Ánima

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III Canis lupus lupus » Cairo, Illinois

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Cairo, Illinois

Yo pertenezco a una raza salvaje, así me lo dirá él más tarde: Perteneces a una raza salvaje, un retoño en bruto de la naturaleza. Será después de que me ponga un nombre, bastante después de que me enseñe qué es un perro, qué es una palabra, qué significa la palabra perro que me da nombre y me designa. Caminamos juntos por la superficie de la tierra. Encima de la tierra hay otras tierras y detrás de los nombres hay otros nombres. Eso es algo que también me dirá más tarde.

Entramos en la ciudad siguiendo las vías del tren. Apenas despuntaba el alba, infinitamente pálida, engullida por la masa negruzca del río, que devanaba su madeja a través de los pliegues y repliegues del paisaje. Todo estaba aún dormido. Nos detuvimos frente a un edificio que tenía las puertas cerradas. Subió los dos peldaños que conducían a un rellano cubierto y miró a través de los cristales del escaparate. Se dio la vuelta. La calle estaba desierta. Un poco más lejos, al otro lado de las vías del tren, había un espacio lleno de árboles, con un banco orientado hacia levante. Se sentó, se desató los cordones de los zapatos, liberó los pies del yugo que los oprimía, se quitó el trozo de tela de la herida y desgarró un jirón de su propia ropa para hacerse un nuevo vendaje. Se tumbó y se quedó dormido.

Yo lo velé.

Se levantó al pasar el tren. Un sol lánguido, que no desprendía ni rayos ni calor, se abrió camino entre las nubes. Volvimos al edificio. Las puertas estaban abiertas. Atravesamos el umbral, nos sumergimos en la penumbra y encontramos a un hombre al fondo de una sala espaciosa con ventanas, atareado detrás de una barra. Al verme, se quedó inmóvil. Nos detuvimos para no inquietarlo más todavía. Me senté. El hombre de la cara marcada se dirigió hacia él. Sin hacer ningún gesto brusco, desplegó una mano sobre la superficie barnizada de la barra y, con voz tranquila, preguntó si aquello era efectivamente el Mason-Dixon Line Bar.

—It was. The name was changed to Katrina’s Bar in 2005 after the hurricane, but everybody still calls it The Mason-Dixon Line.

—I’m looking for a man, a Frenchman, his name is Humbert. He lives in this town and he often comes to this bar. Do you know him?

—Mr. One Bear? He’ll be here in a few minutes.

—May I have a coffee, please?

—Leave your dog outside, animals are forbidden inside the bar.

—I know, but it would be better for him to stay with me.

—OK, but keep him out of sight, please!

Se instaló en el rincón más oscuro de la sala. Hay que dejar fuera al perro. Dentro, los animales están prohibidos. Ni el dentro ni el fuera existen en el corazón del bosque. Me acerqué al escaparate. Desde dentro miré hacia afuera. La intensidad de la luz variaba según el reóstato de las nubes. En las ventanas de la casa de enfrente se reflejaba un mundo extraño en el que, fugaces y transparentes, desfilaban humanos, pájaros, coches y nubarrones, un cortejo tan prodigioso, tan admirable, que cuando se abrió la puerta para dejar entrar a un hombre, del que solo había escuchado el taconeo de sus pasos sobre los peldaños de la escalera, tuve la impresión de que surgía, corporeizado y auténtico, uno de esos reflejos fugados de su marco de cristal. Me miró, no sin cierta sorpresa, y fue a sentarse al otro lado de la sala. Saludó al hombre que se afanaba en accionar las distintas palancas de una máquina cromada situada sobre la barra y se sumergió en la atenta observación de un legajo de papeles en los que estaban inscritos, signo a signo, la palabra y el pensamiento de los humanos. Estaba leyendo. Yo ignoraba aún lo que eso significaba. Escritura y lectura, igual que dentro y fuera, me resultaban por entonces inconcebibles, y no llegaría a entenderlo hasta más tarde, cuando tras recorrer los caminos ateridos de frío, en la soledad de las noches de insomnio, una vez que él se hubo convertido en mi amo y yo en su perro, me leyó las páginas más sombrías de su historia.

