Antifascistas
21. Color Power y la cultura hip hop
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21. Color Power y la cultura hip hop
«Primero, si quieres bailar en la calle, en la Renfe o en el Metro,
te debes atar bien las botas, apretar los puños,
coscarte de un nazi y correr como un bruto.
Segundo, una vez que lo tienes no pares,
no dudes, no frenes,
te mueves de izquierda a derecha,
golpeando con ritmo su cara, su frente, su chepa.
[…] El rap se baila con un nazi en pareja».
EL CLUB DE LOS POETAS VIOLENTOS, Scratchapella, 1994
El único joven negro que había en mi instituto en 1993 era Nelson e iba a mi clase, a la línea en valenciano. Pronto congeniamos y formamos parte de la misma pandilla de adolescentes. Pasábamos las tardes en el Kasal Popular y en el barrio del Carmen, escuchábamos punk, hip hop y ska, y formábamos grupos de música con los compañeros de clase cada año con un nombre distinto, pero con los mismos miembros. Su padre era músico y él había aprendido a tocar la batería, así que empezamos a hacer ruido en una vieja alquería del camino de Montcada en la que vivían los tíos de Laura, una compañera de clase. Eran muy hippies y muy buena gente, pero acabaron hasta las narices de aquellos chavales que cada viernes por la tarde ocupaban el altillo de su casa para intentar hacer algo que sonara mínimamente bien. La música se mezclaba inevitablemente con nuestras inquietudes políticas y, mientras a algunos nos fascinaban el movimiento okupa, el antifascismo y otras luchas, Nelson empezó a juntarse con otros jóvenes negros de València y de otras ciudades, que ya habían empezado a organizarse y a reivindicar su papel en la lucha contra los neonazis y el racismo, que aquellos años estaban a la orden del día.
Hace muy poco, tras años de esporádicos mensajes para saber que continuábamos vivos, me enteré de que un primo de Nelson que vivía en Madrid había formado parte de los Color Power. Precisamente yo acababa de entrevistar a Killer B, uno de los impulsores de este grupo, y empezaba a conocer la historia de los jóvenes negros que se enfrentaban a los neonazis a principios de los noventa. Los conocí gracias al libro de Iñaki Domínguez Macarras interseculares (Melusina, 2020), que cuenta la historia de las bandas juveniles de aquellos años y dedica un capítulo a los Color Power de Fuenlabrada. Iñaki me puso en contacto con Wolfran Zannou, conocido entonces como Killer B. Como el mundo es un pañuelo, resulta que ambos teníamos conocidos y amigos en común.
Zannou explica:
Hubo una época en la que estábamos todos juntos. Los del hip hop, skaters, los heavies, los punkis… A todos nos unía un enemigo común: los nazis, que iban a por todos nosotros. A partir de las agresiones de las que nos empezamos a enterar de amigos y conocidos, decidimos responder al mismo nivel.
Los cuatro creadores de Color Power eran miembros de la BRIPAC (la brigada paracaidista del Ejército español).
Nos llamaban de repente de cualquier barrio avisándonos de que había grupos de nazis de caza. Nos organizábamos bien e íbamos allí a buscarlos. Eso provocó que se empezaran a preocupar y que nos empezaran a temer.
El movimiento nació en Fuenlabrada, pero pronto se extendió a otros barrios y pueblos de Madrid. Además, entraron en contacto con los primeros grupos antifascistas de la época, con miembros del SHARP y redskins, donde alguno de estos jóvenes negros también empezó a militar.
A veces llegamos a juntar hasta a trescientas personas, hombres y mujeres. Muchos blancos, aunque el núcleo lo formábamos nosotros —reivindica Zannou—. Durante un tiempo, erradicamos a los nazis de muchos barrios. Muchos de ellos eran niñatos que iban de malotes y se apuntaban a la moda. Hasta que los pillabas y se ponían a llorar.
Zannou destaca el papel político que tuvo el FOJA (Frente Organizado de Juventudes Africanas). Según cuenta Ángela Esapo en el blog Public Enemy Fun Club,[22] desde el asesinato de Lucrecia empezaron a proliferar grupos de jóvenes negros en varias ciudades del Estado, como València, Bilbao, Gijón o Zaragoza, y en 1995 se organizó el II Congreso de las Panteras Negras.
Es en este contexto en el que surge el FOJA, cuyo objetivo era en un principio reconocer nuevos frentes de lucha, unificar estrategias para derrotar al terrorista nazi y constatar la acumulación de fuerza.
Zannou, más allá de tener vínculos con varios grupos panafricanistas más politizados, confiesa que a ellos, el entorno de los Color Power, les interesaba más la acción directa.
Además de lo de Lucrecia, a un chaval negro le cortaron el escroto y lo lanzaron a un contenedor. Y quemaban a gente en los cajeros. Los nazis no se cortaban, y eso no lo podíamos permitir. Recuerdo cómo en plaza España, en Madrid, había a menudo palizas a homosexuales y a prostitutas.
Una vez, los miembros de los Color Power decidieron ir allí.
Fuimos, los vimos y se montó una batalla campal, cortando el tráfico a plena luz del día. Detuvieron a varios de los nuestros y a unos cuantos suyos, pero al llegar a la comisaría de Leganitos solo estábamos nosotros. La policía había abierto el furgón a mitad de camino y había dejado marchar a los neonazis.
