Antifascistas
47. La irrupción de Vox y la institucionalización del odio
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47. La irrupción de Vox y la institucionalización del odio
El 11 de marzo de 1998, el periodista Javier Espinosa cubría para El Mundo la designación de Ricardo Izurieta como nuevo comandante en jefe del Ejército chileno en sustitución del dictador Augusto Pinochet, que, tras el golpe de Estado de septiembre de 1973, había gobernado el país con mano de hierro apoyado por Estados Unidos.
Vestido con el traje azul de capitán […], Pinochet fue recibido por los dos mil soldados que se formaron en la Academia Militar con un sonoro: «¡Bienvenido, mi general!». […] Después, la parafernalia de siempre: el desfile al paso de la oca con los cascos copiados del Ejército nazi, la exhibición de los estandartes coronados con aguiluchos imperiales de metal, las melodías prusianas, la marcha Radesky, los boinas negras que protagonizaron uno de los últimos arrebatos antidemocráticos de los uniformados…[167]
Los decretos 127 y 128 ponían fin al mando del dictador, despedido con todos los honores por la casta militar y con masivas protestas en las calles. Espinosa cuenta que aquel día las calles de Santiago celebraban su retirada al tiempo que exigían que no quedase impune. Más de tres mil personas seguían desaparecidas y varios miles denunciaron que habían sido torturadas.
En el centro de Santiago, cientos de jóvenes se enfrentaron durante horas con los temidos pacos (apodo de los carabineros) a base de cantazos y cócteles molotov. Medio centenar de personas fueron detenidas y, al menos, dos resultaron heridas. Las manifestaciones se reprodujeron en otras localidades del país, como Valparaíso. Punkis, melenudos y ejecutivos de corbata y traje impoluto coincidían en enfrentar a los policías al grito de «¡Sin perdón, sin perdón, Pinochet al paredón!». Los agentes con su habitual delicadeza arrastraban por los pelos o a patadas a los chavales que arrestaban, mientras los camiones-manguera enfriaban los ánimos con chorros de agua incesantes. La despedida de Pinochet fue saludada con durísimos calificativos por parte de los políticos de centro-izquierda, que hablaron del final de la pesadilla.
Dos años antes, en 1996, el abogado español Joan Garcés, exasesor del presidente Salvador Allende, había iniciado los trámites para sentar al dictador chileno ante la justicia por crímenes de lesa humanidad utilizando los principios de la jurisdicción universal, que en teoría permitían a los Estados investigar y perseguir a personas por delitos cometidos en otros países. La sospecha de que los responsables de las dictaduras ultraderechistas de América Latina se irían de rositas, como ya había pasado en España, motivó a Garcés para reunir pruebas y testigos e imputar a Pinochet, que había sido designado senador vitalicio.
La Universidad Complutense de Madrid amaneció pocos días después —a mediados de marzo de 1998— con carteles sin firmar de apoyo al dictador chileno: «Gracias, Pinochet, por veinticinco años de paz y justicia». Acababan de terminar unas jornadas en el campus sobre la dictadura chilena organizadas por la Unión de Estudiantes Progresistas y de Izquierdas (UEPI). Algunos de ellos no dudaron en arrancar los carteles de apoyo al dictador. Al día siguiente, el 17 de marzo, tres de estos estudiantes se encontraban en el local de la asociación y fueron alertados de la presencia de un grupo de ultraderechistas que estaban retirando la propaganda contra Pinochet.
Roberto, Mario y Pablo fueron a ver qué ocurría y se encontraron de bruces con una veintena de neonazis que la emprendieron a golpes contra ellos y les provocaron varias heridas. Era la segunda vez que los neonazis atacaban a estudiantes progresistas ese año. Pablo, una de las víctimas, contó lo sucedido en una rueda de prensa.
Mientras nosotros exigíamos mediante carteles y charlas el procesamiento en España de los responsables de torturas, asesinatos y desapariciones, mientras nosotros manifestábamos nuestro rechazo a la toma de posesión como senador vitalicio de Pinochet, ellos colocaban carteles del tipo «Gracias, Pinochet, por veinticinco años de paz y justicia» y además sin firmar, como cobardes. No entendemos cómo esta gente tiene un local en la facultad. No entendemos cómo pueden estar registrados legalmente como asociación cultural, la Asociación Cultural Tornassol, a la que presumían de pertenecer mientras nos golpeaban. Que no es más que un grupo ultraderechista vinculado estrechamente a la organización neonazi Alianza por la Unidad Nacional (AuN), liderada por Ricardo Sáez de Ynestrillas.
El mismo joven entró posteriormente, vía telefónica y en directo, en el informativo de Telemadrid.
No solo en la universidad, el tema de la violencia fascista es una realidad a la orden del día. Hace dos años fueron agredidos jóvenes de la Facultad de Biológicas. Constantemente podemos ver en las noticias las agresiones fascistas. Estos mismos jóvenes que nos agredieron a nosotros son los que patean a inmigrantes en las calles. Son los mismos que protagonizan la violencia que no tenemos más remedio que combatir, que es la violencia fascista.[168]
La policía detuvo a tres de los agresores tras las denuncias de las víctimas. Eran conocidos ultraderechistas que ya tenían fichados y que las víctimas identificaron en dependencias de la Brigada Provincial de Información. Según la denuncia, los agresores gritaron «Os vamos a acuchillar» mientras apaleaban a los estudiantes de izquierdas. Rafael Puyol, entonces rector de la Complutense, manifestó su condena a los hechos y anunció que se tomarían medidas. En 1999, los fascistas fueron condenados por lesiones y amenazas a los tres estudiantes.