—Here’s your coffee.

Con una bandeja en la mano, el hombre había abandonado la barra para dejar en el borde de un pequeño mueble una taza llena de un líquido humeante, antes de acercarse a la ventana junto a la cual se había sentado el recién llegado. Lo sirvió, se inclinó hacia adelante y murmuró algunas palabras furtivas mirando en nuestra dirección. Luego, como si no hubiera hecho ni dicho nada, se irguió y volvió a su puesto detrás de la barra. El hombre me miró con atención. Metió dos dedos en el asa de la taza, se la llevó a los labios y, sin quitarme los ojos de encima, dio un trago al líquido ardiente cuyos aromas me llegaban, amargos y torrefactos. No me desafiaba, no me amenazaba, simplemente me contemplaba. Se acabó el brebaje, volvió a dejar la taza sobre la mesa y se levantó.

—I’ve never seen a dog like that! Is he yours?

—Not really.

—Where did you find him?

—He found me.

Lo miró.

—Where did you come from?

—North.

Dio algunos pasos y se sentó en una silla no lejos de la suya.

—Andy tells me that you’re looking for Humbert, right?

—Yes.

—Why?

—It’s not your business.

—Of course it is.

—Do you know Humbert?

—Sure. I am Humbert.

Se callaron.

—Humbert es francés. ¿Habla usted francés?

—Hablo francés y soy Humbert. ¿Quién te envía?

—Coach.

—¿Coach…? Sí… no… es posible…

—¿Le ha hablado de mí?

—No lo sé… ¿tú quién eres?

—Wahhch Debch.

—Puede ser…

—Coach me dijo que usted me ayudaría.

—¿Coach sigue teniendo a su perro?

—No. Coach no tiene perro. O yo no lo he conocido. Coach tiene un chimpancé que se llama Tomahawk. No tiene ningún perro. Chuck sí que tenía un perro. Motherfucker. Los dos están muertos. ¿No lo sabía?

El hombre me volvió a mirar. Se había puesto serio. El azul de sus ojos, atravesado por una borrasca imperceptible, había empezado a vibrar. Se levantó.

—OK. Coge a tu perro y sígueme, pero deja que tome un poco de ventaja, es mejor que no nos vean juntos.

—¿Y el camarero?

—No te preocupes. Let’s go.

Salimos. La calle estaba animada, jauría humana ocupada en sus quehaceres diurnos. Humbert iba delante y nosotros lo seguíamos a cierta distancia. Dejamos atrás el banco de aquella misma mañana, dejamos atrás los últimos escaparates, atravesamos un descampado y llegamos a una zona desierta. Casas en ruinas daban paso a casas en ruinas, desolación a un lado, desolación al otro, desolación hasta el final, hasta que salimos de la ciudad y tomamos una carretera bordeada de altos árboles solitarios. De vez en cuando llegaban a mis oídos los ladridos lastimeros de mis congéneres. Las aguas del río se perdían en el interior de vastas extensiones pantanosas, tapizadas de plantas de un verde nocturno cuyas hojas flotaban entre los juncos y sobre las cuales revoloteaban libélulas, moscas, mosquitos y moscardones. El cielo inclinaba su frente sobre la extensión entera de la tierra y la equimosis del sol, monumental mancha blanca donde se arremolinaban los pájaros más grandes, otorgaba al día un poco de luz. Caminamos durante toda la mañana. Tras cruzar un puentecito de madera, vimos cómo Humbert tomaba una bifurcación. Nos unimos a él en un camino de tierra y continuamos juntos hasta una casa rodeada de árboles. Humbert dijo Es aquí, abrió la puerta y entramos.

El hombre de la cara marcada se dejó caer sobre un sofá, se quitó el trozo de tela que rodeaba la herida inflamada, azulada, reluciente en la zona del corte, y se tumbó cuan largo era.

—¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho eso?

