Antifascistas

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09. El 20N de 1988 y el ataque neonazi en Tirso de Molina

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09. El 20N de 1988 y el ataque neonazi en Tirso de Molina

«No olvidarás que libre

solo es aquel que vive

mostrando sus dientes frente al dóberman».

EL CORAZÓN DEL SAPO, Salud y victoria, 2000

 

Madrid vivió la peor nevada de su historia reciente en enero de 2021. La ciudad quedó prácticamente paralizada por la acumulación de nieve y la ineptitud de sus gobernantes, que tardarían días en abrir las calles y retirar las toneladas de basura que se acumulaban junto a los contenedores. Llevaba un tiempo hablando con antiguos amigos de allí explicándoles el proyecto de escribir este libro y tratando de conseguir testimonios directos de la década de los ochenta. Era importante hablar directamente con alguien que hubiera vivido esa década. Y por supuesto, acceder a los archivos de los movimientos sociales de entonces, a los primeros ejemplares del Molotov y otros fanzines que ya contaban los primeros encuentros con los nuevos fascistas.

Finalmente, conseguí el contacto de Javier a través de un viejo amigo. Hoy tiene cincuenta y siete años, y hace tiempo que dejó de militar activamente en los grupos antifascistas, aunque recuerda perfectamente todo. Es más, conoce a la perfección cada nombre, fecha y dato sobre la extrema derecha, y no solo la madrileña. Además, su testimonio resultaba imprescindible para comprender la metamorfosis que vivieron tanto las extremas derechas como las izquierdas extraparlamentarias aquellos años de transición. Di con las personas adecuadas, sin ninguna duda.

Nos citamos los tres a media tarde, en las oficinas donde uno de ellos trabaja que era cuando se quedaban vacías. Hacía frío allí dentro y la nieve se acumulaba a montones incluso en la Gran Vía, en la calle Atocha y delante de la misma estación. No nos pudimos dar la mano. Ni siquiera vernos las caras, ya que no nos quitamos las mascarillas en toda la tarde, mientras grabábamos la entrevista. Luis, el amigo que nos puso en contacto, había militado con Javier en Lucha Autónoma y en los primeros colectivos antifascistas de la ciudad, que serían también de los primeros de todo el Estado. Entre los dos, me explicaron cómo fue todo.

Luis estaba un sábado tomando algo con sus amigos en el barrio madrileño de Malasaña, cuando se percató de la presencia de varios skins. «Llevábamos cresta, teníamos pintillas, y nos dieron dos hostias y salimos corriendo de ahí», recuerda. Era habitual que grupos de neonazis se pasearan desafiantes por las zonas de ocio buscando bronca. No solo skins, también rockers y otras bandas que se divertían cazando personas por su estética, o por una simple mirada, o con cualquier otra excusa. Luis, casi cuarenta años después, conserva una imagen grabada a fuego. Un conocido suyo se tambaleaba ebrio a la puerta de aquel bar donde los nazis les acababan de atacar.

En ese momento le tiraron al suelo y le dieron una somanta de hostias. Recuerdo una escena que nunca se me olvidará: un tío bajito, un skin, pegó un salto tipo NBA con una litrona en la mano y se la reventó en la cabeza. En ese momento salió un pavo, un tipo que dijo: «Es inadmisible lo que estáis haciendo, yo pienso como vosotros, yo soy fascista como vosotros, pero esto es un acto de cobardía, cinco contra uno». Pues a ese también le partieron la cara.

Era la víspera de la celebración del 20N del año 1988. Al día siguiente, como cada domingo cercano a la fecha, la extrema derecha convocaba varios actos de homenaje a Franco y a José Antonio en Madrid. Bases Autónomas se había concentrado los años anteriores al margen de las organizaciones nostálgicas, a las que repudiaba porque las consideraba caducas y formaban parte de la burguesía a la que decían combatir. Ese año, los nacional-revolucionarios habían lanzado su convocatoria nacional bajo las siglas de una organización que operaba en varias ciudades del Estado: Vanguardia Nacional Revolucionaria (VNR).

