Al este del Edén

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Cuarta parte » Capítulo 55

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Capítulo 55

1

La mansión de los Trask tenía todas las luces encendidas. La puerta estaba entornada y en la casa hacía mucho frío. En el salón, Lee estaba arrugado, como una hoja seca en un sillón junto a la lámpara. La puerta de la habitación de Adam se hallaba abierta y de ella salía sonido de voces.

Cuando llegó Cal, preguntó:

—¿Qué pasa?

Lee lo miró e indicó con la cabeza el telegrama abierto que había sobre la mesa.

—Tu hermano ha muerto —le explicó—. Tu padre ha sufrido un ataque. Cal atravesó el vestíbulo corriendo.

—¡Espera! —le gritó Lee—. El doctor Edwards y el doctor Murphy están allí. Dejémosles solos.

Cal quedó de pie ante él.

—¿Está muy mal, Lee?, ¿está muy mal?

—No lo sé. —Hablaba como si recordase algo muy antiguo—. Llegó a casa muy cansado. Y yo no tuve más remedio que leerle el telegrama. Tenía derecho a ello. Durante cinco minutos se lo repitió en voz alta, una y otra vez, hasta que al final pareció penetrar en su cerebro y estallar en su interior.

—¿Ha perdido el conocimiento?

—Siéntate y espera, Cal. Siéntate y espera —le respondió Lee con cansancio—. Trata de ir acostumbrándote. Yo me esfuerzo por hacerlo.

Cal tomó el telegrama en su mano y leyó su escueto y solemne texto.

El doctor Edwards apareció con su maletín en la mano. Saludó con un leve movimiento de cabeza, salió y cerró con cuidado la puerta tras él.

El doctor Murphy dejó su maletín sobre la mesa y se sentó. Lanzando un suspiro, dijo:

—El doctor Edwards me ha pedido que se lo comunicase a ustedes.

—¿Cómo está? —preguntó Cal.

—Le diré todo lo que sabemos. Usted es ahora el cabeza de familia, Cal. ¿Ya sabe lo que es un ataque fulminante? —no esperó a que Cal le respondiese—. El que ha sufrido su padre ha sido producido por un derrame en el cerebro. Hay algunas zonas afectadas. Su padre ya había sufrido con anterioridad otros derrames menores. Lee ya lo sabía.

—Sí —corroboró Lee.

El doctor Murphy le dirigió una mirada y luego volvió los ojos hacia Cal.

—El lado izquierdo está paralizado y el derecho en parte. Probablemente ha perdido la visión del ojo izquierdo, pero ahora no tenemos ningún medio de determinarlo. En otras palabras: su padre está casi totalmente imposibilitado.

—¿Puede hablar?

—Un poco, pero con mucha dificultad. Procuren no fatigarlo.

Cal se esforzaba por encontrar palabras.

—¿Podrá volver a estar bien?

—He oído hablar de casos de recuperación en pacientes tan afectados como éste, pero jamás he visto uno.

—¿Quiere decir que va a morir?

—Lo ignoro. Puede vivir una semana, un mes, un año, hasta dos. Y puede morirse esta misma noche.

—¿Me reconocerá?

—Tendrá que comprobarlo usted mismo. Esta misma noche les mandaré una enfermera, y después deberá tener permanentemente una. —Se levantó—. Créame que lo siento mucho, Cal. Anímese, ¡no se deje dominar por la desesperación y trate de soportarlo! —Y añadió—: Siempre me quedo sorprendido ante la capacidad de resistencia de la gente. Siempre consiguen sobreponerse en trances como éste. Edwards vendrá mañana. Buenas noches.

Extendió la mano para tocar el hombro de Cal, pero éste se apartó y se dirigió hacia la habitación de su padre.

