Antifascistas

Antifascistas


53. Sentarse siempre mirando a la puerta

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53. Sentarse siempre mirando a la puerta

«Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buena persona. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas».

RYSZARD KAPUSCINSKI, periodista

Las imágenes de una pareja de policías estadounidenses reduciendo a un hombre negro no eran nuevas. Habíamos visto ya más de un vídeo donde un afroamericano era cosido a tiros o pateado por varios agentes en cualquier ciudad de Estados Unidos. El 25 de mayo de 2020, a plena luz del día, en el barrio de Powderhorn de Mineápolis (Minesota), un policía blanco se sentaba sobre George Floyd para detenerlo mientras este gritaba: «¡Por favor, no puedo respirar!». Alguien grabó la imagen desde cerca y pocas horas después de conocerse su muerte el vídeo se hizo viral en todo el mundo. Las protestas por este nuevo episodio de brutalidad policial con tintes racistas no tardaron en llegar y, durante varios días, distintas ciudades de los Estados Unidos vivieron una oleada de disturbios que puso en jaque a las fuerzas del orden y centró la atención de todo el mundo.

Donald Trump, entonces presidente del país, caldeó el ambiente criminalizando las protestas y señalando a «los antifascistas y la extrema izquierda» como responsables de los disturbios. Trump utilizó el término «Antifa» y anunció en su cuenta de Twitter que la designaría como organización terrorista. Obviamente, Antifa no es una organización y Trump lo sabe. El fiscal general se unió a la acusación del presidente:

En muchos sitios parece que la violencia está planeada, organizada y dirigida por grupos extremistas anarquistas de extrema izquierda que usan tácticas como las de Antifa.

Sin embargo, no era la primera vez que Trump señalaba a los antifascistas. «¿Dónde están? Se muestran con cascos, enmascarados… ¡Antifa!», gritó el presidente en un mitin en Phoenix (Arizona) en agosto de 2017. Unos días antes, Heather Hayer había sido asesinada, una joven antifascista que protestaba junto a miles de activistas contra la marcha neonazi Unite The Right en Charlottesville (Virginia). El supremacista blanco James Alex Fields Jr. atropelló con su coche a varios manifestantes, provocando varios heridos y la muerte de Hayer. Trump, lejos de condenarlo, dijo que «en ambos bandos hay buenos chicos», consciente de que la ultraderecha estadounidense —incluidos los grupos más marcadamente racistas y neonazis— le había apoyado desde el principio.

Magda Bandera, la directora de La Marea, me llamó cuando oyó las palabras de Trump anunciando que iba a «ilegalizar Antifa». Recientemente, habíamos publicado una exclusiva sobre un neonazi malagueño que se grabó haciendo prácticas de tiro contra fotos de varios miembros del Gobierno, cuyas imágenes circulaban por chats policiales. Seguimos la pista del sujeto y desvelamos sus vinculaciones con grupos neonazis,[200] su participación en la manifestación de Vallecas en 2009 tras el asesinato de Carlos Palomino y su aparición como guardia de seguridad en un mitin de Vox en Málaga. El tema estaba caliente todavía y el vídeo fue emitido por varias televisiones. Ante las palabras de Trump y la escalada de protestas en Estados Unidos y otros países contra el racismo policial, Magda me propuso hacer un especial en La Marea sobre ultraderecha y antifascismo y me dejó vía libre para, a lo largo del mes de junio de 2020, explicar en qué situación se encontraba la extrema derecha en el mundo y quiénes y cómo la combatían.

Coordiné el especial, que contó con la colaboración de periodistas como Youssef Ouled, Alba Sidera, Hibai Arbide, Patricia Simón, Carles X. Senso, Sara Montesinos y Javier Durán. También de investigadoras como María Luisa Pérez Colina, Carles Viñas, Pablo Carmona, Sebastiaan Faber, Proyecto UNA, Moussa Bourekba, Aurora Alí, Pablo Bonat, Miguel Urbán, Daniel Gil-Benumeya, Noelia Adánez y Laia Serra. Y no quise dejar fuera a activistas antifascistas como la rusa Inessa Dimnitch, el presidente de la asociación Never Again de Polonia, Rafal Pankowski, mi colega inglés y excoordinador de las secciones internacionales de las revistas Searchlight y Hope Not Hate, Graeme Atkinson y el estibador valenciano Juanjo Peris. Combinamos la publicación en abierto de los artículos con varias charlas y entrevistas en Youtube con el profesor norteamericano Mark Bray (autor del libro Antifa, editado por Capitán Swing, a quien acompañé en su presentación en València en 2019) y con el siempre lúcido Bob Pop, con quien tuve varios debates en directo sobre temas relacionados con la ofensiva de la extrema derecha.

