Antifascistas

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03. Terrorismo de Estado, espías y la red Gladio

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03. Terrorismo de Estado, espías y la red Gladio

«No, no, no, non si può più dormire,

la luna è rossa, rossa di violenza,

bisogna piangere i sogni per capire

che l’ultima giustizia borghese si è sienta».

BANDA BASSOTTI, Luna rossa (1995)

 

No sabía exactamente a qué se refería la letra de Luna rossa, una de mis canciones favoritas del grupo de punk rock italiano Banda Bassotti. Más tarde me enteré de que era sobre un atentado en Milán que había costado la vida a diecisiete personas, obra de la ultraderecha en 1969. Casualmente, uno de los responsables del atentado vivió en Madrid durante un tiempo y estuvo vinculado a varios episodios violentos durante la transición. Era Stefano delle Chiaie, uno de los líderes del grupo neofascista italiano Avanguardia Nazionale, y jugaría un importante papel en el terrorismo neofascista europeo de aquellos años, en la red Gladio y en las dictaduras sudamericanas patrocinadas por la CIA.

 

Sobre la red Gladio se ha publicado abundante información, y la desclasificación de archivos de los servicios secretos de varios países sigue aportando todavía más. Gladio fue una red paramilitar secreta que actuó en Europa durante la Guerra Fría bajo el paraguas de la OTAN, los servicios secretos de varios países y ayudada por la CIA, que cometió numerosos atentados y que en algunas ocasiones trató de hacerlos pasar por obra de la izquierda, cuando esta contaba con gran apoyo en muchos países occidentales. Tal y como recordaba Oier Zebeiro en Eulixe:

El 22 de noviembre de 1990, el Parlamento Europeo aprobó una resolución en la cual condenaba «la existencia de una red clandestina de inteligencia y operaciones armadas que operó durante más de 40 años en varios Estados europeos».

Tal y como lo menciona la resolución del Parlamento Europeo, esta red clandestina «podría haber interferido en la política interna de varios países europeos además de estar implicada en actos de terrorismo y crimen». La red «tiene a su disposición arsenales militares independientes y recursos militares que ponen en peligro las estructuras democráticas de los países europeos», subraya la resolución.

El Parlamento europeo impulsó a los diferentes países europeos a realizar investigaciones parlamentarias para poder revelar más información, pero solo Italia, Bélgica y Suiza lo hicieron, mientras que los demás países europeos sólo reconocieron «la existencia de diferentes operativos» sin ofrecer más detalles al respecto.[2]

España tuvo a sus propios mercenarios de extrema derecha al servicio de la guerra sucia contra el independentismo vasco y la izquierda, encarnada por el GAL y otros grupos terroristas a sueldo o amparados por el Estado. Sin embargo, en noviembre de 1990, el entonces ministro de Defensa, Narcís Serra, ordenó la apertura de una investigación sobre la presunta conexión española de la red Gladio tras las preguntas del diputado de Izquierda Unida Antonio Romero. Romero consideraba, según El País, que, aunque no existiera una terminal española de la red, era probable que España sirviera como reserva logística de la misma, facilitando apoyo y cobertura a elementos fascistas.[3]

 

El Partido Español Nacional Socialista (PENS), del que formaron parte conocidos líderes ultraderechistas, como Ernesto Milà, y personajes variopintos, como el policía torturador Billy el Niño, se había creado casi a la vez que CEDADE, en 1968. Al contrario que los neonazis de CEDADE, el PENS abogaba por la acción directa contra la izquierda y prefería, como explica Casals en su libro, el cóctel molotov antes que las audiciones wagnerianas. Liderado por Fernando Poveda, el PENS mantuvo estrechas relaciones con los servicios secretos españoles, entonces denominados Servicio Central de Documentación (SECED), al igual que muchas otras organizaciones de extrema derecha. Ernesto Milà y el periodista Mariano Sánchez Soler confirmarían estos contactos, tal como recoge Casals en su libro. El SECED ofreció su apoyo y colaboración a los neonazis para que estos combatieran a la izquierda, sobre todo en las universidades, pues temían que el mayo del 68 francés se extendiera a España. Según confiesa Milà a Casals, probablemente el mismo SECED imprimía la revista de la organización (llamada Nuevo Orden) e incluso la difundía por su cuenta.

