Antifascistas

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19. Al enemigo ni agua

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19. Al enemigo ni agua

Miguel es un viejo conocido de los movimientos sociales en Barcelona. Fue uno de los miembros de Al Enemigo Ni Agua (AENA), una organización antifascista que, durante años, se dedicó a investigar intensamente a la extrema derecha española. Sus publicaciones las seguíamos con gran atención desde otros puntos del Estado español durante los años noventa. Ahora vive lejos de la ciudad y, debido a las medidas sanitarias decretadas por la pandemia, no pude visitarlo para esta primera entrevista. Después de muchos intentos, recurrimos a la videoconferencia.

Empezamos a juntarnos en Barcelona a partir de que hubo actuaciones de grupos skinheads. Al principio estaban muy vinculadas al tema del fútbol, a las Brigadas Blanquiazules, que tenían conexiones con Juntas Españolas y Fuerza Nueva, sobre todo a nivel familiar. Familias muy destacadas cuyos hijos formaban parte de los ultras del RCD Español. En los Boixos Nois también empezaron a meterse grupos nazis sobre el 88 o el 89, y ahí estuvieron toda la década de los noventa. Empezamos con el colectivo para dar una respuesta a las agresiones en la calle de esos grupos, ya que empezaron actuar más allá del fútbol. Teníamos un programa en Ràdio Kontrabanda que se llamaba Al enemigo ni agua (AENA). Lo que hacíamos era denunciar los movimientos de todos estos grupos: las agresiones, los bares que frecuentaban, etcétera. Luego, ya a principios de los noventa, dejamos la radio y empezamos con el fanzine No Pasarán. Aquí ya nos pusimos a investigar otras organizaciones más allá de los skinheads. Una parte de nuestro colectivo se dedicó entonces a la investigación y otro grupo trabajaba más el tema de la calle.

El colectivo tomó el nombre del programa de radio, muy popular entonces entre los miembros de los movimientos sociales, que veían cómo las agresiones de los grupos neonazis iban en aumento y se les estaba prestando poca atención.

Era el año 1988 cuando los miembros de AENA empezaron a contactar con otros militantes antifascistas que ya empezaban a moverse en otros puntos del Estado y con colectivos de otros países que llevaban años trabajando en la investigación de los grupos de extrema derecha. Miguel destaca la sintonía y la constante comunicación que tuvieron entonces con organizaciones francesas, sobre todo con Reflex, que todavía permanece activa y se dedica también a investigar las organizaciones neonazis. En el Estado español, CEDADE continuaba activa. En el resto de Europa se sorprendían al ver la impunidad con la que exhibían las esvásticas y realizaban homenajes a Hitler.

También vimos nacer las primeras organizaciones nacional-bolcheviques (nazbols), que ya existían en Francia y otros países. Aquí fue Alternativa Europea, que empezó en 1993 de la mano de Juan Antonio Llopart, quien posteriormente fundaría el Movimiento Social Republicano (MSR).

Según el historiador Xavier Casals, esta organización tenía como referentes a «Ernst Jünger, Ramiro Ledesma, Jean Thiriart y los autores de la Revolución Conservadora Alemana». Se inspiraba en el Frente Nacional Bolchevique de Eduard Limonov, surgido en 1993 en Rusia. En los inicios del Frente Nacional Bolchevique también participó Alexandr Dugin, uno de los ideólogos más importantes e influyentes del entorno ultraderechista. Este personaje visitó en numerosas ocasiones el Estado español para participar en actos del MSR.

A los franceses les preocupaba este tipo de organizaciones que mezclaban mensajes e iconos de izquierdas con referencias nazis y fascistas. También se mostraban preocupados por la influencia de los neonazis en círculos esotéricos y otras asociaciones pseudoculturales y pseudohistóricas que usaban para captar miembros y, entre diversas conspiranoias, colar discretamente propaganda nazi. Siempre actuaban discretamente, pero quienes estaban acostumbrados al lenguaje, los marcos y los temas habituales de los neonazis lo detectaban. Esta confluencia entre el esoterismo, las conspiranoias y el neonazismo permanece hasta hoy. Y más recientemente, con la llegada del virus del covid-19, las teorías de la conspiración y las redes que las difunden están plagadas de neonazis. Con la excusa de «informar» sobre estos temas, muchos programas de televisión y radio, webs o revistas especializadas siguen difundiendo teorías conspiranoicas, en las que la ultraderecha se mueve como pez en el agua.

AENA contaba con una red de colaboradores que facilitaban información de primera mano sobre lo que se cocía en diversos ambientes en los que se movía la ultraderecha en Barcelona y alrededores. Algunos se colaban en sus actos, otros conocían a más de un bocazas que contaban todo tras un par de cervezas. Y otros realizarían labores mucho más delicadas y tremendamente efectivas.

Teníamos acceso a los apartados de correos de todas estas organizaciones. Estábamos al día de todos sus movimientos. Entonces, todos sus contactos eran a través del apartado de correos. Teníamos a gente trabajando en Correos, así que les facilitábamos el número de apartado y ellos retiraban la correspondencia, nos la pasaban, la leíamos, fotocopiábamos todo y se la devolvíamos para que siguiese su cauce.

Este peculiar acceso a la información les permitió conocer a fondo a los personajes, sus conexiones, sus publicaciones —siempre guardaban un ejemplar cuando se topaban con una remesa—, sus planes y alguna vez incluso sus miserias. El correo postal era entonces una comunicación segura, al menos eso creían. Por tanto, muchas veces llegaban cartas que contaban traiciones, alertaban sobre determinados personajes por sus dudosos comportamientos o incluso hablaban mal de otros camaradas y organizaciones del entorno.