Quise terminar el especial con un artículo sobre los movimientos antifascistas del Estado español y su evolución a lo largo de estos últimos treinta años, algo que me rondaba por la cabeza desde hacía tiempo y sobre lo que no había nada escrito. El texto se titulaba «El antifascismo que nació para combatir a la nueva ultraderecha». Entrevisté a varios activistas y me empezó a rondar la idea de transformar el artículo en un libro. En este libro.

A finales de los años ochenta, grupos neonazis muy violentos campaban a sus anchas por barrios y pueblos de todo el Estado. Las nuevas generaciones de activistas de izquierdas se organizaron para hacerles frente. Esta es la historia de varios de estos colectivos, algunos todavía activos treinta años después.

Este fue el preludio de lo que hoy es este trabajo que tienes entre manos.

A principios de 2007, Lucas Marco —hoy periodista de elDiario.es— me comunicó que se acababa de publicar un libro que posiblemente me interesaría. El dueño de una de las librerías más míticas de València le recomendaba todo lo que salía sobre la extrema derecha y Lucas me lo contaba. En esta ocasión, se trataba de Los amos de la prostitución en España (Ediciones B, 2007), del periodista de Interviú Joan Cantarero. En él desvelaba cómo funcionaba y quiénes estaban detrás del negocio de la prostitución en España, organizados en la llamada Asociación Nacional de Empresarios de Locales de Alterne (ANELA).

La génesis de este libro había empezado en diciembre de 2000 con la publicación en la revista Interviú del reportaje titulado «Los amos de la prostitución tienen un plan», en el que informaba sobre la creación de ANELA. Esta asociación pretendía intervenir en el debate sobre la regularización de la prostitución y presentarse como una garantía para que el negocio aportara al fisco pagando impuestos y estuviera «en buenas manos».

Joan y su compañero José Pérez-Marín descubrieron que detrás de ese entramado económico de la prostitución —diseñado entre Madrid, Barcelona, Sevilla y Málaga— había conocidos miembros de la ultraderecha española. En aquellos años no existían las redes sociales ni la información que hoy se encuentra en internet, por lo que había que comprobarlo todo en persona, así que durante meses los periodistas recorrieron varias ciudades de España investigando para la revista.

Joan identificó inmediatamente a dos personajes que retrata en su libro como impulsores de aquella patronal de la prostitución:[201] José Luis Roberto, abogado y actual líder de España 2000, que ocupó el cargo de secretario general técnico de ANELA, y Manuel Salazar, también abogado, amigo y socio de Roberto, simpatizante del partido, quien haría declaraciones a varios medios como «uno de los representantes legales» de ANELA.[202]

Cuando se publicó el reportaje, tuvo una extraordinaria difusión en prensa escrita, radio y televisión. Los amos de la prostitución retratados pensaron que era una oportunidad para que su iniciativa empresarial tuviera «buena prensa» y propusieron a los periodistas que les asesoraran para lanzar sus reivindicaciones regulatorias.

El redactor de investigación de Interviú se lo comunicó a Ángel Ibáñez, que entonces era subdirector de la revista. Cuenta en su libro:

Tenía claro que los conflictos con esta gente no tardarían en llegar, pero, sin duda, esta era una oportunidad única de conocer desde dentro a quienes controlan la prostitución en España.

