Antifascistas

Antifascistas


37. La música como herramienta antifascista

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37. La música como herramienta antifascista

«Jo dezagun abendua 98. urtean.

EEBBek berriz bonbardatu dutela Irak

eta Toulousen poliziak hil duela magrebiar bat

eta Madrilen faxistek Aitor Zabaleta euskalduna».

 

«Pongamos que hablo de diciembre de 1998.

Los Estados Unidos vuelven a bombardear Irak,

en Toulouse la policía mata a un magrebí

y en Madrid, los fascistas al vasco Aitor Zabaleta».

FERMÍN MUGURUZA, Urrun, 1999

En el Reino Unido, la llegada de personas migrantes de las antiguas colonias del Imperio británico cambió progresivamente el paisaje. No solo por la cada vez más colorida diversidad, sino por la mezcla cultural que se dio en ámbitos como la música o las modas juveniles. Lo que muchos percibían como algo natural e incluso reivindicaban con orgullo, los neofascistas lo señalaron como una amenaza. Un chivo expiatorio para articular a partir del racismo una nueva propuesta política nacionalista y supremacista que todavía es hoy la principal bandera de estos grupos. Aunque el racismo siempre ha estado latente en Europa —principalmente en las potencias colonizadoras, ya fuera con personas de otros países o con ciudadanos de otras religiones, etnias o culturas—, los años setenta supusieron un resurgir de las ideas nazis y fascistas que marcaría el devenir de la ultraderecha global.

El Reino Unido vivía entonces una crisis económica y algunos medios de comunicación conservadores publicaban constantemente noticias alarmistas atribuyendo a los migrantes supuestos crímenes, lo que generaba un clima de que sufrían una invasión. Esto impulsó al Frente Nacional, un partido neofascista creado en 1967. El blog musical Condenado Fanzine tiene varios artículos dedicados a aquellos años y lo que surgió de allí.

Dentro de este clima contrario a la inmigración y a la igualdad de derechos se desarrollaron manifestaciones y acciones violentas contra los inmigrantes. Especialmente afectada se vio la comunidad asiática, que sufrió hostigamiento y agresiones que han sido conocidas bajo el nombre de paki-bashing. Aunque el término hace relación a la comunidad paquistaní en Gran Bretaña, lo cierto es que se utilizó para hablar de cualquier tipo de agresión a asiáticos procedentes de las antiguas colonias orientales del Imperio británico.

[…] Desde 1972 hasta principios de la década de los ochenta, el National Front vio incrementada su base de seguidores, especialmente en el East End de Londres y en las zonas industriales del norte de Inglaterra, lugares donde se concentraron los ataques racistas contra inmigrantes. En las elecciones municipales de 1977 en Londres, el NF se convirtió en la tercera fuerza política (unos 120.000 votos), tras conservadores y laboristas, desbancando a los liberales. Fue el momento de mayor apogeo y también el que llamó a la movilización de la sociedad británica.[95]

La intoxicación racista era tal que hasta el mítico guitarrista británico Eric Clapton mostró su apoyo al ministro conservador Enoch Powell, un racista que alertaba de una supuesta invasión. Fue la gota que colmó el vaso. Los grupos antifascistas, que ya llevaban tiempo plantando cara a los nuevos neonazis, muchos de los cuales habían usurpado la estética skinhead, decidieron poner en marcha el proyecto Rock Against Racism.

Tuve el placer de conocer a varios de sus fundadores hace varios años en Londres. Me explicaron cómo se gestó todo y que la música había sido uno de los pilares de la reconstrucción del antifascismo y había servido para que personas de muy diversos ámbitos, procedencias y culturas confluyeran. Todavía guardo con cariño el merchandising que me regaló la mujer que me atendió, cuyo nombre ya no recuerdo. Debía de tener más de sesenta años, pero conservaba pequeños detalles con algún resquicio de estética punk.

Más recientemente, el documental White Riot (Rubika Shah, 2020) explicó cómo la Liga Antinazi y varios activistas y artistas británicos plantaron cara a los neonazis en las calles —con enormes manifestaciones— y en los escenarios —organizando conciertos cada vez más multitudinarios—, mientras los fascistas intentaban ganar las calles con constantes provocaciones contra las comunidades racializadas.

Fermín Muguruza vivió todo aquello con gran interés, a pesar de la distancia, y me remarcó su importancia. Hace unos veinticinco años que nos conocemos. Yo era un chaval fascinado por su música (primero Kortatu y luego Negu Gorriak) y por todo lo que se había gestado alrededor de sus proyectos. Su testimonio, ya no como músico sino como activista cultural y político, encaja perfectamente en esta historia no solo por su lúcido análisis basado en la experiencia, sino por su más sincero compromiso con lo que representa el antifascismo de estas últimas cuatro décadas. En pleno proceso de producción de la segunda parte de Black Is Beltza, por fin encontramos un momento para conectarnos una tarde —él desde Irún y yo desde València.

Cuando cumplí dieciocho años (en 1981) trajimos a actuar al País Vasco a The Beat, uno de los iconos del 2Tone, que actuó en un concierto contra la central nuclear de Lemóniz. Yo estaba metido en los comités antinucleares de entonces y estuve con ellos en los camerinos. Estaba fascinado, era una de las bandas que más me gustaban.