El joven de pelo largo que habló en aquella rueda de prensa y posteriormente en Telemadrid era Pablo Iglesias Turrión, quien veinte años después sería vicepresidente del Gobierno de España. Cuando me encontraba inmerso en la redacción de este libro, me topé con que la periodista Mariela Rubio rescataba para la Cadena Ser la agresión que había sufrido Pablo hacía más de veinte años.[169] Pero, además del suceso en sí y de que Pablo era una de las víctimas, lo importante era la identidad de uno de los agresores condenados: Kiko Méndez-Monasterio, mano derecha de Santiago Abascal. El líder de Vox había publicado el libro Hay un camino a la derecha: Una conversación con Kiko Méndez-Monasterio (Stella Maris, 2015), que recoge un diálogo con el entonces militante fascista y ahora periodista.
Pablo Iglesias y Kiko Méndez han sido noticia estos últimos años, uno por su papel dentro de Podemos y el otro por su estrecha relación con el primer partido de extrema derecha que ha entrado en el Congreso de los Diputados desde que Fuerza Nueva perdiera sus escaños a principios de los años ochenta. Pablo Iglesias afirma:
Esto no es un asunto menor. Es un ejemplo de cómo buena parte de las figuras clave de la ultraderecha en España han encontrado en Vox su espacio natural.
Pablo Iglesias también recuerda los numerosos artículos publicados en varios medios, sobre todo por Antonio Maestre, compañero de La Marea, sobre varios miembros de este partido con pasado neonazi.
Aunque la figura de Pablo Iglesias como fundador de Podemos y como vicepresidente del Gobierno despierta sentimientos de todo tipo dentro de la izquierda, su testimonio resulta interesante para conocer cómo han vivido tanto el partido como él estos últimos años la llegada de la ultraderecha a las instituciones. También sirve para reflexionar sobre el papel que han jugado tanto Podemos como él mismo en la política española con toda la campaña de la que han sido objeto por parte de la derecha y con las críticas que han recibido desde la izquierda. Le conté que estaba escribiendo este libro y le propuse una entrevista.
Cuando empecé a militar con catorce años, los grupos de ultraderecha no tenían una presencia mediática e institucional como ahora. Pero estaban, claro. Ahí pasó lo de Lucrecia, lo de Richard, Bases Autónomas, los skinheads… Sabías que había territorios peligrosos, como la plaza de los Cubos, los bajos de Argüelles… Yo empiezo a militar en 1993, en medio de todo esto. Y se catalogaba todo de tribus urbanas.
La militancia de Pablo Iglesias en movimientos sociales desde que era un adolescente ha estado atravesada también por lo que cualquier joven con inquietudes políticas de aquellos años vivió sin quererlo. La violencia neonazi, aunque evitaras enfrentarte a ellos, te acababa alcanzando. Por eso, el antifascismo, como se explica en este libro, acabó siendo una medida de autodefensa imprescindible para cualquier entorno de izquierdas. Pablo afirma:
Era un antifascismo que implicaba defenderse y algunos compañeros tuvieron que aprender a pegarse, porque era un fascismo callejero, iba de cacería. Yo mismo me he llevado unas cuantas. Era una época en que los espacios de ocio juvenil requerían algunos elementos de autodefensa. Los ataques de los nazis eran habituales y esto no era nada fácil, teníamos las de perder. Era un antifascismo que asumió que, si quería hacer política, tenía que defender los espacios. Es una cultura que no es agradable, pero que es imprescindible.
La irrupción de Vox en las instituciones a partir de 2018, cinco años después de su nacimiento, fue algo que muchos no vieron venir. Estábamos acostumbrados a una ultraderecha marginal que tan solo conseguía anecdóticamente unos pocos concejales en pequeñas localidades y a la que poca gente prestaba atención. También a un PP que había sido capaz de captar el voto de todo el espectro de la derecha, desde el centro hasta la ultraderecha, a pesar de que algunos de sus miembros y muchas de sus políticas cruzaban las líneas rojas demasiado a menudo. La ofensiva neocón en los años del Gobierno de Zapatero hizo que la ultraderecha se fuera desligando progresivamente del PP. Vox fue recogiendo poco a poco el descontento de gran parte del sector ultraderechista, que veía que en Europa y Estados Unidos con la llegada de Trump había posibilidad de hacerse un hueco. Y así fue hasta que consiguieron los cincuenta y dos escaños en el Congreso y cientos de diputados y concejales en parlamentos autonómicos y ayuntamientos que tiene hoy en día el partido liderado por el exmiembro del PP Santiago Abascal.
Pablo Iglesias razona:
Alguien podría decir que Vox prácticamente es una escisión del PP y hay parte de verdad en esta afirmación. Vox es parte de un proceso de reacción a lo que representa Podemos, pero sobre todo contra el independentismo catalán, unos términos de la conversación que generan los medios de comunicación y otros actores políticos como Ciudadanos, y esto no tiene nada que ver con los nazis que daban palizas, que disparaban y atentaban. Sin embargo, el caso de Kiko Méndez-Monasterio desmiente esto. Él viene de AuN, del partido liderado entonces por Ynestrillas, que, no lo olvidemos, fue juzgado por el atentado que causó la muerte del diputado de HB Josu Muguruza, aunque luego resultara absuelto.
La clave del surgimiento de Vox es principalmente su proyecto reaccionario contra Catalunya. También se ubica temporalmente en el auge del trumpismo y eso sí que define el modus operandi cultural de Vox. Sus relaciones con Steve Bannon (exasesor de Trump y creador del portal de desinformación Breitbart), sus contactos en América Latina demuestran cómo usan todos las mismas estrategias de normalización del bulo, la misma agresividad discursiva, la provocación… Y, al mismo tiempo, son la fuerza imprescindible para que el PP vuelva a estar en un consejo de ministros. En un contexto así, su posición estratégica está blindada. Si a esto añadimos el apoyo con el que cuentan de parte de los empresarios importantes, que tienen a su gente en los medios de comunicación, pues gozan de una posición táctica envidiable.
