Antifascistas
41. Alfon: ser joven y antifascista en Vallecas
Página 44 de 60
41. Alfon: ser joven y antifascista en Vallecas
«Tus ojos reflejan el cansancio
marcado por la injusticia
que no termina, que se hace larga,
que ya nunca cicatriza».
KAOS URBANO, Una vida marcados, 2005
Los dieciocho antifascistas detenidos durante la manifestación neonazi de Vallecas en marzo de 2009 se pasaron siete años esperando hasta que se celebró el juicio. Ese tiempo de espera produce unos efectos devastadores no solo en lo personal y familiar, sino también para cualquier movimiento social. A la terrible incertidumbre de no saber qué será de ti si te condenan a varios años de prisión, se une el esfuerzo colectivo para denunciar los hechos y el miedo a que algo parecido vuelva a suceder en cualquier otra convocatoria. El efecto disuasorio para el entorno y la desmovilización de las personas imputadas es evidente, algo de lo que las autoridades son conscientes. Además, en muchas de estas manifestaciones detienen aleatoriamente a quien logran cazar en una carga y le atribuyen cualquiera de los incidentes que hayan tenido lugar, aunque luego no se demuestre su participación en ese hecho determinado. La palabra de la policía va a misa y eso lo sabe cualquier activista. También suelen filtrarse antecedentes de los detenidos, ya sean penales (con condena) o policiales (sin condena), lo que sirve de carnaza a los medios para criminalizar a las personas imputadas. En este libro se han recogido varios casos.
Las defensas de los antifascistas de Vallecas pactaron finalmente penas inferiores a los dos años de prisión a cambio de que los acusados reconocieran los hechos. Ninguno de ellos tenía antecedentes. El letrado Erlantz Ibarrondo, que defendió a ocho de los dieciocho juzgados y también representaba a la familia de Carlos en el juicio por su asesinato, lo explicó en el diario Público:
El grupo ha aceptado la oferta viendo cómo se desarrolla la dinámica judicial. Era la palabra de ellos contra la de los policías. De esta manera, eran los imputados los que tenían que demostrar su inocencia y no la fiscalía la que tiene que probar las acusaciones.[114]
Esa misma semana, a principios de enero de 2015, Alfonso Fernández, «Alfon», un joven antifascista vallecano miembro de Bukaneros, había sido condenado a cuatro años de prisión[115] acusado de tenencia de explosivos. Fue detenido al lado de su casa la noche del 14 de noviembre de 2012, el día que se celebraba una huelga general. El caso de Alfon,[116] que ya había pasado dos meses de prisión preventiva en régimen de aislamiento, fue también un asunto clave en la movilización del antifascismo de todo el Estado durante varios años, ya que el joven y su entorno, el movimiento antifascista vallecano, venían sufriendo un acoso constante por parte de la policía, sobre todo a raíz del asesinato de Carlos. Sus compañeros aseguraron que se trataba de un montaje contra él y que le usaban de cabeza de turco para criminalizar una vez más a todo el movimiento.
En septiembre de 2021 conocí en persona a Elena, la madre de Alfon. Coincidimos en un par de actos en Madrid y ambos teníamos ganas de conocernos, así que unas amigas comunes nos presentaron. Ya había oído hablar de ella, una conocida activista vallecana de familia comunista implicada en los movimientos sociales del barrio y fundadora de Madres Contra la Represión. Le expliqué que estaba escribiendo un libro sobre antifascismo y que contaba el caso de su hijo con lo que había aparecido en la prensa y con lo que pude recopilar de la campaña por su libertad. Me dijo que había mucho más que contar, así que me invitó a su casa para charlar con ella, con Alfon y con algunos de sus amigos. «Tienes que conocer bien lo que es Vallecas», me advertían. No tardé ni dos semanas en materializar la cita.
