Al este del Edén

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Cuarta parte » Capítulo 50

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Capítulo 50

1

A Joe no le gustaba que Kate se pasara las horas muertas muda y con la vista fija ante sí. Eso significaba que estaba pensando, y como su rostro no traslucía expresión alguna, Joe no tenía acceso a sus pensamientos. Esto le intranquilizaba. Había esperado demasiado tiempo una oportunidad como para desperdiciarla.

Su único plan consistía en tenerla inquieta hasta que por sí misma se descubriese, con lo cual él podría maniobrar en alguna dirección. Pero ¿cómo hacerlo si ella se pasaba las horas sentada mirando a la pared? Ni siquiera sabía si había conseguido alterarla.

Joe se percató de que no se había acostado, y cuando le preguntó si deseaba desayunar, Kate movió su cabeza tan suavemente, que resultó difícil saber si lo había oído.

Se dijo a sí mismo con precaución: «¡No hagas nada! Mantén los ojos y los oídos bien abiertos». Las muchachas de la casa sabían que había pasado algo, pero no había dos que contasen la misma historia. ¡Aquellas malditas cabezas de chorlito!

Kate no estaba pensando. Su mente revoloteaba sobre las impresiones, de la misma manera que un murciélago revolotea sin rumbo en el anochecer. Veía el rostro del rubio y hermoso muchacho, con sus ojos enloquecidos por la impresión. Oía sus feas palabras asestadas no tanto a ella como a sí mismo. Y veía a su cetrino hermano apoyado en la pared, riendo. Kate había reído también, era la mejor forma de protegerse. ¿Qué haría su hijo? ¿Qué había hecho tras su silenciosa marcha?

Pensó en los ojos de Cal, con su mirada indolente y, al propio tiempo, cruel, observándola mientras cerraba poco a poco la puerta.

¿Por qué había traído a su hermano? ¿Qué se proponía? ¿Cuál era su objetivo? Si ella lo supiese, podría ponerse en guardia. Pero lo ignoraba.

Sentía de nuevo el tormento de sus manos, y le dolía también en otro sitio nuevo. La cadera le producía un vivo dolor cada vez que se movía. Pensó que el dolor se extendería hacia el centro, y tarde o temprano todos los dolores se encontrarían en un punto central y se unirían como ratas sobre un cuajarón.

A pesar de lo que se había aconsejado a sí mismo, Joe no podía dejar de intervenir. Fue hasta su puerta con una tetera, llamó suavemente, abrió la puerta y entró. Por lo que pudo ver, ella no se había movido.

—Le traigo un poco de té, señora —dijo él.

—Déjalo sobre la mesa —repuso ella. Y luego añadió—: Gracias, Joe.

—¿No se encuentra mejor, señora?

—Vuelvo a sentir dolores. La medicina no ha producido ningún efecto.

—¿Puedo hacer algo?

Ella levantó las manos.

—Córtame las manos a la altura de las muñecas. —Hizo una mueca de dolor al efectuar aquel movimiento—. Es algo desesperante —dijo con voz plañidera.

Joe nunca la había oído quejarse antes, y su instinto le dijo que era el momento de intervenir.

—Quizá no querrá que la moleste ahora, pero me he enterado de algo acerca de la otra —le comentó.

Por el pequeño intervalo que transcurrió antes de que ella respondiese, comprendió que Kate se había puesto alerta.

—¿Qué otra? —preguntó quedamente.

—Aquella dama, señora.

—¡Ah! ¿Te refieres a Ethel?

—Sí, señora.

—Empiezo a estar cansada de oír hablar de Ethel. ¿Qué pasa ahora?

—Bien, le contaré cómo ocurrió. No le encuentro ni pies ni cabeza. En el estanco de Kellog, esta mañana, un individuo me interpeló: «¿Es usted Joe?», me dijo, y yo le pregunté: «¿Qué desea?». «Usted busca a alguien», me dijo. «Desembuche», le contesté. Nunca había visto a ese tipo. Él dijo: «Esa individua me dijo que quería hablar con usted». Y yo le contesté: «¿Pues por qué no lo hace?». Me sostuvo la mirada un largo rato y respondió: «¿Es que ha olvidado usted lo que dijo el juez?». Supongo que se refería a que ella no puede volver.

Miró el rostro de Kate, tranquilo y pálido, con los ojos fijos ante ella.

—¿Y entonces te pidió dinero? —preguntó Kate.

