Antifascistas
11. La anciana judía que venció al nazi de las SS
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11. La anciana judía que venció al nazi de las SS
«Molta gent creu que lluitar és agafar un arma,
però lluitar és unir-se per defensar una idea».
NEUS CATALÀ (1915-2019), luchadora antifascista
durante la guerra civil y superviviente del campo
de concentración nazi de Ravensbrük
Un castillo blanco corona la villa de Constantina, en la sierra norte de Sevilla. Don Juan lo adquirió e hizo una fortuna habilitando viviendas para los oficiales norteamericanos que habían llegado a Morón tras la firma del tratado por el que se instalaron en la Península diversas bases militares de Estados Unidos. El acento francés de don Juan, su carácter arrogante y vehemente, y su pasión por el arte envolvían al personaje en cierta aureola de misterio. Era una persona culta que tenía muy buenos contactos con las autoridades y poseía una buena muestra de obras de arte. Don Juan de la Carlina en realidad era Leon Degrelle, un antiguo oficial de las Waffen-SS belgas y fundador del movimiento fascista Christus Rex (Rexismo), que había colaborado con los nazis durante la ocupación de Europa. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, escapó de los Aliados desde Noruega en un avión que aterrizaba aparatosamente en la playa de la Concha de San Sebastián después de quedarse sin combustible a la altura de Biarritz.
Degrelle estuvo un tiempo escondido y protegido por Hans Joseph Hoffmann, antiguo cónsul honorario general de Alemania en Málaga y exmiembro de la Gestapo. Se le considera un hombre clave en la Red Ogro, que organizó la escapada y ocultación de nazis huidos tras la guerra. A Degrelle se le facilitó dinero, documentos falsos y finalmente el falangista pronazi Eduardo Ezquer lo acogió en su finca extremeña. En 1954, se le otorgó la nacionalidad española para evitar la extradición que pedía Bélgica. Con el nombre de José León Ramírez Reina, viviría plácidamente en España hasta su muerte, en 1994.
Según Korentin Falc’hun —doctor en Historia y Ciencias Políticas y experto en la figura de Degrelle—, este criminal de guerra nazi despertó la admiración de la juventud neofascista española y europea, ya que era uno de los líderes fascistas todavía vivos en los años ochenta. Curiosamente, precisamente esa década es cuando vive sus mejores años en España, sin que el Gobierno de Felipe González le moleste lo más mínimo y con los honores que le rendía la nueva generación de ultraderechistas.
Degrelle no fue el único criminal de guerra que se refugió en el Estado español después de la Segunda Guerra Mundial. Según acreditan numerosos libros, documentales y archivos de todo tipo, muchísimos nazis y fascistas que lograron escapar gozaron de una cómoda estancia en la España franquista. Algunos de ellos huyeron a través del Vaticano, que incluso llegaría a facilitarles documentación falsa y salvoconductos de la Cruz Roja. El cineasta griego Costa-Gavras retrató la equidistancia de la Santa Sede ante el Holocausto en su magnífico film Amén (2002). Mientras tanto, en España, la Iglesia católica bendecía a los golpistas y llevaba a Franco bajo palio. Es necesario recordar la gran cantidad de nazis y fascistas que vivieron o pasaron por España para comprender la importancia de algunos de ellos, como Leon Degrelle, en el desarrollo de los movimientos neofascistas y neonazis españoles.
Los nazis y fascistas, no solo los españoles, los siguen venerando hoy en día. De él piensan que fue un hombre de acción con convicciones irreductibles que se mantuvo firme hasta el final, pero acabó siendo víctima de la democracia; peor aún, víctima en sus últimos días de una anciana judía superviviente de las cámaras de gas. Con lo que no contaba Degrelle era con que su verborrea vehemente acabaría por llevarlo en sus últimos años de vida a un proceso judicial. Según varias fuentes, este proceso fue la causa de que finalmente se incluyera en el Código Penal de 1995 la exaltación nazi y la negación del Holocausto.
