Al este del Edén

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Cuarta parte » Capítulo 54

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Capítulo 54

1

Al invierno le costaba soltar su presa. El frío, la lluvia y el viento seguían campando por sus respetos mucho después de lo que les correspondía. Y la gente repetía: «Son esos malditos cañones de grueso calibre que disparan en Francia, que estropean el tiempo en el mundo entero».

La cosecha de trigo estaba muy retrasada en el valle Salinas, y las florecillas silvestres tardaron tanto en aparecer, que muchos creían que ya no lo harían.

Sabíamos —o por lo menos así lo esperábamos— que por la fiesta del Primero de Mayo, en la que se celebraban las excursiones escolares al Alisal, las azaleas silvestres que crecían al borde de la corriente estarían ya en flor. Formaban parte de ese día.

El Primero de Mayo amaneció fresco. La excursión se vio desbaratada por la lluvia helada, y las azaleas no mostraban todavía ni un solo capullo abierto. Dos semanas más tarde, todavía no habían florecido.

Cal no esperaba esta calamidad cuando convirtió a las azaleas en el principal objetivo de la excursión, pero una vez creado el vínculo, había que respetarlo.

El Ford estaba aparcado bajo el cobertizo de Windham, con los neumáticos muy bien hinchados, y con dos pilas secas nuevas para que arrancase fácilmente. Lee tenía orden de preparar los bocadillos para cuando llegase el día señalado, pero se cansó de esperar y dejó de comprar panecillos cada dos días.

—Pero ¿por qué no vais de una vez? —preguntó.

—No puede ser —respondió Cal—. Hasta que no haya azaleas, no es posible.

—¿Y cómo lo sabrás?

—Los Silacci viven allí, y vienen a la escuela todos los días. Dicen que tendremos que esperar ocho o diez días.

—¡Oh, Señor! —exclamó Lee—. No aplacéis tanto vuestra excursión.

Adam se recuperaba lentamente. El entumecimiento iba desapareciendo de su mano, y cada día podía leer un poco más.

—Sólo cuando estoy cansado las letras bailan ante mis ojos —decía—. Me alegro de no haberme puesto gafas, que sólo hubieran servido para estropearme la vista. Sé que mis ojos están perfectamente.

Lee asentía y no podía ocultar su satisfacción. Había ido a San Francisco a buscar algunos libros que necesitaba, y había escrito pidiendo algunos especiales. Estaba al corriente de los conocimientos más recientes acerca de la anatomía del cerebro, y los síntomas y gravedad de las lesiones. Había estudiado y hecho preguntas con la misma firmeza y resolución que cuando se dedicó a atrapar, desollar y desmenuzar para conservarlo un verbo hebreo. El doctor H. C. Murphy llegó a conocer a Lee muy bien, y pasó de una impaciencia profesional ante un criado chino a una sincera admiración por el erudito. Incluso llegó a pedir prestadas a Lee algunas monografías e informes sobre el diagnóstico y la práctica.

—Ese chino sabe más acerca de la patología de la hemorragia cerebral que yo, y apuesto a que usted tampoco lo aventaja —le comentó al doctor Edwards.

Hablaba con una especie de cólera afectuosa. Los médicos profesionales se sienten inconscientemente irritados ante los conocimientos de su especialidad que pueda poseer un profano.

Cuando Lee comunicó al médico la mejoría de Adam, dijo:

—Me parece que continúa la absorción.

—Tuve un paciente… —empezó a decir el doctor Murphy, y a continuación contó una historia muy alentadora.

—No obstante, sigo temiendo las recaídas —repuso Lee.

—Eso tiene que dejarlo usted en las manos del Todopoderoso —observó el doctor Murphy—. Una arteria no se puede remendar como una cañería. A propósito, ¿cómo se las arregla usted para que le permita tomarle la presión arterial?

—Apostamos a ver si adivinamos la tensión del otro. Es mejor que una carrera de caballos.

—¿Quién gana?

—Verá, tendría que ganar yo —respondió Lee—. Pero no lo hago. Eso echaría a perder el juego y el diagrama.

—¿Qué hace para mantenerlo tranquilo?

—Eso es un invento mío —le explicó Lee—. Lo denomino terapia conversacional.

—Debe de ocuparle todo el tiempo.

—Así es —replicó Lee.