Unos almohadones sostenían la cabeza de Adam. Su rostro aparecía distendido y la tez pálida; su boca era normal, ni sonreía ni expresaba dolor. Tenía los ojos abiertos, muy claros y profundos, como si se pudiese penetrar por ellos y como si con ellos pudiese penetrar en lo que le rodeaba. Y los ojos estaban tranquilos también, con expresión consciente pero no interesada. Se volvieron lentamente hacia Cal cuando éste entró en la estancia, le miraron al pecho y luego se alzaron hasta su rostro para permanecer fijos en él.

Cal tomó asiento en una silla que había junto a la cama.

—Lo siento, padre —le dijo.

Los ojos de éste parpadearon lentamente, como los de una rana.

—¿Me oye usted, padre? ¿Me entiende? —los ojos ni cambiaron su expresión ni se movieron—. ¡Yo lo hice! —gritó Cal—. Yo soy el responsable de la muerte de Aron y de su enfermedad. Lo llevé a casa de Kate, para mostrarle a su madre. Por eso se escapó. Yo no quiero hacer cosas malas, pero las hago.

Ocultó su cabeza en el borde del lecho para huir de la mirada de aquellos terribles ojos, pero seguía viéndolos. Supo que lo seguirían y formarían parte de él durante el resto de su vida.

Sonó la campanilla de la puerta de la casa. A los pocos instantes entró Lee en el dormitorio, seguido por la enfermera, una mujer ancha y robusta, de cejas negras y pobladas. Abrió con mucho garbo el maletín que traía.

—¿Dónde está el enfermo? ¡Ah, aquí está! ¡Caramba, tiene muy buen aspecto! Pero ¿por qué me ha llamado? Yo aquí no tengo nada que hacer. Me parece que lo mejor sería que usted se levantase para cuidar de mí, porque tiene muy buen aspecto. ¿No le gustaría cuidarme, bello hombretón?

Pasó un brazo robusto bajo el hombro de Adam, y lo levantó sin gran esfuerzo; con el brazo derecho lo sostuvo y con el izquierdo arregló las almohadas, sobre las que volvió a depositarlo.

—Almohadas frescas —dijo—. ¿No le gustan las almohadas frescas? ¿Dónde está el cuarto de baño, por favor? ¿Ya tienen una lona fina y un orinal? ¿No me podría poner aquí un catre?

—Haga usted una lista de lo que necesita —le indicó Lee—. Y si precisa ayuda para el enfermo…

—¿Para qué voy a precisar ayuda? Él y yo nos entenderemos a las mil maravillas, ¿no es verdad, bombón? —dijo, dirigiéndose al enfermo. Lee y Cal se retiraron a la cocina.

—Antes de que la enfermera viniese, iba a decirte que tenías que cenar algo, ya sabes, como esas personas que usan la comida para cualquier cosa, sea buena o mala. Apostaría a que ella es así. Come o no, haz lo que te plazca —le dijo Lee.

Cal le sonrió.

—Si me hubieses obligado, creo que habría vomitado. Pero ya que me lo planteas de esta manera, me parece que voy a prepararme un bocadillo.

—No puedes comerte un bocadillo.

—Me apetece.

—Me temo que todo ha salido de forma escandalosa —replicó Lee—. Casi es insultante ver cómo todo el mundo suele reaccionar de la misma manera.

—No quiero un bocadillo —dijo Cal—. ¿Quedan pasteles?

—Muchos, en la panera. Puede que estén un poco blandos.

—Me gustan así —respondió Cal.

Llevó la fuente a la mesa y la colocó ante sí.

La enfermera se asomó por la puerta de la cocina.

—Tienen buen aspecto —afirmó; cogió uno, le hincó el diente y siguió hablando mientras comía—. ¿Podré telefonear a la droguería de Krough para pedir lo que me hace falta? ¿Dónde está el teléfono? ¿Dónde guardan la ropa blanca? ¿Dónde está el catre que dicen que pondrán ahí? ¿Ha leído ya este periódico? ¿Dónde dice que está el teléfono?