Vox aprovechó el referéndum en Catalunya para publicitarse, primero acusando al resto de partidos españolistas de ser demasiado tibios y posteriormente ejerciendo la acusación popular en la causa contra los líderes del procés. Pocos días después del referéndum, tras las numerosas exhibiciones ultraderechistas en el Estado, muchas de ellas violentas, el entonces líder de Podemos, Pablo Iglesias, participó en un acto de presentación de la candidatura de Catalunya en Comú a las elecciones de diciembre de 2017. Iglesias pronunció entonces una frase sobre el independentismo que, según él, no se entendió bien: «Sin quererlo o buscándolo, han ayudado a despertar el fantasma del fascismo»[170]. Desde el independentismo, se le acusó de responsabilizarlos del resurgir ultraderechista y las críticas le perseguirán hasta el día de hoy. Cuando lo entrevisté para este libro, le pedí que explicase exactamente a qué se refería con esas declaraciones y esto fue lo que me contestó:
Quizás esto lo tendría que haber explicado mejor. Se leyó como que «Ah, claro, no puedo ser independentista porque eso despierta a la extrema derecha, y tenemos que renunciar a nuestro proyecto y a nuestras ideas. Pues vosotros igual». Y no. A lo que me refería es que a una parte del independentismo le ha gustado exagerar una caricatura de España, que prácticamente decía que España es ultraderecha, es Intereconomía. Y al hacer eso estás contribuyendo a que España se parezca cada vez más a Intereconomía. Durante mucho tiempo se ha pensado que, cuanto peor, mejor. Si gobiernan el PP y la ultraderecha, mejor. Y no. Cuanto peor, peor. Precisamente lo que necesitas son alianzas y evitar hacer una caricatura que identifique ultraderecha con lo español, porque eso es muy injusto. Pero creo que no me supe explicar.
«Ha vuelto la ultraderecha», afirmaron algunos. En realidad, nunca se había ido desde la muerte de Franco, como bien documenta este libro, pero es verdad que muy poca gente la sufría y menos aún la combatía. Vox no es la ultraderecha callejera que agrede en las calles en manada. No es ese partido neonazi que convoca a un puñado de macarras dos veces al año para homenajear a don Pelayo o desfilar cada Doce de Octubre. Vox es otra cosa, aunque en muchos aspectos no difiera demasiado de quienes lo precedieron. El partido ha conseguido normalizar los discursos que otros partidos y organizaciones neonazis y neofascistas llevaban años difundiendo y ha sabido encajar a parte de esa ultraderecha marginal en sus filas. Esto lo reivindican incluso actuales militantes neonazis,[171] que públicamente reconocen:
[Vox] ha sido muy bueno a la hora de señalar un discurso que para nosotros era completamente marginal, porque en ningún momento tuvimos ni medios ni financiación, ni siquiera dirigentes o teóricos que hayan sabido llevar a la opinión pública, a las televisiones lo que ahora se dice desde las poltronas de un parlamento. Eso está de puta madre. Lo único que han hecho ha sido abrir un poquito la ventana de Overton. Lo que hay que hacer ahora es entrar, consolidarse y reventarla.
Quienes llevaban años luchando contra la extrema derecha en diferentes ámbitos se preguntaron cómo se combate entonces contra un partido con representación en casi todas las instituciones que cada día tiene sus minutos de gloria en los principales medios de comunicación; un partido que desde el primer momento había sido aceptado como un actor político más, sin el estigma de los viejos partidos de extrema derecha, que raramente aparecían en los medios de comunicación. En muchos casos, la respuesta —sobre todo por parte de aquellos que hasta la llegada de Vox no habían sufrido ni investigado a la extrema derecha— fue que se les ganaba en los debates con argumentos y sentido común. Sin embargo, estaba claro que los movimientos sociales y los grupos antifascistas, que no tienen acceso a los grandes medios ni al debate político en las instituciones, no podían quedarse de brazos cruzados y esperar que cuatro periodistas y cuatro políticos de izquierdas convencieran a millones de personas de que la ultraderecha no era una opción democrática más y esta acabase por rendirse. Según Iglesias, la palabra «antifascismo» volvió al debate público estos últimos años no solo para referirse a los grupos antifascistas, sino también al compromiso democrático ante la llegada de una formación postfascista como Vox.
Si tenemos que ponernos alguna medalla quienes hemos utilizado cierto lenguaje cuando tenía muy mala prensa, es la muy importante tarea educativa. En Europa, la palabra «antifascista» sirve para agrupar desde democristianos hasta liberales. En Italia la Constitución es antifascista y el antifascismo forma parte de un patrimonio que está en el origen de la Unión Europea. No es algo de radicales de extrema izquierda, como oímos tan a menudo aquí con cuñadeces del tipo «ni fascismo ni antifascismo», que es como decir «ni nazis ni judíos». Poco a poco —algunos periodistas lo han dicho por primera vez—, se empieza a entender los peligros de la bestia. Se empieza a hablar de Weimar, de Hindenburg, de Von Papen y de cómo la derecha contribuyó a la normalización del fascismo. Por suerte, se habla más de ello, porque es una realidad, un peligro presente.
Quienes venían informando, desvelando y alertando sobre la extrema derecha y los discursos de odio desde diferentes ámbitos aún hoy siguen haciéndolo y forman parte de ese frente imprescindible en toda batalla: la educación, la formación, la información y la sensibilización. La ofensiva de la extrema derecha, liderada por Vox, va más allá de su actividad política en las instituciones. Se sirve, además, de sus medios afines y de toda una serie de fundaciones y organizaciones que hemos retratado varios autores en el informe que coordiné en 2021 para la Fundación Rosa Luxemburgo sobre la derecha radical en el Estado español. Este informe es un extenso trabajo colectivo que pone luz sobre este fenómeno centrado en la actualidad, también más allá de Vox, y que sirve como herramienta de consulta para entender el alcance y las ramificaciones de todas las extremas derechas que existen en España.
