Antifascistas
02. España, años ochenta: la resaca franquista
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02. España, años ochenta: la resaca franquista
«La transición es el cimiento
de la podredumbre actual».
ALFREDO GRIMALDOS, entrevistado por
Alejandro Torrús para Público en junio de 2013
A mediados de los ochenta, la ultraderecha llevaba varios muertos a sus espaldas desde la muerte de Franco. Tan solo entre 1975 y 1983, el periodista Mariano Sánchez-Soler contabilizó en su libro La transición sangrienta (Península, 2010) 49 asesinatos a manos de grupos de extrema derecha y 54 a causa de la represión policial. Otra investigación realizada por Sophie Baby, titulada El mito de la transición pacífica (Akal, 2018), subía la cifra de muertes durante ese mismo periodo a 178 a manos de cuerpos policiales y 67 de la extrema derecha. La policía no había sido depurada tras la muerte de Franco y los mismos torturadores y represores de la dictadura siguieron luciendo el uniforme hasta la jubilación. En muchas ocasiones, las vinculaciones entre la extrema derecha y los cuerpos policiales eran evidentes, como se verá a lo largo de este libro.
El Estado español vivía inmerso en el proceso de transición del régimen franquista a la democracia, con sus problemas propios y sus propios fascistas, la mayoría todavía ligados a la dictadura. En Inglaterra, Francia o Alemania hacía años que habían emergido un neofascismo y un neonazismo que habían sabido vestirse de contraculturales y contestatarios en un contexto democrático, pero en España aún se relacionaba la extrema derecha con el franquismo.
Otra extrema derecha más pragmática rápidamente se acomodó en lo que sería la casa común de todas las derechas hasta nuestros días: primero Alianza Popular y después el Partido Popular, fundado por el exministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Era imprescindible que los franquistas reconvertidos en demócratas desactivaran gran parte de la extrema derecha española para armar el relato de la concordia entre españoles que todavía hoy forma parte de la historia oficial del Estado. La imagen de unos pocos ancianos decrépitos concentrados cada 20N para recordar a Franco y los cada vez más marginales grupos falangistas, que todavía se resistían a lavar la camisa azul con el detergente que en un solo lavado te convertía en demócrata, permitían presentar a España como un país que había superado bien el pasado. Nada más lejos de la realidad.
La transición garantizó la permanencia de la mayoría de las estructuras y relaciones de poder construidas durante la dictadura. Desde las grandes fortunas forjadas durante el régimen a base de prebendas y expolios varios, hasta la misma jefatura del Estado, designada por el propio dictador y ni siquiera sometida a debate antes de aprobar la Constitución. El paquete del 78 era todo o nada: «Esto o quién sabe lo que puede pasar si no votáis sí a la Constitución». Cuarenta años después, la carta magna permanece como un libro sagrado cerrado a cal y canto, inalterable. Con su águila de san Juan en la portada. A eso hay que sumarle que no se depuraron las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado ni las Fuerzas Armadas y la impunidad de la que gozaron los responsables de torturas e incluso crímenes de Estado. Esto es lo que hoy se llama popularmente régimen del 78.
El fenómeno skinhead, los hooligans del fútbol y la música neonazi ya estaban al orden del día a principios de los años ochenta en gran parte de Europa, mientras los viejos engominados y los niños pijos copaban el fascismo español. Al menos esa era la imagen que se tenía. También había jóvenes más atrevidos que rechazaban la tranquilidad con la que esos franquistas trataban de acomodarse en la recién estrenada democracia presentándose a las elecciones y hablando constantemente de la figura y el legado del dictador. Entre ellos, el Frente de la Juventud, que no dudaría en hacer uso de la violencia y la acción directa contra la izquierda, a pesar de las llamadas a la moderación y la distancia cada vez mayor de los principales líderes del residuo franquista. Para este y otros grupúsculos, quedaba por hacer aquella «revolución pendiente» que preconizaba José Antonio Primo de Rivera en los años treinta. Según el historiador Luis Velasco, «olvidada durante el régimen por un fascismo adaptado al régimen y a su caudillo, en el que los revolucionarios y modernos fascistas no estaban bien vistos».
El Frente de la Juventud protagonizaría numerosas acciones violentas a lo largo de su existencia —entre 1978 y 1982—. Este grupo fue una escisión del núcleo duro de Fuerza Nueva, porque consideraba que este partido mostraba un inmovilismo inadmisible ante la recién estrenada democracia. Su líder, Juan Ignacio González, calificó dicho partido como «un imperio de beatas», según explica Alfredo Grimaldos en su libro La sombra de Franco en la transición (Obreron, 2004). La organización cometió varios atentados terroristas contra sedes políticas y bares de izquierdas, que causaron la muerte de al menos dos personas. En 1981, más de una veintena de sus integrantes fueron detenidos en Madrid y en València acusados de varios atracos y de ataques violentos. Juan Ignacio González, su líder, había sido asesinado un año antes en extrañas circunstancias. Sus compañeros señalan directamente a los servicios secretos y descartan que el crimen fuese obra de la izquierda radical. Más de treinta años después, en 2013, varios exmilitantes de esta formación crearían la Asociación Cultural In Memoriam Juan Ignacio (ACIMJI), que reivindica la memoria del Frente de la Juventud y organiza diversas actividades con otras organizaciones de extrema derecha.