Allí estaba Elena junto a su marido, su hija Paz, su hijo Alfon y dos amigos más del barrio que tenían muchas cosas que contar, porque también eran vallecanos antifascistas y querían explicar lo que vivieron. Insistían en que aquellos años la presencia policial era constante y contundente contra los jóvenes del barrio y le pidieron a Adrián, uno de ellos, que contara su historia.
Adrián aseguró que no se lo había contado antes a nadie que no conociera. Temía que alguien no familiarizado con estas historias no le creyera y confesó que era duro volver a recordarlo. Cuando encendí la grabadora, fue el primero en hablar, mientras Elena nos servía dulces y café. Me insistieron en que su testimonio servía para que entendiese lo que significaba para muchos jóvenes del barrio militar en el antifascismo y estar en el punto de mira de las autoridades constantemente.
Fue una noche cualquiera en Vallecas, hace ahora cuatro años, cuando tenía veinticinco. Una furgoneta de la Policía Nacional se paró enfrente del bar donde cenaba con unos amigos. Adrián había salido un momento a fumar. Cuenta que varios agentes bajaron con actitud agresiva, sin razón alguna, y se precipitaron hacia él, que echó a correr instintivamente. Se inició así una persecución con la mala fortuna de que uno de los agentes tropezó y se golpeó las costillas contra un banco. Adrián se había escondido bajo una furgoneta mientras los agentes lo buscaban, pero acabaron localizándolo y sacándolo de allí a rastras mientras le estrangulaban con la porra. «Así empezó una tortura que duró unas siete u ocho horas», avanza. Lo que vino después, contado por él mismo, es realmente aterrador. No solo por los hechos que explica, sino por la naturalidad con la que los describe, como si estuviese acostumbrado, como si fuese una de tantas otras historias similares que ha oído mil veces a amigos y conocidos del barrio.
Cuenta que en el momento de su detención ya empezaron a golpearle sin que ofreciese resistencia. Dice que eran unos diez agentes y se turnaron para atizarle en plena calle, entre varios coches. Se tapaban unos a otros mientras le zurraban. «Me pusieron el pie sobre el bordillo y uno de ellos me pisó para partirme el tobillo», explica. Todavía tiene marcas. Lo esposaron y lo subieron a un coche. Antes de ir a comisaría, pasaron por un centro médico en la Dehesa de la Villa, donde la policía suele llevar a los detenidos heridos, como era su caso. «Estos cabrones me han pegado», le dijo al médico. Ni caso. «¿Te duele?», le preguntó el médico sin inmutarse ante las palabras del joven, como si no hubiese oído lo que le había dicho. «Entonces me pegaron delante de los médicos, que se giraban y no decían nada. Estaban compinchados», dice mientras mira al suelo resignado.
Tras abandonar el centro médico, según cuenta, el vehículo policial se detuvo en medio de la nada, en un campo de camino a no se sabe dónde. Cuenta que le hicieron bajar del coche a golpes. Uno de los agentes sacó un cuchillo que guardaba en el cinto, se lo colocó en el cuello y le dijo: «Me has intentado apuñalar con esto, guarro de mierda». Adrián estaba aterrorizado y se derrumbó. Sollozando, le suplicó que no le hiciese nada. Temió por su vida o por que le imputaran un delito que no había cometido. Como a Alfon. Como a otros amigos suyos. Los agentes, asegura, sabían que era miembro de Bukaneros —la grada de animación del Rayo Vallecano—, que era antifascista y amigo de Alfon, que entonces seguía preso. Los demás insisten en que conocen a todos. Aunque han escuchado la historia varias veces y han acompañado a su amigo durante todo el proceso, son conscientes de que alguien que no lo sabe alucina cuando lo oye contar en primera persona.
Adrián prosigue el relato y explica que otro de los agentes se sentó a su lado en el coche, le rodeó el cuello con el brazo como si fuese a abrazarlo y le dijo: «Esto no es nada personal, no tengo nada contra ti, es que me gusta hacerlo». Adrián empezó a temblar. Era tal la paliza que había recibido y el estado de shock en el que se encontraba que los agentes lo volvieron a llevar al centro médico. Estaba deshidratado, hundido, y así no podía entrar en el calabozo. Tras la nueva inspección, le recetaron calmantes y antiinflamatorios y lo llevaron por fin a comisaría. Esta segunda vez no se atrevió a decirle nada al médico.