Antes, el eurodiputado Miguel Urbán, también experto en extrema derecha, había publicado un pequeño libro muy incisivo y útil en el que explicaba lo que era Vox, de dónde venía y cuáles eran sus estrategias. La emergencia de Vox: apuntes para combatir a la extrema derecha española (Sylone, 2019)[172] desgrana los orígenes de este partido y sitúa perfectamente los ejes de su programa, del que no se cansa de repetir que es un instrumento al servicio de las élites. Urbán, miembro de Anticapitalistas (que salió de Podemos cuando el partido entró en el Gobierno) lleva años militando en movimientos sociales —incluido el antifascismo— y conoce muy bien la extrema derecha. Tanto en el libro como en sus charlas, Urbán —a quien también entrevisté para este capítulo— insiste en la necesidad de abordar este fenómeno sin perder de vista el papel que juega el neoliberalismo ante el auge de las extremas derechas.
Necesitamos la movilización de un antifascismo amplio que combata la emergencia de la pujanza electoral de la extrema derecha y, del mismo modo, exija cuentas al neoliberalismo por su responsabilidad en la acelerada emergencia de esta ola reaccionaria global en la que se inserta el fenómeno de Vox. Porque el ascenso de las «identidades oscuras» de la extrema derecha es inversamente proporcional a la desaparición de los vínculos de solidaridad de clase, un proceso íntimamente relacionado con la implacable lógica competitiva neoliberal del «aliento helado de la sociedad mercantil», que escribía Benjamin.
Siempre, una de las estrategias de la ultraderecha ha sido el victimismo. Vox lo ha utilizado constantemente y no solo para criminalizar a sus adversarios, sino también a cualquiera que no le riera las gracias. Incluso llegó a vetar a determinados periodistas y medios de comunicación, a los que acusaba de ser «panfletos de propaganda política».[173] Con esta estrategia consiguen presentarse como antiestablishment, que era lo que ya hacía la ultraderecha en otros países —concretamente Donald Trump—. Pero, sin los medios de comunicación, ni Vox ni el resto de las ultraderechas de diferentes países habrían conseguido la propaganda y el éxito que tienen hoy en día. No tanto por la voz que se les da y su aceptación como una opción democrática más, sino por los constantes relatos que difunden los medios de comunicación de masas, demasiadas veces en los mismos marcos de la ultraderecha. La espectacularización de la información, el sensacionalismo, la hipérbole, los sucesos, temas y marcos relacionados recurrentemente con asuntos securitarios proporcionan un campo sembrado para que la ultraderecha recoja la cosecha. Por eso, frente al relato de inseguridad esgrimido por la ultraderecha en España —uno de los países más seguros del mundo, donde precisamente en 2021 los índices de criminalidad están bajo mínimos—, Urbán insiste en fortalecer el trabajo de base en los barrios para contrarrestar la precariedad y que no cale el discurso del miedo.
El gran reto pasa por evitar la implantación social de fuerzas políticas de extrema derecha como Vox en los municipios y en los barrios populares, evitar que su basura xenófoba contamine nuestros barrios. Para que no pasen, aunque lleven trajes. En este sentido, se torna fundamental restablecer las solidaridades de clase que el shock neoliberal ha destruido, porque ante este vacío crecen los monstruos. La reconstrucción del tejido comunitario por parte de los movimientos sociales, el sindicalismo social de plataformas como la PAH o el Sindicato de Inquilinos y las nuevas formas de sindicalismo vinculadas a conflictos contra la creciente precariedad laboral son el mejor antídoto contra el ascenso de la extrema derecha.
Una de las estrategias de Vox para apuntalar su relato victimista y, a la vez, hacerse publicidad ha sido repetir la fórmula que otros ultraderechistas ya habían utilizado con mayor o menor éxito. Esto es, convocar actos en lugares donde saben que va a haber respuesta popular antifascista. Como ya se ha explicado anteriormente en este libro, eso no es nuevo. Ya lo hizo España 2000 en los barrios valencianos de Russafa, Cabanyal y Benimaclet, donde sabían que tendrían a los vecinos enfrente. El mismo recurso lo empleó Ynestrillas en Euskal Herria durante años. Por su parte, Vox no ha dejado de hacerlo desde que irrumpió en las instituciones, para lo cual aprovecha las sucesivas campañas electorales o simplemente busca cualquier excusa y se presenta allí donde puede llamar la atención, provocar a sus detractores y ser noticia. De paso, si la respuesta se torna violenta o la policía actúa provocando escenas violentas —aunque no haya habido incidentes— y hay detenidos, se pone en marcha el relato que buscan: ellos son demócratas y quienes protestan son unos intolerantes y violentos que no les permiten ejercer su derecho a la libre expresión. A esto se suma la posibilidad de que haya personas detenidas, una manera de desgastar, criminalizar y desacreditar de cara a la opinión pública a sus oponentes.
Esto es lo que ha ocurrido en diversas ocasiones durante las campañas electorales, principalmente en Catalunya y en el País Vasco, donde en muchos casos se produjeron protestas masivas y cargas policiales contra los antifascistas. Vox las aprovechaba estas escenas para sacar pecho como si hubiesen ido de cruzada a territorio enemigo, cuando lo cierto es que es una organización legal, un partido político que constitucionalmente tiene derecho a manifestarse donde considere, para lo cual las autoridades despliegan un amplio dispositivo de seguridad que mantiene a raya a los contramanifestantes.
Esta estrategia no funcionaría si no fuese porque la comparsa mediática reproduce el relato de los ultraderechistas. El ejemplo más evidente se dio en Vallecas, donde Vox fue a dar un mitin y cientos de vecinos se concentraron para protestar por la llegada de quienes consideran que este y otros barrios obreros son «estercoleros multiculturales». La consigna era que la protesta fuera totalmente pacífica y así estaba transcurriendo. De pronto el líder de Vox, Santiago Abascal, se bajó del escenario y, atravesando el cordón policial, se encaró con los manifestantes y consiguió provocar una carga policial contra estos. La policía, en vez de impedir la provocación para evitar incidentes, cargó con saña y sin justificación contra los vecinos. La carga provocó una estampida y que algunos manifestantes se enfrentaran a los agentes. Las cámaras y numerosos periodistas fueron testigos de ello. Estas imágenes las aprovecharon ciertos medios para presentar a los antifascistas como violentos. Aunque la protesta era pacífica, la acción de Abascal contra los manifestantes y la inmediata intervención policial desbarataron la situación y facilitaron que los medios pudieran reproducir el relato que la ultraderecha buscaba.
