Antifascistas

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42. Los movimientos sociales neofascistas

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42. Los movimientos sociales neofascistas

Tras unos años de agitación en las calles junto a los neocón y la curia ultracatólica contra las nuevas leyes progresistas, los neonazis y neofascistas se encontraron con una nueva oportunidad. Llevaban años tratando de articular un movimiento que sobreviviera a la criminalización de los medios, que reducían este espectro a bandas de skinheads y ultras del fútbol o, como mucho, a partidos y organizaciones marginales enfrentados entre sí. A nivel electoral eran un constante fracaso y solo se dedicaban a propaganda callejera, actos cerrados en sus sedes y alguna que otra manifestación, casi siempre contestada por grupos antifascistas y antirracistas y siempre protegida por un amplio dispositivo policial. El repertorio de crímenes de odio, de agresiones, así como las operaciones policiales contra organizaciones como B & H, HSE o FAS y la cada vez más intensa y contundente respuesta antifascista, sumieron a los ultraderechistas en eternas discusiones internas sobre cómo abandonar esa espiral de fracaso, aliñado además por constantes batallas entre los diferentes grupos por liderar el sector. De pronto, en 2008, justo cuando el PSOE revalidaba su victoria en las elecciones generales, el candidato a la presidencia José Luis Rodríguez Zapatero reconoció que nos encontrábamos ante una crisis económica y que iba a tomar medidas.

Mientras tanto, los movimientos sociales comenzaron en todo el Estado español una serie de campañas y protestas en torno a temas políticos y económicos que pusieron todo patas arriba durante varios años. La ocupación de las principales plazas de varias ciudades del Estado a partir del 15 de mayo de 2011 despertó el interés de miles de personas que hasta ese momento habían visto la política como algo reservado a las instituciones. Desde el inicio de la crisis, las protestas y las plataformas ciudadanas ya se habían incrementado y España había tenido ya una huelga general en 2010 y otra huelga estudiantil en 2011. Mientras ocurría todo esto, en Túnez se iniciaba un movimiento popular para derrocar al dictador que se bautizó como Primavera Árabe —se extendería a otros países con más o menos apoyo popular e injerencias externas que provocarían sangrientas guerras, como la de Siria— y en otros países se articulaban nuevos movimientos que reclamaban un cambio en la política económica y social.

Los movimientos sociales que ya existían lograron darse a conocer y ampliar sus bases, pero también surgieron otros nuevos. Aunque el 15M no se definió explícitamente como izquierdista, la extrema derecha no pudo entrar en el movimiento, más allá de hacerse alguna foto con las acampadas de fondo para provocar o confundir en sus redes, ya que, tras varios intentos de infiltración, fueron detectados y expulsados por militantes antifascistas. En algunas protestas, como en la marcha minera que llegó a Madrid en julio de 2012, hubo grupos de falangistas que intentaron unirse, pero fueron rodeados por los manifestantes y expulsados pacíficamente hasta la boca de metro más cercana. El Primero de Mayo del mismo año una decena de ultraderechistas intentó unirse a la manifestación de València y de nuevo fueron rodeados por los sindicalistas, que les invitaron a abandonar el lugar; los antidisturbios los protegieron hasta que se retiraron.

Los ultraderechistas observaban con recelo la capacidad que había tenido la izquierda para recoger el descontento popular. En otros países, los partidos de extrema derecha y los grupos neofascistas sí que pescaban algo, como era el caso de los neonazis griegos de Amanecer Dorado. Esta formación se había popularizado gracias a los medios de comunicación, que amplificaron sus campañas en las que repartían comida a familias griegas en situación precaria y los grababan cuando acompañaban a las personas mayores a hacer la compra o a sacar dinero del banco para evitar que les robasen. En 2012, este partido obtuvo dieciocho diputados con un 6,9 por ciento de los votos. A pesar de que era algo raro que un partido abiertamente neonazi lograse esos resultados, sus homólogos españoles pensaron que ellos también podrían conseguirlo.

Los neofascistas llevaban décadas reivindicando esa supuesta transversalidad en la que pretendían situarse, negando el eje izquierda-derecha y apelando a un «pueblo» enfrentado a las élites, algo parecido a lo que reivindicó el 15M. Lo que de primeras no explicaban los neofascistas era que ese «pueblo» al que se referían era cultural y a veces racialmente homogéneo, porque, para ellos, la diversidad era precisamente una imposición de esas élites que llamaban a combatir.

En 2014 decidí dedicar mi trabajo final de máster de Sociología y Antropología a estudiar lo que había hecho la extrema derecha durante la crisis económica que empezó en 2008. Pasé años estudiando el fenómeno y observé que la ultraderecha había comenzado a implementar una serie de cambios en el discurso, la retórica e incluso la estética que, con mayor o menor éxito, sentaron las bases de una nueva forma de activismo alejado de lo que hasta ese momento los había condenado al cliché de los skinheads, los hooligans de fútbol y los franquistas y fachas de copa de Terry y pelo engominado. Aunque estos personajes seguirán existiendo incluso hoy, una nueva generación de militantes ultraderechistas decidió emular las estrategias de otros movimientos hermanos, principalmente de Casa Pound en Italia. Por supuesto, empezaron a leer y a entender a Alain de Benoist y al resto de intelectuales, porque los más listos del sector se empeñaban en recomendárselos a los jóvenes interesados en la causa.

