Antifascistas

Antifascistas


33. La ofensiva antifascista

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33. La ofensiva antifascista

«I’m gonna put on an iron shirt

and chase the fascist out of Earth.

I’m gonna send him to outer space

to find another place».

MAX ROMEO, Chase The Fascist

(Bonnot’s Dubplate, 2012)

Muchos de los jóvenes que participaban en las convocatorias antifascistas lo hacían también en muchos otros movimientos sociales. Las sinergias entre estos han sido una constante a lo largo del tiempo, pero la necesidad de estructuras más o menos estables y colectivos dedicados únicamente al antifascismo vino dada por la cada vez mayor actividad de los grupos de extrema derecha y su constante violencia, que la mayoría de las veces quedaba impune. Muchos militantes llegaron a la conclusión de que no era necesario esperar a que los fascistas organizaran un acto. Se podía trabajar antes y no solo realizando campañas de concienciación o denuncia, sino directamente, yendo a por ellos. Esto ya había sucedido antes en la mayoría de las ciudades, sobre todo como respuesta a alguna agresión, pero a principios de los 2000 empezaron a proliferar grupos antifascistas que, ahora sí, llamaron la atención no solo de los neonazis, acostumbrados a campar a sus anchas por las calles, sino también de los medios de comunicación y de la policía.

«Siempre me había preocupado la actividad de los grupos neonazis y participaba en los actos de los colectivos antifascistas, aunque mi militancia iba bastante por libre». Claudio es un militante antifascista de la zona sur de Madrid. Cuando empezó a participar en los movimientos sociales y a vestir con una estética que lo identificaba con la izquierda, empezó a tener problemas casi a diario. «Una vez, de camino al instituto, acabé a hostias con un nazi en el mismo autobús», recuerda.

En 1999 y en el 2000, él y sus compañeros tenían problemas cada fin de semana, sobre todo por su estética. Los neonazis increpaban y agredían a menudo a muchas personas por sus pintas. Un corte de pelo sospechoso, un parche en la cazadora, un pin o una camiseta, aunque fuese de un grupo de rock alternativo, ya era suficiente excusa para machacarte. Los «guarros», como llama la extrema derecha a las personas de izquierdas, se convirtieron en uno de los objetivos principales de los neonazis.

Claudio se acercó primero al RASH Madrid, un colectivo de skinheads antifascistas que reivindicaba superar las estériles diferencias entre anarquistas y comunistas para combatir juntos a los neonazis. No era raro, ni siquiera ahora, que estas diferencias provocaran debates eternos y disputas políticas que incluso alguna vez llegaron a las manos. Estos sectarismos eran y son un lastre para enfrentar a un enemigo común que no diferenciaba entre unos y otros, y que disfrutaba viendo cómo la izquierda proseguía con su actitud cainita mientras ellos se adueñaban de las calles.

En Madrid, el RASH llevaba funcionando desde hacía tiempo —creo que más o menos desde 1993— y había mucha propaganda suya por donde yo iba. Formaba parte de la Coordinadora Antifascista de Madrid (CAM) y durante todo el año había asambleas continuamente y se participaba en muchos otros ámbitos más allá del antifascismo, como en las manifestaciones contra la guerra de Irak, en la huelga general de 2002 o en campañas antirrepresivas.

A Claudio, como a muchos otros jóvenes militantes, le atraía la política mucho más que el envoltorio estético y ritual de la izquierda radical. Aunque en los conciertos y en los bares siempre había mucha gente, a la hora de currar, el número se reducía. Por eso, los sectores más politizados del mundo punk y skin, sin renunciar a su estética, reivindicaron la vinculación política del movimiento y trataron de mostrar cómo el antifascismo podía superar el sectarismo y la mera pose de fin de semana.

La actividad política del RASH, así como la del SHARP en otras ciudades y otros colectivos que la prensa tildaba de «tribus urbanas», fue notoria. Tras la disolución de Bases Autónomas en Madrid, a finales de los noventa la violencia fascista se volvió a hacer notar. Su lugar lo ocuparon las Juventudes Nacional Revolucionarias (JNR). En Madrid había agresiones y apuñalamientos todos los fines de semana.

Los crímenes de odio no cesaban ni en Madrid ni en otras ciudades. En 2001, un músico callejero de origen esloveno fue asesinado de una paliza propinada por un grupo de neonazis en pleno centro de Alicante. Ese mismo año, en València otro grupo de neonazis mató en el barrio de Russafa a dos argelinos mientras les llamaban «Bin Laden» y proferían insultos racistas. Y en Getafe un grupo de neonazis mató a golpes con un bate de béisbol a Francisco Manuel Casas Delgado, un trabajador de una fábrica de muebles que tuvo la mala suerte de cruzarse con ellos.