La actividad política y el carácter irreverente de Degrelle habían llamado la atención tanto de la prensa extranjera como de los llamados cazadores de nazis. Muchos de ellos eran judíos supervivientes del Holocausto que se dedicaban a investigar dónde habían acabado los responsables del genocidio que lograron escapar tras la guerra. Degrelle era todo un trofeo no solo por su responsabilidad durante la ocupación nazi de Bélgica, sino también por la impunidad con que desarrollaba desde España una actividad política incesante en la que banalizaba el Holocausto y glorificaba el nazismo. Hasta que una entrevista en la revista Tiempo, el verano de 1985, lo cambió todo.
¿Los judíos? Mire usted, los alemanes no se llevaron judíos belgas, sino extranjeros. Yo no tuve nada que ver con eso. Y evidentemente, si hay tantos ahora, resulta difícil creer que hayan salido tan vivos de los hornos crematorios. […] El problema con los judíos es que quieren ser siempre las víctimas, los eternos perseguidos, si no tienen enemigos, los inventan.
Falta un líder; ojalá que viniera un día el hombre idóneo, aquel que podría salvar a Europa… Pero ya no surgen hombres como el führer […]. Han sacado los huesos y hasta los dientes de Mengele… ¡Hasta dónde llega el odio! A mi juicio, el doctor Mengele era un médico normal y dudo mucho que las cámaras de gas existieran alguna vez, porque hace dos años que hay una recompensa en Estados Unidos para aquel que aporte pruebas de las cámaras de gas. Son cincuenta millones de dólares y todavía no ha ido nadie a recogerlos.
Violeta Friedman nació en Marghita (Rumanía) en 1930. En 1944, con catorce años, fue deportada junto a su familia al campo de exterminio nazi Auschwitz II-Birkenau (Polonia). Solo su hermana y ella sobrevivieron. Sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos fueron gaseados poco después de ingresar en el campo. Tras la derrota de los nazis, Violeta vivió en Canadá y en Venezuela, hasta que en 1965 se divorció y se trasladó definitivamente al Estado español con su hija Patricia.
Cuando vio que Degrelle negaba el Holocausto y banalizaba el genocidio nazi, Friedman decidió tomar cartas en el asunto y presentar una demanda ante el juzgado de primera instancia número 6 de Madrid. Alegó que las declaraciones del nazi belga atentaban contra su honor y el de los millones de judíos exterminados por los nazis.
Violeta acudió al juicio acompañada de otros españoles supervivientes de los campos nazis y despertó una gran expectación mediática. Nadie se había atrevido hasta entonces a poner el foco sobre el discurso de odio nazi y antisemita, y menos ante el negacionismo del Holocausto. A las puertas del juzgado, Violeta Friedman tuvo que soportar el acoso y los insultos de varios neonazis, algunos de ellos miembros de CEDADE. Ella y el resto de supervivientes habían visto perecer a sus compañeros en los campos de exterminio y todavía llevaban tatuado un número en el brazo.
El juez consideró que el reportaje no atacaba el honor de Violeta, porque en ningún momento la nombraba ni aludía personalmente. Por otro lado, afirmaba que las declaraciones del señor Degrelle estaban amparadas por el derecho a la libertad de expresión. Pero Violeta no se rindió y presentó recurso de apelación ante la sala primera de lo civil de la Audiencia Territorial de Madrid y ante el Tribunal Supremo. Ambos rechazaron de nuevo la denuncia. Finalmente, cinco años después de la primera demanda, acudió al Tribunal Constitucional.
El 22 de marzo de 1990, la sección segunda de la sala primera del Tribunal Constitucional acordó admitir a trámite la demanda de amparo, a pesar de la oposición del fiscal. Por fin, el 11 de noviembre de 1991 se dictó la sentencia que reconoce el derecho al honor de Violeta y declara nulas las sentencias anteriores. Según explica la Fundación Violeta Friedman en su web, este sería el motivo por el que se incluyó en el Código Penal español de 1995 el artículo 607, en el que se hace referencia a los delitos de genocidio.
