Antifascistas
05. Xavier Vinader, un periodista incómodo
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05. Xavier Vinader, un periodista incómodo
«Una pluma puede ser tan eficaz
como un arma, como una pistola».
XAVIER VINADER
Llegué a casa de Xavier Vinader con tiempo suficiente para tomar antes un café con Josep, mi compañero de mil batallas con su inseparable cámara. Este encuentro, que tuvo lugar en otoño de 2009, nos hacía especial ilusión, así que planificamos con todo detalle cada pregunta de la entrevista. Preparábamos un reportaje sobre la extrema derecha y ya habíamos entrevistado a varias personas en Madrid. Ese día tocaba Barcelona y decidimos dedicar toda la mañana a este gran periodista catalán que inspiraba gran parte de nuestro trabajo. Era una leyenda viva para muchos de nosotros no solo por su periodismo, que lo llevó al exilio, sino por su lucidez en el diagnóstico del problema de la extrema derecha y su firmeza a la hora de combatirla con la pluma. Su enfermedad, la poliomielitis, le impedía desplazarse con normalidad, de modo que, con absoluta confianza, nos citó en su casa, entre la calle de Bailén y la Gran Vía.
Xavier y yo compartíamos una lejana amistad con Graeme Atkinson, un histórico militante antifascista inglés, de familia de mineros y activista todavía hoy con más de setenta años. Cada año, Graeme me informa sobre las actividades que realizan los mineros en la gala anual de Durham. En 2012, me pidió que le pusiese en contacto con los mineros asturianos que se habían levantado en huelga y combatían a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del estado que trataban de reprimir sus protestas. Tras conseguir un buen contacto, Graeme se desplazó a Asturias para apoyar a los mineros durante su revuelta, participando en la marcha negra a Madrid, donde nos encontramos para unirnos a la manifestación. Además, se encargó de recolectar dinero en Reino Unido para enviar a la caja de resistencia de los mineros españoles. Graeme coordinó durante años la sección internacional de Searchlight, una revista de investigación con la que colaboré varios años que venía denunciando desde los sesenta las tramas ultraderechistas. Allí fue donde Xavier conoció al también mítico periodista y escritor sueco Stieg Larsson, quien fundaría Expo, su propia revista de investigación antifascista, todavía hoy activa.
Mi tía Mavi me había hablado mucho de Vinader, a quien conocía personalmente. Lo apreciaba muchísimo y siempre me lo ponía como ejemplo, porque ya sabía de mi empeño por ser periodista. Cuando concerté la cita con Xavier, me presenté como sobrino suyo, buscando su confianza antes de encontrarnos.
Mavi había fallecido repentinamente ese mismo año debido a un cáncer. Fue como una hermana para mí, una especie de mentora. Estaba vinculada a los movimientos de izquierda y valencianistas de los ochenta y los noventa. Fue una de las impulsoras de Ràdio Puça, una radio libre que emitió en València entre 1983 y 1989, y una de las personas que despertaron en mí inquietudes políticas y periodísticas. Siempre se preocupaba por mi seguridad, pues sabía de mi creciente fijación con la ultraderecha y conocía el panorama que había entonces en València, algo que ella ya había vivido durante los años ochenta, cuando también se implicó en la campaña de apoyo a Vinader.
Xavier Vinader nació en Sabadell en 1947, en el seno de una de tantas familias del bando perdedor de la guerra civil. En su casa reinaba el silencio tan habitual en quienes habían experimentado la crueldad del fascismo. Sin embargo, con poco más de veinte años, Xavier empezó a combinar su actividad periodística con su militancia política, primero en la clandestina Organización Comunista de España-Bandera Roja y posteriormente en el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña). Escribió en las ediciones comarcales de varios medios. El periodista Xavier Montanyà publicó un libro —Xavier Vinader: El periodisme contra la guerra bruta, Editorial Pòrtic, 2015— en el que relataba las andanzas de su colega y recogía varias conversaciones. En él explicaba que Xavier utilizó a menudo su acreditación como periodista para colarse en la boca del lobo.
Le perdí el miedo. Tenía una voluntad que se podía situar entre la inconsciencia y el periodismo militante. Yo tenía una misión. Sin quererlo, te ibas convirtiendo en un cruzado antifascista y por la libertad de expresión.
