Antifascistas
28. Internet, infiltrados y stalkers
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28. Internet, infiltrados y stalkers
La llegada y la progresiva normalización de Internet supuso un cambio considerable en la manera en que los movimientos sociales se empezaron a organizar. De los fanzines y los apartados de correos, se pasó al contacto personalizado e inmediato a través de foros y correos electrónicos —antes de que existieran las redes sociales— e incluso a las aplicaciones de mensajería instantánea en los teléfonos móviles.
Eran los años de lo que se conoció como protestas antiglobalización, que tuvieron lugar en Seattle en 1999, en Praga en 2000, y en Génova, Gotemburgo y Barcelona en 2001. Las imágenes de decenas de miles de manifestantes clamando que otro mundo era posible frente a las cumbres de los principales organismos internacionales del capitalismo estimularon cada vez más a los movimientos sociales de todo el planeta y también al antifascismo. Tuve ocasión de asistir junto a otros compañeros del periódico L’Avanç a la contracumbre de Praga, donde se reunían el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, dos de los principales símbolos del capitalismo. El año anterior, Seattle había acogido la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y las protestas de cerca de cincuenta mil personas, algo que llamó poderosamente la atención de los medios de comunicación, de quienes nos interesábamos por aquellos movimientos y, por supuesto, de aquellos contra quienes se dirigían las luchas.
La Direct Action Network, formada principalmente por colectivos autónomos vinculados al anarquismo, fue una de las impulsoras de toda la coordinación de las protestas y de las acciones que pusieron en jaque la cumbre de la OMC, para lo que jugó un papel importante Internet. Hasta entonces, la Red no era tan popular como ahora y el acceso a ella no estaba al alcance de todos. Sin embargo, los movimientos sociales supieron desde el principio que se abría una ventana al mundo y que contaban con una nueva herramienta de comunicación y propaganda que se escapaba al control de las autoridades y que, además, era horizontal e inmediata. Destacó el papel de la red Indymedia, un foro de activistas y movimientos sociales que se expandió por todo el planeta y durante muchos años sirvió de altavoz y punto de encuentro de todos ellos. Esto, sin duda, nos llamó mucho la atención a quienes empezábamos a ejercer el periodismo y queríamos ofrecer otro tipo de información, comprometida y más pendiente de los movimientos sociales que de la alta política. Era lo que entonces llamábamos «contrainformación» o «información antagonista», que fue la evolución de los boletines, fanzines y otras herramientas de comunicación de diferentes colectivos e iniciativas.
El escaso control que entonces había sobre la Red fue útil para todos. Los movimientos alternativos supieron utilizar desde el principio esta herramienta para contactar y coordinarse, y llegaron a cotas de movilización masivas —como las cumbres antiglobalización citadas—. Internet jugó un papel clave no solo como herramienta de contacto y organización, sino para difundir la versión propia de los hechos sin depender de los relatos de los medios de comunicación. Los medios podían contar lo que quisieran, pero existían webs y foros en los que encontrabas fotos y vídeos de lo sucedido casi al instante.
La extrema derecha, por su parte, también rentabilizó esta nueva herramienta, aunque no contaba con esa capacidad de movilización ni con esa red extensa de militantes que siempre ha tenido la izquierda. De hecho, el intento de concentración de varios grupos neonazis en la cumbre de Praga fracasó estrepitosamente. Los antifascistas habían detectado en los foros de Internet la cita de los neonazis, así que, cuando se reunieron unas cuantas decenas de ellos en una estación de tren, un nutrido grupo de encapuchados irrumpió violentamente y los disolvió de inmediato. La presencia neonazi en la contracumbre duró escasos minutos y el vídeo de la acción directa fue difundido en redes como advertencia para los otros neonazis que pretendían acudir a Praga.
La mayoría de páginas web y foros neonazis estaban alojados en otros países, principalmente en Estados Unidos, donde no existía censura de este tipo de contenidos y era más difícil rastrear su origen. Estas webs permitían acceder a abundante material de odio racista, antisemita, misógino, homófobo y negacionista del Holocausto sin ningún tipo de problema. En España, una de las webs pioneras fue NuevOrdeN, un almacén de material nazi. En ella se publicitaban varias organizaciones de todo el mundo y servía, además, de contacto entre neonazis y de tablón de anuncios de todo tipo de actividades y campañas. Era considerada la principal web nazi en español de todo el planeta, a pesar de su diseño cutre en comparación con otras webs de la época. Años después descubrí que quien administraba la famosa web era una mujer de València. Una periodista, guionista, filóloga y doctora en Comunicación Audiovisual vinculada al mundo del teatro que durante un tiempo fue jefa de prensa de un partido neonazi.
Otro de los puntos de encuentro en la red de los neonazis, más allá de los foros convencionales, fue Celtíberos. Un foro similar a una red social que se convirtió en una potente herramienta de comunicación entre los militantes y simpatizantes nazis y, a la vez, en una fuente de información imprescindible para los militantes antifascistas. La infiltración en este y en muchos otros foros era más que habitual. Con perfiles falsos, los antifascistas se ganaban la confianza de muchos neonazis, a los que después, en privado, les sacaban abundante información gracias a la fanfarronería de algunos de ellos. Estos, entre intentos de seducción cuando el perfil falso era el de una mujer, explicaban sus gestas, traicionaban a sus camaradas contando privacidades o desvelando planes sobre sus próximas acciones y proporcionaban un verdadero torrente de información que cualquiera que conociera un poco el lenguaje y el entorno podía entender.