Justo ese mismo año vino The Clash a Donostia, dentro de su gira del disco Sandinista! Fue el 2 de mayo y empezaron dedicando el concierto a los obreros que estaban en huelga en Andalucía. Para arrancar el concierto, invitaron a una persona a que tocara el aurresku [una canción tradicional vasca que se toca y baila a modo de saludo, homenaje o reverencia a figuras prominentes]. Justo cuando acabó la canción, comenzaron con London Calling. Yo, que entonces estudiaba Pedagogía, lo vi claro: esta es la pedagogía que hay que hacer, pedagogía de choque. Hablé con mi hermano Íñigo y pusimos en marcha Kortatu.

Fermín remarca la importancia de la cultura popular en las luchas antifranquistas tanto en Euskal Herria como en Catalunya, Galicia, Andalucía, el País Valenciano y otros territorios cuyas identidades y elementos tradicionales habían sido recluidos por la dictadura en el folclore, siempre dentro de una identidad española superior e indesligable. Fermín recuerda que en una de las escenas de Black Is Beltza lo que llevan a Euskadi de contrabando son discos de Mikel Laboa, que entonces estaba prohibido por la dictadura.

En Rock Against Racism confluyen los elementos que nos inspiran ya los dos ejes: la música inglesa (punk rock y el revival del ska) y la música tradicional vasca. Aquí teníamos también mucha influencia del skinhead reggae, el rocksteady y de bandas como Steel Pulse, Sham69 o artistas como Linton Kwesi Johnson, que no se limitaban a hablar de rastafarismo, porque también hablaban de lucha de clases. Además, a menudo actuaban con bandas de punk en los actos del movimiento antifascista Rock Against Racism y Anti-Nazi League. Esos eran nuestros referentes, aparte del frente cultural vasco, con la recuperación de la lengua como estandarte tras su prohibición durante el franquismo y su casi total pérdida en muchas zonas del País Vasco.

Durante los años ochenta en Euskal Herria, el conocido rock radical vasco fue la cantera de multitud de grupos que pusieron la banda sonora a las luchas sociales no solo de aquella década. Fueron el relevo generacional de los cantautores que los años anteriores habían puesto voz a las luchas antifranquistas y algunos todavía continuaban tocando. Sin embargo, los jóvenes que solo habían vivido el franquismo en su infancia se sentían más identificados con las músicas alternativas que llegaban de otros países, como el punk, el rock e incluso el rap, el ska o el reggae. Estas bandas crecieron en las redes populares formadas por las casas okupadas y los festivales políticos de la época.

Fermín recuerda que cuando coincidía con Cicatriz subían juntos a cantar la mítica canción de The Specials It Doesn’t Make It Alright, cuya versión de los Stiff Little Fingers les sirvió para interpretar la emblemática canción de Kortatu Hay algo aquí que va mal.

Recuerda que Franco murió matando. En 1975, poco antes de morir, los fusilamientos de tres miembros del FRAP y dos de ETA —a pesar de las llamadas internacionales a la clemencia— advertían que la transición no iba a ser un camino de rosas hacia la democracia. Al año siguiente, se produjeron los asesinatos de Gasteiz a manos de la policía cuando miles de trabajadores en huelga abarrotaban las calles. En Euskadi, la acción de los grupos parapoliciales fue especialmente sangrante, como documentaron Xavier Vinader en sus investigaciones de Interviú y muchos otros periodistas de la época; algo que poco a poco se ha ido reconociendo, ya que entonces tan solo una parte de la sociedad vasca y de la izquierda española lo denunciaban.

La primera vez que Kortatu tocó en Iparralde (País Vasco Francés) fue en 1985, en el marco de una campaña a favor de los refugiados políticos vascos. En esa época, el Gobierno de Mitterrand todavía los consideraba refugiados políticos y Felipe González intentaba convencerlo de que eran terroristas y no merecían tal reconocimiento. Kortatu participó en el concierto de Arcangues. Un día antes, los GAL habían atentado en Bayona contra el miembro de ETA Kepa Picabea en el Café Pyrenées; en el atentado murió el francés Benoit Decastang y resultaron heridas varias personas.

Kortatu llegó a Bayona justo para la manifestación en protesta por los atentados del GAL, que tuvo lugar antes del concierto. Xabier Galdeano, periodista del diario Egin, tomó varias fotos y volvió a San Juan de Luz, donde residía, para enviar a la redacción la crónica de la jornada. Pocos minutos después de las siete de la tarde, Galdeano fue acribillado a balazos al lado de su casa por los mercenarios contratados por los GAL Alain Parmentier, Jacky Pinard y Bernard Foticher.

Las hijas de Galdeano llegaron al lugar del concierto. Se celebró una asamblea de urgencia para hablar de lo sucedido justo antes de que empezáramos a tocar. Ellas mismas pidieron que no se cancelara el concierto, porque no podían romper la dinámica y salirse con la suya. El concierto se tenía que hacer. En esa tesitura se estrena Kortatu en el País Vasco Norte.