No contestó. Se había quedado dormido. Me acosté en el piso para velarlo. Tenía frío. Humbert desplegó una manta y lo cubrió, se sentó en el suelo y me observó. ¿Tú de dónde sales? Lo sigues y has decidido no abandonarlo, ¿es eso? ¿¡Es tu amo, pero todavía no es tu amo!? ¿Es eso? Pero tú no eres un perro, tú eres el arma de los perros: su guerrero.

Se puso a gemir. Me levanté. Acerqué mi cabeza a la suya. El tajo iba desde la mejilla tumefacta hasta la mejilla tumefacta, pasando por encima del labio superior y trazando una línea de demarcación entre la parte de arriba y la parte de abajo de la cara. Abrió los ojos. Humbert le preguntó si quería algo.

—No.

—¿Un poco de agua?

—No.

Humbert se sentó frente a él.

—¿Cuándo has llegado a Cairo?

—Esta mañana.

—¿Has intentado contactar con Coach desde que saliste de Lebanon?

—No.

—¿Qué ha pasado? Coach me dijo que vendrías, te estaba esperando.

Se había incorporado en el sofá. Yo notaba su agotamiento y sentía hasta qué punto le costaba hacer llegar las palabras a la boca.

—¿Dónde está Rooney?

—Rooney está muerto… Creo que está muerto…

—¿Cómo que «crees» que está muerto?

—No estoy seguro. Me fui de Lebanon como me dijo Coach, a pie, sin tiempo que perder, sin recoger siquiera mis cosas. Anduve sin detenerme, sin dormir apenas… Al segundo día, antes de que se hiciera de noche, lo vi. Me estaba esperando al borde de la carretera, había cogido mi coche, allí estaba, aparcado, él sabía que venía a encontrarme contigo, me dijo que Coach siempre había sido demasiado previsible, dijo que iba a matarme y que después vendría a matarte a ti y a todos los hombres de Coach. Salí corriendo entre los árboles, me dio alcance en el río, me abrió la cara con una cuchilla. Estaba perdido. Esa sensación ya la había tenido una vez hacía mucho tiempo, pero ahora no había nadie para salvarme, iba a morir, no sabía cómo, no sabía si me iba a degollar como había degollado a Chuck, ni si me iba a destripar como había destripado a Motherfucker, o a violarme por la raja como había violado a Léonie y a Janice, lo único que sabía es que me iba a matar y que mi vida iba a terminar de una manera espantosa. Me caí al agua, intenté descalabrarme, intenté ahogarme, no quería sufrir. Recordé que llevaba una navaja, una vieja navaja sioux. Ocurrió muy lentamente… me agarró del pelo, me sacó del río, me dijo que iba a arrancarme el cuero cabelludo… saqué la navaja y se la clavé en la garganta, en el pecho y en cualquier sitio donde la hoja quisiera entrar. Golpeé al azar y continué golpeando una y otra vez, me ensañé, creo que no paraba de chillar, no me acuerdo bien, no veía nada, la sangre me cegaba, perdí el conocimiento. Cuando abrí los ojos, en su lugar estaba este perro… este enorme perro… como si…

—¿Como si qué…?

—No lo sé. Como si Rooney se hubiera convertido en este perro, su verdadera naturaleza… perro salvaje. Pensé en lo que me había dicho un anciano a propósito de aquel que mata a su propio tótem. Todo se confunde. Pero este perro parece nacido de la fuerza de Rooney. Me protege como animal, del mismo modo que quiso destruirme como humano. Creo que fue él quien detuvo la hemorragia de mi herida, quien me sacó del agua. Me parece que sin él ahora estaría muerto. Desde entonces, me sigue y no se aparta de mí.

Un relámpago iluminó la ventana, tiñendo de palidez su cara marcada. El día se resquebrajaba, pero sin desplomarse. Oí retumbar el trueno. En mi bosque, cuando el cielo se pone así, me cobijo entre los árboles de espeso follaje y aguardo, bajo el fino polvo de la lluvia, a que pase lo peor de la tormenta. No es fácil comprender, para quien no frecuenta a los humanos, por qué cuando llueve fuera no llueve dentro. Yo nunca había tenido un techo encima de la cabeza. Humbert se levantó, abrió la ventana, encendió un fino cilindro de color blanco y se lo llevó a los labios para aspirar un humo de execrable pestilencia.

