Antifascistas

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40. Diferentes frentes del antifascismo

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40. Diferentes frentes del antifascismo

«Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, ya que no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, ya que no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, ya que no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, ya que no era judío. Cuando vinieron a buscarme a mí, no había nadie más que pudiera protestar».

MARTIN NIËMOLLER, pastor luterano (1892-1984)

En el año 2010, ante el auge de la Plataforma per Catalunya (PxC) en plena crisis económica, varios activistas de izquierdas publicaron un libro colectivo titulado No pasarán… aunque lleven trajes (Ediciones La Tempestad). Intentaban explicar cómo era la nueva ultraderecha que, por primera vez en el Estado español, empezaba a tener posibilidades de llegar a las instituciones y ofrecían algunas ideas para combatirla basándose en experiencias de otros países. El coordinador del libro, el militante antifascista David Karvala, explicaba en su texto («Por una amplia movilización antifascista») los nuevos retos que se planteaban y cómo se podría abordar la lucha contra estos nuevos partidos.

Para partidos como PxC, el disfraz democrático es su baza, pero también puede ser su gran debilidad. Hemos visto que este marketing les ayuda a ganar adeptos. Pero significa que gran parte de las personas que les apoyan no lo harían si supieran lo que representan de verdad. Por eso Anglada dice que «hay que disfrazarse». Sin el disfraz, quedarían reducidos a los partidarios abiertos de un regreso al franquismo, que son bastante pocos.

Una fuerte campaña, bien organizada, de movilización, protesta y propaganda que saque a la luz la realidad de su organización y sus intenciones les podría quitar a muchos de sus votantes, e incluso militantes. Los detalles de una campaña de este tipo no se pueden dictar en abstracto, dependerán de la situación concreta de cada ciudad y de cada momento.

Así nació una de las plataformas antifascistas más amplias y activas de Catalunya: Unitat Contra el Feixisme i el Racisme (UCFR), inspirada en Unite Against Fascism (UAF) de Gran Bretaña. Esta plataforma acoge más de quinientas organizaciones en toda Catalunya y ha contado con proyectos similares en el País Valencià, Andalucía y Madrid.

UCFR ha desarrollado desde entonces numerosas campañas contra las principales organizaciones de extrema derecha en Catalunya, combinando la propaganda con movilizaciones masivas. Su planteamiento de mínimos ha logrado sumar a numerosas organizaciones distintas, más allá de la tradicional izquierda radical que hasta ese momento había abanderado el movimiento. Karvala explica en su texto:

Es posible y necesario unir fuerzas en torno a unas simples demandas como «franquismo nunca más» o «no pasarán», etcétera, que son patrimonio de una parte muy importante de la sociedad, sobre todo de la clase trabajadora, en plataformas amplias capaces de movilizar a la gente corriente.

Plataformas de este tipo ya habían existido en algunas ocasiones puntuales, pero no habían tenido continuidad y se habían formado como reacción a actos concretos de la extrema derecha. La izquierda radical, que siempre ha estado en primera línea contra los grupos de extrema derecha, a menudo ha debatido si es una opción juntarse con organizaciones no revolucionarias. A principios de los noventa, los militantes de las primeras organizaciones antifascistas en Madrid, Barcelona, Zaragoza y València plantearon esta cuestión. Ya se ha explicado que en Madrid intentaron convencer a partidos políticos y asociaciones vecinales de la peligrosidad de las bandas neonazis justo antes del atentado que costó la vida a Lucrecia y no les hicieron caso. Por eso, tras el asesinato de Lucrecia y Hassan en 1992, se produjo una brecha entre el antifascismo y quienes le habían quitado importancia y luego salían a protestar indignados por lo mismo que habían ignorado antes.

En València, tras el asesinato de Guillem Agulló, Maulets, SHARP y la Assemblea Antifeixista también recelaban de sumar a las protestas a partidos y organizaciones fuera de la órbita de la izquierda radical, aunque finalmente aceptaron marchar juntos por la gravedad del suceso. En Barcelona, sin embargo, ya desde los años ochenta convergían los grupos anticolonialistas, la izquierda independentista y los grupos libertarios en sus protestas contra el Doce de Octubre y a menudo contaban con partidos como ERC, Catalunya Lliure y otras formaciones.