La periodista Alejandra Arce lo explicó en La República en un artículo publicado en febrero de 2007:

Esta fue la oportunidad de Joan Cantarero para dar a conocer a través de esta investigación cómo los dueños de esos palacios llevan sus negocios; cómo los montan; cómo son sus relaciones con las prostitutas; cómo actúan los clientes; cómo actúa la policía cuando lleva a cabo redadas; cómo hacen para financiarse.[203]

En realidad, el plan lo habían urdido antes de publicar el reportaje de Interviú. Al más puro estilo Günter Wallraff, el periodista alemán que se especializó en adoptar distintas identidades para infiltrarse y denunciar todo tipo de conspiraciones, corruptelas y abusos del poder. Cantarero había estado con Wallraff en Barcelona en marzo de 1987, cuando vino a presentar su libro Cabeza de turco. En él contaba cómo se había hecho pasar por un trabajador turco para denunciar la explotación, el racismo y los abusos que sufrían los trabajadores migrantes en Alemania Occidental. Diez años después, Wallraff publicó uno de sus libros más brillantes: El periodista indeseable, una de las obras más inspiradoras para cualquier periodista de investigación.

El libro de Joan, cuyo contenido es mejor que descubran los lectores por su cuenta, hizo estallar todavía más las discrepancias entre las entonces marginales y enfrentadas extremas derechas españolas. Aquel vínculo con ANELA se rompió abruptamente casi cuatro años después, en 2004, no sin antes poner patas arriba a la ultraderecha, a grupos neonazis vinculados y otros negocios internacionales de la trama a través de reportajes en la revista Interviú sobre España 2000, Democracia Nacional y el nacimiento del Frente Antisistema (FAS), que daría paso al caso Panzer.

Joan, como no podía ser de otra manera, pasó a ser uno de los personajes más odiados por este sector ultra. La investigación estaba perfectamente acreditada con documentos internos de la propia asociación, fotografías y vídeos que el autor había ido recopilando durante los años que estuvo trabajando en la boca del lobo. Quedé con él varias veces y entendí por qué desde entonces se sentaba siempre mirando a la puerta. Nunca daba la espalda a ventanas ni accesos al local.

En 2008, Joan empezó a trabajar en otro libro, esta vez relacionado con los nazis que vivieron plácidamente en las costas valencianas hasta bien entrada la democracia. En concreto, siguió la pista de Aribert Heim, el «Doctor Muerte» del campo de concentración de Mauthausen, para reconstruir, en colaboración con el Centro Simon Wiesenthal, los vínculos de aquellos nazis de la Segunda Guerra Mundial refugiados en España con las organizaciones nazis españolas en el presente. El libro La huella de la bota (Planeta, 2010) cuenta, además, cómo se estaba organizando de nuevo la ultraderecha española tras las últimas operaciones policiales contra las principales bandas neonazis en 2005. En su investigación, Cantarero contó con informaciones de confidentes, policías y activistas antifascistas.

Lucas y yo asistimos a la presentación del libro en Dénia, precisamente en Casa Finita, que durante décadas había sido un punto de encuentro previo para la huida a Oriente Medio y Sudamérica de criminales nazis y fascistas españoles. Por allí había pasado Aribert Heim, el criminal de guerra nazi que se divertía, entre otros enfermizos experimentos, inyectando gasolina en el corazón de prisioneros republicanos españoles. Desde Casa Finita se organizó la huida de muchos asesinos, gracias a la complicidad de las autoridades franquistas y sus élites económicas, que no escondían sus simpatías y compadreos con «los alemanes» que moraban en las urbanizaciones de la zona y hacían negocio con la llegada del turismo en la década de los años sesenta. La película El sustituto (Óscar Aibar, 2021), estrenada justo cuando escribo este libro, cuenta una parte de esta historia que Joan contó diez años atrás.

En este chalé situado en la carretera de Les Rotes, la falangista Finita había abierto un hotel-restaurante, pero a finales de los años noventa se convirtió en un hotel de postín. Los nuevos dueños restauraron parte del edificio y quitaron la esvástica del Thule que coronaba la gran barbacoa del jardín desde 1951, una especie de guiño macabro de sus antiguos dueños a los campos de exterminio.