Es importante el papel que jugaron algunas editoriales. Una de ellas fue Ediciones Nueva República (ENR), de Juan Antonio Llopart, quien fue líder del MSR y uno de los principales difusores de estos textos. También organizó conferencias y encuentros, como las Jornadas de la Disidencia, con camaradas e ideólogos de otros países. Internet permitió la interconexión entre los diferentes grupos internacionales, la difusión de sus obras y la promoción de sus actividades y campañas, que a menudo copiaban los ultraderechistas españoles. Por otro lado, los vuelos baratos facilitaron un peregrinaje de ida y vuelta de neofascistas por toda Europa. El neofascismo español inició entonces una nueva etapa articulando nuevas formas de activismo inspirado en las ideas de la Nouvelle Droite y las estrategias de Casa Pound y Amanecer Dorado, principalmente.

El primer experimento de este tipo que tuvo cierta incidencia fue Proyecto Impulso, creado en 2011 en Castelló. Esta organización, cuyos miembros habían pasado por partidos neonazis como DN, se dedicó a recoger y repartir alimentos, ropa y juguetes a familias españolas necesitadas. Además, realizaban excursiones a la montaña y visitas a monumentos históricos, torneos deportivos y campañas por la vivienda. Se definía como «asociación cultural, deportiva y de promoción social», desvinculada de cualquier partido político, que defiende una política económica «social y responsable», no dictada por «mandatos foráneos y entidades privadas», así como una cultura no consumista y una exaltación de la juventud frente a la «gerontocracia imperante». Una juventud «rebelde y activa. Insolente, potente y contestataria, dispuesta a vivir sobre años de esplendor vertiginosamente. Decidida, comprometida y cívica. Ardiente, sacrificada y solidaria. Sin nada que perder, puestas las miras en un mundo mejor».

Su ideario, sin embargo, no olvida mencionar su postura sobre la inmigración. Así, se explica que la inmigración no se entiende «como un poema romántico sobre el intercambio cultural» y apuesta por «una notable reducción de las facilidades de entrada en los países receptores», apoyando la creación de un sistema que facilite el retorno de los inmigrantes a su país de origen. Su manifiesto fundacional enarbolaba el identitarismo propio de los movimientos de extrema derecha desde una perspectiva proteccionista ante el supuesto perjuicio que generan el mestizaje y la mezcla de culturas; una reivindicación del etnopluralismo que ya preconizaba la Nouvelle Droite de Benoist y que vulgarmente se puede resumir con la frase «Yo no soy racista, soy ordenado».

Defendemos la identidad de cada pueblo, su idiosincrasia y su cultura frente a injerencias extrañas. Y no nos acomplejamos al defender nuestras raíces.

El antifascismo castellonense vio inmediatamente de qué iba esta nueva aventura y no tardó en darles la bienvenida. Toni, uno de los militantes de las BAF, cuenta que los días previos a la inauguración del local de Proyecto Impulso —llamado Zona Zero— los fascistas habían llenado la ciudad de carteles. La propaganda del grupo neofascista no duró ni un día. Una batida organizada por los antifascistas arrancó toda la cartelería de este grupúsculo y se la devolvió el mismo día de la inauguración mediante un servicio de mensajería con el remitente falso de Casa Pound. Lo que no sabían los fascistas era que, justo en el momento en el que el mensajero les entregó el paquete, parte de quienes les habían hecho llegar el regalo estaban a pocos metros observando la escena desde un coche. Era la señal que les advertía que su actividad en Castelló no iba a ser para nada fácil.

Cada acción propagandística que este colectivo realizaba en la ciudad era «reciclada» por los antifascistas. A las pocas horas de que colgaran una pancarta, unos muñecos o cualquier otro invento, los antifascistas los retiraban, les cambiaban el mensaje y los volvían a colgar en el mismo sitio. La consigna era no dejar ni un día la propaganda fascista en las calles ni permitirles realizar con tranquilidad ningún acto. Tenían uno previsto para enero de 2012 en unas instalaciones municipales y contaban con la presencia de neofascistas italianos, como Gianluca Iannone, de Casa Pound, o Gabriele Adinolfi, del think tank neofascista Polaris. Los antifascistas denunciaron que el Ayuntamiento les había cedido el Centro Urban y su logo aparecía en el cartel de las jornadas. La presión de los antifascistas y de los partidos EUPV y BNV logró revocar el permiso dado a los ultraderechistas, que acabaron trasladando el acto a su sede. Además, Iannone no pudo viajar a la Península como tenía previsto, ya que poco antes fue detenido en Roma por un altercado.

