Antifascistas

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18. Flora 6, Guillem y Davide

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18. Flora 6, Guillem y Davide

«Me gustaría que la razón y el corazón estuvieran siempre juntos.

Sentir del mismo modo hace fuerte esa unión.

Vamos a resistir con golpes y esfuerzos.

Hay algo que nos queda… ¡la forma de pensar!

El dinero no lo es todo, el control es cosa personal.

Mira dónde pisas, no vayas a tropezar.

Tu pasado no lo conozco, el futuro no importa mucho más.

Defender o resistir es positivo. Hay que vivir.

Pienso que…, si no lo sientes, ¿qué haces tú aquí?

Me gustaría que estuviéramos siempre juntos.

Luchar del mismo lado hace duradera la amistad.

Vamos a defender con manos y gritos

lo único que queda… ¡la sinceridad!

La política no lo es todo, la libertad una palabra más.

La copa que vas a tomar, procura que no sea para olvidar.

¿Quién te implica si tú no quieres?

Perteneces a ti mismo/a.

La cosa puede ir más allá, está en tus manos… Acógela o volará».

MANIÁTICA, «Lo que nos queda», en El lado oscuro, 1992

Enric, el profesor, entró en nuestra clase de octavo de EGB y nos contó que habían matado a Guillem y que una exalumna del colegio, Anna, estaba presente. Anna tenía dos años más que yo, pero en el colegio nos conocíamos todos. Un grupo de nazis habían rodeado a Guillem y lo habían apuñalado en el corazón. Pedro Cuevas fue el autor, mientras sus compinches sujetaban a Guillem, que no tuvo ninguna posibilidad de defenderse. El resto de sus acompañantes, que tenían entre quince y diecisiete años, no pudieron hacer nada. Guillem era el mayor de todos ellos, tenía dieciocho años.

Alfons no había aceptado la oferta de una compañera de ir aquellas pascuas a Montanejos. Cuando se lo propuso, él ya tenía otros planes. En la entrevista, Alfons me confesó que él también podría haber sido víctima de aquella cacería.

Nuestra generación quedó marcada por aquel crimen. Todos los años nos reuníamos en Burjassot el día de su muerte para recordarlo. Su nombre siempre estuvo en boca de todos. Tanto en la nuestra, como homenaje y dolorosa advertencia, como en la de los neonazis, que todavía hoy nos recuerdan que podemos acabar como él. El grito «¿Dónde están? ¡No se ven los amigos de Guillem!» es habitual en sus actos, así como las pintadas que reivindican el crimen o los ataques a los murales, placas y actos en su recuerdo.

Teníamos catorce años. Algunos ya nos interesábamos por la política, pero sobre todo por la música. Escuchábamos a La Polla Records, Kortatu, Eskorbuto, Cicatriz, Mano Negra… y nos fascinaba que grupos de rock en catalán llenaran estadios. En cambio, a nosotros nos avergonzaba hablar en valenciano en nuestra ciudad por miedo a que nos pusieran mala cara y nos espetasen que les hablásemos en cristiano. Un temor que no era infundado.

Cuatro meses después del asesinato de Guillem, empezamos el instituto en València. Para quienes queríamos continuar recibiendo clases en nuestra lengua, solo había tres institutos públicos en toda la ciudad: Benlliure, Clot y Lluís Vives. Me tocó el primero, a varios kilómetros de mi casa. Todas las mañanas, los recorría en bicicleta junto a tres excompañeros del colegio que vivíamos cerca. Nos tocó la última clase de un largo pasillo de aquel viejo edificio. Éramos «los de la línea» (por la línea en valenciano, que era como llamaban la enseñanza en nuestra lengua). Pronto recibimos nuestro bautismo a manos de los bakalas del barrio.

«Decidles a los guarros de la línea que los esperamos a la salida». El mensaje nos lo transmitió un compañero del barrio que iba a primero de BUP en otra clase y los conocía. Aquellos jóvenes merodeaban por el centro con sus vespinos, sus chaquetas Alfa con una bandera de España cosida y sus pelos con el flequillo corto de punta, que entonces llamábamos pelo de cenicero. La amenaza se consumó y uno de mis mejores amigos terminó en la puerta del instituto con la nariz rota de un cabezazo, sin mediar palabra.