En julio de 2002, otro crimen de odio neonazi volvió a sacudir Madrid. Un menor de edad de origen angoleño, Augusto Ndombele, fue apuñalado repetidas veces por el portero de una discoteca en Costa Polvoranca (Alcorcón). El asesino era un conocido neonazi de la localidad de Parla. Ese mismo mes, una joven antifascista de Valladolid fue agredida por tres neonazis, que la intentaron violar y le grabaron con una navaja una esvástica. Así lo contó entonces el Diario de León:

La joven se vio rodeada por los tres agresores, uno de los cuales la agarró por el cuello mientras los otros la asían por los brazos, mientras la forzaban a tumbarse en el suelo. La joven, de veintidós años, no pudo evitar que comenzaran a tocarla por todo el cuerpo y trataran de quitarle el pantalón, aunque tan solo consiguieron romperle las bragas. No contentos con la frustrada agresión sexual, los agresores infligieron a la víctima numerosos cortes por todo el cuerpo con una navaja o algo afilado y grabaron en su costado izquierdo una esvástica, no sin antes enseñarle varias fotos en las que aparecían su exnovio y un amigo de este y amenazarla con no volverlos a ver. Acto seguido, los tres neonazis salieron corriendo.

[…] En las últimas semanas la víctima ya había comenzado a sufrir el acoso de los neonazis, que la asediaban con llamadas telefónicas amenazadoras y pintadas aparecidas en el buzón y la puerta de su domicilio familiar.[66]

Un mes más tarde, Antonio Micol Ortiz, un hombre sin hogar que dormía en la rampa de un garaje en Madrid bajo unos cartones, fue apaleado con una barra metálica hasta la muerte. En diciembre del mismo año, varios testigos aseguraron que habían visto a un grupo de cabezas rapadas agrediendo brutalmente en el paseo de Recoletos a Félix Luis Pérez Santiago, un migrante puertorriqueño al que la policía encontró muerto cuando llegó. «La situación era insostenible. Se requería una reorganización antifascista más contundente», explica Claudio.

La sensación de impunidad reinaba en Madrid. Las agresiones se sucedían y apenas se conocían detenciones de neonazis. Solo algunas ONG y los grupos antifascistas realizaban campañas de concienciación y exigían a las autoridades que actuasen frente a la violencia neonazi. Sin embargo, el tema se seguía tratando como «violencia juvenil» o episodios aislados de delincuencia. Los grupos antifascistas crecieron, pero también aumentó la prudencia entre sus miembros. Primero porque se sentían solos ante los grupos neonazis, que no solo daban palizas, sino que mataban. Y segundo, porque temían que algunas de las personas que se les acercaban lo hicieran solo por buscar una tribu, un grupo de amigos; para estos la política formaba parte del ritual, de lo estético, pero realmente no les interesaba, lo que, a la larga, podía llegar a ser un peligro.

En 2002, los diferentes grupos antifascistas detectaron que alguna gente de la que frecuentaba sus ambientes empezaba a tener actitudes ambiguas respecto a la política. No participaban en las asambleas y tan solo acudían a sus bares, a sus conciertos o se unían a alguna que otra actividad por puro entretenimiento. Quienes de verdad militaban y estaban allí por la política temían que existiera una especie de «puerta trasera» por la que pasaban algunos de los denominados «apolíticos» o «ambiguos», que más de una vez acababan compadreando con neonazis. «No queríamos compartir espacio con esa gente. Muchos eran hasta racistas y homófobos, e incluso algunos se pasaban de bando con toda la información sobre nuestra gente». El RASH llevaba tiempo señalando el peligro del apoliticismo y, poco a poco, según Claudio, se fue generando una conciencia colectiva que, junto a otros motivos, derivó en la creación de las Brigadas Antifascistas (BAF).

La primera asamblea de las BAF tuvo lugar en marzo de 2003 en Madrid. Pero la misma situación de acoso y violencia neonazi se estaba dando en otras ciudades, por lo que otros colectivos antifascistas del Estado compartían el mismo sentimiento. Así, en poco tiempo empezaron a proliferar secciones de las BAF en Bilbao, Barcelona, Asturias, Castelló, Valladolid e incluso en América Latina.

Además de su militancia en el RASH y las BAF, Claudio hacía trabajo de barrio apoyando a personas migrantes, que eran quienes sufrían el acoso de los grupos racistas de la zona. A través de la asociación de vecinos, Claudio y otros compañeros daban clases gratuitas de castellano todas las tardes.

La escuela era una forma de darles la bienvenida al barrio, frente a la hostilidad racista que recibían por otra parte. Así, se creaba poco a poco un tejido social entre el vecindario.

Claudio explica:

Cuando surgen las BAF, ya se habían producido confrontaciones con los nazis, pero a partir de ese momento la conflictividad es constante. Siempre estábamos en guardia. Salíamos treinta o cuarenta a hacer pintadas y eso llamaba mucho la atención.

La policía andaba un poco perdida sobre qué eran y quiénes formaban las BAF, pero al poco tiempo ya empezó a haber detenciones e interrogatorios. «Llegó un momento en que la represión fue brutal. Había barra libre de cárcel».