Degrelle, rabioso por haber sido vencido por una anciana judía, todavía participaría en varios actos de los grupos neofascistas y neonazis hasta su muerte el 31 de marzo de 1994. El nazi pasó sus últimos años quejándose de que había sido víctima de la opinión pública, que cuestionaba su cruel y hasta ese momento impune vehemencia. Siempre me ha llamado la atención la cobardía de quienes presumen de honor y orgullo por su ideología, pero son tan cobardes de negar lo que hicieron. Públicamente, claro, porque los más osados incluso le ponían el nombre del gas que usaban los nazis a sus fanzines (Zyklon B) y en sus manifestaciones coreaban: «¡Seis millones más!», en referencia al exterminio de judíos.
Sus seguidores captaron el mensaje: a partir de entonces, deberían tener mucho cuidado con lo que decían y hacían. Esto no significó un descenso de los ataques ni de los actos neonazis, ya que fue a partir de aquellos años cuando empezaría la escalada de violencia más mortífera y cuando se reorganizaría el neonazismo español, más allá de círculos intelectuales como CEDADE.
A principios de 1994, el periodista Iñaki Gabilondo invitó a Violeta Friedman al programa Gente de primera, que se emitía en TVE.[10] Unos meses antes, la película de Steven Spielberg La lista de Schlinder había provocado un revuelo a nivel mundial y había traído de nuevo a la actualidad el tema del Holocausto en un momento en el que la violencia neonazi se extendía por gran parte de Europa y Estados Unidos.
Iñaki Gabilondo. Violeta, ahora resulta que cincuenta años después, cuando todos creíamos que ya estábamos vacunados contra según qué espanto, vemos que rebrota el racismo otra vez en tantos lugares del planeta. ¿Cómo es posible?
Violeta Friedman. Es algo horroroso. ¿Cómo es posible? Pues yo creo que porque, en parte, nunca fue realmente enfrentada la historia. Los alemanes no querían enfrentarse con su historia verdaderamente, porque si no habrían educado de otra manera a la nueva generación, con ideales muy diferentes. Sin embargo, ha habido una permisibilidad que ha permitido brotar ese nazismo que no ha muerto ni morirá nunca. Han permitido a los antiguos nazis que reconstruyeran una ideología tan vil, tan diabólica y satánica como fue la hitleriana.
En la entrevista, Friedman explica que, cuando llegaron a Auschwitz tras varios días de viaje, nada más bajar del tren fueron recibidos por el mismo doctor Mengele, a quien Degrelle compadecía en su entrevista y presentaba como una víctima. Este doctor se caracterizó por experimentar con prisioneros, sobre todo con niños principalmente gitanos.
Violeta confiesa que permaneció treinta y ocho años callada, hasta que vio la cantidad de propaganda revisionista que negaba el Holocausto y cómo se difundía impunemente esta falsificación de la historia que pretendía negar lo que ella misma había vivido y sufrido. Entonces decidió hablar y reivindicar su papel en la historia, como muchos otros supervivientes que presentaron batalla frente a la rehabilitación de la ideología genocida. Iñaki cita entonces a Leon Degrelle, que había fallecido unas semanas antes en España.
Violeta Friedman. Todos a los que él ha enseñado creen que es mentira todo. […] Él fue responsable de la reestructuración del nazismo en España. Él y Otto Skorzeny, que murió hace unos años.
Iñaki Gabilondo. ¿Hay en España en este momento brotes neonazis que nos deban inquietar?
Violeta Friedman. Sí. Aunque sean pocos y pequeños, siempre deben inquietarnos. […] Es imprescindible conocer el pasado no tan lejano, que todavía estamos algunos aquí para contarlo. Más que nada para que se sepa las consecuencias a las que conduce una ideología criminal.