La enfermera tomó otro pastel y se retiró.

—¿Habló contigo? —le preguntó Lee al muchacho.

Cal movió la cabeza en señal de asentimiento, como si no pudiera reprimirse.

—Será terrible. Pero el médico tiene razón. Uno es capaz de soportarlo todo. En ese aspecto, somos unos animales maravillosos.

—Yo no —replicó Cal con voz opaca y monótona—. Yo no puedo soportarlo. No, yo no puedo soportarlo. No seré capaz. Tendré que, tendré que…

Lee lo asió con fuerza por la muñeca.

—Calla, sucio mocoso. Con todo lo que te rodea no te atrevas a sugerir semejante cosa. ¿Por qué tu pena es más importante que la mía?

—No es pena. Le he dicho lo que hice. Yo he matado a mi hermano. Soy un asesino, y él lo sabe.

—¿Lo dijo él? Dime la verdad, ¿lo dijo?

—No tuvo que hacerlo. Sus ojos eran bastante elocuentes. Lo dijo con la mirada. No puedo escaparme, no hay lugar para mí en el mundo.

Lee suspiró y aflojó la presión de su mano.

—Cal —dijo con calma, escúchame. Los centros cerebrales de Adam están afectados. Lo que puedas ver en los ojos de tu padre puede ser el resultado de presiones ejercidas en la parte de su cerebro que gobierna la visión. ¿Es que no te acuerdas de que no podía ver? No eran sus ojos, era la presión. Tú no puedes saber si te acusa o no. No lo sabes.

—Me ha acusado. Yo lo sé. Ha dicho que soy un asesino.

—Entonces te perdonará. Te lo prometo.

La enfermera apareció en el umbral.

—¿Qué me prometes, Charley? Me has prometido una taza de café.

—Ahora voy a prepararla. ¿Cómo está el enfermo?

—Duerme como un bebé. ¿No tienen nada para leer en esta casa?

—¿Qué le gustaría?

—Algo que me distrajese.

—Cuando le lleve el café, le llevaré también algunas historias escabrosas que escribió una reina de Francia. Puede que sean…

—Tráigamelas con el café —atajó ella—. ¿Por qué no vas a descabezar un sueñecito, hijito? Charley y yo montaremos la guardia. No te olvides del libro, Charley.

Lee puso la cafetera sobre la cocina de gas. Se acercó a la mesa y dijo:

—¡Cal!

—¿Qué quieres?

—Vete a buscar a Abra.

2

Cal estaba de pie en la limpia entrada y siguió oprimiendo el timbre con el dedo, hasta que la luz de la puerta se encendió, iluminando la noche, y la señora Bacon apareció.

—Quiero ver a Abra —dijo Cal.

La señora se quedó con la boca abierta de asombro.

—¿Qué dices?

—Que quiero ver a Abra.

—Imposible. Abra ya está acostada. Vete.

—Le digo que quiero ver a Abra —le gritó.

—Vete o llamo a la policía.

El señor Bacon gritó desde dentro:

—¿Qué es eso? ¿Quién está ahí?

—No te preocupes, vuélvete a la cama. Tú no estás bien. Ya me las entenderé yo con él.

La señora se volvió hacia Cal.

—Ahora haz el favor de marcharte. Y si vuelves a tocar el timbre, telefonearé a la policía. ¡Anda, vete!

Cerró dando un portazo, la cerradura rechinó y la luz de la entrada se apagó.

Cal se quedó sonriendo en la oscuridad, pensando en Tom Meek y en lo que le diría al encontrarlo: «Hola, Cal, ¿qué haces por ahí?».

La señora Bacon gritó desde el interior:

—¿Todavía estás ahí? ¡Te he dicho que te marches!

Cal caminó lentamente por la acera en dirección a su casa, pero no había recorrido una manzana, cuando Abra lo alcanzó. Venía jadeante a causa de su carrera.