Joan era de los pocos periodistas que escribía sobre la extrema derecha en medios convencionales. Lo llevaba haciendo desde 1984 en Noticias al Día y la revista Tiempo. No interesaba demasiado el fenómeno, a no ser que hubiese morbo, espectáculo o tramas delincuenciales de por medio. Entonces sí se publicaban reportajes alertando de la vuelta de la ultraderecha, de los violentos skinheads neonazis o de las «peleas entre tribus urbanas» cuando había agresiones o cuando los antifascistas les plantaban cara.

Los que siempre prestaron atención e informaron sobre la extrema derecha fueron los medios de comunicación alternativos. Desde los fanzines y revistas, creados muchas veces por militantes antifascistas, hasta los primeros medios y webs alternativos, en los que se daban detalles que la prensa convencional muchas veces ni llegaba a entender ni se atrevía a publicar.

A partir, sobre todo, de los primeros repartos de alimentos «solo para españoles» y la llegada de Hogar Social Madrid, los medios empezaron a prestar mucha más atención a esta nueva cara de la ultraderecha. Una atención que los ultraderechistas supieron rentabilizar muy bien. Pocos años después, a partir de la irrupción de Vox, la extrema derecha entraría por la puerta grande y pasaría de la marginalidad mediática a una presencia diaria prácticamente en todos los medios.

La ultraderecha empezó a ocupar titulares, a aparecer en tertulias, debates, programas de entretenimiento y hasta en revistas del corazón. Hoy, su normalización ya es un hecho y gran parte de responsabilidad la han tenido también los medios de comunicación. La justificación de su presencia porque tienen representación en las instituciones o porque protagonizan algún acto multitudinario puede servir como excusa en casos concretos, pero que sus constantes exabruptos, la falta de criterio, su normalización y la banalización de su odio sean la norma ya es otra cosa.

La periodista catalana Alba Sidera, corresponsal de El Punt Avui en Roma, ha escrito numerosos artículos sobre la extrema derecha italiana y recientemente publicó el libro Feixisme persistent (Saldonar, 2019), sobre el proceso de normalización del fascismo en Italia, sobre todo a partir de Berlusconi hasta la llegada de Salvini al Gobierno.

Alba es muy crítica con los medios de comunicación españoles, que, según advierte, están repitiendo los errores que ya cometió la prensa italiana años antes con la extrema derecha, hasta que esta se coló hasta la cocina de la democracia. En una entrevista de Sònia Calvó en Media.cat, Alba lanzaba varias advertencias ante la llegada de Vox.

Creo que el periodismo debe informar sobre qué hace la extrema derecha, pero teniendo siempre presente no servirles de altavoz. Por ejemplo, sería un gran paso si se dejaran de poner como titulares todas las barrabasadas que dicen y las polémicas que pretenden protagonizar. Pero se hace: y así, a menudo, los medios son los mensajeros que propagan los discursos de odio de la extrema derecha a cambio de clics. Hay que acompañar la información del contexto y desmontando las falsedades, pero sin querer entrar en espectacularización ni ir detrás de ellos. Se debe evitar caer en la trampa de comprarles la agenda: acabar dedicando buena parte del tiempo a hablar de lo que ellos han decidido, aunque sea para contradecirlo.[204]

Además, Alba también advirtió sobre la infección en cierta izquierda de las ideas reaccionarias que algunos ideólogos neofascistas pretendían desde hacía años y, por fin, encontraban a quienes les servían de lubricante. Uno de estos personajes que causaron cierto revuelo en el Estado español fue Diego Fusaro, quien ataca lo que se denominan «políticas identitarias» y critica lo que llama «la izquierda fucsia arcoíris» y al antifascismo, porque considera que no existe tal fascismo que dicen combatir. Este personaje fue entrevistado, reivindicado e invitado por algunos periodistas, líderes y simpatizantes de la izquierda española, que incluso asistieron a su conferencia en Barcelona, a la que también acudieron conocidos líderes neonazis y fascistas. Alba publicó en 2019 en CTXT un artículo en el que alertaba sobre el peligro de este sujeto y de sus ideas tras ver cómo algunos nos enzarzábamos en las redes con quienes lo defendían, a pesar de sus tuits en los que insultaba a los miembros de los barcos de rescate de personas migrantes en el Mediterráneo y de que les mostrábamos fotos del mismo Fusaro dando charlas para los neofascistas de Casa Pound.