Málaga fue otro de los escenarios en los que se pasó a la ofensiva durante aquellos años. Allí se vivió uno de los casos de represión más significativos contra un colectivo antifascista. Esta ciudad siempre ha contado con una importante presencia neonazi. Aquellos años, incluso llegó a haber simultáneamente tres partidos neonazis: Alianza Nacional (AN), Movimiento Social Republicano (MSR) y Movimiento Patriota Socialista (MPS). Aparte de los ultras del Málaga, algunos de los cuales también estaban vinculados a estas organizaciones.

Ingrid, una militante antifascista de aquellos años, explica:

Los nazis empezaron a captar gente en los barrios obreros. Muchos de nosotros somos de la zona oeste, una zona muy obrera, donde nace buena parte del movimiento antifascista. Crean el Comando Huelin, donde de alguna manera se puso de moda el rollo neonazi, hasta el punto de ver a jóvenes gitanos cantando el Cara al sol.

Sin embargo, según explica esta militante antifascista, el bastión de los grupos de ultraderecha se concentró en el centro de la ciudad. El movimiento alternativo era muy tímido en Málaga, a diferencia de otras ciudades andaluzas en las que la presencia neonazi era menor. En los noventa ya existió una asamblea antifascista, aunque trabajaba muy en la sombra recabando información. Varios ultraderechistas intentaron asesinar a un profesor quemándolo vivo y eso motivó la creación de un equipo de investigación antifascista que operaba muy discretamente monitorizando a estos grupos y a sus militantes. No existen referencias en la prensa y tampoco he logrado contactar con quienes formaban parte de aquel grupo. Ingrid me contó que era una historia conocida y que había marcado mucho aquellos años.

Quien dinamizaba todo a finales de los noventa era la CNT. Organizaban una manifestación cada 20N y poco más. Esa era la única actividad antifascista cuando yo empecé a militar, y encima los afiliados y su sede eran atacados constantemente por los fascistas sin que la policía hiciese nada.

Los neonazis malagueños eran bastante mayores que los primeros militantes antifascistas de aquella época.

Nos sacaban una media de diez años por lo menos, se entrenaban en deportes de contacto y tenían experiencia de combate por el fútbol. Sabían pegarse. Nosotros solo podíamos defendernos. Cada fin de semana cazaban a gente por el centro. Las agresiones salían en la prensa y muchos las sufríamos, así que acabamos por defendernos.

Cuando detectaron la gestación de un grupo antifascista en la zona oeste de la ciudad, los neonazis empezaron a hacer incursiones, a ir de caza y a hacer pintadas, además de proferir amenazas personales. A Ingrid le decoraron el portal amenazándola de muerte.

En 2006 nació la primera Coordinadora Antifascista de Málaga, que empezó a realizar actividades políticas y culturales, y a generar material de propaganda. En una primera etapa, se dedicó a tejer alianzas con otros movimientos sociales y a registrar las agresiones que cometían los grupos de extrema derecha. Ingrid fue, además, militante del RASH, que se creó ese mismo año y se autodenominó RASH Malaka. Este grupo fue uno de los núcleos dinamizadores de la coordinadora, junto con muchos otros colectivos clásicos de izquierda, libertarios, andalucistas y hasta la Coordinadora de Inmigrantes. Ingrid recuerda sobre esa época:

Se acercaron colectivos LGTBI, pero no había ninguno de ellos realmente combativo, estaban un poco al margen. Sin embargo, tuvimos bastante apoyo.

La coordinadora realizó numerosas actividades, sobre todo centradas en la memoria histórica y unas jornadas anuales en noviembre. Ya en 2008, comienza a haber otras manifestaciones antifascistas aparte del 20N. «Trabajábamos mucho con La Casa Invisible y nos llevábamos bien con todos los colectivos. No había nada de sectarismo», reivindica Ingrid. También se crearon entonces coordinadoras antifascistas en Sevilla y Granada, así como secciones de RASH. La proliferación del activismo antifascista comienza a tener ya cierta coordinación en Andalucía y a partir de 2007 se materializará con varias reuniones de diferentes colectivos a nivel estatal.

Simultáneamente, los grupos neonazis incrementaron su actividad en la ciudad. Alianza Nacional tenía en Málaga una de sus principales secciones y organizaba actos constantemente, a los que acudían militantes y simpatizantes de otras ciudades. En marzo de 2008, el diario La Opinión de Málaga publicó una noticia titulada «Grupos neonazis hacen de Málaga su campo de batalla»,[67] donde explicaba que la ciudad se había convertido en uno de los principales viveros neonazis del Estado. El artículo mencionaba algunas de las actividades recientes de Alianza Nacional, como un homenaje a Rudolf Hess —lugarteniente de Hitler— o una campaña contra la detención del nazi austriaco Gerd Honsik, que había sido apresado en Benalmádena con una orden internacional de búsqueda y captura por apología del nazismo y negación del Holocausto.

