Antifascistas
45. Quien manda en las gradas manda en la ciudad
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45. Quien manda en las gradas manda en la ciudad
«Lo vengo diciendo hace tiempo:
España necesita una alternativa tipo Vox».
JAVIER TEBAS, presidente de La Liga de Fútbol Profesional
(Cadena COPE, enero de 2019)
El historiador Carles Viñas no solo ha estudiado a fondo a la ultraderecha, sino también el fenómeno del fútbol y por ello es la persona indicada para hablar en este capítulo. En la conversación que tuvimos sobre varios temas para este libro, afirma:
Durante el franquismo, la izquierda asoció el fútbol a una herramienta del régimen, como «el opio del pueblo». La izquierda se desentiende del fútbol, lo abandona, lo desprecia desde el punto de vista militante e intelectual. Así fue como durante los años ochenta, como no ocupó ese espacio, llegó la extrema derecha y lo ocupó. Esa ultraderecha que no tenía ninguna visibilidad a nivel institucional se empieza a hacer visible en los campos de fútbol.
Nunca he sido aficionado al fútbol, pero reconozco que es un fenómeno social importantísimo en el que las identidades, las pasiones y la política se entremezclan de una manera evidente. Sin embargo, Carles, que es un apasionado de este deporte, lo ha estudiado rigurosamente desde un punto de vista histórico, político y social.
¿Hasta qué punto la política —concretamente la extrema derecha y el antifascismo— ha formado parte del fútbol? Carles, tras apuntar el desinterés por parte de la izquierda de ocupar las gradas y la toma de estas por parte de la ultraderecha, recuerda este aforismo del ensayista valenciano Joan Fuster: «Toda política que no hagamos nosotros será hecha contra nosotros». Los estadios y toda la liturgia que envuelve al mundo del fútbol son «una barricada más», espacios de socialización, de politización y de propaganda que, en mayor o menor medida, mejor o peor, han servido para visibilizar otro frente de batalla contra la extrema derecha.
Viñas explica que en Italia y en el Estado español el fútbol se ha caracterizado por la politización de las gradas.
Aunque al principio todo era muy confuso y en las gradas coincidían punkis, neonazis y gente de todo tipo. Fue al final de los ochenta cuando se empezaron a marcar ya definitivamente en una u otra ideología. Fue sobre todo con la irrupción del fenómeno skinhead.
Las gradas de los campos de fútbol empezaron a ser un criadero de neonazis a finales de los ochenta. La impunidad con la que se movían cada fin de semana en el estadio y sus alrededores atraía a miles de jóvenes con ganas de formar parte de algo, de ser respetados, de fundirse en la masa y ostentar el poder que da el grupo. Se trataba de divertirse no solo viendo a tu equipo jugar, sino con toda la liturgia que rodeaba a los partidos. Muchos se acercaban a estos grupos sin ninguna intención de hacer política. Sin embargo, la política estaba ahí. Eso fue algo que los neonazis y los ultraderechistas entendieron desde el primer momento. No para solucionar problemas de la sociedad, sino como una actitud transgresora asociada a la juventud o simplemente como mera excusa para ejercer la violencia.
En febrero de 1992, el holandés Guus Hiddink —entrenador del València CF— ordenó que se retirara de las gradas una pancarta con símbolos nazis antes del encuentro con el Albacete. Era la primera vez que alguien se plantaba, a pesar de que eran más que habituales en los campos de fútbol del Estado español. Arturo Tuzón —presidente del club—, tras conocer la noticia, declaró:
¿Cómo puede estar pendiente el preparador de lo que sucede en las gradas? Su trabajo está sobre el césped. Me parece una tontería.
En cambio, el técnico holandés confesó:
La verdad es que tengo problemas con esto. Veo estas cosas, como el banderín del domingo, y siento algo especial. No participé en la guerra, pero rechazo todo aquello. En mi familia hay una historia fuerte.
La familia de Hiddink es de un pequeño pueblo llamado Arnhem, que fue escenario de una cruenta batalla durante la Segunda Guerra Mundial —los nazis habían ocupado la zona y los aliados intentaron romper sus líneas—. Habían pasado casi cincuenta años y el rebrote de la violencia neonazi preocupaba más en Europa que en el Estado español. Hiddink sentenció:
Cada hombre tiene que pensar en todo esto y adoptar una actitud. Es malo permanecer pasivos. Actualmente son grupos pequeños y realmente no creo que pase nada. Pero como persona quiero tomar partido y lo rechazo.
