Antifascistas
30. La larga transición valenciana
Página 33 de 60
30. La larga transición valenciana
«Per guanyar la llibertat quants germans tenen de caure?»
AL TALL, A Miquel Grau, 1979
Durante muchos años, los actos violentos de la extrema derecha en el País Valenciano se los repartían entre los grupos neonazis y los grupos antivalencianistas, escudados tras el anticatalanismo, muy activos desde la transición y a veces enlazados entre sí. Aunque estos últimos tenían su radio de acción básicamente en la provincia de València y sobre todo en la ciudad, el anticatalanismo ha sido una de las señas de identidad de la derecha y la ultraderecha valenciana desde hace décadas.
El periodista valenciano de elDiario.es Lucas Marco publicó en septiembre de 2020 un artículo que revelaba parte de la intrahistoria de la ultraderecha valenciana que era un secreto a voces.
Emilio Attard (1915-1997), líder de la UCD valenciana y presidente de la comisión del Congreso de los Diputados que redactó la Constitución de 1978, tenía en su archivo una copia notarial de los estatutos del Grupo de Acción Valencianista (GAV), una pequeña organización anticatalanista que protagonizó gran parte de la violencia callejera contra la izquierda a partir de la transición. El archivo de Attard, cedido por su sobrino Vicente Navarro de Luján hace unos años a la Biblioteca Valenciana, incluye una carpeta que contiene una copia notarial de los estatutos del GAV, un grupúsculo ultra cuyos dirigentes han sido condenados por episodios de violencia política.[57]
El objetivo prioritario de esta organización y de otras del mismo cariz fue el boicot y el acecho a todo aquel que promoviera la normalización de la lengua valenciana (nuestra manera de denominar al catalán en el País Valenciano), la recuperación de la cultura propia más allá del folclorismo y, por extensión, cualquier reivindicación nacionalista, sea en el proyecto conocido como Països Catalans (que engloba los territorios de habla catalana) o simplemente circunscrita al territorio valenciano.
La revelación de Lucas en elDiario.es no sorprendió a nadie, pero al menos servía para demostrar una vez más la connivencia de los artífices de la transición y las cloacas del Estado con la promoción del conflicto identitario valenciano, que todavía hoy forma parte del discurso de la derecha valenciana.
En 2002, tras una investigación que realizamos en el periódico L’Avanç, pudimos identificar a los autores del asalto al Casal Jaume I de Russafa, uno de los centros que Acció Cultural del País Valencià (ACPV) tenía repartidos en varias localidades valencianas, los cuales a menudo eran objeto de ataques de la extrema derecha. Un descuido de los asaltantes nos permitió identificar a tres miembros del Grup d’Acció Valencianista (GAV) como autores de los hechos. La actividad de esta organización desde la transición se había destacado por su constante acecho, a menudo violento, contra la izquierda valencianista. Aunque muchos de los ataques no habían sido reivindicados nunca, el GAV aglutinaba a la mayoría de los alborotadores que, durante muchos años, se dedicarían a boicotear todo tipo de actos políticos y culturales de quienes ellos consideraban «catalanistas».
La confusión sobre el uso del término «valencianista» que puede tener ahora mismo el lector es fruto de la apropiación que la ultraderecha hizo de este término para contraponerlo al supuesto «catalanismo» que representan quienes defienden la unidad de la lengua catalana (un hecho sin discusión académica) y la normalización de la cultura valenciana. Los medios de comunicación regalaron la etiqueta de «valencianista» a los grupúsculos catalanófobos y españolistas, y usaron el término «nacionalista» o «catalanista» para referirse a quienes defendían y promocionaban la normalización del valenciano, fueran o no seguidores de las tesis del ensayista valenciano Joan Fuster y fueran o no independentistas. Fuster sufrió un atentado con explosivos en su casa el 11 de septiembre de 1981, pero nunca se detuvo a nadie. Lucas recordaría en elDiario.es el suceso cuando se cumplieron cuarenta años, remarcando que la investigación policial estuvo plagada de irregularidades y de un manifiesto desinterés.[58] El periodista Francesc Bayarri acababa de publicar Matar Joan Fuster (Astrohongaresa, 2021), un libro que daba numerosos detalles sobre el caso. Según declaró su autor a Lucas, «todo indica que fue un atentado de la extrema derecha tradicional franquista con conexiones directas con gente ultra del Ejército y de la Policía». Otros escritores e intelectuales de aquellos años, como Manuel Sanchis Guarner,[59] también sufrieron atentados con explosivos. Nunca se detuvo a los culpables.