Alianza Nacional convocó un acto político nacional en 2008 en una zona contigua a la frecuentada por los antifascistas. Era una clara provocación para tratar de marcar territorio y penetrar, además, en un barrio obrero en el que entonces no tenían presencia. Los antifascistas durante varios días alertaron a los vecinos y desarrollaron una campaña en el barrio para concienciar sobre quiénes eran y qué buscaban con dicho acto. Aunque la Coordinadora no consiguió articular una respuesta con la asociación de vecinos, varios activistas antifascistas decidieron asistir por su cuenta a protestar. El encuentro derivó en una batalla campal que ocupó las páginas de varios medios al día siguiente. De esta manera lo relataba el periódico Málaga Hoy:

Todo transcurría con una tensa normalidad cuando hicieron su aparición un grupo de red skins —miembros de grupos de ultraizquierda y enemigos acérrimos de los skinheads o cabezas rapadas— y se enfrentaron a los asistentes al mitin.

[…] Los grupos de ultraizquierda habitualmente suelen programar contramanifestaciones cuando tienen conocimiento [de] que los skinheads van a realizar una concentración. Estos encuentros suelen derivar en altercados, pero el de ayer fue de dimensiones mayores a las habituales.[68]

No hubo detenciones, pero el escándalo provocó que nunca más se diera permiso al partido neonazi para hacer un mitin más allá del centro de la ciudad.

Los neonazis, sin embargo, siguieron sembrando el terror en la zona. La madrugada del domingo 16 de noviembre de ese mismo año (2008), once neonazis que viajaban en el autobús que cubría la línea de Málaga a Torremolinos empezaron a increpar a un pasajero de origen magrebí. Este, asustado por la agresividad de los jóvenes, que tenían entre dieciséis y veintitrés años, aprovechó una parada para huir a la carrera. Varios neonazis lo persiguieron y le propinaron una brutal paliza mientras proferían insultos racistas. Uno de los agresores intentó apuñalarlo en el cuello, pero la víctima logró zafarse y huir. Los agresores volvieron al autobús, donde uno de ellos había obligado al conductor a que esperase a sus compinches. Una vez en el autobús, se apoderaron de los martillos de seguridad y rociaron con gas lacrimógeno a los pasajeros, lo que provocó el pánico entre las más de sesenta personas que se encontraban en su interior. La policía logró interceptar el autobús y arrestó a los neonazis. Al día siguiente, el periódico explicaba el suceso:

Durante la tarde del sábado se produjeron otras agresiones imputables a estos individuos, en una de las cuales partieron el labio a un joven de dieciséis años en la plaza de la Marina de Málaga. […] Todos ellos presentaban la cabeza rapada, vestían cazadoras con simbología nazi y botas militares y portaban anagramas de «skinheads», banderas de España que incluían el águila imperial y carnés de ultras de las Brigadas Sur del Málaga Club de Fútbol.[69]

A pesar de la constante y brutal violencia de los neonazis malagueños, la Coordinadora Antifascista de Málaga y el RASH Malaka se mantuvieron firmes y trataron de dar respuesta al incesante acoso. Sin embargo, haber plantado cara por todos los medios posibles a los neonazis no les eximió de ser también víctimas de la acción de la justicia en un caso que hizo saltar todas las alertas. Tras años de pasividad institucional ante las bandas neonazis, de repente los antifascistas se convertirían en un objetivo prioritario para las autoridades.

En 2009, tras un encontronazo con ultraderechistas en el paseo de los Curas, empezaría un goteo de detenciones. Dieciséis militantes antifascistas fueron acusados de agredir al grupo neonazi y durante unos días se produjeron detenciones y registros en sus domicilios. Ingrid fue una de las detenidas en aquella operación. «Entraron en casa de un compañero y pretendieron hacer pasar un bote de cola de pegar carteles como sosa cáustica», recuerda. La policía incluyó en el material incautado un libro del escritor uruguayo Mario Benedetti. Se trataba de una edición que había hecho la CNT con un dibujo en la cubierta de un punki muerto rodeado de policías. «¡Dijeron que incitaba al odio! Y ponía bien claro que era un libro de Benedetti…», recuerda Ingrid entre risas. La secretaria judicial que asistía al registro observaba la escena bastante sorprendida, según comentaron los detenidos en los calabozos.

A un compañero le entró un policía de buen rollo y le dijo que a él tampoco le gustaban los nazis, porque su mujer era negra, pero que tampoco era plan de pegarles.

A otros, cuando llevaban varias horas en el calabozo, un policía les puso el Cara al sol en el móvil.

Estuvieron detenidos hasta el límite de tiempo permitido por la ley. Al final fueron puestos en libertad con cargos a la espera de juicio. «Incluso llegaron a vincularlos con la kale borroka porque se negaron a declarar ante la policía. Que eran muy fríos, decían». Pidieron 154 años de cárcel y acusaron al RASH de asociación ilícita.