A pesar del gesto del entrenador del València CF, los neonazis siguieron controlando buena parte de las gradas con el beneplácito de los clubes. Animaban mucho y reunían a mucha gente, algo que a los clubes les venía bien. Por eso les dejaban hacer. Incluso les regalaban entradas, aunque sabían que hacían negocio revendiéndolas. Les dejaban instalaciones en los estadios para que hicieran sus pancartas y guardaran materiales. La connivencia era descarada y estaba absolutamente normalizada. Los clubes, además, a menudo utilizaban a estos grupos para silenciar cualquier crítica o protesta contra su gestión. Por tanto, era una relación que interesaba a ambas partes.
En mayo de 1993, dos ultras del València CF celebraron en el campo del Albacete el asesinato casi un mes antes del joven antifascista Guillem Agulló con una pancarta que decía: «Guillem, jódete». Doce años después, en 2005, los Yomus visitaron el Ciutat de València en el derbi entre el Levante UD y el València CF y volvieron a celebrar el asesinato con una pancarta que recordaba el lugar y el año: «Montanejos 93». Los aficionados del Levante UD, donde se ubica la grada antifascista del Força Llevant, exhibirían en 2018 otra pancarta que recordaba al joven durante el encuentro contra el Sevilla: «Guillem Agulló present». El joven antifascista asesinado también era habitual del Ciutat de València y seguidor de este equipo de la ciudad.
Entre los objetivos favoritos de los grupos radicales de extrema derecha, estaban los aficionados de otros equipos vascos, catalanes, de izquierdas, antirracistas o antifascistas —como las hinchadas del Deportivo de la Coruña, el Sevilla o el Rayo Vallecano—. El 8 de diciembre de 1998, Aitor fue desde Donostia a Madrid para ver jugar a su equipo, la Real Sociedad. Se desplazó con su novia y la peña de mujeres Izar, y llegaron a las cercanías del Vicente Calderón con cerca de un millar de aficionados vascos. Miembros de Bastión —un grupo radical de tendencia neonazi del Atlético de Madrid— rodearon a varios aficionados de la Real cerca del estadio. Aitor, que era alto y de complexión fuerte, se puso delante para intentar contener la situación. Recibió un navajazo mortal delante de su novia. A los pocos minutos, se jugó el partido como si tal cosa.
El asesinato de Aitor Zabaleta puso el foco sobre la presencia neonazi en los estadios y la incesante violencia con la que actuaban allá donde iban. Los aficionados que no compartían sus ideas ni sus actitudes sentían miedo. Además, los clubes protegían a los ultras. Incluso una parte de la prensa desvinculaba a los grupos ultras de la violencia, de la extrema derecha y de los asesinos. Por ejemplo, El País afirmaba cuatro días después del asesinato de Aitor:
El Frente Atlético es una amalgama de más de cuatro mil personas, casi todas buena gente, follonera pero no violenta, matrimonios con hijos incluidos. Ellos son el 90 por ciento por lo menos. Los moderados. Pero también hay una facción violenta, macarras, delincuentes, heroinómanos, cocainómanos, alcohólicos que se disfrazan de neonazis para ir al fútbol, skinheads amantes del aguilucho y la esvástica.[145]
El asesinato se enmarcó en la «violencia en el deporte», lo cual despolitizaba el caso y camuflaba el odio que había detrás como si fuese un asunto de rivalidad deportiva, y no la intención de un neonazi de matar a un vasco. Desde entonces, en el estadio del Atlético de Madrid se ha oído más de una vez a los ultras gritar: «Aitor Zabaleta era de la ETA», «Por eso yo voy a pinchar al guarro de la Real», «No nos engañáis, Aitor Zabaleta era de Jarrai» y otras proclamas que celebraban el asesinato, pedían libertad para el asesino o criminalizaban a la víctima y se burlaban de ella.
Los neonazis ya habían cometido varios asesinatos desde principios de los noventa y se sabía que en los estadios tenían su principal caladero, pero a algunos periodistas les resultaba incómodo señalar esta complicidad de los clubes. Ellos también querían entradas gratis y mantener el buen rollo con los directivos.
El historiador Carles Viñas asegura que el asesinato de Aitor Zabaleta no supuso ningún cambio de actitud de los clubes respecto a los ultras.
Para la policía, cuya misión era mantener el orden en un evento en el que había decenas de miles de personas, lo que hicieran cincuenta o cien aficionados no era prioritario. No eran una gran preocupación. Para ellos, era un problema relativo.