Después de cachearme varias veces, me desnudaron. Me hicieron varias fotos desnudo con sus teléfonos personales, riéndose, golpeándome… Me tuvieron en pelotas un buen rato, hasta que llegó otro policía muy corpulento, que debía ser un superior. «¿Qué pasa, que sois maricones o qué? —les dijo a los otros agentes—. Hay una cámara grabando, venga. Vístete, chaval». No tardó en llegar de nuevo el policía que le había puesto el cuchillo en el cuello en el coche durante su traslado a comisaría. «Te voy a pedir lo máximo, te voy a arruinar la vida», le recordó.
Adrián denunció los hechos y logró que los policías fueran a juicio también como imputados. Él estaba acusado de atentado a la autoridad y los policías, de malos tratos. Los abogados, finalmente, llegaron a un acuerdo. Solo le pidieron resistencia a la autoridad —tres meses de prisión y una multa—, rebajando así el relato policial a cambio de que quedaran impunes las torturas que Adrián denunció.
Te ves obligado a declararte culpable de delitos leves que ni siquiera has cometido para evitar ir a juicio con una acusación que, si te condenan, te puedes pasar años en prisión. Los jueces siempre creen a la policía y más cuando quienes estamos en el ajo somos jóvenes antifascistas, migrantes o de cualquier colectivo de los que no gustan nada al poder —explican resignados—. Vallecas siempre tiene un plus de connotación social y política, eso lo sabemos. Somos el enemigo. La relación del barrio con la policía es jodida.
No era la primera vez que Adrián había tenido un encuentro con la policía. Recuerda que otra vez, cuando era más joven, unos agentes lo cogieron por algo que no había hecho, como se demostró posteriormente. Los agentes afirmaron que preferían pedirle perdón que recibir un golpe. Pero a Adrián nadie le pidió perdón tras pasar ocho horas detenido, torturado y acusado durante años de algo que no había hecho.
Alfon explicó recientemente en TV3 un caso de abusos que sufrió junto a su familia por parte de varios agentes.
En este barrio se vive un estado policial las veinticuatro horas del día. El acoso es constante. Estamos acostumbrados, la juventud sobre todo, a los cacheos y los malos tratos por su parte, y aquel día tuve que soportar que a mi tía le pegasen una paliza entre doce policías, que la llevasen a un callejón y le pisasen la cabeza, le partiesen costillas, dedos de los pies, moratones por todo el cuerpo. Hay fotos de todo esto.
A Alfon ya lo conocía la Brigada de Información, igual que a la mayoría de los activistas del barrio.
Tienen archivos con miles de personas de gente relacionada con activismo, militancia u organizaciones que reivindiquen derechos sociales o cualquier cosa que a ellos no les parezca bien. Y ellos sabían mi historial, mi militancia en ciertos colectivos y querían quitarme del medio para dar un toque a la gente, como medida ejemplarizante, para dejar claro que ellos tienen el poder y están dispuestos a usarlo de cualquier manera.
Todos los que me acompañaban durante la entrevista en casa del joven insistieron en que para que entendiera el caso de Alfon me tenían que explicar cómo se vive una huelga en Vallecas. Alfon fue detenido precisamente en la madrugada del 14 de noviembre de 2012, cuando se iniciaba la segunda huelga en un año, en plena oleada de protestas sociales por todo el Estado ante los recortes que se implementaron durante la crisis económica y la reforma laboral que se avecinaba. En Vallecas están las cocheras de la EMT, la Renfe, la autopista, Mercamadrid… Son puntos clave en los que los sindicatos convocan siempre acciones de madrugada para paralizar la ciudad.
