Ánima
III Canis lupus lupus » Oran, Missouri
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Oran, Missouri
Se detuvieron, bajaron, se adentraron en un campo, atravesaron una alambrada deteriorada y llegaron a la vía férrea.
—El tren cruzará Missouri. Dará un rodeo por Arkansas para sortear un valle. No te preocupes, no bajes, quédate dentro, más tarde volverá a entrar en Missouri.
—Está bien.
—Tendrás que bajar en Carthage. Llegarás al amanecer. Con las primeras luces del alba, bájate.
—Está bien.
—En Carthage, tendrás que ir a Oak Street. Cruzarás una vía férrea. Por la noche, esperarás el paso de un convoy con las siglas BNSF. En tres días te llevará directamente hasta Miles City, en Montana. Estarás a solo trescientos kilómetros de Wolf Point.
—Perfecto.
Empezaba a oírse el rumor del tren. Sabían que aquella iba a ser la última vez que se vieran. Humbert le deseó buena suerte. El tren se acercaba, se percibía ya su luz. Se dio la vuelta hacia Humbert y le preguntó si no quería quedarse con «el perro». Se lo preguntó, yo lo oí, lo oí y mi alma se apagó. Protegerá tu casa.
—¡No! Es tu perro. Te ha elegido.
—El viaje es muy largo, no sabré ocuparme de él.
—¡Es tu perro! ¡Es el alma recobrada de Rooney lo que tienes a tus pies! ¡Tú mismo me lo has dicho, tú lo has sentido así! ¡Lo mataste, te salvó y te siguió! No tienes ninguna necesidad de ocuparte de él, será él quien se ocupe de ti. Es tu perro, y nunca se abandona al propio perro, ¿acaso Chuck no te lo enseñó?
El hombre de la cara marcada me miró. El tren estaba a punto de llegar. Vio mis ojos, vi sus ojos, y la luz de la locomotora nos iluminó a los dos. Dijo Entonces dale un nombre, y Humbert empezó a hablar de la muerte, esa línea donde todo se borra, y de la guerra, esa línea donde todo se desgarra. Habló de las líneas porosas que separan a los humanos de los animales y de las líneas que surcan los rostros de los vivos. Habló de las líneas que nos hacen y nos deshacen, pliegues, trazos, límites, fronteras, demarcaciones. Habló de las líneas que nos salvan, conductoras, eléctricas, musicales, y habló de las que nos faltan, esas líneas blancas desaparecidas en el trazado de nuestras carreteras, esas líneas invisibles para nuestras almas perdidas en lo más profundo de sus laberintos. Habló de las líneas verticales de cuya punta se colgaron tantas y tantas Ariadnas sin Teseo que salvar ni Minotauro que vencer, habló de las líneas de la vida en la palma de nuestras manos, habló de las líneas sin tinta para inscribirse en el papel de la memoria y luego, con el paso interminable del tren arrastrando los vagones, se puso a chillar: Y también querría hablarte de la línea que llevas en el rostro, de ese tajo que separa tu cara, igual que el tajo que aquí mismo, hace más de un siglo, separó este país entre el norte y el sur, haciendo brotar la sangre de toda una generación de jóvenes, y ya que el bar en que nos conocimos llevaba el nombre de esa línea de demarcación, daré a tu perro el nombre de Mason-Dixon Line. ¡Cada vez que lo llames por su nombre, cada vez que grites Mason-Dixon Line, el corazón te dará un salto en el pecho! ¡Prométemelo!
—¡Te lo prometo!
—¡Que salte por un exceso de alma y de sed, porque no supimos tener el alma que soñábamos tener, ni apagar la sed que deseábamos apagar!
Seguía chillando mientras el tren se nos llevaba. Desde las puertas abiertas de un vagón vacío de carga, nos dimos la vuelta para mirarlo. Había levantado un brazo y sus palabras se perdían bajo el estrépito metálico del tren, pero no apartamos los ojos y seguimos observando fijamente su silueta hasta que se disolvió y se desvaneció en la oscuridad.