Ciertamente, no fue el único crimen cometido por neonazis relacionados con el fútbol, donde los episodios violentos eran muy habituales; no solo contra rivales ideológicamente antagónicos, sino contra cualquiera que se cruzase en su camino. El fútbol servía como excusa para desatar cacerías los días de partido en sus propias ciudades o adonde se desplazaran; sabían dónde se citaban los hinchas rivales y dónde estaban los centros sociales y los locales de izquierdas en cada ciudad.
Viñas explica que a menudo la identificación política de unas y otras gradas viene dada por la rivalidad histórica; por ejemplo, entre el Barça y el Real Madrid. «Aunque en el Barça también hay neonazis, la rivalidad geográfica y deportiva explica las identidades contrapuestas». Esto también da cuenta de que, en Euskadi, Galicia y Catalunya, sobre todo, las hinchadas se hayan identificado con la izquierda y los llamados «nacionalismos periféricos», y en contra del nacionalismo hegemónico español, bandera de la ultraderecha. «Viene dado por el contexto social y político de cada ciudad. Por ejemplo, Vallecas con los Bukaneros. Un barrio popular con gran tradición de izquierdas». Sin embargo, en este caso los antifascistas tuvieron que echar antes a las Brigadas Franjirrojas, los ultras de extrema derecha que se habían hecho un hueco en la grada años atrás.[146]
El caso de Bukaneros es uno de los más llamativos de todo el fútbol del Estado español. El día que detuvieron a Alfon —quien pasó cuatro años preso—, la policía registró su domicilio y la sede de Bukaneros acompañada por un equipo de televisión. Buscaban todo aquello que pudiese armar el relato criminalizador de este colectivo. No encontraron nada. Lo intentaron con un puñado de clavos y botellas de agua, pero no coló. «Eso era el preludio de lo que luego pasaría», apunta Willy, otro miembro de Bukaneros que también estaba presente el día que fui a casa de Alfon.
El lunes 25 de febrero de 2014, tan solo un mes después de que Alfon fuera puesto en libertad a la espera de juicio —tras pasar por la prisión preventiva—, la policía arrestó a doce miembros de Bukaneros y los acusó de asociación criminal, coacciones, amenazas y daños; según los medios —que reproducían la versión policial—, «como consecuencia de una denuncia que interpuso recientemente la directiva del Rayo Vallecano».[147]
Dos días antes, miles de personas se habían manifestado en Madrid convocadas por la Coordinadora 25S,[148] en la que confluían las diferentes mareas, las marchas que clamaban contra los recortes y en defensa de los servicios públicos. Los movimientos sociales consideraban que las medidas de austeridad impuestas por la troika eran un «golpe de Estado». Por eso eligieron para manifestarse la simbólica fecha del 23 de febrero, el aniversario del golpe de Tejero. Bukaneros, que había participado en la mayoría de las protestas por los derechos sociales de aquellos años, entendió que el Estado pretendía criminalizar la protesta usándolos a ellos como cabeza de turco. En el comunicado que emitieron, decían:
No es de extrañar que tras las protestas vividas en las calles de Madrid el pasado 23 de febrero la policía vuelva a intentar criminalizar a los movimientos sociales de nuestra ciudad con esta detención, volviendo a colocar a nuestro grupo en el punto de mira.[149]
Willy explica:
Una grada consciente y rebelde en la que no solo se anima, sino que se sacan pancartas y se corea contra los desahucios, contra la reforma laboral y otros temas de actualidad es doblemente peligrosa y está doblemente perseguida. Hay un interés por acabar con ella.
Llevábamos muchos años en el punto de mira de la Brigada de Información y de la Delegación del Gobierno. No encontraron nada contra nosotros en el caso de Alfon, que acababa de salir de la preventiva, y necesitaban fabricar un caso. Necesitaban una denuncia para actuar y utilizaron el conflicto que mantiene el presidente del Rayo, Raúl Martín Presa, con toda la afición rayista desde que llegó al club. Usando su declaración como denuncia, pusieron la maquinaria represiva en marcha. El propio presidente del Rayo Vallecano declaró que él en ningún momento había querido denunciar nada, lo que evidenciaba que era otro caso fabricado en la Brigada de Información.
Willy fue uno de los detenidos. Se presentaron en su centro de trabajo y lo trasladaron a la comisaría de Moratalaz, donde pasó tres noches. A la mañana siguiente empezaron a llegar el resto de los detenidos, algunos de ellos ajenos al grupo.
