Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Equus caballus III

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Equus caballus III

Es una travesía por el abismo. Hemos seguido circulando, bamboleándonos en la carretera cariada por el frío, hasta que nos hemos detenido de nuevo. Desde entonces aguardamos. Se ha vuelto a encender la luz que hay en el techo de la carlinga. ¿Dónde estamos? Una voz ha dicho Stop for two hours! Ya no siento el dolor. Ya no siento las piernas. Ignoro si es de día o si es de noche. Todo está deforme. Ayer nos llamaban horse o cheval o caballo. Hoy somos mercancía. Hubo un tiempo en que llevábamos el nombre de nuestro galope: ¡Chapalá! ¡Chapalá! ¡Chapalá-chapalá-chapalá-chapalá!

Hay un hombre al fondo de la carlinga. Lo entreveo a través de la masa oscura y reluciente de cansancio de los demás. Se mueve. Avanza, paso a paso, entre la horda. Lleva un cuchillo en la mano. Lo utiliza para cortar las cinchas y liberar a mis congéneres. Quita el pestillo de las rejas que mantienen prisioneros a los grandes caballos negros, fuertes y pesados, que los humanos temen por encima de todo. ¿Pero qué hace? Murmura palabras incomprensibles: «Solo será un instante, Minotauro. Toda situación conlleva su poder. Yo os someto a la persuasión de vuestra existencia y que suceda lo que Dios quiera». Se acerca hacia mí, le tiemblan las manos, corta la cinta de cáñamo que roe mi piel hasta hacerla sangrar, me libera, el frío penetra en la herida abierta. Continúa:

«Una sola Mongolia en el horizonte. ¡Tendréis que abrigar una sola idea en la cabeza, una sola estepa! Tendréis que recuperar el galope, aunque hayáis de galopar hasta la muerte. ¡A galopar, a galopar! ¡Más vale el galope que la porra!» Ya no le oigo. Está hablando con los demás. Llora. Parece que se agacha para acariciar a los muertos. Se acerca a la puerta. Ahora, dice en voz alta. ¡¡Ahora!! Nos agitamos. Hace pivotar la larga barra de acero vertical sobre su eje y libera los dos batientes de la puerta. Quita el seguro del cerrojo, último obstáculo, y tira con todas sus fuerzas para sacarlo de la gacheta que hay incrustada en el marco de la carlinga. Luego empuja con el pie las dos hojas metálicas, que se abren hacia afuera y dejan entrar la luz del día. Entra el viento, entra el frío. La sangre me corre por las venas. ¡Somos libres! Se da la vuelta y se pone a gritar: ¡Huid! ¡Huid! ¡¡¡Venga!!! ¡¡¡¡Venga!!!! El primer caballo relincha y salta. ¡Huid! ¡Huid! ¡¡¡Venga!!! ¡¡¡¡Venga!!!! La vida se apodera de mis músculos, me encabrito y, sin tiempo que perder, loco de rabia, me precipito al exterior.

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