Antifascistas

Antifascistas


13. Sonia

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13. Sonia

«Yo no veo ningún delito en matar a un travesti. ¿Es un delito matar a un travesti? Hombre, para un demócrata, para un payaso, es un delito matar a un travesti, pero para un neonazi, para un skin, es un orgullo. Una medalla. Para el que lo haya matado, una medalla».

Un skinhead neonazi entrevistado en el programa «Cabezas rapadas: mentes fascistas», de Informe Semanal, 26 de octubre de 1991

 

Isaac, Héctor, Andrés, Pedro, Oliver y David eran unos jóvenes del Born y la Barceloneta, dos barrios de la capital catalana. Tenían entonces entre diecisiete y veinte años, y salían juntos ataviados con bombers, botas con bola de acero y gafas de pera. En las fotos que realizaron en casa de uno de ellos, posaban rodeados de catanas, bates de béisbol, nunchacos y banderas nazis. Sonreían, hacían el saludo fascista y aparentaban ser unos tipos duros. Esas fotos ocuparían las páginas de varios periódicos poco después de la noche que iba del 5 al 6 de octubre de 1991.

Caminábamos por la zona de la cascada y dentro de la glorieta de los músicos vimos a dos personas durmiendo. Eran dos travestis. Bromeamos, pero seguimos el paseo. Más adelante encontramos un palo de escoba, que partimos para usarlo como bastón. Entonces, volvimos a la glorieta y la asaltamos.

Así relataba los hechos uno de los protagonistas ante la policía catalana. El periodista Pere Martí accedió a la declaración de uno de los jóvenes en comisaría y seis meses después, en abril de 1992, publicó algunos fragmentos en el semanario El Temps.

Subimos a machacarlos con el bastón y las botas. Uno de ellos intentó huir, pero lo tumbamos de un puñetazo. En aquel momento todos éramos iguales, todos repartíamos por igual a la cara, al estómago, a la espalda… Los travestis se protegían la cara con los brazos, pero después de unos minutos machacándolos, dejaron de resistirse.

La paliza duró cerca de quince minutos y uno de ellos se rompió la uña de las patadas que dio con sus botas de bola de acero. Decidió marcharse junto con dos de los agresores, pero otros tres permanecieron en el parque y decidieron volver para rematar a sus víctimas. «A uno de ellos le aplastamos la cabeza. Cuando nos fuimos parecían inconscientes; había uno que respiraba con dificultad, como si roncara», explica uno con absoluta frialdad al agente de los Mossos que le toma declaración.

Una de las víctimas no volvió a levantarse. Murió a consecuencia de los golpes. Se llamaba Sonia Rescalvo y tenía cuarenta y cinco años. La otra, Doris, quedó desfigurada y estuvo a punto de perder la vida. Pero la cacería no había terminado.

Cuando íbamos hacia la salida del parque que está a la altura de la calle Princesa, vimos a tres sintecho durmiendo. Decidimos darles una paliza también. Como no llevábamos nada, recogimos unas barras de hierro que había en un contenedor de obras en el parque. Les dimos en la cara y en la cabeza. Uno de ellos huyó, pero los otros dos quedaron tendidos en el suelo.

Miguel, una de las personas sin hogar que había sido apaleada, perdió la visión del único ojo que le quedaba. Se quedó ciego de por vida. Los neonazis remataron la noche con unas cervezas en el bar Barrigón a la una de la madrugada. Luego, cada uno se fue a su casa.

Eugeni volvía de madrugada a casa con su compañero de piso. Tenían la costumbre de leer las portadas de los periódicos que iban colocando los quiosqueros de las Ramblas a primera hora. Esa mañana, una noticia les llamó la atención. Hablaba de «un travesti negro» muerto en el Parc de la Ciutadella. Eugeni tenía veintiséis años y militaba desde los años ochenta en el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC). Eugeni era entonces portavoz de la primera organización LGTBI del Estado español, fundada en 1975. No se lo pensó dos veces y llamó a Ramón Peirón, el periodista que firmaba aquella noticia en La Vanguardia, para intentar averiguar más sobre el crimen. El periodista le aclaró un detalle: la víctima no era negra. El forense había realizado un primer reconocimiento visual del cadáver y su rostro, efectivamente, estaba negro. Pero no era el color natural de la piel, sino hematomas. Tenía la cara completamente negra de la cantidad de golpes que había recibido antes de morir con las botas de punta de acero de los neonazis. «Encontraron restos de ADN de Sonia en las botas de uno de los asesinos», explica Eugeni, que formó parte de la acusación popular en el juicio, representada por la abogada María José Varela.

El caso estaba en manos de la Policía Nacional. Pasaban los meses y la investigación no avanzaba. El FAGC preparaba personarse como acusación popular —más tarde se sumarían la Coordinadora de Gais i Lesbianes y el Ajuntament de Barcelona—. Se reunieron con el gobernador civil, quien les aseguró que la investigación estaba en marcha y les pidió paciencia. De pronto, una inquietante casualidad alumbró el proceso. El juez que instruía el caso recibió la transcripción de unas significativas escuchas telefónicas.

—Por cierto, ¿sabes quién hizo eso del travesti de la Ciutadella? —preguntaba el interlocutor a una amiga a la que pretendía convencer de que pasara una noche con él.

—No —respondió ella.

—¡Pues yo sí!