Se convocó un acto en la plaza de Chamberí que pretendía reunir a jóvenes neonazis de todo el Estado e incluso de otros países. Muchos de ellos vinieron días antes para pasar el fin de semana en la ciudad. Ya era habitual de otros años que las noches anteriores al 20N, empapados en alcohol y amparados por el anonimato de una ciudad de paso, se dedicaran a provocar incidentes y agredir a quienes se les cruzaran, y no siempre por motivos políticos.

Las agresiones de aquel sábado en Malasaña de las que fueron víctimas y testigos Luis y sus compañeros, junto con otras que tuvieron lugar esa misma noche y los días previos en otras zonas, hicieron sonar las alarmas. Algunos comentaban incluso que los neonazis habían grabado con una navaja las siglas del GAL en la piel de alguien. Se temía que al día siguiente los neonazis se pasaran por el Rastro que cada domingo llenaba la plaza de Tirso de Molina, donde se juntaba la gente de izquierdas y había varios puestos de organizaciones políticas. Ya habían hecho acto de presencia alguna vez y habían increpado a las personas que montaban puestos políticos y a los punkis, que pasaban las horas en los escalones tomando cerveza y escuchando música. También los toxicómanos y las personas sin hogar eran a menudo objetivo de los nazis. La pandemia de la heroína hizo estragos en toda una generación y los yonquis formaban parte del paisaje urbano habitual, sobre todo en los barrios obreros.

Javier lo relata así: «Ya llevábamos meses o años con el temor de que ese grupo de nazis que habían venido de otros puntos del Estado (porque no había tantos en Madrid) aprovechara su número. Temíamos que, con el envalentonamiento de la noche anterior, a la salida de alguna misa o de algún acto fascista que tenían por la mañana, asaltaran el Rastro. Asaltar los puestos del Rastro se había convertido en una tradición; esto venía de mucho antes, ya lo había hecho Primera Línea de Falange, lo había hecho Falange Independiente y lo había hecho el Frente de la Juventud». Pero no siempre coincidía con el 20N. Podía ser cualquier domingo, cualquier día de Rastro.

Lo que los ultraderechistas no esperaban era que ese año se había previsto un posible ataque. «Nosotros habíamos logrado organizar a bastante gente en grupos de autodefensa. Creo recordar que era la primera vez en mucho tiempo que se volvía a hacer. Era por grupos de afinidad, personas que nos conocíamos». Desde primera hora de la mañana, situadas en puntos estratégicos de la plaza, decenas de personas vigilaban los accesos. Cientos de personas transitaban como cada domingo por el Rastro, totalmente ajenos a lo que estaba a punto de pasar.

El fanzine de contrainformación Molotov relató así lo sucedido:

Con motivo del decimotercer aniversario de la muerte del Paquito, el fin de semana del 18, 19 y 20 de noviembre en Madrid estuvo salpicado de mogollón de broncas montadas por los fascistas de todos los pelajes. Los cabezas rapadas nazis montaron una concentración a nivel nacional en Madrid. Distribuidos en bandas, el viernes y sábado se dedicaron a dar palizas al que se les ponía por delante. En Argüelles y Malasaña, marcaron con navajas sobre la gente cruces gamadas y las iniciales GAL. Además, asaltaron un garito gay en Chueca, donde apalearon a los clientes y destrozaron el local. En el barrio de Salamanca, zona Goya, se enfrentaron con la madera, que esperó a que quemasen cuatro coches y destrozaran cabinas de teléfono para intervenir.