—He salido por la puerta de atrás —le explicó.

—Se enterarán de que te has ido.

—No me importa.

—Ah, ¿no?

—No.

—Abra, he matado a mi hermano y padre está paralítico por mi culpa —le soltó Cal.

Ella le cogió del brazo y se asió a él con ambas manos.

—¿No me has oído? —preguntó Cal.

—Sí, te he oído.

—Abra, mi madre era una puta.

—Ya lo sé. Ya me lo dijiste. Y mi padre es un ladrón.

—La sangre de ella corre por mis venas, Abra. ¿No comprendes lo que eso significa?

—Por las mías corre la de mi padre —respondió ella.

Siguieron caminando en silencio, mientras él trataba de serenarse. El viento era fresco y apretaron el paso para entrar en calor. Dejaron atrás el último farol de Salinas y frente a ellos se extendían las tinieblas y la carretera fangosa.

Habían llegado donde terminaba la calzada, más allá del último farol. La carretera bajo sus pies era resbaladiza a causa del fango primaveral, y la hierba que les acariciaba las piernas estaba humedecida por el rocío.

—¿Adónde vamos? —preguntó Abra.

—Quiero huir de los ojos de mi padre. Están constantemente ante mí. Cuando cierro los míos, sigo viéndolos. Los veré siempre. Mi padre morirá, pero sus ojos seguirán mirándome y diciéndome que yo he matado a mi hermano.

—Tú no lo hiciste.

—Sí, sí lo hice. Y sus ojos me acusan.

—No hables así. ¿Adónde vamos?

—Un poco más allá, donde hay una acequia, la caseta de una bomba y un sauce. ¿Te acuerdas del sauce?

—Sí, me acuerdo muy bien.

—Las ramas forman como una tienda y sus extremos se arrastran por el suelo —continuó Cal.

—Ya lo sé.

—Por las tardes, las tardes que hacía sol, tú y Aron separabais las ramas y os poníais a su abrigo para que nadie pudiera veros.

—¿Nos espiabas?

—¡Claro que os espiaba! —Y añadió—: Quiero que vengas bajo el sauce conmigo. Quiero que lo hagas.

Ella se detuvo y tiró de la manga de Cal, haciéndole detenerse también.

—No —objetó Abra—. Eso no estaría bien.

—¿No quieres ir al sauce conmigo?

—No si estás huyendo, no así.

—Entonces, no sé qué hacer. ¿Qué debo hacer? Dime qué tengo que hacer, Abra.

—¿Me escucharás?

—No sé.

—Vamos a volver —le indicó ella.

—¿Volver? ¿Adónde?

—A casa de tu padre —contestó ella.

3

La luz de la cocina les daba de lleno. Lee había encendido el horno para calentar el aire glacial.

—Ella me ha obligado a volver —admitió Cal.

—Claro que te ha obligado. Sabía que lo haría.

—Hubiera vuelto él solo —intervino Abra.

—Eso nunca lo sabremos —aseguró Lee.

Abandonó la cocina y regresó a los pocos minutos.

—Sigue durmiendo.

Lee puso una botella de piedra y tres tacitas de porcelana translúcidas sobre la mesa.

—Ya me acuerdo de esto —manifestó Cal.

—Tienes que acordarte —dijo Lee, sirviendo el oscuro licor—. Mójate sólo los labios y saboréalo bien.

Abra apoyó los codos sobre la mesa de la cocina.

—Ayúdalo —le rogó a Lee—. Tú puedes enfrentarte con las cosas, Lee. Ayúdalo.

—Ignoro si puedo o no enfrentarme con las cosas —contestó Lee—. Nunca he sido puesto a prueba. Siempre he tenido que arreglármelas solo, lo cual no quiere decir que dude de mí mismo, sino que no tengo suficientes juicios de valor para saberlo. Toda mi vida me he visto obligado a llorar a solas.

—¿Llorar? ¿Tú?

