Antifascistas
47. La irrupción de Vox y la institucionalización del odio
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Antes de que Podemos entrara a formar parte del Gobierno, algunos chats policiales ya rezumaban cierto hedor a ultraderecha. El caso más sonado fue el que se llenó de imágenes de Hitler y comentarios denigrantes hacia la entonces alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Algunos de los comentarios que le dedicaron, acompañados de imágenes nazis, fueron: «Hija de la gran puta, roja de mierda mal parida», «Que se muera la vieja zorra ya», «Lo que es terrible es que ella no estuviera en el despacho de Atocha cuando mataron a sus compañeros». Aparte de otros comentarios de corte fascista: «Hitler sí era un señor, con él ya estarían las chimeneas echando humo». El caso fue archivado en enero de 2019.[183] Lo mismo sucedió con otro chat de altos mandos del Ejército, concretamente de la XIX promoción de la Academia del Aire, en el que se aseguraba: «No queda más remedio que empezar a fusilar a veintiséis millones de hijos de puta».
Tras el escándalo del chat de los militares en 2021 y la publicación de varios reportajes sobre la existencia de varios militantes neonazis en el Ejército, entrevisté a un militar en activo que quiso contar desde dentro que la ultraderecha está más que cómoda en las Fuerzas Armadas españolas. Tuvo que hacerlo encapuchado por miedo a las represalias. Organizamos un encuentro seguro, con todas las precauciones posibles para cerciorarnos de que nadie lo seguía ni podía acceder al recinto en el que realizamos la entrevista. Grabamos el encuentro en vídeo y lo publicamos en dos partes en La Marea.[184] No solo explicó que había militantes de organizaciones neonazis en cargos de responsabilidad del Ejército, sino que contó las prácticas abusivas de algunos mandos y sus privilegios gracias a la nula injerencia política en asuntos castrenses. A pesar de que Público desveló la identidad de militares neonazis en un artículo titulado «Un grupo neonazi de Murcia cuenta con un capitán del Aire y un sargento de Marina que instruyen a cadetes para ser oficiales»,[185] ninguna televisión se hizo eco de la denuncia.
A día de hoy, no se conoce ningún tipo de sanción o medida contra ellos. En cambio, el cabo Marco Santos sí que fue sancionado por firmar un manifiesto antifranquista; el manifiesto era la respuesta a otro de apoyo al dictador de ciertos altos mandos militares retirados, que, además, ni siquiera fue objeto de reproche por parte del Ministerio de Defensa. Otro caso es el del exteniente Luis Gonzalo Segura, que fue expulsado del Ejército por las múltiples denuncias que hizo sobre las Fuerzas Armadas. El título de su último libro es bastante revelador: El ejército de Vox. En él denuncia la vinculación de la ultraderecha con las Fuerzas Armadas. En las sucesivas elecciones desde la irrupción de Vox, se ha visto claramente que en los colegios electorales cercanos a los cuarteles el voto ultraderechista ha sido notable.
Todo esto sucede en un momento en el que la extrema derecha, con Vox a la cabeza, ya goza de una inmerecida pátina democrática en la política española. La frustración por las políticas fallidas del Gobierno de coalición en materia social y las limitaciones con las que Podemos justifica su poca capacidad de cambiar muchas cosas han provocado también el temor de que sea la ultraderecha la que recoja el descontento. Siempre se dice que la ultraderecha encuentra acomodo allí donde la izquierda falla. Pero también sería un error responsabilizar únicamente a un partido o delegar toda responsabilidad en las instituciones, sobre todo si estas críticas vienen de los movimientos sociales. El trabajo en los barrios, la política que está fuera del foco mediático y que hacen cada día miles de activistas y ciudadanos de a pie muchas veces es mucho más efectiva que la que se cuece en los despachos. Por eso hay que poner en valor la importancia de los movimientos sociales, gobierne quien gobierne. A Podemos también se le ha acusado de haber desmovilizado la calle y haber vampirizado los movimientos sociales. Sobre esto también le pregunté a Pablo Iglesias, que contestó:
Es verdad que Podemos vacía de cuadros muchos movimientos sociales. Para mí es un orgullo contar con personas que se han destacado en varias luchas, como la PAH, el movimiento estudiantil, los movimientos antiglobalización… Pero aquí quien se tiene que poner las pilas es quien milita en estos ámbitos, que tiene la obligación de presionar a una formación política cuando está en el Gobierno. Además, tiene la obligación de demostrar su fuerza, es decir, los movimientos sociales también deben ser objeto de crítica. Nosotros no podemos hacer todo como partido. A lo mejor os tenéis que movilizar vosotros, convocar huelgas y crear una presión en la calle que nos permita tener más fuerza para defender determinadas propuestas desde la política institucional. Todos tenemos nuestra responsabilidad allí donde intervenimos en política.