Junto al instituto se encontraba el Kasal Popular, una antigua estación de bomberos okupada en 1991. Allí almorzábamos todas las mañanas, y los fines de semana íbamos a charlas, conciertos y pasábamos la tarde conversando sentados en unos viejos sofás en el patio interior bajo un enorme mural de un elefante rosa con la frase «Kasa okupada, kasa enkantada». Éramos de los más jóvenes que frecuentaban el Kasal. Quienes llevaban el centro nos conocían y nos tenían cierto cariño. Cuando se enteraron de que nos habían agredido, decidieron venir a protegernos al día siguiente. Los bakalas que nos habían partido la cara el día anterior y se habían jactado de ello por la tarde ante sus colegas volvieron para continuar su cacería contra los guarros, es decir, contra todo aquel que llevase pintas o, lo que es lo mismo, estética punk o alternativa, como nosotros. Esta vez ni siquiera llegaron a la puerta. Diez punkis del kasal se plantaron ante ellos y al primero que intentó acercarse con una cadena de la moto lo tumbaron de un puñetazo. Pocos más se acercaron, pero quien lo intentó se la llevó. Los otros huyeron. Nosotros, desde la puerta, observábamos la escena. Teníamos catorce años y nunca habíamos pegado ni recibido un guantazo ni teníamos ningunas ganas. Inevitablemente, el recuerdo reciente de Guillem nos rondaba la cabeza. Así terminó aquella fallida cacería y nunca más volvieron.

Veintisiete años después, en marzo de 2021, me senté a conversar con uno de aquellos punkis que nos salvaron de los makinetos fachas. No hemos dejado de cruzarnos por València todos estos años y hemos coincidido en varios espacios desde entonces. Ahora tiene un hijo adolescente. Óscar fue uno de los fundadores del Kasal y de las primeras okupaciones en València a finales de los ochenta.

Mucha gente de mi generación empezó a conocerse en el 84 y el 85 con los movimientos de objeción de conciencia. Frecuentábamos los mismos sitios, sobre todo en el barrio del Carmen. Allí ya empezamos a tener algunos problemas con neonazis, que se pasaban de vez en cuando; sobre todo con los que llamábamos nazis antiguos, que eran mayores que nosotros. Algunos incluso habían sido punkis antes. A partir del 87 aproximadamente, ya empezamos a protegernos como grupo, a tener conciencia. Acosaban mucho el Ateneo de Benicalap, un punto de encuentro político de Jove Germania [organización juvenil del Moviment Comunista del País Valencià (MCPV)] al que también íbamos nosotros, el movimiento libertario, los de Mili KK y más gente.

Óscar recuerda que una noche, en 1989, un grupo de neonazis entró en el pub La Bomba, donde se encontraban varios jóvenes de izquierdas. Arrasaron con todo y a más de uno lo dejaron con algún hueso roto. «Era evidente —concluye— que venían a por nosotros y teníamos que protegernos».

En València —igual que en Madrid, Barcelona, Zaragoza y otras ciudades—, los nuevos neonazis se divertían cazando rojos y agrediendo a gente por la pinta que llevaba. Entre sus objetivos, también estaban los migrantes, las personas sin hogar, las prostitutas…, quienes era más difícil que denunciaran las agresiones. Llegó un momento en el que ya habían tocado a demasiada gente y se convirtieron en una amenaza no solo política, sino para la propia integridad física.

En gran medida, muchos de estos neonazis actuaban como pandilleros. No tenían ninguna organización detrás y solo ejercían la violencia para divertirse. Sin embargo, el nazismo les ofrecía una justificación señalando a ciertos colectivos como culpables y deshumanizándolos. Si asumían que el nazismo era una opción legítima, después de Auschwitz, ¿cómo no iba a estar bien darle una paliza a un punki o a un moro?

En 1988 se presentó en València Acción Radical, una organización neonazi que estuvo activa hasta mediados de los noventa. Junto a Bases Autónomas en Madrid, Vanguardia Nacional Revolucionaria y otras en diferentes ciudades, marcaría aquellos años con sangre y violencia.