En Zaragoza, desde 1993, cada 20N se convocaba una manifestación unitaria. Un militante de la Plataforma Antifascista de Zaragoza (PAZ) lo explica:

Siempre invitábamos a todos los colectivos. Cada vez que había una campaña por alguna agresión, como lo que sucedió en El Ejido, no teníamos problemas en juntarnos con otros grupos, incluso con los sindicatos, ONG y asociaciones de vecinos. Desde la PAZ se hacía trabajo político. Había grupos de acción y de autodefensa, pero no estaban relacionados directamente con la PAZ, que fue algo amplio, incluso con gente de Izquierda Unida y la Chunta Aragonesista (Cha). Nuestra lucha fue en gran parte romper el mito de las tribus urbanas y explicárselo a los periodistas.

La mayor parte de los episodios y conflictos con la extrema derecha relatados en este libro han tenido lugar en grandes ciudades. La despersonalización que ofrece una gran urbe frente a la cercanía de los pequeños municipios es un factor importante a la hora de entender cómo el anonimato favorece en muchas ocasiones la virulencia y la impunidad de estos grupos. Pero en las pequeñas plazas también se libraron importantes batallas y me habría gustado explicar muchos más casos de los que se relatan aquí. Uno de ellos me resulta especialmente interesante. Se produjo en el municipio de Salt, en Girona, donde el 43 por ciento de la población es de origen migrante y conviven personas de setenta y siete nacionalidades distintas. Lo sucedido aquí en los últimos diez años sirve para explicar cómo se ha evitado que una formación de extrema derecha rentabilice los problemas generados por malas políticas y estructuras que no solucionan los problemas reales.

En marzo de 2010, El País publicó una noticia titulada «Salt, una olla a presión».

Inmigración masiva, xenofobia y paro caracterizan el estallido social en un pueblo de Girona y alertan de lo que se está gestando ahora mismo en otros puntos de España. […] La convivencia en Salt, donde el 43 por ciento de sus 31.000 ciudadanos son inmigrantes, se ha resquebrajado estos días. Dos centenares de vecinos, hartos de la inseguridad en el pueblo, irrumpieron hace una semana de mala manera en el pleno del Ayuntamiento. Dos días después, en la calle se enzarzaron con unos magrebíes. La mayoría eran padres de familia que no quieren que se criminalice a sus hijos, pero también andaba por ahí Morad el Hassani, un expresidiario cansado de que la policía le registre cada día. Un exaltado, rodeado de extranjeros, le gritaba: «Dejad de robar. Volved a casa». Los Mossos d’Esquadra tuvieron que intervenir para que las cosas no llegasen a más. Desde entonces, nada ha vuelto a ser igual en Salt.[109]

El mal presagio que augura el artículo finalmente no llegó a ser cierto del todo, aunque la ultraderecha —primero PxC y después Vox— llegó a obtener representación en el Ayuntamiento. Para entender lo sucedido, hablé con Mostafà Shaimi, vecino del municipio de origen marroquí, profesor asociado y uno de los impulsores del Espai Antiracista de Salt, una plataforma que surgió poco tiempo después del artículo citado.

El Espai Antiracista nació cuando los grupos de ultraderecha todavía no se habían significado en el municipio.

Veíamos que tenían más efecto determinadas políticas municipales sobre las vidas de las personas migrantes que los discursos de la ultraderecha. Teníamos que responder a la necesidad de estas personas, así que empezamos con cuestiones que afectaban directamente a sus vidas, como el tema de la reagrupación familiar. En este tema, entre los requisitos que había que cumplir estaba el de la vivienda, que dependía de un informe municipal del que se encargaba una agente de policía. Esta agente a menudo usaba criterios subjetivos para evaluarlo y en muchos casos había evidencias de racismo cuando tomaba la decisión de quién tenía derecho a la reagrupación y quién no.