Zannou recuerda que en el cuartel Primo de Rivera, donde estaba la BRIPAC en Alcalá de Henares, había mucho neonazi por aquel entonces, pero confiesa que nunca tuvo problemas. Nadie se atrevió nunca a decirle nada e incluso los mandos le aseguraron que no permitirían ningún atisbo de racismo, algo que, sin embargo, sí que notó sutilmente. «Para algunos era “guay” que hubiese un moreno allí», explica.
Ana Bibang nació en Madrid en 1973. Su madre era asturiana y su padre guineano. En 1991 empezó a estudiar Derecho en la Universidad Complutense. «Era un ambiente muy conservador, muy facha, pero yo vivía entre dos mundos», recuerda. En su barrio, Pueblo Nuevo y Ascao, pasaba mucho tiempo en la calle con otros jóvenes negros y mestizos que, como ella y muchos otros, combinaban sus estudios con la vida normal de cualquier barrio de clase trabajadora. Allí descubrió la cultura hip hop, primero por el break dance y después con el rap. Su hermano, el DJ y productor musical Jota Mayúscula, ya había empezado por entonces a ensayar en casa y tenía mucha música de importación que Ana también escuchaba.
Aquel Madrid no tenía la diversidad racial y cultural de hoy.
Tuve mucha suerte, porque tuve referentes negros y mestizos que me ayudaron a crecer en un empoderamiento muy fuerte, muy consciente. Me hizo sentirme orgullosa de dónde venía y cómo era. ¿En qué notas que eres una persona racializada? Pues en cosas muy sutiles, casos muy velados y a veces inconscientes, de quienes me preguntaban de dónde era, habiendo nacido en Madrid. No te decían «negro de mierda», pero no entendían que estuvieras en determinados sitios, como una facultad, donde no se espera que estés.
Ana Bibang destaca la siguiente anécdota de cuando empezó a salir con un chico blanco de la facultad.
Su familia convocó una reunión familiar y su abuelo, un antiguo terrateniente, le advirtió sobre los peligros de salir con una negra. A veces, en la facultad lo miraban peor a él que a mí.
Su contacto con la política en la Facultad de Derecho no fue fácil.
Me politicé muy rápido cuando llegué a la facultad, aunque en mi casa siempre se hablaba de política. Recuerdo que todos los días pasaba por delante de una sede que tenía Bases Autónomas en la universidad. Eso es lo que yo me encontré nada más llegar. Allí me pilló, además, el asesinato de Lucrecia. Era la primera vez que se hablaba abiertamente de racismo. Recuerdo, además, cuando se hizo el minuto de silencio en la facultad. Mientras estábamos en la concentración, noté un gran ruido y mi chico, de repente, me empujó a un lado. Alguien había lanzado un cartel desde el piso de arriba y, si no me llega a apartar, me parte la cabeza.
Aquellos meses próximos al asesinato de Lucrecia hubo diversos ataques neonazis; también contra los jóvenes negros amigos de Ana, a quienes más de una vez les decían que se fueran «a su país». Sin embargo, ellos habían nacido aquí. «Yo estoy bien mi casa. El que se va a ir eres tú». Y así se plantaron los negros y los mestizos ante los neonazis. «Si no lo comprendían hablando, se les explicaba a golpes, que era el único lenguaje que entendían».
Ana compartió con los Color Power y otros jóvenes ese sentimiento antifascista que primero les obligó a estar alerta y defenderse, y después se transformó en ofensiva.
Presencié muchos enfrentamientos, algunos muy violentos. Hubo una generación de chavales que tuvo que partirse la cara sin tener por qué. Ellos estaban en su barrio, en su país, y venían los nazis a decirles que se fueran y a agredirlos. Iban a los bares de música negra, iban a buscarnos. Pero hubo respuesta. Incluso se les fue a buscar. No solo negros, también amigos blancos. Hubo sinergias con otros grupos. Sobre todo con los SHARP, los skinheads antirracistas, quienes estaban en primera línea contra los nazis. Todos ellos demostraron una actitud brutal, plantaron cara. Y se les acabó echando. Se ganó esa batalla.
Como ya contaba Zannou, aquellos años se consiguió frenar a los grupos de neonazis que pretendían cazar negros. Y fue a base de hostias, las cosas como son. Ana precisa:
Luego, cuando empezó a llegar migración, ya se atrevían menos. Ya no iban a Lavapiés y a otros sitios. Con los senegaleses y los marroquíes no se atrevían.
Primero en el barrio y después en el mundo de la música, Ana vivió con mucho empoderamiento el hecho de ser mujer y mestiza en un entorno muy masculinizado y a menudo muy machista. Junto a otras dos mujeres, formó parte del sello Zona Bruta, que se creó en 1996. Por allí pasaron artistas como CPV, SFDK, VKR, la Mala Rodríguez, Frank T, Hablando en Plata o Zenit (MC). El componente antifascista del hip hop, como el de muchas otras músicas que formaban parte de la banda sonora de aquellos años, era un reflejo de lo que vivían los jóvenes entonces.