—No, señora. No me pidió nada. Dijo algo también sin pies ni cabeza. Dijo: «¿No le dice nada el nombre de Faye?». «Nada en absoluto», le respondí. Él añadió: «Sería mejor que hablase con ella». «Es posible», le dije, y me marché. Todo esto para mí es un galimatías. Pensé que debía decírselo.

Kate preguntó a su vez:

—¿No te dice nada el nombre de Faye?

—Nada en absoluto.

La voz de ella adquirió un tono de gran suavidad.

—¿Quieres decir que no te habías enterado de que Faye era la antigua dueña de esta casa?

Joe sintió que se le hacía un nudo en la garganta. ¡Qué estúpido había sido! Hubiera sido mejor que hubiese cerrado el pico. Su mente vaciló.

—Sí…, la verdad…, si bien se piensa…, creo que sí que la conocía, pero pensaba que el nombre ése era algo así como Faith.

Aquella alarma repentina le hizo bien a Kate. Apartó de ella el recuerdo de la cabeza rubia y le quitó el dolor, ya que le ofrecía un asunto en que ocuparse. Respondió al desafío con algo que se parecía al placer. Rió por lo bajo.

—Faith —musitó. Ponme más té, Joe.

Hizo como que no se daba cuenta de que la mano del hombre temblaba y que el pitorro de la tetera tintineaba contra la taza. Ella no levantó los ojos para mirarlo, ni cuando le puso la taza al alcance de su mano. Luego, Joe se apartó para rehuir la mirada de Kate. Se estremecía de aprensión.

Kate dijo con voz suplicante:

—Joe, ¿crees que puedes ayudarme? Si te diese diez mil dólares, ¿podrías arreglar las cosas?

Esperó un segundo, y entonces dio media vuelta y lo miró fijamente.

Los ojos de Joe estaba empañados, y ella vio que se pasaba la lengua por los labios. Y ante su súbito movimiento, él retrocedió como si ella lo hubiese golpeado. Los ojos de Kate no se apartaban de su rostro.

—¿Te he atrapado, Joe?

—No sé adónde quiere usted ir a parar, señora.

—Vete y medítalo, y después vuelve y dime lo que hayas pensado. Se te da bien inventar cosas. Y di a Therese que venga, ¿de acuerdo?

Quería salir de aquella habitación; se sentía atrapado y descubierto. Había cometido muchos disparates. Se preguntó si había perdido su gran oportunidad. Y por si fuese poco, la maldita zorra había tenido la sangre fría de añadir: «Gracias por traerme el té. Eres un buen muchacho».

Hubiera querido cerrar la puerta de un portazo, pero no se atrevió.

Kate se levantó muy envarada, tratando de dominar el dolor que sentía en la cadera al moverse. Se dirigió a su escritorio y sacó una hoja de papel. Tenía bastante dificultad para asir la pluma.

Escribió moviendo todo el brazo.

«Querido Ralph: Pregúntale al sheriff si habría alguna dificultad en comprobar las huellas dactilares de Joe Valery. Supongo que ya recuerdas a Joe. Trabaja en mi casa. Tuya,

»Kate.»

Estaba doblando el papel cuando entró Therese, con aspecto de asustada.

—¿Me llamaba? ¿He hecho algo? Me he esforzado por hacerlo lo mejor que he podido, señora. Últimamente no me he encontrado muy bien.

—Acércate —le indicó Kate, y mientras la muchacha esperaba junto al escritorio, Kate escribió lentamente las señas en el sobre, y después lo selló—. Quiero que me hagas un pequeño encargo —dijo—. Vete a la confitería de Bell y compra una caja de dos kilos de bombones variados y otra de medio kilo. La mayor es para vosotras. Detente después en la droguería de Kroug y cómprame dos cepillos de dientes de tamaño mediano y un bote de polvo dentífrico. Ya sabes, esas latas con un pitorro.

—Sí, señora.

Therese experimentó una gran sensación de alivio.

—Eres una buena chica —prosiguió Kate—. ¿Piensas que no me he fijado en ti? No estoy bien, Therese. Si cumples bien este encargo, consideraré seriamente la posibilidad de dejarte encargada de todo esto cuando me vaya al hospital.

—¿Irá usted? ¿Va a ir al hospital?

—Todavía no lo sé, querida. Pero necesito que me ayudes. Aquí tienes dinero para las compras. Cepillos de dientes medianos, acuérdate bien.

—Sí, señora. Gracias. ¿Tengo que ir ahora mismo?

—Sí, y deprisa. No digas nada a las demás chicas.