Uno de los detenidos llevaba años viviendo en otro país y estaba totalmente desvinculado. Detuvieron también al presidente de la Federación de Peñas y al presidente de una de las peñas, e incluyeron en la acusación a nuestro abogado y al propio Alfon, que era el número trece, pero no lo detuvieron. Nos acusaron de banda criminal. Todo fue tan surrealista como chapucero.
Esto provocó casi el efecto contrario. El barrio y la afición del Rayo, que tenían muy reciente el caso de Alfon, no compraron la versión policial. Detener al presidente de la Federación de Peñas restó credibilidad al relato e hizo pensar a muchos que tanto este caso como el de Alfon eran un montaje para criminalizar a todo un colectivo y atemorizar al resto.
Como no hay ningún delito que se pueda atribuir a esa supuesta banda criminal, la policía intenta que el presidente los denuncie por amenazas y coacciones, y además por los daños producidos por un corte eléctrico antes de un partido contra el Real Madrid, del que no se encontraron responsables.
Según Willy, el presidente del club les confesó después que él no había firmado ninguna denuncia. Solo había contado cuatro anécdotas y la policía se empeñó en magnificarlas para atribuir a los Bukaneros una peligrosidad criminal.
El papel de Bukaneros en la actividad política del barrio es reconocido por todos los movimientos sociales y Willy lo confirma:
Hemos aportado una gran capacidad de organización, de militancia, de firmeza, hemos demostrado que se puede y se debe luchar en todos los espacios, en la grada, en la calle o en cualquier barricada.
Adrián, que también está presente en la conversación, explica que a partir del impulso de Bukaneros se crearon otras gradas de animación de marcado carácter antifascista.
Sobre todo a raíz del asesinato de Carlos y de que nos visibilizáramos más, la gente quería tener también su propia grada antifascista.
Los grupos ultras afirman que quien manda en las gradas manda en la ciudad. Willy explica que, como la izquierda miraba con recelo las gradas, la extrema derecha aprovechó ese hueco. Es lo mismo que afirma Carles Viñas: la ultraderecha ocupó el espacio que la izquierda había abandonado.
Las gradas también eran un reflejo de la ciudad. Allí donde vas, si ves que hay una grada antifascista, sabes que en la ciudad hay un movimiento antifascista fuerte. Como la izquierda lo miraba con recelo, es un espacio que durante mucho tiempo ha sido un reducto de la extrema derecha. Por ejemplo, en la grada de Vallecas había nazis animando al Rayo, pero los primeros Bukaneros consiguieron darle la vuelta y echarlos a finales de los noventa.
Alfon interviene para destacar que las autoridades estaban obsesionadas con los Bukaneros, pero no aplican la misma vara de medir a los cientos de ultras de extrema derecha con un amplio historial criminal que ocupan las gradas de los grandes equipos.
En el Rayo hay entre diez y doce mil socios, pero das una patada y te salen cincuenta mil del Madrid, del Atlético… La policía, sin embargo, nos odia a nosotros. A los otros no, porque lucen la rojigualda, claro.
Y es que la policía no ha acusado de banda criminal a ningún otro grupo ultra, excepto a Ultras Tala —de Talavera de la Reina—, de marcado carácter neonazi, cuyo caso terminó archivado.
La proyección mediática de la extrema derecha en las gradas de fútbol contrastaba con la de las hinchadas de territorios con su propia idiosincrasia, sobre todo gallegas, catalanas y vascas, porque, como decía Willy, las gradas eran un reflejo de las calles. Sin embargo, nadie esperaba que en Madrid, rodeados por los más peligrosos ultras neonazis de los dos principales equipos de la ciudad, naciera una grada antifascista en un equipo de barrio. No cualquier barrio, claro. Vallecas, con una larga tradición combativa, fue y es un territorio donde la extrema derecha todavía no se ha atrevido a entrar y por eso las gradas dieron un vuelco cuando varios aficionados del Rayo se pusieron manos a la obra.
Ese dogma interesado de que no hay que mezclar fútbol y política en realidad es porque no quieren que mezclemos el fútbol con nuestra política. El fútbol ya viene politizado, es un negocio capitalista y eso ya es política. Por eso no quieren que hagamos nuestra política, que va contra el sistema. Es imposible que seamos seres políticos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos y que al entrar en un estadio de fútbol dejemos la política en la puerta. Nuestra política va con nosotros. Como nuestras vivencias, nuestra realidad, nuestras experiencias, nuestros problemas…
Bukaneros no ha dejado de reivindicar causas sociales en las gradas en ningún momento. Sus gradas son un reflejo del momento actual y nunca falta la crítica social.