Fermín recuerda otro episodio en Iparralde unos meses después, también en Bayona. Fue el 25 de septiembre de 1985, cuando visitaba a varios refugiados vascos que conocía porque eran de su pueblo, de Irún. Estaba charlando con ellos en un bar cuando se oyó un gran revuelo cerca. Cuatro hombres armados con escopetas y ametralladoras salieron de un vehículo y ejecutaron a otros cuatro refugiados vascos que se encontraban en el bar del Hotel Mombar, justo al lado de donde se encontraba Fermín.

Kortatu dedicó la canción Hotel Mombar a aquel suceso.

Todo el rato teníamos este panorama. Barrionuevo [que era el ministro del Interior] decretó el ZEN [Zona Especial Norte], que nos convertía a todos en sospechosos. La conciencia antifascista, en nuestro caso, era contra la policía y los grupos parapoliciales. Nos odiaban a muerte y nosotros a ellos. Si veías un coche de policía, temías que parasen, te cacheasen, te golpeasen o, peor aún, que te llevasen detenido. Probablemente, saldrías en unos días, pero lo mismo no salías, como le pasó a Mikel Zabalza.

Mikel Zabalza, un conductor de autobús sin vinculación siquiera con el mundo abertzale, había sido torturado y asesinado aquel mismo año en dependencias policiales y su cadáver había sido arrojado al río Bidasoa.[96]

Los jóvenes como Fermín representaban una nueva generación que tomó la iniciativa de crear sus propios espacios. Empezaron a okupar espacios que llamaron gaztetxes («casas de la juventud»), a crear radios libres y fanzines y a formar sus propios movimientos sociales. Kortatu y otros grupos de la época se convirtieron en la banda sonora de aquellos años no solo en Euskadi, sino en todo el Estado español.

Desde el principio también tocábamos fuera. En 1985 fuimos con Cicatriz a tocar a Lavapiés, a Madrid. Ojo, que a algunos fachas les gustaba Kortatu, porque nos veían rapados y en aquellos años la moda skin empezaba a llegar y había gente que no se enteraba de la política que había detrás. De repente apareció un grupo de nazis golpeando a la gente. Los de Cicatriz, que ya habían tocado, empezaron a coger los hierros de la batería, porque temían que se liara. En ese momento, para presentar la canción Nicaragua sandinista grité: «¡Contra la Contra! ¡No Pasarán!». Allí aparecieron al menos cien hinchas del Athletic de Bilbao, que estaban en Madrid porque al día siguiente jugaban la final de la Copa del Rey contra el Atlético de Madrid. Bajaron todos corriendo para situarse en primera fila sin saber que el grupo de nazis la estaba liando allí mismo. Claro, los nazis, al ver a cien tíos con ikurriñas correr hacia ellos, se largaron cagando hostias de allí.

Cada vez que Kortatu y luego Negu Gorriak o Fermín con distintos proyectos salían de Euskadi, los colectivos que organizaban los conciertos debían asegurar el espacio en previsión de un ataque fascista. La mayoría de las veces se encargaban de la seguridad los grupos antifascistas. Fermín recuerda que más de una vez los neonazis aparecieron antes del concierto para provocar. Buscaban altercados para que se presentase la policía y así entorpecer el concierto. Cuando iba con Kortatu a Francia, los nazis intentaban entrar en los conciertos y liarla. Hasta que los Red Warriors —un colectivo antifascista de entonces— se encargó de la seguridad. Estos no permitían que entraran los neonazis y, si aparecían, se encargaban de mantenerlos a raya. Lo mismo pasaba en Italia. Allí acompañaban a Banda Bassotti, que disponía de un amplio dispositivo de seguridad de skinheads antifascistas.

En el País Vasco no teníamos ese problema. Aquí venía directamente la policía a joder los conciertos. Alguna vez incluso entraron disparando pelotas de goma, como en las fiestas alternativas de Gasteiz, donde estábamos tocando Kortatu y Cicatriz. Llegaron a agotar el material antidisturbios tras el enfrentamiento con el público, que empezó a lanzar botellas y logró expulsarlos del recinto. Allí estaba Evaristo, de La Polla Records, que lo cuenta en su libro Qué dura es la vida del artista [Desacorde, 2018].

Fermín y sus diferentes bandas no solo vivieron esta tensión con los grupos de extrema derecha y la policía en los años ochenta, sino que fue bastante habitual también en los noventa e incluso más recientemente. De repente, un acto lúdico se convertía en un acto político. «Eso crea comunidad. Cuando logras sacarlo adelante, es una victoria», apunta el músico vasco.

El primer concierto de Negu Gorriak en Barcelona en el año 1991 fue en la antigua sala Zeleste. Allí se encontraron con un despliegue policial impresionante; decenas de furgonetas ocupaban las calles aledañas con las sirenas puestas.

Querían amedrentar a la gente para que no se acercara, que se extendiera el pánico y temieran acudir a un concierto nuestro. A todo el que pasaba lo cacheaban e identificaban. Generaron una sensación de estado de sitio. Después, más de uno me confesó que se había politizado al ver aquello. Pensaron que algo estarían haciendo bien si preocupaban así al poder. Parecía que nos temían. La música era una gran herramienta de lucha.