El juicio, que se celebró en 2012, estuvo plagado de irregularidades. Dos de las personas detenidas eran menores de edad y las juzgó un tribunal de menores. En una de las declaraciones, el juez preguntó a un denunciante de qué conocía a los acusados y el neonazi confesó con absoluta tranquilidad que la policía les había mostrado las fotos de varios de los imputados en manifestaciones y diversas actividades, señalados con nombres y apellidos como antifascistas de Málaga. Ingrid explica que un policía se puso nervioso y se le cayeron los papeles cuando los abogados de la defensa y la jueza le preguntaron si tenían ficheros de personas por su vinculación y actividad política aunque no tuvieran antecedentes penales. «Incluso llegaron a acusar a una persona que el día de los hechos estaba en la cárcel», recuerda Ingrid.

Pero para Ingrid lo más importante fue la ola de solidaridad que hubo; no solo en Málaga, donde incluso se llegó a montar una acampada a las puertas de los juzgados, sino en otras ciudades del Estado, que realizaron varias acciones de apoyo. Diferentes colectivos del entorno de la Coordinadora Antifascista pusieron en marcha la campaña «Málaga 16» —en referencia al número de imputados— con el objetivo de recabar apoyos y dar a conocer el caso. Mientras, la Coordinadora siguió desarrollando actividades, pero con un perfil más discreto. Este intento de desactivar el movimiento mediante un proceso judicial se alargó más de tres años. Finalmente, en junio de 2012 la sección primera de la Audiencia de Málaga absolvió a todos los acusados.

En 2013, la Coordinadora Antifascista de Málaga resurgió. Según Ingrid, aparte de la absolución de los encausados, llegó una nueva cantera de militantes y se reactivaron numerosas actividades que habían quedado paralizadas.

Empezamos a abrirnos a muchos más colectivos. Llegaba gente muy joven y gente mayor. También impulsamos mucho las redes sociales. Además, se activaron asambleas por varios barrios y por pueblos integradas en la CAM e incluso se gestó la creación de una coordinadora antifascista andaluza.

Ingrid explica que aquellos años los neonazis ya casi no tenían actividad organizada en los partidos por varias disputas internas. «Incluso, a uno de los líderes neonazis sus camaradas lo acusaron de robar dinero a su propia organización». Desde entonces, los diferentes grupos neonazis y neofascistas fueron aún más marginales y no había ningún partido que los aglutinara; hasta el día de hoy, que se han reagrupado principalmente en torno a un proyecto estatal: Hacer Nación. Aparte del fútbol, donde se agrupan en torno a los ultras del Málaga. Recientemente, algunos conocidos neonazis malagueños vinculados a estos ultras acabaron a golpes con la vida de Pablo Podadera. Este joven falleció el 20 de abril de 2017, justo el día que cumplía veintidós años. Intentó mediar en una pelea y acabó siendo la víctima. En julio de 2021, sus asesinos fueron condenados a quince años de prisión. Para ello fue necesario que la familia recurriera, porque consideraba una burla que solo se los condenara por lesiones y se absolviera a los otros dos. La Coordinadora Antifascista de Málaga realizó una importante labor de difusión del caso mostrando los vínculos neonazis de algunos de los agresores y realizando actos de homenaje a la víctima.

En Asturias, los grupúsculos neonazis también estaban muy vinculados al fútbol, concretamente a los Ultra Boys, del Sporting de Gijón. Pero también existió una delegación del partido neonazi Democracia Nacional, cuya presencia en el principado estuvo envuelta en varios episodios significantes.

Según relata La Haine, el 3 de febrero de 2008:

Un grupo organizado de unos veinte nazis, formado por varios simpatizantes de Democracia Nacional, atacaron a un grupo de menores de edad portando navajas y botellas. […] Dos jóvenes antifascistas, un chico y una chica, se vieron abordados por un grupo de nazis que salieron del pub La Comisaría. Entre los agresores estaba Raúl Palacio, cabeza de lista de Democracia Nacional, quien resultó herido en el transcurso de la agresión. Él fue quien lideró el ataque, utilizando una botella como arma, y refiriéndose a gritos a la antifascista (de origen sudamericano y menor de edad) como sudaca de mierda.[70]

Sin embargo, los medios de comunicación dieron otra versión de los hechos. El Comercio, en un artículo titulado «Una multitudinaria pelea entre bandas rivales en la Ruta se salda con dos heridos», explicaba así lo sucedido:

Los integrantes de dos bandas de ideología contraria se vieron envueltos en una pelea en la madrugada de ayer en la Ruta de los Vinos. Como consecuencia de la reyerta resultaron heridos de consideración dos jóvenes. Testigos aseguraron que varios de los implicados utilizaron cadenas y botellas como armas y que algunos portaban pasamontañas. Podría tratarse de grupos skins y punkis, según se desprende de las declaraciones recabadas por los agentes.[71]

El Comercio también publicaba otra noticia en la que usaba declaraciones del neonazi como titular: «Fui víctima de una agresión brutal y desproporcionada».[72] En ella señalaba a los antifascistas como miembros de las BAF.