El principal objetivo es animar a nuestro equipo, pero no nos ponemos de espaldas cuando hay reformas laborales que van contra los derechos de la clase trabajadora, cuando se asesina a niños en Palestina o cuando están desahuciando a tu vecina. ¿Cómo no se va a reflejar eso en las gradas antifascistas, si se refleja en nuestras vidas?
El 15 de diciembre de 2019, el árbitro detuvo el partido del Rayo Vallecano contra el Albacete. Esto fue lo que reflejó en el acta:
En el minuto 38:53 observé la presencia de una pancarta de grandes dimensiones con el lema «Evitar que un nazi vista la franja» donde se encuentran los aficionados del club local.
En 2016, el Rayo había estado a punto de fichar al jugador ucraniano Roman Zozulia, pero las protestas de la afición, encabezadas por Bukaneros, paralizaron el traspaso. Zozulia había mostrado en público su apoyo a las milicias nacionalistas ucranianas de extrema derecha que combatían contra la independencia de Donetsk y Lugansk, en la zona del Donbass. El jugador se define como un simple patriota ucraniano, pero publicó una foto en la que aparecía sonriente señalando el marcador de un estadio con los números 14 y 88. El primero alude a las catorce palabras del nazi norteamericano David Lane («Debemos asegurar la existencia de nuestro pueblo y un futuro para los niños blancos»), convertidas desde hace años en un símbolo del supremacismo blanco; por su parte, como la H es la octava letra del abecedario, con el 88 se refieren a «Heil Hitler».
Zozulia entró al campo del Rayo aquel día, pero con la camiseta del Albacete. La afición rayista le dio la bienvenida al grito de «¡Roman Zozulia, un puto nazi!». Fue la primera vez que se suspendía un partido por los gritos de una grada ultra. Los insultos racistas que han tenido que soportar jugadores negros, las pancartas machistas, las banderas nazis o fascistas nunca han sido motivo suficiente para suspender ningún encuentro en la liga española. Sin embargo, llamar nazi a un jugador que hace apología del nazismo públicamente sí que fue motivo suficiente. La Liga emitió un comunicado en el que declaraba:
La Liga continúa trabajando contra la violencia, el racismo y la xenofobia en los estadios de fútbol y manifiesta su más sincera repulsa sobre lo sucedido.
El propio presidente de la Liga de Fútbol Profesional, Javier Tebas, en el programa de Onda Cero El transistor, llegó a comparar a un nazi con un homosexual.
En el Rayo no quieren nazis, pero ¿y si mañana otro equipo no quiere homosexuales?
Tebas no esconde sus simpatías por la extrema derecha. En una entrevista a El Mundo publicada en 2016 afirmó que echaba de menos en España una opción política como la de Le Pen en Francia, «sobre todo, por la identidad nacional de España, que no está siendo defendida debidamente por los partidos».[150] El presidente de la Liga fue jefe provincial del partido fascista Fuerza Nueva a finales de los años setenta y posteriormente representante de este mismo partido ante los medios de comunicación. En esta misma entrevista aseguró que seguía manteniendo la misma ideología.
En la mayoría de los temas, sí. Lo que pasa es que no se conoce bien qué era Fuerza Nueva. Pero no soy ni de extrema derecha ni violento. Si extrema derecha es defender la unidad de España, la vida y un sentido católico de la vida, yo estaba en ese grupo. Y sigo defendiendo lo mismo. Yo en eso no he cambiado.
En 2019 manifestó abiertamente en otra entrevista que iba a votar a Vox.[151]
Aplicaron la ley contra la violencia y el racismo en el deporte precisamente para sancionar los cánticos antifascistas con dieciocho mil euros de multa y dos partidos con la grada de Bukaneros clausurada. Willy explica indignado:
Es increíble que con esta ley nos prohíban hasta meter pancartas contra el racismo y la homofobia. Esta ley se ha usado también para vetar camisetas antifascistas con multas de un mínimo de tres mil euros. Nos han multado con seis mil euros por llevar una camiseta de ACAB («All cops are bastards») o por llevar un imperdible de pendiente. Esto con la excusa de que incita a la violencia. Es la ley mordaza en los campos de fútbol. No nos dejaron ni que los jugadores del Rayo posaran con una pancarta contra el racismo.