En este caso, la cosa fue a más, porque varios medios publicaron datos personales de algunos de los manifestantes y los relacionaron con Bukaneros, con colectivos antifascistas y con Podemos.
Nombres, apodos, fotos, trabajo, antecedentes policiales —que no implican condena y solo la policía conoce— y todo tipo de detalles empezaron a circular por foros de extrema derecha e incluso por tertulias políticas en televisión. En efecto, se filtró abundante información a los medios sobre varios manifestantes, especialmente los de quienes tenían algún tipo de relación con Podemos —uno de los detenidos trabajaba en la seguridad de este partido—. Después de que las imágenes aparecieran en las televisiones y las redes sociales y de que varios medios identificaran a los manifestantes, la policía realizó varias detenciones. De nuevo los ultraderechistas imponían su relato y conseguían presentarse como demócratas víctimas de los intolerantes antifascistas. El Español titulaba un artículo: «Radicales de izquierda intentan reventar el mitin de Abascal en Vallecas y agreden a la policía».[174]
Nada más anunciarse el acto de la ultraderecha, comenzó el debate. Mucha gente creía que esta había tendido una trampa y, a partir de la provocación, buscaba que hubiese una respuesta para darle publicidad. Otras personas pensaron que, si la protesta era pacífica, no habría ningún problema. Sin embargo, no es suficiente con la intención de los asistentes ni con que protesten de forma pacífica. Basta con que la otra parte provoque el desmadre para que los planes se vayan al traste, que fue lo que sucedió. La oportunidad que tuvo la prensa de relacionar los incidentes con los partidos de izquierda —concretamente con Podemos— en medio de la campaña electoral desató el festival en los medios, que usaron a los vallecanos como cabeza de turco.
Fuimos pocos los periodistas que nos apartamos del relato oficial. El periodista Antonio Maestre, que fue testigo de los hechos, lo dijo bien claro en su columna semanal de La Sexta:
La protesta de los vecinos contra la presencia de los posfascistas de Vox en su barrio transcurría de manera pacífica a pesar de las múltiples provocaciones que los militantes de Vox realizaban detrás del cerco policial hasta que Santiago Abascal decidió que lo que allí ocurría no era suficiente para victimizarse frente a la opinión pública con sus colaboracionistas mediáticos. El líder de Vox intentaba hablar, ayudado de una megafonía que impedía que su voz se oyera a más de diez metros ahogada por las proclamas de los vecinos. «Abascal, ponte a trabajar», se oía, cuando, de repente, todo se desmadró.
Abascal rompió el cerco policial. Todos sabemos lo que ocurre cuando está establecido un cerco policial por miembros de la UIP y alguien pretende atravesarlo de forma violenta. La policía actúa con firmeza con quien lo hace, pero en este caso, no. Tras hacerlo, Abascal volvió a la tribuna de oradores y los UIP comenzaron a cargar contra los vecinos que hasta ese momento habían protestado de manera pacífica. Pero ya no lo harían más. Abascal no necesita a su guardia de asalto porque usa las porras que están para servir a todos los ciudadanos de forma subrogada. Los vecinos respondieron a las cargas lanzando objetos, la policía agredió a varios periodistas y, entonces ya sí, el líder de Vox tenía la imagen que buscaba de un barrio que lo había repudiado con la palabra. Abascal buscaba violencia, y como no la encontraba la comenzó. El primer acto violento que se produjo ayer en Vallecas fue producido por Santiago Abascal. Aunque es algo que ocultarán sus colaboracionistas, aquellos que no estaban allí porque no se atreven a pisar las calles.[175]
Otros periodistas fueron testigos de los hechos e incluso recibieron porrazos de la policía a pesar de estar perfectamente acreditados. Pero los medios aprovecharon la vinculación laboral de algunos de los manifestantes antifascistas con Podemos para poner el foco en el partido morado y en Pablo Iglesias, obviando los hechos y los motivos que los provocaron.
Sin embargo, ninguno de estos medios se hizo eco de que uno de los detenidos denunció que había sido agredido en comisaría y en los propios juzgados. El periodista Guillermo Martínez entrevistó para Público a la hermana del joven, quien relató lo sucedido y mostró imágenes de las lesiones:
Después de que se fuera la letrada, le metieron en una sala, le desnudaron y le pegaron. Por allí, dice mi hermano, pasaron muchos policías, y algunos no le hacían nada, pero otros le daban collejas y le pegaban, creemos que con un anillo, porque tiene una herida con hematoma en la cabeza. También le humillaban con comentarios.
Tras pasar dos noches en los calabozos de la comisaría, el entonces detenido fue trasladado a los juzgados de plaza de Castilla. Según comenta su hermana, a la entrada dos guardias civiles se dijeron entre ellos: «Mira, este es el que pega a policías», y directamente a él: «Luego nos vemos». Tras la declaración ante el juez, este joven ha sido el último en abandonar el edificio, aunque justo antes de salir le han dicho que se esperara porque debía firmar un documento. «Le han metido en un cuarto y entre los dos guardias civiles que ya le habían amenazado, uno de ellos portando un cordón de oro en el cuello, le han vuelto a pegar y le han abierto la herida que tiene en la cara», expresa su hermana.[176]
Los colectivos vallecanos organizaron una rueda de prensa en la que aportaron el relato de los detenidos, los partes médicos y las fotografías de los heridos. Muy pocos medios se hicieron eco.