Stefano delle Chiaie, protegido por el franquismo, se refugiaba en España. Se encontraba en busca y captura por su presunta relación con varios atentados cometidos en Italia, entre ellos el de Piazza Fontana de Milán, del que habla la canción de Banda Bassotti. Un personaje siniestro que mantuvo una estrecha relación con el PENS, a cuyos militantes ofrecería diversos cursos de formación y aconsejaría crear varias estructuras paralelas. A partir de entonces, los atentados neonazis contra librerías y salas de cine reivindicados bajo diversas siglas, algunas de ellas fantasmas, se multiplicarían en varias ciudades del Estado. Uno de los más conocidos fue el del Taller Picasso, destruido tras un ataque con cócteles molotov.

Este oscuro personaje jugó un importante papel en varios sucesos de la transición, como en Montejurra en 1976, donde fueron asesinados dos militantes carlistas. Delle Chiaie no fue el único terrorista neofascista que pasó por España aquellos años. En 1973, varios habrían sido acogidos por el conocido ultraderechista barcelonés Alberto Royuela. Este continúa activo todavía, incluso con un canal propio de Youtube en el que, con su programa Expediente Royuela, sigue haciendo proselitismo ultraderechista.

Los neofascistas italianos residentes en España abrieron una pizzería cerca de la Gran Vía madrileña. Esta sirvió de punto de encuentro de todos ellos y de varios contactos policiales y de los servicios secretos. El Appuntamento estaba en el número 6 de la calle Marqués de Leganés. Allí podías comerte una pizza junto a un terrorista con muertos a sus espaldas o quizás tenías al lado a un funcionario del Estado tomándose un sol y sombra o un limoncello. La estrecha relación que mantenían los miembros de la Brigada Político Social del franquismo —entre ellos, el policía torturador González Pacheco, conocido como Billy el Niño— con los terroristas neofascistas era un secreto a voces.

Alejandro Torrús —compañero periodista de Público y especialista en memoria histórica— entrevistó a varias personas que por aquellos años conocían bien estas tramas. Soledad Gallego —actualmente directora de El País y en aquel entonces redactora de Cuadernos para el Diálogo— explicó a Público cómo, en 1977, ella y el periodista José Luis Martínez localizaron el cuartel general del terrorismo neofascista internacional en Madrid.

[…] Alquilamos una habitación en una pensión que había frente a la pizzería, muy cerca de plaza de España. Pusimos una cámara en el balcón y fotografiamos a todo el que entraba y salía. Después, fuimos a Roma y un periodista italiano, de la revista Panorama, nos confirmó que, entre ellos, estaban Delle Chiaie y otros muchos fascistas italianos que supuestamente estaban huidos y en paradero desconocido. Es decir, la policía española decía que no sabía dónde estaban, pero nosotros los fotografiamos entrando y saliendo tranquilamente de una pizzería que estaba en el centro de Madrid. Es evidente que debían tener protección. Al día siguiente de publicar la información, la pizzería se cerró. Nunca más abrió.[4]

La labor de Gallego y Martínez, igual que la de muchos otros periodistas, ha sido clave para desenmascarar numerosas tramas de la extrema derecha y sus vínculos con los aparatos del Estado, desde el franquismo hasta la actualidad. Aunque muchos de estos trabajos periodísticos aparecen prácticamente en todos los capítulos de este libro, uno de ellos se dedica exclusivamente al periodismo antifascista y en él se analiza la importancia de los profesionales de la información y su compromiso.