En muchas ciudades, las primeras hinchadas eran una amalgama de personajes de todo tipo y de distintas ideologías, pero la inserción de la política en las gradas derivó en una pugna entre unos y otros por hacerse con el control. Había heavies y punkis en el Bernabéu, en Mestalla y en muchos otros estadios durante los años ochenta, pero la estética skinhead acabó por imponerse en varios sectores de la juventud y también en las gradas.
En Málaga, aunque fue más tarde, hubo una sección del primer Frente Bokerón llamada Sección Alcohólica que se declaraba antifascista, pero fue expulsada por los neonazis a finales de los noventa, según explica Ingrid, y se creó Malaka Hinchas, que ya se declaró apolítica.
Willy, de Bukaneros, explica:
Cada ciudad es un mundo. Hay grupos en los que prima más la política y otros que, aunque sean de izquierdas, son mucho más futboleros, aunque sin perder la perspectiva antifascista. Esto es difícil de entender fuera del entorno futbolero, pero son matices importantes. Igual que los matices de cada ciudad, porque no es lo mismo vivir en conflicto constante —como ocurre en Madrid— que en otras ciudades en las que no hay nazis en las calles. Igual que también depende de la época. Los grupos cambian en pocos años por las nuevas generaciones que van entrando.
En Galicia, como en Euskal Herria, las gradas son territorio antifascista, porque en ninguno de los dos sitios hay presencia neonazi en las calles. La mayoría de las hinchadas antifascistas se definen como ultras. Sin embargo, Herri Norte, del Athletic Club de Bilbao, renegaron de esta denominación, porque normalmente se relaciona con la extrema derecha.
De hecho, uno de sus fanzines se llama Antiultra y ellos se autodenominan hinchas.
Iago, que pertenece desde hace años a los Riazor Blues —la hinchada ultra del Deportivo de la Coruña, que se reivindica claramente como antifascista—, explica:
Aquí, los únicos nazis que vemos son los que vienen de fuera a los partidos de fútbol. Hubo un grupo que se llamaba Infierno Ferrolero, formado por militares destinados a la base de Ferrol, pero desaparecieron pronto. Estuvieron activos unos pocos años en los noventa, pero se disolvieron y no se volvió a saber nada de ellos.
La última muerte relacionada con grupos de extrema derecha del fútbol fue el asesinato en 2014 de un miembro de Riazor Blues, Francisco Javier Romero Taboada, «Jimmy». Miembros del Frente Atlético atacaron a varios seguidores antifascistas del Deportivo de la Coruña en las inmediaciones de Madrid Río, en una emboscada protagonizada por cerca de doscientos neonazis. Varios deportivistas resultaron heridos por arma blanca, entre ellos Jimmy, que tras sufrir una brutal paliza fue arrojado al río Manzanares, donde murió.
Iago, que estaba allí ese fatídico día, explica cómo sucedió todo y puntualiza que, sorprendentemente, la policía desapareció cuando se inició el ataque de los neonazis.
La mayoría de la gente compró la versión oficial, la de la policía y la Delegación del Gobierno. Lo trataron como una pelea concertada entre ultras, cuando no fue así para nada. Sabíamos que podían ir a por nosotros, igual que lo sabía la policía, pero no esperábamos que vinieran doscientos tíos como vinieron y menos que llegaran así de fácil. Antes de los hechos, varios vecinos habían avisado a la policía de la presencia de un grupo de unas doscientas personas. Eso fue un rato antes, cuando los nazis estaban a un kilómetro de donde tuvieron lugar los hechos. Incluso, en las inmediaciones había coches zeta de la Policía Nacional que los vieron venir. La policía sabía lo que iba a pasar.
Iago explica que aquel día varios miembros de Riazor Blues fueron detenidos o identificados por tener heridas o la ropa manchada, sin saber si habían estado en la pelea. Quince días después, la Policía Nacional, entre la que había miembros de la Brigada de Información de Madrid, detuvo a varias personas en sus domicilios.
Bastaba con una citación judicial, porque tenían nuestros datos, pero prefirieron escenificar todo y presentarse a las siete de la mañana en nuestros domicilios. Fue de cara a la prensa, para darle bombo.
Tras cuatro años y después de haber investigado a más de cien personas (muchas de ellas del entorno de la víctima, a quienes ponían al mismo nivel que a los agresores acusándolos de riña tumultuaria), el juzgado número 20 de Madrid archivó el caso,[152] que se reabrió en 2020 con la aparición de un testigo protegido. Sin embargo, un año más tarde el caso se volvió a cerrar.