Vox ha repetido esta fórmula de provocación en numerosas ocasiones y a menudo ha conseguido la imagen que quería. El caso más grave de todos —por sus consecuencias— fue el que tuvo lugar en Zaragoza en enero de 2019. Mientras Vox daba un mitin en un auditorio, la policía cargó contra cientos de personas que se manifestaban en las inmediaciones del recinto, provocando carreras y enfrentamientos con grupos de jóvenes.
La policía arrestó a seis personas unas horas más tarde, cuando los incidentes habían terminado y se encontraban tomando algo en un bar. Francho es el padre de uno de ellos. Es actor de profesión y trabaja en Madrid en varias obras de microteatro. En el momento de la entrevista, está presentando un libro de teatro en el Salón Internacional del Libro.
Nos enteramos porque una amiga vio cómo detenían a nuestro hijo. Él intentó comunicarse con su madre, pero, como trabaja de camarera, no pudo atender la llamada. No le dejaron telefonear de nuevo, así que estuvimos sin saber de él más de veinticuatro horas —explica.
Su hijo les aseguró que no había participado en los disturbios y que todo había sido un error de la policía.
Empezamos tarde la campaña para pedir su libertad, porque estábamos seguros de que era un error y no había pruebas para incriminarlos. Sin embargo, la primera sentencia que les cayó fue de seis años. Encima, ahora el Tribunal Superior de Justicia de Aragón ha subido un año más: siete años de prisión.
Las únicas pruebas que había eran la declaración de la policía y un vídeo de las cámaras de seguridad de la universidad que no acredita la presencia de los detenidos en los hechos. Sin embargo, el juez no admitió ni siquiera el peritaje que encargó la defensa. Los condenó porque «podrían estar».
Francho intervino en las Cortes de Aragón junto a Pilar Vázquez —madre del joven— para denunciar la sentencia inicial de seis años de prisión.
Hasta un diputado del PP que es abogado me dijo que era una barbaridad, tanto por la sentencia como por la falta de pruebas —recuerda Francho—. No han demostrado que mi hijo haya hecho nada. Y eso es lo que deben hacer los jueces y la policía, detener y sentenciar con pruebas, no basarse únicamente en la palabra de un policía.
En diciembre de 2021, fui invitado a intervenir en un acto en el Congreso de los Diputados, en el que participarían diputados de Unidas Podemos, EH Bildu, ERC, Compromís, BNG y la CUP, junto al juez Joaquín Urías, la periodista Ana Pardo de Vera y el concejal de Zaragoza en Común y militante del PCE Alberto Cubero. Cubero había sido denunciado por Vox por un presunto delito de odio por sus declaraciones contra el partido ultraderechista. En la mesa lo acompañaba Javitxu, uno de los seis jóvenes de Zaragoza condenados, Bel Zulueta, diputada de EH Bildu y madre de uno de los jóvenes de Altsasu, y Vicky Rosell, diputada de Podemos que demostró haber sido víctima de una conspiración del juez Salvador Alba, por la que fue condenado a seis años y medio de cárcel tras años de campaña judicial y mediática contra ella. Que se escenificasen todas estas denuncias y la campaña de guerra sucia y lawfare contra la izquierda no gustó nada a la derecha, que días antes puso el foco mediático en este acto y trató de criminalizarlo señalando que en él se apoyaba a delincuentes (refiriéndose a los seis de Zaragoza). Dos miembros de Vox se colarían en el acto y harían sonar el himno de la Policía Nacional mediante un altavoz que habían dejado bajo los asientos. Aunque la acción fue del todo ridícula y el acto transcurrió sin más, los ultraderechistas lo presentaron en sus redes como una gran hazaña, lo que acabó por dar todavía más publicidad a los casos que se denunciaban.
Los jóvenes de Zaragoza se encuentran ahora en manos del Tribunal Supremo. De momento, Francho y otros padres y madres continúan dando charlas por todo el Estado para que no se olvide lo que consideran un abuso de poder materializado en una aberración judicial. Si hace falta, llegarán hasta el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Sin embargo, de momento reconocen la tortura que supone la incertidumbre y confiesan que la impotencia de saber que sus hijos son inocentes es un castigo añadido.
En Barcelona, también acabó con incidentes la protesta contra un acto de Vox en el barrio de El Raval, uno de esos «estercoleros multiculturales» de los que habla el partido ultraderechista cuando se refiere a los barrios obreros y diversos. El acto tuvo lugar el 2 de noviembre de 2020 y consistía en un paseo de varios líderes ultraderechistas por la calle. Ante la respuesta vecinal, los miembros de Vox acabaron atrincherados en un hotel protegidos por los Mossos d’Esquadra. Siete personas fueron denunciadas y hoy —mientras escribo estas líneas— la fiscalía acaba de pedir a cada una 36.000 euros de multa por delito de odio, daños y coacciones (más de 250.000 euros en total);[177] por su parte, la acusación particular —ejercida por varios líderes del partido— pide además seis años de prisión para los y las encausadas. De nuevo, el fiscal de delitos de odio de Barcelona considera delito de odio la protesta antifascista. Vox consigue así, una vez más, presentarse como víctima de quienes defienden la diversidad del barrio ante quienes los califican directamente de basura. Como en anteriores ocasiones, así consigue también amedrentar a todo aquel que muestre su rechazo.
Desde que se inició la campaña por la absolución de los seis de Zaragoza, numerosas organizaciones, cargos públicos, artistas, periodistas y personas de diferentes ámbitos han mostrado su apoyo público a los jóvenes. Francho reconoce que se ha sentido arropado, pero «la gente todavía tiene miedo a declararse antifascista. Miedo de significarse, aunque luego en el tú a tú te dan la razón». Tampoco esconde su decepción con el Gobierno, del que esperaba algo más que gestos individuales de apoyo.