A partir de entonces, las actividades de Proyecto Impulso se desarrollaban principalmente en su local o en otros municipios. Excepto algunas campañas discretas, no tenían presencia pública en Castelló para evitar el boicot de los antifascistas.

El cambio de imagen y de estrategia de los neofascistas había llegado para quedarse. Ya en 2012 lo advirtió el historiador Carles Viñas cuando se dio a conocer en Barcelona el Centro Social Militia.

Los intentos de renovación de la extrema derecha española se han sucedido desde la década de los años setenta. Más allá de la estrategia de la tensión y el escuadrismo callejero que caracterizó los primeros años de la transición, protagonizado mayoritariamente por grupos y colectivos juveniles proclives a la acción directa, la ultraderecha española ha procurado transformar su imagen y discurso para adaptarlos a los nuevos tiempos. Tras experimentos de éxito relativo, como la adopción de los planteamientos nacional-revolucionarios en los años noventa, lo cierto es que la voluntad de renovar su mensaje y homologarlo a nivel europeo se ha perpetuado. Con el objetivo de ampliar su base social y desvincularse de la nostalgia tardofranquista, algunos colectivos han optado por redefinir su estrategia y su mensaje.

Este es el objetivo que persiguen los promotores del Centro Social Militia, conseguir calar entre la juventud con un discurso renovado, actualizado al siglo XXI, que prima aspectos como el ecologismo, el derecho a una vivienda digna, la promoción del deporte, el rechazo a la experimentación con animales, la antiglobalización o la defensa identitaria. Nada nuevo con respecto a las posiciones de grupos como los autodenominados «sociales-nacionales» alemanes, que desde inicios de la década pregonan doctrinas similares.

Al mismo tiempo que Proyecto Impulso en Castelló, nació en Barcelona el Centro Social Militia, que más tarde adoptaría el nombre de Casal Tramuntana. Ambos locales, junto a otros que surgirían progresivamente en varias ciudades, copiaron la denominación que usaban los italianos (espacios no conformes), así como sus lemas (0 por ciento racismo, 100 por ciento identidad) y sus campañas de recogida de alimentos, de crítica al capitalismo y en defensa del comercio local. También usaron a menudo la denominación de nacionalistas autónomos y su lema: «Libre, social, nacional». Incluso llegaron a usar el símbolo antifascista con las dos banderas dentro de un círculo, pero ambas de color negro. Esta tendencia ya se estaba dando en otros países europeos (principalmente en Alemania e Italia) e intentaba usurpar el imaginario, la retórica y la simbología a la izquierda radical.

Tramuntana fue un local que se abrió inicialmente en el barrio barcelonés del Clot, en el distrito de Sant Martí. Desde sus inicios, tuvo una amplia respuesta vecinal y antifascista liderada por colectivos de barrio y por la plataforma Unitat Contra el Feixisme i el Racisme (UCFR).

Dani, un activista y vecino del barrio al que entrevisté, me explicó que un militante antifascista llevaba tiempo infiltrado en las redes ultras y averiguó la ubicación exacta donde se iba a abrir el local. Lo puso en conocimiento de otros compañeros y se pusieron en contacto con las asociaciones vecinales y movimientos sociales de la ciudad, que se reunieron en una primera asamblea que juntó a más de ciento cincuenta personas. Finalmente, se decidió hacer una extensa labor pedagógica en el barrio para alertar del carácter neonazi de este nuevo proyecto, se acordó un manifiesto que logró unir a más de sesenta organizaciones y se convocó una protesta el mismo día de su apertura.

Los neonazis también infiltraron a uno de los suyos en estas asambleas vecinales, que eran públicas y abiertas. Se presentó como un vecino más, pero, a raíz de una protesta contra el local, apareció atendiendo a los medios en nombre de la organización ultraderechista. Es el riesgo que se corre con las convocatorias abiertas.

Al igual que había pasado con Proyecto Impulso en Castelló, el local se convirtió en punto de encuentro para militantes y simpatizantes, pero el colectivo no organizó prácticamente nada en el barrio por temor a ser contestados por los antifascistas. Además, la labor pedagógica de las asociaciones del barrio tuvo su efecto y el lugar quedó marcado para siempre como una madriguera neonazi, de modo que solamente los vecinos que simpatizaban con esas ideas se acercaban. No consiguieron engañar a nadie.

El periódico Directa, junto con UCFR, editó un boletín especial en papel que tituló Ni Aquí Ni Enlloc! («ni aquí ni en ningún sitio») sobre Tramuntana.[121] La portada era una ilustración de Azagra, uno de los dibujantes más queridos por los movimientos sociales en el Estado español. En la publicación se explicaba la estrategia de los neofascistas que se escondía tras la supuesta ayuda social y desvelaba los nombres, los vínculos nazis y fascistas, y hasta los antecedentes penales de quienes estaban detrás o participaban en sus actos: miembros del MSR, de PxC, de Milícia Catalana y de un hasta entonces desconocido exfalangista y hoy eurodiputado de Vox: Jorge Buxadé.

