Antifascistas

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12. Rostock y Silvio Meier: el terror neonazi en Alemania

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12. Rostock y Silvio Meier: el terror neonazi en Alemania

«Time don’t do it again,

now I’m stressed & strained

with anger & pain».

MANO NEGRA, Out of time man, 1991

 

Cientos de jóvenes lanzan piedras y cócteles molotov contra un edificio. Una bomba incendiaria se cuela por una ventana y el fuego se extiende por el interior de la vivienda. Se oyen gritos y aplausos. Esto sucede una noche de agosto en la ciudad alemana de Rostock. No hay rastro de la policía. En la casa de los girasoles, que es como se conoce este edificio, viven unas ciento cincuenta personas. La mayoría de ellas son trabajadores migrantes de Vietnam. Escapan como pueden de las llamas y se suben al tejado del edificio, donde los bomberos consiguen rescatarlas. Llevan tres días sufriendo ataques de todo tipo e insultos de los vecinos. Finalmente, la noche del 24 de agosto de 1992 el edificio arde.

Apenas han pasado dos años desde la reunificación de las dos Alemanias, tras la caída del muro de Berlín. A Rostock, que había vivido décadas el comunismo, llegaron neonazis de todo el país que, junto a un buen número de vecinos de la ciudad, actuaron impunemente durante tres días. El centro que gestionaba la acogida de personas refugiadas del estado federado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental se encontraba en la parte baja del edificio atacado. A Alemania habían llegado cerca de medio millón de personas huyendo de la guerra en Bosnia —que había comenzado unos meses antes— y de la convulsa situación en la que se había quedado Rumanía tras la caída de Ceaucescu tres años atrás. Entre los refugiados había varias familias romanís.

Por el barrio de Lichtenhagen deambulaban cada vez más personas refugiadas con el único objetivo de conseguir una cita en las abarrotadas y precarias oficinas del centro de acogida, situadas en la parte baja de la casa de los girasoles. Muchas de estas personas dormían en la calle y sobrevivían como podían. La mala gestión institucional, el descontento general con la situación económica y la concentración de personas refugiadas sin mucho que hacer abonaron el terreno a la propaganda racista y se desató la cacería al extranjero, pese a que en el edificio también vivían alemanes desde hacía diez años.

Vi las imágenes por televisión. Las vio todo el mundo. Era una horrible escena que recordaba a la Noche de los Cristales Rotos. De nuevo un pogromo en Alemania, que no fue el único aquellos años. Un año antes, en 1991, en el municipio de Hoyerswerda (Sajonia) también se desató una cacería neonazi, pero esta pasó inadvertida a la prensa internacional. El 17 de septiembre, un grupo de neonazis agredió brutalmente a unos vendedores ambulantes vietnamitas. Cuando llegó la policía, los agresores se dirigieron a un hotel en el que se alojaban trabajadores mozambiqueños a quienes la RDA había concedido asilo unos años atrás, cuando el país africano —gobernado por la socialista FRELIMO (Frente de Liberación de Mozambique)— se encontraba en plena guerra civil con la anticomunista RENAMO (Resistencia Nacional Mozambiqueña). Los disturbios se prolongaron tres noches y, finalmente, el centro que gestionaba las solicitudes de asilo fue pasto de las llamas. Los neonazis cazaron a los solicitantes de asilo mientras huían del fuego y los golpearon sin piedad ante los aplausos de cientos de vecinos.