Su periodismo comprometido le valió no pocos problemas, primero con el régimen y posteriormente con las bandas ultraderechistas, que actuaban con absoluta impunidad y con la más que descarada complicidad de los funcionarios públicos. El 9 de julio de 1975, su casa familiar sufrió un atentado con explosivos que, por suerte, no provocó víctimas. Hacía poco más de media hora que Xavier había llegado a casa. Lo tenían controlado. La policía no encontró a los autores. Según explicó a Montanyà, la bomba lo motivó aún más: «Eso quiere decir que hemos ido al fondo, que hemos tocado hueso. Esto empieza a ponerse interesante».
Francisco Ros Frutos era un joven policía nacional que fue destinado a Euskadi a los pocos años de morir Franco. Seguramente, ese era el último destino que podía desear un joven recién graduado en el cuerpo, a menos que le fuera la marcha o sintiera un ardor patriótico. ETA, que no había detenido la lucha armada tras la muerte de Franco, mantenía un potencial operativo muy bien organizado entre Francia y el Estado español, principalmente, y tenía capacidad para atentar casi cada semana. Sin duda, la frontera era una de las zonas calientes, por donde cruzaban sus militantes al país galo, que todavía no consideraba a la banda una organización terrorista.
Antes de acabar en la segunda compañía de Basauri, Ros había pasado por València, donde recordaba su primera misión como antidisturbios disolviendo ante el Mercado Central una manifestación de vinicultores liderada por un grupo de jubilados.
Hubo leñazos a granel, pero, dado que éramos pocos, nos inflaron a hostias enseguida. Pararon un camión de Coca-Cola que pasaba por allí y empezaron a botellazo limpio. Vi partirse cantidad de cascos y numerosos contusionados. Tuvimos catorce heridos y llegó un momento en que se nos acabaron las balas de goma, los botes de humo y todo. La situación se hizo desesperada, pero tuvimos que aguantar, parapetados detrás de los coches y como podíamos.
Ros le contaba esto a un joven periodista en la redacción de la revista Interviú, en 1979. Ese joven periodista era Xavier Vinader, que dio cancha al joven agente para que explicara su vida y sus primeros años en el Cuerpo Nacional de Policía.
Ros relató las circunstancias que lo llevaron a alistarse en el cuerpo, sus problemas familiares, alguna que otra anécdota como la de València y su experiencia en la academia, por donde había pasado tres años antes.
Al poco tiempo de estar allí te das cuenta de que la policía no es una institución social apolítica, como los mandos quieren dar a entender, sino que sigue una línea política muy significativa, una línea política basada principalmente en los principios de instituciones oficialmente extinguidas, como la Falange y el Movimiento. Allí entran personas más o menos normales y cuando salen tienen que haberles cambiado la forma de andar, de vestir, de comportarse y hasta la forma de vivir. Es más, la gente, cuando sale de la academia, tiene una cierta vergüenza de su vida anterior. Se entra con un nombre y se sale con un número.
Interviú publicó las confesiones de Ros en varios artículos y estas desencadenaron una tormenta política y judicial que terminaría con Xavier Vinader en el exilio. El primero de estos artículos se titulaba «Por qué fui policía» y se publicó en noviembre de 1979.
Ros quería abandonar el cuerpo de policía; en solo tres años había estado destinado en València, Elda y, finalmente, Euskadi, donde se enamoró de una joven vasca, por lo que sufrió el desprecio de sus mandos.
Desde que murió Franco, en la policía no ha cambiado mucho. Aquí se murió el massa pero siguen los capataces. Lo de los cambios dentro de la policía —por muchas declaraciones que se hayan hecho— es un cuento chino. En este cuerpo es imposible cambiar nada si primero no se cambia toda la oficialidad que existe actualmente. Yo entré en la academia con una cierta ilusión porque consideraba esto como un trabajo muy digno, pero pronto empecé a darme cuenta de que allí dentro lo único que preocupaba era el formar gente que fuera fácilmente manejable. […] En cuanto comprendí todo esto y me di cuenta de que si seguía un año más terminaría por aborregarme, pedí la baja, cogí la puerta y me fui.
