. También conocía el ambiente más punk y alternativo de entonces, porque mi padre me llevaba a ver a Barricada y la Polla Records desde que tenía doce años; a mí y a un par de amigos de mi clase que se apuntaban siempre que convencía a mi viejo de ir a un concierto. También mi tía, que entonces ya vivía en Barcelona, me llevaba a conciertos siempre que iba a verla y me regalaba libros y música que acabarían por despertar mi conciencia política muy temprano.
Guillem y sus compañeros destacaban. Empezábamos a tener inquietudes políticas y sus pintas nos fascinaban. Fèlix estaba siempre en Up & Down, una pequeña tienda en el barrio del Carme que servía como lugar de encuentro a los jóvenes de izquierdas de la época. Era el único comercio que importaba ropa y complementos de estética mod y skinhead, una moda que había llegado a España pocos años antes y tuvo importantes connotaciones políticas. Esta estética había nacido con jóvenes ingleses de clase trabajadora, muchos de ellos de origen jamaicano. Sin embargo, unos años después grupos fascistas y neonazis de todo el mundo la adoptaron para sí. Para diferenciar a un skin neonazi de un antifascista, tenías que fijarte muy bien en los pequeños detalles. Los antifascistas llamaban boneheads («cabezas huecas») a los neonazis, pues les negaban el término «skinhead», que reivindicaban como antirracista.
En el Up & Down veíamos a los skins y trasteábamos en los escaparates mientras escuchábamos ska, que siempre sonaba de fondo. También nos pasábamos por el Vito Lumbagui, un bar de la calle Alta donde se juntaban Guillem y sus amigos. En poco más de un par de kilómetros, teníamos el barrio del Carmen y el Kasal Popular, la antigua estación de bomberos okupada un año antes; allí se concentrarían la mayor parte de los movimientos sociales y ahí mismo nació la primera Assemblea Antifeixista de la ciudad.
El profesor nos explicó que habían matado a Guillem por odio, por ser antifascista. Salió de la clase y todos nos quedamos callados. Guillem era una persona conocida de la Assemblea Antifeixista y también de Maulets, el colectivo juvenil de la izquierda independentista fundado en 1988. Era un tipo alto, grandote, rudo a pesar de sus dieciocho años. Y los neonazis de València lo tenían fichado. Sus amigos lo sabían y él mismo se lo había comentado a su padre un día.
No recuerdo dónde conseguí la noticia del periódico Levante-EMV donde venía la noticia del asesinato de Guillem. La conservo en un viejo archivador, dentro de una carpeta titulada Cas Guillem Agulló, junto a decenas de recortes más que empezaría a coleccionar aquel día. Cuando sabía que el periódico traería alguna noticia que me podía interesar, me iba al bar por la mañana, tan deprisa como podía, y ojeaba el periódico. A veces un señor o una señora lo estaba leyendo y entonces me tomaba un café y esperaba un poco a que acabase por fin. En algunas ocasiones el ansia me podía, sobre todo si veía que se enzarzaban con los crucigramas, de modo que me iba al quiosco de la esquina y compraba un ejemplar. En el bar debajo de mi casa me lo guardaban siempre que se lo pedía y al día siguiente me llevaba el recorte; demasiadas veces con manchas de aceite o de café. Con los años cogí la costumbre de desayunar allí y ojear el periódico cada mañana. Buscaba noticias sobre la extrema derecha, que aquellos primeros años noventa daba mucho que hacer y habitualmente estaba presente en las páginas del Levante-EMV.
El asesinato de Guillem Agulló despertó algo en una nueva generación de jóvenes que empezaba a interesarse por la política, una generación que no había vivido la dictadura y apenas la transición, y que, como cualquier otra, buscaba su lugar en el mundo. Tal vez, para muchos de nosotros las circunstancias familiares y el entorno social facilitaron que el caso nos afectase personalmente aún más que en el plano político. Fue entonces cuando empecé a coleccionar recortes de prensa. No solo del caso Agulló, sino de cualquier asunto relacionado con la extrema derecha, primero, y más adelante con los movimientos sociales de aquellos años en mi ciudad, València.
Contar la historia del antifascismo en el Estado español de estos últimos treinta años no es tarea fácil ni siquiera para quienes han formado parte de ella en algún momento o lo hemos seguido desde sus inicios. Cada ciudad y cada pueblo han tenido sus propios movimientos, sus propias dinámicas y circunstancias que la han configurado de una u otra manera. Además, es muy posible que dos personas, por mucho que hayan coincidido en un mismo movimiento e incluso en una misma asamblea, no lo cuenten igual. Por otro lado, habrá quien considere que el antifascismo es solo una parte de todo lo que se relata en este libro, quizás el aspecto más mediático y visible, y también el más estigmatizado y el más combativo. Durante años, pocos se han llamado a sí mismos abiertamente antifascistas, pero es a esos que nunca se avergonzaron de serlo a quienes hay que agradecer que el antifascismo se reivindique hoy más que nunca desde diferentes ámbitos.
Por este motivo, el presente libro no es «la historia del antifascismo», sino una de tantas historias que se podrían contar sobre algunos acontecimientos concretos y algunos de sus protagonistas a lo largo de estas últimas tres décadas. Este trabajo es un conjunto de aportaciones personales, un relato subjetivo de quienes han vivido unos hechos concretos en un momento y un lugar determinados y hoy se deciden a contarlo. Un relato coral que aporta diferentes experiencias, puntos de vista y, sobre todo, reflexiones sobre un movimiento diverso y todavía hoy activo. Por tanto, quede claro que este libro no habla en nombre de ningún movimiento ni pretende ser un análisis académico, ni mucho menos objetivo. Un asunto personal nunca puede ser objetivo.
Tampoco es posible hablar de antifascismo sin mencionar todos los movimientos sociales que lo han acompañado. No existe un movimiento antifascista por sí solo. Este siempre es fruto de la confluencia de muchas luchas diversas. Quienes han formado parte de los colectivos y plataformas llamadas antifascistas siempre han participado en muchos otros movimientos sociales. Y viceversa. Por eso no existe un antifascismo, sino muchos. Algunos de ellos ni siquiera llevan esa etiqueta, pero, simplemente con su labor, ya se enmarcan en ese frente que sirve para evitar que la ultraderecha penetre e infecte con su discurso; o para dotar de contenido lo que tan solo se identifica con un movimiento reactivo frente a la ultraderecha. De alguna manera, el feminismo, la lucha por los derechos LGTBI, la lucha contra el racismo institucional, las luchas obreras o poner el cuerpo para impedir un desahucio también son formas de hacer antifascismo.
Sin embargo, dentro de lo que entendemos por antifascismo, no ha existido siempre ni en todos lados esta mirada amplia para enmarcar la oposición a las ideologías reaccionarias. A pesar de la confluencia de muchos y diversos movimientos sociales y de la multimilitancia de sus partícipes, tradicionalmente se denominaba antifascismo solamente la reacción y la autodefensa ante los grupos de extrema derecha. Las particularidades de cada colectivo, de cada momento y todos los factores que han configurado el movimiento de una u otra manera en diferentes escenarios no nos pueden dar ningún común denominador, más allá de la voluntad de sus integrantes de plantar cara a un problema latente y concreto que suponía una amenaza para mucha gente.