Cuando esto ocurrió, la Coordinadora Antifascista d’Asturies llevaba desde 2005 con la campaña «35», en apoyo a los militantes y simpatizantes antifascistas detenidos durante una protesta contra un acto de Democracia Nacional en Cangues d’Onís. El partido neonazi había convocado un homenaje a don Pelayo en la plaza principal de la localidad, por lo que se organizó un acto paralelo de protesta en el que se juntó un gran número de vecinos, que ocuparon la plaza horas antes de que llegaran los neonazis.

El periódico Diagonal lo explicó de esta manera:

El cruce de un autobús de guardias civiles por la mitad de la concentración antirracista, brazo en alto, provocó el lanzamiento de una botella. Esto fue el detonante de una salvaje carga policial que, según testigos, arrasó con concentrados, paseantes y vecinos. Se iniciaron enfrentamientos y hubo doce detenidos (entre ellos, la hija del alcalde de Cangas), puestos en libertad horas más tarde con denuncias de malos tratos de por medio. Mientras, las cincuenta personas que acudieron al acto fascista se retiraron bajo protección policial e insultos de los vecinos.

Un día antes, el 9 de septiembre, en Oviedo, dos hombres que lucían simbología nazi le grabaron una esvástica en la cara a un estudiante y militante de las Juventudes Comunistas, en la que fue la primera agresión de estas características producida en Asturias.[73]

Tras el desalojo de la plaza por parte de la Guardia Civil, unos cuarenta neonazis liderados por el presidente del partido, el exmiembro de Acción Radical Manuel Canduela, llegaron en autobús y realizaron su acto de homenaje a don Pelayo, que duraría tan solo quince minutos entre los gritos y los abucheos de los vecinos. En un vídeo todavía disponible en la Red, se ve a algunos de ellos armados con palos. Portan cascos de moto y pasamontañas y realizan el saludo fascista mientras insultan a los vecinos.[74]

Los antifascistas detenidos fueron acusados de desórdenes públicos, daños y atentado a la autoridad, y contra catorce de ellos pedían más de cuatro años de prisión. Se puso en marcha entonces la campaña «35 razones» —por el total de años de prisión que se pedían contra todos los imputados en el caso—, que desató una ola de solidaridad por todo el Estado. Según explicó uno de los impulsores de la campaña al periódico Diagonal, fue «el proceso judicial colectivo más importante de Asturies». Las madres de los detenidos protagonizaron varios actos de la campaña.

El juicio, que se celebró cuatro años más tarde, no duró más de un día, porque las defensas y la fiscalía llegaron a un acuerdo. Las penas se redujeron a una falta de orden público y solo se impuso una multa a los acusados, con lo que se evitaba que entraran en prisión. El juez también exoneró a los agentes de la Guardia Civil de las lesiones que habían causado a los jóvenes y los desperfectos producidos en coches y ventanas.[75]

Castelló de la Plana fue —todavía lo es— otra de las ciudades donde el movimiento antifascista luchó sin cuartel contra los neonazis, hasta el punto de haber conseguido a día de hoy su práctica eliminación, al menos del espacio público. La ciudad estuvo marcada desde los noventa por la celebración del juicio por el asesinato de Guillem Agulló. Hubo numerosas protestas aquellos días, con cargas policiales. El tejido asociativo de la zona se reunía alrededor del Casal Popular de Castelló, donde se gestó gran parte del movimiento antifascista con la suma de diversos movimientos autónomos.

A principios del nuevo siglo, las organizaciones neonazis y de extrema derecha empezaron a proliferar en la ciudad. Hasta ese momento, tan solo había grupos de skinheads neonazis vinculados al fútbol, pero las organizaciones fascistas no eran muy activas. Sin embargo, en 2005 un hecho alertó a los colectivos de la ciudad: un nutrido grupo de neonazis se presentó en el Casal Jaume I, uno de los locales que Acció Cultural del País Valencià (ACPV) tenía en diversas localidades para organizar actividades culturales y políticas. Los neonazis realizaron pintadas, apedrearon el local y amenazaron a los presentes a plena luz del día.

Toni era muy joven entonces, pero lo recuerda perfectamente.

Aquel ataque motivó que las organizaciones de la ciudad se citaran para ver qué se podía hacer ante esta y otras agresiones que venían sucediéndose casi cada fin de semana.

Nació entonces la Plataforma Antifeixista de la Plana, en la que participarían la mayoría de los movimientos sociales y organizaciones de izquierdas de la ciudad, y se organizó una gran manifestación de denuncia que fue también una muestra de fuerza y unidad.

Dentro de la plataforma empezaron las discrepancias sobre cómo afrontar a los fascistas. Un sector prefería denunciar ante las instituciones y los medios de comunicación la violencia y la impunidad. Por otra parte, otro sector abogaba por la acción directa, por hacer frente a sus constantes agresiones mediante el uso de la legítima defensa.

