Antifascistas

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07. Bases Autónomas (BBAA) y los nacional-revolucionarios

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07. Bases Autónomas (BBAA) y los nacional-revolucionarios

«Nacida para incordiar a los bienpensantes de los ochenta, una plaga negra y silenciosa comenzó a roer en los sótanos y alcantarillas de la universidad de Madrid hace algún tiempo… Ahora, acechando en cloacas y vertederos, se expande como un rumor. La red de alcantarillado de la ciudad ha permitido la extensión de la plaga hasta el centro mismo de la capital del reino… Las sombras acechan, la peste aguarda su hora, y mientras tanto…».

BASES AUTÓNOMAS, La Peste Negra, 1986

Un dibujo de unas ratas escondidas tras un cubo de basura entre los barrotes de una alcantarilla. «Para mí las criadillas de AP», dice una. «Yo me conformo con los sesos de un liberal… ¡Y su cartera!», exclama otra. Es el número 8 de la revista La Peste Negra, el órgano de expresión de la Coordinadora de Estudiantes Nacional Revolucionarios (CENR), de mayo de 1986. Esta es la rama estudiantil de Bases Autónomas, nacida en la Universidad Autónoma de Madrid dos años y medio antes bajo el liderazgo del exmilitante de las JNR Fernando Perdices. La rata negra la habían popularizado los neofascistas franceses después del Mayo del 68, concretamente el Groupe Union Defense (GUD). Esta organización utilizaba la cruz céltica, un símbolo que también adoptó Bases Autónomas.

En diciembre de 1984, Bases Autónomas se dio a conocer en la universidad. Intentaron unirse a las protestas estudiantiles contra la subida de las tasas universitarias, pero fueron expulsados por la fuerza. Las universidades eran un espacio en el que la izquierda tenía notable fuerza y la irrupción de estos grupos neofascistas tan diferentes de los nostálgicos franquistas desconcertó a más de uno. Estos rompían con la extrema derecha tradicional y nostálgica hasta tal punto que sacaron pegatinas y carteles contra la celebración del 20N —que calificaban de «vergüenza nacional»— y llamaban a los franquistas que acudían al 20N de 1985 «lloronas de comunión diaria» o «lectores del Abc con Fraga en el corazón».

Según el historiador Ferran Gallego, Bases Autónomas «había comprendido uno de los elementos cruciales de la cultura de la posmodernidad, que podría arrancar ya de ciertos aspectos del 68 francés: la primacía de la estética, el valor simbólico del gesto destructivo, del nihilismo realizado en la algarada, del bullicio que rompe la tranquilidad del sistema y denuncia, en su misma realización, la farsa de una sociedad organizada, laboriosa y satisfecha». En su libro Una patria imaginada (Síntesis, 2011) destaca de esta organización la «sagacidad para descubrir el tipo de consigna que podía encandilar a sectores marginales, su determinación al uso de la violencia y las manifestaciones propias para presentarse como los defensores intransigentes de los jóvenes marginados por el sistema, el uso de iconografía impactante y que incluía en su propia tradición todo lo que había actuado contra el orden burgués, como la imagen de Durruti», cuya figura reivindicaron el 20N de 1984.

Bases Autónomas supuso un elemento absolutamente novedoso y renovador en la extrema derecha que, en buena medida, desconcertó a la izquierda, acostumbrada a batirse con los camisas azules y los franquistas irredentos.

Bases Autónomas vio en las bandas de skins y en los campos de fútbol un caladero donde reclutar nuevos militantes y difundir sus ideas. En el boletín ¡A por Ellos! de diciembre de 1986, se manifestaba su intención de ocupar las gradas.

El estadio debe servir a la política, no la política al estadio; debe ser un frente de lucha más, en el que se pueda captar gente para el movimiento político, aprovechar la ocasión de hacer propaganda gratuita […] y arremeter contra las peñas ideológicamente hostiles.

Simultáneamente, en varias de sus publicaciones reivindicarían la violencia protagonizada por skinheads y radicales del fútbol.

El historiador Xavier Casals señala la capacidad que tuvo Bases Autónomas para integrar en sus filas a «jóvenes marginales» que se sentían atraídos por la violencia y la acción directa más que por la línea política de la organización. Casals escribe:

La formación escoró hacia los desórdenes callejeros y la exhortación a la acción directa se tradujo en violencia gratuita, que se quiso presentar como expresión de protesta subversiva de una juventud frustrada. […] Primaba el activismo y la violencia, mientras la reflexión teórica era cada vez menor, por no decir inexistente. Ello tuvo un coste inmediato: si bien se podía reclutar a decenas de jóvenes para acciones concretas, era casi imposible efectuar actividades políticas que trascendieran de ese nivel.

