Al este del Edén
Cuarta parte » Capítulo 49
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Capítulo 49
1
Tanto Lee como Cal trataban de disuadir a Adam de que fuese a la estación a esperar el tren, el tren nocturno de Lark, proveniente de San Francisco, con destino a Los Ángeles.
—¿Por qué no dejamos que vaya Abra sola? —propuso Cal—. El querrá verla a ella primero.
—Me parece que no se dará cuenta de la presencia de los demás —aseguró Lee—. Así que poco importa que vayamos o no.
—Quiero ver cómo se apea del tren —intervino Adam—. Estará cambiado, y quiero comprobarlo.
—Sólo ha estado fuera un par de meses, así que no puede estar muy cambiado, ni mucho más viejo —expuso Lee.
—Estará cambiado. La experiencia le habrá hecho cambiar.
—Si usted va, todos tendremos que ir —observó Cal.
—¿Es que no quieres ver a tu hermano? —le preguntó Adam frunciendo el ceño.
—Claro que sí, pero es él quien no querrá verme, por lo menos al principio.
—Te equivocas —repuso Adam—. No subestimes a Aron.
Lee levantó las manos en un ademán de resignación.
—Al final iremos todos —vaticinó.
—¿Te imaginas? —dijo Adam—. Contará muchas novedades. Acaso hablará de un modo diferente. No sé si sabes, Lee, que en el este los muchachos adquieren el modo de hablar de su escuela. Gracias a eso se puede distinguir a un alumno de Harvard de uno de Princeton. Por lo menos, eso dicen.
—Escucharé con mucha atención —respondió Lee—. Me gustará saber qué clase de dialecto hablan en Stanford.
Y sonrió a Cal.
A Adam aquello no le pareció motivo de broma.
—¿Has puesto ya algunas frutas en su habitación? —preguntó al chino—. Ya sabes que le gusta mucho la fruta.
—He puesto peras, manzanas y uvas moscatel —contestó Lee.
—Sí, las uvas moscatel le gustan mucho. Lo recuerdo muy bien.
Acuciados por Adam, estaban en la estación del Southern Pacific media hora antes de la llegada del tren. Abra ya se encontraba allí.
—Mañana no podré ir a cenar, Lee —le avisó Abra—. Mi padre quiere que me quede en casa. Acudiré tan pronto como pueda.
—Pareces algo nerviosa —observó Lee.
—¿Es que tú no lo estás?
—Creo que sí —respondió Lee—. Mira hacia la vía y dime si está puesta la señal verde.
Los horarios ferroviarios son causa de orgullo o de aprensión para casi todo el mundo. Cuando a lo lejos se divisó que la señal roja cambió a verde y el largo haz luminoso del faro del tren dobló la curva e iluminó la estación, los hombres que se hallaban en el andén consultaron sus relojes y dijeron: «Llega puntual».
En ese aserto había orgullo mezclado con alivio. Cada vez le damos más valor a una pequeña diferencia de segundos. Y a medida que las actividades humanas se vuelven más entremezcladas e integradas unas en otras, la décima de segundo va adquiriendo mayor importancia, de tal forma que llegará un momento en que se tendrá que encontrar un nuevo nombre para la centésima de segundo; incluso, puede que algún día, si bien no lo creo probable, nos sorprendamos diciendo: «¡Oh, que se vaya al infierno! ¿Qué importa una hora más o menos?». Pero esta preocupación por las pequeñas unidades de tiempo es muy legítima. Tarde o temprano aparece algo que desbarata cuanto te rodea, y el desorden que crea se esparce en círculos concéntricos, como las ondas que se forman al arrojar una piedra en un lago tranquilo.
El tren de Lark llegó con tal velocidad que parecía que no se iba a detener. Y sólo cuando hubieron pasado y se encontraron a bastante distancia la máquina y los furgones de equipaje, los frenos soltaron su agudo silbido, y el hierro rechinó, como si protestara por tener que detenerse.
Del tren se apeó una multitud de personas que volvían a Salinas con motivo del día de Acción de Gracias, y de cuyas manos pendían paquetes y cajas envueltas en papel. Adam y los suyos tardaron un momento en localizar a Aron. Y cuando lo vieron, les pareció más alto que antes.
Se tocaba con un sombrero plano y de ala estrecha, muy elegante, y cuando los vio se puso a correr agitándolo, dejando ver su rubio cabello, tan corto que se le quedaba de punta. Sus ojos brillaban, y ellos rieron de placer al verlo.
Aron dejó su maleta y levantó a Abra del suelo, abrazándola fuertemente. Después de depositarla de nuevo en el suelo, estrechó las manos de Adam y de Cal. Luego abrazó a Lee y casi lo estrujó.
De regreso a casa todos hablaban a la vez: «¿Cómo estás?», «Tienes muy buen aspecto».
—Abra, estás muy guapa.
—No es cierto. ¿Por qué te has cortado el pelo?
—Allí todos lo llevan así.
—¡Pero tienes un cabello tan bonito!