Tras las elecciones al Parlament de Catalunya el 14 de febrero de 2021, Vox entró en el Parlament de Catalunya con once diputados, liderados por Ignacio Garriga. Las fuerzas políticas ERC, CUP, JuntsXCat y En Comú-Podem pactaron excluir a Vox de la elección de senadores autonómicos y tomar determinadas medidas para aislar al partido de extrema derecha. Unos meses después, el periodista Roger Suso entrevistó en Público a varios diputados de estas formaciones para valorar esas medidas.[186] En el artículo, el diputado de ERC Pau Morales explicaba:
A día de hoy, la extrema derecha no tiene posiciones de relevancia, no logra marcar el ritmo del debate político del país y no ha prosperado ninguna de sus iniciativas.
Basha Changue, de la CUP, expone:
Lo que vemos es que tienen una estrategia de posicionamiento de discurso basada en la repetición de conceptos tanto en sus intervenciones como en sus iniciativas parlamentarias […]. Con un lenguaje llano y provocador, fomentando el racismo, la xenofobia, la misoginia y la represión, Vox ha normalizado el discurso del odio como una herramienta para obtener réditos políticos —en beneficio de las clases acomodadas— y generar división y fractura social entre las clases populares y las minorías.
El llamado «cordón sanitario» en otros países se aplica a la extrema derecha en los parlamentos y otras instituciones, y también cuenta con algunos ejemplos en el Estado español, pero no lo secundan todos los actores políticos; como ocurre en este caso de Catalunya, donde el PP, el PSOE y Ciudadanos no se han sumado al pacto. Sin embargo, Jéssica González (En Comú-Podem) reivindica:
Gracias a los acuerdos del pacto antifascista, estamos consiguiendo que Vox no pueda encontrar su sitio en el Parlament y tampoco en el país.
En el Estado español, no solo no existe este cordón sanitario, sino que la derecha ha abrazado a la ultraderecha desde que apareció en escena e incluso asume varias de sus condiciones a cambio de su apoyo para gobernar en distintos ayuntamientos y autonomías. El periodista Marco Schwartz publicaba en noviembre de 2021 una columna en elDiario.es en la que alertaba sobre el blanqueamiento de la extrema derecha en España y sus peligrosas consecuencias.
Respuestas clásicas contra el ascenso de los partidos ultras, como su aislamiento político mediante cordones sanitarios, no solo podrían resultar insuficientes en el largo plazo, sino que son hoy cada vez más ignoradas, como vemos en España, donde el PP asume a Vox como un aliado natural. […] Lo que se está produciendo más bien es una radicalización de la política, sobre todo de la derecha tradicional, ya sea por su dependencia de los partidos ultras para gobernar o por su necesidad de disputarles los votantes. […] Todo se está desarrollando, formalmente, dentro de cauces democráticos. Sin embargo, la deriva autoritaria en Polonia y Hungría, o las turbulencias que vivió Estados Unidos a raíz de la derrota electoral de Trump, son señales inquietantes de lo que puede suceder si los demócratas no reaccionan con la contundencia que exigen las circunstancias.[187]
Desde la irrupción de Vox en las instituciones, se han publicado numerosos artículos y libros que analizan el fenómeno y tratan de explicar el auge de la extrema derecha en España. Sin embargo, hasta hoy, ninguno ha explicado cómo se combatió a la extrema derecha hasta ese momento, porque nunca ha dejado de existir. No es mi intención en este libro explicar la llegada de Vox ni analizar esta formación. Sí quiero señalar que, como ya sucedió anteriormente con PxC en Catalunya, la lucha contra la extrema derecha ya no se limita a contraprogramar sus actos con manifestaciones, sino que se extiende a muchos otros ámbitos en los que se implican cada vez más sectores de la sociedad. Antes eran solo los grupos antifascistas los que plantaban cara, pero hoy la presencia y la normalización de la ultraderecha en todos los ámbitos está despertando cierta conciencia antifascista y un activismo que va más allá de las calles y que durante muchos años se ha echado de menos.