La extrema derecha en Europa tiene hoy por hoy dos grandes objetivos. Ambos se encuentran en el eje del discurso de Fusaro. Uno es contraponer los derechos sociales a los civiles: si los trabajadores sufren malas condiciones laborales es porque la izquierda solo se ocupa de los derechos de las mujeres y la comunidad LGTBI. El siguiente paso es suprimir estos derechos. El segundo objetivo es contraponer los últimos (inmigrantes) a los penúltimos (clase trabajadora).

[…] La reacción de la izquierda española ante Fusaro ha sido muy sintomática. El diagnóstico es confusión aguda y bajísima autoestima. Si la extrema derecha te adelanta, copiarla es siempre un mal negocio. Lo hizo la izquierda en Italia, se la comieron con doble ración de patriotismo y ¡fuera buenismo! Porque, como enseñó el maestro Berlusconi, cuando compras su marco mental es que ya te han vencido. ¿Y si en vez de eso la izquierda volviese a hacer de izquierda, sin complejos?[205]

El periodista Antonio Maestre, hoy subdirector de La Marea, llevaba tiempo escribiendo sobre la extrema derecha cuando lo conocí. Cuando Vox irrumpió en escena, empezó a desvelar las vinculaciones neonazis de algunos de sus candidatos y se mostró muy beligerante con la inmediata normalización del partido en los medios de comunicación. El partido lo puso inmediatamente en su diana y le interpuso varias denuncias por algunas declaraciones contra ellos.

El 24 de noviembre de 2021, mientras escribo este capítulo, Maestre anunciaba en sus redes que había ganado de nuevo uno de estos juicios.

¡Se acabó! Perdieron los fascistas. Tras dos años y nueve meses de recursos, han archivado la querella por la que Vox me pedía cuatro años de cárcel. La justicia ha confirmado que llamar fascista a Vox es libertad de expresión.

Maestre en ningún momento tuvo el apoyo de las principales asociaciones de prensa ni de gran parte del gremio cuando fue señalado y denunciado. El día que presentamos en Madrid el informe que coordiné titulado De los neocón a los neonazis: la derecha radical en el Estado español (Fundación Rosa Luxemburgo, 2021), me contó una anécdota que ilustra perfectamente la actitud de algunos profesionales de la información con otros periodistas que toman partido en la denuncia de la extrema derecha.

Fue a raíz del incidente que tuvo lugar en una tertulia radiofónica durante la campaña electoral de Madrid en abril de 2021, cuando Pablo Iglesias abandonó el plató tras la negativa de la candidata de Vox, Rocío Monasterio, a condenar las amenazas que había recibido en forma de carta con balas. El incidente causó cierto revuelo y fue pasto de las tertulias aquellos días, en las que muchos profesionales se sorprendieron y criticaron la actitud de la ultraderechista, más aún cuando fue Iglesias quien tuvo que abandonar el estudio y no ella. Maestre publicó entonces un tuit en el que criticaba el cinismo de muchos periodistas, que parecían haberse dado cuenta ahora de lo que era la ultraderecha. Al rato, alguien lo llamó por teléfono.

Un alto directivo de uno de los principales grupos mediáticos españoles me llamó y me dijo que había sido muy injusto diciendo eso. Me dijo que ellos habían estado siempre muy comprometidos con el tema. Yo le respondí que no estaba de acuerdo y que, además, habían ninguneado y despreciado desde siempre la labor de todos los periodistas que sí nos habíamos comprometido y habíamos puesto nuestro trabajo al servicio de los derechos humanos y en contra de los fascistas.

Me dijo entonces que el problema era que nosotros estábamos muy marcados ideológicamente. Yo le respondí que obviamente estábamos comprometidos, más que marcados. Porque de otra manera es imposible poner tu cuerpo sabiendo el desgaste que supone cubrir a la extrema derecha. Esto implica mirar cada vez que sales de casa, implica sentarse en una cafetería mirando a la puerta, querellas, amenazas de todo tipo contra ti y contra los tuyos, y represalias incluso a nivel laboral, que yo mismo sufrí.

