Ánima

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III Canis lupus lupus » Jerusalem Road, Illinois

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Jerusalem Road, Illinois

Lo seguí de arroyo en arroyo y de árbol en árbol sin perderlo nunca de vista. Cuando paraba a descansar, yo me quedaba entre las zarzas, y cuando se levantaba para seguir su camino, yo también me levantaba. Iba tras él, camuflado por la oscuridad del sotobosque, atento a todo lo que pudiera poner en peligro su existencia. No lo abandoné en ningún momento.

Al atardecer, llegó a un estrecho cruce de caminos. En un barranco yacía la carcasa oxidada de un coche invadida por la vegetación. Agotado, reventado de cansancio, se lanzó talud abajo para resguardarse en él. Lo observé desde el sendero. Me vio, me reconoció. Permanecimos sin movernos hasta que cayó la noche. Entonces él se durmió y yo me encargué de que nada viniese a perturbar su sueño.

Se despertó antes del alba y se puso en camino. Avanzó por el sendero sin preocuparse de mi presencia, sin intentar saber si lo seguía. Una luna enjuta, corva como una garra, esparcía su manto de luz bajo la piel transparente del cielo.

Llegó a la linde del bosque. Me detuve. Nunca había visto el horizonte de las llanuras, ni las líneas rectas de las carreteras que ningún obstáculo interrumpe. La inmensa curvatura de la bóveda celeste me era desconocida. Se alejó. Desapareció. Yo no me moví. El sol ascendió hacia el azul del día, vi cómo mi sombra se estrechaba, oí cómo latía mi corazón y cómo la sangre me corría por las venas, entonces le dije adiós a mi bosque y, sin echar la vista atrás, me puse a perseguirlo.

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