El 23 noviembre de 1992 —tres meses después de los sucesos de Rostock—, Yeliz Arslan —de diez años—, Ayse Yilmaz —de catorce— y su abuela Bahide Arslan —de cincuenta y uno— morían calcinadas en su casa, en la pequeña ciudad alemana de Mölln, tras un ataque con cócteles molotov perpetrado por Lars C. y Michael P. —dos jóvenes neonazis de la ciudad—. Las víctimas eran de origen turco. Los autores del crimen, de diecinueve y veintiséis años, eran responsables de más ataques xenófobos. Llamaron a la policía para reivindicar el atentado, al grito de Heil Hitler! Fueron detenidos una semana después. El periódico El País informó de las detenciones el 1 de diciembre, pero añadía:

En la noche del domingo al lunes se produjeron nuevos ataques contra albergues para refugiados. En Winsen, en las cercanías de Hamburgo, la policía detuvo a cinco individuos borrachos que habían prendido fuego a un albergue e intentaban quemar otro. En Würzburg, en Baviera, una llamada a la policía avisó de que una vieja estación de tren, usada para albergar a refugiados, estaba ardiendo. El comunicante, al igual que sucedió en Mölln, acabó saludando: Heil Hitler![11]

Alemania vivía entonces un acalorado debate sobre la gestión de la migración y el asilo a personas refugiadas. Tanto el partido conservador CDU como varios medios de comunicación empujaban hacia una reforma legal que limitara los permisos y restringiera la llegada de personas de otros países. La policía parecía observar desde la barrera los episodios de violencia racista que se desarrollaban ante sus narices y siempre tardaba en actuar. Se acusaba a las personas migrantes de que recibían más ayudas que los alemanes y se las acusaba del más mínimo incidente que ocurriera. Un relato potenciado por la extrema derecha hasta nuestros días, al que a menudo se suman políticos conservadores y medios de comunicación.

No había pasado ni un año desde el vergonzoso pogromo de Rostock y el atentado de Mölln, cuando el terror neonazi volvió a golpear Alemania. La noche del 28 de mayo, cuatro jóvenes neonazis rociaron con gasolina la vivienda de una familia turca en la localidad de Solingen (Renania del Norte-Westfalia). Gürsün İnce, de veintisiete años, saltó al vacío con su hija de cuatro años en brazos para huir del fuego. La niña sobrevivió, pero la madre murió. Hatice Genç, de dieciocho años, Gülistan Öztürk, de doce, Hülya Genç, de nueve, y Saime Genç, de solo cuatro años, perecieron devoradas por las llamas. Un bebé de seis meses y un niño de seis años resultaron gravemente heridos.

Tres días antes del ataque, el 26 de mayo de 1993, se había cambiado la ley fundamental para limitar el acceso al estatuto de refugiado. El Bundestag alemán lo acordó con dos tercios de los votos, modificando así la ley que había permitido a todos los refugiados políticos acceder al estatuto de refugiado. Esta medida no era suficiente para los neonazis, que decidieron actuar para limitar a su manera la presencia de extranjeros en su país.

Los autores del ataque eran muy jóvenes. Felix Köhnen tenía solo dieciséis años y provenía de una familia de clase media. Su padre era médico y su madre arquitecta, ambos activistas en movimientos pacifistas y ecologistas. Christian Reher también tenía dieciséis años, pero se había criado en hogares de acogida. Christian Buchholz tenía diecinueve años y también provenía de una familia de clase media. El mayor de todos, Markus Gartmann, tenía solo veintitrés años y militaba en el partido de extrema derecha Unión del Pueblo Alemán (DVU). Todos ellos coincidían en una academia de artes marciales de la ciudad y compartían el ideario ultraderechista. Sus diferencias sociales, familiares y económicas reflejan, a modo de ejemplo, que el militante ultraderechista no responde a un solo perfil, sino que es tan variado como el militante de izquierdas. Lo que sí compartían todos ellos era su juventud. Y posiblemente frustraciones. Y odio. Odio a muchos colectivos diversos, pero en este caso a quienes consideraban culpables de sus males y beneficiarios de lo que les correspondía a ellos como alemanes. Hasta el punto de querer quemarlos vivos.

Una semana más tarde del crimen de Solingen, se produjo en Fráncfort del Meno otro ataque racista contra un edificio en el que vivían treinta y cuatro migrantes. El incendio fue detectado a tiempo y no hubo que lamentar víctimas.