Aquellos años, la ultraderecha ya había puesto el foco en Salt para una de sus principales campañas en contra de la construcción de una mezquita. Así, sembraron anónimamente con trozos de cerdo muerto el terreno en el que estaba previsto construir el templo —la ultraderecha repitió esta acción en diferentes escenarios, no solo en el Estado español— y asistieron a numerosas asambleas de vecinos de la zona para propagar el miedo contra las personas musulmanas. El líder de PxC ya se había significado en 2002 en una campaña similar en Premià de Mar, donde lideró las protestas contra otra mezquita. Ante esta situación, Espai Antiracista procuraba neutralizar los discursos de los ultraderechistas acudiendo a las asambleas cuando tenía constancia de su asistencia. Con mucha paciencia y mucha pedagogía, iniciaron una serie de reuniones con los vecinos en las que informaban de quién estaba detrás de la campaña islamófoba y por qué, desde el laicismo que defendían, no iban a tolerar que se prohibiese a una comunidad tener un centro privado de culto. Mostafà, que se declara ateo, explica:

La campaña ultraderechista no era contra los templos religiosos, sino contra toda la comunidad musulmana y contra la misma diversidad religiosa del territorio. Habríamos hecho lo mismo si las protestas hubieran sido contra una sinagoga. Defender el Estado laico no implica prohibir a los creyentes tener sus centros de culto.

Según Mostafà, la estrategia islamófoba de la extrema derecha usa precisamente el hecho religioso como excusa para estigmatizar a toda una comunidad, mayoritariamente migrante, aprovechando que parte de la izquierda, por su tradición laica, no defenderá a los musulmanes.

Daniel Gil Benumeya, doctor en la Universidad Complutense de Madrid en el programa de Ciencias de las Religiones, ha estudiado a fondo el fenómeno de la islamofobia, que también impregna a parte de la izquierda. Gil publicó en La Marea un texto que alertaba precisamente sobre esto.

La islamofobia no es solo un problema de discriminación religiosa, pero tampoco puede ser aislada de la misma. El elemento antiislámico de la islamofobia es en sí racista: se trata de un dispositivo de saber-poder inserto en la tradición colonial del orientalismo, que cosifica al islam presentándolo como una esencia inmutable que determina la vida de las y los musulmanes, y justifica así los mecanismos de exclusión y disciplinamiento que se ejercen contra estos.

[…] La islamofobia es central en la mayoría de los discursos ultraderechistas en Europa. Pero no se circunscribe a ellos: también una parte de la izquierda clama contra la presencia del islam, con argumentos específicos que han pasado a formar parte del vademécum de los nuevos fascismos y los posfascismos: el islam —dicen— sobra porque es reaccionario, porque es peligroso, porque oprime a las mujeres, porque odia a los gais, porque es una religión y la religión es el opio del pueblo. En esta lógica, la islamofobia no es considerada racismo, porque no tiene nada que ver con caracteres innatos como el color de piel o el origen étnico. Ser musulmán es una identidad religiosa y, como tal, es una elección que puede (y debe) abandonarse.[110]

La islamofobia, según el historiador italiano Enzo Traverso y otros estudiosos de la extrema derecha, ha sustituido al antisemitismo como principal bandera de la extrema derecha occidental. Ha cambiado las supuestas diferencias raciales por diferencias culturales, pero sigue el mismo guion a rajatabla, según Santiago Alba Rico. Este filósofo publicó el libro Islamofobia: nosotros, los otros y el miedo (Icaria, 2015), donde aborda esta cuestión frente a la oleada de protestas contra las personas migrantes y refugiadas. A continuación, un extracto de la entrevista que Amanda Andrades y David Perejil le hicieron en CTXT:

Siempre pensamos que los judíos fueron masacrados y exterminados durante la Segunda Guerra Mundial porque un Gobierno muy malo con un programa de exterminio se hizo con el poder en Alemania. No, esos dos elementos fueron posibles precisamente porque durante siglos, y desde luego durante todas las décadas anteriores, en Europa se había tratado a las comunidades judías exactamente como hoy se trata a las comunidades musulmanas. Es decir, que cuando nos horrorizamos ante el Holocausto se nos olvida que fue posible porque en ese momento no nos horrorizaba el trato que se infligía a los judíos. Que fue, por tanto, la aceptación de la inferioridad de una determinada comunidad, convertida en programa de gobierno por un partido que, de alguna manera, hizo visible y manipuló el racismo de un sector de la población, lo que hizo posible el Holocausto. Alertemos entonces sobre las consecuencias históricas que tiene la aplicación de esquemas de exclusión en las relaciones de poder. Si utilizamos estos esquemas, acabaremos construyendo inevitablemente otros incómodos, prescindibles y exterminables. Y si construimos otros incómodos y exterminables y tenemos los medios para exterminarlos, apenas haya una ocasión histórica que lo permita acabaremos haciéndolo.

Según Enzo Traverso, hoy en día, hay muchos intelectuales y activistas de origen musulmán, en movimientos antirracistas y en la izquierda radical, que no tienen práctica religiosa, o que se reconocen como musulmanes solo como reacción al racismo imperante, como lo hicieron muchos «judíos ateos» en la década de 1930.[111] El debate sobre la islamofobia ha venido de la mano de los atentados terroristas islamistas. Sus promotores son conscientes de que la islamofobia les ayuda a reclutar jóvenes europeos de confesión musulmana que se sienten señalados por una sociedad que los repudia y los estigmatiza social y estructuralmente. La islamofobia y el terrorismo islámico, por tanto, se retroalimentan en esta macabra ecuación que acaba por fracturar las sociedades diversas y generar odio y desconfianza, el campo de cultivo perfecto para que la ultraderecha siembre y coseche. Moussa Bourekba, investigador y experto en procesos de radicalización, extremismo violento en Europa y en el norte de África, así como en islam en los países occidentales, equipara, de hecho, el islamismo radical con la extrema derecha en una entrevista realizada por Patricia Simón en La Marea.

La extrema derecha violenta sostiene, según una lectura huntingtoniana del mundo [la que dio lugar a la teoría del choque de civilizaciones], que Occidente está en guerra contra el islam. Los yihadistas responden que, efectivamente, Occidente ha declarado la guerra a esta religión y que toca defenderse. Y ambos coinciden en presentar ambos bloques como homogéneos. […] La extrema derecha violenta considera que el pueblo blanco constituye una entidad homogénea en vía de extinción, por lo que toca salvaguardarla. Y los yihadistas que un musulmán no puede vivir en una tierra donde no rige la ley islámica. Al final, la extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión en la que oponen dos bloques monolíticos».[112]

En Salt, finalmente se decidió convocar una protesta contra la manifestación anunciada por la extrema derecha. Las autoridades, que temían un enfrentamiento, decidieron prohibir ambas protestas, pero los antirracistas mantuvieron la convocatoria.

Nos multaron con nueve mil euros, pero hicimos una gran campaña de solidaridad y muchos recursos a la administración hasta que logramos que se anulara la multa en un juicio.

PxC se caracterizó en Salt por sus peculiares representantes, distintos de los que tenían en otros municipios, con un perfil ultraderechista más marcado.

Los tres concejales eran muy peculiares. Una de ellas tenía una pareja migrante. Otro era homosexual y su pareja era dominicano. El tercero era un joven que caía simpático a los vecinos. Esta estructura era anómala. No era el perfil ultraderechista convencional. Esto suavizó su imagen, aunque su lema era el mismo que en otras partes: «Primero los de casa».