Un mosso d’esquadra lo había grabado en unas escuchas telefónicas a varios agentes de la Policía Nacional española sospechosos en un caso de corrupción. En estos casos, para evitar filtraciones, Interior encarga a miembros de otros cuerpos la investigación de los presuntos agentes corruptos. En esta ocasión, era el teléfono fijo del domicilio de uno de los policías a los que se estaba investigando y quien hablaba era Héctor López Frutos, uno de los neonazis que habían asesinado a Sonia, y estaba en casa de aquel policía —algo que, según Eugeni, hasta hoy no se había contado.

Ante esta situación, el juez trasladó la investigación a los Mossos d’Esquadra y apartó a la Policía Nacional del caso. Este fue el primer caso de asesinato que investigaron los Mossos, pues hasta ese momento no tenían competencias. Y fue gracias a un agente que perfectamente podría haber obviado este comentario y seguir con sus labores; pero decidió contarlo.

El caso cayó en manos del inspector Joan Carles Molinero, que, según cuenta Eugeni, realizó una labor extraordinaria. Logró localizar a familiares de Sonia y mantuvo una comunicación constante con el FAGC.

La policía catalana detuvo a los neonazis en poco tiempo. Estaban vinculados a los ultras del Barça, algo que, según Eugeni, se había pasado sospechosamente por alto. Y eso que muchos de estos ultras ya eran conocidos por sus vinculaciones neonazis y su extrema violencia. Un año antes, miembros de los Boixos Nois habían asesinado a Frederic Rouquier, seguidor del RCD Espanyol, que fue una de las primeras víctimas de la violencia de los ultras del fútbol.

Los Mossos detuvieron el 11 de marzo de 1992 a seis neonazis relacionados con el asesinato de Sonia: Pere Alsina Llinares, David Parladé Valdés, Héctor e Isaac López Frutos, Andrés Pascual Prieto y Oliver Sánchez Riera. En los registros domiciliarios encontraron abundante parafernalia neonazi, bates de béisbol, puños americanos y algunas notas escritas que hablaban de «tocar los tambores». Era su manera de denominar las cacerías humanas que organizaban. Incluso había una lista de víctimas: objetores de conciencia (quienes se negaban a realizar el servicio militar), punkis, «okupas, travestis, maricones y demás escoria», recuerda Eugeni.

Era una época en la que había un buen tejido asociativo, ya con conciencia antifascista. Desde el FAGC entramos en contacto con el movimiento okupa, el antimilitarismo y otros colectivos que se preocuparon por el caso y organizamos durante un par de años el Carnaval Antifeixista para recaudar fondos para la acusación popular en el juicio —recuerda Eugeni—. Hubo mucho apoyo de Madrid y de Euskadi, sobre todo. Organizaron autobuses para participar en el festival antifascista y nos ayudaron con la recogida de firmas.

«Durante el juicio nos impresionó ver lo convencidos que estaban de lo que hicieron. Como si fuese parte de una misión». Los jóvenes neonazis no se arrepintieron de nada. Mostraron una terrible frialdad cuando explicaron cómo mataron a golpes a Sonia y cómo casi matan a las otras víctimas, a las que consideraban escoria y por eso objetivos en aquella cacería. Uno de ellos contaría como anécdota que se rompió una uña del pie por las patadas que dio a sus víctimas con las botas de punta de acero.

Nos generó un miedo terrible. La reflexión que hicimos fue que no podíamos consentir que aquello quedase impune. Fue una mujer trans, pero podría haber sido un punki, una mujer negra o quien fuera. Era obvio que la respuesta tenía que ser antifascista.

Eugeni recuerda que recibieron una enorme solidaridad de la mayor parte de los colectivos de izquierdas, pero muchos otros todavía no se habían percatado de que el colectivo LGTBI también estaba en el punto de mira de los neonazis.

Algunos incluso consideraban el tema gay algo burgués y era como si tuviésemos que demostrar que éramos antifascistas —recuerda—. Después, los redskins se acercaron a nosotros y nos apoyaron mucho. Teníamos miedo a cualquier persona que vistiese con aquella estética y ellos nos explicaban que no todos los skinheads eran nazis, que, al contrario, les habían robado la estética. Nosotros criticábamos mucho la testosterona del movimiento y hablamos mucho con ellos de esto. Y mira cómo son las cosas que tres años después estaba yo en el juicio por el asesinato de Guillem Agulló en Castelló. Siempre tuvimos muy buena conexión con aquel mundo, con su familia y con todos sus amigos.

Eugeni señala una de las consecuencias de aquel proceso:

Vimos la necesidad de crear una estructura permanente para protegernos. De aquello surgió la Oficina Antidiscriminación, con la que atendimos numerosos casos de agresiones LGTBI-fóbicas.

Hoy, Eugeni dirige el Observatori Contra l’Homofobia (OCH), en el que un grupo de profesionales y voluntarios atienden a personas LGTBI víctimas de la discriminación. Ofrecen asesoramiento y acompañamiento jurídico y psicológico en toda Catalunya, y realizan numerosas campañas de formación y sensibilización.

Los neonazis que mataron a Sonia fueron condenados a más de trescientos años de prisión. Veinte años después, ya estaban todos en la calle. Ninguno de ellos había mostrado arrepentimiento. Óscar Lozano, condenado por encubrir el asesinato de Sonia, volvió a ser noticia veinticinco años después, en 2016. Los Mossos lo detuvieron tras patear a una mujer musulmana embarazada en plena calle. «¿Qué hacéis aquí? Iros al desierto, moros de mierda», gritaron a un matrimonio de origen marroquí que paseaba tranquilamente por la calle Princesa de Barcelona. Tan solo fue condenado a realizar un cursillo de derechos humanos y a pagar una multa.

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