—Cuando Samuel Hamilton murió, el mundo se apagó como la llama de una vela —continuó Lee—. Volví a encenderla para contemplar sus bellas creaciones, y vi a sus hijos arrastrados, despedazados y destruidos como si fuesen víctimas de alguna venganza. Bebe poco a poco el ng-ka-py, y consérvalo en la lengua.

Después prosiguió:

—Tuve que descubrir mi estupidez por mí mismo: pensaba que los buenos son destruidos, mientras que los malos sobreviven y medran —prosiguió—. Pensaba que una vez un dios colérico y disgustado había vertido fuego fundido de un crisol, para destruir o purificar este pequeño puñado de fango. Pensaba que había heredado tanto las quemaduras de aquel fuego como las impurezas que lo hicieron necesario, que lo había heredado todo. Todo. ¿No habéis sentido alguna vez lo mismo? —les preguntó.

—Creo que sí —respondió Cal.

—No sé —contestó Abra.

Lee movió la cabeza.

—Pero aquello no era suficiente. Tenía que haber algo más. Quizás…

Y permaneció silencioso.

Cal sintió el calor del alcohol en su estómago.

—¿Quizá qué, Lee?

—Puede que algún día os deis cuenta de que todos los hombres, no importa a qué generación pertenezcan, son fundidos de nuevo cada vez. ¿Acaso un artesano, aun siendo un anciano, abandonará su sueño de crear una taza perfecta, delgada, fuerte, transparente? —levantó su taza hacia la luz—. Se queman todas las impurezas y se empieza de nuevo la creación. El resultado puede ser un montón de escoria o lo que todo el mundo ambiciona: la perfección. —Apuró su taza y continuó con contundencia—: Cal, escúchame. ¿Crees que el que nos hizo dejará de intentarlo?

—No puedo pensar en eso —respondió Cal—. Ahora no puedo.

Los pesados pasos de la enfermera retumbaron en el salón. Apareció en el umbral de la puerta y miró a Abra, que estaba acodada sobre la mesa, con las mejillas apoyadas en la palma de las manos.

—¿Tienen una jarra? —preguntó la enfermera—. Los enfermos suelen tener sed. Me gusta tener siempre a mano una jarra de agua. Es que respiran por la boca —les explicó.

—¿Está despierto? —preguntó Lee—. Aquí tiene una jarra.

—Oh, sí, está despierto y descansando. Le he lavado la cara y lo he peinado. Es muy buen enfermo. Hasta me quiso sonreír.

Lee se levantó.

—Ven, Cal. También quiero que tú vengas, Abra. Tienes que venir.

La enfermera llenó la jarra en el fregadero y salió antes que ellos.

Cuando entraron en el dormitorio, Adam se hallaba incorporado con ayuda de almohadones. Sus pálidas manos reposaban con la palma hacia abajo a ambos lados de su cuerpo, y sus venas, desde los nudillos hasta la muñeca, estaban hinchadas. Su rostro tenía el color de la cera, y sus agudas facciones aparecían todavía más marcadas. Respiraba lentamente por entre sus labios pálidos y exangües. Sus azules ojos reflejaban la luz de la lamparilla, que iluminaba su cabeza.

Lee, Cal y Abra se quedaron de pie a los pies del lecho, mientras los ojos de Adam se movían lentamente de uno a otro y sus labios se entreabrían imperceptiblemente para saludarlos.

—Ahí lo tienen. ¿No está guapo? Es mi niño mimado, mi corazoncito —dijo la enfermera.

—¡Calle! —le ordenó Lee.

—No estoy dispuesta a permitir que fatiguen a mi paciente.

—Salga de la habitación —dijo Lee.

—Se lo diré al doctor.

Lee giró en redondo hacia ella.

—Salga de la habitación y cierre la puerta. Y dígaselo al doctor, por escrito si quiere.

—No estoy acostumbrada a recibir órdenes de chinos.