Los neonazis, constantemente asediados por los movimientos sociales del barrio, cambiaron de local en septiembre de 2014. No abandonaron Sant Martí, pero se desplazaron a la Verneda. Allí se activó Verneda Antifeixista para darles respuesta. Este colectivo continuó con la labor pedagógica comenzada en el Clot e incluso dio charlas en institutos para advertir a los jóvenes de lo que se escondía detrás de ese local.

A los pocos meses, en mayo de 2015, anunciaron el cierre del Casal Tramuntana. Los ultras declararon que «cerraban una etapa» y no dieron más explicaciones. La Vanguardia también recoge que la UCFR atribuyó la victoria sobre los neonazis a la labor antifascista del vecindario.

«Por mucho que lo intenten disfrazar (como hacen siempre), es evidente que no han conseguido aquello que querían cuando se instalaron en Sant Martí hace unos tres años», han asegurado. «Su rendición es una victoria de la lucha vecinal: de la gente del Clot, de la Verneda y más en general del conjunto de la ciudad», han continuado desde la Plataforma Unitat Contra el Feixisme y el Racisme. «En estos tres años hemos demostrado la fuerza de la unidad, de la gente normal y corriente, incluso ante un núcleo duro nazi como el que representa este centro», han remachado. «Celebramos esta victoria. Esperamos otras mañana, cuando expulsemos a los fascistas de diferentes consistorios de todo el país», ha concluido la entidad antifascista.[122]

Estos dos primeros centros sociales neofascistas inauguraron una nueva forma de activismo que se alejaba del estigma de las bandas de skinheads y de las habituales organizaciones semiclandestinas y los rígidos partidos políticos ultraderechistas que hasta entonces habían liderado el sector. Estos movimientos estaban liderados en gran medida por veteranos militantes neonazis y fascistas, pero lograron atraer a una nueva generación de jóvenes que no se sentían cómodos en las viejas estructuras. También se trataba de superar las rencillas entre los diferentes grupos neonazis y fascistas que durante años habían supuesto un hándicap para la unidad que estos proyectos trataban de conseguir. Estos espacios desarrollaron una constante actividad de ocio y fueron importantes puntos de encuentro que en los años siguientes se multiplicaron a lo largo del Estado y han llegado hasta la actualidad.

En 2012, el mismo año de la inauguración de Impulso y del Casal Tramuntana, se puso en marcha un proyecto similar en València: el Hogar Social Patriota María Luisa Navarro —por el nombre de la madre del líder de España 2000—. La sede de este partido —un antiguo y pequeño chalé en el barrio de Algirós, en medio de la ciudad— dio cobijo a varias personas sin recursos afines, y organizaron algunas entregas de comida y juguetes a familias españolas en situación precaria. Con estas acciones imitaban las del partido neonazi griego Amanecer Dorado y aprovechaban su repercusión mediática.

Predecesores de este asistencialismo excluyente los encontramos en Casa Pound en Italia y unos años antes (en 2006) en Francia, donde el Bloque Identitario de Odile Bonnivard puso en marcha las «sopas identitarias», que además iban cocinadas con cerdo para evitar que musulmanes y judíos las consumiesen. Así lo explicaba The New York Times:

La idea de estas «sopas identitarias» no solamente era denunciar que la presencia masiva de inmigración estaba alterando el sustrato antropológico de Francia, sino también responder a una necesidad cada vez más acuciante: los autóctonos no pueden competir con los inmigrantes para obtener las ayudas sociales de los organismos institucionales correspondientes.[123]

España 2000 organizó un reparto en Orriols, el barrio más multicultural de València, y fue cubierto por numerosos medios de comunicación. Precisamente en el barrio de Orriols se ubicaba desde hacía años el Centro Cultural Islámico, que cada mes repartía hasta diecinueve toneladas de alimentos. Aunque eran veinte veces más que los que repartió España 2000, nunca obtuvo el mismo eco mediático que los neofascistas esa tarde. El barrio respondió a la provocación de los ultras organizando unas jornadas los días posteriores. En ellas insistieron en la discriminación que los ultras escenificaron negando comida a quienes no aportasen su DNI español. España 2000 lo justificaba así en su web:

Podemos encontrar en España cientos de ONG y asociaciones financiadas con los impuestos de todos los españoles de ayuda a la integración del inmigrante, de su incorporación al mercado laboral, asistencia sanitaria gratuita, etcétera, pero es casi imposible encontrar ONG que ayuden a los españoles para estas u otras causas. Estos españoles, que deberían ser objetivo prioritario para los distintos organismos e instituciones españolas, son los grandes olvidados de esta crisis.