Subieron a toda prisa por la calle Mayor, siguieron una manzana, y al doblar la esquina de la calle Central pasaron ante la panadería de Reynaud, en cuyo escaparate estaba expuesto un extenso surtido de panes franceses. La señora Reynaud, de cabellos negros, los saludó con su mano blanca de harina. Habían llegado a casa.
—¿Hay café, Lee? —preguntó Adam.
—Lo preparé antes de salir. Se está calentando.
Pronto tuvo las tazas dispuestas. Ahora estaban todos reunidos: Aron y Abra en el sofá, Adam en su sillón bajo la lámpara, Lee sirviendo el café y Cal apoyado en el marco de la puerta del vestíbulo. Todos permanecían silenciosos, porque era demasiado tarde para saludar y demasiado temprano para empezar a hablar de otras cosas.
—Cuéntame cómo te ha ido —dijo Adam—. ¿Has obtenido buenas notas?
—Los exámenes finales no tienen lugar hasta el mes que viene, padre.
—Ah, ya comprendo. Pero de cualquier modo, estoy seguro de que tendrás buenas notas. Absolutamente seguro.
A pesar de sí mismo, una mueca de impaciencia apareció en el rostro de Aron.
—Seguro que estás cansado —comentó Adam—. Bien, ya hablaremos mañana.
—Pues yo creo que no lo está. Apostaría a que quiere estar solo —observó Lee.
Adam miró a Lee y dijo:
—Desde luego, desde luego. ¿Te parece que vayamos todos a acostarnos?
Abra encontró la solución.
—Yo no debería llegar tarde a casa —dijo—. Aron, ¿por qué no me acompañas? Mañana podremos estar todos juntos.
Durante el camino, Aron iba aferrado a su brazo. Temblaba.
—Va a helar —observó.
—¿Estás contento de haber vuelto?
—Sí, lo estoy. Tengo muchas cosas que contarte.
—¿Cosas buenas?
—Puede. Espero que así te lo parezcan.
—Estás muy serio.
—Es que se trata de algo serio.
—¿Cuándo tienes que volver?
—El domingo por la noche.
—Tenemos mucho tiempo. Yo también quiero contarte algunas cosas. Nos queda todo mañana, el viernes, el sábado y todo el domingo. ¿No te importará no entrar en mi casa esta noche?
—¿Por qué no he de entrar?
—Más tarde te lo diré.
—Quiero que me lo digas ahora.
—Es que mi padre ha tenido uno de sus prontos.
—¿Contra mí?
—Sí. Mañana no puedo ir a cenar con vosotros, pero no pienso comer mucho en casa. Así es que puedes decirle a Lee que me guarde un plato.
La timidez comenzó a apoderarse de él. La joven se dio cuenta de ello, pues notó que no le asía el brazo con tanta fuerza. Al observar su silencio, lo miró a la cara.
—No debía habértelo dicho esta noche.
—Sí, sí que debías —respondió él lentamente—. Dime la verdad. ¿Sigues queriéndome?
—Naturalmente.
—Entonces, todo está bien. Ahora me voy. Ya hablaremos mañana.
Él la dejó a la puerta de su casa, después de rozarle ligeramente los labios con los suyos. A ella le dolió que se hubiese conformado con tanta facilidad, y rió con amargura al pensar que podía preguntar una cosa y sentirse lastimada con la respuesta. Le observó alejarse a grandes pasos, bajo la luz proyectada por el farol de la esquina. Abra pensó que debía de estar loca, que todo eran imaginaciones suyas.
2
Una vez en su dormitorio, y después de haber dado las buenas noches a todos, Aron se sentó en el borde de la cama y miró sus manos, que tenía entre las rodillas. Se sentía abatido e indefenso, envuelto entre el algodón de las ambiciones de su padre, como un huevo de ave. No se había dado cuenta hasta aquella misma noche de esa presión, y se preguntaba si tendría el valor de librarse de aquella fuerza suave y persistente. No debía precipitarse. La casa parecía fría y repleta de una humedad que le hacía temblar. Se levantó y abrió suavemente la puerta. Había luz bajo la puerta de Cal. Llamó y entró sin esperar respuesta.
Cal estaba sentado ante un escritorio nuevo. Estaba trabajando con papel de tela y un rollo de cinta roja, y cuando entró Aron cubrió a toda prisa algo que había sobre su escritorio con un papel secante.
Aron sonrió.
—¿Regalitos?
—Sí —dijo Cal, sin añadir más.
—Me gustaría hablar contigo.
—¡Claro, pasa! Habla bajo o vendrá padre. No quiere perderse ni un momento.
Aron se sentó en la cama. Como no se decidía a hablar, Cal le preguntó:
—¿Qué te pasa? ¿Te ocurre algo?
—No, nada. Sólo quiero hablar contigo. Cal, no quiero seguir estudiando.
Cal volvió la cabeza.
—¿Ah, no? ¿Y por qué?
—Es que no me gusta.
—Supongo que no se lo habrás dicho a padre. Le darías un disgusto. Bastante tiene con que yo no quería estudiar. ¿Qué piensas hacer?
—He pensado que podría encargarme del rancho.
—¿Y Abra?
—Hace mucho tiempo me dijo que eso es lo que le gustaría.
Cal observó el rostro de su hermano.