La articulación de esta identidad valenciana que defendía la derecha se basaba en su oposición a un supuesto plan imperialista catalán para usurpar sus señas de identidad que empezaría por llamar a la lengua compartida «catalán», a pesar de que en el País Valenciano se llamaba coloquialmente «valenciano». Simplemente reconocer que se trataba de la misma lengua (algo que reconoce la misma Academia) ya te situaba en el bando «catalanista». Incluso la enseñanza en valenciano, que llegó de manera oficial a principios de los noventa, era una pieza más de la conspiración para «catalanizar» a los niños valencianos. Por ello, el blaverismo, que es como se conoce este movimiento en referencia a la franja azul de la señera valenciana, combatió cualquier política de normalización de la lengua, cualquier entidad o acto que promocionase su uso, desde entidades políticas y culturales hasta las propias universidades, a las que acusaban de estar al servicio de dicho complot.
Aunque muchos de los militantes del blaverismo ni siquiera se consideraban a sí mismos ultraderechistas, las connivencias con otras organizaciones de este signo y la vinculación de algunos de ellos con el mundo ultra eran de sobra conocidas. El sociólogo Vicent Flor publicó en 2009 su tesis doctoral: L’anticatalanisme al País Valencià: Identitat i reproducció social del discurs del Blaverisme. En este excelente trabajo, Flor desgrana con absoluto rigor y honestidad la construcción identitaria del anticatalanismo valenciano, un mundo que llegó a conocer en primera persona tras pasar brevemente por una de las distintas organizaciones de aquel espectro. A partir de este trabajo académico, publicó dos años más tarde su libro Noves glòries a Espanya: anticatalanisme i identitat valenciana (Afers, 2011). A su presentación en una conocida librería de València acudió un grupo de ultraderechistas que consiguieron reventar el acto y posteriormente fueron absueltos. En la mesa, junto a Flor, estaba Mònica Oltra, quien más tarde sería vicepresidenta del Consell. Entre los boicoteadores había miembros del GAV y de España 2000.
Flor lo resumía perfectamente con estas palabras:
La unidad de la lengua o el secesionismo (lingüístico) no es lo más importante, a mi juicio. Lo que está en juego es la normalización del valenciano, y el secesionismo es una estrategia para atacarlo. Si conflictivizamos la identidad de la lengua, piensan los anticatalanistas, contribuimos a su desprestigio y dificultamos su recuperación social. Y, en buena medida, lo han conseguido.
La actividad violenta de los grupos anticatalanistas en el País Valenciano fue incesante y siempre había quedado impune desde la transición. Aunque la pillada de los tres miembros del GAV supuso un hito, la violencia continuó aquellos años y el GAV se presentó en numerosas ocasiones a boicotear actos, lo cual incluso llegó a anunciar en sus foros, sin que la policía hiciese acto de presencia. También se dedicaban a atacar comercios que rotulaban en valenciano, porque los consideraban catalanistas. El Grup Vinatea, una organización fantasma que firmaba algunas de estas acciones, lanzaba incluso amenazas para que los comerciantes cambiaran sus rótulos. El valencianismo, por su parte, aguantaba casi siempre estoicamente las agresiones, como si poco a poco asumiera que formaban parte de la normalidad, igual que los sucesivos Gobiernos del PP desde principios de los noventa hasta hace relativamente poco. Simplemente convocar actividades, abrir locales, hacer cultura en valenciano y tratar de vivir con normalidad ya eran actos de resistencia.
El 20 de febrero de 1998, un viernes por la tarde, el GAV y otros grupúsculos anticatalanistas convocaron un acto ante el Palau de la Generalitat, en el barrio del Carmen. En este barrio se concentraba entonces la izquierda de la ciudad de València.
De pronto, unas cincuenta personas disfrazadas se plantaron ante la concentración anticatalanista con una pancarta que ridiculizaba las tesis negacionistas del blaverismo comparándolas con las de los conspiranoicos terraplanistas. «La tierra es plana. El balensiano no es katalán», decía la pancarta que portaban; así, mal escrita, que era como escribían los blaveros el valenciano —con sus propias normas, las Normas de El Puig— para diferenciarlo del normativo. Los inesperados manifestantes coreaban: «La tierra es plana, porque a mí me da la gana», ante el asombro de los manifestantes ultras y el desconcierto de la policía. Circulaban en València por aquel entonces unas pegatinas de los anticatalanistas con una señera con una franja azul atravesada —como si la hubiesen pintado con una brocha— y uno de los lemas favoritos de los ultras: No mos fareu catalans («No nos haréis catalanes»). Los participantes en la performance se habían currado un diseño alternativo de estas pegatinas que, en vez de la leyenda original, decía: No mos fareu calamars («No nos haréis calamares»). La gente que observaba la escena no entendía nada.