En octubre de 2021, justo la semana que presentamos el informe sobre la derecha radical, el presidente de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), Nemesio Rodríguez, en el marco de la LXXX Asamblea General de la Federación, emitió un comunicado dirigido a los y las profesionales de la información en el que pedía «estar muy atentos a los discursos de odio, que son la antesala de los delitos de odio». Maestre lo comentó posteriormente con cierta ironía, más todavía porque las asociaciones de prensa lo habían ninguneado en más de una ocasión cuando había sido víctima de señalamientos y amenazas por parte de la ultraderecha y después de llevar años reafirmando nuestra posición firme contra los discursos de odio y su normalización en los medios. De hecho, cuando La Marea fue vetada por Vox —que nunca contestaba a nuestras preguntas—, no recibimos ninguna muestra de apoyo. Después, el partido ultraderechista vetó a varios medios generalistas, a los que acusó también de ser activistas.

Aquellos periodistas que hemos puesto nuestro trabajo, nuestro nombre y nuestra cara para combatir a la extrema derecha haciendo información, destapando quiénes eran, investigando y metiendo muchas horas de trabajo hemos sido completamente despreciados por una parte del periodismo. Se sienten superiores porque se sitúan con distancia frente al fenómeno y solo se atreven a dar la cara o levantar la voz cuando el monstruo ya está muy presente. Mientras, aquellos que hemos estado toda la vida advirtiendo, alertando e investigando solemos quedar siempre al margen. Se nos suele ignorar, despreciar, calumniar y ningunear. Y cuando esto pasa, ni siquiera salen en nuestra defensa cuando somos quienes ponemos el cuerpo para cubrirlos a ellos.

Es muy curioso también el sesgo de clase. Quienes ponemos siempre el cuerpo en estos asuntos, no solo en el periodismo, solemos venir de clase trabajadora. Hemos pateado la calle, estamos en los barrios y sabemos lo que implica enfrentarnos a esta gente. Quienes los reciben en salones no tienen estos problemas y nunca los han tenido.

Las contradicciones que genera que periodistas como nosotros estemos en medios generalistas no son baladís. Mientras muchas personas agradecen nuestra presencia en debates donde somos de las pocas voces que denuncian determinados asuntos y se enfrentan a la extrema derecha, otras consideran que contribuimos a blanquear a los mismos medios que dan voz a los ultraderechistas. La posibilidad de insertar determinados temas, discursos y marcos en los principales debates mediáticos es lo que nos ha motivado para aceptar el reto a la mayoría de periodistas como nosotros, asumiendo estas contradicciones y las críticas que se derivan, que no rehuimos.

Justo cuando terminaba de escribir este capítulo, el periódico Directa —en el que también colaboro y al que vi nacer— publicó la identidad y el historial de un peligroso grupo de neonazis de Catalunya recientemente detenidos por la Policía Nacional, a los que se relacionaba con el tráfico de drogas y la prostitución.[206] El reportaje incluía las relaciones de esta banda con los ultras del FC Barcelona, los Boixos Nois, así como con partidos políticos y grupos neonazis que habían protagonizado ya diversos altercados contra activistas y centros sociales —como L’Obrera de Sabadell— y uno de ellos con la paliza a un menor en la Sala Stroika de Manresa. Algunos de estos neonazis también habían estado apoyando a Societat Civil Catalana (SCC) en un acto en la Universitat Autónoma de Barcelona.

Al día siguiente de publicarse el reportaje, la Policía Nacional emitió una nota de prensa y un vídeo en el que desvelaba dicha operación policial y mostraba las drogas, el arsenal de armas y la parafernalia nazi incautada.

Los periodistas de este medio cooperativo se habían adelantado con la exclusiva y el gabinete de comunicación del Cuerpo Nacional de Policía se apresuró a decir la suya.

Dos semanas antes de terminar este libro, en noviembre de 2021, tanto El Salto como La Marea y otros medios como Arainfo o Kaos En La Red sufrieron un brutal ataque informático sin precedentes que mantuvo las webs inactivas durante varios días. Cuando este libro está a punto de ir a imprenta, todavía no se había esclarecido su autoría, pero los objetivos seleccionados y la fecha en la que lanzaron este ataque (fin de semana del 20N) apuntan a la motivación ideológica. Esto no hace más que reafirmar la importancia de estas plataformas y estos medios en su lucha contra la extrema derecha, y hay que recordar que su permanencia y su trabajo dependen también de las personas que se subscriben.

