Antifascistas
Epílogo
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Epílogo
Betlem Agulló i Salvador
El primer día de instituto después de aquella Pascua fue como atravesar un precipicio con un solo pie. El miedo invadía mi cuerpo, me temblaba la voz y apenas podía pensar.
—Madre, no quiero ir.
—Betlem, cuanto más tardes en volver, peor
Aquellas fueron las palabras de mi madre. No hicieron falta más. Tenía que afrontar esa situación y debía ser en ese momento.
De camino a clase, pasé junto a mis compañeras en silencio, mientras ellas conversaban de cualquier cosa banal propia de adolescentes. Cuando llegué a la puerta del instituto, pensé que todo el mundo me miraría, que hablarían de lo sucedido a mis espaldas, que juzgarían lo acontecido y, al pensarlo, el corazón casi se me salió por la garganta. Según entré en clase, percibí con cierta incredulidad que la vida para aquella juventud de instituto seguía igual que antes de las vacaciones y ninguna persona se me acercó ni me miró para decirme nada. En aquel momento no comprendía por qué, no podía entender cómo ese dolor que llevaba dentro, me dejaba sin alma y me arrancaba el corazón a pedazos no estaba en las caras de aquellas personas en forma de tristeza, empatía, enfado o rabia. ¿Cómo era posible? Estuve a punto de gritar: «¡Han matado a Guillem!».
Ese día y los posteriores, ciertos desconocidos y algunos profesores se acercaron discretamente a darme el pésame. Fueron pocos, muchos menos de los que había imaginado. Sin embargo, la noticia se fue esparciendo poco a poco y empezó a recibir la importancia que merecía desde el primer momento.
Con catorce años llevé el duelo y la desesperación en mi profunda intimidad y oí todas aquellas frases que nunca deberían decirse a un niño que acaba de perder a un ser tan querido: «Sé valiente», «Ahora tú tendrás que ayudar a los padres», «Ahora serás tú la mayor», «Sé fuerte». Proseguí con mis estudios sin que ningún profesor se convirtiera en mi tutor de resiliencia. Me di cuenta de que no me interesaba ninguna conversación de los y las adolescentes de mi alrededor. Y que volver a casa todos los días después de clase era como volver al instituto ese primer día después de la maldita Pascua de 1993.
La vida de Guillem acababa de dar un giro de ciento ochenta grados. Los estudios en el centro de alto rendimiento de Xest no eran lo que había imaginado y decidió abandonarlos. Continuó durante un tiempo en el instituto público V. A. Estellés de Burjassot, donde tampoco encontró su sitio. Un accidente le hirió el ojo en el campo de fútbol del Levante UD y eso le estaba impidiendo practicar el deporte al que había dedicado más de media vida. Fue entonces cuando empezó a trabajar con mi padre en un pequeño taller ubicado en nuestra propia casa y por primera vez desde hacía tiempo le volví a ver feliz.
Todos los días, después del trabajo, cogía la moto e iba a València, al Vito Lumbagui en el barrio del Carmen o al Kasal Popular de la calle Flora. A menudo nos contaba historias de amistades forjadas en la lucha callejera, antifascista y antirracista, y cómo él y sus amigos se veían obligados a defenderse de los constantes ataques neonazis.
Davide, un okupa del Kasal Popular y de los fundadores de la asamblea antifascista, fue un gran amigo de Guillem. La extraña coincidencia de su asesinato unos meses después del de Guillem, con el señalamiento previo del que había sido objeto por parte del periódico Las Provincias y las amenazas públicas en forma de pintadas que advertían: «Davide, tú serás el próximo», nos olió a podrido.
La efervescencia juvenil de aquellos años de adolescencia de la vida de Guillem, el ir y venir de todos aquellos amigos que le acompañaban casi a diario en un ajetreo constante en nuestra casa, resultaba abrumadora. Les veíamos subir y bajar las escaleras que llevaban a su habitación con esas risas propias de la juventud y con una vida llena de ilusión y ganas por cambiarlo todo.