—El rancho está arrendado.
—Bueno, por ahora sólo es una idea.
—La agricultura no da dinero —observó Cal.
—Yo no quiero mucho dinero. El suficiente para vivir.
—Para mí eso no es bastante —replicó Cal—. Yo quiero ganar mucho dinero, y te aseguro que lo conseguiré.
—¿Cómo?
Cal se sentía más viejo y más seguro de sí mismo que su hermano. Experimentaba hacia él un sentimiento protector.
—Si sigues en la universidad, yo empezaré por mi cuenta y pondré los cimientos. Luego, cuando acabes, podemos ser socios. Yo tendré el capital y tú los estudios. Eso estaría muy bien.
—No quiero volver. ¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque padre quiere que lo hagas.
—Eso no me hará regresar.
Cal miró a su hermano con cierta expresión de enojo, y paseó su mirada por los rubios cabellos y los grandes ojos, y, de pronto, comprendió, sin el menor género de duda, por qué su padre quería tanto a Aron.
—Consúltalo con la almohada —le aconsejó. Por lo menos termina este curso. No tomes aún ninguna determinación.
Aron se levantó y se dirigió a la puerta.
—¿Para quién es ese regalo? —preguntó.
—Para padre. Mañana lo verás, después de la cena.
—No estamos en Navidad.
—No —contestó Cal—. Es mejor que Navidad.
Cuando Aron hubo vuelto a su habitación, Cal destapó su regalo. Contó los quince billetes nuevos una vez más, tan tersos que producían un sonido agudo y crujiente. La sucursal del Banco de Monterrey tuvo que mandarlos a buscar a San Francisco, y sólo consintieron en hacerlo cuando se les explicó a qué fin se destinaban. En el banco se sentían sorprendidos y desconfiados al ver, primero, que un mozalbete de diecisiete años había ganado tanto dinero, y, en segundo lugar, que lo sacase de allí. A los banqueros no les gusta que el dinero se maneje a la ligera, aunque sea para un fin sentimental. Fue necesaria la palabra de Will Hamilton para que el banco creyese que aquel dinero pertenecía a Cal, que era una suma ganada honradamente y que podía disponer de la misma a su antojo.
Cal envolvió de nuevo el fajo de billetes y lo ató con la cinta roja, terminada por una especie de burbuja, que a duras penas se reconocía como un lazo. Por su tamaño, el paquete lo mismo podría haber contenido un pañuelo. Lo ocultó bajo las camisas de su armario y fue a acostarse. Pero no podía dormir.
Estaba nervioso y al mismo tiempo indeciso. Deseaba que el día hubiese pasado y haber entregado ya el regalo. Repitió mentalmente lo que pensaba decir: «Esto es para usted». «¿Qué es?». «Un regalo».
De aquí en adelante, ya no sabía qué sucedería. Empezó a dar vueltas en la cama, y al amanecer se levantó, se vistió y se deslizó subrepticiamente fuera de la casa.
En la calle Mayor vio al viejo Martin barriendo la calzada con una escoba de establo. Los concejales del ayuntamiento estaban deliberando acerca de si debían adquirir una barredera mecánica. El viejo Martin esperaba que él fuese el encargado de conducirla, pero no tenía muchas esperanzas. La tecnología era para los jóvenes. El carro de la basura de Bacigalupi pasó junto a él, y Martin lo siguió con una mirada despiadada; aquel sí que era un buen negocio. Aquellos tipos estaban enriqueciéndose.
La calle Mayor estaba vacía, a no ser por algunos perros que olisqueaban las puertas cerradas y la soñolienta actividad en torno al figón de San Francisco. El nuevo taxi de Pet Bulene estaba aparcado frente a él, porque Pet había sido advertido la noche antes de que debía llevar a las Williams a la estación, para tomar el tren de la mañana hacia San Francisco.
El viejo Martin llamó a Cal.
—¿Tienes un cigarrillo, muchacho?
Cal se detuvo y sacó su paquete de Murads.
—¡Oh, éstos son de lujo! —observó Martin—. ¿No tendrás también un fósforo?
Cal le encendió el cigarrillo, teniendo cuidado de no prender fuego a la barba del viejo.
Martin se apoyó sobre el mango de su escoba y aspiró el humo, desconsolado.
—Lo mejor se lo dan a los jóvenes —dijo—. No me dejarán que la conduzca.
—¿Qué? —preguntó Cal.
—Pues la nueva barredera. ¿No estás enterado? ¿Es que estás en la luna, chico?
Le parecía increíble que cualquier ser humano razonablemente informado no estuviese enterado de lo de la barredera. Entonces se olvidó de la presencia de Cal. Acaso los Bacigalupi le darían algún trabajo. Ganaban dinero a espuertas. Tres carros y un nuevo camión.
Cal dobló la esquina de la calle Alisal, entró en la oficina de Correos y miró por la ventanilla del apartado 32, que estaba vacío.
Volvió a casa y encontró a Lee ya levantado y rellenando un enorme pavo.
—¿No te has acostado en toda la noche? —preguntó Lee.
—Claro que sí. He salido a dar una vuelta.
—¿Estás nervioso?
—Sí.
