Antifascistas
17. ¿Qué es el antifascismo?
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17. ¿Qué es el antifascismo?
Javier recuerda que, todavía consternados por el asesinato de Lucrecia, llegó el caso de Hassan, en el que todo apuntaba de nuevo a una agresión neonazi.
Nos enteramos dos días después del asesinato de Hassan por medio de militantes de AEME (Asociación de Emigrantes Marroquíes en España). Aunque en un principio las informaciones eran confusas, inmediatamente se convocó una concentración en el propio poblado magrebí de Majadahonda. Acudimos AEME, cristianos de base, un colectivo antifascista muy activo de Majadahonda y nosotros, la coordinadora.
Las dos agresiones tan seguidas les hicieron temer que aquello fuera a más.
Aquellos días se organizaron grupos de autodefensa en el poblado en los que participaba un numeroso grupo de jóvenes bereberes del Rif que vivían en la zona. Los asesinos de Hassan pertenecían a un grupo vinculado a Ultras Sur que frecuentaba la plaza de los Cubos, en Madrid. De ahí mismo habían salido la noche anterior los asesinos de Lucrecia, por lo que seguro que se conocían. No creo que se tratara de un plan organizado que articulara los dos ataques, más bien pienso que, envalentonados por el asesinato del día anterior, se fueron de cacería y se toparon con Hassan.
AEME decidió que, de algún modo, serían ellos mismos quienes llevarían el caso de Hassan a su manera. Los antifascistas se quedarían a la espera de lo que decidieran los colectivos de la zona. Javier señala lo que supuso aquello.
Después de aquellos asesinatos, se estableció una relación directa entre el mundo antifascista y colectivos de migrantes que duró al menos una década.
El asesinato de Lucrecia y Hassan suponían una escalada en la violencia neonazi. Ante la dejadez y equidistancia de las autoridades, se decidió finalmente crear la conocida Coordinadora Antifascista de Madrid (CAM), hoy todavía en funcionamiento. Los activistas antifascistas que se habían organizado en un primer momento para defender los puestos de Tirso de Molina y después habían investigado tramas neonazis formalizaron esta coordinadora y comenzaron a trabajar para formar un frente amplio contra una amenaza que ya se estaba llevando vidas por delante.
Entramos entonces en un debate muy importante todavía no resuelto: ¿qué es el antifascismo? Para algunos de nosotros no era solo revolucionario, sino algo que tenía que asumir cualquier demócrata. Para hacer la revolución ya teníamos todo tipo de reivindicaciones, pero el antifascismo debía ser mayoritario, sobre todo por el auge de la violencia neonazi, que ya estaba poniendo muertos sobre la mesa. Algunos de nosotros reflexionamos que eso, además, nos vendría muy bien para lograr un mayor desarrollo de nuestro sector y nuestras propuestas revolucionarias, porque nuestro antifascismo sí era revolucionario. Nosotros veníamos de la autonomía, de movimientos comunistas y libertarios, y teníamos muy claro hacia dónde íbamos.
El debate al que alude Javier se ha producido prácticamente en todos los sitios en los que ha existido una plataforma antifascista. En muchos casos coexistían organizaciones antifascistas con diferentes planteamientos estratégicos y metodológicos. Aunque la mayoría de las veces se encontraban en buena sintonía, otras se situaban al margen las unas de las otras. Posiblemente, el debate más repetido dentro del antifascismo pone en un plato de la balanza la amplitud del movimiento y en el otro la legitimidad del uso de la violencia. Por ese motivo, en una misma ciudad encontramos grupos dedicados a la investigación, la información y la sensibilización, y otros más dispuestos a la confrontación —en primer lugar como autodefensa, pero también a la ofensiva—. Lo cierto es que estos grupos no siempre han estado conectados ni de acuerdo los unos con los otros. Solo les unía el enemigo común. Y a este enemigo le daba exactamente igual que fueras de los que se enfrentaban a golpes con ellos o simplemente organizaras un festival antirracista. Todos, al final, eran potenciales objetivos de los neonazis. Y todos, a su manera, consiguieron frenar en muchas ocasiones a los fascistas. También mediante el empleo de la violencia. No sabemos si lo habrían conseguido de otra manera, pero el hecho es que en más de una ocasión dio resultado devolver el golpe con la misma contundencia, atacar y marcar líneas rojas.