El 23 de abril es el día de Sant Jordi, fiesta nacional en Catalunya, y las entidades locales suelen publicitar sus actividades en la calle. También los partidos políticos, que en el 2014 en Salt incluían a los ultraderechistas de PxC. Mostafà recuerda que el Espai Antiracista decidió actuar. Intentaron convencer al Ayuntamiento de que no cediese espacio a una formación que enfrentaba a los vecinos con discursos racistas, pero, como era un partido con representación institucional y también por miedo a que la censura terminase dando la razón en los juzgados a PxC, el Ayuntamiento no actuó. Además, según cuenta Mostafà, no había consenso entre los agentes sociales sobre cómo había que actuar. También se debatió si convenía convocar una protesta que rodease la carpa, pero finalmente ese primer año se limitaron a presentar propuestas en el pleno del Ayuntamiento que no prosperaron.

Así pues, el Espai Antiracista decidió hacer un trabajo más pedagógico con el resto de las asociaciones que tenían su propia carpa y con los vecinos que se acercaban a la plaza, y les explicaba quiénes eran PxC y el peligro que suponían sus discursos contra los vecinos de origen migrante. Mostafà recuerda:

Les dimos una pancarta en la que ponía: «Todos somos de casa», que se oponía a la de los ultraderechistas, que decía: «Primero los de casa». Todas las asociaciones la colocaron, excepto PxC y el PP.

El año siguiente, en 2015, Mostafà cuenta que se decidió convocar una concentración frente a la carpa de la extrema derecha. Un amplio despliegue policial mantuvo separados a los dos grupos. La presencia de los antirracistas aisló a los ultraderechistas, a cuya carpa finalmente no se acercó nadie. Al año siguiente se repitió la jugada, pero esta vez la protesta terminó con algunos enfrentamientos entre los antirracistas y los Mossos, por lo que PxC denunció a tres personas, entre ellas al propio Mostafà, y las acusó de delito de odio. Tras una larga pelea judicial, los antirracistas de nuevo fueron absueltos.

Ya en 2021, Mostafà reivindica el éxito del trabajo constante de estos últimos años.

No les dejamos ningún espacio. Ahora, tras la desaparición de PxC, Vox ha recogido sus votos, pero no celebran ningún acto público, solo se significan en los plenos. Además, aquí solo entran en cuestiones insignificantes, no se atreven con determinados discursos como antes hizo PxC, saben que aquí van a encontrar mucha oposición. Últimamente, lo único que intentaron fue convocar una protesta «contra la inseguridad». Entonces fuimos de nuevo a las asociaciones de vecinos a neutralizar cualquier intento de relacionar migración con delincuencia. Así conseguimos que no fuese nadie. Tan solo acudieron siete personas y nosotros nos concentramos casi cien personas a poca distancia. Saben que van a tener respuesta siempre y es una batalla de desgaste que acaba desanimándolos; por eso, ya no se atreven a hacer nada.

En cambio, Mostafà alerta de otro problema que ya no emana de la extrema derecha y los discursos de odio, sino de las políticas municipales y los problemas estructurales que salpican a prácticamente todas las poblaciones: la falta de inversión y la segregación. A pesar de que cada vez la sociedad es más diversa, muchas políticas en distintos ámbitos mantienen mecanismos de segregación que en muchos casos impiden que las diferentes comunidades se mezclen o convivan con normalidad. Por ejemplo, colegios en los que la mayoría de los estudiantes son migrantes de clase trabajadora o barrios donde se concentra una mayoría poblacional de origen migrante. Aunque las líneas rojas sobre el discurso de odio están claras, hemos aceptado esta construcción política y social que perpetúa cierto aislacionismo entre comunidades y acrecienta el desconocimiento entre ellas, con todo lo que esto comporta. De esto se puede aprovechar en un futuro el discurso de odio. Sin embargo, como hemos visto en otros capítulos, hay muchos movimientos sociales que intentan superar estas barreras y realizan una enorme labor que conecta a la ciudadanía en diferentes espacios, actividades y reivindicaciones, tejiendo comunidad más allá de las diferencias.