Fermín recuerda una de sus giras con Negu Gorriak en Alemania a principios de los noventa.

Estábamos actuando en Berlín cuando fueron los ataques racistas de Rostock. Vinieron los antifas de Berlín y nos preguntaron si podíamos hacer un hueco en la gira para ir a tocar allí. Y allá que nos fuimos con un buen grupo de antifascistas a tocar a Rostock. Tocamos en una okupa para apoyar a los antifascistas locales, que habían organizado una manifestación contra las agresiones racistas.

Muchos artistas de la escena musical alternativa conocieron a los militantes y colectivos antifascistas de los sitios donde tocaban. Algunos iban invitados directamente por estos colectivos. En Alemania, por ejemplo, es bastante habitual que cualquier concierto luzca entre sus reclamos el antifascismo.

Conocí a Fermín en 1995, cuando vino con Negu Gorriak a València, al concierto de homenaje a Guillem Agulló. Actuaron junto a Dut y Obrint Pas en la discoteca Espiral —en L’Eliana, a pocos kilómetros de la ciudad—. La tensión era evidente y el dispositivo de seguridad controlaba todos los accesos que llevaban al recinto. Muchos de los asistentes llegaron en autobuses, contratados para no llegar y volver solos. Por suerte, aquella noche no hubo ni rastro de los nazis.

Unos años más tarde, en 2001, estaba previsto un concierto en Cotxeres de Sants (Barcelona) en el que Fermín participaba como artista invitado. Unas horas antes, un suceso empañó la velada. Cuatro conocidos ultraderechistas colocaron un artefacto explosivo en el recinto para que explotara en mitad del concierto. Sin embargo, se produjo una deflagración y la bomba no llegó a explotar (porque la olla a presión no estaba tapada), pero hirió a cuatro ultraderechistas. Si hubiera explotado durante el concierto, las consecuencias habrían sido terribles, como se demostró en el juicio analizando los componentes de la bomba. Cuatro años más tarde, la Audiencia de Barcelona condenó a estos ultraderechistas a seis años de prisión por terrorismo. Entre los acusados, miembros de la organización ultraderechista Timbalers del Bruc, se encontraba Santiago Royuela, hijo del subastero y exmiembro de la guardia de Franco, Alberto Royuela.

Hasta el juicio, Fermín no cayó en la cuenta de lo que había sucedido justo una semana antes de que los fascistas intentaran volar por los aires el concierto. Negu Gorriak había realizado tres conciertos multitudinarios —dos en Donosti y uno en Bayona— con Selektah Kolektiboa y Banda Bassotti para celebrar su victoria en el juicio contra el coronel de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo. Este había denunciado a Negu Gorriak, a un bertsolari, al técnico de sonido Ángel Katarain y al sello discográfico Esan Ozenki por la canción Ustelkeria («podredumbre»), porque se mancillaba su honor. En el cuartel de Intxaurrondo, donde estaba al mando Rodríguez Galindo, según varias investigaciones periodísticas había desaparecido un buen alijo de cocaína. Tras casi una década de periplo judicial y la enorme campaña Hitz Egin! («¡habla!») de apoyo a la banda ante la demanda del siniestro personaje, el 7 de junio de 2000 el Tribunal Supremo rechazó la denuncia del coronel y terminó con cerca de siete años de suplicio.[97] Además, Galindo había sido condenado dos meses antes por secuestro, torturas y asesinato en el caso de Lasa y Zabala a manos de los GAL.

La ultraderecha ya había atentado contra músicos y actores durante la transición. El atentado contra la revista satírica El Papus en 1977 se cobró la vida de Juan Peñalver, el portero del edificio. En cambio, las bombas contra el grupo valenciano Carraixet en 1979 en València fueron desactivadas a tiempo. Posteriormente, en 2006, el actor Leo Bassi sufrió un atentado en el Teatro Alfil cuando iba a presentar su obra La revelación, crítica con la religión católica.

Siempre he tenido en la cabeza que esa bomba no era solo contra mí. Podía haberle estallado a mucha más gente. De hecho, es lo que pretendían. Si esa olla a presión llega a estallar, provocan una masacre. A mí ya me habían amenazado, porque celebrar la victoria ante Galindo y meter allí a treinta mil personas picaba mucho. Eso sí, a todos los que vinieron al concierto desde otras partes la Guardia Civil los paró.

A mí entre ellos, que fui con un bus organizado desde València.

