Antifascistas

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04. Una pantera negra en la España franquista

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04. Una pantera negra en la España franquista

«Nobody in the world, nobody in history, has ever gotten their freedom by appealing to the moral sense of the people who were oppressing them».

ASSATA SHAKUR, militante del Partido Pantera Negra

 

El tío de Roberta Alexander había luchado en la guerra civil española con la Brigada Abraham Lincoln, el batallón de voluntarios norteamericanos antifascistas que combatió contra el golpe de Estado de Franco. A Roberta le fascinaba esta historia y tenía ilusión con visitar España, aunque aún estuviese gobernada por el dictador contra el que su tío había combatido treinta años antes, dictador que además era un buen aliado de su país. El tío de Roberta no fue el único afroamericano que vino a defender la república y luchar contra el fascismo.

El archivo de la Brigada Abraham Lincoln se encuentra en la New York University y guarda abundante documentación sobre la guerra civil española y muchos brigadistas. En el 2018 tuve el placer de visitarlo y me pasé horas hojeando documentos y cuadernos escritos por los propios voluntarios antifascistas, muchos de ellos fallecidos en combate. Ojeé el diario personal del guionista de Hollywood y combatiente antifascista Alvah Bessie y pude ver los dibujos y las cartas de otros milicianos, además de diversos enseres que los familiares de los brigadistas habían donado. Cada año visitan el museo miles de estudiantes norteamericanos interesados por aquellos acontecimientos. Muchos afroamericanos se enrolaron en las Brigadas Internacionales no solo movidos por su compromiso político antifascista y su ideología de izquierdas, sino también porque creían que derrotando al fascismo en Europa contribuirían a la lucha contra el racismo y por los derechos civiles en su país. El documental Héroes invisibles (2015), de Alfonso Domingo y Jordi Torrent, cuenta su historia. En él se explica que aquellos que lograron volver vivos a Estados Unidos continuaron siendo perseguidos y segregados ya no solo por negros, sino también por antifascistas.

Roberta no era una simple estudiante de Berkeley (California). Había participado en el Free Speech Movement, se declaraba comunista y formaba parte de los Black Panthers. Llegó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid para participar en un programa de intercambio entre universidades que estaba a cargo de Carlos Blanco, escritor, crítico literario y también marxista, como ella. En secreto, organizaron junto a otros estudiantes la campaña contra la guerra de Vietnam.

El Ejército de Estados Unidos disponía de bases militares en España desde la normalización de las relaciones entre ambos países en 1953. La guerra contra Vietnam también implicaría a España, aunque solo fuese como base logística. En Estados Unidos y muchos otros países, se desataron numerosas protestas. También en España, donde los estudiantes se enfrentaban a la dictadura. Fue en este momento cuando Roberta llegó a Madrid junto a dos compañeras también izquierdistas: Carol Batanave y Karen Win.

Roberta quería contactar con los chicos y chicas que realizaban los llamados «saltos» —acciones relámpago de protesta en las que repartían propaganda y se dispersaban antes de que llegara la policía—. Finalmente, Blanco la puso en contacto con ellos. Tras varios encuentros y conversaciones, decidieron invitarla a dar un mitin sobre la guerra de Vietnam y la política imperialista de Estados Unidos en la misma universidad. En él se congregaron cerca de medio millar de estudiantes, algunos de ellos extranjeros en el mismo programa de intercambio que Roberta. Al finalizar el acto, protagonizaron una acción de protesta que terminó en el centro de Madrid, donde la policía cargó contra los manifestantes y detuvo a varios de ellos. Jordi Chantres lo contó detalladamente en el magazine digital Agente Provocador, donde reprodujo la noticia publicada por el Diario de Burgos el 29 de abril de 1967:

Esta mañana se han reunido varios centenares de estudiantes en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas para manifestarse en contra de la política norteamericana en el Vietnam. En el aula donde tuvo lugar la reunión se habían desplegado banderas de Vietnam del Norte, retratos del presidente Johnson y eslóganes contra la política y la acción de Estados Unidos en el suroeste asiático. Se leyeron recortes de periódicos extranjeros sobre «bombardeos de población civil», declaraciones de Ho-Chi-Minh, del inglés Bertrand Russell y de un grupo de llamados intelectuales españoles que se adherían al acto. Una estudiante norteamericana de color, procedente de la Universidad de Berkeley, Roberta Alexander, que se encuentra en España en régimen de intercambio universitario, se pronunció contra la intervención norteamericana en el Vietnam y se refirió a las discriminaciones raciales en Estados Unidos. Entre los asistentes a la reunión se observaba un número elevado de estudiantes norteamericanos que realizan sus estudios en España en virtud de convenios establecidos para intercambio estudiantil.

Al acabar esta reunión, alrededor de un centenar de estudiantes encabezados por otros que llevaban pancartas contra el presidente Johnson y la política de Estados Unidos, se dirigieron hacia la explanada de la Facultad de Filosofía y Letras, donde quemaron unas banderas norteamericanas que llevaban pintadas y unos retratos dibujados del presidente Johnson. El humo producido por la hoguera se aproximó al grupo de la fuerza pública de servicio normal de orden, momento en que los estudiantes se dispersaron sin que hiciera falta requerimiento ni intervención de la autoridad. Por la tarde, alrededor de las ocho, algunos centenares de estudiantes, fraccionados en grupos reducidos, se situaron en los alrededores de la Embajada de Estados Unidos sita en la calle Serrano en un intento de manifestación. La fuerza pública custodiaba la representación política y, ante la actitud de algunos de los grupos de no disolverse a la vez que proferían gritos de «imperialistas», se vio obligada a dar algunas cargas. Los incidentes se fraccionaron a lo largo de la calle de Serrano y afluentes a ella como, por ejemplo, el cruce de la citada calle con Goya, donde un pequeño grupo pegó fuego a unos cuantos periódicos. También aquí la fuerza pública se vio obligada a intervenir, al igual que también lo hizo ante la actitud de otro grupo situado en la confluencia de las calles de Serrano y Hermosilla y en la de Claudio Coello con Goya. Se sabe que, a consecuencia de todas estas algaradas, la policía ha realizado diversas detenciones. Las algaradas, de otro lado, afectaron al tráfico de la zona, siempre muy intenso y más a la hora en que aquellas se produjeron con lo que hubo diversos taponamientos en la circulación. A primeras horas de la noche, la normalidad se había restablecido totalmente.[7]

Roberta fue detenida y conducida a los calabozos de la Dirección General de Seguridad junto a algunos de los participantes en las protestas. Luis Martín-Cabrera la entrevistó para el portal de noticias Rebelión en octubre de 2011. Roberta le contó que aquella noche oyó desde su calabozo a otros detenidos entonar La internacional y ella empezó a cantar la mítica We Shall Overcome.

La Embajada de Estados Unidos intervino inmediatamente para que la pusieran en libertad, de modo que las autoridades franquistas la enviaron a Irún en tren y la expulsaron a Francia. Aunque su paso por España fue breve, merece la pena recordar que una pantera negra, en plena dictadura franquista, protagonizó una protesta contra la guerra de Vietnam.

Yo desconocía por completo el caso de Roberta, pero me sorprendió aún más la cantidad de historias de la comunidad negra en el Estado español que he ido descubriendo poco a poco. He hablado con varios de sus protagonistas y he rebuscado en archivos y webs que cuentan algunas de ellas.