En Euskadi la extrema derecha no ha tenido una presencia callejera notable, al menos en lo que se refiere a bandas de neonazis. Aquí han sufrido otro tipo de ultraderecha, relacionada con las cloacas del Estado en el marco del llamado conflicto vasco. Sin embargo, algunas organizaciones de extrema derecha realizaron a finales de los años noventa una serie de actos en varias ciudades vascas para demostrar a los suyos que ondeaban sus banderas en territorio hostil. Eso sí, siempre protegidos por un amplio dispositivo policial y rodeados de disturbios entre las fuerzas policiales y los contramanifestantes. Aunque no había ninguna plataforma ni colectivo antifascista estable, como ocurría en otros territorios, todos los movimientos sociales vascos se activaban cuando se anunciaba una convocatoria ultraderechista.

La periodista Eva Larrauri explicó en El País cómo se desarrolló una de estas aventuras de la extrema derecha en Euskadi; concretamente en Bilbao en 1999, en uno de los actos organizados por Alianza por la Unidad Nacional (AuN), de Ricardo Sáez de Ynestrillas, a los que siempre acudían militantes desde otros puntos del Estado.

En los alrededores de la Feria de Muestras, no había más público para su vehemente discurso que el grupo de periodistas que cubrían el acto, más numeroso que los seguidores de Ynestrillas, y los agentes policiales. En los últimos meses Ynestrillas ha convocado concentraciones similares a la celebrada ayer en Bilbao en distintas localidades vascas, entre ellas Hernani, Rentería y Amurrio. En Vitoria, el enfrentamiento con grupos abertzales alcanzó una especial virulencia. Uno de los seguidores de la AuN resultó herido en la cabeza, al ser alcanzado por una piedra. Ynestrillas dijo ayer que volverá al País Vasco durante la campaña de las elecciones europeas y municipales de junio. El líder ultra anunció su intención de presentar listas en municipios vascos en los que «la bandera vasca haga daño y moleste». Ynestrillas no agotó el plazo de una hora concedido por los tribunales para permanecer en el lugar acordado de concentración. Media hora después de llegar a Bilbao, los simpatizantes de la AuN, en su mayoría varones jóvenes, volvieron al autobús y se marcharon bajo protección de varias furgonetas policiales. En el interior del vehículo, buena parte de los jóvenes se cubrieron con cascos.[113]

Pocos años después de las performances ultraderechistas, en el 2002, la revista Kale Gorria publicó un reportaje en el que desveló la existencia de un grupo armado que pretendía atentar contra militantes de la izquierda abertzale y supuestamente contaba con buenos contactos con algunos miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Tras la desaparición del GAL, se temía que algún grupo de extrema derecha siguiese su estela. Un periodista de la revista tuvo acceso a una serie de documentos que mostraban entrenamientos y planes de un grupo de ultraderechistas que, según publicó, tenían el objetivo de matar a treinta y cinco abertzales.

La investigación de la revista ponía nombres y apellidos de los integrantes del grupo y aportaba fotografías de sus miembros realizando prácticas de tiro ataviados con el uniforme falangista. La cosa no llegó a más gracias a la publicación del reportaje y a un vídeo titulado El regreso de los falangistas (Kale Gorria, 2002). Sin embargo, la reaparición de un grupo ultraderechista exhibiendo armas y llamando a la violencia empezó a preocupar.

Edu es uno de los fundadores de Sare Antifaxista, una organización creada en 2005 que hoy en día sigue activa. Asegura que durante los años noventa hubo presencia de simpatizantes o miembros de Bases Autónomas en otros lugares del norte de la Península y que a menudo militantes neonazis visitaban el País Vasco. «Éramos un pequeño oasis en Europa, porque no había fascistas en la calle», admite. Como no había ataques en las calles, enfocaron su trabajo en la prevención y la denuncia.

Queríamos que salieran titulares de toda la actividad de la extrema derecha, para que no pasara inadvertida, para que la gente supiera que podía venir en algún momento.

De hecho, no tardó en aparecer. En 2009 una organización llamada Falange y Tradición (FyT) realizó diversos actos violentos contra militantes de izquierdas vascos y monumentos de memoria histórica, y los reivindicaron en un comunicado. El periódico Gara recogió así la información:

Falange y Tradición ha asumido en un comunicado la autoría de más de veinticinco actos en Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa en los que se ha amenazado a personas que vincula con el independentismo y el comunismo, y atacado monumentos en recuerdo a las víctimas del franquismo, como el del monte San Cristóbal.