Una mujer aseguró en 2017 que había oído a un miembro del Frente Atlético decir mientras veían el vídeo en el que Francisco Javier Romero es arrojado al río: «Yo tiré a Jimmy al río, yo lo tiré». Una juez de la Audiencia Provincial de Madrid archivaba de nuevo la investigación a finales de 2021, porque considera que este relato «no es creíble ni fiable» y no hay indicios suficientes para acusar a nadie.[153]
En varias ciudades, los neonazis no iban más allá del fútbol. En Asturias, por ejemplo, las personas consultadas en la preparación de este libro coinciden en que los grupos neonazis se limitaban prácticamente a las gradas de los ultras y aquellos años había poca actividad política fuera de los estadios. También en Málaga, Elx, Zaragoza, Salamanca y otras ciudades el fútbol fue el principal centro de reunión y organización de los neonazis durante muchos años. En ciudades más grandes, como Barcelona, Madrid o València, muchos ultras neonazis estaban relacionados con organizaciones más políticas aparentemente ajenas al fútbol; al final, muchos ultras acababan en estas como una continuación de su militancia o simplemente porque era adonde iban sus amigos de gradas. De estos grupos ultras surgirían también iniciativas como la organización de conciertos de RAC (Rock Against Communism) o encuentros y torneos entre ultras neonazis. Algunas cabezas pensantes sabían lo importante que era controlar la grada para infectar y reclutar a gente nueva. Sin embargo, más de una vez ha habido peleas entre ellos por rivalidades futbolísticas, hasta tal punto que las propias organizaciones muchas veces que convocaban una fiesta o un concierto neonazi tenían que advertir que no se permitían peleas por rivalidades futbolísticas.
Willy señala:
Los noventa fueron unos años jodidos y los nazis también estaban en las gradas de Vallecas. En ningún sitio se le dio la vuelta a esa situación repartiendo flores. A aquellos primeros miembros les llevó tiempo, esfuerzo y determinación. Fue también una demostración de compromiso antifascista: igual que no se quería a esa gentuza en las calles, no se la quería en el fútbol. Una parte de la izquierda asumió que las gradas eran de la ultraderecha. Mucha otra gente ya estaba en las calles partiéndose la cara y lo hicieron también en los estadios para echarlos. Empezamos siendo un grupo pequeño que no preocupaba a nadie, y menos a los nazis. Poco a poco fuimos creciendo. Pasamos de ser un grano en el culo a un cáncer para ellos.
Hay miles de anécdotas sobre los enfrentamientos entre hinchas antifascistas y ultras neonazis desde los años noventa hasta hoy y darían para escribir otro libro. En una de las entrevistas que realicé en Madrid, como soy bastante ajeno a todo lo que envuelve al fútbol, pregunté por la mítica canción del grupo madrileño Non Servium titulada ¿Qué pasó en el Lieja? Había acudido a visitar a Juanjo, un histórico vallecano que conocía miles de historias de aquellos años y todo el tejido asociativo del barrio. Sabía que aquel episodio a menudo era reivindicado por los antifascistas como uno de los grandes hitos contra los neonazis en Madrid, pero hasta ese momento no había conocido a nadie que estuviese presente.
El Lieja era un bar frecuentado por gente del entorno antifascista madrileño, sobre todo punkis y redskins del barrio. En mayo de 2001, el Real Madrid visitó el estadio del Rayo Vallecano en la jornada 35 de la Liga. Ese día, entre los miles de aficionados madridistas que visitaron Vallecas, se había organizado un buen séquito de Ultras Sur dispuesto a dar caza a los antifascistas.
Juanjo recuerda:
Todo el mundo sabía que iban a venir. La policía estuvo todo el día por las inmediaciones del bar, vigilando desde la avenida Monte Igueldo y por todos lados. En el momento en el que llegaron los nazis, la policía desapareció.