En solo dos años, los ataques de la extrema derecha se habían incrementado de modo alarmante. De los 306 ataques registrados en 1990 se pasó a 1.498 en 1991 y a 2.639 en 1992. Según un informe que elaboró la Oficina Federal para la Protección de la Constitución aquellos años, los servicios secretos alemanes calculaban la existencia de unos 42.400 activistas ultraderechistas organizados en torno a por lo menos setenta y siete grupos distintos por todo el país. Este informe intentaba explicar el fenómeno de una manera probablemente demasiado simple: «pérdida de los lazos sociales y de los valores, carencia de orientación y perspectivas, intolerancia y exigencias exageradas». Según este análisis, «el grupo les proporciona reconocimiento, seguridad y autoconciencia (sentimiento del “nosotros”). Esto tiene especial validez para las bandas que actúan de forma marcial, como los grupos neonazis o los cabezas rapadas». El informe también hacía referencia a la música neonazi con letras que glorifican la violencia, al consumo de alcohol y los procesos de escalada en la dinámica del grupo, así como el estímulo y el efecto imitación que provocaban las noticias sobre los constantes ataques neonazis.

Tras los sucesos de Rostock, miles de personas se movilizaron para protestar contra la violencia neonazi y el racismo. Cerca de quince mil personas se manifestaron por la ciudad y terminaron ante el albergue incendiado una semana antes por neonazis. La policía alemana había tomado la ciudad y controlaba los accesos desde las autopistas. Unos 3.500 manifestantes que venían en autobús desde Berlín, Hamburgo y otras ciudades fueron retenidos a decenas de kilómetros de Rostock y tuvieron que esperar horas en las cunetas para que los agentes registraran los vehículos. Se suspendieron los servicios de autobús urbano y metro que llevaban al barrio de Lichtenhagen, donde estaba convocada la protesta. Según explicaba el periodista José María Martí Font en El País:

Más de tres mil efectivos de las unidades de élite de la Bundesgrenzschutz (BGS) pusieron en práctica una curiosa operación destinada a diluir la potencia de la manifestación, mostrando, una vez más, lo efectivas que son contra los manifestantes de izquierdas, en contraste con las dificultades que tuvieron para controlar a varios centenares de neonazis.[12]

De los trescientos setenta detenidos durante el pogromo racista de Rostock, más de la mitad provenían de otras partes del país y habían acudido únicamente para participar en la cacería de personas migrantes. En cambio, el enorme despliegue policial dificultó a los antirracistas llegar a la manifestación y se lo impidió a casi un centenar, acusados de portar «elementos peligrosos».

La jornada finalizó con algunos enfrentamientos entre antifascistas y policía en los alrededores de la casa de los girasoles hasta que, finalmente, los manifestantes abandonaron la ciudad tras terminar la protesta. Sin embargo, los neonazis, que no habían asomado el morro mientras desfilaban los antifascistas, aquella misma noche volvieron a las andadas. Por suerte, esta vez la policía impidió que quemaran el campamento de unos trescientos gitanos rumanos en el cercano bosque de Hinrichshagen.

Ese mismo día, en Greifswald —cerca de la frontera con Polonia—, una treintena de ultraderechistas intentaron incendiar un albergue de personas refugiadas. Lo mismo ocurrió en Stendal, donde la policía arrestó a diecisiete personas. En Cottbus, también en la parte oriental de Alemania, doscientos neonazis prendieron fuego a un albergue de extranjeros. Por último, en Hannover explotó una bomba durante la celebración del Altstadtfest, una fiesta popular en la que participaban doscientas mil personas; hubo dieciséis heridos, seis de ellos graves. Ese mismo fin de semana, se produjeron otros ataques contra extranjeros en Leipzig, Goerlitz, Nuevo Brandenburgo, Eisenhuettenstadt y Schwerin, donde las fuerzas policiales se desplegaron alrededor de los albergues de refugiados. Todo esto en un solo fin de semana, pocos días después del pogromo de Rostock.