Internet era todavía inaccesible para muchos. Proliferaron los cibercafés, donde podías conectarte a la Red a una velocidad decente. Aquí fue donde David Saavedra, autor del libro Memorias de un exnazi (Penguin, 2021), confiesa que se fanatizó. Él y muchos otros. El testimonio de David, que aquellos años se inició en el mundo neonazi, resulta bastante interesante por cómo explica en su libro el proceso de fanatización, cómo funciona el sesgo de confirmación que construye esas identidades que no admiten discrepancias, ni siquiera hechos objetivos que rebatan sus creencias.
David ofreció una entrevista al periodista Jordi Évole días antes de publicarse su libro. La Sexta la emitió el 2 de mayo de 2021 y en ella aparecía David a cara descubierta explicando todo lo que me iba a encontrar en su libro tres días después, cuando lo recibí en casa y lo devoré de una tacada. En su libro hay múltiples espacios y personajes comunes, pero vividos desde la otra trinchera y explicados desde el punto de vista de quien fue uno de sus protagonistas. El libro de David también explica el importante papel que juega Internet, así como las constantes infiltraciones que recibían no solo de antifascistas, sino de periodistas y, por supuesto, policías, aunque estos últimos pocas veces se descubrían.
Esta táctica, obviamente, la usaron también los neonazis contra los antifascistas en otros foros y redes sociales. Por eso, los militantes más experimentados y prudentes insisten en que hay que ser absolutamente selectivos a la hora de confirmar amistades y dejar los perfiles abiertos, así como no colgar imágenes donde aparezcan otras personas y lugares que se frecuentan habitualmente. Aun así, el stalkeo sigue estando a la orden del día y los ficheros clandestinos de militantes de uno y otro lado son de sobra conocidos. Si alguien decide militar en el antifascismo, la primera norma es que tenga cuidado con sus redes. Lo mismo ocurre con posibles infiltrados en la vida real, ya sean miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado como neonazis, periodistas o cualquier otro personaje con intención de obtener información para hacer daño al movimiento. Ante esto, entre las medidas básicas de cualquier movimiento social para conocer bien a las personas que aparecen de repente a militar, está conocer a su familia, a sus amigos, su trabajo y su casa.
Los foros también sirvieron de escenario de debates de todo tipo. Algunos más racionales, donde ciertos ultraderechistas y antifascistas intentaban debatir, pero lo más normal era que cada sector tuviese su espacio, sus foros, y que la intervención de alguien del lado contrario fuese en tono provocador, insultante o amenazante. Las redes provocaron también que algunos individuos que no tenían las ideas demasiado claras acabaran buscando su lugar en lo que pensaban que eran tribus y pasaran de un lado a otro o llegaran incluso a establecer relaciones personales con el supuesto bando contrario. El auge de los conocidos como «ambiguos» y la existencia de algunos personajes que entraban en estos entornos por morbo o por curiosidad, sin interés real por la política ni mucho menos convicciones, acabó por retratar a más de uno, que acabarían hasta borrándose tatuajes para ser aceptados por sus nuevas amistades neonazis.
La web de L’Avanç contenía también un foro abierto en el que tenían lugar muchos debates, sobre todo de temas relacionados con la actualidad valenciana, pero que sería un lugar habitual de troleo de la extrema derecha. Tuvimos muchos debates sobre si debíamos filtrar comentarios o adoptar algún tipo de medida para evitar que los trolls intoxicaran el foro e impidieran los debates. Aunque se decidió mantener el foro con algunos filtros, una serie de comentarios provocaron un buen revuelo en agosto de 2007. Xavi, el encargado de administrar la web, rastreó la IP de varias amenazas vertidas en el foro y comprobó que correspondía a la Dirección General de la Policía. Teníamos constancia de que recibíamos sus visitas cada día, pero hasta ese momento no habíamos detectado su participación en los foros. Esta vez, al funcionario de turno se le fue la mano y dejó caer alguna que otra advertencia con el mismo estilo que usaban los habituales neonazis y fascistas que aparecían por allí. Hicimos público este hallazgo y la Delegación del Gobierno nos convocó a una reunión para tranquilizarnos. Solo sirvió para que nos aseguraran que se comprometían a identificar al responsable y sancionarlo, pero nunca más volvimos a saber del tema.
En el libro Diario de un skin, Antonio Salas explica cómo logró infiltrarse en estos movimientos a través de la Red. Usaba su lenguaje, entraba en sus foros y tejía amistades virtuales que acababan concretándose en encuentros personales. David Saavedra también explicaba así sus años de militancia en el mundo neonazi y hoy en día son múltiples los ejemplos de personas incluso absolutamente ajenas a los ambientes ultraderechistas que llegan a fanatizarse a través de Internet.