El artículo ofrecía abundante información sobre cómo funcionan el reclutamiento, la formación y las jerarquías en el cuerpo de policía, algo hasta entonces muy opaco para quienes estaban fuera. Sin embargo, la connivencia entre las fuerzas del orden y los grupos neofascistas era un secreto a voces que pocos periodistas se atrevían a abordar. Ros decidió contar todo lo que había vivido en Euskadi y Vinader recogió el guante e hizo lo que se supone que debe hacer un periodista: contrastarlo y relatarlo. «Nada más llegar empecé a oler a pólvora, a armas sin licencia, a grupos incontrolados, a extremismo, a acciones parcialísimas de la policía en la calle y a otro montón de cosas de cuyo nombre no quiero acordarme», apuntaba Ros.
Ros volvería a Euskadi para infiltrarse en los grupos parapoliciales de extrema derecha que atentaban a uno y otro lado de la frontera contra el entorno abertzale y miembros de diversas organizaciones de izquierda. El embrión de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), que entonces actuaba bajo diversas siglas, como Batallón Vasco Español (BVA), Antiterrorismo de ETA (ATE) y la Triple A, se gestaba entre cuarteles, puticlubs, comisarías y bares frecuentados por fascistas. Y participaban tanto militantes de extrema derecha españoles, italianos y franceses como policías, mafiosos marselleses o mercenarios de todo pelaje.
Vinader y su equipo de Interviú pusieron a disposición de Ros toda una serie de medidas de seguridad y establecieron determinados protocolos para recabar información. La fanfarronería de los ultras a menudo daba pistas sobre varios casos de los que poco se sabía. Jesús García, propietario del puticlub Yon’Kola de Barakaldo, se atribuía la ejecución y la desaparición del dirigente de ETA Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur, y aseguraba que lo había enterrado cerca de un cementerio en Francia después de cortarle las manos para que no pudiesen identificarlo. A día de hoy, el caso sigue sin esclarecerse, pero la mayoría de las fuentes apuntan a que se trató de una acción de estos ultras. Lo mismo que la muerte de otro dirigente de ETA, José Miguel Beñaran Ordeñana, Argala.
Ros, a quien los comandos ultraderechistas consideraban uno más, consiguió abundante información. De hecho, lo designaron para liderar un comando cuya misión era asesinar a Telesforo Monzón, líder histórico del PNV en el exilio y fundador de Herri Batasuna. El policía logró fotografiar varios objetos que Jesús García escondía en el piso superior del puticlub. Allí se guardaba todo tipo de parafernalia ultraderechista, matrículas falsas, listas de objetivos del entorno abertzale y varias armas. Sin embargo, una mala planificación del protocolo delató a los periodistas: alguien los vio entrar y salir del hotel demasiadas veces con cámaras y otros objetos entonces no muy habituales y vio que Ros también entraba allí.
El 22 de septiembre de 1979, dos hombres abordaron el coche de Ros cuando se detenía en un semáforo de la bifurcación de Sondika, en Bilbao. Le llevaron a un paraje alejado de la ciudad y vieron que llevaba documentación de policía. Entonces le preguntaron quién le pagaba. Ros contestó que estaba de vacaciones. Los secuestradores le pegaron un tiro en el estómago y huyeron corriendo al no conseguir arrancar el coche. El policía herido sí que pudo arrancarlo y buscó ayuda. Salvó su vida de milagro. «Han sido los míos», le confesó a Vinader. Era hora ya de publicar la información que habían estado recopilando. No podían esperar más.
Dos meses después del atentado contra Ros, Interviú comenzó a publicar los tres reportajes firmados por Vinader que destapaban la trama ultraderechista y parapolicial. «Por qué fui policía» (15 de noviembre), «Confesión de un infiltrado I: Cómo actúan los ultras vascos» (20 de noviembre) y «Confesión de un infiltrado II: Quisimos atentar contra Monzón» (27 de diciembre). En ellos se daba todo tipo de detalles, nombres, lugares, fechas y fotografías, que acreditaban toda la información.