—Saldré por la puerta trasera.

Y se fue corriendo hacia la puerta.

—Por cierto, casi lo olvido. ¿Quieres echarme esta carta al correo? —solicitó Kate.

—Desde luego, señora. Con mucho gusto. ¿Algo más?

—Eso es todo, querida.

Cuando la chica hubo salido, Kate apoyó sus brazos y manos sobre el escritorio, para que cada uno de sus agarrotados dedos pudiera descansar. Eso era. Tal vez siempre lo había sabido, seguro que sí, pero no era necesario pensar en ello ahora. Se desembarazaría de Joe, pero todavía le quedaba un asunto pendiente: Ethel, siempre Ethel. Tarde o temprano…, pero ahora no; ya tendría tiempo de preocuparse más adelante. Examinó el asunto bajo todos los aspectos, y trató de asir una idea esquiva que le rondaba la mente sin poder focalizarla. Le había surgido cuando había estado pensando en su hijo de cabellos dorados. El rostro del muchacho —lastimado, trastornado, desesperado— se lo provocó. Y entonces se acordó.

Ella era muy pequeña, con un rostro tan fresco y hermoso como el de su hijo, una niña encantadora. Estaba convencida de que era más lista y más bonita que las demás. Pero de vez en cuando se abatía sobre ella un temor solitario, que le daba la sensación de estar rodeada por un bosque de enemigos. Y entonces todos los pensamientos, palabras y miradas no parecían tener otro propósito que herirla. Y no tenía ningún lugar adonde huir y ocultarse. Lloraba presa de pánico, porque no había ninguna escapatoria ni ningún santuario. Hasta que un día leyó un libro. A los cinco años ya sabía leer. Se acordaba del libro: marrón, con letras de plata, la tela estaba rota y las pastas eran gruesas. El libro se titulaba Alicia en el país de las maravillas.

Kate movió sus manos despacio y liberó ligeramente a sus brazos del peso de su cuerpo. Se acordó de los dibujos: Alicia, con su lacio cabello largo. Pero fue la botella que decía «Bébeme» la que cambió su vida. Alicia se lo había enseñado.

Cuando el bosque de sus enemigos la rodeaba, ella estaba preparada. En su bolsillo tenía una botella de agua azucarada y en su etiqueta roja estaba escrito «Bébeme». Tomaría un trago de la botella y ella se haría cada vez más pequeña. ¡Que sus enemigos la buscasen! Cathy se escondería bajo una hoja o asomaría la cabeza por un agujero, riendo. Ellos no podrían encontrarla. Ninguna puerta podría encerrarla ni por fuera ni por dentro. Se escabulliría por el resquicio inferior.

Y Alicia siempre estaba allí para jugar con ella, para quererla y para confiar en ella. Alicia era su amiga, y la recibiría con los brazos abiertos cuando se hiciera diminuta.

Todo era tan fantástico, tan bueno, que merecía la pena ser miserable. Pero con todo lo bueno que fuese, siempre se reservaba una baza. Era su amenaza y su seguridad. Tan sólo tenía que beber por entero la botella, y ella se reduciría aún más, desaparecería y dejaría de existir. Y lo mejor de todo era que cuando dejara de existir, no desearía haber existido. Ésta era su querida seguridad. A veces, en su cama, había bebido lo suficiente del «Bébeme», como para convertirse en un punto tan pequeño como el más insignificante de los mosquitos. Pero nunca había llegado a vaciarla del todo. Era su as en la manga, que la preservaba de todo el mundo.

Kate movió la cabeza con tristeza al recordar a la desaparecida chiquilla. Se preguntaba cómo había podido olvidar aquel maravilloso ardid que la había salvado de tantos desastres. La luz filtrándose a través de un trébol era gloriosa. Cathy y Alicia caminaban del brazo entre la alta hierba, como buenas amigas. Y Cathy nunca se había visto obligada a beber todo el «Bébeme» porque tenía a Alicia.

Kate puso la cabeza sobre el secante, entre sus corvas manos. Sentía frío y desolación, se encontraba sola y abatida. Sea lo que fuere lo que hubiese hecho, se había visto forzada a hacerlo. Ella era diferente, tenía algo que los demás no poseían. Alzó la cabeza y no hizo movimiento alguno para secar sus ojos en llanto. Era verdad. Ella era más lista y más fuerte que los demás. Tenía algo que a los demás les faltaba.

Y en medio de sus cavilaciones, se le apareció el moreno rostro de Cal. Sus labios sonreían con crueldad. El peso la oprimía y le dificultaba la respiración.