Los domingos por la mañana, Guillem participaba en un programa musical en Ràdio Klara. Su vida social era intensa. Los fines de semana viajaba a muchas ciudades del Estado español, donde compartía experiencias y proyectos con gente que, como él, creía que todo era posible y que conseguirlo estaba en sus manos.
A veces volvía preocupado y no hablaba. Le veías en la cara que algo no iba bien. Pero era Guillem y prefería no contar lo que nos haría preocuparnos más por él.
Y digo más, porque evidentemente la preocupación estaba latente. Sabíamos que, por su talante, Guillem era una persona que daba la cara en las concentraciones y manifestaciones, que se partía la cara si hacía falta por sus amigos y para defender lo justo. Sabíamos que había adoptado aquella estética que le identificaba claramente como antifascista y antirracista, y sabíamos que esa era su forma de entender el mundo y que estaba dispuesto a continuar así.
Papá y mamá le advertían constantemente de los peligros y yo, en mi casi infancia, sufría profundamente el miedo por lo que podría ocurrir. Guillem era una persona muy querida por todos, dentro y fuera de casa. Tenía esa capacidad de unir y atraía de aquella forma tan peculiar a todos los que le conocían. El día que se marchó con algunos amigos en Semana Santa, iba tan cargado como feliz. Con muchas ganas de pasar unos días de distensión de camping en una zona del interior de Castelló. Llevaba tiempo con cierta angustia y nos decía que se sentía controlado. Estábamos acostumbrados a verle ir y venir, y todos pensamos que ese viaje le sentaría bien. En ese momento yo no conocía el nombre del pueblo al que iba, solo recuerdo su beso de despedida mientras acababa de comer en la mesa de la cocina.
—¿Ya te vas? —le pregunté.
—Sí, me esperan. Hemos quedado en la plaza de la iglesia —contestó él.
Nunca volvería a olvidar el nombre de aquel lugar donde asesinaron vilmente a mi hermano.
Nos imaginamos mil veces los hechos, su sangre derramada por el suelo, los gritos de «¡Arriba España!» y el cántico del Cara al sol de sus asesinos mientras se alejaban dejando herido de muerte a mi hermano, al hijo, al amigo, al compañero, al camarada… Lo que vino después no tengo palabras suficientes para explicarlo. Un juicio vergonzoso, unos medios de comunicación farsantes, el continuo acoso… La maquinaria de un Estado fascista se puso en marcha y supimos lo que esto suponía.
En ese preciso momento, comprendimos que la memoria y la justicia que Guillem se merecía estaban en nuestras manos. Pisamos calles, pueblos, ciudades…, recorrimos cientos de kilómetros en la carretera y en la vieja máquina de escribir. Llevamos nuestra historia a cada rincón del país que quiso escucharla. Hablamos y recordamos a Guillem como lo que era y, entre todos, reconstruimos lo deshecho. La gente lo comprendió en un mundo de incomprensión y se posicionó a nuestro lado. Fueron cientos y después miles de personas las que hicieron suya nuestra historia y caminaron a nuestro lado, convirtiendo a Guillem en su hijo, en su hermano y en su amigo.
Ahora la historia de Guillem la narráis vosotros haciendo de su figura un referente de la lucha antifascista. Vosotros sois los que habéis honrado su memoria. Vosotros sois quienes habéis hecho justicia, esa que no recibió en el juicio. Y sois vosotros los que nos habéis alentado para seguir adelante. Después de todos estos años, ha sido la gente la que se ha hecho fuerte y nos ha hecho fuertes, y nos hemos empoderado para contar la verdad sin vergüenzas ni miedos. Guillem fue uno de nosotros, pero el tiempo nos ha demostrado que Guillem somos muchos. Miles de Guillems llenan las calles cada día y reivindican el derecho a la justicia, a la libertad y a vivir en un mundo plural y diverso donde cualquier persona cabe.