La revista El Temps cuenta que la dirección de contacto con Acción Radical que figuraba en el fanzine neonazi Zyklon B —el nombre es el del gas que utilizaban los nazis en los campos de exterminio— era la sede de la Coordinadora Obrera Nacional Sindicalista (CONS).[14] Este sindicato lo lideraba el abogado y empresario valenciano José Luis Roberto, conocido como «El Cojo», una figura clave en la extrema derecha valenciana que años después fundaría y sería líder de España 2000 y propietario de Levantina de Seguridad. Además, la CONS regentó el pub Lily Marleen, un lugar de encuentro para la extrema derecha valenciana a finales de los ochenta. Lo reveló en 1990 el periodista Jordi Sebastià en el semanario El Temps,[15] en uno de los primeros reportajes sobre las tramas ultraderechistas de aquellos años en València.

Los primeros festivales de RAC (Rock Against Communism) que se celebraron en el Estado los organizó Acción Radical. A los Conciertos por la Raza —que tuvieron lugar en València en las Fallas de 1992— acudieron cientos de cabezas rapadas neonazis de todo el Estado español y de otros países de Europa. Su llegada puso en alerta a la policía, la prensa y los grupos antifascistas. Se desconocía el lugar donde estaba previsto el concierto, pero durante todo el día grupos de cabezas rapadas neonazis se dejaron ver por varios puntos de la ciudad. El periódico Las Provincias contó el 15 de marzo que la policía siguió de cerca a estos grupos en todo momento y finalmente el concierto se celebró en una sala de El Saler, a las afueras de València. Actuaron las bandas No Remorse, Battle Zone y División 250 —esta última liderada por uno de los cabecillas de Acción Radical, Manuel Canduela, quien posteriormente sería presidente del partido neonazi Democracia Nacional (DN)—. También estaba previsto que actuara la banda inglesa Violent Storm, pero de camino a València sufrieron un accidente y todos sus integrantes murieron. En Las Provincias aparece una foto de un skinhead nazi en la sala de espera de un hospital. «Un grupo de rogelios agrede a un skinhead vasco» es el título del artículo. Al parecer, un grupo de antifascistas (a los que el periodista llama «rogelios», uno de los términos que usaban entonces los neonazis) se había enfrentado a unos neonazis en las inmediaciones de la estación de autobuses y este joven neonazi de Donosti había resultado herido. No fue el único enfrentamiento que se produjo aquel día en la ciudad.

Las conexiones internacionales de Acción Radical iban mucho más allá de la música. En 1993, de nuevo el semanario El Temps desveló cómo se organizaba el envío de combatientes españoles a la guerra de los Balcanes para luchar en las filas croatas. El artículo lo firmaba el periodista Jordi Sebastià, quien veinte años después sería alcalde de Burjassot y sufriría una serie de ataques de la ultraderecha que quedarían impunes. Según el periodista, esta trama estaba organizada por Eduardo Rózsa Flores, quien había publicado varios artículos en La Vanguardia y cuya biografía era de película. Eduardo Rózsa murió en 2009 en Bolivia en el transcurso de un alzamiento derechista contra Evo Morales en la rica región de Santa Cruz. La biografía de Rózsa Flores da para otro libro. Hay abundante información sobre él en varios medios y todavía no está claro si se trataba de un aventurero, un espía o un mercenario. El Temps desveló que Eduardo Rózsa Flores organizaba el envío de combatientes a los Balcanes a través de la tienda M & M Aventura y Supervivencia, situada en uno de los barrios ricos de València. También contaba que varios neonazis de Acción Radical viajaron en más de una ocasión a esa zona.

El auge de Acción Radical y el incremento de la violencia neonazi hicieron que los ataques a los activistas de izquierdas se produjeran en cualquier momento. Óscar recuerda un concierto de un grupo de ska y reggae alemán en un local llamado Babia, a pocos metros del recién okupado Kasal Popular. Se presentaron varios nazis y empezaron a increpar a los asistentes y a hacer el saludo fascista. La batalla campal fue mítica. Era algo que no se debía repetir. Igual que en el barrio del Carmen, donde ya eran habituales las visitas de borrachera de los neonazis para pegar a cualquiera que se cruzara en su camino con pintas alternativas. «Había que pararles los pies», recuerda Óscar. Era el año 1991 y fue entonces cuando se formó la primera Assemblea Antifeixista de València, en la que participaba gente de varios barrios de la ciudad, todos con historias compartidas de agresiones neonazis.

Óscar lo cuenta así:

Teníamos una buena red de contactos. Organizábamos vigilancias para ver si se acercaban al Kasal o a los bares que frecuentábamos. Hacíamos buenas investigaciones y teníamos relación con algunos periodistas, a quienes les pasábamos información. A veces la usaban bien y otras a medias. No sabemos si recibían presiones de más arriba.