Han intentado silenciarme. Yo he estado infiltrado entre los grupos de incontrolados que actúan en Euskadi, dentro de los comandos ultras que funcionan contra ETA a un lado y otro de la raya fronteriza. Conozco perfectamente su manera de actuar, dónde se reúnen y entrenan, sus conexiones con los servicios de información, sus coberturas a través de determinados elementos de las fuerzas de seguridad… y he estado metido de lleno en la planificación de una acción desestabilizadora de cierta envergadura que iba a tener lugar próximamente.
Se arma un buen revuelo, pero ni la policía ni los jueces actúan. Una vez más.
Días después, la víspera de Reyes de 1980, dos miembros de ETA ejecutarían a Jesús García en el puticlub que regentaba en Barakaldo, «el verdadero centro de reunión de todos los fascistas y neonazis de la margen izquierda», según relató Ros a Interviú. A las dos semanas, otros miembros de ETA secuestrarían y ejecutarían también a Alfredo Ramos Vázquez, propietario del bar Stadium, otro de los protagonistas de las tramas ultras de los reportajes de Interviú.
Fue entonces cuando varios periodistas de derecha y extrema derecha comenzaron a culpar a Xavier Vinader de las muertes de los dos ultraderechistas a manos de ETA. Fuerza Nueva, a su vez, lanzó la Operación Quiosco, que consistía en impedir mediante la fuerza la venta de la revista Interviú en varios quioscos del país; amenazaban a sus propietarios, se llevaban los ejemplares de esta revista o directamente incendiaban y destrozaban los puntos de venta. La Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa de Madrid llegó a recomendar que se dejara de vender la revista.
Esta escalada violenta como reacción a la investigación periodística culminaría con el intento de secuestro y asesinato de Vinader el 4 de junio de 1980. Varios ultraderechistas asaltaron su domicilio —en la calle Costa de Barcelona— a plena luz del día. Los ultras destrozaron su casa, robaron numerosos enseres y decoraron las paredes con pintadas amenazantes. Xavier, por suerte, ya no estaba allí. Había abandonado el país.
En enero de 1980, el juzgado de instrucción número 1 de Madrid había incoado el sumario 16/80, que relacionaba a Vinader y Ros con las muertes de los dos ultraderechistas. Las viudas de las víctimas habían contratado a Santiago Segura Ferns, el abogado que más tarde defendería a varios golpistas del 23F, entre ellos al teniente general Milans del Bosch. Por su parte, el abogado de Ros y Vinader fue Luis Alfonso Vallés, excapitán de la Guardia Civil y fundador de la Unión Militar Democrática (UMD, una organización clandestina que se oponía al franquismo formada por varios miembros de las Fuerzas Armadas que se habían inspirado en la reciente Revolución de los Claveles en Portugal.
Álvarez Puga, director de Interviú, pactó con el entonces ministro de Justicia de la UCD, Francisco Fernández Ordoñez, que el Gobierno intentaría indultar al periodista si antes Vinader comparecía ante la justicia. Después de once meses de exilio, el 17 de diciembre, Xavier Vinader negó ante el juez cualquier relación con ETA y aseguró que se había limitado a desempeñar su trabajo como periodista. Sin embargo, le acusaron de colaboración con banda armada. El periodista Xavier Montanyà recoge que, antes de mandarlo a la prisión de Carabanchel, el juez le dijo a Vinader: «Mire, no se lo tome a mal. No es nada personal. Lo que pasa es que usted se ha convertido en el exponente de una determinada manera de hacer periodismo que está llegando demasiado lejos. Y debemos dar un escarmiento».
Al día siguiente de entrar en la cárcel, Xavier recibió la visita de cuatro reclusos. Lo primero que hicieron fue echar a su compañero de celda. Este era un ultraderechista que había asesinado a un militante comunista. Xavier no lo sabía, pero esos cuatro hombres estaban allí para proteger su vida. Dos de ellos pasaron día y noche a su lado para evitar que nadie le tocase. La prisión estaba llena de presos políticos y la entrada de Vinader había corrido como la pólvora. Cuatro días después salió en libertad condicional con una fianza de un millón de pesetas, que pagó Luis María Ansón, entonces presidente de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) y actualmente presidente del consejo editorial del Grupo Intereconomía.