El diario El País recogió al día siguiente la noticia del acto ultra y dedicó el último párrafo a esta acción.
Un grupo de jóvenes esgrimió una pancarta irónica —«La tierra es plana, el balensiano no es katalán»— sobre el GAV, a la que respondieron jóvenes de esta entidad con el grito «Guillem, jódete», en alusión a Guillem Agulló, muerto a manos de un grupo considerado próximo a la ultraderecha. La concentración finalizó pasadas las 20.30 sin que se produjeran incidentes, según fuentes policiales.
El clima de violencia y acoso de la ultraderecha entonces era irrespirable. La violencia desatada de estos grupos llegaría incluso a volverse contra algunos de los que hasta entonces eran considerados sus compañeros o aliados. El PP había llegado al Gobierno valenciano y a la alcaldía de València gracias al apoyo de Unió Valenciana, un partido regionalista que aglutinaba el voto anticatalanista y parte del conservador que quedaba al margen del PP. Esto supuso una serie de favores al blaverismo en forma de cargos para varios de sus máximos representantes, así como subvenciones a entidades afines.
Por este motivo, el Ayuntamiento de València empleó a menudo la normativa inventada por el secesionismo lingüístico. Esta normativa lingüística no estaba reconocida académicamente, pero se oponía al valenciano normativo para diferenciar el valenciano del catalán. Ni siquiera los máximos exponentes del blaverismo conocían su propia normativa y lo habitual era que escribieran en castellano. Cuando finalmente, en 1998, el PP pactó la creación de la Academia Valenciana de la Llengua (AVL) para sellar la paz lingüística y poner fin al conflicto, la derecha regionalista reaccionó violentamente y boicoteó actos, insultó y amenazó a quienes lo apoyaban, aunque muchos habían sido sus principales aliados, como Xavier Casp o Ramón Ferrer. Finalmente, sus temores se cumplieron y estos antiguos blaveros acabaron por reconocer la unidad de la lengua y la normativa oficial, que hoy en día está plasmada en el Estatut d’Autonomía, aprobado por el PP. Desde entonces, el blaverismo irredento considera que el PP ha traicionado al pueblo valenciano y ha cedido al chantaje catalán. A pesar de esto, el PP sigue esgrimiendo el secesionismo lingüístico cuando le conviene, aunque haya admitido la unidad de la lengua y considere a la AVL la autoridad lingüística. Esta hipocresía sigue vigente a día de hoy, ya que el anticatalanismo sigue dando votos en el País Valenciano.
Al mismo tiempo que el conflicto lingüístico atravesaba la actualidad valenciana, se vivió una escalada de actos violentos por parte de los grupos de extrema derecha, que fueron cada vez a más. En junio de 2002, miembros del GAV intentarían boicotear un acto del Institut d’Estudis Catalans (IEC) en la Biblioteca Municipal de Sueca. Un año después, el busto del ensayista valenciano Joan Fuster, en la misma localidad, y de nuevo la Biblioteca Municipal serían atacados con pintadas insultantes y amenazantes. En 2004, de nuevo el GAV y otros grupos ultraderechistas se concentraron en el Palacio de Congresos de València contra un acto de ERC. En 2005, ultras del València FC atacaron a varios seguidores del Athletic Club de Bilbao y dejaron varios heridos. En 2006, los anticatalanistas boicotearon en Sollana la presentación de otro libro —en este caso sobre Tirant lo Blanc—. Ese mismo año, los ultraderechistas tomaron la Facultad de Derecho de València y amenazaron al rector. Un mes después, varios ultraderechistas entraron en la librería Tres i Quatre de València y rompieron varios libros y agredieron a los clientes. A los pocos días, el concejal del Bloc Nacionalista Valencià (BNV) en Mislata, una localidad pegada a València, fue agredido en plena calle por unos neonazis. Cuando fue a la comisaría a poner la denuncia, la policía no lo atendió por hablar en valenciano.