—Salga y cierre la puerta —le ordenó Cal.

Ella dio un ligero portazo, lo suficientemente fuerte para manifestar su cólera. Adam pestañeó al oírlo.

—Adam —le llamó Lee.

Los grandes ojos azules buscaron al que había hablado, y finalmente encontraron los ojos castaños y brillantes de Lee.

—Adam, no sé hasta qué punto puede usted oírme y entenderme —comenzó a decir Lee—. Cuando tenía la mano torpe y no podía leer, yo averigüé todo lo que pude. Pero hay algunas cosas que sólo usted puede conocer. Detrás de esos ojos, usted puede estar alerta y despierto, o acaso vivir en un confuso sueño gris. Como un recién nacido, acaso sólo percibe luz y movimiento.

—Tiene el cerebro dañado, y tal vez es ahora un hombre distinto. Su bondad puede haberse convertido en ruindad, y su acrisolada honradez en una displicente y acomodaticia moral. Nadie lo sabe excepto usted. ¡Adam! ¿Puede oírme?

Los ojos azules giraron, luego se cerraron lentamente y volvieron a abrirse.

—Gracias, Adam —dijo Lee—. Ya sé que es muy duro. Voy a pedirle algo mucho más duro todavía. Aquí está su hijo Caleb, ahora su único hijo. ¡Mírelo, Adam!

Los ojos claros se movieron hasta posar sobre Cal su mirada. La boca de Cal, reseca, se entreabrió, pero no profirió sonido alguno. La voz de Lee prosiguió:

—No sé cuánto tiempo vivirá, Adam. Acaso mucho tiempo, acaso una hora. Pero su hijo continuará viviendo. Se casará y sus hijos serán lo único que quedará de usted. —Lee se secó los ojos con los dedos—. Él cometió una acción llevado por la ira, Adam, porque creía que usted lo había rechazado. El resultado de su ira es que su hermano Aron, su hijo, Adam, ha muerto.

—Lee, no sigas —le rogó Cal.

—Tengo que hacerlo —respondió Lee—. Aunque esto lo mate. Es mi decisión. —Y sonriendo tristemente, citó—: «Si es pecado, yo cargaré con él». —Lee enderezó los hombros, y dijo con voz cortante—: Su hijo está marcado por la culpa, que lo está consumiendo; es demasiado peso para él. No termine de aniquilarlo rechazándolo. No lo aniquile, Adam.

El aliento de Lee silbaba en su garganta.

—Adam, dele su bendición. No le deje solo con su culpa. Adam, ¿me oye? ¡Dele su bendición!

Una terrible luz brilló en los ojos de Adam, y éste los cerró y los mantuvo cerrados. Entre sus cejas se marcó una profunda arruga.

—Ayúdelo, Adam, ayúdelo —prosiguió Lee—. Dele su oportunidad. Deje que sea libre. Eso es lo único que diferencia al hombre de las bestias.

¡Libérelo! ¡Bendígalo!

La cama entera pareció temblar bajo el esfuerzo. La respiración de Adam se hizo jadeante, y luego, lentamente, alzó la mano derecha, la levantó un palmo y la dejó caer de nuevo.

El rostro de Lee mostraba una expresión anhelante. Se acercó a la cabecera del lecho y secó el rostro húmedo del enfermo con el borde de la sábana. Miró los ojos cerrados.

Lee susurró:

—Gracias, Adam, gracias, amigo mío. ¿Puede mover los labios? Haga que sus labios pronuncien su nombre.

Adam levantó la mirada con expresión de abrumada fatiga. Sus labios se entreabrieron, pero no salió de ellos sonido alguno. Probó de nuevo, llenando antes los pulmones. Expelió el aire y sus labios se arquearon para modular aquel suspiro. La palabra que susurró pareció quedar flotando en el aire:

¡Timshel!

Sus ojos se cerraron y se quedó dormido.

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