El reportaje de Torrús en Público —con motivo de la muerte de Delle Chiaie, en septiembre de 2019— aporta abundante información sobre las tramas neofascistas de aquellos años y testimonios de personajes clave. Es el caso de Teresa Rilo, la viuda del sicario francés de extrema derecha Jean Pierre Cherid, que estuvo a sueldo de las cloacas del Estado español en su guerra sucia contra la disidencia. Rilo escribió junto a Ana María Pascual un libro titulado Cherid, un sicario en las cloacas del Estado (abril de 2019)[5]. Rilo afirma que Delle Chiaie era el capo de la trama y que la pizzería también servía como tapadera para blanquear dinero del tráfico de armas y de otras actividades ilícitas. Confiesa que por allí vio desfilar y mantener encuentros a los policías Roberto Conesa y su mano derecha, Antonio González Pacheco. También a Isidro y José Luis, dos abogados de Fuerza Nueva, y al líder de los Guerrilleros de Cristo Rey, Mariano Sánchez Covisa. Rilo asegura que su marido le confesó que Delle Chiaie se había llegado a reunir con el almirante Luis Carrero Blanco, mano derecha de Franco, quien acabó volando por los aires en el famoso atentado de ETA conocido como Operación Ogro, lo cual supuso un duro golpe para el régimen.

Torrús recoge también en su artículo las palabras de Enric Juliana, director de La Vanguardia, sobre Delle Chiaie: «Se ha ido a la tumba sabiendo cosas de la matanza de Atocha. Ha quedado para la historia que el atentado lo organizó un grupo ultra vinculado al Sindicato del Transporte, pero puede que tuviese algo más».

El periodista Javier García logró entrevistar a Delle Chiaie para El País en julio de 1987. Poco antes, Delle Chiaie había llegado a Bolonia extraditado desde Venezuela, que fue donde terminó una huida que había comenzado en España y había seguido por varios países de América Latina.

 

La matanza de los abogados laboralistas de la calle de Atocha fue instigada por determinados sectores de la policía española. Delle Chiaie aseguró que los autores materiales del atentado eran jóvenes muy próximos a ese círculo policial. Precisó que algunos miembros de esos sectores frecuentaban la pizzería El Appuntamento, donde solían reunirse los fascistas italianos, hasta que él ordenó personalmente que se alejaran del local para evitar provocaciones. Delle Chiaie está siendo interrogado actualmente por los jueces de Bolonia, acusado de asociación subversiva en el proceso iniciado tras el atentado que costó la vida a ochenta y cinco personas en 1980.[6]

 

Delle Chiaie terminó huyendo de España cuando se vio en el foco mediático y perdió la confianza de los funcionarios del Estado, que hasta entonces lo habían protegido. El historiador Mario Amorós publicó en 2019 Pinochet: biografía militar y política, sobre el dictador chileno. Aquí cuenta que Pinochet y Delle Chiaie se habían visto en Chile en 1974 y volverían a encontrarse un año después con motivo del entierro del dictador Franco. La cita tuvo lugar en el Hotel Ritz de Madrid. Según la declaración a la justicia italiana de Vincenzo Vinciguerra, miembro también de Avanguardia Nazionale, Pinochet saludó a Delle Chiaie con un abrazo y estas palabras: «El viejo no se nos quiso morir», en referencia, según apunta Torrús, «a Bernardo Leighton, opositor al régimen y miembro del Partido Demócrata Cristiano, que fue ametrallado por fascistas italianos en Roma».

 

Delle Chiaie y varios de sus compinches recorrieron varios países latinoamericanos en plena Operación Cóndor. Este fue un plan de coordinación de acciones y mutuo apoyo que adoptaron en 1975 las cúpulas de los regímenes dictatoriales del Cono Sur, lideradas por Henry Kissinger, presidente de Estados Unidos. Las dictaduras ultraderechistas de Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, Paraguay y Brasil se dedicaron a cazar, torturar, encarcelar y asesinar a sus opositores políticos de manera sistemática con el conocimiento del Gobierno de Estados Unidos, tal y como confirmaron documentos de la CIA desclasificados años después.

A lo largo de los años ochenta se empezaron a debilitar estas dictaduras, y Delle Chiaie y su comparsa de sicarios neofascistas decidieron ampliar el negocio y dedicarse también a la delincuencia y al narcotráfico. Tras varios años dando tumbos, finalmente fue arrestado en Caracas y extraditado a Italia en 1987. Sin embargo, tras dos años en prisión preventiva y varios procesos judiciales, el terrorista fue puesto en libertad en 1989.

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