También en Mislata, el Centro Social La Quimera, en el que participaba también el concejal agredido, fue objeto de numerosos ataques por parte de la ultraderecha. Varios ataques con cócteles molotov y una paliza a una de las jóvenes que frecuentaban el local se sumaban a otras agresiones y atentados cada vez más violentos aquellos años. La sede de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) en València también fue objeto de atentados con explosivos, incluso en horario de oficina. En uno de estos ataques, un niño que acompañaba a su madre a hacer gestiones apagó con el pie la mecha que prendía un artefacto casero con varios petardos de grandes dimensiones y un recipiente con metralla. Por suerte, la bomba no llegó a explotar. CEAR denunció la colocación de hasta diez artefactos de este tipo en poco menos de un año en su sede. No hubo ningún detenido.
En 2006, el Centro Social Okupado Pepika la Pilona —que llevaba abierto desde 1998 en el barrio del Cabanyal— fue incendiado y quedó destrozado. Aunque al principio pareció un accidente, más tarde varios neonazis, que ya lo habían intentado varias veces sin éxito, lo reivindicaron en sus redes sociales. En 2007 también atentaron con explosivos contra las sedes del BNV en Gandía y Catarroja, la de ERPV en València y una mezquita de Gandía. En Castelló, unos neonazis atacaron a un joven y le grabaron una esvástica en la cara con una navaja. En València, un grupo de neonazis vinculados a los ultras del València apuñalaron a un antifascista, que estuvo a punto de perder la vida. A esto se suman decenas de ataques con pintadas contra sedes políticas, centros sociales y monumentos, así como boicots a actos culturales y políticos, y las habituales cacerías neonazis en las inmediaciones de los tradicionales conciertos del 25 d’Abril en la zona de las universidades. Era una consigna ir siempre en grupo cuando se salía de estos actos, porque se sabía que los neonazis buscaban presas fáciles, jóvenes que fueran en grupos reducidos para cazarlos entre varios y darles una paliza. En 2007, varias personas de fuera de València, que no estaban acostumbradas a este clima de acoso y violencia neonazi, fueron agredidas brutalmente cuando iban a recoger su coche y acabaron en el hospital.
Este era el panorama en València y alrededores aquellos años. Pocas veces se daba con los culpables y la sensación de impunidad era tremenda para quienes sufrían la violencia y para quienes la perpetraban, acostumbrados a que nunca les pasase nada. Nadie se libraba, porque esta campaña violenta de la extrema derecha alcanzaba a todo el espectro de la izquierda y del mundo de la cultura. El Bloc Nacionalista Valencià llevó una proposición no de ley a las Cortes Valencianas en octubre de 2009 para denunciar el clima de acoso y violencia ultra, unos días después de que varios de sus militantes fueran atacados. El delegado del Gobierno, el socialista Ricardo Peralta, afirmó lo siguiente:
En democracia, tenemos que asumir que hay determinadas actuaciones que, nos gusten más o menos, forman parte de una determinada normalidad.
Las bombas, las agresiones y el acoso ultraderechista eran, para este señor, algo normal en democracia.
El movimiento antifascista se reorganizó aquellos años a través de colectivos locales. Estos, ante la ofensiva ultraderechista, empezaron a coordinarse a nivel comarcal para intentar, al menos, organizar la autodefensa en los actos y los locales que eran atacados sin cesar. Fue el origen de la Coordinadora Antifeixista Intercomarcal (CAI), que juntó a colectivos de las comarcas de La Marina, La Costera, La Ribera, L’Horta, La Safor y de varios pueblos de otras comarcas. Durante un tiempo, se dedicó casi en exclusiva a la investigación y prevención de ataques, y organizaba la autodefensa tejiendo complicidades con otros colectivos que también eran víctimas de la violencia ultraderechista.
En 2007 se puso en marcha la web antifeixistes.org. En ella se recopila información relacionada con la extrema derecha en el País Valenciano y fuera de él. Cada caso se documenta y se ofrece un archivo histórico escaneado de cientos de noticias sobre la extrema derecha que no se encontraban en la Red. Esta web, además de ofrecer información de actualidad, sirvió para visibilizar la incesante actividad de la extrema derecha y cada respuesta que se daba. Fue entonces cuando se creó y popularizó el logo de Antifeixistes País Valencià, que hoy siguen usando los colectivos antifascistas valencianos. Hoy en día, esta web sigue activa y actualizada, con abundante material de consulta y análisis que da fe de aquellos años de plomo.
Mucha gente empezó a tomar conciencia de la importancia de articular una respuesta ante esta ofensiva de la ultraderecha y poco a poco se empezaron a explorar nuevas vías de actuación más centradas en la denuncia social y en la acumulación de fuerzas que en la acción en la calle. Al menos de momento.