—¿No sabes cómo se llamaba el río?

—No. Solo sé que caminando hacia el oeste conseguí salir del bosque y llegué a una pequeña ciudad llamada Thebes.

—Sí. Está un poco más al norte, por encima del Mississippi. ¿No sería más bien un arroyo? Tu coche continuará allí.

—Seguramente.

—¿Qué marca era?

—Un Oldsmobile 90, de color azul.

—Está bien. Voy a volver a la ciudad. Intentaré averiguar cómo están las cosas y avisaré a Coach. Tú no te muevas de aquí. Espérame. En el armario del cuarto de baño encontrarás con qué desinfectarte la herida. Hay comida. Sírvete.

Humbert descolgó una chaqueta de cuero de la pared de la habitación y se la puso. Juntó las dos solapas, ajustó las correas, ató los cordones, apretó dos cinturones y salió de casa. A través de la puerta enrejada vi cómo se cubría la cabeza con un caparazón rojo dotado de visera y subía a horcajadas a una montura metálica que enderezó con un golpe de cadera. La montura se puso a gruñir y salió disparada hacia la carretera, hasta borrarse tras la cortina de lluvia, llevándose encajado a su caballero, con el que formaba un solo cuerpo.

Yo me quedé dormido bajo los árboles. Dejé pasar el día y el día pasó con la tormenta. Me despertó la vibración del suelo bajo mi vientre. Me incorporé, me interné en el bosquecillo y vi cómo Humbert y su montura aparecían al final del camino. Volví a entrar en la casa. El hombre no había cambiado de sitio. Envuelto en la manta, se inclinaba hacia adelante y trazaba, con la ayuda de un objeto que tenía entre los dedos, unos signos muy finos, insectos que se fijaban sobre la superficie blanca del papel. Levantó la cabeza y me miró. Escribo, dijo, y aquella fue la primera palabra que pronunció en mi dirección. Se había lavado la herida y ya no era más que una línea rojiza grabada de un lado a otro de su cara. Humbert entró justo después, se quitó las pieles que lo cubrían, encendió uno de esos tallos de olor tan detestable y se sentó.

—Bueno. Rooney está muerto. Unos chiquillos que acampaban cerca del arroyo descubrieron sus despojos. Los padres llamaron a la policía y la policía ha encontrado el coche. No ha sido difícil reconstruir tu recorrido. Saben que vienes de Angola, que pasaste por Lebanon y que te alojaste en el bed and breakfast de la hermana de Rooney con un nombre falso. Saben que te fuiste sin pagar, han encontrado tus cosas, saben que eres el marido de la mujer que Rooney asesinó, así que han deducido que eres tú quien lo ha matado.

—No se equivocan.

—Con la única diferencia de que piensan que ha sido algo calculado y premeditado. Un ajuste de cuentas. Están buscando a un posible testigo de los hechos.

—No encontrarán a nadie, estaba desierto.

—En cualquier caso, su guión se reduce a una sola frase: has vengado la muerte de tu mujer.

—No hice más que defenderme.

—Va a costar que te crean, a no ser que les cuentes lo que te ha traído hasta aquí.

—No pienso hacer eso.

—¿Por qué?

—Porque no quiero perjudicar a Coach.

—Coach quiere que te diga que pienses primero en ti.

Se quedó en silencio, observando la oscuridad de la noche reflejada en el cristal resplandeciente.

—Empecé a pensar en mí el día en que encontré destripada a la mujer que amaba en mitad del salón devastado. Me hizo falta esa espeluznante visión para empezar a pensar en mí. De un modo instantáneo. Vi el vientre devastado de Léonie y me volví a ver en el vientre devastado de la tierra, y desde entonces la herida no deja de abrirse. Me abro, algo en mí se descuartiza, y cuanto más avanza, cuanto más me desmenuza, más me desquicio. Dile eso a Coach de mi parte.