La bomba contra Fermín fue un caso anecdótico, pero no por ello menos grave. El peligro nazi estaba siempre latente de una manera u otra. Pero lo que vino después fue, si cabe, todavía más sangrante para él y para un buen listado de bandas de la escena alternativa que empezaron a ser el blanco de campañas montadas por la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), grupos de extrema derecha o directamente políticos del PP. Bajo la acusación de simpatizar con ETA, grupos como Soziedad Alkoholika, Banda Bassotti, Su Ta Gar o Berri Txarrak empezaron a ver cómo unos días antes del concierto los organizadores se echaban atrás o el ayuntamiento de turno directamente prohibía el evento. Esto se extendió prácticamente hasta hoy y alcanzó a grupos como Los Chikos del Maíz, a quienes cancelaron conciertos y, aunque eran valencianos, llegaron a confundir con un grupo vasco. Fermín lo sufrió durante muchos años, pero la que más llamó la atención fue su gira Jai Alai Katumbi Express, junto al músico Manu Chao. En septiembre de 2003, Fermín y Manu vieron cómo los conciertos programados en Málaga y Murcia se cancelaban pocos días antes. El País recogió unas declaraciones de los músicos a los que la AVT acusaba de apoyar el terrorismo. Manu Chao declaró:

Todo lo que se ha dicho de nosotros es una calumnia, una absoluta falsedad y un ataque a la libertad de expresión. Yo nunca he promovido el terrorismo, no es una opción que yo bendiga de ninguna de las maneras. Me siento ofendido porque lo que ha afirmado la Asociación de Víctimas del Terrorismo va en contra de mis ideales. Todo esto no es sino un golpe bajo de la peor especie.

Por su parte, Fermín insistió en que ya llevaba años mostrando públicamente su apuesta por la paz en Euskadi.

Llevo años afirmando que estoy en contra de la violencia de ETA, pero parece que no se me hace caso, que no se me quiere creer. Sí, soy independentista y de izquierdas, pero eso no significa que esté a favor de la violencia, por eso creo que todo esto no es sino una persecución ideológica que pretende evitar que todas las vías políticas sean consideradas a la hora de buscar soluciones a un panorama político que parece que interesa que se encone cada día más.

El boicot a los artistas también provocó numerosas muestras de solidaridad, como manifestaron entonces Manuel Vázquez Montalbán, Fernando León de Aranoa, Carlos Tena o Lluís Llach, entre otros. En 2004, tras los conciertos en Córdoba, Rivas y Mérida, empezaron a suspender todas las actuaciones. En Madrid, de hecho, tocaron el mismo día que se casó Felipe VI, a pesar de la prohibición de la Delegación del Gobierno, que amenazó a los organizadores del colectivo la Dinamo. Rompieron el precinto y entraron igualmente. Fermín no volvió a tocar en Madrid hasta diez años más tarde. Tampoco en València ni en muchos otros sitios. «Declararon mi muerte artística», afirma.

Fermín, junto con otras personas, puso en marcha en 1991 el sello Esan Ozenki, en el que dio a conocer artistas de todo el mundo de diferentes estilos que también formaban parte de aquella banda sonora que nos acompañó durante años. Allí grabaron los argentinos Todos Tus Muertos, los madrileños Hechos Contra el Decoro, los mismos Negu Gorriak, Joxe Ripiau —grupo fundado por Íñigo, ex-Kortatu y hermano de Fermín, que falleció en 2019 y a quien recordamos con gran cariño—, Inadaptats, Garage H y las principales bandas de Euskal Herria de los años noventa. El frente cultural, como lo llama Fermín, aquellos años, sin duda, lo encabezaba la música. En Madrid, los conciertos de Non Servium, Kaos Urbano o Núcleo Terco, entre otros, eran territorio estricta y marcadamente antifascista. Y del más duro y combativo. En otras partes del Estado, sellos como Propaganda Pel Fet impulsaron bandas como La Raíz, Obrint Pas, Pirats, Speereth o Kop. Catalunya y el País Valenciano fueron cuna de un gran número de grupos de marcado carácter antifascista, como Los Chikos del Maíz, Opció K95, Suburban Rebels, La Gossa Sorda, Aspencat, ZOO, Maniática, Disidencia y muchos otros que llenaban los conciertos de fiestas de pueblo, centros sociales y festivales multitudinarios.

En agosto de 2007 hubo un festival de música antifascista en Berna (Suiza). Lo organizó el colectivo Musik und Kultur y, entre otros, actuó el grupo valenciano Obrint Pas. Allí los grupos antifascistas son bastante activos, ya que hay cierta presencia neonazi. El primer día fue un éxito, pero el segundo me llamó un amigo de Berna con malas noticias. Un empleado de seguridad encontró una mochila con un sospechoso olor a gasolina y tuvieron que desalojar a las casi dos mil personas que había. El guardia lo sacó fuera del recinto y poco después detonó. En la mochila había un artefacto explosivo e incendiario de fabricación casera que, entre otras cosas, llevaba tres botellas llenas de gasolina.[98] La policía descubrió al presunto autor un año después. Este había solicitado una licencia de armas. La policía descubrió que frecuentaba círculos violentos de extrema derecha y registró su casa, donde encontraron pruebas de que había colocado el explosivo un año antes. Los organizadores del evento declararon:

No ha habido en Suiza un ataque de esta magnitud contra estructuras o eventos de izquierdas desde 1999, cuando la casa okupada Solter-Polter de Berna fue atacada a tiros por ultraderechistas. [Y denunciaron la existencia de] estructuras neonazis que cuentan con las habilidades y la logística necesarias para llevar a cabo ataques de este tipo. Hechos como estos muestran claramente para qué están preparados los fascistas.

Suiza es un país relativamente tranquilo, en el que los neonazis mantienen un perfil bajo, pero los antifascistas saben de lo que son capaces y conocen bien sus acciones violentas, que demasiadas veces pasan inadvertidas. En un comunicado, advertían sobre esto.