—No te lo reprocho. Yo también lo estaría. Es difícil regalar cosas a otras personas, aunque creo que todavía es más difícil recibirlas. Eso parece una tontería, ¿no es verdad? ¿Quieres café?
—Sí, por favor.
Lee se secó las manos y sirvió café para él y para Cal.
—¿Cómo has encontrado a Aron?
—Pues, bien.
—¿Has hablado con él?
—No —respondió Cal.
Así era más fácil. Lee hubiera querido saber lo que habían dicho. Aquél no era el día de Aron, sino el de Cal. Se lo había preparado cuidadosamente y lo quería para sí. No permitiría que se le escapase.
Aron entró con ojos todavía soñolientos.
—¿A qué hora cenaremos, Lee?
—No lo sé, a las tres y media o a las cuatro.
—¿No podrías prepararlo para las cinco?
—Creo que sí, si Adam no tiene ningún inconveniente. ¿Por qué, Aron?
—Verás, es que Abra no puede venir antes de esa hora. Tengo un plan que quiero exponerle a mi padre y prefiero que ella esté aquí.
—Supongo que no habrá dificultad alguna —dijo Lee.
Cal se levantó rápidamente y subió a su cuarto. Se sentó ante su escritorio, con la lámpara vuelta hacia arriba, y se agitó desazonado y resentido. Aron, sin hacer el menor esfuerzo, le estaba robando aquel día, que resultaría ser el de su hermano y no el suyo. De pronto, se sintió profundamente avergonzado. Se cubrió los ojos con las manos y se dijo: «Sólo son celos. Estoy celoso. Eso es. Estoy celoso. No quiero estar celoso». Y repitió una y otra vez: «Celoso, celoso, celoso», como si expresándolo en voz alta pudiera destruirlo. Y después de esto, continuó infligiéndose su castigo: «¿Por qué doy este dinero a mi padre? ¿Es por su bien? No; es por el mío. Will Hamilton ya lo dijo, estoy tratando de comprarlo. Esto no es decente, ni yo tampoco lo soy. Aquí estoy sentado, revolcándome en la envidia y los celos por mi hermano. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre?».
Se susurró con voz ronca: «¿Por qué no ser honrado? Yo sé muy bien por qué mi padre quiere tanto a Aron. Es porque se parece a ella. Mi padre nunca ha conseguido olvidarla. Puede que no lo sepa, pero así es. Me pregunto si él es consciente. Y por eso también tengo celos de ella. ¿Por qué no tomo mi dinero y me largo? Ellos no me echarían de menos. En poco tiempo se olvidarían incluso de mi existencia, todos menos Lee. Aunque quizás, él tampoco me quiera». Apoyó la frente en sus puños. «¿Tendrá Aron que sostener estas luchas interiores? No lo creo; pero ¿cómo puedo saberlo? Aunque se lo preguntase, no me lo diría».
La mente de Cal se doblegó bajo el peso de la ira y de la compasión que sentía por sí mismo. Y entonces oyó una nueva voz, que decía con frialdad y desprecio: «¿Por qué no admites honradamente que este vapuleo al que te estás sometiendo te produce placer? Ésa es la única verdad. ¿Por qué no te limitas a ser lo que eres y a obrar según tus impulsos?».
Cal se sentó, aturdido por este pensamiento. ¿Placer? Desde luego. Azotándose a sí mismo se protegía y evitaba que otro lo hiciese. Su mente se puso en tensión. Sí, había que dar el dinero, pero darlo con despreocupación. No sentirse cohibido por nada. Librarse de prejuicios. Limitarse a darlo, y no pensar más en ello. Y ahora dejar de pensar también. Darlo, darlo. Darle el día a Aron. ¿Por qué no? Se levantó de un salto y corrió a la cocina.
Aron mantenía el pavo abierto mientras Lee embutía el relleno en la cavidad. El horno crujió y emitió un chasquido con el calor. Lee dijo:
—Veamos, nueve kilos, veinte minutos por kilo, lo cual hace nueve veces veinte, o sea, ciento ochenta minutos, igual a tres horas —y se puso a contar con los dedos: Once, doce, una…
—Cuando termines, Aron, ven a dar un paseo —dijo Cal.
—¿Adónde? —preguntó Aron.
—Por la ciudad. Quiero preguntarte algo.
Cal llevó a su hermano al otro lado de la calle, a casa de Berges y Garrisiere, que importaban vinos de marca y licores.
—Tengo algún dinero, Aron, y he pensado que quizá te gustaría comprar vino para la cena. Yo te daré el dinero —le propuso Cal.
—¿Qué clase de vino?
—Celebrémoslo como es debido. Compremos champán, puede ser tu regalo.
—Sois demasiado jóvenes, muchachos —les dijo Joe Garrisiere.
—¿Para cenar? Sí, claro, somos demasiado jóvenes.
—Lo siento, pero no puedo venderos bebidas alcohólicas.
—Pero no se negará usted a que lo paguemos ahora, y después se lo envía a nuestro padre —repuso Cal.
—Eso es diferente —dijo Joe Garrisiere—. Tenemos un Oeil de Perdrix que…
Frunció los labios como si lo estuviese probando.