Las agresiones de los neonazis durante aquellos años eran más que habituales. El 23 de mayo de 1992, en una conocida avenida del centro de València a plena luz del día, varios jóvenes neonazis pateaban a un joven tendido en el suelo. Manuel, un profesor universitario que se encontraba en un bar cercano con una amiga, lo vio e intentó detener la agresión. Los neonazis le propinaron una brutal paliza que le causó una invalidez de por vida y lo dejaron medio muerto. El agresor, posteriormente condenado, era José Ignacio Vega Peinado, exmiembro de Vox y en la actualidad líder del partido ultraderechista Identitarios. Más tarde, en 2015, Manuel sería el profesor que dirigiría mi trabajo final del máster de Sociología y Antropología, en la Universitat de València. Versaba, precisamente, sobre la extrema derecha en el Estado español durante la crisis económica de 2008, un tema que, a pesar de las secuelas, le interesaba. Entablamos entonces una estrecha amistad que dura hasta hoy.

«La situación era muy tensa en varios ámbitos, no solo con los fachas», explica Óscar. Recuerda que en 1992 la policía apaleó en el barrio del Carmen a un joven magrebí al que conocían los miembros del Kasal. Fue tal la paliza que le reventaron un testículo. Entonces se organizó una manifestación de protesta que terminó con un ataque a la comisaría del barrio. Era pocos días antes de las Fallas y durante aquella semana la policía rodeó el Kasal Popular y detenía a cualquiera que se acercara con aspecto alternativo. «Se los llevaban a comisaría, los interrogaban, los fichaban y los dejaban ir. No sabían quiénes habían atacado la comisaría, así que no pudieron imputar a nadie».

En el Kasal se concentraban muchos movimientos sociales. Óscar destaca el papel de Radio Klara, desde 1982 la radio «libre y libertaria» de la ciudad de València que servía para dar voz a estos colectivos, difundir convocatorias y explicar lo que pasaba en la ciudad al momento. Tuve el placer de formar parte del equipo de la radio durante tres años, entre 2003 y 2006, cuando terminé mis estudios en Ciencias de la Información.

Aquellos años, muchos militantes de movimientos sociales se empaparon de las experiencias de otros países, sobre todo en torno a los movimientos autónomos, la okupación, el ecologismo y el antifascismo. Había contactos habituales con militantes de Alemania, Inglaterra, Holanda e Italia, que también venían al Estado español a menudo.

Óscar lo explica así:

Mi grupo de afinidad viajaba mucho a Ámsterdam. Lo que está pasando ahora aquí con partidos de extrema derecha y las campañas racistas ya estaba presente allí aquellos años. Íbamos a las quedadas y veías lo que después llegaría aquí. Conocer otras experiencias nos hizo crecer. También íbamos mucho a Madrid y a Zaragoza, a la Casa de la Paz, y montábamos autobuses para ir a manifestaciones a otras ciudades del Estado.

La noticia del asesinato de Guillem llegó al día siguiente al Kasal. Guillem, al que todos conocían, era muy amigo de Davide, un joven gallego que había estado viviendo unos años en Alemania y era uno de los impulsores de la Assemblea Antifeixista. Davide era un chico alto y flaco al que recuerdo perfectamente. Había vivido en Castelló desde pequeño y hablaba muy bien el valenciano. Tenía un carisma especial. Óscar me contó que a menudo era Davide quien hablaba con los periodistas para denunciar las tramas de la ultraderecha. Quizás ese fuera el motivo de que algunos periodistas a los que no les gustaban los antifascistas y que mantenían cierta sintonía con la ultraderecha le mandaran una advertencia. La foto de Davide apareció en el periódico Las Provincias pocos meses después del asesinato de Guillem. Le señalaba como uno de los líderes del antifascismo en València y militante del SHARP. El periódico Las Provincias, que entonces dirigía María Consuelo Reyna, aquellos años jugó un papel infame contra los movimientos sociales, especialmente en el caso de Guillem Agulló, a quien estigmatizó y criminalizó en varios reportajes, presentándolo como un joven violento que casi se merecía lo que le había pasado. Es más, este periódico incluso blanqueaba a sus asesinos, pues reprodujo en numerosas ocasiones su versión al tiempo que cuestionaba todo lo que contaban los amigos de Guillem.