Este debate se ha producido prácticamente en todas las plataformas antifascistas a lo largo de todos estos años. A veces se han combinado ambas estrategias desde el entendimiento y el respeto entre ambos sectores. Otras veces, el desmarque de uno u otro sector ha sido total y absoluto. Toni explica que, como Castelló es una ciudad relativamente pequeña, donde todos se conocen, se aceptó que cada cual hiciese lo que creyera oportuno.

Aunque la plataforma se disolvió, el antifascismo se reorganizó en torno a los activistas más combativos, que decidiendo formar una sección de las Brigadas Antifascistas (BAF). Desde 2005, se realiza una gran manifestación anual el 20N como demostración de fuerza del antifascismo, igual que en otras ciudades. Ese mismo año comenzó lo que se llamó Ofensiva Antifa, una guerra sin cuartel a la extrema derecha.

Se empezó a retirar toda propaganda fascista de las calles. Nos marcamos el objetivo de eliminar inmediatamente cualquier cartel, pegatina o pintada de la extrema derecha. De hecho, hoy es complicado encontrar nada de eso en la ciudad —reivindica Toni—. Intentamos organizarnos para dar respuesta a cualquier agresión. Si las calles las controlaba la extrema derecha mediante la violencia, nosotros considerábamos legítima la autodefensa. Conseguimos que el miedo cambiase de bando. Ahora Castelló es una ciudad más amable, más tranquila para los movimientos sociales, gracias a haber mantenido la hostilidad contra esos grupos neonazis, sin dejarlos en paz. Desde 2005, no hay acto de la extrema derecha en Castelló que no haya tenido respuesta —afirma.

Los colectivos autónomos y antifascistas de la ciudad crearon en 2008 La Cosa Nostra Antifa Social Club, un centro social que sirve como punto de encuentro de diversas luchas y organizaciones vinculadas al antifascismo. Este «club social» realiza numerosas actividades durante todo el año centradas en la cultura y la política, desde ciclos de cine gratuito en las plazas hasta charlas, debates y conciertos.

Nuestro principal objetivo es reunir a todos los sectores del antifascismo. Aquí participan organizaciones feministas, LGTBI, colectivos de migrantes, ecologistas, sindicales, antirracistas… Hemos conseguido vertebrar un movimiento antifascista muy plural.

Sin embargo, su frenética actividad ya los puso en el punto de mira de las autoridades, primero con el Gobierno del PP y después con el nuevo Ayuntamiento liderado por el PSOE, que ha continuado la presión contra este centro social a base de sanciones administrativas.

Durante todos estos años, el antifascismo en Castelló no ha dado tregua a los grupúsculos neonazis. Muchas de las acciones antifascistas no han sido reivindicadas por ninguno de los colectivos que forman parte de la extensa red que opera en Castelló.

Uno de los episodios más sonados fue la acción del 28 de septiembre de 2013 contra la inauguración del local del partido neonazi Democracia Nacional. Varias organizaciones sindicales y de izquierdas convocaron una manifestación el mismo día que estaba prevista la inauguración del local de los neonazis. Aunque la convocatoria no tenía carácter antifascista, fue la excusa para juntar a cientos de personas que, en un momento dado, se salieron de la marcha y arremetieron contra los neonazis, a quienes pillaron totalmente desprevenidos mientras preparaban el acto de inauguración. La versión de los neonazis fue publicada en varios medios afines.

Sobre el mediodía, los dos militantes empezaron a oír unos gritos en la calle. Gritos que cada vez se oían más cercanos y agresivos («Ilegalizad a Democracia Nacional» y «Os vamos a matar» eran algunos de ellos). Al poco rato, los gritos se convirtieron en violentos golpes contra la puerta metálica (que estaba cerrada), más pintadas en la puerta y en la pared de la calle, lanzamientos de petardos contra la puerta que hacían retumbar toda la calle, más gritos y todo tipo de insultos. Según conversaciones mantenidas con los vecinos de la zona, el ataque lo protagonizaba un grupo de unos setenta u ochenta ultraizquierdistas, algunos de ellos encapuchados y empuñando palos y banderas rojas soviéticas. Al cabo de un rato, un nuevo intento de derribar la puerta y de romper la cerradura a base de palos y patadas, acompañado de un masivo lanzamiento de huevos a través de las ventanillas superiores de la puerta.

La ubicación de la sede se había mantenido en secreto, pero los antifascistas habían logrado averiguar la dirección unos días antes.

Hasta la policía desconocía dónde estaba la sede. Conseguimos reventar la inauguración —afirma Toni—. Se había dado la vuelta a la tortilla y ahora eran ellos los que tenían que esconderse. No podían hacer sus actos tranquilamente. En ese momento fue cuando la policía consideró que había «problemas de orden público», pero no antes, cuando eran los nazis quienes tomaban las calles… Fue cuando empezamos a responder. Así, la mayoría de la gente que hemos estado vinculados al movimiento antifascista hemos sido perseguidos, detenidos o investigados —reconoce.