El acto fue condenado y rechazado por numerosos partidos políticos y organizaciones de la ciudad de València. El PSPV lo denunció ante la fiscalía porque presuntamente infringía «el principio de no discriminación contemplado en diferentes tratados internacionales ratificados por nuestro país, entre los que cabe destacar la Declaración Universal de Derechos Humanos, en su artículo 2», según explicaban fuentes del partido en el diario El País.[124] El PSPV consideró que el reparto organizado por España 2000 era «un acto definido como discriminatorio por la propia Ley Orgánica 4/2000 en su artículo 23.2.b), ya que la ONG no ofreció a los inmigrantes los bienes de primera necesidad que se entregaban al resto de vecinos de Orriols por tener una nacionalidad distinta de la española». Según los denunciantes, el acto podía incurrir en los delitos de xenofobia y discriminación previstos y penados en el artículo 510 del Código Penal.

Por otra parte, la ONG Valencia Acoge llevó su denuncia al Consejo de Igualdad de Trato por los mismos motivos que el PSPV. Además, las ONG denunciaron haber sido testigos de cómo personas con DNI español, pero de origen extranjero fueron expulsadas de la cola. Finalmente, todas las denuncias fueron archivadas y España 2000 volvió a salirse con la suya: había conseguido la atención mediática que buscaba, amplificada, además, por la oposición de la izquierda y de los colectivos del barrio, y había vencido a las denuncias en los tribunales.

El marco que empezaron a instaurar y que continúan explotando esta y otras organizaciones neofascistas era, aunque falso, un acierto estratégico: su único delito era ayudar a los españoles marginados por las instituciones, que se lo dan antes a las personas migrantes. Competencia por los recursos. Y quienes se oponían a ello iban contra los españoles para beneficiar a los extranjeros. Ante los posibles ataques, se usaba como escudo a personas en situación precaria y al mismo tiempo se limpiaba la imagen de los fascistas en plena crisis económica. Estas iniciativas empezaron a proliferar en varias ciudades y los medios de comunicación ayudaron a blanquear esta nueva imagen que presentaban los neonazis de siempre. Muchos antiguos neonazis habían pasado de quemar vivas o apalear a personas sin hogar a darles una bolsa de comida en alguna de estas organizaciones neofascistas.

Al mismo tiempo que el Hogar Social Patriota María Luisa Navarro, se creó la organización Españoles En Acción en Alcalá de Henares, donde el partido tenía representación. En la localidad valenciana de Silla también se puso en marcha la campaña «Alimentos para mi pueblo». La publicidad de la que gozaron este tipo de iniciativas y su capacidad para facilitar por fin el contacto con el vecindario hicieron que otros grupos neofascistas reprodujeran esta fórmula. Una organización similar fue Acción Social Cádiz. Años después, en junio de 2014, los neonazis ocuparon por primera vez un edificio: el Hogar Social de Zaragoza, impulsado por miembros del MSR en el barrio de Las Fuentes.

Poco después de la inauguración, varios ultraderechistas se pelearon supuestamente por una bandera falangista que alguien había colgado en el interior del edificio. Las rencillas entre las diferentes facciones neonazis y fascistas no auguraban una fácil convergencia en este proyecto y los que vendrían posteriormente. Finalmente, el Hogar Social de Zaragoza lo lideró abiertamente el MSR. Algunos de ellos eran bien conocidos en Zaragoza, porque salían en las fotos del homenaje a Rudolf Hess en Wunsiedel que los antifascistas alemanes habían hecho circular por el Estado español y habían supuesto la identificación de varios miembros de la sección española de Blood & Honour.

En marzo de 2015, programaron unas jornadas y un concierto en el edificio neonazi para dar a conocer el proyecto e invitaron a simpatizantes de otras ciudades. Los colectivos antifascistas zaragozanos iniciaron una campaña para advertir sobre el encuentro. La Chunta Aragonesista e Izquierda Unida pidieron al Ayuntamiento vigilancia y contundencia contra los neonazis, mientras que los colectivos antifascistas organizaron una protesta para el día del concierto que reunió a cientos de personas. Al llegar a las inmediaciones del edificio, la policía desapareció. Varios de los neonazis salieron del garaje del edificio armados con palos y otros objetos, de modo que se inició una batalla campal a las puertas del Hogar Social hasta que llegó la policía y cargó contra los presentes.

Los neonazis instrumentalizaron este incidente para presentarse como víctimas y preconizar su «labor social».

Un programa de televisión entrevistó a uno de ellos, que apareció con la cara magullada y unas gafas de sol relatando la terrible agresión que había sufrido esta ONG por parte de un malvado grupo ultraizquierdista. Sin embargo, alguien reconoció a ese sujeto. Así lo explicaba Miguel Ángel Conejos en Vice:

Tras el vendaje de una nariz rota y unas gafas de sol, Javier Royo Blasco aseguraba llamarse «Antonio». Se trataba de la misma persona que en 2009, saltándose la condena en el Centro de Inserción Social de Zaragoza, que le impedía salir de la ciudad, viajaba a Madrid para disfrutar de una noche de juerga nazi y contemplaba, según dice la sentencia, cómo uno de sus compañeros de correrías apalizaba a un mendigo, hasta dejarlo en coma, para continuar luego de juerga con él. Esa misma persona trataba de aparentar ante las cámaras de Ana Rosa ser algo que jamás fue, el pacífico líder patriota de una especie de ONG. En la actualidad Javier Royo es el representante en Aragón de Hispania Verde, una agrupación ecologista, integrada dentro de MSR. El mismo partido que alberga un sindicato de trabajadores y otro de estudiantes, así como la organización Liga Joven.