Ellos poseían algo que a ella le faltaba, y no sabía qué era. Cuando se percató de semejante realidad, cesó su lucha: estaba preparada, lo había estado desde hacía mucho tiempo, quizá toda su vida. Su mente funcionaba como una mente de madera, su cuerpo se movía agarrotado, como una marioneta mal manipulada, pero se dispuso a cumplir con la acostumbrada firmeza su propósito.

Era mediodía, lo sabía por el parloteo de las muchachas en el comedor. Las babosas acababan de levantarse.

Kate tuvo dificultades con el picaporte, pero consiguió girarlo con las palmas de las manos.

Las muchachas cesaron en sus risas y la miraron. El cocinero vino de la cocina.

Kate era un espectro enfermo, agarrotado y en cierto modo horrible. Se apoyaba en la pared del comedor y sonreía a sus pupilas; esa sonrisa las asustaba aún más, pues parecía el preámbulo de un alarido.

—¿Dónde está Joe? —preguntó Kate.

—Ha salido, señora.

—Escuchad —dijo ella—. Hace días que no duermo. Voy a tomar un poco de medicina para poder dormir. No quiero que se me moleste, ni para cenar. Quiero dormir a pierna suelta. Decid a Joe que no quiero que nadie me moleste para nada hasta mañana por la mañana. ¿Habéis comprendido?

—Sí, señora —respondieron.

—Buenas noches, pues, aunque todavía es por la tarde.

—Buenas noches, señora —corearon obedientemente.

Kate se volvió y se encaminó como un cangrejo a su habitación.

Cerró la puerta y se quedó pensativa, tratando de formarse una línea simple de conducta. Fue de nuevo a su escritorio. Esta vez forzó su mano, a despecho del dolor, para escribir penosamente: «Dejo todo cuanto tengo a mi hijo Aron Trask». Puso la fecha en la cuartilla y la firmó: «Catherine Trask». Sus dedos se posaron un momento sobre la hoja, después se levantó y dejó su testamento boca arriba sobre el escritorio.

De la mesita del centro se sirvió té frío en la taza, la llevó a la habitación gris del colgadizo y la depositó sobre la mesa de lectura. Luego se dirigió al tocador y se peinó, esparció un poco de colorete sobre sus mejillas, que recubrió ligeramente con polvos, y se pintó los labios con el lápiz rojo pálido que siempre usaba. Por último, se limó las uñas y se las limpió.

Cuando cerró la puerta de la habitación gris, la luz del día desapareció; sólo la lámpara de lectura proyectaba su cono sobre la mesa. Ordenó los almohadones, los sacudió para ahuecarlos, y se sentó, apoyando su cabeza en el almohadón inferior para probarlo. Se sentía muy contenta, como si estuviese asistiendo a una fiesta. Tiró cautelosamente de la cadena que pendía de su cuello, desenroscó el pequeño tubo y arrojó la cápsula en la palma de su mano. La miró y sonrió.

—Cómeme —dijo, y puso la cápsula en su boca.

Tomó la taza de té.

—Bébeme —dijo, y sorbió el amargo té frío.

Trató de concentrar su mente en la diminuta Alicia, que la esperaba. Otros rostros desfilaron ante sus ojos: su padre y su madre, Charles, Adam, Samuel Hamilton y, por último, Aron; también pudo observar cómo Cal le sonreía.

No eran necesarias las palabras, pues el brillo de la mirada de Cal era ya bastante elocuente: «Te falta algo. Los demás tienen algo que tú no tienes».

Volvió a pensar en Alicia. En la pared gris, frente a ella, había un agujero de clavo. Alicia debía de estar allí; se rodearían la cintura con el brazo y se irían juntas. Eran las mejores amigas, tan diminutas como la cabeza de un alfiler.

Un cálido entumecimiento se iba apoderando de sus brazos y piernas. El dolor había desaparecido de sus manos. Se sentía los párpados muy pesados. Bostezó.

No supo si lo decía o tan sólo lo pensaba: «Alicia no lo sabe. Vuelvo al pasado».

Cerró los ojos y se estremeció con una náusea que le causó vértigos. Abrió los ojos y contempló con terror cómo la gris estancia se iba ensombreciendo y el cono de luz se agitaba y temblaba como el agua. Después, sus ojos se volvieron a cerrar y sus dedos se ahuecaron como si sostuviesen unos pequeños pechos. Su corazón latía solemnemente y su respiración se fue ralentizando a medida que se iba haciendo más y más pequeña, hasta que desapareció; nunca había existido.

