Ánima
III Canis lupus lupus » Bloody Valley, Kansas
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Bloody Valley, Kansas
El tren frenó y se detuvo en mitad del campo. Ni ciudad ni pueblo en los alrededores, ninguna carretera, ningún camino, ni siquiera un arroyo, nada, excepto la suavidad de la llanura y el viento que trazaba surcos en los flancos de las colinas.
Wahhch se puso de pie y se acercó al borde del vagón para mirar a ambos lados de la vía. Esperaremos, dijo. Se desató los cordones, se quitó los zapatos y se sentó en un charco de luz cuyos reflejos, rosados, no dejaron de desplegarse, de anaranjarse y de amarillear, para ir albeándose a medida que el disco resplandeciente del sol se elevaba en la vertical del día. El olor de las flores se diseminó, perfumando los campos y atrayendo el vuelo de los insectos alados, mientras el ganado bovino iba apareciendo, aquí y allá, lento y pesado, hasta ocupar toda la superficie del prado.
Durante un buen rato no ocurrió nada. El convoy, abatido, interminable bestia reptil, yacía en mitad de la curva, abandonado para siempre. Bandadas de pájaros enturbiaban la transparencia del cielo. Wahhch se había quedado traspuesto y descansaba, replegado sobre sí mismo, con la cara hundida entre los brazos.
Me desperté por el ruido de sus pasos. Olfateé su olor, oí el sonido de sus voces, vi cómo sus sombras se deslizaban por el suelo pedregoso. Aparecieron cuatro hombres. Me levanté y gruñí. What the fuck is that!, dijo uno de ellos. Yo ladré, ellos retrocedieron y Wahhch se incorporó. Uno de los hombres quiso saber qué estábamos maquinando allí. Viajamos en tren, dijo Wahhch.
—It’s forbidden to travel on this train!
—OK… I’m sorry.
—You can’t stay here!
—We’re leaving. No problem.
Volví a gruñir. ¡Tranquilo!, dijo Wahhch. Retrocedieron asustados. Me observaron.
—Is that a dog?
—Yes.
—What a fucking beast! What’s his name?
—Mason-Dixon Line.
Hablaron de fuerza, de ferocidad, de poderío y de bestialidad atávica. Se dirigieron a mí con palabras incomprensibles, en una lengua que no conseguía entender. Me hablaban como si yo fuera a responderles, en un tono familiar, renunciando a cualquier actitud amenazante hacia Wahhch. Fascinados por el animal, ya no consideraban del mismo modo al hombre al que ese animal acompañaba. Finalmente, felices por estar con nosotros, nos hablaron de su labor, cada vez más penosa, y de las tareas cada vez más inhumanas que les imponían, nos hablaron de los convoyes cada vez más largos y cada vez más numerosos que circulaban por vías cada vez menos cuidadas, nos explicaron el cansancio, el dinero, la soledad, la separación de sus familias y el deseo de dejarlo todo y de huir, sin responsabilidades ni problemas, de errar, de viajar, libres de cualquier obligación, desembarazados por fin de sus miserables vidas.
Wahhch les preguntó qué le había ocurrido al tren. Hablaron de raíles inundados por la crecida de las aguas en primavera y del tiempo interminable que deberían quedarse allí, atascados en aquella ratonera, antes de poder reanudar el viaje.
—How about you? Where are you going?
—North.
Dijeron que debería esperar con ellos. Alguien mencionó una carretera que había más allá de la llanura y que desembocaba, tras dos días de marcha, en una vía férrea, próxima a Elbing City.
—You’ll probably find another train down there.
Wahhch les dio las gracias. Hablaron todavía un rato. Luego rozaron con la punta del dedo el borde de sus sombreros y desaparecieron.
Dejamos el vagón, cruzamos la gran extensión reverdecida y llegamos a la cima de un pequeño cerro, desde donde pudimos divisar la carretera que serpenteaba hacia poniente. ¡Vamos!, dijo Wahhch, y echamos a correr.