Desde las doce la noche ya empiezan los piquetes vecinales —apunta Elena—. Aquí confluimos todos. Desde los miembros de los sindicatos mayoritarios ya jubilados hasta jóvenes del barrio. Los taxistas te llevan de una barricada a otra, los vecinos te dan agua y comida…, hasta leche para los gases lacrimógenos. Se implica todo el barrio.
Alfon bajó de su casa a primera hora de la madrugada para dirigirse a casa de su tío, con quien había quedado para unirse a los piquetes. Varios policías lo abordaron a escasos metros de su portal, le mostraron una mochila que estaba escondida en unos matorrales y le preguntaron si era suya. Él lo negó. «Sabéis que esto no es mío», les dijo. «No te queda nada por aprender, chaval», recuerda que le contestaron entre risas. Fue trasladado a la comisaría de Moratalaz, el centro de operaciones de la Brigada de Información. En el coche metieron el supuesto artefacto explosivo que se le atribuía. No llamaron a los TEDAX. Cogieron la supuesta bomba incendiaria y la colocaron a los pies de los asientos traseros, como si nada. Esto fue denunciado por el abogado de Alfon, igual que otra serie de irregularidades en la cadena de custodia de las pruebas.
Una vez en la comisaría, Alfon intuyó lo que pretendían. Lo explicó en la entrevista en TV3:
No solo era un interrogatorio para saber de mí, que sabían perfectamente quién era, sino que me enseñaban fotos, me preguntaban con mucha agresividad. Te aterrorizan.
Aquel mismo día, en plena huelga, los agentes trasladaron a Alfon a su casa para proceder al registro. No encontraron nada. Su padre, que permanece en silencio sentado en el sofá del salón, fumando mientras los demás charlamos en la mesa, interviene de repente. Recuerda perfectamente que su casa se llenó de policías «como armarios de grandes, encapuchados. Me dijeron que, si les daba nombres, se quedaba en casa. Que sabían que él no había hecho nada. Podría haber dado cualquier nombre, de cualquiera de sus amigos. Es lo que querían, pero nada. Nos mantuvimos firmes». Su madre recuerda que se acercó a su hijo mientras los policías ponían la casa patas arriba. «Ni se te ocurra llorar delante de estos», recuerda que le dijo. Y vuelve a mencionar a su madre, la abuela de Alfon, militante comunista de quien, insisten, aprendieron grandes lecciones de vida y lucha.
Después de registrar su domicilio, los agentes procedieron a registrar la sede de Bukaneros, también en Vallecas. Al dispositivo policial, que irrumpió en el local con un ariete, se había unido un equipo de televisión compinchado con los agentes para filmar el hipotético arsenal que pensaban encontrar. Otra vez nada. Tifos, carteles y poco más. Otro fiasco que impedía a la policía armar el relato de un grupo terrorista desarticulado aquel día. Uno de los miembros de la Brigada de Información confesó a Alfon, vacilando, que era la cuarta vez que estaba allí. Seguramente, habría entrado de incógnito anteriormente. Le preguntó a Alfon quién se podía hacer cargo como responsable del local de Bukaneros. Alfon no dijo nada. El policía le dijo que no hacía falta, que llamaba a X, que sabía perfectamente quién era.
Tres meses después, en febrero de 2013, doce miembros de Bukaneros fueron detenidos acusados de banda criminal —su caso se explica más adelante, en el capítulo dedicado al fútbol—. Willy, que también estaba presente en casa de Alfon, explica:
El caso de Alfon, que acababa de salir en libertad condicional, sirvió a las autoridades para tratar de acabar con un colectivo como Bukaneros, que les molestaba demasiado. Es una grada de izquierdas en la que se sacan pancartas contra los desahucios, la reforma laboral y otros temas sociales, y querían acabar con ella.