2

El 28 de mayo de 1918, las tropas americanas llevaron a cabo su primera misión importante en la primera guerra mundial. La Primera División, bajo el mando del general Bullard, recibió órdenes de capturar la aldea de Cantigny. La aldea, situada en una eminencia del terreno, dominaba el valle del río Avre. Estaba defendida por trincheras, ametralladoras pesadas y artillería. El frente tenía una extensión de casi dos kilómetros.

A las 6:45 de la mañana del 28 de mayo de 1918 empezó el ataque, tras una hora de preparación artillera. Las tropas que tomaban parte en él eran el 28 de Infantería, a las órdenes del coronel Ely; un batallón del 18 de Infantería, a las órdenes de Parker; una compañía de Ingenieros, y la Artillería de la División, al mando de Summerall. El ataque fue apoyado además por tanques franceses y lanzallamas.

El ataque terminó con un éxito completo. Las tropas americanas se atrincheraron en la nueva línea y rechazaron dos potentes contrataques alemanes.

La Primera División recibió las felicitaciones de Clemenceau, Foch y Pétain.

3

Hasta fines de mayo, los Silacci no trajeron la noticia de que los capullos de color salmón de las azaleas estaban abriéndose. Esto fue un miércoles, y lo dijeron mientras sonaban las campanadas de las nueve.

Cal entró como una tromba en la clase de inglés, y en el preciso momento en que la señorita Norris tomaba asiento sobre la tarima, Cal sacó su pañuelo y se sonó ruidosamente. Luego bajó al retrete de los muchachos, y esperó hasta oír a través de la pared el ruido del agua en el de las muchachas. Salió por la puerta del sótano, fue caminando pegado a la pared de ladrillo rojo hasta escabullirse tras un árbol, y cuando ya desde la escuela no podían verlo, siguió caminando lentamente hasta que Abra se reunió con él.

—¿Cuándo se han abierto? —preguntó ella.

—Esta mañana.

—¿Esperamos a mañana?

Él levantó su mirada hasta el alegre y radiante sol, que esparcía el primer calor del año.

—¿Quieres que esperemos?

—No —respondió ella.

—Ni yo tampoco.

Y emprendieron una veloz carrera, fueron a comprar pan en casa de Reynaud, y al llegar a la casa de los Trask, acuciaron a Lee para que se pusiese en acción inmediatamente.

Adam oyó el griterío, y asomó la cabeza por la cocina.

—¿Qué es todo este barullo? —preguntó.

—Nos vamos de excursión —contestó Cal.

—Pero ¿no tenéis colegio hoy?

—Claro que sí. Pero también es fiesta —respondió Abra.

Adam le sonrió.

—Tienes el color de una rosa —dijo.

—¿Por qué no viene con nosotros? —le ofreció Abra—. Vamos al Alisal a coger azaleas.

—Me encantaría —dijo Adam, y añadió—: No, no puedo. Tengo que ir a la fábrica de hielo. Me esperan allí, porque están instalando unas nuevas tuberías. Les prometí que iría. ¡Qué día tan hermoso!

—Le traeremos azaleas —propuso Abra.

—Me gustan mucho. Bueno, que os divirtáis.

Cuando su padre se hubo ido, Cal se dirigió a Lee:

—Lee, ¿por qué no vienes con nosotros? —le preguntó.

Lee lo miró con enojo.

—No sabía que estuvieses loco —respondió.

—¡Ven! —gritó Abra.

—No seáis ridículos —contestó Lee.

4

El riachuelo que se desliza con voz cantarina por el Alisal, al pie de las montañas Gavilán, al este del valle Salinas, es muy hermoso. El agua burbujea sobre los guijarros redondos y lame las bruñidas raíces de los árboles.

El aroma de las azaleas y el soñoliento perfume del sol, al producir su acción sobre la clorofila, llenaba el aire. En la ribera estaba parado el Ford, todavía recalentado y humeando levemente. El asiento trasero rebosaba de ramas de azalea. Cal y Abra estaban sentados en la orilla, entre los papeles donde habían traído envuelta la comida. Sus pies pendían sobre el agua.

—Siempre suelen marchitarse antes de llegar a casa —decía Cal.

—Pero son una buena excusa, Cal —respondió ella—. Si tú no lo haces, tendré que ser yo quien…

—¿Qué?

Ella extendió la mano y tomó la de él.

—Esto —dijo ella.

—Tenía miedo de hacerlo.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Pues yo no.

—Me parece que las chicas no tienen miedo de tantas cosas.

—Creo que no.

—¿Nunca has tenido miedo?

—Claro —contestó ella—. Tuve miedo de ti después de oírte decir en aquella ocasión, cuando era niña, que me mojaba los pantalones.