El domingo, hubo cinco concentraciones de corte fascista en cinco puntos diferentes del foro. Los puestos de la basca maja del Rastro, que se olían la movida, fueron preparados para defenderse. Primero curraron a dos «exploradores» de los neonazis, y después pusieron en fuga a unos quince cabezas rapadas que venían a currarles. Pero hacia las dos de la tarde, finalizada la concentración de los nazis (Vanguardia Nacional Revolucionaria) en Chamberí, unos veinte fascistas volvieron a atacar los puestos. El personal, pillado por sorpresa, salió por patas. Recuperados rápidamente del susto, se lio una pelea. El balance fue: los nazis abrieron tres cabezas y destrozaron tres puestos (Asociación de Familiares y Amigos de los Presos Políticos, PCPE y CNT-AIT), y la basca apaleó a ocho fascistas. Cuando los atacantes se piraron, llegaron los pitufos y se lio otra vez entre los puestos y las fuerzas represivas. Tres guindillas tuvieron la cabeza abierta y la basca recibió lo suyo. Los pitufos sacaron varias veces las fuscas y detuvieron a uno de los defensores del Rastro, que fue puesto en libertad a la 1.30 de la noche, tras pedir el habeas corpus.

Varios nazis fueron detenidos, pero enseguida liberados de nuevo. Solo uno fue llevado a la comisaría, porque si no la gente se lo cepilla. Un poquito más tarde se apaleó a cuatro «calvos» y se destrozó un coche que pasó con una bandera del pollo frito.

También los fachas la montaron en Goya pegando a la gente, quemando coches y corriendo delante de la madera. Es de resaltar que, en todo el fin de semana, la pasma no detuvo a casi ningún facha, y solo intervino cuando quemaron coches. A esta democracia de pastel se le ve el plumero.

En Barcelona, ya durante los años ochenta, el Doce de Octubre era reivindicado por los grupos de extrema derecha, una tradición que todavía hoy continúa. En el barrio de Sants se concentraban los miembros y simpatizantes de varias organizaciones ultraderechistas, como la Asociación Nacional de Ex Combatientes, Juntas Españolas y otras, que convocaban conjuntamente para reivindicar el Día de la Hispanidad. Por su parte, los grupos de la izquierda independentista, como el Moviment de Defensa de la Terra (MDT) o Catalunya Lliure, junto a colectivos antiimperialistas convocaban en otros puntos de la ciudad, para contraprogramar los actos de la extrema derecha. Los encuentros entre ambos grupos eran habituales. Aquel año se leyó un manifiesto en el que se condenaba la dictadura de Pinochet y la injerencia estadounidense en Nicaragua contra el gobierno sandinista.

La portada del diario Avui del 13 de octubre de 1989 muestra una foto a todo color con dos hombres en una moto que portan una bandera española franquista que luce el águila de san Juan. A escasos metros, un joven de estética skinhead —con las botas bien altas y una cazadora Harrington roja— corre hacia los fascistas con un bate de béisbol en la mano; como si fuera un palo de bandera, lleva enrollada una señera. Aquel día, tras el acto de extrema derecha, varios participantes bajaron con sus vehículos hasta donde se celebraba el acto independentista. «La llegada de jóvenes ultraderechistas a plaza Cataluña de Barcelona, cuando se dispersaba una manifestación de signo independentista contra el Día de la Hispanidad, provocó algunos incidentes en los que resultaron heridos leves manifestantes de una y otra parte». La noticia en el interior del periódico muestra otra foto de un joven con la cabeza sangrando. Los ultraderechistas habían ido a buscar a los independentistas que quedaban tras finalizar ambos actos y, sin que la policía interviniese, se montó una batalla campal en pleno centro de la ciudad. Posteriormente, la sede de Catalunya Lliure, una organización independentista de izquierdas, fue atacada por unos desconocidos.

La noticia del diario Avui mostraba también una foto de Jordi Pujol sonriente saludando al rey emérito, Juan Carlos I, y a la reina Sofía en Barcelona. Abajo, la crónica de las protestas. El periódico destacaba que el acto ultraderechista «tuvo como novedad el hecho de que uno de los parlamentos fue hecho en catalán, “una de las lenguas españolas”, según afirmó el vicepresidente del Frente Nacional, José Anglada». Anglada, que más tarde se haría llamar Josep, fundaría posteriormente la Plataforma Vigatana, con la que llegó a ser concejal en su localidad, Vic. Más tarde crearía la Plataforma per Catalunya, la formación de extrema derecha que logró sesenta y siete concejales solo en Catalunya en 2011, y que estuvo a punto de entrar en el Parlament. «Se defendieron los valores de la hispanidad que simbolizan “una lengua, una raza, un espíritu”», concluye la crónica.