El ataque al festival antifa no se debe menospreciar como si tratara de una broma, porque un acto así requiere preparación y tiene como objetivo específico matar gente. Si un dispositivo incendiario de este tipo se coloca en una sala cerrada en la que hay unas mil quinientas personas, no se puede descartar que haya muertos. El objetivo y el propósito es precisamente que haya muertos. Esto no se debe silenciar ni minimizar. Especialmente, no lo deben hacer los medios ni la policía.

Todos los días hay personas que son víctimas de la violencia de la extrema derecha. Atacan a los extranjeros y a los que piensan diferente, incendian los refugios de asilo. El ataque al festival es un clímax triste, pero no es un incidente aislado. Esta escalada debe detenerse urgentemente. Hoy no solo nos pronunciamos contra el ataque al festival antifascista en Berna, sino contra cualquier forma de violencia de la extrema derecha.

La música fue un aglutinador indiscutible. Los conciertos que coronaban los actos políticos servían como punto de encuentro y difusión de ideas, aparte de como fuente de financiación para los colectivos, las campañas y los movimientos sociales. Y el antifascismo ha sido uno de los principales ejes de todas estas bandas. Mucha gente explica que se ha politizado a través de la música. Hay grupos con letras reivindicativas que llenan estadios y congregan a miles de personas, aunque una parte solo acuda como ocio y no participe en nada. Diferentes bandas y artistas reconocidos internacionalmente han hablado de memoria histórica, de diversas causas sociales, de antifascismo, de antirracismo, de los derechos del colectivo LGTBI, y eso ha influido en la instauración de cierto sentido común pro derechos y libertades que hoy la ultraderecha trata de romper. Por eso el mundo de la cultura es uno de los principales enemigos de la ultraderecha y no son pocos los músicos, actores, humoristas y escritores señalados por los nuevos fascistas. Antes de esta ofensiva reaccionaria de los últimos años, el actor Willy Toledo, Abel Azcona, Javier Krahe, La Insurgencia, Pablo Hasél, Valtonyc y muchos más han sufrido en sus carnes la censura del establishment y el silencio de gran parte del gremio.

Mientras los centros sociales okupados albergaban numerosos conciertos de punk y las bandas de mestizaje empezaban a despuntar a principios de los noventa, decenas de jóvenes negros hacían cola todas las tardes a las puertas de una discoteca en Torrejón, a las afueras de Madrid. Muchos de ellos habían colgado el uniforme horas antes y se disponían a pasar un rato bailando hip hop y otras músicas hasta entonces ajenas en la mayoría de los locales de ocio de España. A poca distancia se encontraba la base que la Fuerza Aérea compartía con el Ejército de Estados Unidos. Los soldados estadounidenses ya habían pasado a formar parte del paisaje de Torrejón. Muchos eran negros, de barrios humildes de Nueva York y otras ciudades, y trajeron consigo el hip hop y la nueva estética rapera. El Stones fue el templo del hip hop y lugar de reunión de los jóvenes negros de Madrid y de los soldados negros norteamericanos. Willy, hijo de un oficial afroamericano de la Air Force norteamericana y de una española, era uno de los DJ más conocidos del Stones. Ángel Villarino lo entrevistó para El Confidencial en agosto de 2015.

Se llamaba Stones y aún me entusiasmo al escuchar el nombre. En esas cuatro paredes han estado Bobby Brown, los Fat Boys, Afrika Bambaataa… Lo conocía todo el mundo. Un jueves lo tuvimos que abrir porque Mariah Carey quería tomarse una copa. Muchos estadounidenses decían que era la mejor discoteca de música negra que habían visto, que ni siquiera en Estados Unidos había algo parecido. Era un garito americano para americanos, de música negra, y los españoles empezaron a ir por curiosidad. Decíamos que era como estar en el Bronx.[99]

Pero los yanquis no solo traían música. Muchos de ellos compartían con los negros españoles todo el material de los Black Panthers y otras organizaciones antirracistas de entonces. Ana Bibang, que nos ha contado páginas atrás la lucha de los negros y mestizos españoles contra los neonazis, se crio en ese ambiente y recuerda que sus padres también fueron alguna vez a la Stones. Muchos de los discos de su hermano, Jota Mayúscula, eran importados de Estados Unidos y sonaban en la Stones y en otros bares donde se podía escuchar hip hop.

Mi hermano ensayaba en casa, tenía platos en casa. La cultura hip hop estaba ya muy presente, sobre todo a partir del break dance, que fue lo primero que conocimos en los barrios. Eso nos hizo enorgullecernos de nuestros orígenes. Poco a poco empecé a tener un conocimiento más profundo de la política y a formar parte cada vez más de un movimiento, el hip hop, que tenía un mensaje muy directo, muy claro, muy activo y contrario al fascismo. Y algunas veces muy cercano a otros movimientos, como el punk, que también fue muy importante aquí en Madrid y que fue de la mano con el movimiento hip hop, aunque llevaran rollos muy distintos.