Al volver a comisaría después de los registros, varios policías encapuchados lo interrogaron mientras le insultaban. Es bastante habitual que los miembros de la Brigada de Información, los agentes destinados a vigilar los movimientos sociales, interroguen a los detenidos ocultando su rostro. Son los mismos que se infiltran en las convocatorias de los grupos de izquierda, siguen a quienes consideran peligrosos y, si procede, los detienen. En fin, los secretas de toda la vida. La que entonces era compañera de Alfon también fue arrestada. Alfon recuerda que empezaron a llegar detenidos de la huelga a la comisaría donde estaba encerrado desde la madrugada. «No cabían en los calabozos», dice. Muchos de ellos llegaban heridos, con claros signos de haber sido golpeados. Tras dos días en comisaría, Alfon pasó a disposición judicial y desde allí directo a prisión preventiva, a Soto del Real.
Un mes después de su detención se convocaron concentraciones en varias ciudades pidiendo su libertad.[117] Varios diputados de la Izquierda Plural y del Grupo Mixto habían subido a la tribuna del Congreso con pegatinas pidiendo la libertad de Alfon y remitieron una carta conjunta al Ministerio del Interior en la que criticaban las medidas excepcionales con las que se mantenía al joven en la cárcel de Soto del Real.
Alfon salió de prisión en espera de juicio, previsto para enero de 2015. Aquellos años, su caso motivó multitud de protestas y una gran campaña de solidaridad, que además denunciaba lo que se consideraba un montaje policial para criminalizar al antifascismo y lanzar un aviso. Nada nuevo. Varios medios de comunicación se unieron al relato policial e incluso fueron más allá, desvelando asuntos personales del joven y difamándole con acusaciones falsas y rumores; otra estrategia de desgaste y criminalización que preparaba el terreno para su condena.
La periodista Olga Rodríguez se interesó por el caso y en enero de 2013, cuando salió de la prisión preventiva, publicó una entrevista en elDiario.es. En ella se recoge la versión del joven, su detención y los tres meses que permaneció preso en régimen FIES, el más duro del sistema penitenciario.
Los interrogatorios fueron muy pesados, a mí se me hizo muy duro, sobre todo también por la presencia de mi compañera en ellos. Estando solo lo habría vivido de otra manera, más tranquilo, pero al estar con mi compañera y verla en esa situación, pues… ellos también lo aprovecharon contra mí, y eso es lo que se me hizo más duro de llevar, que tuviese que sufrir eso mi compañera y que ellos lo utilizasen contra mí.[118]
Cuenta que a su compañera le decían
que yo era un hijo de puta que no la quería, que lo que ella estaba pasando era por mi culpa, que yo era un maricón, y que no me la merecía, cosas así… Fueron los momentos más duros.
Las únicas pruebas para que ingresara en prisión fueron los testimonios de tres policías. Ninguna prueba más. Ni siquiera se encontraron sus huellas en la mochila ni en los supuestos artefactos explosivos que contenía. Además, su abogado, Erlantz Ibarrondo, recuerda:
La cadena de custodia no se cumplió y falta información sobre quién recepciona el objeto o dónde ha estado guardado. […] Estuvo en la cárcel sin que se analizara si se trataba de un explosivo o no.
Durante el juicio, Alfon denunció que la policía le amenazó con acusarle si no identificaba a sus compañeros de Bukaneros y de otros grupos antifascistas. Él se negó.
La sección número 30 de la Audiencia Provincial de Madrid lo condenó a cuatro años de prisión. El Tribunal Supremo ratificó la sentencia cuatro meses más tarde. Elena, su madre, encabezó el colectivo Madres Contra la Represión, junto con otras mujeres cuyos hijos estaban siendo objeto de seguimientos, detenciones y acoso por parte de la policía en Madrid. «Su apoyo ha sido fundamental para poder resistir con un mínimo de integridad y dignidad lo que se me vino encima tan joven», confiesa Alfon.