Sin embargo, el Doce de Octubre más violento de aquellos años fue el de 1991, tal y como recuerda el antropólogo Manuel Delgado en su blog:

De la concentración fascista en la plaza de los Países Catalanes salió una brutal marcha sobre el centro de la ciudad en el transcurso de la cual decenas de personas fueron golpeadas por su aspecto de rojos, punkis, inmigrantes, pero también fotógrafos que intentaban cubrir la noticia. A un hombre mayor que atendía un stand de la CNT en las Ramblas le abrieron la cabeza. Fue un alucinante recorrido de dos horas por la calle Tarragona, la Gran Vía, la plaza Catalunya, la calle Ferran, Astilleros…, sin que la Policía Nacional, presente en todo momento, hiciera nada para impedirlo, a diferencia de los Mossos que sí que intervinieron y detuvieron a nueve skins la misma mañana. Ante el escándalo de la pasividad de la policía española ante las agresiones a mansalva que se estaban produciendo ante sus ojos, al día siguiente se produjo una detención masiva de skins. Más de ochenta fueron detenidos —treinta y siete de ellos de vez en un bar musical de l’Hospitalet— y diez condenados posteriormente a penas de prisión.

Los residuos franquistas, que trataban de mantener vivo el espíritu de la dictadura, perdían protagonismo frente a nuevas organizaciones como BBAA en Madrid, AR en València y VNR en otros puntos del Estado, así como bandas neonazis que no respondían a ninguna sigla. Estos nuevos grupos violentos de extrema derecha ya estaban siendo vigilados por algunos militantes de izquierdas que conocían bien a sus líderes, pues venían de otras formaciones o ya la habían tenido con ellos en la universidad.

 

Vienen del naufragio del 23F. Habían comenzado a replantearse su supervivencia en un mundo donde nadie los quería. Ni izquierda ni derecha. Y empiezan a usar un lenguaje diferente, a cambiar el discurso. Estaban muy influenciados por los alemanes, ya miraban a Europa. Ya no es el facha de siempre —comenta Javier.

 

Él y otros militantes ya se las habían visto con el Frente de la Juventud y otros fascistas desde la muerte de Franco, pero la irrupción de Bases Autónomas, sobre todo en la universidad, supuso un nuevo reto. Además de la algarada en las protestas universitarias de 1984, Javier destaca que dos años después los estudiantes de izquierdas los volvieron a expulsar de las movilizaciones —esta vez se presentaron junto a Falange Independiente.

Sí que había conciencia, pero sobre todo a la gente nueva le costaba entrar en esa dinámica. Primero, porque siempre hemos arrastrado un debate sobre la violencia. Después, porque quien se pone a dar se pone a recibir. Pero hay un punto de inflexión cuando la gente se da cuenta de que atacar, nos van a atacar igual. Entonces podemos hacer dos cosas: poner la cabeza para que nos la abran o intentar que no nos la abran y darles primero. Así superamos la primera parte del debate sobre la violencia.

Este debate sobre el uso de la violencia que comenta Javier todavía perdura y eso se verá a lo largo de este libro. Sin embargo, en esta primera etapa del antifascismo postfranquista, todas las personas consultadas reconocen que la violencia ejercida contra los grupos fascistas era principalmente de autodefensa. No será así siempre, porque más adelante los «ataques preventivos» y las campañas de ofensiva antifascista supondrán una escalada en la confrontación directa con estos grupos y sus militantes. Algo siempre rodeado de debates. Además, la represión y la criminalización del movimiento antifascista se han valido de la violencia ejercida en algunos momentos, aunque sea de autodefensa, para apuntalar el relato de «los extremos», que compara fascistas con antifascistas, algo que los medios de comunicación, las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y determinados actores políticos han explotado hasta la obscenidad.

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