Ánima

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II Bestiæ fabulosæ » Pandion haliaetus carolinensis

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Pandion haliaetus carolinensis

Los primeros caballos se han desplomado al pie del camión, los siguientes han derrapado en el pavimento y se han aplastado contra el suelo. Los relinchos, transportados por la espiral del aire, se han elevado hasta el azur del cielo, donde yo, bañada por la luz dorada de la primavera, daba vueltas desde el atardecer, por encima del vuelo de los cuervos, al acecho de alguna bestia imprudente o del primer pez grande que se atreviera a nadar demasiado cerca de la superficie del río.

Los caballos han seguido saliendo del vehículo, lanzándose a la luz y aterrizando con su sombra en la superficie grisácea del estacionamiento de camiones y remolques. Las bestias han emprendido carreras desordenadas, acuciadas por el violento deseo de abandonar el camión que había transportado a la manada. Todavía no era de noche, y el sol, en su declive, quemaba los colores del día por el efecto de los rayos oblicuos, confundiendo los contornos del paisaje con las sombras de los cuerpos, lentos y minúsculos vistos desde el azur del cielo. No iba a perderme detalle de la masacre que se avecinaba, pues el plano horizontal sobre el que desplegaba mis alas me ofrecía, gracias a una corriente masiva de vientos contrarios, una inmovilidad casi total justo encima del área de descanso donde esos domadores infatigables que son los humanos apagan la sed de sus animales metálicos, monstruos que los transportan a lo largo y ancho de las carreteras. A pesar de la altitud, podía notar la furia de los caballos, su terrible cólera. Han atravesado el dédalo de remolques alineados, lo han rebasado y han alcanzado los espacios descubiertos, reanudando la carga y el galope. Mis ojos, acostumbrados a detectar el más mínimo movimiento en las inmediaciones de las madrigueras, se han concentrado en la horda dispersa de bestias que corrían en todas direcciones, saltando y brincando como animales funámbulos, arrojándose contra los vehículos, las vallas, las puertas, los escaparates de las tiendas y también contra los humanos, al menos contra aquellos que pretendían interponerse en su camino. Con inusitada violencia, los caballos les lanzaban sus patas traseras, derribándolos, noqueándolos, descoyuntándolos y pisoteándolos sin temor a destriparlos con los tremendos golpes de sus pezuñas. Los gritos y los aullidos se confundían con los relinchos, en un furioso asalto de caballos contra humanos. El centelleo escarlata de la sangre confería al hormigón, en finas pinceladas, un destello nuevo y parecía, visto desde las alturas, una eclosión de flores dispersas, nacidas por la magia de las coces.

Los que seguían vivos intentaban huir. Las vías de salida estaban bloqueadas por el barullo de vehículos, bestias y humanos enmarañados. Una decena de caballos, de entre los más fuertes y robustos, ha tomado uno de los empalmes de la autopista que serpentea entre la grisura de los bosques, esa vena blanquecina por la que circulan los coches de un horizonte a otro como insectos rutilantes, y ha intentado llegar a los campos. Pero en cuanto las primeras bestias han saltado la valla y han aterrizado en plena vía de circulación, los monstruos metálicos que venían a toda velocidad las han arrollado. ¡Inaudita violencia la del choque! ¡Espeluznante baile! Los caballos se elevaban en el aire antes de caer al suelo, mientras los coches perdían el control e invadían la calzada opuesta, chocando irremediablemente contra los vehículos que venían en sentido contrario. ¡Qué estruendo! ¡Hasta he oído cómo se quebraban las planchas y los huesos! Los coches que llegaban, ignorando el obstáculo, seguían zumbando al coger la curva, sin sospechar la brutalidad con la que el destino se disponía a golpearlos. Sin poder frenar ni desviar la trayectoria, se espachurraban contra el cúmulo de carne y de metal, con un chirrido desesperado que moría en el instante mismo de la colisión. Las vidas se apagaban, el caos no dejaba de crecer, las carcasas de los caballos yacían sin orden ni concierto entre los cuerpos de los humanos, conjuntos desmembrados, dislocados, muertos o agonizantes, mientras las bestias aún indemnes, desprevenidas y desconcertadas, se ponían a galopar siguiendo la carretera, dándose a la fuga. A él lo he visto en el preciso instante en que saltaba la valla. Ha bajado a la cuneta, ha recorrido el arcén, ha llegado hasta los campos y ha tomado el camino de tierra que bordea el río en el que suelo atrapar peces. Huía. Ponía pies en polvorosa. Yo no podía dejar de mirarlo, olvidándome del resto, por lo mucho que su enloquecida carrera se parecía a la carrera de los caballos. He replegado las alas contra el cuerpo y me he dejado caer desde el azur del cielo, hasta llegar aquí, al lugar donde se ha detenido sin aliento, tembloroso, incapaz de dar un paso más. No me he separado de él desde entonces.

Ahora estoy en la cima del árbol a cuyo pie se ha derrumbado. Lo veo por entre la madeja de ramas desnudas. El sol se esconde detrás del horizonte. El frío se despierta. Oigo el aullido de las sirenas. Su lamento resuena en el azul cristalino de la noche.

Se levanta. Se apoya en el tronco del árbol. Lo rodea con los brazos. Parece que lo escuche. Alzo el vuelo. Levanta la cabeza y me descubre. Me poso en el suelo. Abro las alas y camino contoneándome. Me detengo. Nos miramos a los ojos. Escarbo el suelo con las garras. Froto el pico contra una roca. Por el camino se acercan las luces de un coche. Alzo el vuelo, Él se esconde detrás del tronco. El coche pasa de largo. La nube de polvo se eleva hasta la cima del árbol. Aumento la altura del vuelo. Él levanta la cabeza. Intenta avistarme, pero no lo consigue. Continúa su camino. Se aleja. La oscuridad lo invade todo. Se lo traga.

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