El 17 de junio de 2015, cientos de personas se concentran en la parroquia de San Carlos Borromeo,[119] un espacio emblemático de Vallecas que siempre ha apoyado a los movimientos sociales y que popularmente se conoce como la parroquia roja de Entrevías. Ese día, Alfon debía entrar en la prisión para cumplir la condena. La confirmación de la sentencia del Tribunal Supremo había llegado ese mismo día por la mañana. Aunque el procedimiento habitual es que se le den unos días al condenado para presentarse en la prisión a cumplir su pena, en el caso de Alfon no fue así. «Ahora mismo estás en busca y captura. Si te detienen, vas preso», le dijo el abogado. Alfon estaba en Barcelona aquel día con unos familiares y, si lo detenían, podía acabar en la prisión más cercana, es decir, en Catalunya, lejos de sus padres y sus amigos.
Hablé con mi familia y con la gente de Vallecas y me dijeron que iban a preparar mi desplazamiento a Madrid de manera que no me detuvieran por el camino. Así que cogí algo de ropa, una gorra y gafas de sol, y me subí al coche. Paramos en una gasolinera a mitad de camino para cambiar de vehículo, por si nos estaban siguiendo.
Tras varias horas de viaje, llegaron a la parroquia, donde un buen grupo de gente se había preparado para introducirlo en el templo rápidamente. Una vez dentro, enviaron la carta al juzgado para avisar de dónde estaba y decir que no se iba a entregar y que, si querían que ingresase ese mismo día, fueran allí a por él.
No me habían dado tiempo precisamente porque querían evitar que se hiciese algo para visibilizar mi detención. Pero les salió mal.
Gente de todas las edades ocupa el templo y los alrededores. Muchos de ellos visten monos blancos y caretas para dificultar su identificación. Alfon también. Se mezcla entre la multitud, rodeado de pancartas y fotos suyas que varios activistas esgrimen gritando su nombre y exigiendo su libertad. «Nuestros hijos no son delincuentes», gritan varias madres y padres a las puertas del edificio. Decenas de furgones de antidisturbios han tomado los alrededores y varios agentes vigilan de cerca la convocatoria. Los activistas ataviados con monos blancos y caretas salen de la iglesia puño en alto coreando al unísono: «¡Alfon, hermano, estamos a tu lado!». Fuera hay cientos de personas. Elena, la madre de Alfon, se encara con uno de los policías de paisano, que luce tan solo un chaleco con la insignia del CNP: «¡Estáis secuestrando a mi hijo!».
Anochece y las farolas ya empiezan a alumbrar la calle. La escasa luz del sol todavía ilumina el horizonte, enturbiado por las luces azules de las furgonetas de la UIP. Los activistas se acercan a los funcionarios, que se encuentran rodeados por decenas de personas, y empiezan a quitarse las caretas. Nadie toca a los agentes. Les gritan, eso sí: «Yo también soy Alfonso». Alfon está entre ellos. Se para firme ante uno de los policías. Se quita la careta y el mono blanco, visiblemente emocionado y acompañado de un infinito aplauso. Sus compañeros lo abrazan intensamente y no cesan de gritar: «¡Alfon, libertad!». Dos agentes de paisano intentan sacarlo de la multitud, que no se lo impide, tal y como se había acordado. Meten a Alfon en un coche sin distintivos policiales mientras varios agentes de la UIP cargan contra los compañeros del joven. «¡Fuera del barrio!», gritan a los agentes mientras estos retroceden hacia sus furgonetas.
Elena, la madre de Alfon, fue clave en toda la campaña. Anteriormente había colaborado con la Asociación de Víctimas del Fascismo, que lideró Mavi Muñoz, la madre de Carlos Palomino, también vecina de Vallecas. Su hijo, asesinado por un neonazi en 2007, era íntimo amigo de Alfon. Elena contó que una amiga suya —la madre de otro militante antifascista con la que participó en Madres Contra la Represión— le confesó que se arrepentía de haber reaccionado, por instinto, como la mayoría de las familias cuando su hijo es detenido o tiene un problema por su militancia.