Jota Mayúscula fue uno de los creadores de El Club de los Poetas Violentos (CPV), junto a los MC El Meswy, Kamikaze, Mr. Rango, Paco King, Supernafamacho y Frank T. Algunas de sus letras evidenciaban ese carácter antifascista que comenta Ana.

Nazi neo nazi neo qué? Neo pum! pum! pum! Neo estúpido ignorante […]. Te pego una torta, luego no me llores por tener tu boca rota. Lo estoy viendo abadabadunda viendo, todos los emigrantes de ti se están riendo. Todos los polacos, todos los moracos, todos los sudacas, todos los negratas. Si quieres seguir viviendo, más te vale que eches patas. Porque si no, hijo pu, te matamos. Mira cómo rimamos, aquí locos no estamos. Y al igual que tú en Malibú nos pelamos. La única diferencia es que nosotros pensamos. Tenemos un cerebro, el cual alimentamos con la sabiduría del sonido hip hop rimado. Y sellado por Frank T en el micro.

 

CPV, Madrid, zona bruta, 1994

Nega, de Los Chikos del Maíz, también lo recordaba así en un artículo que publicó en 2020 en La Última Hora titulado «CPV: el grupo que nos enseñó a no tener miedo». En él contaba que en 1995 se puso a escribir letras la misma noche que regresaba de uno de sus conciertos en València. El concierto le había fascinado, sobre todo las letras con gran carga social y política.

Era un grupo con personas racializadas, había dos negros y un amazigh de Marruecos. Aquello era algo también inaudito para la escena musical de mediados de los noventa en España (en realidad lo sigue siendo hoy día también). Y desde luego, no es lo mismo escribir letras contra los nazis o contra el racismo cuando todos son blancos que cuando hay personas racializadas, todo adquiere un cariz diferente, auténtico, real. Además, eran todos enormes y aparecieron rapados y vestidos de negro hablando de dar hostias a los nazis. Joder, impresionaba. […] Y se raparon las cabezas modo skinhead. ¿Muchos 20N compartiendo trinchera con redskins, movimiento que también emergía en España por las mismas fechas? «20N de manifa / ¿te dieron con la porra en la rifa? / Sí, los de azul y casco blanco eran fascistas».[100]

El disco de CPV Madrid, zona bruta es un clásico de la cultura hip hop en España. «El antifascismo impregna todo ese disco de principio a fin», afirma Ana. Esos mensajes contundentes que insultaban a los neonazis e incluso les advertían de que se les iba a plantar cara eran, sin duda, un chute de empoderamiento para muchos jóvenes que en aquellos años debían andar con cuidado por si los neonazis salían de caza y se cruzaban en su camino.

Según afirma Nega:

La cuestión indiscutible es que supieron adaptar el hip hop, tanto a nivel estético como lírico, a nuestra realidad concreta. […] Te vacilaba, pero a la vez te hacía pensar, denunciaba. Yo no concibo las letras del hip hop de otra manera.

Ana matiza que el rap es una expresión más del movimiento hip hop, en el que hay otras, pero en todas ellas

subyacen la interactuación, la participación y la lucha social. Es lo que había de fondo en todas ellas. Nace para que la gente que está en la calle tenga una salida, otro camino y pueda expresar lo que siente, y siempre ha habido por debajo un mensaje muy contundente. Fue un altavoz importantísimo para la lucha contra esta gentuza.

Ana creó junto a otras tres mujeres el sello Zona Bruta en 1996. El hecho de ser mujer en un mundo tan masculinizado como el de la industria musical, y concretamente el rap, no fue fácil. Fue el primer sello que empezó a publicar rap en castellano.

Fuimos feministas sin saberlo. Sacamos también a muchas raperas como Arianna Puello, la Mala Rodríguez… Ahora veo la importancia de todo aquello. Recibimos muchos ataques a nivel personal y profesional. Ahora el feminismo es más hegemónico, pero antes era muy complicado subirse a un escenario siendo mujer en un ambiente tan masculinizado.

El sello Zona Bruta y las bandas que crecieron en él jugaron un papel indiscutible en la configuración de una identidad relacionada con la cultura hip hop, salpicada por la conciencia política de quienes lideraban estos proyectos. Ana también vivió en el entorno de los Color Power, que se enfrentaban con los nazis en las calles de Madrid y estaban claramente vinculados a la escena hip hop. Quienes no pertenecían a estos grupos o no vivían en Madrid también se empaparon de este marcado contenido político del movimiento, sobre todo a través de la música. Aunque en otros territorios tuviesen más peso otros estilos, como el punk rock o el mestizaje, el rap también se hizo un hueco y se atrevió a incluir mensajes políticos en sus letras. En Alacant, por ejemplo, donde el grafiti despuntaba sobre otros territorios del Estado, surgió a finales de los ochenta la banda Zona Norte Posse, que hacía letras sobre la insumisión al servicio militar y otras luchas de aquellos años. Hablando sobre la influencia del CPV y el hip hop que surgía sobre todo en Madrid, Nega recordó que se compró la maqueta de Zona Norte —que era un concierto grabado en Minuesa, uno de los centros sociales okupados más emblemáticos de Madrid— en la distribuidora del Kasal Popular en València, donde muchos de nosotros nos abastecíamos de casetes de todo tipo de bandas que pasaban por allí y dejaban su material.