La policía arrestó a catorce personas supuestamente relacionadas con los incidentes del Hogar Social, todas ellas antifascistas. Diez de ellas fueron acusadas de atentado a la autoridad y desórdenes públicos, y pidieron ocho años de cárcel para cada una y una multa por responsabilidad civil de más de veintidós mil euros. Se inició entonces la campaña conocida como «Los 10 de Zaragoza».

Durante los dos años que transcurrieron hasta la celebración del juicio —finalmente juzgaron a ocho—, los movimientos sociales de Zaragoza denunciaron la criminalización del antifascismo y la impunidad de la extrema derecha, y llevaron el caso hasta las mismas las instituciones. En septiembre de 2017 —un mes antes del juicio—, miembros de esta campaña —entre los que se encontraban familiares y amigos de los encausados— comparecieron en las Cortes de Aragón. Aportaron un dosier en el que denunciaban la permisividad ante las actividades neonazis y recriminaban la actuación policial contra quienes las denunciaban. En una de las intervenciones, se recordó que la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI) dictó textualmente, en su recomendación número 15, relativa a la lucha contra el discurso de odio (8 de diciembre de 2015):

Una forma importante de erradicar este fenómeno es enfrentarse al mismo y condenarlo de forma directa, mediante expresiones contrarias que muestren meridianamente su naturaleza inaceptable y destructiva.

Un miembro de la campaña recordó:

Las ocho personas pendientes de juicio no son las únicas que alzan su voz contra el racismo y la xenofobia, ellas son parte de una ciudadanía comprometida con una sociedad libre de odio.

De esta forma, pedía un compromiso institucional contra este tipo de actos.

A los pocos días, Izquierda Unida, la Chunta Aragonesista y Podemos presentaron una proposición no de ley para su debate en la Comisión Institucional del Parlamento Aragonés, con el objetivo de que el delegado de Gobierno no permitiera «la convocatoria de ningún tipo de actos en los que se fomente, se difunda o se incite al odio, hostilidad, discriminación o violencia por motivos racistas, xenófobos o de identidad sexual». La campaña recordó:

A pesar de los avisos de diversas asociaciones, la denuncia judicial de los propietarios del inmueble ocupado por los nazis y la alarma mediática que se creó en los días que precedían al concierto, ninguna institución hizo nada, el concierto se celebró con total impunidad.

Los antifascistas también llevaron el caso al Parlamento Europeo, invitados por los eurodiputados de izquierdas Miguel Urbán, Marina Albiol, la italiana Eleonora Forenza y la portuguesa Marisa Matías. El pleno del Ayuntamiento de Zaragoza esa misma semana mostró unánimemente su solidaridad con los detenidos. En varias ciudades del Estado español se organizaron actos de apoyo y se dio a conocer el caso mediante charlas y publicaciones en distintos medios afines.

Finalmente, en octubre de 2017 las defensas llegaron a un acuerdo entre las partes. Las altas penas que pedía la fiscalía y la desconfianza de los acusados motivaron que aceptasen condenas inferiores a los dos años de prisión por delitos de desórdenes públicos, daños, atentado a la autoridad y lesiones. «A pesar de seguir siendo inocentes, el acuerdo es un mal menor ante el empeño de que entren en la cárcel», reconocieron desde la asamblea de apoyo a «Los 10 de Zaragoza». Fiscalía solicitaba sesenta y cuatro años de cárcel —ocho años para cada una de las personas encausadas— y más de veintidós mil euros por responsabilidad civil.

Mientras el Hogar Social de Zaragoza se apagaba poco a poco, en otras ciudades se implantaban otros proyectos similares. El más popular de los que siguieron esta estela es el Hogar Social Ramiro Ledesma, posteriormente conocido como Hogar Social Madrid, que sigue activo y cada vez que ha sido desalojado ha ocupado otro edificio.

Al mismo tiempo, las organizaciones neofascistas intentaron estar presentes en las movilizaciones estudiantiles, también muy activas aquellos años. El Blocco Studantesco —la rama estudiantil de los neofascistas italianos de Casa Pound— había logrado en las elecciones del 2009 solo en Roma once mil votos, el 28 por ciento del censo estudiantil, con cien representantes electos para la Consulta Provinciale degli Studenti, y en algunas escuelas locales llegó a tener el 80 por ciento de los votos. Pese a la oposición de grupos comunistas, socialdemócratas, liberales y otros demócratas, que exigieron su prohibición, el Blocco se estableció como la tercera fuerza a nivel nacional.

