Antifascistas
25. Los pogromos racistas de Ca n’Anglada y el Ejido
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25. Los pogromos racistas de Ca n’Anglada y el Ejido
«La masa se ceba, se muscula rápidamente con la testosterona, la ignorancia y el miedo hasta transformarse en vómito de violencia. Y cuando la violencia se ha abierto paso solo es posible frenarla también con la fuerza. En El Ejido, la fuerza imbatible fue la convocatoria de una huelga».
PATRICIA SIMÓN, La Marea
Ca n’Anlgada es un barrio de Terrassa, en la provincia de Barcelona, habitado fundamentalmente por migrantes españoles, que ocuparon las casas construidas tras la riada de 1962. Tiene fama de ser un barrio combativo con gran presencia comunista durante los años de la transición. El PSUC ganó las primeras elecciones y la iglesia de Sant Cristòfor tuvo un cura rojo, Agustí Daura, que acabó siendo dirigente del partido.
Una noche en pleno mes de julio de 1999, cuando se celebraba la fiesta mayor, la música de la verbena se mezcló de repente con el ruido de una algarada. Varios jóvenes se estaban peleando en las inmediaciones y uno de ellos resultó herido en una oreja con una navaja. Según varios testigos, ni siquiera eran del barrio. Los periodistas sabemos que en verano no suele haber demasiadas noticias, así que cualquier cosa es susceptible de aparecer en la prensa y más aún si hay espectáculo. La violencia siempre es espectáculo y allí estaban los periodistas.
La aparición del suceso en la prensa caldeó todavía más el ambiente. Alguien hizo correr el rumor de que los agresores eran magrebíes del barrio. La prensa daba voz a esos vecinos que vertían comentarios racistas e insistían en culpabilizar a los moros. Así fue como estalló todo. Varios días de agresiones, ataques a la mezquita y a una carnicería halal, y un joven magrebí apuñalado. Xavier Horcajo, periodista de El País, retrataba así el ambiente que se respiraba:
La plaza en la que afirman que antes los grupitos de magrebíes molestaban a niños y chicas está hoy repleta de jóvenes con el pelo al uno y abundan los pantalones de chándal con la bandera española y las camisetas verdes del Ejército español. En el barrio, los rótulos comerciales en árabe han desaparecido y las pintadas «Moros, no» o «Skinheads Catalunya» aumentan.[24]
Mustafá Abajtour, portavoz de la Asociación de Marroquíes de Terrassa, denunció que la policía no había intervenido contra los agresores y advirtió que grupos neonazis estaban convocando para cazar a musulmanes en la zona. El digital catalán Vilaweb también advertía de la posible llegada de neonazis y apuntaba al dueño de la librería Europa, Pedro Varela, como uno de los organizadores.
El dueño de la librería nazi Europa, Pedro Varela, habría organizado los dos autocares que han trasladado neonazis este fin de semana al barrio de Ca n’Anglada, en Terrassa. Fuentes policiales y del vecindario han confirmado que esta expedición neonazi apadrinada por Varela se añade a los dos autocares de Madrid y uno de València que quieren ensañarse con los ciudadanos de Terrassa de origen magrebí que viven en este barrio, tras los incidentes ocurridos la semana pasada.[25]
Varios medios de comunicación fueron más allá de los incidentes y trataron de explicar la idiosincrasia del barrio dando voz no solo a los vecinos, sino también a los trabajadores sociales y los colectivos del barrio. Todos ellos coincidían en la precariedad que sufrían, la escasa atención institucional que recibían y la dificultad de encontrar una vivienda digna. Los conflictos vecinales se acrecentaban con la dejadez de sus gobernantes, que años atrás ya habían desplazado a una parte de la población gitana de Barcelona a este barrio de Terrassa.
Los incidentes terminaron con la detención de once neonazis, algunos de los cuales habían manifestado ante las cámaras de televisión su intención de «cazar moros» e incluso habían exhibido armas. La situación se calmó poco a poco. En cambio, se siguió sin dar soluciones políticas a problemas que son estructurales. El racismo institucional que perpetúa la segregación y la marginación, eternizando la precariedad, es caldo de cultivo para futuros conflictos. Era, pues, de esperar que los incidentes se repitieran, que fue lo que sucedió cuatro años después.
La localidad almeriense de El Ejido llevaba años recibiendo a miles de trabajadores migrantes que llenaban los campos y los invernaderos para ocupar puestos de trabajo que no interesaban a la población autóctona. Los bajos salarios y las pésimas condiciones en las que sobrevivían los trabajadores migrantes nunca supusieron ningún problema para los agricultores de la zona. Tampoco la convivencia era mala. La mayoría de los trabajadores eran marroquíes. Muchos iban y venían según fluctuaba la demanda y otros ya se habían instalado en el pueblo, habían alquilado una casa e incluso tenían sus propios negocios y centros de culto.