Cuando le pregunté por la influencia de la música en la conciencia política de la gente joven de entonces, destacó, igual que el resto, la importancia que tuvo en su caso. Con Los Chikos del Maíz tomó el relevo de aquellos grupos con los que había consolidado las ideas que ya había escuchado en casa a su padre.

Yo vengo de una casa de tradición comunista. Mi padre, sindicalista, siempre hablaba de política. Pero si tu entorno más cercano, tus amigos, los sitios donde vas y tu ocio no hablan de eso, muchas veces puedes acabar en cualquier sitio, por mucho que diga tu padre. Sin embargo, esa politización se da muchas veces a través de la música. En mi caso, por ejemplo, fue a través de Zona Norte Posse, El Oso Yonki, que eran muy punkis, Maniática… Pero cuando llegó CPV ya fue la hostia.

Nega empezó a mediados de los noventa con Trece Pasos, su primer proyecto, que era de rap e incorporaba letras políticas. Este fue uno de los últimos grupos que actuaron en el Kasal Popular, concretamente una semana antes de su desalojo, en diciembre de 1996. A partir de 2012, con la banda Los Chikos del Maíz se fueron haciendo cada vez más conocidos y llenaban salas y festivales. El éxito y la visibilidad trajeron consigo una campaña de criminalización y persecución de la extrema derecha. Aunque su caso no fue tan extremo como el de otras bandas, que tuvieron que cancelar parte de sus giras. Sin embargo, Nega recuerda las pintadas fascistas cuando fueron a actuar en la fiesta de las paellas de la Universitat de València y que el Ayuntamiento de Salamanca obligó a cancelar una actuación suya, a pesar de que tuvo que pagar una indemnización que la banda donó íntegramente a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH).[101]

Los neonazis sabían que los conciertos del entorno antifascista eran un buen coto de caza. No se atrevían a presentarse a las bravas, pero en muchas ocasiones esperaban a que el concierto finalizara y daban vueltas en coche o se escondían discretamente a la espera de sorprender a grupos reducidos o a personas que volvieran solas para darles un escarmiento. En València, los conciertos que organizaba Acció Cultural del País Valencià cada 25 de abril tras la tradicional manifestación de la izquierda valencianista eran un objetivo habitual de estos grupos violentos. La consigna para el público, que a veces incluso recordaban los artistas desde el escenario, era: «Volved en grupo y tened cuidado».

Uno de los casos más brutales ocurrió en marzo de 2012 en Manresa, en la Sala Stroika,[102] antes de un concierto de Kop y Non Servium. Querían vengarse del boicot que grupos antifascistas habían hecho a un concierto nazi el año anterior en Barcelona. Un grupo de neonazis de Tarragona, Sabadell, Polinyà, Tordera, Esparraguera, Blanes, Barcelona, Terrassa y Viladecavalls se organizó para atacar a los asistentes al concierto. Se repartieron bengalas, barras de hierro y pasamontañas, y se presentaron horas antes del evento en las inmediaciones de la sala. Más de diez neonazis atacaron a un joven de dieciséis años que estaba con un amigo haciendo tiempo en el aparcamiento. Le partieron el cráneo y lo dejaron casi muerto. A su acompañante también lo hirieron y lanzaron una bengala al interior de un vehículo. La víctima estuvo semanas en la UCI debatiéndose entre la vida y la muerte. Los agresores fueron arrestados al poco tiempo por los Mossos d’Esquadra. Estaban relacionados con los ultras del Espanyol y con Ultras Sur. En 2014, la Audiencia de Barcelona condenó a diez de ellos a penas de entre dieciséis y dieciocho años de cárcel por dos asesinatos en grado de tentativa, lesiones, daños por incendio y tenencia ilícita de armas. Otros siete fueron absueltos. Las cámaras de un bar cercano captaron a los neonazis poco después de la agresión recreando su hazaña entre risas y burlas mientras bebían cerveza y pedían unos bocadillos.

A pesar de todos estos sucesos, de los boicots a los que han sido sometidos por parte de los partidos políticos, organizaciones e incluso algunas instituciones, y de las campañas de criminalización de algunos medios de comunicación, los grupos musicales que reivindican su compromiso antifascista cada vez son más. No solo ofrecen conciertos en pequeñas salas, fiestas de pueblo o centros sociales, sino que muchos de ellos llenan estadios. La mayoría de estas bandas han colaborado en campañas y diferentes causas para recaudar fondos, también de carácter antifascista. Así, la música no solo sirve como herramienta de difusión y concienciación y los conciertos como punto de encuentro, sino que son una de las principales fuentes de financiación de múltiples causas sociales.

Recientemente, ante la ofensiva reaccionaria que se vive en Europa y Latinoamérica, más de mil bandas han firmado un manifiesto contra el fascismo impulsado por Fernando Madina (Reincidentes) y Óscar Sancho (Lujuria). «De un tiempo a esta parte se está blanqueando poco a poco una ideología que tiene el odio y la xenofobia como principales líneas de pensamiento. Se está normalizando», explicaba Fernando a elDiario.es. Quizás sea el momento de tener un Rock Against Racism propio.

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