Un año después, Vinader fue condenado por la Audiencia Nacional a siete años de prisión por «imprudencia temeraria profesional». La «imprudencia» consistía en haber realizado bien su trabajo y contar todo lo que consiguió acreditar con testimonios, datos y hechos objetivos. No pudieron demostrar ninguna vinculación de Vinader con los autores de los asesinatos, pero no le perdonaron que hubiera demostrado la implicación de miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado en la guerra sucia, algo que hasta ese momento había sido un secreto a voces. A pesar de la gravedad de estos hechos, unos años más tarde sucedería algo mucho peor todavía que también saldría a la luz: la implicación del Ministerio del Interior en la trama de los GAL. Esto llevaría a prisión al ministro José Barrionuevo y a otros cargos del Gobierno de Felipe González, aunque fue entrar y salir, claro.
La condena a Vinader desató una campaña internacional a favor de la libertad de expresión liderada por periodistas, que denunciaban lo que sin duda era una «flagrante irregularidad jurídica», en palabras de Montanyà. El Tribunal Supremo confirmó la pena mientras Vinader se encontraba realizando una entrevista en Londres y este decidió comenzar su segundo exilio.
El Gobierno de Felipe González se comprometió a estudiar el indulto, pero exigía que antes Xavier Vinader volviera a España. Allegados a Xavier y periodistas entablaron una larga y discreta negociación con altas esferas del Gobierno. Finalmente acordaron que ingresara en prisión hasta que llegara el indulto, lo cual ocurrió un mes después, tras una sonora campaña internacional en defensa de la libertad de expresión.
Francisco Ros, el policía que había aportado la información de aquellos reportajes, también fue indultado. Ros había sido condenado a cuatro años de prisión como «responsable, en concepto de cooperador necesario, de un delito de imprudencia temeraria con resultado de dos muertes y graves daños a un grupo de personas y familias, sin la concurrencia de circunstancias modificativas de la responsabilidad», según la sentencia. Antes de ingresar en el centro penitenciario, Ros intentó modificar su declaración inicial e incluso llegó a negar que se hubiera entrevistado con Vinader. Olvidaba que ambos habían firmado ante notario las entrevistas, las grabaciones y los artículos, por lo que se desestimó esta nueva versión de los hechos. Vinader contaba con un entorno y un apoyo de los que no disponía Ros. Este se sintió solo, tuvo miedo y reaccionó desesperado, a pesar de que Interviú, Vinader y quienes habían preparado con él la infiltración en los grupos ultras sí le apoyaron; pero era un policía y en su gremio, lógicamente, no podía encontrar demasiados apoyos. Tampoco en su familia, en la que, además, había varios miembros de cuerpos policiales. Por otro lado, sufrió las amenazas de la ultraderecha y un intento de secuestro y asesinato, lo cual hizo mella en él.
Tres años después del indulto, en marzo de 1987, el cuerpo sin vida de Fernando Ros fue encontrado por su pareja en el domicilio que compartían en la pedanía murciana de Guadalupe. Se había ahorcado con su propio cinturón. «Se suicida un expolicía que reveló datos de la ultraderecha», informaba El País en una breve noticia que recordaba la investigación de Vinader.
Xavier no fue el único periodista que mostró su compromiso antifascista, según confesaría él mismo a Gemma Garcia en una entrevista para Directa publicada en septiembre de 2014.
Éramos un grupo de francotiradores que nos poníamos de acuerdo fácilmente. El peligro de enfrentarnos a un enemigo tan grande y tan importante nos unía. Por ejemplo, compartíamos la información y así nos asegurábamos de que, si pasaba cualquier cosa, la investigación no se detendría. No había competencia ni personalismos. Se creó una especie de fraternidad que se ha repetido pocas veces y menos ahora, que el periodismo se ha convertido en una profesión muy individualista. Incluso, si yo tenía que cerrar un reportaje y me quedaban pistas para estirar, se las pasaba a otros colegas para que continuaran. No había el ego de mi exclusiva, porque lo más importante era que flotara la verdad. Nunca te sentías solo; éramos conscientes de lo que teníamos delante y lo importante era desmontar aquel inmenso aparato, al que solo le habían hecho un lifting. Eran la misma gente que mandaba antes, pero, de repente, se hablaba de vivir en democracia. En ese contexto, nos adentramos en el mundo de la extrema derecha y el terrorismo de Estado.[8]
En otro momento de la entrevista, Vinader afirmó: «El Estado nunca ha visto a la extrema derecha como un peligro, sino como un ente colaborador».