El 28 de abril de 1993, dos semanas después del asesinato de Guillem, se juzgaba a un conocido neonazi, Rafael Pardo Parrizas, quien meses antes había propinado una paliza a un joven que se había negado a hacer el saludo fascista. La Assemblea Antifeixista convocó una concentración frente a los juzgados. Davide atendió ese día a los medios de comunicación con el rostro tapado. Las Provincias publicó una foto suya a cara descubierta en la que lo señalaba como un peligroso activista de izquierdas. Al poco tiempo aparecieron varias pintadas en la ciudad: «Davide, tú serás el próximo». Aquella foto aparecería también en el fanzine Bandera Negra, de Acción Radical, rodeada de insultos y amenazas.

Cada vez era más difícil ocultar la violencia que ejercían los neonazis. Era evidente que aquello iba mucho más allá del relato oficial, que se empeñaba en atribuir todas sus agresiones a anécdotas de violencia juvenil propias de tribus urbanas. Se conocen cientos de casos de aquellos años y otros muchos quedaron ocultos. Uno de estos también lo descubrí por casualidad en 2020, cuando actualizaba el proyecto crimenesdeodio.info. Se trata del caso de Tomás Martínez, un hombre sin hogar que pernoctaba en un viejo coche en el barrio valenciano de L’Olivereta. Justo un mes después del asesinato de Guillem Agulló, tres neonazis lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Lo quemaron vivo mientras dormía. Uno de sus asesinos solo tenía quince años. La policía los detuvo días después, pero no he encontrado más noticias sobre el caso. No sabemos si pertenecían a algún grupo concreto ni si finalmente fueron juzgados, condenados o absueltos, que fue lo que ocurrió en muchos otros casos. Como la víctima era una persona sin hogar, los periodistas de sucesos ni siquiera siguieron el caso tras la detención de los asesinos.

Ese mismo año, la fatalidad volvió a cernirse sobre el movimiento antifascista. Este aún intentaba digerir el asesinato de Guillem Agulló mientras lidiaba con las incesantes agresiones neonazis, la presión policial y la criminalización a la que lo sometían los medios de comunicación. Una tarde de diciembre en la que el Kasal Popular acogía unas jornadas antimilitaristas, un grupo de suizos de estética punk notablemente borrachos se coló en el local y subió a la terraza. Como Davide hablaba alemán, subió a llamarles la atención e invitarles a abandonar el centro social. Se fueron de malas maneras y, ya en la puerta del Kasal, uno de ellos asestó una puñalada mortal al joven gallego. Los agresores no huyeron. Fueron reducidos por los compañeros de Davide, que avisaron a la policía y a una ambulancia. Davide murió aquel mismo día, ocho meses después que su compañero Guillem Agulló. Desde entonces ha circulado el rumor de que el asesinato de Davide no fue casual, sino fruto de haber sido señalado por los medios y los neonazis; aunque lo cierto es que nunca se han encontrado pruebas que vinculen al asesino con estos grupos ultraderechistas.

El año siguiente se organizaron unas jornadas para recaudar dinero para la familia de Davide y sufragar los gastos del traslado del cuerpo a Galicia, donde fue enterrado por su familia en la intimidad. Se celebró un concierto que duró más de doce horas en el que tocaron las principales bandas que habían pasado por allí los últimos años. Entre ellas, las que siempre íbamos a ver: Maniática y Skaparrapid. Todavía conservo la entrada de aquel evento. El Kasal se llenó todo el fin de semana con cientos de personas, que daban así su último adiós a un carismático y querido compañero.

El 29 de noviembre de 1993, Jordi Sebastià volvió a publicar en el semanario El Temps un reportaje sobre los nazis de Acción Radical, titulado «La sorpresa amarga». El texto comenzaba así:

José Vicente G. P. se recupera lentamente en el hospital La Fe de la ciudad de València de sus heridas. Pero tiene miedo, y contra eso poco puede hacer la cirugía. Durante la madrugada del pasado viernes 12 paseaba por la calle de Quart en el viejo barrio del Carmen de la capital valenciana cuando un joven magrebí le pidió un cigarrillo; mientras lo buscaba, vio cómo un coche, un Ford Escort plateado, se detenía a su lado e introducía a la fuerza al magrebí, mientras él era atacado por uno de los ocupantes, que le asestó, sin hacer preguntas, diecisiete puñaladas. Nadie sabe cómo, pero ninguna de las diecisiete fue mortal.