Los y las periodistas son trabajadoras y la profesión no se encuentra ni mucho menos en su mejor momento. Muchos de estos colegas escriben donde les dejan y donde les pagan algo por su trabajo. Otros tienen la suerte de encontrar una cabecera que les permite tratar determinados temas que en otras les resultaría mucho más difícil. Y los que hemos creado, financiado o formamos parte de los medios independientes a menudo nos sentimos afortunados por hacer lo que nos gusta y como nos gusta.

Esta reivindicación de los medios de comunicación independientes y de ciertos periodistas valientes con los que he tenido el placer de coincidir y entablar amistad no niega la existencia de muchos y muchas otras profesionales de la información que trabajan en medios generalistas e incluso en periódicos conservadores que son excelentes periodistas y personas honestas también comprometidas con los derechos humanos. Lo mismo pasa con algunas asociaciones de prensa. La Unió de Periodistes Valencians y el Grup de Periodistes Ramón Barnils han dedicado mucho esfuerzo a analizar y denunciar los discursos de odio y la cobertura de la extrema derecha. La Unió de Periodistes ha creado junto a CEAR-PV el observatorio Sense Tòpics,[207] que aborda el tratamiento mediático de las migraciones y publica cada año un informe. El Grup Barnils también publicó en 2021 el dosier El periodismo ante la extrema derecha dentro de su anuario, y mantiene en constante actualización un mapa de la censura, que denuncia los ataques y las censuras a periodistas.

En abril de 2017, la periodista grecofrancesa Angelique Kouronis vino a España para presentar su documental sobre los neonazis griegos de Amanecer Dorado, titulado Golden Dawn: A Personal Affair («Amanecer Dorado: Un asunto personal»). Para rodarlo, pasó un tiempo siguiendo a sus líderes y a sus militantes, preguntó a sus votantes los motivos de su apoyo y también habló con las víctimas de su violencia. Entre varias personas le organizamos la gira de presentación, que pasó por varias ciudades del Estado español. Desde entonces, seguimos en contacto y acaba de estrenar la segunda parte de su investigación: Golden Dawn: A Public Affair. Thomas, el compañero griego que vino con ella aquellos días de gira, sufrió dos ataques neonazis durante el rodaje que lo dejaron malherido. A pesar de ello, siguió adelante.

El principio del primer documental explica perfectamente los motivos de su rodaje. Y posiblemente es algo que debería explicar por qué esto es para muchos de nosotros también un asunto personal.

Soy periodista. Mi compañero es judío. Uno de mis hijos es gay. El otro, anarquista. Y yo soy feminista, izquierdista e hija de migrantes. Si Amanecer Dorado llega al poder, nuestro único problema será en qué vagón nos meterán.

Los y las periodistas son una parte más de esta historia. Este libro contiene abundantes referencias a artículos de prensa, reportajes y entrevistas que muestran la importancia que tiene la construcción del relato mediático sobre el fenómeno de la ultraderecha y de las luchas que se llevan a cabo desde distintos ámbitos para neutralizarla. También los temas que se eligen contar y cómo se explican en los medios influyen en la percepción de la ciudadanía del mundo en el que vivimos. Las noticias pueden incrementar sus miedos, sus prejuicios y sus odios, o neutralizarlos y ofrecer otros marcos para comprender mejor, ir a la raíz de los problemas y promover valores de igualdad, respeto y derechos humanos. No hay objetividad ni en la elección de los temas que se publican ni en cómo se cuentan, ni tampoco en quién elegimos para que complementen esas informaciones, como pasa con este libro, que no es para nada un relato objetivo, sino todo lo contrario. Este trabajo, igual que el periodismo, no es neutral. Y es que, en la defensa de los derechos humanos, la neutralidad, como la equidistancia, nos aleja cada vez más de la justicia. Construir un mundo más justo no es tarea fácil, pero a quienes lo intentan día tras día, en todos los frentes, va dedicado este libro.

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