—Rooney está muerto y eres tú quien lo ha matado. Eso es todo. Se acabó. Ahora tienes que protegerte. La justicia americana no bromea. Aunque Rooney fuera el peor de los hombres, él es americano y tú no.

—Aún no se ha acabado.

—¿Qué es lo que no se ha acabado?

—«Atraviesa las tinieblas y encontrarás la luz.» Eso me dijo Rooney antes de eyacular dentro de mí, muerto de risa. Si Rooney es las tinieblas, quiere decir que aún queda una luz por encontrar. Yo nací hace tiempo de una masacre, mi familia fue degollada contra el muro de nuestro jardín, y hoy, años después, a miles de kilómetros de allí, la maquinaria de la sangre parece haberse puesto de nuevo en marcha. De Léonie a Janice, de Janice a Chuck y su desgraciado perro, y de Chuck a Rooney, revivo, uno por uno, todos los muertos que me vieron nacer. Es como un juego de pistas macabro que se practica sobre la tierra de América y en el que otros antes que yo, indios, colonos, nordistas o sudistas, sufrieron las mismas carnicerías, y solo ahora empiezo a entenderlo. No se ha acabado porque sigue aullando y parece que me llama cada vez con mayor insistencia, parece que me nombra por mi propio nombre.

Igual que los animales que mueren dejan oír su cólera, él dejaba oír una parcela ínfima de los gritos sepultados en su interior. Gritos nunca proferidos, siempre silenciados, siempre reprimidos. Siguió hablando sin saber lo que decía, evocando la carrera desenfrenada de un alce o los gritos inaudibles de los murciélagos. Humbert lo escuchaba, sin moverse, penetrando a su vez en aquel dolor que se desplegaba ante sus ojos y del que ahora podía medir la intensidad. Le preguntó si tenía ganas de caminar. Dijo No, pero Humbert insistió. Te sentará bien, tienes que tomar decisiones importantes que yo no querría tomar en tu lugar y, si no quieres perjudicar a Coach, tengo que enseñarte algo.

Se levantaron, se pusieron sendos abrigos para protegerse de la lluvia y salieron. Yo los seguí. El cielo nocturno estaba henchido de nubes, los olores de la tierra mojada, de la vegetación circundante y de los untuosos pantanos, arrastrados hasta allí por el viento, daban vueltas sobre nuestras cabezas, sacudidos por las volutas de la humedad, niebla a la orilla del río. Sus pies se hundían en la tierra empapada. Caminaron hasta una roca que dominaba el paisaje y se sentaron en ella. De vez en cuando, se veían las luces de un coche que se deslizaba por el surco invisible de la carretera. Humbert encendió uno de sus cilindros de papel y el humo pestilente se propagó por el aire.