También explicó que Ros «no fue el único que cantó, vinieron otros policías, pero no lo hice público para evitar más procesos judiciales».
La agitada transición afianzó el compromiso de muchos periodistas con la democracia y el antifascismo, y fue también escenario de numerosas complicidades entre quienes combatían a la extrema derecha y estos periodistas. Vinader recordaría en un artículo de El Temps de 2008 que un grupo antifascista anónimo había conseguido los archivos completos de Fuerza Nueva y se los había hecho llegar a Interviú.
En plena transición, concretamente en 1979, apareció en Barcelona una misteriosa organización llamada OAS —Organización Antifascista Secreta— que puso en manos de la prensa, concretamente en la revista Interviú, los archivos completos de Fuerza Nueva, la formación ultra más poderosa. Listas de militantes, fichas, fotos y todo tipo de datos. El estruendo también fue grande y la formación extremista nunca más levantó la cabeza. Esto mismo ocurrió con los archivos de FN de València, ciudad considerada un bastión de la organización. Y en las sedes de Sevilla, Bilbao y Madrid también hubo importantes filtraciones internas. La exposición pública de los intríngulis y la caza de brujas interna que se desató dejaron a FN exhausta y herida de muerte para siempre. Expulsiones, escisiones y radicalizaciones marcaron la tónica a partir de ese momento y hasta el momento en que desapareció como partido político, el 20 de noviembre de 1982, tras un fiasco electoral notable.
Xavier murió en Barcelona el 9 de abril de 2015, a los sesenta y ocho años. Dejó una extensa y comprometida obra que todavía hoy sirve de inspiración para muchos periodistas. «Fue un excelente periodista y una gran persona», me dijo mi colega Graeme cuando le informé de su muerte. «Un hombre amable y paciente, que no gozaba de la mejor salud, pero que fue durante muchos años el primer puerto de escala para los antifascistas y periodistas que buscaban información o verificaban detalles sobre el fragmentado movimiento fascista español», escribiría a modo de recuerdo el antifascista inglés en la revista Hope Not Hate.
Al día siguiente de su muerte, el periodista y activista David Fernández me llamó para proponerme colaborar en un especial de Directa en el que se publicarían breves cartas de periodistas en recuerdo de Xavier. Obviamente, acepté. El número 383 de la revista Directa (21 de abril de 2015) recogía textos de Jordi Borràs, Gemma Garcia, Sònia Bagudanch, David Bou, Iñaki García, Sara González, Jesús Rodríguez, Martxelo Otamendi, David Fernández, Montse Santolino, Manu Simarro, Vicent Partal, Xavier Montanyà, Xavier Urbano y Mònica Terribas. Todos mostrábamos el símbolo de la victoria con los dedos: una uve; uve de Vinader, de victoria.
Porque que Xavier Vinader existiera ya había sido una victoria.
Este fue el texto que escribí para ese especial de Directa, uno de los medios que, sin duda, tuvo a Vinader y su trabajo como modelo, lo que demostraría a lo largo de toda su trayectoria.
Lo hiciste, a pesar de todo. Te enfrentaste a la bestia y te quisieron hacer pagar por dejarla en evidencia. Para mostrar al mundo que nada era como nos contaban, y que precisamente el oficio de periodista se había inventado para eso, para explicarlo, para poner luz donde algunos insistían en mantener la oscuridad más absoluta, incluso cuando decían que ya brillaba el sol. Hay que reconocer a los maestros como tú, a quienes hacen que no te sientas solo ante un monstruo, los que no callan, ni se rinden al tiempo ni al miedo. Quienes sembraron el camino por donde algunos, humildemente, pretendemos caminar. Sin aparcar el compromiso y flotar por encima del bien y el mal, como algunos piensan que se debe situar el periodista. Para algunos de nosotros, los valores son equipaje imprescindible para este viaje, como el amor, la honestidad y el coraje. No lo entendemos ni lo queremos de otra manera, y tú eres de los más cercanos y mejores ejemplos. Y cuando estamos solos, pensando si vale la pena esta historia, seguiremos pensando en ti.