Se arrepentía de esconderse, ocultarlo, avergonzarse, querer sacar a su hijo de esos entornos… Vio que, en realidad, lo que más ayudaba a su hijo era empezar a dar la cara y plantarse ante tantos casos injustos que veía en su día a día. Empezamos a dar la cara por nuestros hijos, que, en gran medida, tienen la ideología que tienen porque nosotras los hemos educado así, lo han vivido con nosotras. Eso fue un punto de inflexión.
Todo empezó una noche aquí, en casa. Nos reunimos varias madres y elaboramos un comunicado en el que explicábamos que íbamos a dar la cara y buscábamos apoyo. La respuesta fue brutal. Recibimos una oleada de solidaridad de personas y colectivos que no esperábamos.
Así, Madres Contra la Represión comenzó a recopilar casos de jóvenes antifascistas que habían sufrido situaciones similares. A los pocos días convocaron una asamblea a la que se presentaron decenas de personas.
Alfon fue el único de los ciento cincuenta detenidos durante la huelga del 14 de noviembre que acabó en prisión.
De aquella asamblea ya salió una buena lista de acciones para iniciar la campaña por Alfon. Se recaudó dinero, la gente se ofrecía para trabajar en lo que podía…
Alfon interrumpe la conversación. Fue tan sonada la campaña que, según cuenta, un educador de la prisión le dijo que tuviese cuidado, que, si sus colegas hacían mucho ruido, podrían acabar trasladándolo a Canarias para dificultar las visitas a sus allegados. Estaba prevista una marcha a pie hasta la prisión para mostrar su apoyo al joven. Los carceleros, según explica, dijeron que se sentían intimidados y que tenían miedo.
Entre risas, recuerda:
La siguiente vez que mi madre me visitó, se lo comenté y ella, muy tranquila, me respondió: «No te preocupes, que si te mandan a Canarias iremos igual y allí también hay comunistas que irán a verte».
Elena se recorrió varias ciudades del Estado explicando el caso de su hijo. Movimientos sociales de todas partes se volcaron con la causa, incluso fuera del Estado español. La campaña «Alfon, libertad» también contó con el apoyo de numerosas personalidades del mundo de la cultura y de la izquierda institucional. En septiembre de 2014, el Ateneo de Madrid acogió un acto de apoyo a Alfon en el que intervinieron Tania Sánchez (IU), Joan Tardà (ERC), Miguel Urbán (Podemos), Xabier Mikel Errekondo (Amaiur) y Rosana Pérez (BNG), entre otros. También los actores Willy Toledo, Alberto Sanjuán, Juan Diego Botto y Carlos Bardem, el poeta Luis García Montero y el activista y artista Shangay Lily. «Alfon es un ejemplo más de los represaliados por luchar contra la podredumbre de un sistema al que se le ha caído la careta», argumentaba Bardem. Según contó El País en la crónica del acto, el resto de ponentes coincidía en que Alfon era una «cabeza de turco» y su detención «una maniobra para asustar a los ciudadanos».[120]
Elena no rechazó la solidaridad de nadie. Eso sí, echó en falta el apoyo de los sindicatos mayoritarios, CC OO y UGT, que habían convocado la huelga en la que iba a participar Alfon y fue el único de los detenidos ese día que acabó en prisión. A título individual, muchos sindicalistas sí que les mostraron apoyo.
Alfon salió de prisión en 2019 y continuó militando y defendiendo su inocencia. En abril de 2021, fue entrevistado en el programa FAQS de TV3 y pudo explicar su historia. El joven vallecano repitió a Cris Puig —la presentadora del programa— lo mismo que ya había explicado al juez. Salió de casa para ir a la huelga general, que había sido convocada en varios países en plena crisis económica, un año después de iniciarse el 15M. El contexto político y social estaba impregnado de movilizaciones en todo el mundo frente a lo que se consideraba un asalto de los grandes poderes financieros contra la clase trabajadora, la que realmente estaba sufriendo los efectos de la recesión. Alfon explica que en Vallecas solo había dos caminos: la delincuencia o la militancia. «Yo escogí la militancia», defiende.