2

Cuando Kate lo despidió, Joe se dirigió a la barbería, como hacía siempre que estaba trastornado. Allí, le lavaron y cortaron el cabello, le dieron un masaje facial y le hicieron la manicura; por último, le limpiaron los zapatos. Por lo general, aquello y una nueva corbata ponían a Joe de buen humor, pero todavía se sentía deprimido cuando salió de la barbería, después de haber dado cincuenta centavos de propina.

Kate lo había atrapado como una rata, lo había pillado con los pantalones bajados. La vertiginosa inteligencia de la mujer lo había dejado confuso y desorientado. Y la argucia de dejarle decidir qué camino tomar lo desconcertaba aún más.

La noche empezó bastante sosa, pero luego llegó un grupo muy numeroso de una asociación de estudiantes de Stanford, que acababan de hacer una novatada en San Juan. Eran muy guasones y dicharacheros.

Florence, la que fumaba el cigarrillo en el circo, fue víctima de un acceso de tos muy seca. Cada vez que lo probaba, se ponía a toser y lo perdía. Aquello les hacía troncharse de risa.

Los jóvenes chillaban y aporreaban para divertirse. Y luego se pusieron a robar todo cuanto no estuviera sujeto con clavos.

Después de que los estudiantes se hubieran marchado, dos de las mujeres se enzarzaron en una disputa cansada y monótona. ¡Oh, Dios, qué noche!

Y allá en el vestíbulo, aquel bicho agazapado y peligroso permanecía en silencio tras la puerta cerrada. Joe pasó junto a su puerta antes de irse a la cama, pero no oyó nada. Cerró la casa a las dos y media, y a las tres ya estaba acostado; sin embargo, no podía conciliar el sueño. Se sentó en la cama y leyó siete capítulos de El triunfo de Bárbara Worth, y cuando amaneció, se dirigió a la silenciosa cocina para preparar café.

Apoyó los codos sobre la mesa, sosteniendo la taza de café con las dos manos. Algo no iba bien, pero Joe no podía descubrir qué era. Tal vez Kate se había enterado de que Ethel estaba muerta. Tendría que ser muy cauteloso. Y luego, tomó una firme decisión: entraría a verla a las nueve y la escucharía con mucha atención; quizá no la había comprendido bien. Lo mejor sería dejarlo correr y no ser un cerdo. Limitarse a decirle que se conformaba con mil dólares y ahuecar el ala, y si ella se negaba, se marcharía igualmente. Estaba harto de trabajar con señoras. Podía ganarse la vida jugando al faro en Reno, horas fijas y nada de señoras. Tal vez podría comprar una casa para él y vivir decentemente, con sillones y un escritorio de lujo. No servía de nada quemarse los sesos en aquella piojosa ciudad. Incluso sería mejor salir del estado. Hasta consideró la idea de marcharse en ese preciso momento: sólo tenía que levantarse de la mesa, subir las escaleras, hacer la maleta en dos minutos y tomar las de Villadiego. Como mucho, tardaría tres o cuatro minutos. No se lo diría a nadie. La idea le atraía. Puede que el asunto de Ethel no hubiera sido tan bueno como pensó en un principio, pero mil dólares no era moco de pavo. Tendría que esperar.

Entró el cocinero, al parecer de mal talante. Se le estaba formando un forúnculo en el cogote, y había puesto sobre él, como remedio, la película interna de una cáscara de huevo. No quería a nadie en la cocina, pues no tenía ganas de conversación.

Joe volvió a su habitación, leyó un poco más, y luego hizo la maleta. Estaba dispuesto a irse, pasara lo que pasara.

A las nueve llamó quedamente a la puerta de Kate y la empujó. La cama estaba intacta. Dejó la bandeja, se dirigió a la puerta del colgadizo, y golpeó con los nudillos varias veces sin obtener respuesta, ni siquiera cuando la llamó. Al final abrió la puerta.

El cono de luz iluminaba la mesita de lectura. La cabeza de Kate estaba profundamente hundida entre los almohadones.

—¿Ha dormido usted aquí esta noche? —preguntó Joe.

Se situó frente a ella, vio sus labios exangües y los ojos apagados entre sus párpados entornados, y comprendió que estaba muerta.

Sacudió la cabeza y se dirigió rápidamente a la habitación vecina para asegurarse de que estaba cerrada la puerta que daba al vestíbulo.

