Antifascistas
38. La revuelta neocón y la Nueva Derecha
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38. La revuelta neocón y la Nueva Derecha
A finales de los años setenta, Manuel Fraga estuvo cenando en Madrid con Alain de Benoist, uno de los intelectuales de la Nouvelle Droite francesa más prolíficos, admirados e inteligentes. El exministro franquista presentó al francés en una conferencia titulada «Poder político, poder cultural», organizada por el Club del Sable. Este grupo de intelectuales liberales buscaba su lugar en la nueva España postfranquista y miraban de reojo y con admiración el movimiento de la Nueva Derecha francesa, que se daba a conocer a través de las revistas que editaba el GRECE (Groupement de Recherche et d’Etudes pour la Civilisation Européene), su think tank.
Muchos de estos derechistas soñaban con establecer en España una derecha portadora de las ideas de Benoist, pero era una misión imposible. El peso del catolicismo y el pus franquista que todavía supuraba aquellos años no dejaban lugar a experimentos. Sin embargo, las enseñanzas de este grupo de intelectuales franceses —con quienes casualmente estuvo vinculado entonces el polifacético Jorge Verstrynge— perdurarán hasta la actualidad, aunque fuese en círculos reducidos más relacionados con los entornos nacional-revolucionarios.
Benoist fue un gran admirador del comunista sardo Antonio Gramsci. Le ha dedicado varios textos y ha tratado de acercar sus ideas a la extrema derecha. No por sentirse cercano al comunismo, sino porque Gramsci supo explicar de manera brillante algunas estrategias para instaurar un sentido común que, poco a poco, se fuese acercando a su ideal político.
Desde que Blas Piñar perdió su escaño en 1982, la ultraderecha española intentaba sobrevivir fuera de la casa común de las derechas que fue primero Alianza Popular y posteriormente el PP. Prisioneros durante casi veinte años del legado franquista y del poso neonazi de las nuevas formaciones, no hubo ningún líder que supiese convencer a ese cercano 80 por ciento de ultraderechistas que siempre captaba el PP. El partido creado por Fraga supo contener y contentar a ese sector de su electorado con pequeños gestos, y solo cruzaba la línea que separaba el partido de la extrema derecha en contadas ocasiones o por la iniciativa de algún concejal o diputado al que asomaba la camisa azul cuando se venía arriba en algunos asuntos. Aun así, el partido, que ni siquiera se reivindicaba de derechas y siempre apelaba al centro, cobijaba en su seno a viejos y nuevos ultras que a menudo se mordían la lengua.
El atentado de Al Qaeda en Madrid el 11 de marzo de 2004, pocos días antes de las elecciones generales, motivó la caída del PP por la nefasta y torticera manipulación que supuso intentar atribuírselo a ETA y por su implicación en la guerra de Irak, que generó protestas multitudinarias en todo el Estado. Cuando llegó el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (PSOE), la derecha española empezó a radicalizarse y, a la vez, a fragmentarse. El PP, que hasta ese momento había sido el hogar de todas las derechas, sufrió un proceso de desapego. Tras varios años de radicalización y dinamitado por varios frentes, terminó por alumbrar la llegada de Vox unos años después.
Una serie de entidades privadas, think tanks, medios de comunicación, páginas web y movimientos sociales de derechas se pusieron como objetivo batallar contra la izquierda en el terreno cultural, es decir, intentaron revertir el sentido común progresista poniendo en cuestión los consensos amplios en materia de derechos humanos y políticas sociales. Es la máxima gramsciana que habla de la conquista de la hegemonía cultural para conquistar posteriormente el poder político. En palabras de la filósofa francesa Eléne Védrine en su ensayo Les Philosophies de l’histoire (Pashot, 1975), que estudió al comunista sardo Antonio Gramsci:
La toma del poder no se lleva a cabo solo mediante una insurrección política que se apodera del Estado, sino mediante un largo trabajo ideológico en la sociedad civil que permite preparar el terreno.
Es lo que se conoce como batalla o guerra cultural.
El fenómeno de la Nueva Derecha española que surgió entonces fue analizado en el libro colectivo Spanish neocón. La revuelta neoconservadora de la derecha española (VV. AA., Traficantes de Sueños, 2012). El plan de esta ofensiva derechista consistió en «atacar de forma feroz elementos y discursos que reunían consensos amplios, explotando sus debilidades manifiestas y abriendo una frontera insalvable entre los discursos institucionales y la verdad neocón».
Empezó entonces una ofensiva sin precedentes del sector más radical de la derecha, que centró todos sus esfuerzos contra el Gobierno de Zapatero y allanó el camino para que otros, poco a poco, picaran también del alpiste que iban dejando a su paso.
El desencanto de los más radicales dentro del PP sirvió de caldo de cultivo para apuestas cada vez más virulentas. Fueron los primeros pasos de la nueva tendencia, del emergente conglomerado de medios de comunicación, movimientos sociales e instituciones privadas que acabarían por constituirse en lo que llamamos Nueva Derecha española, aquella que nunca vira al centro.
Este libro sobre la derecha neocón española retrata perfectamente aquella etapa y el despegue de la Nueva Derecha española, cada vez con menos complejos y más radical. La batalla contra esta Nueva Derecha no se libró desde el antifascismo clásico ni desde los movimientos sociales que vienen retratados en este libro.
En primer lugar, se dio en el terreno institucional, batallando por las leyes progresistas que pretendía el nuevo gobierno: reforma de la ley del aborto, matrimonio igualitario (de personas del mismo sexo), ley de memoria histórica… Todo esto, junto con la polémica reforma del Estatut de Catalunya, que la consideraba una nación, y el inminente proceso de paz en Euskadi, ofreció a la derecha un menú completo de batallas que podía librar en diferentes frentes. No lo desaprovechó. Pidió toda la carta y se puso manos a la obra.
