Ánima
III Canis lupus lupus » Cedar Creek, Illinois
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Cedar Creek, Illinois
Estaba tendido en el murmullo del arroyo. Di vueltas a su alrededor, noté su olor, lamí su cara. Atrapé entre las mandíbulas la tela mojada que lo envolvía y lo arrastré hasta la orilla. Lo saqué del agua, lo cubrí de tierra para que entrara en calor, cuidé de él. Protegí su vida como si su vida fuese mi vida. El búho exhaló su particular gemido, el alba abrió sus puertas, amaneció.
El hombre irguió la cabeza, me miró sin verme, movió los labios, apartó el aire con la mano, atravesando con los dedos la cabellera invisible de la luz, empezó a temblar, volvió a cerrar los párpados y la nada lo engulló de nuevo.
El sol le secó la ropa, la noche le disipó la fiebre, durmió bajo la brisa nocturna, mecido por el sonoro pestañeo de los insectos y el crujido del bambú.
Al alba del segundo día, se levantó. Yo permanecí inmóvil entre los árboles. Vi cómo se lavaba la cara en el arroyo, cómo se acercaba a una roca bañada por la corriente, cómo miraba en mi dirección. No me moví. No se percató de mi presencia. Volvió a tierra firme, no me vio al arrodillarse cerca de donde yo estaba, rasgó un jirón de su propia ropa y se vendó la herida, la raja abierta en la cara.
Di un paso adelante y salí de la sombra. Me miró, lo miré, noté su miedo en la raíz del cuello. Me acerqué. Rocé sus labios con mi hocico, aspiré el olor de los animales muertos y, en el arco opaco de sus ojos, vislumbré mi reflejo. Inclinó la cabeza, apoyé mi frente contra su frente y uní mi vida a la suya.