Mientras era trasladado urgentemente al hospital, un testigo permitió a la policía identificar el coche. Rápidamente se produjeron dos detenciones y empezó una acción policial dirigida contra el grupo neonazi Acción Radical, al que pertenecían los detenidos. En la sede del grupo y en los domicilios de algunos de sus miembros se incautaron bates de béisbol, arcos, cascos, puños americanos, cadenas, esposas y muchísimo material impreso de ideología racista y nazi. Los detenidos, sin embargo, quedaron en libertad el martes 16, ya que nada les implica directamente en el apuñalamiento. A la hora de redactar esta información no se conocían los autores de la agresión ni la identidad y el paradero del magrebí.

La Policía Nacional exhibió el arsenal incautado en su sede de la calle Sueca, en el barrio valenciano de Russafa: bates de béisbol, cadenas, arcos y varias armas junto a montones de propaganda y un manual sobre cómo actuar ante una detención escrito sobre una pizarra. En el transcurso de las investigaciones policiales a las que se refiere El Temps, un arrepentido del grupo destapó la trama cuando registraron su domicilio. El confidente obtuvo protección oficial tras incriminar a cerca de una treintena de neonazis del entorno de Acción Radical.

El antifascismo valenciano tenía muy presentes el asesinato de Guillem Agulló —ocurrido siete meses antes— y las agresiones protagonizadas por los neonazis, que no habían cesado. Tras conocerse la noticia de la detención de varios miembros de Acción Radical por la agresión a un hombre en el Carmen y el secuestro de un migrante, la Assemblea Antifeixista convocó una manifestación de respuesta el día 26 de noviembre de 1993. El periódico Levante-EMV recogía las declaraciones de un miembro de la Assemblea ante esta convocatoria.

Estamos hasta aquí —dicen señalándose la cabeza— de que los nazis campen a sus anchas por la ciudad con la pasividad e incluso con el apoyo de la policía. Los grupos fascistas siempre han tenido el apoyo de los Gobiernos y ahora está pasando lo mismo de siempre, que golpean a la gente y hasta la matan, como la de Madrid, y nadie hace nada para detenerles. Esta vez vamos a salir a la calle y vamos a ir a por todas, sin miramientos. Ya estamos hartos.

Añadía que los antifascistas pretendían dirigirse a la sede de Acción Radical, en el barrio de Russafa, «para demostrarle a la policía que todo el mundo sabe dónde están y ellos no hacen nada para evitar las agresiones de todos los días».

Por su parte, Acción Radical convocó a los suyos ante la ofensiva de los antifascistas, pero nadie acudió a su llamada. En cuanto se concentró en la plaza América un centenar de antifascistas, la policía cargó duramente contra ellos, lo que causó varios heridos y evitó que más gente secundara la protesta.

Finalmente, el mismísimo Francisco Granados, delegado del Gobierno, reconoció lo que ya venían advirtiendo los antifascistas desde hacía años. Sus palabras las recogió el diario Levante-EMV unos días después del registro de la sede de Acción Radical.

Todos estos grupos se manejan en la clandestinidad, y lo peligroso de este grupo es la frialdad con la que transmiten su ideología; es gente violenta que lo hace desde un cinismo, una tranquilidad y un lavado de cerebro asombroso y hablan de matar al negro, y lo dicen sin inmutarse, con total naturalidad. Tienen el convencimiento profundo de la ideología nazi, y todo lo que no sea la raza aria es malo y por eso hablan de perseguir al negro y al empresario que contrata a negros. […] Este es el núcleo de una pieza del engranaje del movimiento nacionalsocialista a nivel internacional y a todo lo que rodea la extrema derecha. Este grupo es especialmente violento.

La causa, que se instruyó en el juzgado número 10 de València, incorporó las continuas amenazas a la familia de Guillem Agulló desde los días posteriores a su asesinato, ya que había indicios de que provenían del entorno de Acción Radical.