Este grupo, que se define como «movimiento patriota español», dice que su objetivo es instaurar en el Estado español un régimen político «verdaderamente cristiano y nacional» y para ello actuará «con los medios que considere precisos en cada momento y lo hará especialmente contra los enemigos jurados de la patria», que son, según el citado grupo, «el separatismo terrorista, el comunismo criminal y el liberalismo anticristiano».

Para Sare Antifaxista, la memoria histórica es uno de sus ejes fundamentales. Ha desarrollado numerosas campañas sobre este tema y trabaja junto con otras organizaciones memorialistas, como hacen otros colectivos antifascistas. Dada la gran red de movimientos sociales que históricamente ha existido en el País Vasco, también han tejido alianzas con otros colectivos cuando ha sido necesario.

Consideramos que muchos movimientos sociales son de por sí antifascistas. Si lanzamos una alerta, la unidad es evidente, desde el movimiento feminista hasta el ecologista. Esa conciencia está clara y nuestra comunicación con el resto de los movimientos populares es permanente. Trasladamos a la gente que el antifascismo tiene que ser un referente más en las luchas sociales.

Sare Antifaxista, que también se dedica a la investigación de estos grupos, tampoco pierde de vista lo que sucede en el País Vasco norte, en Iparralde, en terreno francés. Allí, el auge de la extrema derecha salpica también a esta parte del territorio y, aunque de momento sus éxitos no traspasan la frontera, no se menosprecia su presencia.

 

Los sectarismos han estado presentes a lo largo de toda la historia del antifascismo. Muchos militantes históricos de la izquierda radical y del antifascismo entrevistados para este libro coinciden en que es un error perder el tiempo en batallas internas que no llevan a ninguna parte mientras los fascistas se adueñan de las calles y llegan a las instituciones. Algunas actitudes se repiten cíclicamente y muy a menudo entorpecen asambleas, proyectos e incluso campañas que podrían haber sumado esfuerzos ante un problema compartido. Asambleas en las que incluso se mezclaban asuntos personales con asuntos políticos ahuyentaban a aquellos que habían acudido de buena fe a sumarse a la campaña contra la extrema derecha.

En 2019 me ofrecieron escribir el prólogo para el libro Com combatre el feixisme i vèncer (Tigre de Paper, 2019), que recopila textos de la diputada comunista y feminista alemana Clara Zetkin antes de la Segunda Guerra Mundial y durante la irrupción del nazismo. Su interpretación del contexto me pareció brillante e intenté traer algunas claves al presente con un texto titulado «Per no tornar a perdre» («para no volver a perder»).

A finales de los años veinte del pasado siglo, mientras parte de los compañeros comunistas de Zetkin pensaban que el nazismo caería por su propio peso y que la clase trabajadora se daría cuenta del engaño, ella siguió defendiendo ese frente común incluso con los socialdemócratas, a pesar del papel que habían jugado en la muerte de su compañera Rosa Luxemburgo. Un frente común, una batalla política en las instituciones y una organización contundente de la autodefensa frente a los fascistas. Por todos los medios. El partido no le hizo caso, pero ella mantuvo estas convicciones, aunque siempre asumió con absoluta disciplina las órdenes del partido.

Hay que leer los textos clásicos, porque ofrecen muchas claves sobre cómo funciona el fascismo; pero no son textos sagrados y hay que interpretarlos en su contexto e intentar traer aquellas enseñanzas al presente. A menudo, querer encajar relatos y contextos de hace un siglo al presente nos aleja de realizar un análisis certero y adecuado a la actualidad, obviando las transformaciones sociales de todos estos años.