Abuy Nfubea fue una de las personas que me explicaron cómo se empezó a organizar la comunidad negra en el Estado español durante los años ochenta y quiénes formaban parte de ella. Durante más de dos horas me estuvo contando la influencia de la teología de la liberación, del nacionalismo negro, el papel de los guineanos afectos al régimen franquista, la creación del grupo de estudios de Frantz Fannon, la historia del padre Assier, del movimiento Free Mandela, del MPAIAC canario y Eduardo Cubillo, del Frente Organizado de Juventudes Africanas (FOJA) y todo lo que se coció entre la comunidad negra española aquellos primeros años de democracia. Esta historia debería ser contada por sus protagonistas, no por alguien como yo, que ni lo viví ni quiero suplantarlos. Varias webs y cada vez más libros la abordan desde diferentes perspectivas y experiencias; ahora es necesario reunirlas para que no sean otros quienes la cuenten.

El motivo de este libro no es explicar todas estas luchas, que, aunque suelen compartir mucho con el antifascismo, tienen su propia historia. Por eso mencionaré el papel que desarrollaron algunos jóvenes negros a finales de los ochenta y principios de los noventa en la lucha contra los grupos neonazis que empezaban a sembrar el terror en las grandes ciudades. A ellos se enfrentaron de manera directa y contundente, y llegaron a ser temidos y evitados por quienes se creían los dueños de las calles. Desde el asesinato de Lucrecia Pérez hasta nuestros días, el antirracismo ha crecido y hoy nuevas generaciones de jóvenes racializados lideran numerosas iniciativas no solo contra los incidentes racistas, sino también contra el racismo institucional.

Pero antes contaré otra anécdota que conocí a lo largo de esta investigación. Esta nos lleva a mediados de los ochenta, cuando muchos negros españoles estaban volcados en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. En ella se enmarca la condena a muerte del poeta sudafricano y militante antirracista Malesela Benjamin Moloise.

Benjamin Moloise nació en 1955 en Alexandra, un barrio negro de la ciudad sudafricana de Johannesburgo que se encontraba cerca de las zonas lujosas donde residían los blancos. Trabajaba como tapicero. Pronto se acercó al Congreso Nacional Africano (ANC), la organización clandestina liderada por Nelson Mandela que luchaba por todos los medios —incluida la lucha armada— contra el régimen racista y colonial del apartheid. La policía lo arrestó en 1983 y lo acusó de asesinar a un policía. Aunque Benjamin Moloise siempre lo negó, fue condenado a muerte. Tanto Francia como Reino Unido, Estados Unidos e Israel, entre otros, apoyaban el régimen racista. Simon Peres, que entonces era ministro de Defensa de Israel, llegó a ofrecer armas nucleares al que, de hecho, era su mayor comprador de armamento. Junto a Reagan y Thatcher, fue uno de los principales defensores del régimen sudafricano. Ya en los ochenta, la atención internacional se fijó en el régimen del apartheid, gracias a las numerosas campañas internacionales que denunciaban su brutalidad. La ONU incluso pidió clemencia para Moloise, quien finalmente fue ahorcado en 1985. Este hecho desató de nuevo protestas en todo el mundo; también en España, aunque algunos nos hemos enterado más de treinta años después.

Marcelino Bondjale tenía poco más de veinte años entonces. Un negro español —como muchos otros, la mayoría con origen en la antigua colonia de Guinea Ecuatorial— que seguía atentamente la lucha del pueblo sudafricano por su liberación y decidió poner su grano de arena en la denuncia internacional contra el régimen sudafricano. En plena Gran Vía de Madrid, a la luz del día, la emprendió a golpes contra la oficina de turismo de Sudáfrica. «Fui perseguido hasta el metro de Antón Martín por una persona armada que estaba dentro de las instalaciones. Alguien dio la alarma y aquel hombre logró alcanzarme y me retuvo al menos durante quince minutos, hasta que llegó la policía». Bondjale cuenta esta anécdota en 2017 en una entrevista en el canal de Youtube Uhuru Áfrika. En ella explica también su paso por los calabozos y el posterior juicio, en el que fue condenado a menos de dos años de prisión. Su caso demuestra que la comunidad negra en España no era un sujeto pasivo, desorganizado y silencioso, sino que tomaba partido, a pesar de que su historia no sea tan conocida como otras.

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