Unos cincuenta neonazis se acercaron al Lieja pensando que se encontrarían a cuatro punkis despistados, pero se llevaron una sorpresa. Del bar salieron solo cinco personas y los neonazis se confiaron. No contaban con que había otra puerta, por la que salió de repente mucha más gente. La mayoría de los neonazis pudo escapar, pero los que se quedaron atrapados en su propia emboscada terminaron bastante mal. El diario deportivo Marca explicó así lo sucedido:
Había programada una manifestación antifascista a las 22.00 horas, que tenía controlada el grupo de Violencia en el Deporte de la Policía Nacional. Este encuentro, convocado por ultras de izquierdas que nada tenían que ver con el Rayo, para enfrentarse a los Ultras Sur. Pero los radicales madridistas fueron a buscar a los Skin-Reds al bar Lieja, donde sabían que se encontraban, y allí fueron recibidos con escudos y bates de béisbol. La peor parte se la llevaron en este enfrentamiento los seguidores madridistas, ya que ocho miembros del grupo Ultras Sur acabaron en la enfermería, uno de ellos con pinchazos producidos por un arma blanca. El grupo de Violencia en el Deporte de la policía tiene identificados a nueve miembros de Ultras Sur que participaron en la batalla campal de antes del partido y, tras recibir ayer la denuncia del camarero más afectado por la paliza de la comisaría de Puente de Vallecas a la que se adjunta el informe médico del Samur, llamará a declarar a los implicados.
La fallida cacería supuso un duro golpe para los neonazis, que minimizaron lo sucedido en sus foros y evitan hablar del tema. Por eso, Non Servium dedicó una canción a este episodio.
¿Qué paso en el Lieja?
¿Por qué de ese día nadie quiere hablar?
¿Cuál es el problema? Haced memoria, intentad recordar.
El historiador Carles Viñas afirma:
El movimiento de las gradas radicales se encuentra en la actualidad en declive. Tras la época dorada que supusieron los años noventa, diversos factores han evidenciado cómo el fenómeno va a la baja. La falta de un relevo generacional, la espiral comercial del fútbol-negocio, la presión policial e institucional, el incremento del precio de entradas y abonos, los horarios de los partidos, las sanciones y multas, así como la multiplicidad de opciones de ocio juvenil han provocado que para muchos adolescentes y jóvenes formar parte de un grupo radical ya no sea algo atractivo y sugerente.
Actualmente, la mayoría de las gradas ultras, que antes eran espacios de captación y difusión de la ideología neonazi, han sido reducidas a gradas de animación sobre las que los veteranos neonazis tienen cada vez menos influencia. Según Viñas:
La violencia asociada al fútbol se ha trasladado de las gradas a los aledaños de los estadios, en parte por el mayor control securitario existente. Además, si antes el adversario a batir era el grupo rival, desde hace unos años el objetivo principal de las iras han sido los cuerpos y fuerzas de seguridad y, en el ámbito ritual y simbólico, el propio Tebas, que se ha erigido como el enemigo público número uno de las hinchadas radicales. En el ámbito ideológico se ha reducido el ascendente de los grupos neonazis, que antes monopolizaban por ejemplo la proyección mediática del fenómeno, para evidenciar la pluralidad existente, que rompe los estereotipos precedentes.
A menudo, las luchas internas por controlar la grada entre antiguos camaradas neonazis escondían en realidad una lucha por controlar el negocio del merchandising y de todo lo derivado de las actividades del grupo, además del poder que proporciona ser quien dirige a cientos de personas. La cada vez más limitada capacidad de estos grupos históricamente ultraderechistas se ha visto, por ejemplo, en Mestalla, donde han aparecido peñas de animación que no se consideran ultras, pero sí que reivindican su carácter antirracista, como la Penya Blanc-i-Negra. A finales de 2021, varios antiguos ultras del València CF y neonazis de la ciudad ajenos hasta entonces a las gradas valencianistas intentaron resucitar a los extintos Ultra Yomus y volver a controlar la también extinta Curva Nord, disuelta meses antes por sus responsables tras varios desencuentros con estos y otros antiguos miembros de marcado carácter neonazi. En este caso, la presión social y las declaraciones de varios políticos manifestando su preocupación por la vuelta de los neonazis a Mestalla obligaron al club a manifestarse. Este aseguró en un comunicado que rechazaba la vuelta de los ultras y que ni siquiera se reuniría con ellos. De este modo reafirmaba su compromiso con la no violencia y aseguraba que no había vuelta atrás en la decisión que había tomado años antes de expulsarlos, tras varios desencuentros con el club y los incidentes que protagonizaron varios de sus miembros (entre ellos el entonces presidente de la Curva Nord) contra manifestantes de izquierdas el 9 de octubre de 2017.
El fenómeno de las peñas de animación surge como contrapunto al modus operandi precedente, aunque también influye que también ha llegado aquí la moda del apoliticismo que recorre toda Europa. Otras hinchadas que habían tenido un carácter abiertamente neonazi han empezado a desintegrarse o, como explica Viñas, a formar «grupos que optaron por la premisa de animar únicamente a su equipo dejando de lado, teóricamente, la exhibición de simbología y las proclamas políticas».