—¿Qué es eso? —preguntó Cal.
—Champán, pero muy bueno, del mismo color que el ojo de una perdiz, rosado, oscuro y seco. Cuatro cincuenta la botella.
—¿No te parece un poco caro? —preguntó Aron.
—¡Claro que es caro! —afirmó Cal riendo—. Envíe tres botellas, Joe —y dijo a Aron: Ése será tu regalo.
3
Para Cal, aquel día era interminable. Deseaba dejar la casa y no podía. A las once, Adam se dirigió a la oficina de alistamiento para echar un vistazo a los datos de una nueva quinta que iba a ser llamada.
Aron parecía estar perfectamente tranquilo. Se sentó en el salón, mirando los grabados y las historietas de números atrasados de la Review of Reviews. Desde la cocina se empezaban a esparcir por toda la casa los aromas del jugoso pavo asado.
Cal fue a su habitación y tomó su regalo, colocándolo en su escritorio. Trató de escribir una tarjeta para ponerla encima: «A mi padre, de su hijo Caleb». «A Adam Trask de Caleb Trask». Rompió las tarjetas en menudos pedacitos, que arrojó luego al retrete.
Pensó: «¿Por qué dárselo hoy? Tal vez mañana podría acercarme a él con toda calma y decirle: “Esto es para usted”, y después irme. Sería más fácil. Pero no», se dijo en voz alta. «Quiero que los demás lo vean». Tenía que ser así. Pero sentía una opresión en el pecho y las palmas de las manos cubiertas de sudor frío. Y pensó en la mañana de aquel día en que su padre lo sacó del calabozo. La cálida intimidad y la confianza que le demostró su padre eran cosas dignas de ser recordadas. Incluso llegó a decirle: «Tengo confianza en ti». Ante este pensamiento, se sintió mucho más reconfortado.
Alrededor de las tres, oyó entrar a Adam y el sonido de voces que conversaban en el salón. Cal fue a reunirse entonces con su padre y Aron.
Adam estaba diciendo:
—Los tiempos han cambiado. Un joven debe especializarse, o no irá a ninguna parte. Supongo que por eso me alegro de que vayas a la universidad.
—He estado pensando en eso y tengo mis dudas —respondió Aron.
—Pues no le des más vueltas. Tu primera decisión es la más acertada. Mírame. Yo sé un poquito de todo, pero no lo suficiente sobre una cosa concreta para ganarme la vida en estos tiempos.
Cal se sentó en silencio. Adam no había reparado en su presencia. Su rostro expresaba una gran concentración interior.
—Es una cosa muy natural que un hombre quiera ver triunfar a su hijo —prosiguió diciendo Adam—. Tal vez yo tenga más visión de futuro que tú.
Lee asomó la cabeza.
—Las balanzas de la cocina deben de estar mal —observó. El pavo estará listo antes de lo que señala la receta. Apostaría a que no pesaba nueve kilos.
—Bueno, puedes conservarlo caliente —le aconsejó Adam, y continuó—: El viejo Sam Hamilton ya lo preveía. Dijo que los filósofos universales dejarían de existir. El peso de los conocimientos actuales es demasiado grande para una sola mente. Dijo que llegaría el día en que cada hombre sólo sería capaz de conocer una pequeña parte, pero la conocería muy bien.
—Sí —corroboró Lee desde la puerta—. Y lamentaba que así fuese. Es más, lo detestaba.
—¿De veras? —preguntó Adam.
Lee entró en la estancia con un gran cucharón en la mano derecha, mientras con la izquierda formaba un cuenco bajo ella, por miedo a que cayesen gotas en la alfombra. Pero al entrar en la habitación, se olvidó de ello y empezó a blandir su cucharón, esparciendo gotas de grasiento caldo de pavo por el suelo.
—Ahora que usted lo dice, tengo que confesarle que no lo sé —admitió—. No sé si lo detestaba, o soy yo quien lo detesto por él.
—No te excites tanto —dijo Adam—. Parece como si no pudiéramos discutir sobre nada, ya que te lo tomas como un insulto personal.
—Tal vez lo que sucede es que los conocimientos son demasiado vastos y los hombres se han vuelto demasiado pequeños —repuso Lee—. Acaso al arrodillarse para examinar los átomos, sus almas se han vuelto también minúsculas como ellos. Quizás un especialista no sea más que un cobarde, temeroso de mirar fuera de su pequeña jaula. Y piense en lo que pierde cualquier especialista: el mundo entero que se extiende más allá de su valla.
—Hablábamos sólo de un medio para ganarse la vida.
—La vida, o sea, dinero —dijo Lee con excitación—. El dinero es muy fácil de hacer si no se quiere otra cosa. Pero con unas pocas excepciones, lo que los hombres quieren no es dinero, sino lujo, amor y ser admirados.
—De acuerdo. Pero ¿tienes alguna objeción que hacer a los estudios universitarios? De eso es de lo que estamos hablando.
—Lo siento —se excusó Lee—. Tiene usted razón, me excito demasiado. No, si la universidad le sirve a un hombre para hallar su relación con su mundo circundante. En ese caso, no tengo ninguna objeción que hacer. ¿No es así, Aron? ¿No es así?