 

Visité Berlín por primera vez cuando tenía poco más de veinte años y allí conocí el caso de Silvio Meier. El movimiento antifascista alemán suponía todo un referente para el resto de activistas del planeta. Su bandera, que combina las banderas roja y negra —cuyo origen se encuentra en el Partido Comunista Alemán de los años treinta—, era un símbolo para los colectivos antifascistas de otros muchos países. Estos le daban un mayor protagonismo al negro o el rojo según su tendencia anarquista o comunista, pero a veces no había ninguna connotación más allá de la estética o la simple casualidad, pues en estos movimientos convivían ambas tendencias y la mayor parte de las veces no había más conflictos entre ellos que los debates en el bar.

Faltaban pocos días para la manifestación anual que recuerda el asesinato de Meier. Nos lo contó la gente de ALB (Izquierda Antifascista de Berlín), que nos explicó también que, aunque habían pasado más de diez años, se le seguía recordando. Ya conocían el caso de Guillem Agulló, con el que encontramos muchos paralelismos. En efecto, al igual que había ocurrido en España con el asesinato de Guillem, las autoridades y la prensa alemanas intentaron despolitizar el caso y enmarcarlo como una pelea entre bandas juveniles. Obviaban interesadamente el contexto: como si cada semana no hubiera ataques de la extrema derecha, como si lo de Rostock fuese una anécdota o como si el atentado de Mölln, dos días después del asesinato de Silvio, tampoco tuviera nada que ver.

Silvio Meier nació en 1965 en la ciudad alemana de Quedlingburg (Sajonia), en la zona perteneciente a la República Democrática Alemana. Con diecinueve años decidió desplazarse a Berlín oriental, donde participó en la escena punk y anarquista de aquellos años, y se involucró en la apertura de una librería y en la organización de conciertos. Su militancia antiautoritaria no era bien vista por el Gobierno de la RDA, de modo que fue detenido tras una manifestación e interrogado por la Stasi en 1988, que consideraba sus actividades subversivas. Formaba parte de Kirche von Unten, un colectivo anarquista que organizaba conciertos clandestinos en los bajos de las iglesias del Berlín oriental durante los últimos años de la RDA. Cuando un año después cayó el muro, participó en la okupación de Schreinerstrasse 47, un edificio de la parte este de la ciudad que se convirtió en símbolo del movimiento okupa de aquellos años.

La noche del 21 de noviembre de 1992, Silvio Meier se dirigía junto a varios amigos a un local del barrio de Mitte. Justo al salir del metro, en la confluencia entre Samariterstraße y Frankfurter Allee, se tropezaron con un grupo de neonazis del barrio de Lichtengerb. Tras un intercambio de insultos, Silvio recibió una puñalada en el pecho y poco después falleció en el hospital. Ekkehard S., que acompañaba a Silvio, quedó tendido en el suelo inconsciente tras recibir numerosos golpes en la cabeza.

Al día siguiente, cientos de personas se concentraron en la Schreinerstrasse 47 y marcharon hacia el barrio de Lichtenberg, de donde eran los asesinos de Meier, y se dirigieron a un club nocturno frecuentado por neonazis. El local fue saqueado y los neonazis nunca más volvieron. Después de aquello, el club cambió su nombre por el de Judith Auer, en homenaje a la heroína de la resistencia alemana contra los nazis ejecutada en 1944.

La violencia neonazi se extendía por Europa de una manera brutal a principios de los noventa. Las imágenes y las noticias que llegaban de Alemania atemorizaban a la mayoría, pero encorajaban a otros. Los ataques a personas refugiadas en Europa, los discursos antiinmigración y la exhibición sensacionalista de los neonazis en los medios de comunicación también tenían eco en el Estado español, donde los grupos ultraderechistas empezaron a tener cada vez más conexión con los diferentes grupos neonazis europeos, cuyos integrantes a menudo venían a pasar sus vacaciones en nuestras playas. Pero, al mismo tiempo, aquellos que se empezaban a organizar para plantarles cara también encontraron en Alemania, Italia o el Reino Unido buenos ejemplos de cómo combatirlos.

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