—A menudo vengo aquí. Se puede ver el encuentro de los dos grandes ríos. En Cairo, el Ohio va a morir en las aguas del Mississippi, que sigue su curso hacia el sur, hasta Louisiana y el golfo de México. Rooney ha muerto aquí, tú también seguirás tu curso hasta que encuentres tu Louisiana, tu golfo de México. No se sabe muy bien qué es el golfo de México: ni mar, ni lago, ni océano, un poco de los tres, sin duda alguna, un agujero nacido de la estrepitosa caída de un meteorito. Al menos eso cuentan. Allí abajo, justo donde las luces desaparecen de golpe, había un puente. En 2005, el Katrina inundó la vía férrea, las aguas del Mississippi se llevaron el puente y ahora los trenes se ven obligados a dar un largo rodeo. Es una tierra maldita pero sagrada y, a pesar de su apariencia líquida, aquí todo es telúrico. Me gusta esta tierra, me gusta su candor, me redime del miedo y la vergüenza. Crecí a la sombra de los mataderos de la Villette, en la región parisina, a la sombra de la guerra de Argelia y de la muerte de mis dos hermanos durante la matanza de Orán, crecí a la sombra de las jerarquías sociales y a la sombra de la humillación de tener como padre a un hombre brutal, racista y vulgar, a un imbécil que era una fuerza de la naturaleza, colaboracionista hijo de colaboracionista y nieto de enchufado. Vomito al árabe, degüello al judío, sodomizo a las mujeres y limpio el suelo con la piel del negro. Esa era su oración, su frase fetiche, su mantra, su credo. No sé si puedes imaginarte lo que podían llegar a ser en 1967 los domingos lluviosos en la Villette, con el olor de los animales que llevan a la muerte, donde no hay más que aburrimiento y sueños grises. Nada de amor, tan solo vida dura y alcohol y la estúpida esclavitud de los caminos trazados antes de nacer. Entonces, la simple pronunciación de la palabra América, susurrada en la cama, alejaba la desesperación. A los dieciséis años me harté. Pegué a mi padre. Porque sí. Sin motivo alguno. Seguramente para que cerrara la boca. Un puñetazo. No entendió nada. Se levantó y le volví a pegar. Ya no podía dar marcha atrás. Le volví a pegar, lo tiré al suelo ante la mirada de sus compañeros, me bajé la bragueta, le meé encima, le dije mierda y me fui. No lo he vuelto a ver. Ni siquiera sé si sigue vivo. Llegué a Nueva York, desempeñé todos los oficios imaginables. Cuando me preguntaban mi nombre, yo respondía Humbert. Un bear. Un oso. Me empezaron a llamar Mr. One Bear. Me parecía bien. Me convertí en Rolland One Bear Humbert. Fue el bautizo que selló mi exilio. Conocí a un hombre mayor que yo. Lou Dobkins. Había fundado The Pagans, un club de moteros en la costa este, y necesitaba brazos fuertes como los míos para los trabajos sucios, necesitaba romper un buen montón de piernas y yo necesitaba desahogarme. Lo seguí a ciegas. El día en que me convertí en un Pagan Full-Patch y me pusieron las insignias, fue el día más feliz de mi vida. Nuestro emblema era el dios Zutar, genio del fuego devastador que abrasa todo lo que vive. ¡Ni más ni menos!, íbamos en pandilla con nuestras Triumph Trident, armando follón, acojonando a la gente, lo rompíamos todo, dábamos palizas a diestro y siniestro, y luego nos largábamos con la cabeza bien alta. También conocí a dos hermanos jóvenes. Llegaron juntos una buena mañana. Desprendían un aura tan violenta y colérica que Dobkins me pidió que me encargara de su instrucción. Dos indios del norte, dos mohawks, uno canadiense y el otro americano, perdidos, extraviados, destrozados por el olor de la cola y las volutas del alcohol, dos clichés con piernas. El primero se llamaba Chuck Rain, el otro, el americano, respondía al nombre de Welson Wolf Rooney. No te lo vas a creer, pero era el más puro de los dos, el más ingenuo, el más inocente, el más conmovedor. No es tan complicado: a Rooney lo mirabas y te decías que Dios estaba en él, que Dios había llamado a su puerta. Rooney, de adolescente, con toda su fuerza y su sinceridad, era precisamente eso: una puerta entre lo humano y lo divino. Yo los instruí, y a partir de entonces ya no nos separamos, nada podía detenernos durante los combates. No nos importaba una mierda que nos hicieran daño, era algo monstruoso. ¡Era la pura felicidad! Teníamos tanta necesidad de pertenecer a un grupo, a una hermandad, de encontrar un sentido. Pero la verdad es que estábamos metiendo un pie en lo peor de lo peor del crimen organizado a la americana. Fue Coach quien nos sacó. Nos sacó a los tres. Sin él, ya hace tiempo que habríamos muerto. Éramos como hermanos. Cuando me enteré de la muerte de Chuck, vine a llorar aquí para ofrecer un poco de mi sal a las aguas del río, y cuando me anunciaste la muerte de Rooney hice lo mismo. A pesar de lo que ha hecho, no puedo olvidar que fui yo quien le enseñó a matar. Coach nos hizo libres, o al menos lo intentó. En Coach encontramos los valores, la bondad y la autoridad que tanto habíamos echado en falta. La comunidad, la dignidad, la fraternidad, todas esas palabras que ahogaron mi adolescencia a fuerza de ser ladradas en mítines políticos de extrema derecha adonde me dejaba arrastrar, se encarnaban en la realidad del día a día que Coach nos ofrecía. Hizo con nosotros lo que ahora está haciendo contigo. Nos abrió el corazón y nos dio la fuerza necesaria para tomar las riendas de nuestra vida.