Todo esto cambió en febrero del 2000, cuando un joven marroquí con problemas psiquiátricos mató a una vecina del pueblo. Pocas semanas antes, otro joven migrante había asesinado a un patrón y a otro agricultor. Los ánimos ya estaban caldeados en el pueblo y la muerte de la joven desencadenó una cacería racista sin precedentes.
El 6 de febrero del año 2000, cientos de vecinos iniciaron un pogromo contra personas migrantes. Asaltaron sus negocios, incluso entraron en sus viviendas y les prendieron fuego ante la mirada pasiva de la policía. No hubo ninguna detención, ni siquiera una intervención policial para frenar a las hordas que arrasaban con todo. Más de una veintena de heridos, una mezquita arrasada y varios vehículos incendiados. Los trabajadores migrantes y sus familias se escondieron donde pudieron de la ira racista. Jóvenes armados con bates de béisbol y barras de hierro prendieron fuego a una vivienda en la que vivía una familia magrebí con dos menores de edad. Pudieron escapar de las llamas.
Decenas de marroquíes residentes en Las Norias salieron a protestar por el crimen cometido por un compatriota suyo. Llevaban los brazos en alto y querían mostrar su repulsa por tan desgraciado suceso. Fueron insultados y atacados por un grupo de vecinos armados. También el local de la Federación de Mujeres Progresistas fue atacado por los racistas.
Durante tres días, las cacerías contra ciudadanos de origen magrebí se sucedieron casi con total impunidad. Varios grupos neonazis se desplazaron a la zona para participar en el pogromo. Luego difundieron imágenes en sus fanzines en las que aparecían encapuchados y armados para reivindicar su participación en los incidentes. Me recordó lo que había sucedido unos años antes en Rostock (Alemania), cuando una turba de racistas había atacado viviendas de refugiados, que huían despavoridos de las llamas mientras la televisión lo retransmitía en directo.
Finalmente, los temporeros y los trabajadores migrantes, que se veían totalmente desamparados, decidieron no ir más a trabajar a los invernaderos. La periodista Patricia Simón lo recordaba así en La Marea veinte años después:
La huelga, indefinida inicialmente, duró dos días. El 10 de febrero, las asambleas de migrantes y las asociaciones empresariales y sindicales de Almería, alcanzaban un acuerdo refrendado por el Gobierno de España y la Junta de Andalucía. El documento incluía la garantía de proteger la seguridad de los trabajadores extranjeros, el alojamiento urgente de las más de cuatrocientas personas que perdieron sus viviendas, la creación de un fondo social para indemnizar las pérdidas que hubiesen podido sufrir, el compromiso de los empresarios para que los migrantes tuviesen representación en el convenio del campo y la creación de una comisión de seguimiento que velase por la ejecución de los acuerdos. Nunca se cumplieron.[26]
Los ataques racistas de El Ejido permitieron visibilizar todavía más la precariedad y el abandono que sufrían las personas migrantes que venían a trabajar, algo de lo que hasta ese momento solo eran conscientes algunos colectivos. Las noticias que informaban sobre lo sucedido no podían obviar mostrar la realidad en la que vivían estas personas en una localidad que se había lucrado durante años de la mano de obra extranjera y ahora castigaba a todas por el delito cometido por una sola persona. Las denuncias contra la ley de extranjería se multiplicaron, así como las campañas de solidaridad con las víctimas de los ataques racistas. Colectivos antifascistas y antirracistas organizaron actos en distintas ciudades para alertar sobre el auge del racismo y recogieron material que enviaron a El Ejido. Uno de ellos fue el colectivo Al Enemigo Ni Agua, de Barcelona, que destinó a los colectivos de migrantes de El Ejido una parte de la recaudación de su festival anual. Otros activistas se trasladaron a El Ejido para ayudar en la reconstrucción de algunos lugares.
En 2003, tres años después de los sucesos de El Ejido, las cacerías racistas volvieron a Ca n’Anglada. Aquellos años se vivió un auge de los neonazis en Barcelona, el Vallès y el Llobregat. En la zona también había un nutrido grupo de jóvenes del entorno nacional bakala que se apuntaban a cualquier bronca y mezclaban su pandillerismo discotequero con estética skin y simbología ultraderechista. Este fenómeno, que se dio en el ocaso de la ruta del bakalao, se extendió por todo el Estado. Lo cierto es que normalmente eran jóvenes despolitizados, pero dio la sensación de un auge del movimiento neonazi, cuando, en realidad, eran los camorristas de siempre que usaban ciertos discursos y cierta estética como excusa para ejercer violencia gratuita.
Así explicó La Vanguardia esta nueva cacería racista en Ca n’Anglada:
El pasado 3 de mayo, un centenar de jóvenes del mismo barrio y «skinheads» de Terrassa, Sabadell, Barcelona y Manresa se reunieron en el aparcamiento de un centro comercial egarense. Armados de palos, objetos contundentes y cócteles molotov, se organizaron en grupos y se adentraron en el citado barrio, dirigiéndose a la plaza central, punto de reunión habitual de ciudadanos de origen magrebí.