Nosotros jugábamos mucho con eso. Si algunos hablaban mal de otra organización, fotocopiábamos esa carta y se la hacíamos llegar a esa organización. Una manera de combatirlos era intoxicarlos.

Lo que podría parecer una gran organización era en realidad un pequeño grupo de amigos, un grupo de afinidad formado por personas de distintos ámbitos. Eso sí, contaban con una red de colaboradores, que se implicaban según sus posibilidades para recabar información y pasársela a su contacto del núcleo de AENA.

La gente se pensaba que éramos mogollón de gente, pero, en realidad, el núcleo éramos entre ocho y diez personas. Lo que pasa es que éramos muy afines, no hacíamos ni asambleas. Quedábamos para repartirnos el trabajo. Una compañera era profesora universitaria, y entre ella y yo preparábamos las charlas, por ejemplo.

El trabajo de AENA no se limitaba a la documentación, infiltración y difusión de materiales, sino que realizaba una importante labor de sensibilización en centros sociales, colegios, institutos y universidades. «A veces incluso nos enterábamos de que los alumnos de algunos institutos creaban sus propios colectivos antifascistas», recuerda Miguel con orgullo.

Muchas veces, ni siquiera los mismos miembros del grupo sabían en lo que estaban trabajaban otros compañeros hasta que se ponía en común. En muchos casos, toda esa información no se hacía pública en sus fanzines ni en sus campañas. Mucha información se guardaba y otra se hacía llegar a periodistas de confianza, quienes, a su manera y con absoluto convencimiento, también contribuían en la denuncia de estos grupos. Estos periodistas no se limitaban a publicar, sino que a menudo también compartían información con los activistas antifascistas.

La complicidad entre periodistas y activistas antifascistas se dio en varias ciudades más. Los profesionales de la información no eran ajenos a la realidad. Muchos de ellos, de hecho, habían militado o simpatizado anteriormente con movimientos sociales e incluso habían sufrido la violencia y las amenazas de la extrema derecha. Por supuesto, entendían que debían tomar partido ante el fascismo, el odio neonazi y la violencia que se ejercía aquellos años contra diversos colectivos. Los neonazis, por su parte, tenían claro que los periodistas estaban entre sus principales enemigos y frecuentemente los señalaban en sus publicaciones.

AENA publicaba un fanzine y lo distribuía por centros sociales, locales alternativos, institutos, universidades y en actos y conciertos. La información más elaborada, que pretendía que llegara a todos los públicos, la reservaba para los grandes medios, siempre a través de periodistas de confianza. Se publicaron varias informaciones que desvelaban aspectos muy internos de los grupos ultraderechistas y estos empezaron a sospechar que había alguien infiltrado.

Incluso llegamos a desviar cheques bancarios que se enviaban por correo. Para generarles confusión, un cheque que iba dirigido a determinada persona se lo enviábamos a otro de ellos.

La incesante actividad de AENA provocó que, aparte de las amenazas, llegaran incluso a recibir una invitación al diálogo por parte de uno de los principales líderes nazis de la época.

Con la excusa de que, según ellos, luchábamos contra el mismo enemigo, el capitalismo, debíamos llevarnos bien y dejar de perder el tiempo con ellos.

Los neonazis también leían lo que producía AENA y veían que había información de primera mano sobre ellos. Los antifascistas, por supuesto, ni se molestaron en contestar.

Como se explica en otro capítulo, en Barcelona los grupos fascistas siempre habían celebrado el Doce de Octubre, con la oposición de los grupos independentistas y anticolonialistas, que criticaban el genocidio en América y la reivindicación del nacionalismo español. A principios de los noventa, tras el incremento de las agresiones fascistas, esta fecha adquirió un tono cada vez más estrictamente antifascista. La gente de AENA había participado en los años ochenta en las convocatorias contra el Doce de Octubre junto a numerosas organizaciones.

Empezamos a promover el Doce de Octubre antifascista sobre todo con colectivos de barrio y en un primer momento se sumaron los colectivos de la izquierda independentista. Al principio, algunos colectivos libertarios se quejaron de que, viniendo del mundo libertario, nos juntáramos con indepes, pero a nosotros nos daba igual. Estábamos para trabajar todos juntos contra el fascismo e, igual que en esta lucha, coincidíamos en muchas otras. Nunca hemos sido sectarios ni nos ha importado lo que dijeran los más puristas.

Aquellos años, el movimiento antifascista creció exponencialmente en Barcelona y en otras ciudades de Catalunya. AENA no actuaba en la calle, no era un grupo de acción, pero tenía una gran capacidad aglutinadora y el mejor servicio de información de la época. Además, organizaba cada año alrededor del Doce de Octubre unas jornadas antifascistas con charlas, debates y conciertos, que servían como punto de encuentro y para recaudar fondos a favor de iniciativas para combatir a la extrema derecha.

Financiamos publicaciones de libros, pagamos fianzas de detenidos, recogimos material para colectivos de migrantes cuando atacaron a los temporeros de El Ejido…

Los miembros de AENA continúan siendo amigos.

Éramos un grupo de colegas. Estuvimos muy activos hasta 2007 aproximadamente, pero luego hemos seguido haciendo cosas puntuales. Seguimos en contacto y a veces hablamos de estos temas. Ahora hay muchos colectivos antifascistas, casi en cada barrio. Hicimos lo que tocaba entonces con los medios que teníamos.

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