De hecho, quisieron vincular a La Cosa Nostra en unos altercados en el estadio Castalia en los que estaban involucrados grupos neonazis. La policía trató de acusarles de asociación ilícita, de banda criminal.

Los denunciantes, vinculados a grupos neonazis, confesaron en el juicio que la policía les había señalado a los antifascistas como autores de los hechos. Así terminó el juicio, porque dejaron en evidencia a la Brigada de Información. En realidad, ninguno de los detenidos tenía relación con los hechos, fue un montaje de manual. Utilizaban a los fascistas para que nos denunciaran y así tener una excusa contra nosotros. Yo he estado detenido hasta en siete ocasiones, pero en todos los casos he podido demostrar que no eran ciertas las acusaciones. En algunos procesos he salido absuelto porque los denunciantes han confesado que la policía me había señalado para que me denunciaran. Esto ha pasado demasiadas veces.

Sin embargo, la represión no ha conseguido frenar el movimiento antifascista en Castelló. Según Toni, cuando la policía detiene a un militante antifascista, a menudo representa «el papel de poli bueno» y dice al detenido que es víctima de sus compañeros, que él no es como el resto de sus compañeros y que le irá mejor si colabora.

Lo intentaron hasta conmigo, aunque sabían perfectamente que no tenían nada que hacer —explica mientras ríe—. Pero, si le dicen eso a alguien que no lo tiene claro, pues a lo mejor lo convencen —advierte.

Tenemos muy claro que quien participe en esto debe ser por motivación propia, tiene que ser consciente de dónde está y que nadie le obligue ni le diga lo que tiene que hacer. Solo así se asumen las consecuencias. Si no está dispuesto, seguro que encuentra otro papel que jugar en la lucha, no pasa nada. No es ni más cobarde ni más valiente. Cada uno desempeña el papel que considera, nadie debe convencer a nadie de que haga algo que no quiera. Eso es muy importante —aclara Toni.

En Madrid, según Claudio, las BAF «fueron una apisonadora».

Llevaron la guerra al cuartel enemigo. Se dio la vuelta a la situación. Pero lo más importante —remarca— fue que se consiguió cambiar la actitud de las y los antifascistas. De una actitud victimista, se pasó a la ofensiva. Ese cambio se notó muchísimo. La gente había perdido el miedo, tomó la iniciativa y los nazis acabaron escondidos, camufladísimos. Se les arrebataron todos los territorios, excepto el barrio de Canillejas y Alcalá de Henares, que son sus bastiones.

Claudio explica que una mañana se presentaron dos miembros de la Brigada de Información de la policía en su casa. Llevaban fotos suyas. Lo acusaban de haber dado una paliza a un neonazi. Dio la casualidad de que ese día Claudio estaba en el hospital. «Precisamente ese día, un médico me dijo que mi padre tenía cáncer y le quedaban seis meses de vida», recuerda. Se lo dijo a los agentes y les pidió que consultaran al hospital para corroborar su historia. «Eso ya se lo explicarás al juez. Cualquier cosa que pase en el barrio te la vamos a meter a ti», le dijeron, según cuenta Claudio.

El juicio tuvo lugar dos años después. Claudio aportó las pruebas que tenía de su inocencia. Su padre había fallecido ya, por lo que no pudo testificar, pero el joven antifascista salió absuelto.

El caso de Claudio no fue el único. La ofensiva de los grupos antifascistas se tradujo en numerosos procesos judiciales durante varios años. El cerco policial a los grupos antifascistas se incrementó en todo el Estado. Las organizaciones antifascistas se multiplicaban y, al mismo tiempo, los medios de comunicación insistían en el relato de «los dos extremos», criminalizando cualquier respuesta a los actos neonazis e incluso poniéndolos al mismo nivel.

El debate sobre la violencia, como se explica al principio de este libro, ha estado siempre presente dentro del antifascismo y de muchos otros movimientos sociales. La violencia no ha sido nunca la marca del antifascismo, pero sí que ha formado parte de la lucha política, con mayor o menor aceptación en sus círculos. En muchas ocasiones, la acción directa contra actos neonazis o contra sus militantes y simpatizantes ha logrado disuadirlos e incluso expulsarlos de algunos barrios y ambientes. En otras ocasiones, la espiral de violencia terminó con personas heridas, gente con secuelas físicas y psicológicas, detenciones y condenas, incluso con antifascistas acusados de delitos de odio contra los neonazis. Negar que la violencia —tanto la de autodefensa como la ofensiva— ha logrado frenar en muchas ocasiones a los neonazis sería mentir. También lo sería afirmar que el antifascismo es violento. El antifascismo ha sido y es un movimiento diverso, con múltiples estrategias, colectivos y militantes que han hecho lo que han creído oportuno en cada momento, con mejores o peores resultados. Analizar el concepto de violencia o entrar a valorar cada caso no es el objeto de este libro. Aquí se exponen hechos concretos, contextos y resultados, y las conclusiones son cosa del lector.

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