—No lo sé —respondió Aron.
Un siseo llegó de la cocina.
—Los malditos menudillos están hirviendo y van a salirse de la olla —dijo Lee.
Y salió a todo correr de la estancia.
Adam lo siguió con una mirada afectuosa.
—¡Qué hombre tan bueno! ¡Qué amigo tan excelente!
—Desearía que llegase a centenario —dijo Aron.
Su padre soltó una risita.
—¿Y cómo sabes que no tiene ya cien años?
—¿Cómo va la fábrica de hielo, padre? —preguntó Cal.
—Pues bastante bien. Cubre los gastos y deja un pequeño margen de beneficio. ¿Por qué me lo preguntas?
—Tengo un par de ideas para sacarle realmente provecho.
—Hoy no —dijo Adam tajante—. El lunes, si te acuerdas, pero hoy no. Sabes —prosiguió Adam—, hace tiempo que no recuerdo sentirme tan contento como hoy. Me siento…, bueno, digamos satisfecho. Tal vez se deba únicamente a que he dormido muy bien esta noche y he tomado un buen baño. O tal vez sea porque estamos todos juntos y en paz. —Sonrió a Aron—. No sabíamos lo que representabas para nosotros hasta que nos dejaste.
—Yo sentía mucha nostalgia —confesó Aron—. Los primeros cinco días creí que no podría soportarlo de ninguna manera.
Abra entró de pronto en la habitación. Sus mejillas estaban sonrosadas y tenía un aspecto radiante.
—¿Ya habéis visto que hay nieve en el Monte Toro? —preguntó.
—Sí, ya lo he visto —contestó Aron. Dicen que eso significa que el año próximo será bueno. Y nosotros tendremos que sacarle mucho provecho.
—Sólo he picado unas cositas —dijo Abra—. Preferiría cenar aquí.
Lee se excusó por la comida, como un viejo atontado. Culpó a la cocina de gas, que no calentaba como una buena estufa de leña. Culpó también a la nueva raza de pavos, a los cuales les faltaba algo que los de antaño poseían. Pero rió con todos ellos cuando aseguraron que parecía una vieja deseosa de oír cumplidos.
A la hora del budín de ciruelas, Adam descorchó el champán, y lo bebieron con toda parsimonia. Sobre la mesa se formó una atmósfera ceremoniosa, y apuraron sus copas. Se hicieron brindis. Cada uno bebió a la salud de los demás, y Adam hizo un pequeño discurso dirigiéndose a Abra cuando bebió la suya.
Los ojos de la joven brillaban y, por debajo de la mesa, Aron le oprimía la mano. El vino embotó el nerviosismo de Cal, y ya no sentía temor ante la idea de ofrecerle el regalo a su padre.
Cuando Adam hubo terminado el budín, dijo:
—Creo que nunca hemos celebrado un día de Acción de Gracias tan bueno como éste.
Cal metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó el paquete atado con la cinta roja y lo empujó por encima de la mesa hasta situarlo frente a su padre.
—¿Qué es esto? —preguntó Adam.
—Es un regalo.
Adam parecía muy contento.
—No es Navidad, pero hay regalos. ¡Vamos a ver qué es!
—Un pañuelo —aventuró Abra.
Adam desató la burda lazada, desplegó el papel de tela y se quedó mirando los billetes.
—¿Qué es eso? —preguntó Abra.
Y se levantó para mirar. Aron se inclinó hacia delante. Lee, en la puerta, trató de hacer desaparecer de su rostro la expresión de preocupación. Miró de soslayo a Cal y vio la luz de triunfo y de alegría que brillaba en sus ojos.
Muy lentamente, Adam movió sus dedos y desplegó los billetes como si fuesen naipes. Su voz parecía venir de muy lejos.
—¿Qué es eso? ¿Qué…?
Y se interrumpió.
Cal tragó saliva.
—Es…, yo lo gané, para darle…, para indemnizarle por lo que perdió con las lechugas.
Adam levantó la cabeza.
—¿Tú lo has ganado? ¿Cómo?
—El señor Hamilton…, lo ganamos juntos…, con las habas —prosiguió apresuradamente—. Compramos cosechas futuras a dos centavos y medio, y cuando el precio subió… Es para usted, quince mil dólares. Para usted.
Adam reunió los nuevos billetes hasta juntar sus bordes, dobló el envoltorio cuidadosamente y volvió las puntas del papel de tela. Miró a Lee con expresión abatida. Cal sintió como si la atmósfera estuviese cargada de algo terrible y calamitoso, y una profunda tristeza se apoderó de él. Oyó que su padre decía:
—Tendrás que devolverlo.
—¿Devolverlo? ¿Devolverlo a quién? —preguntó.
—A los que te lo dieron.
—¿A la Agencia de Compras Británica? No lo aceptarían. Pagan seis centavos y medio por kilo de habas en todo el país.
—Entonces, entrégaselo a los granjeros a quienes habéis robado.
—¿Robado? —gritó Cal—. Les pagamos dos centavos más por kilo de lo que ellos reciben en el mercado. Nosotros no les hemos robado. Cal se sentía como suspendido en el espacio, y le daba la sensación de que el tiempo pasaba muy lentamente.