Anteriormente, ya había habido sindicatos de estudiantes de extrema derecha, como el falangista Sindicato Español Universitario (SEU) o Solución Independiente Universitaria (SIU), entre otros. En 2010, se intentó exportar a España el nuevo modelo italiano del Blocco, primero con Respuesta Estudiantil —una organización creada por miembros del partido neonazi Democracia Nacional en Madrid— y después con Liga Joven —vinculada al MSR—. Ambas organizaciones intentaban sumarse a las protestas convocadas por el resto de las organizaciones estudiantiles, de marcado carácter izquierdista, provocando así incidentes y entorpeciendo el normal transcurso de los actos. Su estrategia consistía en presentarse con lemas casi idénticos a los de la convocatoria, pero portando banderas españolas rojigualdas. Cuando eran expulsados de la protesta, se presentaban como víctimas y decían que se les expulsaba «por llevar banderas de España», obviando que todo el mundo sabía que eran organizaciones neonazis y fascistas. Lo cierto es que la prensa a menudo compraba el relato de los ultraderechistas y los neonazis se ocultaban bajo el eufemismo «persona que llevaba una bandera de España».

Estas organizaciones repitieron la performance en protestas estudiantiles en València, Madrid, Sevilla, Toledo, Salamanca, Guadalajara, Zaragoza, Oviedo, Málaga y Las Palmas de Gran Canaria. La mayoría de las veces, los estudiantes formaban cordones de seguridad para alejarlos o avisaban a la policía para que los expulsara, evitando así un enfrentamiento que terminase por diluir la protesta, lo que sería un triunfo para los provocadores. Sin embargo, en otras ocasiones los estudiantes antifascistas se enfrentaron directamente a ellos y los expulsaron sin contemplaciones. Aunque a menudo estas organizaciones copiaban los lemas de los sindicatos estudiantiles contra los recortes y a favor de los servicios públicos, más de una vez se opusieron a las huelgas. Este fue el caso de Respuesta Estudiantil en València el 29 de marzo de 2012, donde lanzaron el siguiente mensaje:

Estos llamados piquetes informativos, estandartes de los derechos de los trabajadores, solo tienen un objetivo: amedrentar, atemorizar y extorsionar a aquellos que no les siguen el juego, que no entran dentro de su círculo de sectarismo, obligando por la fuerza y bajo coacciones a aquellos trabajadores que solo pretenden hacer lo de todos los días: trabajar.

Los neonazis también empezaron a atacar actos convocados por organizaciones de izquierdas en diferentes universidades, primero boicoteando su propaganda y posteriormente usando la violencia. El 2 de abril de 2014, un grupo de neonazis irrumpió en un acto sobre memoria histórica en la Escuela de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense de Madrid. Lanzaron botellas y sillas contra los asistentes y provocaron que la actividad se suspendiera. Según el diario El Mundo,[125] se trataba de miembros de Liga Joven. Este grupo ya había protagonizado otros incidentes, como el asalto a la Autónoma el 17 de febrero del mismo año en un acto contra los desahucios y de apoyo a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y el ataque en la Facultad de Biología de la Autónoma el 17 de diciembre de 2013, en el que colgaron un cartel con el lema «Universidad no politizada» y agredieron a una persona.

El Sindicato de Estudiantes, víctima habitual de los ultraderechistas, denunció los hechos, así como el «incremento de las agresiones por parte de grupos de extrema derecha contra actos públicos, locales y casetas populares de organizaciones de la izquierda» y señalaron la «impunidad con la que estos elementos han atacado, intimidado, perseguido y acosado a activistas de la izquierda y de los movimientos sociales». El 10 de junio de 2014, la policía detuvo a doce neonazis. Según contó el diario El Mundo, se les acusaba de «reventar cinco manifestaciones y actos organizados por colectivos de estudiantes en la Universidad Complutense y en la Autónoma. Todos los neonazis han quedado en libertad con cargos. Se les acusa de un supuesto delito contra los derechos fundamentales y de asociación ilícita».

Estudiantes antifascistas de Madrid elaboraron un dosier con abundante información sobre estas organizaciones, que hicieron circular por los campus universitarios donde trataban de establecerse. Esta publicación demostraba con fotos, nombres y apellidos la vinculación de sus miembros destacados con organizaciones neonazis. A sus convocatorias, además, acudían a menudo conocidos neonazis madrileños que ni siquiera eran estudiantes, pero aprovechaban la situación para participar en las performances. Los estudiantes de izquierdas más politizados empezaron a organizar cordones de seguridad en sus propios actos y para ello contaron también con militantes antifascistas, que, alertados por este nuevo escenario, se prestaron a acompañar a los estudiantes para evitar que los fascistas reventaran sus actos. Las protestas estudiantiles se convirtieron aquellos años en un nuevo escenario de confrontación, en el que poco a poco fue ganando el antifascismo, hasta que finalmente los neonazis desistieron.