—No estuvo nada bien —aseguró Cal—. No sé por qué lo dije. —Y se quedó callado de repente.

Los dedos de Abra apretaron con más fuerza la mano del joven.

—Ya sé lo que estás pensando. No quiero que pienses en eso.

Cal miró el agua remolineante, e hizo girar un redondo guijarro pardo con un dedo del pie.

—Tú crees que has heredado todo lo malo de tu madre, ¿no es eso? —le preguntó Abra—, que atraes la desgracia.

—Es que…

—Voy a decirte algo. Mi padre está en un aprieto.

—¿Cómo en un aprieto?

—No tengo costumbre de escuchar tras las puertas, pero he oído lo bastante para saberlo. No está enfermo, sino que tiene miedo. Ha hecho algo.

Él movió la cabeza.

—¿Qué?

—Creo que se ha apropiado de fondos que pertenecían a su compañía. Ignora si sus socios lo meterán en la cárcel, o le permitirán que trate de devolver ese dinero.

—¿Cómo lo sabes?

—Los oí gritar en el dormitorio, donde mi padre dice que está enfermo. Y mi madre puso el fonógrafo para ahogar sus voces.

—¿No serán imaginaciones tuyas? —le preguntó Cal.

—No, no son imaginaciones mías.

Él se aproximó a ella y apoyó su cabeza contra el hombro de la joven, al mismo tiempo que le pasaba tímidamente el brazo en torno a la cintura.

—Ya ves que no eres el único. —Miró de reojo al rostro de Cal—. Ahora sí que tengo miedo —dijo débilmente.

5

A las tres de la tarde, Lee estaba sentado ante su escritorio, pasando las páginas de un catálogo de semillas. Las ilustraciones de guisantes dulces eran en color.

—Quedarían muy bien en la cerca de la parte trasera. Taparían la vista de la charca. Me pregunto si tendrían bastante sol allí —levantó el rostro al oír su propia voz y sonrió.

Cada vez tenía más costumbre de hablar a solas en voz alta cuando no había nadie en casa.

«Es la edad», se dijo. «Los pensamientos se me han vuelto más perezosos y…» Se interrumpió y por un momento se quedó rígido. «Me ha parecido oír algo. No sé si he dejado la tetera en el fuego. No, ahora lo recuerdo». Aguzó el oído. «Gracias a Dios, no soy supersticioso. De no ser por ello, oiría caminar a los fantasmas. Podría…»

Sonó la campanilla de la puerta de entrada.

—Eso es lo que había oído. Que llame. No voy a dejar que las aprensiones me dominen. Que llame.

Pero la campanilla no volvió a sonar.

Una abrumadora sensación de cansancio cayó sobre Lee, una desesperanza agobiante que le encorvaba las espaldas. Rió para sus adentros. «Tanto puedo ir allí para encontrarme con que han metido un anuncio por debajo de la puerta, como quedarme aquí y dejar que mi estúpido y viejo cerebro se imagine que la muerte está en el umbral. Pero ojalá se trate sólo de un anuncio».

Lee fue a sentarse al salón y miró el sobre que tenía encima de las rodillas. Y de pronto le dio unos golpecitos cariñosos.

—Muy bien —dijo—. Ya voy, maldito seas.

Lo rasgó bruscamente, para dejarlo enseguida sobre la mesa, con el pliego que contenía boca abajo.

Miró al suelo entre sus rodillas.

—No —dijo—. No tengo derecho a hacerlo. Nadie tiene derecho a quitarle la más mínima experiencia a otro. La vida y la muerte están predestinadas. Tenemos derecho al dolor.

Su estómago se contrajo.

—No tengo el valor suficiente. Soy un cobarde barriga amarilla. No podría soportarlo.

Fue al cuarto de baño y puso tres cucharadas de elixir de bromuro en un vaso, añadiendo agua hasta que la roja medicina se volvió rosada. Llevó el vaso al salón y lo dejó sobre la mesa. Plegó entonces el telegrama y se lo metió en el bolsillo, diciendo en voz alta:

—¡Oh, Dios mío, cómo odio a un cobarde! ¡Oh, cómo lo odio!

Sus manos temblaban y un sudor frío humedecía su frente.

A las cuatro oyó a Adam que manoseaba el picaporte. Lee se pasó la lengua por los labios. Se levantó y se dirigió lentamente hacia el vestíbulo, llevando el vaso de líquido rosado con mano muy firme.

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