Entre el material incautado en los registros, se halló un ejemplar del fanzine Cirrosis en el que figuraban datos de un centenar de personas. El diario El País informaba de que la lista negra la componían «negros, toxicómanos y prostitutas, pasando por miembros de CNT, la Radical Gai y colectivos antifascistas y anarquistas, así como separatistas —vascos, gallegos y catalanes— y comunistas. La lista incluye a un periodista del diario vasco Egin y a una conocida abogada abertzale. […] La lista, elaborada con ayuda de los grupos locales, ofrece objetivos en Madrid, Barcelona, Burgos, Valladolid, Sevilla, Palencia, Vigo, La Coruña, Bilbao, Barakaldo y San Sebastián».[16] Junto al nombre y los datos de cada uno de los objetivos, los neonazis añadían algunas notas sobre esa persona, su familia o su trabajo e incluso recomendaban cómo actuar al respecto: «a este cabrón hay que cazarle encapuchado» o «imprescindible acudir con cócteles molotov o material similar». El fanzine en cuestión era el número 20 de Cirrosis, que no llevaba fecha ni firma.

Varias organizaciones acusaron entonces a las autoridades de no tomarse en serio la amenaza neonazi. SOS Racismo pidió al entonces presidente del Gobierno, Felipe González, que aprovechase que tocaba la presidencia española de la Unión Europea «para propiciar la elaboración de un plan de actuación conjunta contra los grupos neonazis y las asociaciones que inciten al odio o la violencia racista, en el que se impliquen todos los Gobiernos europeos». Izquierda Unida ofreció sus servicios jurídicos a todos los miembros de la lista señalados por los neonazis. Por su parte, la CNT y Juventudes Libertarias apuntaron: «Los skins han pasado de ser una tribu urbana como tantas otras para convertirse en una organización fascista bien estructurada que representa un gran peligro». Grupos LGTBI denunciaron amenazas telefónicas a varias personas por su condición sexual, mientras que varios militantes antifascistas que figuraban en la lista decidieron cambiar de domicilio.

El juicio contra diez miembros de la organización neonazi Acción Radical se celebró en octubre de 1995 y tan solo se les acusó de asociación ilícita. El fiscal pidió para ellos tres meses de prisión, pero, tras pactar con las defensas, la sentencia rebajó un mes la condena. Los neonazis no pasaron ni un día en la cárcel, porque, como no tenían antecedentes penales, esos dos meses de prisión se quedaron en nada. El líder del grupo, según la Brigada de Información de la policía, era Manuel Canduela, a quien se le atribuye la coordinación de los fanzines Bandera Negra y Cirrosis.

José Ignacio Vega Peinado, «El Toro», estaba imputado en la causa, pero no acudió al juicio. Se había fugado del país unos meses antes, tras ser condenado a cuatro años por la paliza a mi profesor Manuel. Manuel pasó cuatrocientos veintiún días de baja y le quedó una discapacidad en la pierna del 20 por ciento. La Interpol detuvo en Londres a José Ignacio Vega Peinado y lo extraditó a España. El diario Levante-EMV lo recordó así:

Fue el docente, quien, ingresado en el hospital, identificó a su agresor por una foto en un periódico: había sido detenido ese mismo día tras atacar por la tarde junto a otros cuatro cabezas rapadas de AR a cinco miembros de una familia de etnia gitana, a uno de los cuales dejaron con secuelas de por vida tras lanzarle un gato hidráulico a la cabeza. Por esta última agresión, El Toro sería condenado a cinco días de arresto. Por la paliza al profesor le cayeron cuatro años de prisión. Entró en la cárcel porque tenía antecedentes penales, ya que en 1990 fue condenado a dos años de cárcel y a pagar una indemnización de cien mil pesetas por un delito de lesiones cometido en Cádiz en 1989. Vega Peinado fue el candidato a la alcaldía de Toledo en 2015 por el partido de extrema derecha España 2000, liderado por José Luis Roberto.[17]

Finalmente, tan solo cumplió un año y medio de prisión por todos estos delitos, y nunca pagó la indemnización correspondiente al profesor por las graves secuelas. Por supuesto, jamás pidió perdón.

En 1995 también tuvo lugar en la Audiencia de Castelló el juicio por el caso de Guillem. Se organizaron autobuses desde varias ciudades para asistir a la concentración convocada a las puertas del edificio, donde se juntaron centenares de personas, sobre todo jóvenes, para exigir justicia. La policía cargó contra ellos, provocando carreras y varios heridos. Cuando los autobuses volvían a casa, la policía los detuvo y los llevó a comisaría. Uno a uno, los asistentes al acto de Castelló fueron cacheados, identificados y fichados. Muchos de ellos eran menores de edad, estudiantes de secundaria que tuvieron que llamar a sus padres para que fuesen a comisaría a recogerlos.