Examinó a toda prisa los cajones del armario ropero, uno tras otro, abrió los bolsos de la muerta, la cajita que había junto a la cama, y se quedó inmóvil. No tenía nada que valiese un comino, ni siquiera un cepillo para el cabello con el lomo de plata.

Volvió al colgadizo y permaneció contemplándola: ni un anillo, ni un alfiler. Luego vio la cadenita que pendía de su cuello, tiró de ella y abrió el cierre: un pequeño reloj de oro, un tubito de metal y dos llaves de caja fuerte, con los números 27 y 29.

—De modo que ahí es donde lo guardas, vieja zorra —dijo.

Desprendió el reloj de la cadena y se lo metió en el bolsillo. Sentía deseos de pellizcarla en la nariz. Entonces pensó en el escritorio.

El testamento ológrafo de dos líneas atrajo su atención. Seguramente habría alguien que ofrecería dinero por él, así es que se lo metió también en el bolsillo. Sacó un montón de papeles de un compartimiento: facturas y recetas; en el de al lado, seguros; en el siguiente, un librito con la ficha de cada pupila. Se lo metió también en el bolsillo.

Quitó la cinta de goma que sujetaba un paquete de sobres marrones, abrió uno de ellos y extrajo una fotografía.

En el dorso de ella, con la letra clara y picuda de Kate, había escrito un nombre, una dirección y un título.

Joe soltó una carcajada. Aquello sí que era suerte. Examinó el contenido de otro sobre, y luego de otro más. Una mina de oro. Podía resolverle la vida durante años y años. ¡Había que ver, por ejemplo, aquel concejal gordo con pinta de burro! Volvió a poner la cinta de goma. En el cajón superior encontró ocho billetes de diez dólares y un manojo de llaves. Se embolsó el dinero también. Cuando abrió el segundo cajón, y mientras se percataba de que contenía papel de escribir, barras de lacre y tinta, llamaron a la puerta. Fue hasta ella y abrió sólo una rendija.

—Ahí fuera hay un tipo que quiere verte —le dijo el cocinero.

—¿Quién es?

—¿Cómo diablos quieres que lo sepa?

Joe paseó su mirada por la habitación, y antes de abandonarla, sacó la llave de la parte interior de la puerta, la cerró y se metió la llave en el bolsillo. Se le podía haber escapado algo.

Oscar Noble lo esperaba de pie en la gran sala delantera, tocado con su sombrero gris y con su impermeable marrón abrochado hasta el cuello. Sus ojos eran de un gris pálido, del mismo color que sus patillas, semejantes al rastrojo. En la estancia reinaba la semioscuridad, ya que nadie había levantado todavía las persianas.

Joe cruzó a paso vivo el vestíbulo.

—¿Es usted Joe? —preguntó Oscar.

—¿Quién es usted?

—El sheriff quiere verle.

Joe sintió que su sangre se helaba.

—¿Viene usted a arrestarme? —preguntó—. ¿Tiene usted una orden judicial?

—Claro que no —respondió Oscar—. No tenemos nada contra usted. Se trata de una simple comprobación. ¿Quiere usted acompañarme?

—Desde luego —convino Joe—. ¿Por qué no?

Salieron juntos. Joe temblaba.

—Tendría que haber cogido el abrigo.

—¿Quiere usted volver a buscarlo?

—No es necesario —repuso Joe. Se dirigieron hacia la calle Castroville. Oscar le preguntó:

—¿Alguna vez le han fichado?

Joe tardó un rato en responder.

—Sí —dijo finalmente.

—¿Por qué?

—Borrachera —respondió Joe—. Pegué a un poli.

—Bien, pronto lo sabremos —dijo Oscar, y dieron la vuelta a la esquina.

Joe echó a correr como un conejo, atravesó la calle y huyó en dirección a los tenduchos y callejuelas del Barrio Chino.

Oscar tuvo que despojarse de un guante y desabrochar su impermeable para sacar la pistola. Disparó al azar y erró el tiro.

Joe empezó a correr en zigzag. Estaba a cincuenta metros de distancia, y se aproximaba a un callejón entre dos edificios.

Oscar se acercó a un poste telefónico que había en el bordillo, apoyó su codo izquierdo contra él, se aferró la muñeca derecha con la mano izquierda y apuntó hacia la entrada del callejón. Disparó en el mismo momento en que Joe se disponía a doblar la esquina.

Joe cayó de bruces con un pie doblado. Oscar entró en un salón de billar filipino para telefonear, y cuando salió, había toda una multitud rodeando al muerto.

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