También ocurre lo mismo con la toma de conciencia política en sentido contrario. Muchas personas con las que he hablado en varios de los actos en los que he participado sobre extrema derecha reconocen que se han dado cuenta de la infección a través de las redes sociales, de cómo la ultraderecha está usando la Red para su batalla cultural contra lo que consideran «políticamente correcto», contra el «marxismo cultura» o la «dictadura progre», es decir, el consenso, la hegemonía cultural en defensa de los derechos humanos, el principal enemigo de la extrema derecha.
Proyecto UNA da buena cuenta de esto y se dedica precisamente a combatirlo. Se define como una colectividad millennial nacida para investigar, desde lo popular y lo comunitario, las expresiones digitales de identidades y prácticas políticas en la Red. Según Proyecto UNA, existe una estrategia global coordinada de las ultraderechas en la Red, aunque en cada territorio haya temas propios.
Si bien es cierto que en el Estado español la cuestión nacionalista/imperialista sigue siendo un eje vertebrador ineludible, el rechazo a la migración, el antifeminismo y la LGTBfobia son pilares fundamentales de entrada a las ideas supremacistas en cualquier territorio. Aquí, hemos podido observar la criminalización y deshumanización del colectivo migrante con el término «los MENA», y el antifeminismo y la LGTBfobia se han mantenido transversales a través de discursos que podemos englobar bajo la idea de «derecho agraviado». El derecho agraviado consiste en una reacción frente a la obtención de representación y derechos de colectivos marginados o minorizados.
El derecho agraviado (yo lo llamo victimismo del privilegiado) se muestra no solo a través de campañas de acoso, sino también a través de lo que se conoce como troleo: «Se presentan también como juego o provocación, muchas veces haciéndose pasar por elementos subversivos o molestos para lo que ellos consideran un establishment progre. Lo importante en estos casos es la capacidad de movilización por encima de la de organización, como decía Steve Bannon. La creación de cuentas falsas que participen en la difusión de hashtags o compartan masivamente bulos se hace bajo un espíritu fanfarrón y contestatario que cuenta con el atractivo de lo prohibido. Hacer chistes nazis se convierte en una provocación hacia los «ofendiditos progres». Esconder la ideología bajo el humor permite que las incitaciones al odio se presenten como un juego.
Esta banalización del odio, el anonimato y la ambigüedad que en muchos casos ofrece la Red en la interpretación de algunos mensajes proporciona un espacio seguro a la ultraderecha.
Lo que se comparte en casi todos los casos del auge del fascismo en Internet de los últimos años es el espíritu festivo y de provocación. Dicho espíritu minimiza el impacto que la normalización de ideas reaccionarias tiene en gran parte de la población.
Aunque lo que pasa en las redes a menudo no tiene una traducción real en las calles, es inevitable que la presencia y la reiteración de determinados temas en las redes acaben saltando al debate público en medios de comunicación. A lo largo de estos últimos años, la fanatización a través de las redes ha sido un hecho constatable que en algunos casos se ha traducido en acciones terroristas o violentas de determinados sujetos, que no han necesitado entrar a formar parte de ninguna organización y han actuado por su cuenta. Es el caso, por ejemplo, de Brenton Tarrant, que asesinó a cincuenta y dos personas en una mezquita de Christchurch (Nueva Zelanda), o de Anders Breivick, que mató a sesenta y nueve adolescentes en la isla de Utoya (Noruega). Y son tan numerosos los ataques contra personas refugiadas, migrantes, negros, latinos y mujeres por parte de ultraderechistas que ya son varios los países cuyos servicios de inteligencia consideran el terrorismo neonazi la principal amenaza para la seguridad, equiparable y en muchos casos superior a la del terrorismo yihadista. La investigadora y politóloga canaria Laura Méndez, experta en radicalización, terrorismo y extrema derecha, realiza una gran labor de investigación y difusión en su cuenta de Twitter, donde analiza el alcance de las redes en la fanatización. En uno de sus hilos en esta red social, explicó cómo funciona la propaganda en el terrorismo ultraderechista. Méndez habla de «radicalización, burbujas ideológicas y subculturas digitales»[37] para explicar que las redes son un entorno propicio para la radicalización de muchas personas que, a menudo, no tienen demasiados contactos más allá de la Red. Destaca también «el alcance transnacional de los manifiestos y manuales tácticos» que varios terroristas ultraderechistas han difundido en sus redes y cómo estos han servido y sirven de inspiración para nuevos fanáticos dispuestos a cualquier cosa. Su cuenta en Twitter ofrece numerosas claves para entender y analizar el fenómeno, y forma parte de una nueva generación de investigadores que ha puesto el foco en este fenómeno, hasta ahora ignorado por la mayoría de analistas en materia de terrorismo. Sin embargo, un buen número de activistas antifascistas de diversos países se ha volcado estos últimos años en la investigación de las redes de la ultraderecha, y no son pocos los asaltos a los servidores y webs neonazis que acaban siendo publicados y expuestos a la luz pública, motivando, entonces sí, a las autoridades a actuar contra estos grupos que, en privado, exhiben armas y cacarean sus planes de actuar con violencia.