El juicio fue absolutamente vergonzante. La escena más obscena —es difícil elegir solo una— quizás fuera cuando el juez obligó a una de las testigos —una amiga de Guillem que había presenciado el asesinato— a cantar el Cara al sol. El abogado de la defensa le preguntó si conocía la canción, ya que los testigos habían asegurado que los asesinos del joven se habían marchado brazo en alto cantando ese himno fascista. Entre lágrimas de rabia y ante el asombro de la sala —y las risas de los asesinos—, la joven tuvo que cantarlo para demostrar al juez que conocía la dichosa melodía.

La película La mort de Guillem (Carlos Marcel-Marquet, 2020) relata cómo fue aquel vergonzoso juicio y la campaña de criminalización paralela, liderada por el periódico Las Provincias. El tratamiento que hizo este periódico del caso merece un libro aparte y ha sido denunciado en numerosas ocasiones por otros periodistas, sociólogos y los movimientos sociales, que a menudo también eran señalados y criminalizados.

El viernes 20 de diciembre de 1996 era el último día lectivo antes de las vacaciones de Navidad. Alguien entró corriendo a clase y gritó: «¡Están desalojando el Kasal!». No pedimos permiso para salir del aula. La mayoría de la clase se levantó y echó a correr hacia allí, calle Alboraia arriba, que a esa velocidad estaba a menos de un minuto. Varias furgonetas de la policía antidisturbios cerraban el acceso a la pequeña calle Flora, donde se encontraba el Kasal. En la acera de enfrente, se concentraban decenas de personas que, como nosotros, habían acudido a toda velocidad en cuanto oyeron la noticia en Radio Klara. Impotentes, observábamos cómo numerosos policías trepaban por la fachada del edificio y tomaban el tejado. En primera línea, a escasos metros de nosotros, sonriendo y fumando sin parar, estaba José Luis Roberto, el conocido líder ultraderechista. Lo acompañaba un joven neonazi con una chaqueta bomber que, con gestos, nos invitaba a acercarnos. A él y a los antidisturbios, claro, con quienes compadreaban delante de nuestras narices.

Aquella mañana solo había un reducido grupo de personas en el edificio, así que el desalojo se realizó sin resistencia. Días antes, el propietario del inmueble ya había advertido a los okupas que el desalojo sería inminente, de modo que ya se habían sacado las cosas más importantes y solo quedaba lo que no había dado tiempo a retirar. Un grupo de guardias de seguridad vinculados a la ultraderecha se ofreció al Ayuntamiento de València, entonces en manos de Rita Barberá, para custodiar el edificio y que no fuese okupado de nuevo. Sin embargo, unos días después del desalojo, sus antiguos moradores aparecieron por sorpresa en varias furgonetas para llevarse lo que quedaba. Arrinconaron a los dos guardias de seguridad y les advirtieron que no intentasen nada. Más de una treintena de activistas entraron sin pensárselo en la que había sido su casa, su sede, su escuela durante cinco años. Según cuenta Óscar, que era uno de los que acudieron aquella mañana, los guardias permanecieron al margen, asustados ante la firmeza y la determinación de los okupas. Los activistas recogieron lo que quedaba y se marcharon. A partir de entonces comenzó una nueva etapa para el movimiento okupa, que se extendió por otras zonas de la ciudad y, ante la creciente gentrificación de algunos barrios valencianos, mantuvo una constante batalla con el Ayuntamiento, soportando como pudo la dura presión policial.

El movimiento okupa, tanto en València como en la mayoría de las ciudades del Estado, aglutinó a diferentes colectivos y ha sido uno de los puntos de convergencia del antifascismo desde aquellos años hasta hoy. Este merece un libro aparte, pero esta historia es imposible contarla sin mencionar este importantísimo movimiento social autónomo que sirvió de escuela para muchos jóvenes que empezaban a interesarse por la política y que, cuando no existía Internet, se empapaban allí de fanzines, conciertos, charlas e interacción con gente de la misma ciudad y de otros lugares. Un movimiento que mantuvo en vilo a las autoridades durante muchos años.

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