En segundo lugar, los colectivos que apoyaban esas leyes se dieron cuenta de que la ofensiva iba en serio, que no era solo una pataleta de ciertos obispos, de los ultracatólicos de siempre y de la ultraderecha habitual. Habían aterrizado una serie de lobbies y fundaciones que les obligarían a batallar, hasta el día de hoy, por ese sentido común que ya creían conquistado. La derecha reaccionaria iba a utilizar todos los medios a su alcance para impedir la consecución de tan anhelados derechos. Colectivos LGTBI, feministas, grupos por la memoria histórica, la sociedad catalana que había consensuado el nuevo Estatut, los ciudadanos vascos que deseaban y trabajaban por el fin de la violencia y por una solución al conflicto… Fueron años de gran agitación tanto en las calles como en las instituciones y, por supuesto, en los medios de comunicación, con una derecha cada vez más agresiva y reacia a los cambios, y con mucho dinero invertido en esta guerra.
Mientras, la ultraderecha pescaba en río revuelto. Participó activamente en muchas campañas de la derecha, que convocaba manifestaciones constantemente contra cualquier medida progresista del Gobierno. En las manifestaciones contra la reforma de la ley del aborto coincidían representantes de la Iglesia católica, miembros del PP, fascistas y neonazis. Una coincidencia que a lo largo de estos últimos quince años se ha repetido en distintos escenarios. A la vez, esa ultraderecha marginal que llevaba años predicando en el desierto veía reforzados sus marcos y sus discursos (la unidad de España, la guerra contra el feminismo y el lobby gay, el revisionismo histórico…) y trataba de aprovechar la corriente de la derecha convencional para navegar en ella y captar el descontento de una parte del electorado que consideraba demasiado moderado al PP.
En esta batalla resultó crucial el papel de organizaciones como HazteOír (HO) y sus satélites, cuyo origen sitúan distintos expertos en la secta ultracatólica de origen mexicano El Yunque. HO se dio a conocer en 2001 con una campaña «en defensa de la familia» y posteriormente adquirió cierta notoriedad con otras campañas y acciones de protesta contra las leyes progresistas de Zapatero. El periodista de El País José Luis Barbería publicó en 2011 un reportaje en el que desgranaba las relaciones de HO con otros grupos y políticos ultracatólicos, y recogía varios testimonios que vinculaban a la organización con El Yunque.
«Esa sociedad va creando asociaciones que se coordinan por consignas y están dirigidas por las mismas personas que salen por una radio, un periódico, una televisión. Parece que son muchos, cuando en realidad son pocos y siempre los mismos», ha señalado Javier Paredes. «Nunca dudes de que un grupo pequeño de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo», se proclama a modo de divisa en esos medios. HazteOír (HO), con Ignacio Arsuaga como presidente; Profesionales por la Ética (Jaime Urcelay), Nasciturus (Pablo Gutiérrez), Observatorio para la Libertad Religiosa y de Conciencia (Marcial Cuquerella), Escuela de Liderazgo Social y Político (Carlos Gredilla), Instituto de Política Familiar (Eduardo Hertfelder, Dolores Velarde), Justicia y Libertad (Ángel Serrano) y Fundación Burke (Antonio Arcones) formarían parte de ese mosaico.
[…] El lobby de la versión religiosa española del Tea Party despliega sus dotes seductoras sobre los políticos más identificados con la fe cristiana. Jaime Mayor Oreja y Eugenio Nasarre han sido galardonados por HO. No les faltan recursos, sentido del marketing y dominio de las tecnologías digitales con las que han movilizado a decenas de miles de ciudadanos, presionado a los políticos «tibios» y acosado a los «enemigos de la vida y la libertad»; esto es, defensores de las leyes sobre el aborto y el matrimonio homosexual y el derecho a una muerte digna. Aunque cultivan la política y la diplomacia de salón, y lucen elegantes en las galas, su obsesión es reventar las calles de manifestantes airados.[103]
La importancia de este entramado y de su actividad incesante desde aquellos años hasta hoy yace en la influencia que tuvo en parte de la derecha española, que empezó progresivamente a despegarse del PP tras recriminarle su actitud poco combativa ante las nuevas leyes. Es lo que hoy llama Vox «la derechita cobarde», aquella que cuando llegó al poder no revirtió las leyes contra las que se había manifestado. Hoy, ese entramado es mucho más potente y cuenta además con una enorme actividad en redes sociales. Aunque Vox ha sido el que mejor ha rentabilizado esta ofensiva cultural, estas organizaciones y estos activistas tienen vida propia. Su función es librar la batalla cultural, establecer nuevos marcos, nuevos debates encaminados a cuestionar lo que consideran «políticamente correcto», presentándose como irreverentes, como rebeldes, víctimas de la «dictadura progre». Combaten el «buenismo» y el «marxismo cultural» que, según ellos, subyace en estos consensos basados en los derechos humanos y la igualdad. Han conseguido que ese lenguaje de lo «políticamente incorrecto» sea asumido incluso más allá de la derecha y la extrema derecha. Hoy ciertas figuras de izquierdas también lo usan, lo cual supone una victoria de la batalla cultural de la derecha.
La ultraderecha vio que poco a poco se normalizaba el relato que antes defendían desde la más absoluta marginalidad; empezaba a sonar en las tertulias televisivas, en las calles y hoy ya en las instituciones. No ha sido la ultraderecha de siempre la que ha recogido los frutos, pero su legitimación por fin es una realidad.