Su padre tardó mucho tiempo en responder. Entre sus palabras parecía haber largos espacios.
—Yo envío soldados a Europa —le explicó—. Pongo mi firma y ellos van. Y algunos morirán, y otros quedarán sin brazos o sin piernas para toda su vida. Ninguno de ellos regresará incólume. Hijo mío, ¿piensas que yo puedo aprovecharme de ello?
—Lo he hecho por usted —replicó Cal—. Quería que recuperase el dinero que perdió.
—Yo no quiero este dinero, Cal. Y lo de las lechugas, no creo que lo hiciese por el provecho que pudiera reportarme. Fue una especie de juego para mí el ver si podía llevar la lechuga al este, pero perdí. No quiero este dinero.
Cal miraba fijamente ante sí. Sentía los ojos de Lee, de Aron y de Abra clavados en sus mejillas. Fijó los suyos en los labios de su padre.
—Me agrada que hayas tenido la idea de hacerme un regalo —prosiguió Adam—. Te lo agradezco, pero…
—Se lo guardaré —atajó Cal.
—No. Nunca lo querré. Hubiera estado tan contento de que hubieses podido ofrecerme…, bueno, lo que me ha ofrecido tu hermano, orgullo por la carrera que está estudiando, alegría por sus progresos. El dinero, aunque sea ganado honradamente, no puede compararse con eso. —Abrió más los ojos, y dijo—: ¿Te he disgustado, hijo? No te enfades. Si quieres hacerme un buen regalo, ofréceme una vida recta y honrada. Eso sí que lo valoraré.
Cal se ahogaba. Su frente estaba cubierta de sudor y en su lengua sentía un gusto salado. Se levantó súbitamente, haciendo caer la silla, y salió corriendo de la habitación, conteniendo su aliento.
—¡No te enfades, hijo! —le gritó Adam.
Pero le dejaron solo. En su habitación, se sentó ante el escritorio con los codos apoyados sobre él. Creyó que iba a llorar, pero no fue así. Se esforzaba por provocar las lágrimas, pero éstas no podían atravesar el hierro candente que parecía atenazarle la cabeza.
Al cabo de cierto tiempo, su respiración fue haciéndose más regular y su cerebro comenzó a pensar con calma. Trató de dominar el odio incipiente que nacía en él, pero éste reaparecía una y otra vez. Al final, sus esfuerzos se fueron debilitando porque el odio se esparcía por todo su cuerpo, envenenándole hasta el último nervio. Notaba cómo iba perdiendo los estribos.
Por fin, llegó el momento en que había desaparecido todo temor y todo dominio de sí mismo, y su cerebro estallaba de doloroso triunfo. Tomó un lápiz y trazó con él pequeñas espirales sobre su papel secante. Cuando entró Lee, una hora después, había trazado cientos de espirales, cada vez más pequeñas. El joven no levantó la cabeza.
Lee cerró suavemente la puerta.
—Te traigo café —dijo.
—No lo quiero… Es decir, sí. Gracias, Lee. Es muy amable de tu parte.
—¡Basta! ¡Basta, te digo! —exclamó Lee.
—¿Basta qué? ¿A qué te refieres?
Lee dijo con desasosiego:
—Ya te dije una vez, cuando me lo preguntaste, que en ti estaba todo. Te dije que podías dominarlo, si querías.
—¿Dominar qué? No sé de qué me estás hablando.
—¿Es que no puedes oírme? ¿Es que no me escuchas? Cal, ¿no sabes de qué estoy hablando? —le respondió Lee.
—Te oigo, Lee. ¿Qué dices?
—No pudo evitarlo, Cal. Él es así. No pudo hacerlo de otra manera. No le quedaba ninguna otra opción. Pero tú sí la tienes. ¿Es que no me oyes? Tú tienes otra opción.
Las espirales se habían vuelto tan pequeñas, que las líneas de lápiz se habían unido y el resultado era una manchita negra brillante.
—¿No te parece que le das demasiada importancia a pequeñeces? —replicó Cal—. Me parece que te has colado. A juzgar por el tono de tu voz, se diría que he matado a alguien. Déjalo correr, Lee, déjalo.
En la habitación se hizo el silencio. A los pocos momentos, Cal dio media vuelta y vio que la estancia estaba vacía. Sobre la cómoda una taza de café lanzaba una voluta de vapor. Cal bebió el café a pesar de que casi hervía, y se dirigió al salón.
Su padre le miró como disculpándose.
—Lo siento, padre —se excusó Cal—. Ignoraba cuáles eran sus sentimientos. —Tomó el envoltorio con el dinero que estaba sobre el mantel y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, en el mismo sitio donde antes lo había tenido—. Ya veré qué hago con él. —Y cambió de tema—. ¿Dónde están los demás?
—Oh, Abra tenía que irse y Aron la ha acompañado. Lee ha salido.
—Me parece que voy a dar un paseo —dijo Cal.