Pero no supimos hacerlo. O no pudimos. No lo sé. Nuestra generación no tiene talento. Nos matamos entre nosotros. Janice está muerta, Chuck está muerto, Welson los mató y ahora está muerto, y yo me escondo en la ciudad de Cairo, que es sin duda alguna la tierra más maldita que existe en este país. Nuestra generación no tiene talento. Realmente no lo tiene. No estamos a la altura.

Las estrellas titilaban en la brecha abierta por las nubes. Yo hacía guardia, notaba la presencia de algunos animales en los alrededores, pero nada que hubiera podido amenazar su existencia, nada que yo no hubiera podido afrontar y derrotar. El hombre marcado se puso a hablar.

—Yo, por el contrario, no conozco mi pesadilla, no guardo de ella ningún recuerdo, jamás he visto una foto de Sabra, jamás he visto una foto de Chatila. Desde el momento en que un hombre vino a desenterrarme y a salvarme, no he vuelto a poner nunca los pies allí. Creemos estar a salvo, pero nos equivocamos en la lógica, en el modelo aplicado, en la ecuación. En los Juegos Olímpicos, unos hombres lanzan la jabalina. Otros la recogen y la devuelven y vuelta a empezar. No termina nunca. Siempre hay alguien o algo para devolver la jabalina de los horrores y alguien para volverla a lanzar.

El traqueteo regular de un tren llegaba hasta nosotros desde el fondo del valle. Avancé un poco. Allí, abajo del todo, lo vi pasar con su rutilante traje negro. Humbert lo señaló con el dedo.

—¿Ves el tren de ahí abajo? Es un tren de mercancías. Va hacia Florida. Dentro de una hora pasará otro cargamento, pero en sentido contrario. Si no quieres perjudicar a Coach, tendrás que subirte.

—¿Para qué?

—Para llegar a Canadá antes de que la policía americana te arreste. Coach está perdido si los americanos te atrapan. Todavía no os han relacionado porque están convencidos de que has actuado solo, por simple deseo de venganza. El día en que te detengan, tendrás que hablar de Coach, si no quieres terminar tus días en la cárcel. Y Coach caerá.

—Entiendo.

—El lugar menos vigilado de la frontera americo-canadiense se encuentra en el paso que hay entre Montana y Saskatchewan. Deberás ir hasta Wolf Point, en el noreste de Montana. Ve a ver a Jack Charlot de mi parte, lo reconocerás por el escarabajo que tiene tatuado en la mano izquierda. Yo lo avisaré. Él se ocupará de hacerte atravesar la frontera canadiense.

—¿Está lejos?

—Muy lejos, pero es lo menos arriesgado. Debemos evitar todos los pasos de Quebec y Ontario. Vigilarán las carreteras que van de aquí hacia el norte. Lo mejor es que empieces dirigiéndote hacia el oeste, de ahí la importancia de que te subas a ese tren de mercancías que viene de Minnesota y que va a pasar por el pueblecito de Oran, en Missouri. Está a cuarenta minutos de aquí, tenemos tiempo de llegar.

—Vamos, pues.

Volvimos a la casa. Prepararon sus cosas. Humbert le dio ropa nueva, le dio dinero, le dio un arma. Se subieron a la montura de Humbert y avanzaron lentamente para que yo pudiera seguirlos. Notaba cómo me latía el corazón durante la carrera y, por primera vez, me invadió el miedo de verme separado de otra criatura, y entonces me di cuenta del gran afecto que sentía por aquel hombre, un afecto que nadie podría hacer trizas con sus dientes.

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