A finales de 2014, Respuesta Estudiantil se vio involucrada en un incidente con otros neonazis de Hogar Social Madrid. Terminó por reconocerlo públicamente y eso supuso el final de la organización. El 30 de diciembre de aquel año, su cuenta oficial en Facebook publicó el siguiente mensaje:

Vergüenza es poco… Toca dar la cara, y es duro cuando no tienes ninguna excusa ni justificación y la has cagado hasta empaparte. Durante esta madrugada cinco militantes de Respuesta Estudiantil han intentado quemar un Hogar Social donde se cobija y entrega alimento a españoles. Respuesta Estudiantil ante este hecho vergonzoso solo puede expulsar a los implicados y pedir las disculpas oportunas ante esta grave payasada. Respuesta Estudiantil ni fomenta ni permite ataques como este a ninguna organización patriota. Sin más, reiterar las disculpas a Hogar Social Madrid y a los patriotas en general, puesto que este hecho ha puesto en evidencia a los nacionalistas españoles.[126]

Tras un par de campañas insignificantes en Madrid, publicaron su último mensaje en junio de 2015, seis meses después del altercado. El nuevo intento de crear un frente estudiantil neofascista fracasó gracias a sus diferencias internas y a la constante presión y ofensiva de los grupos antifascistas.

La misma suerte corrió Liga Joven, que en junio de 2015 publicaba un mensaje premonitorio en su cuenta de Facebook revestido de «autocrítica».[127] El mensaje lamentaba las detenciones de varios de sus miembros y las «campañas difamatorias y ataques» de los antifascistas, pero situaba el problema en su propia militancia.

[…] Uno de los principales problemas que llevó al debilitamiento de Liga Joven: LA FALTA DE COMPROMISO EN LA MILITANCIA. Cuando a alguien hay que enseñarle lo que es bueno y lo que debe hacerse, es ya un mal principio.

Pensar que por contar con más cantidad de militantes y por crecer más rápidamente, se va a mejor puerto, fue un gran error. Debemos evitar la militancia de fin de semana, aquella que viene a pasar el rato, aquella que no quiere formarse, aquella cuya forma de vida es igual al resto de la juventud aborregada, prototipo del sistema.

No tiene sentido hablar de honradez si luego no pagas tus deudas o eres un ladrón, de nada sirve hablar de estilo si luego te emborrachas o te peleas por fútbol, o agredes a un inmigrante por el mero hecho de serlo. Algunos pensaron que la militancia era beber cerveza con camaradas, insultar o atacar a antifas, todo ello adornado con poses de macarra antisocial o hooligan. Dejando a un lado la formación política y sobre todo los valores y la educación, que es lo que nos diferencia y marca políticamente frente al resto.

¿De qué nos vale montar una manifestación de cien personas, si para ello tenemos que contar con salvajes con pinta de desplazados sociales, capaces de pelearse con el primero que ose mirarlos de reojo?; ¿o presentarnos a unas elecciones y tener que contar con gente que lleva una vida miserable en las antípodas de nuestras ideas?

No podemos conseguir una presencia en la calle a base de gamberros o de gente que desprestigia nuestras ideas y estilo. Lo primero es contar con militantes de cierta calidad para poder cimentar las estructuras de cualquier organización que quiera ser seria y cumplir unos mínimos objetivos, si no se consigue esto, lo mejor es disolverse o plantearse otras metas políticas. Por ello, este será uno de nuestros principales objetivos a corto plazo: la formación y la búsqueda de una militancia sana, comprometida y que sepa afrontar los retos que se le presenten.

Nuestra ética y estilo no están en venta, no son negociables, no se rebajarán por populismos baratos, ni por un puñado de votos. No creceremos a base de engañarnos a nosotros mismos ni a los demás. Mantener la esencia de la idea es fundamental para hacer germinar la semilla.

No queremos a nuestro lado gente que venga a ensuciar nuestro trabajo con su vida miserable, no queremos drogadictos, ni gente más preocupada por su equipo de fútbol que por los problemas reales de su pueblo. No buscamos el «me gusta» fácil del Facebook, ni los tan de moda «postureos» de la militancia, «mecha» que dura un abrir y cerrar de ojos.

La aventura estudiantil de la extrema derecha, en plena explosión de movimientos y luchas sociales en el contexto del 15M, no tuvo éxito. A pesar de haber conseguido cierta atención mediática y de que los estudiantes de izquierdas dedicaran tiempo y esfuerzo a confrontarles, no lograron establecerse en las universidades donde lo intentaron. La falta de compromiso de sus militantes, las consecuencias legales de algunas de sus algaradas y la resistencia de los grupos de izquierda en los campus frenaron a los ultraderechistas, que también pretendían usar el sistema de organizaciones estudiantiles para recibir subvenciones y tener cierto amparo legal en un espacio donde creían que podrían ampliar sus bases. Las organizaciones estudiantiles actualmente siguen siendo variadas y recogen prácticamente todo el espectro ideológico, también la derecha más conservadora, pero el neofascismo no logró ni de lejos tener la incidencia que habían tenido sus homólogos italianos, que era lo que esperaban.

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