4
La noche de noviembre estaba muy avanzada. Cal abrió despacio la puerta principal, y vio los hombros y la cabeza de Lee recortándose sobre la pared blanca de la lavandería francesa que había en la acera de enfrente. Lee estaba sentado en la escalera y tenía un aspecto apelmazado con su pesado abrigo.
Cal cerró la puerta con cuidado y cruzó de nuevo el salón.
—El champán da sed —comentó—, pero su padre no levantó la mirada.
Cal salió furtivamente por la puerta de la cocina, y cruzó el decadente jardincillo de Lee. Se encaramó por la tapia, encontró la tabla que servía de puente a través de la charca de agua negruzca, y salió por entre la panadería de Lang y la herrería a la calle Castroville.
Caminó hacia la calle Stone, donde se hallaba la iglesia católica y, torciendo a la izquierda, pasó frente a la casa Carriaga, la de Wilson, la de Zabala, y, volviendo otra vez a la izquierda, llegó a la Avenida Central, donde se hallaba la casa de los Steinbeck. Dos manzanas más abajo, torció a la izquierda por tercera vez, dejando atrás la escuela del West End.
Los álamos que se alzaban frente al patio de la escuela estaban casi pelados de hojas, pero el viento nocturno hacía caer todavía algunas hojas amarillentas.
Cal tenía el cerebro embotado. Ni se daba cuenta de que el aire era muy fresco a causa de la escarcha que había en las montañas. Tres manzanas más abajo vio a su hermano que cruzaba bajo un farol, viniendo hacia él. Supo que era su hermano por su manera de andar y su silueta, y porque sabía que tenía que ser él.
Cal disminuyó la marcha, y cuando Aron estuvo cerca, le dijo:
—Hola. Te estaba buscando.
—Siento mucho lo que ha pasado esta tarde —respondió Aron.
—Tú no tienes la culpa, no pienses más en ello.
Dio la vuelta y ambos hermanos echaron a andar juntos.
—Quiero que vengas conmigo —dijo Cal—. Tengo que enseñarte algo.
—¿Qué es?
—Oh, es una sorpresa. Pero es muy interesante. Te gustará.
—Bien, ¿necesitaremos mucho tiempo?
—No, no mucho. Muy poco.
Dejaron atrás la Avenida Central y se dirigieron a la calle Castroville.
5
El sargento Axel Dane abría de ordinario la oficina de reclutamiento de San José a las ocho de la mañana, pero si por algún motivo se retrasaba, el cabo Kemp la abría en su lugar, y éste no solía quejarse por ello. Axel no era ningún caso extraordinario. El reenganche en el Ejército de los Estados Unidos en el periodo de paz que hubo entre la guerra de Cuba y la europea lo había inutilizado por completo para llevar la vida fría e irregular de un civil. Un solo mes sin uniforme lo convenció de ello. Dos reenganches posteriores en tiempo de paz lo incapacitaron por completo para la guerra, y había aprendido ya lo bastante para escurrir el bulto y escapar de los combates. La oficina de reclutamiento de San José demostró que sabía desenvolverse. Flirteaba con la menor de las hermanas Ricci, la cual vivía precisamente en San José.
Kemp no llevaba las cosas hasta ese extremo, pero había aprendido las reglas básicas: cuadrarse cuando fuese necesario y evitar a los oficiales siempre que fuese posible. Por otra parte, no le importaba estar a las órdenes del amable sargento Dane.
A las ocho y media, Dane entró en la oficina para encontrarse al cabo Kemp dormido ante su escritorio y a un muchacho de aspecto cansado esperando. Dane miró al muchacho; luego traspasó la barandilla y puso su mano sobre el hombro de Kemp.
—Querido —le dijo, las alondras cantan y el sol apunta por oriente.
Kemp levantó la cabeza de entre sus brazos, se frotó la nariz con el dorso de la mano y estornudó.
—Despierta, encanto —dijo el sargento—. Tenemos un cliente.
Kemp bizqueó sus ojos legañosos.
—La guerra puede esperar —dijo.
Dane examinó más de cerca al muchacho.
—¡Santo Dios! Es muy guapo. Espero que cuidarán de él. Cabo, tal vez pienses que lo que él quiere es luchar contra el enemigo, pero yo creo que huye del amor.
Kemp se sintió tranquilizado al ver que el sargento no estaba algo bebido.
—¿Cree usted que puede haber alguna dama que se haya atrevido a lastimarlo? —siempre seguía el juego a su sargento—. ¿Cree que esto es la Legión Extranjera?
—Acaso huye de sí mismo.
—Ya he visto esa película —respondió Kemp—. Y en ella sale un sargento hijo de perra.
—No lo creo —repuso Dane—. Un paso al frente, joven. Dieciocho años, ¿no es eso?
—Sí, señor.
Dane se volvió hacia su subordinado.
—¿Qué te parece?
—¡Diablos! —exclamó Kemp—. Digo que si son bastante corpulentos, ya tienen la suficiente edad.
—Digamos, pues, que tienes dieciocho años —aceptó el sargento—. Y tendremos que sostenerlo, ¿no es eso?
—Sí señor.
—Rellena esta instancia y fírmala. Piensa en qué año quieres haber nacido y escríbelo aquí, y procura que no se te olvide.