Esta primera etapa de Bases Autónomas estuvo marcada por una progresiva radicalización de sus acciones, una violencia cada vez más habitual y descontrolada, y una campaña de agitación y propaganda notable en las calles de Madrid. Paralelamente, otros grupos similares empezaban a emerger en otros puntos del Estado. Concretamente en Asturias, antiguos militantes del Frente Nacional de la Juventud constituirán en 1985 Vanguardia Nacional Revolucionaria (VNR), inspirados por el pensamiento nacional-revolucionario y el filósofo italiano Julius Evola. Esta organización contó con seguidores en otras ciudades, como Santander, Valladolid, Bilbao o Salamanca, y en 1989 Málaga y Barcelona. En València, en 1988 apareció Acción Radical, una de las organizaciones más destacadas; con ella tuve que convivir mis primeros años de adolescente y de ella hablaremos más tarde.

El 20N de 1989 un comando ultraderechista asesinó en Madrid al diputado de Herri Batasuna Josu Muguruza. Este hecho supuso un punto de inflexión para Bases Autónomas. Su abierta actividad violenta ya les había valido una notable presencia en los medios de comunicación y, aunque no se pudo relacionar el asesinato con este grupo, la presión policial se incrementó. Un mes antes ya habían sido noticia por los incidentes que protagonizaron en un mitin de Adolfo Suárez. Finalmente, la organización anunció su disolución en febrero de 1990, mientras acusaba a la prensa de una campaña de desprestigio.

Su legado continuó con otras siglas y, así, el Frente Revolucionario Autónomo (FRAT) y la Asociación Cultural Bernal Díaz mantuvieron cierta actividad, aunque más discreta. Sin embargo, la disolución de Bases Autónomas ya estaba prevista desde dos años antes, como demuestra el Manifiesto autónomo radical de enero de 1988, firmado por la CENR y Bases Autónomas, en el que anunciaban el final de una etapa. En este documento, tras exponer las conclusiones de sus cinco años de existencia y reiterar su marco ideológico nacional-revolucionario, manifestaban su intención de elegir «la hora justa de nuestra muerte. Nuevas mutaciones para un movimiento en perpetuo movimiento». Bases Autónomas despejaba así el camino para su disolución, al menos de cara al público, «manifestando su intención de empezar a trabajar sobre nuevas bases de acción política».

En 1988, el mismo año que Bases Autónomas se replanteaba esta renovación, un grupo desconocido irrumpía en la manifestación de la huelga general del 14 de diciembre en València. La mayoría de los presentes no conocía el símbolo que aparecía en la pancarta que portaban, escrita en catalán («Contra el capital, lluita radical»). Era una cruz céltica. No tardaron en llegar varios sindicalistas que sí sabían lo que era. Empujones, golpes y gritos. Su presencia fue breve, pero suponía la presentación pública de una organización creada unos meses antes (el 20 de abril, que era el aniversario de Adolf Hitler). Esta nueva organización era Acción Radical (AR), que los siguientes años daría mucho que hablar.

El paso de Bases Autónomas a un segundo plano durante un tiempo y el paralelo crecimiento de los grupos nacional-revolucionarios en todo el Estado supondrán el inicio de una nueva etapa tanto para la extrema derecha como para quienes la combatían. Las «fuerzas nacionales» —es decir, los restos del franquismo que trataban de buscar su encaje en democracia— no veían con buenos ojos la extrema violencia de los nuevos grupos autónomos y, a su vez, estos tampoco tenían ninguna intención de sumarse a sus nuevos proyectos, pues rechazaban directamente la democracia y los viejos liderazgos. Por otra parte, el antifascismo ya empezaba a reorganizarse frente a estos nuevos grupos, que incrementarían su actividad y su violencia en los años posteriores.

El momento histórico en el que se desarrollaba todo esto era muy particular. Tras décadas de aislamiento a causa de la dictadura franquista y el compás de espera de la transición, emergieron tanto nuevos movimientos sociales de izquierda (okupación, insumisión, ecologismo…) como nuevos grupos de extrema derecha, todos ellos, de un lado y del otro, ya en sintonía con el resto de Europa. Al mismo tiempo llegaron las modas juveniles de lo que se denominó tribus urbanas, que también se mezclarían en esta explosión de identidades. Aunque estas estéticas no tenían siempre relación con determinadas ideas políticas, un fenómeno que ya había aparecido en los años ochenta cobraría más relevancia gracias al sensacionalismo de los medios de comunicación y a la progresiva implicación política de sus miembros en ambos bandos. Había llegado la época de los skinheads.

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