Por eso mismo, le pregunté a Pablo Iglesias cómo explicaba que, con el Gobierno «más progresista de la historia», la ultraderecha siguiera gozando de tan evidente complacencia mientras los movimientos sociales seguían siendo constantemente machacados, las manifestaciones reprimidas con saña y la represión continuaba igual que siempre. Iglesias es consciente de estas críticas y no rehúye las preguntas.
En política hay un principio fundamental: tú no eres quien dices ser, sino tu capacidad de transformación. Cualquiera que haga política sabe lo que es tragar sapos, enfrentarse a las contradicciones. Como autocrítica, diré que nos equivocamos aceptando algo que en la práctica se demostró absolutamente irreal: que estábamos ante el Gobierno más progresista de la historia, y aceptamos el planteamiento retórico inicial de dos partidos y un solo Gobierno. Eso no ha sido verdad. Tenemos un Gobierno con las contradicciones propias de que el PSOE gobierne, donde, por primera vez en la historia, la izquierda participa. Con unas competencias enormemente menguadas. A partir de aquí, cada vez que hemos querido ir más allá de nuestras competencias o de los acuerdos firmados, nos han dicho que no. Para nosotros fue y es un suplicio hacer que se cumpla lo acordado, incluso en el marco de nuestras propias competencias.
Sin embargo, la ciudadanía es ajena a lo que sucede en los despachos. Los obreros de Cádiz a finales de noviembre de 2021 salieron masivamente a las calles para defender sus condiciones de trabajo se les respondió con balas de goma, gas lacrimógeno y hasta una tanqueta de la UIP. Las últimas protestas contra el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél y otras causas sociales fueron reprimidas con enorme dureza, mientras que en las protestas de la derecha y la extrema derecha la policía no actuaba o, al menos, no con la misma contundencia que empleaba contra las protestas de la izquierda. Eso fue lo que ocurrió en la protesta en Vallecas contra los confinamientos selectivos de determinados barrios de Madrid en octubre de 2020,[178] donde la policía cargó cuando los jóvenes de las primeras filas gritaban «¡Aquí están los antifascistas!» sin que se hubiese producido ningún altercado que justificara su actuación. Por este y muchos otros casos, las críticas contra Podemos como miembro del Gobierno han acompañado a la formación desde el primer día.
Muchas de las actuaciones policiales, aunque tengan como responsable político a Marlaska, no son una decisión política suya. A veces tiene que ver más con una falta de voluntad de poner límites a los mandos policiales, que actúan con absoluta impunidad porque son conscientes de que, hagan lo que hagan, el ministro del Interior les va a apoyar. Yo, cuando he discutido con Marlaska, le he enviado vídeos de cargas policiales y le he preguntado si consideraba que estaban justificadas. Siempre me contestó que sí, que se ajustaban a derecho. Yo sabía que me estaba mintiendo a la cara y él también. Pero lo que me estaba diciendo implícitamente era que no iba a desautorizar a un mando de la policía.
Aun así, cuesta entender que no haya líneas rojas. ¿Hasta dónde se está dispuesto a aguantar? ¿Por qué no se da un puñetazo en la mesa, se amenaza con romper la coalición y se dice basta? Muchas voces han pedido la salida de Podemos del Gobierno o han señalado su responsabilidad. Iglesias justifica que, a pesar de todo, Podemos permanezca en el Gobierno.
Comprendo a quien piensa que, si estás en un Gobierno y hay determinadas cosas que no cambian, es por falta de voluntad y que considera que es mucho más útil estar fuera. Pero yo creo que estar fuera no sirve absolutamente de nada. Pensar que Podemos ejerce más presión estando fuera es absurdo. Si fuera verdad que la presencia de Podemos en el Gobierno no cambiara cosas, ¿por qué esa agresividad de la ultraderecha, de los poderes económicos y de sus brazos mediáticos? Estos no se equivocan. Han tenido claro, con nombres y apellidos, quiénes eran las personas a las que tenían que machacar. Esto evidencia que haces cosas que transforman. El enemigo no se equivoca y sabe quién es el adversario al que hay que desgastar. Si el enemigo no te nombra, es que no existes.
El caso de los seis de Zaragoza no ha sido el único de estos últimos años donde la palabra de los agentes ha sido la única prueba que ha tenido en cuenta un juez para condenar a alguien. Esto ha llegado incluso a alcanzar a miembros del mismo Gobierno, lo que muchas voces han calificado de una muestra más del lawfare contra Podemos, esto es, el uso abusivo de procedimientos judiciales que, manteniendo una apariencia de legalidad, busca provocar el repudio popular contra oponentes e incluso debilitar o deponer Gobiernos. A finales de 2021, el diputado de Podemos Alberto Rodríguez fue condenado por una supuesta agresión a un policía en una manifestación años atrás. Isa Serra, diputada del mismo partido (y también presente en el acto del Congreso por los seis de Zaragoza), también fue condenada por una supuesta agresión a otro agente en un desahucio. Como se trataba de dos personajes públicos, se logró poner sobre la mesa el debate sobre que la palabra de la policía fuera la única prueba para condenar a alguien, lo que —como se relata en este libro— sucede cada vez en más ocasiones desde hace años.
Mientras las protestas contra Vox se saldaban con detenciones y campañas mediáticas que las criminalizaban, Pablo Iglesias sufrió durante meses un asedio constante a su domicilio sin ninguna consecuencia. Un grupo de ultraderechistas se concentraba frente a su domicilio con megáfonos y banderas de España todos los días e incluso llegaron a trepar por el muro y fotografiar a la familia.
Si eso pasa siendo vicepresidente y viviendo con una ministra [Irene Montero], que se supone que tienes a la Guardia Civil para proteger tu casa, imagínate lo que ocurriría si fuesen antifascistas quienes estuvieran rodeando la casa de un ministro del PP o del PSOE. No hay ninguna duda de lo que ocurriría y menos si además hay un despliegue previo de la Guardia Civil. Bueno, pues en mi caso los niveles de impunidad fueron increíbles. Durante un año toleraron las concentraciones y las manifestaciones frente a mi domicilio. Fue increíble —apunta Pablo.