Uno de los grupos de «skins» se encontraron a varios magrebís y sin mediar palabra, uno de ellos apuñaló a uno de los inmigrantes. El agredido quedó malherido y se refugió en un bar, que fue atacado por otro «skinhead» con un cóctel molotov.
Los agresores se dieron a la fuga, volvieron al párking del centro comercial, donde habían dejado los coches, e inmediatamente huyeron. A los pocos minutos varias dotaciones policiales acudieron al lugar de los hechos y encontraron cinco cócteles molotov.
SOS Racisme denunció una vez más la escasa atención que había recibido el barrio después de los incidentes de 1999 y apuntó a las políticas públicas fallidas como responsables de la pauperización de la zona y la precariedad de sus habitantes, que tan solo eran noticia cuando ocurría algún suceso. Y de esta situación, la extrema derecha es la que más provecho sabe sacar. De hecho, el candidato del PP catalán Xavier García Albiol, que había empleado el discurso antiinmigración, islamófobo y antigitano en varias campañas electorales a la alcaldía de Badalona, se presentó en 2015 en Ca n’Anglada. Lo mismo hizo Vox en las sucesivas y más recientes elecciones. También en El Ejido, donde lograría uno de sus mejores resultados —un 30 % de los votos en las elecciones municipales de 2019—. Lo explicó de nuevo en La Marea mi compañera Patricia Simón en el artículo en el que recordaba los sucesos de El Ejido:
Veinte años después, el partido de extrema derecha Vox es el segundo más votado en El Ejido, una ciudad donde conviven millonarios con miles de trabajadores viviendo en condiciones infrahumanas en chabolas de plástico y antiguos cortijos en ruinas por los que pagan alquileres desorbitados. ONG con proyectos en algunos de los países más pobres del planeta tienen que seguir yendo semanalmente a prestarles atención sanitaria. Sin luz ni agua corriente, sobreviven en ese cuarto mundo que nuestras sociedades enriquecidas se han acostumbrado a albergar como engranaje imprescindible de su motor económico.
No ha vuelto a haber razias porque la ley de extranjería es el mejor sistema de represión y amedrentamiento para que las personas migrantes no osen reclamar los derechos más fundamentales. Pero la semilla del odio, que brotó en el año 2000 escandalizando a buena parte del país, está ahora diseminada por todo el territorio nacional: la riegan diariamente con sus mentiras, sonrisas cínicas y visitas a centros de menores, campos de tiro y al Parlamento la señora Monasterio y los señores Abascal y Ortega Smith. Pero no solo. También medios de comunicación que durante años han pagado a tertulianos dedicados a hacer apología del odio, divulgar bulos y prejuicios, y crear así la agenda política y el estiércol ideológico sobre el que luego se ha enraizado parte de la derecha y la extrema derecha españolas.[27]
Estos últimos veinte años no se han dado pogromos tan graves como los de El Ejido, pero sí ha habido episodios similares contra población migrante. Recientemente, contra los menores migrantes no acompañados (a los que se estigmatiza con las siglas MENA). En diciembre de 2019, tras varias protestas contra el centro del barrio de Hortaleza (Madrid) en el que residían varios de estos jóvenes, alguien colocó un artefacto explosivo en la puerta. En Castelldefels (Barcelona), un grupo de encapuchados atacó el centro de menores en marzo de 2019 aprovechando las protestas vecinales contra la inseguridad.
Como siempre, los grupos de extrema derecha relacionan la inseguridad con las personas migrantes, no con la precariedad ni con la falta de políticas públicas que solucionen o mitiguen los problemas de la ciudadanía. Esta historia se repite en todo el planeta y poco pueden hacer por evitarlo los colectivos antirracistas y antifascistas con los medios a su alcance. Estos colectivos, junto a los de los barrios, intentan tejer alianzas y reforzar la solidaridad allí donde la administración pasa de puntillas y los medios de comunicación ponen el foco bajo el marco de la inseguridad. La atención desmedida que prestan los medios cuando ocurre algún suceso, que siempre enmarcan cualquier conflicto en el tema de la seguridad e ignoran los problemas sociales, el marco legal y las causas estructurales —con claros responsables—, proporciona el abono perfecto para el discurso del odio, la semilla de la que nace y crece la ultraderecha. De nuevo es Patricia Simón quien lo resume:
Quienes se lucran gracias a la transmisión del virus del odio saben que no hay conductor mejor que las masas. La democracia consiste, por el contrario, en construir sociedades comunitarias que reconozcan a cada individuo en su dimensión única e irrepetible. El Ejido debe permanecer indeleble en nuestra memoria histórica: un aviso de lo que ocurre cuando las leyes excluyen a una parte de las personas de su condición ciudadana, cuando se normalizan las castas sociales, cuando, en definitiva, institucionalmente se sientan las bases de un apartheid. Luego, que nadie se eche las manos a la cabeza cuando el control lo tomen las turbas.