Un mes después de los asesinatos de Lucrecia y Hassan, el grupo neonazi Bases Autónomas sacó un nuevo número del fanzine ¡A por Ellos!, uno de sus órganos de expresión. Ilustraba la portada un hombre tapándose los oídos rodeado de palabras: «Lucrecia», «skinheads», «terror», «racismo asesino», «racista», «fascista», «nazi»… Abajo, en grande: «¡Vaya racha!». El primer artículo de la publicación neonazi se titula «Antifascismo» y comienza así: «Desde lo de Lucrecia, llevamos una racha entre la televisión, la radio y los periódicos, que válgame dios…». El artículo ridiculizaba la alarma social tras los asesinatos y las constantes agresiones que protagonizaban aquellos meses los neonazis en diferentes países y ciudades, que, según el autor del artículo, respondía a una estrategia de criminalización contra ellos. Aun así, el texto terminaba reivindicando con orgullo la escalada violenta y el protagonismo que adquiría su movimiento en los medios de comunicación.
No, nosotros no protestamos. Unas veces se da y otras se recibe. ¡Así es la vida! Adivinamos en nuestra patria un rescoldo de hombría que comienza a alimentar diminutas llamas. Pero aún es pronto. Cada mes que pasa, nuevas brasas prenden en ese rescoldo en el que habita España. Pero la temperatura es aún muy baja. Cada golpe que recibimos, cada acción que realizan los nuestros pasa menos inadvertida para el grueso de las juventudes. Y las juventudes arropan la llama, hacen que la temperatura aumente.
El periodista Alberto Gayo me prestó este y otros fanzines de la época cuando fui a su casa en Madrid, a principios de 2021. Aunque hace años que no escribe sobre la ultraderecha y los movimientos nazis en España, conserva todavía abundante material y un par de archivadores repletos de recortes y revistas sobre el tema.
Estaba muy interesado en el antimilitarismo, en un momento en el que el movimiento por la insumisión al servicio militar era muy potente, y también en el antifascismo, ya que en la facultad se hablaba mucho de la violencia de los neonazis en las calles de Madrid.
Recuerda que entonces se informaba mucho sobre este tema en los fanzines de la agencia UPA, el boletín de contrainformación de los movimientos sociales de la época en el que colaboraba.
Cuando a principios de los noventa empezó a escribir, ya conocía las andanzas de Bases Autónomas y el resto de grupúsculos nazis y fascistas que actuaban en Madrid, y les había seguido la pista en más de una ocasión. Uno de sus primeros trabajos fue en Diario16, a cuyos jefes propuso escribir sobre esa extrema derecha que se intentaba distanciar de los nostálgicos de la dictadura franquista.
Sobre todo tras el asesinato de Lucrecia y el auge de los ultras del fútbol, nos dimos cuenta de que el tema estaba subiendo de intensidad y no había especialistas en ultraderecha en los grandes medios. Interesaban como sucesos o en parte como periodismo judicial.
Alberto recuerda que la policía seguía tratando a las bandas neonazis —incluso a CEDADE— como «tribus urbanas». Él se informaba través de los boletines de la propia extrema derecha, de los antifascistas que empezaban a investigarlos, de algún topo dentro de los grupúsculos ultras y de alguna fuente policial. Ya en los noventa, un sector de la ultraderecha pretendía desprenderse de la losa del franquismo e incluso de la violencia que se les asociaba. Así lo explica Alberto:
Tanto CEDADE como Bases Autónomas, Área Inconformista y otros empiezan incluso a convocar a los medios y a hacer ruedas de prensa en abierto. Entrabas en su sede y sus dirigentes te atendían amablemente, y hasta te intentaban convencer de que las cámaras de gas no habían existido nunca.
A continuación explica:
Entre los años 1991 y 1993, quedábamos en un bar en la misma plaza de Lavapiés una vez al mes. Éramos tres o cuatro periodistas y algún que otro activista. Empezamos a charlar sobre el tema y a poner información en común, a identificar personajes y analizar la propaganda que editaban.
Coincidimos con Alberto en que la prensa no hablaba nada de cómo se organizó el antifascismo.
Todas las semanas había ataques contra chavales con pintas alternativas, contra los centros sociales, que ya a finales de los ochenta se organizaron bien para defenderse. Había un grupo de alerta antifascista que estaba coordinado por si pasaba algo.
Alberto recuerda que a finales de los noventa publicó un reportaje en Interviú sobre grupos de extrema derecha. Entonces, en una calle cercana a la redacción de la revista, apareció una pintada con su apellido dentro de una diana. Era la respuesta de los neonazis a un artículo que no les había gustado.