Hasta que no detectó a uno de los ultraderechistas habituales encaramado al muro de la casa, la Guardia Civil no actuó. Ese día sí que se lo llevaron detenido.
En otra ocasión, miembros de un grupo neonazi se presentaron en un acto de campaña de las elecciones madrileñas para increpar a la comitiva de Podemos, en la que se encontraba Pablo Iglesias. Pablo se dirigió hacia ellos y se mantuvo firme ante uno de los neonazis, aguantándole la mirada a un palmo escaso de la cara. La imagen se viralizó en las redes sociales y fue noticia en varios medios. Concretamente en esta campaña electoral —con el trasfondo del auge de Vox y la amenaza de que gobernara la ciudad de Madrid y la comunidad junto al PP y Ciudadanos—, Podemos centró gran parte de su discurso en el antifascismo y muchas veces lo reivindicó sin complejos. El resto de los partidos progresistas, aunque puntualmente mencionaban la amenaza de la extrema derecha, prefirieron tratarlo más discretamente y no entraron en el marco fascismo-antifascismo porque pensaban que, si lo hacían, favorecerían al partido ultraderechista. De la misma manera, se le reprochó a Podemos reivindicar el antifascismo mientras formaba parte de un gobierno que reprimía a los antifascistas. Las diferentes formas de abordar este tema también supusieron un debate en el entorno de las izquierdas, atrapado en esta dicotomía.
El 2 de abril de 2021, la sede de Podemos en Cartagena sufrió un ataque con artefactos incendiarios acompañados de pintadas. Era el sexto ataque contra el local desde que tres años antes abriera sus puertas. A pesar de que se publicó el vídeo de las cámaras de seguridad y de la gravedad de los hechos, la ultraderecha intentó sembrar dudas y difundió el bulo de que se trataba de un autoatentado, un ataque de falsa bandera provocado por los propios miembros de Podemos para victimizarse. Sin embargo, meses más tarde la Policía Nacional arrestó como presuntos autores de los hechos a dos individuos relacionados con grupos de extrema derecha de la zona.
Cuando se conoció el arresto de uno de los implicados,[179] en agosto de 2021, el coordinador autonómico de Podemos, Javier Sánchez Serna, afirmó que el ataque «no es la obra de un desequilibrado que actúa por cuenta propia», porque no se trata de «un lobo solitario», sino que el atentado contra Podemos se produce «en medio de un caldo de violencia alimentado por la extrema derecha y sus discursos del odio». Y remató:
Los que arman estas mentes siguen campando a sus anchas y subiéndose a las tribunas de las instituciones y a los altavoces de los medios de comunicación para esparcir sus mensajes de odio.
Miguel Urbán ha denunciado en numerosas ocasiones el peligro del terrorismo de extrema derecha, como confirman los numerosos casos recientes en los que se han desarticulado peligrosas organizaciones neonazis armadas en Alemania, Italia, Austria, Reino Unido y Estados Unidos. De hecho, un artículo de elDiario.es señala:
Entre 2009 y 2018, la extrema derecha fue responsable del 73 por ciento de las víctimas mortales relacionadas con el extremismo dentro de Estados Unidos: los radicales de ultraderecha mataron a más personas en 2018 que en cualquier otro año desde 1995, cuando una bomba colocada por un extremista antigubernamental en la ciudad de Oklahoma mató a 168 personas en un edificio del gobierno federal.[180]
Lo mismo ocurre en Alemania, señaló en julio de 2020 Horst Seehofer, ministro del Interior, quien alertó del incremento de los delitos con un trasfondo de extrema derecha, racista y antisemita en la presentación de un informe de los servicios de inteligencia sobre 2019.
La cifra de delitos, el número de personas pertenecientes a estos círculos ultraderechistas y el número de los extremistas de derechas que están dispuestos a emplear la violencia ha crecido.[181]
El ministro conservador declaró que el terrorismo de extrema derecha era la principal amenaza del país.
Urbán asegura:
Nos encontramos ante un peligrosísimo auge del terrorismo ultraderechista y la ofensiva de las extremas derechas para estigmatizar y criminalizar al movimiento antifascista. Es fundamental rescatar la historia partisana y de resistencia del antifascismo como garante de la democracia en Europa. Pero también en España, no solo el antifascismo de la lucha antifranquista para conquistar la democracia, sino también el de la década de finales de los ochenta, los noventa y principios del siglo XXI que se enfrentaba al fenómeno del terrorismo callejero de los cabezas rapadas.
La equidistancia de los medios de comunicación y de la mayoría de los partidos, que tradicionalmente han reducido los enfrentamientos entre fascistas y antifascistas a una disputa entre tribus urbanas, esconde la incapacidad de enfrentarse a la dura tarea de analizar las motivaciones políticas de la violencia ultraderechista y razonar sus propias responsabilidades.
De todo el equipo de Gobierno, Iglesias se convirtió en el objetivo principal de la extrema derecha. La campaña en las redes contra él y la ministra de Igualdad, su compañera Irene Montero, fue a más e incluso llegó a recibir un sobre con balas y una carta amenazante durante la campaña electoral madrileña en 2021. A pesar de que el propio ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, también recibió otro sobre idéntico, el caso terminó archivado; según los investigadores, porque no se hallaron pruebas de su autoría.
En algún foro privado de policías incluso se justificaron estas amenazas («Quien siembra vientos recoge tempestades», afirmaba un usuario) y se vertieron comentarios denigrantes de elevado tono machista, homófobo y racista contra diversos miembros de Podemos y del PSOE, que fueron aplaudidos por el resto de miembros del grupo y tolerados por sus administradores; lo publiqué en La Marea[182] en abril de 2021, tras la filtración de un agente que era miembro de ese foro.