Durante estos años, las respuestas antifascistas eran una continuación de lo que se había venido articulando en los años posteriores a la muerte de Franco. Los fascistas y la policía empleaban la violencia contra la izquierda de forma habitual y con total impunidad. Quienes habían luchado contra el régimen intentaban aguantar el embate de los grupos franquistas organizados y de los irredentos de la revolución pendiente, al tiempo que algunos periodistas, como Xavier Vinader, desvelaban las conexiones de estos grupos con funcionarios y aparatos del Estado.
El periódico El País, dos días antes del 20N de 1984 —aniversario de la muerte de Franco y jornada de exaltación fascista—, publicaba una radiografía del panorama ultraderechista del momento:
Los elementos más activos de la extrema derecha, susceptibles de actuaciones violentas, se hallan diseminados en grupúsculos muy pequeños y además reñidos entre sí, según aseguran fuentes policiales. Sin embargo, la inexistencia de un terrorismo organizado «ultra», hace, para Interior, mucho más difícil prevenir un acto violento, «porque no se puede estar encima de cada uno de ellos», según fuentes policiales.[1]
En este mismo artículo, la policía afirmaba que no había grupos de extrema derecha organizados que cometieran actos terroristas. Incluso negaba la existencia del Batallón Vasco Español: «Fueron cuatro tíos que se reunieron a poner bombas allá arriba y se autodenominaban así, pero nada más». Por otro lado, la Oficina de Víctimas del Terrorismo del Gobierno vasco —encabezada por Maixabel Lasa y José María Urquijo— recibió el encargo del Parlamento vasco de elaborar un informe sobre este tema. En él se afirmaba que en Euskadi, entre 1975 y 1990, los grupos parapoliciales y de extrema derecha habían cometido setenta y cuatro actos terroristas, con el resultado de sesenta y seis muertos. Al Batallón Vasco Español se le atribuían dieciocho asesinatos, ocho a la Triple A y seis a los Grupos Antiterroristas Españoles. Un año antes de que esta noticia apareciera en El País, se habían creado los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), bajo el amparo del Ministerio del Interior de Felipe González. Esta organización llegó a asesinar al menos a veintisiete personas antes de ser desarticulada —de nuevo, gracias al trabajo de denuncia e investigación de varios periodistas.
En este artículo de El País —titulado «La diáspora “ultra”» y fechado el 18 de noviembre de 1984—, Francisco Mercado repasaba las organizaciones ultraderechistas que en aquel entonces actuaban según la policía. En él citaba a Ricardo Sáenz de Ynestrillas, quien, junto a otros dos ultras, había robado sus armas a dos policías. También aseguraba que el Ministerio del Interior lamentaba la desaparición de Fuerza Nueva, porque cuando existía «sabíamos dónde estaban; ahora cada uno anda por su lado». La policía también hablaba de la CEDADE, a la que consideraba altamente peligrosa por sus contactos internacionales. Patria y Libertad estaba dirigido, según la policía, por Jorge Cutillas y Ernesto Milà, estrechamente relacionado con el terrorista neofascista Stefano delle Chiaie. Cuenta el artículo: «Cutillas fue detenido en 1982 por su presunta participación en agresiones contra autocares que transportaban 256 niños vascos a Madrid. Milà fue juzgado en marzo de 1984 por algaradas callejeras ocurridas en junio de 1980 y un atentado contra un local de UCD».
El listado de grupos de extrema derecha incluye algunos más: Primera Línea, que «aglutina a los elementos más radicales de Falange y está dirigida por Juan José Molina González, acusado de dirigir en enero de 1979 el asalto a la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, a consecuencia del cual resultaron varios alumnos heridos de bala». También las Juventudes Vikingas, creadas por el exmiembro de las SS Walther Mattheai. Según explica El País, las Juventudes Vikingas «realizan acampadas en la sierra madrileña y en Lugo, donde simulan ejercicios castrenses. Precisamente a raíz de una denuncia vecinal por estas maniobras paramilitares fueron detenidos en septiembre de 1983 el capitán Walter, su hijo Gabriel y su lugarteniente, Miguel Borja. Les fueron intervenidos dos revólveres, un mosquetón, una emisora de radio, dos teléfonos de campaña y alambre de espino, prendas militares y machetes e insignias nazis».
En otro párrafo, alude brevemente a Bases Autónomas (BBAA), una organización bastante diferente a las anteriores aparecida recientemente. Provenían de las Juventudes Nacional Revolucionarias (JNR) y todavía no habían realizado ninguna acción. «Se limitan a conspirar», apunta la fuente policial. El autor del reportaje no sabía —posiblemente, tampoco el policía con el que habló— que esta formación, creada un año antes, acabaría por marcar el devenir de los nuevos grupos nazis y fascistas españoles, que es el principal motivo por el que se reorganizó y articuló el nuevo antifascismo.