Las experiencias unitarias han demostrado que a la larga estas sinergias tejen complicidades y suman esfuerzos e ideas que traspasan los matices. Hoy, ante el auge y la normalización de Vox y sus ideas, el antifascismo ha vuelto a ser un punto de encuentro para personas de muy distintos ámbitos, incluso más allá de la izquierda radical. Karvala explica en su texto:

No hay que contraponer la organización de la izquierda anticapitalista y la construcción de un movimiento amplio contra el fascismo. La propia experiencia de la lucha unitaria, y la contribución que a ella hace la gente anticapitalista organizada, es la mejor manera de demostrar en la práctica el valor de la opción revolucionaria. Por otro lado, la fuerza del movimiento antifascista proviene en parte de la presencia en su seno de una izquierda anticapitalista organizada, capaz de presentar propuestas e impulsar el trabajo de base.

Este mismo debate ha tenido lugar prácticamente en todos los países en los que ha habido antifascismo organizado. El historiador norteamericano Mark Bray, autor del libro Antifa (Capitán Swing, 2019), entrevistó a militantes de diversos colectivos y plataformas antifascistas de varios países, y todos ellos se referían a este conflicto interno. En Alemania, Suecia, Dinamarca, Estados Unidos y el mismo Estado español, ha habido plataformas amplias, circunstanciales, algunas más duraderas que otras, que no solo han servido para poner en contacto a militantes de diferentes ámbitos, sino a estos con la sociedad, a menudo alejada de estos conflictos hasta que los neonazis y fascistas aparecen en su barrio o en su ciudad. A menudo, el antifascismo ha proporcionado conocimiento y herramientas a otros colectivos para que prestasen atención a la amenaza de la extrema derecha. Otras veces, los propios antifascistas son quienes han conocido realidades distintas a las que estaban acostumbrados y han establecido vínculos con unos mínimos objetivos comunes que han servido para esta y muchas otras luchas.

Cada contexto, cada época y cada ocasión es particular y tiene sus propias características, por lo que no siempre funciona la misma estrategia. No se puede combatir una victoria electoral de la extrema derecha con una manifestación de un bloque negro. Ni se puede parar una cacería nazi con una batucada. Ni todos los militantes y simpatizantes están dispuestos a todo. Sin embargo, todas y todos son necesarios en distintos frentes. Con un símil deportivo que oí en una charla a un militante antifascista, no puedes ir a jugar un partido de fútbol con once delanteros ni con once porteros. Necesitas toda la plantilla.

Ante diversos escenarios, se requieren diferentes actuaciones. Y quienes sufrían el problema han planteado todas las opciones como necesarias en un momento u otro. A lo largo de este libro se explican diferentes experiencias que han contribuido de una u otra manera a plantar cara a la extrema derecha; con mayor o menor éxito, idoneidad o acierto, pero con la firme voluntad de hacer algo y no mirar hacia otro lado.

Sin embargo, la batalla del antifascismo no es solo contra los neonazis del barrio o el partido de extrema derecha de turno, sino también contra la infección que suponen estas ideas más allá de sus entornos y las condiciones materiales que hacen que el veneno contagie. Por eso, que la estrategia antifascista se base únicamente en responder a las acciones de las organizaciones de extrema derecha es obviar otros importantes frentes de batalla, quizás incluso de los más importantes, como son los más cercanos: el barrio, la escuela, la universidad, el centro de trabajo y cualquier otro espacio.

Este libro intenta narrar algunas de las diferentes luchas organizadas contra la extrema derecha en un periodo concreto de nuestra historia reciente, pero no obvia el trabajo realizado por multitud de personas ajenas a los colectivos autodenominados antifascistas e incluso a los movimientos sociales. Hay una importante labor del profesorado en los centros de educación, de sindicatos, ONG, organizaciones vecinales e incluso instituciones que han contribuido con sus políticas a frenar cualquier intento de infiltración o contaminación por parte de la extrema derecha, así como personas que a título individual han aportado su grano de arena o han dado la cara cuando tocaba. Aunque no se autodenominen antifascistas ni sean los protagonistas de este libro, su labor también es crucial en esta defensa colectiva de los derechos humanos que contribuye a frenar a la extrema derecha. Todos y todas ellas también forman parte de esta masa imprescindible para frenar la infección del odio y de lo que denominamos antifascismo.

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